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Full text of "Oríjenes de la diplomacia arjentina, misión Aguirre á Norte América"

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3larbarli CoUtge librara 



FROM THE FUND 



PRÜFESSORSHIP ÜF 

LATIN-AMKRICAN HISTORY AND 

KCONOMICS 



E^TABLISKBD 1913 



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4. ♦ 



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^ INDEPENDENCIA SUDAMERICANA 



A^C 



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ORljENES 



DE LA 



Diplomacia Arjentina 



MISIÓN AGUIRRE Á NORTE AMÉRICA 



POR 



ALBERTO PALOMEQUE 



TOMO r 



BUENOS AIlíKS 
Estabiecimieuto Gráfico, llobles & Cía.— Defensa 2ó7 

1906 



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mOEPENDENCIA SUDAMERICANA 



ORÍJENES 



DE LA 



Diplomacia Aríentina 



MISIÓN AQUIRRE A NORTE AMÉRICA 



POR 



ALBERTO PALOMEQUE 



TOMO I 






BUENOS AIRES 
Establecimiento GrAfico, Robles & Cia.— Defensa 257 

1906 



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HARVARD COLLEGE LIBRARY 

OEC 24 1915 

LATIN-AMtRICAN 
PROFESSORSHIP FUND. 



Mi 



H 2 A í.qffi 



A ELVIRA 

MI ESPOSA MUERTA 

NOVIEMBRE 24 DE 1903. 

Este libro está escrito en horas melancáUcaSf para calmar la pena. 
La idea, al fecuwlarse en el cerebro, en tales condiciones, parece qtie 
llevara la vida inmortal que sur/e del misterio de la muerta. A nadie 
más podría ofrendar, con alma caliente, estas pajinas queridas, sino 
á la que, con su espíritu, en las altas horas de la noche, me las ha 
inspirado, aquí, en esta tierra, donde con ELLA abrí mi alma á los 
amores, y donde, con ella la cerré, pero para abrir e^a misma alma 
á las amarguras. 

La sombra de la compañera, muerta, ha reclamado, y reclama, 
ante eete primer fruto de mi cerebro, después de la ausencia de su 
cuerpo, el lejítimo derecho consagrado en aquella mi suprema frase, 
que todo lo dedo: ¡NO ME OLVIDEN! 

/Proteja su ESPÍRITU estas flébiles hojas. 

Alberto Palomeque- 

NOVIEMBRE 24 DE 1904. 



Un día, un personaje arjeniino nie estimuló^ á que estudiara el 
interesante tema de la independencia de Panamá y él déla facultad 
del congreso á intervenir en su reconocimiento. Me puse á la obra 
pensando que^ como detrás de Panamá estaban^ y están, los Ettor 
dos Unidos de Norte América, convendría conocer cual Jiabia sido 
la doctrina admitida por estos, al discutirse el reconocimiento de la 
independencia arjentina, para luego aplicarla cd caso en debate* 

El estudio me llevó muy lejos, pues me encontré con un arsenal 
precioso, muy poco 6 nada explotado, hasta el día, por los historia- 
dores arjentinos y chilenos. Todos éstos hablaban, indudablemente, 
del asunto, pero no entraban, quizá por falta de antecedentes precisos, 
como algunos de ellos lo dicen, al fondo del tema intimamente rela- 
cionado con los orijenes de la diplomacia arjentina. Ninguno había 
presentado el cuadro completo. 

Ahora bien, he utilizado esos lyeros antecedentes de los autores 
de la referencia y los he vinculado á los que, en mayor número, he 
tenido la oportunidad de hallar en los archivos y bibliotecas nado- 
diales. Asi rehago el escenario donde actúan los muy dignos persona- 
jes de la época, tratando, en lo posible, de no repetir lo que al res- 
pecto se haya dicho, sino en lo muy indispensablemente exijido para 
la mejor comprensión de la filoso fia de los sucesos. 

El presente estudio está basado, fundamentalmente, en los docu- 
mentos y libros que se encuentran en el archivo de la biblioteca del 
ministerio de relaciones exteriores, á cargo del bondadoso y com- 
petente señor don Francisco Centeno y de su activo cuan intelyente 
auxiliar el joven don Rómulo Montes de Oca, que tanto me han 
ayudado, con sus conocimientos y juiciosas observaciones, en la ela- 
boración del trabqjo. 

Con esos documentos á la vista y con los antecedentes que resultan 
de las obras que en el curso de la narración menciono, se ha rehecho 



él cuadro de un acontecimiento interesante de los ordenes de la inde- 
pendencia sudamericana. 

Para confeccionar la obra, he debido buscar j como es natural^ los 
antecedentes que por ahi andaban diseminados. He reunido cuanto 
al respecto me ha sido humanamente posible haUarj lo que no quiere 
dedr que no exista mucho más. Para conseguirlos he recurrido á un 
buen número de cabaUeroSy por lo que aqui dejo constancia de mi 
agradecimiento á los señores teniente general don Bartolomé Mitren 
doctor dan Clodoveo Aíh*anda Naón y doctor don Luis Ricardo 
Fors, quienes j respectivamente, me han ayudado en la tarea, poniendo 
á mi disposición cuanto he necesitado para llevarla á cabOy como 
ser: libros, manuscritos, consejos y buena voluntad. Los dias y 
noches traiiscurridos en las bibliotecas públicas y privadas quedarán 
compensados si se reconociera la utilidad del libro y se me alentara 
para, bajo la éjida protectora de esta sociedad, dar á luz nuevos 
frutos intelectuales. 

Debo asimismo un agradecimiento especial á la familia del señar 
don Manuel Aguirre. Ella ha puesto á mi disposición el precioso 
manuscrito contensivo de toda la negociación relativa á la construc- 
ción de los buques destinados al Pacifico, de lo que me ocupo estén- 
sámente en las pajinas del preseíUe libro. 



CAPÍTULO I 
Visión prot¿tica de NUdlsofl en 1810 

Mftién Mrtetiiitrletiii d« 1810 y 1812 á Bvtnos Alrtt y VM«a«l«. IrHhimImm 
á PoiüMtt y Soott. RmmIóii an ti fobi^rno nortMmf rlMM m 1818. El nlilttrt 
Ev«rttt, tn MtdrM, «n 1828; tu nota Miifldfíioial. GMMltt á Et^a. Opluién dt 
Evaratt aobra Bolívar y 8aora. Oplnidn doapraoiativa dol nlaaio aobro 8an Mar* 
tln y Paayrradon. Indlfaraaala pdbllca raapoóto do Puayrradaa, aaf da al aaSar 
lanaral Mitra. El afta 20 y Paayrradaa. Llaaiada da Paayrradaa par al fiblorao 
da su pala. El aarra fdaabra da Puayrradan, aa 1880. Errar da Evarait raopaata 
da 8aR Martin. 



Miiióii MrtMMcH- Norte América, desde el primer momento, y 
cana de taia-iiá como lo manifestó afios posteriores, en 1826, en 
Aira y vt- uQtaal duque del Infantado, cuando aún Espafia 



persistía en su errónea idea de dominar á es- 
tos países, se había sentido atraída por la simpatía que ins- 
piraba á todo corazón americano la actitud independiente 
del Río de la Plata y de Venezuela. Y, como las primeras 
impresiones son las buenas, el gobierno, que entonces esta- 
ba representado, en 1810-11, por el célebre James Madison, 
no creyó que debiera traicionar el sentimiento de su pue- 
blo, que ardientemente comulgaba con las ideas del sud- 
americano. Fué así que inmediatamente resolvió, el dicho 
gobernante, que su secretario de estado, casualmente el 
sefior James Monroe, de quien tanto se hablará en este 
trabajo, redactara unas instrucciones destinadas ¿ los 
ajentes don Roberto Joel Poinsett y don Alexander Scott, 
que enviaba respectivamente á Buenos Aires y Venezuela, 
en 28 de Junio de 1810 y 14 de Mayo de 1812. El sefior 
Poinsett vino al Río de la Plata y adquirió importantes no- 
ticias, permaneciendo, como ájente comercial, durante mucho 
tiempo, en Chile, donde intimó con el sefior Carrera, de 
quién fué un verdadero partidario, siendo, más tarde, repre- 
sentante de su gobierno en Méjico y aún en el célebre congreso 
de Panamá. Fué así que^ en conocimiento de los hechos, pudo^ 
andando los afios,en 1818, dar al sefior Monroe, como gobernante 
y á solicitud de su ministro de estado, el sefior Adams, los datos 
de que hablaré en las pajinas sucesivas. Y fué asimismo, cómo 
pudo decir, en 1822, desde su asiento de diputado, como se verá, 
que él conocía bien los países del Río de la Plata, por lo 
que adhería, con convicción profunda, al reconocimiento 
de la independencia sudamericana, que Monroe, como pre- 



8 ALBBRTO PALOMRQUB 



Bidente, en ese momento, y después de un sinnúmero de 
acciones y reacciones, solicitaba del parlamento yanki. Por 
primera vez, — que yo sepa al menos — pues no he encontra- 
do el dato en las obras de Mitre, López, Barros Arana, Pe- 
lliza, Calvo y Domínguez, sobre historia de las antiguas 
Provincias Unidas, cito, en el Rio de la Plata, este antecedente, 
por lo que he creido del caso traducir los documentos que 
comprueban mi afirmación, reveladores del criterio que al 
respecto, y para aquel entonces, dominaba en Estados Uni- 
dos de Norte América. ^^^ Y los publico, para que se vea cómo 
en 1810-12 Norte América no titubeaba en apoyar decididamen- 
te la actitud revolucionaria de Sud América; — corriente de sanas 
ideas que luego abandonaría en nombre de intereses políticos y 
económicos de otro orden, que el diputado Garnett, y aún el mis- 
mo Adams, éste como ministro del señor Monroe, en 1817 á 1822, 
se encargarían de poner de manifiesto en sus informes ministe- 
riales, el uno, y en sus discui'sos parlamentarios, el otro. En esta 
noble tradición, que luego se torcería, fué en la que se inspiró el 
valiente diputado Clay, cuando, en 1818 y en 1822, sostuvo, con 
calor, la causa sudamericana, que le llevó, puede decirse, al minis- 
terio de relaciones esteríores de su país, años más tarde, para 
tener la íntima satisfacción de contemplar, desde esa altura, en 
1826, la obra realizada. Esa tradición fué la que el señor Poin- 
sett sostuvo públicamente en Chile, cuando allá, en su calidad 
de primer cónsul norteamericano, en 1811-12, asistía al ban- 
quete en que se festejaba el aniversario de la revolución de 
Mayo, iniciada en Buenos Aires. ^^^ Entonces, á Poinsett, no se 
le ocurriría recordar, como muy luego le sucedería á los políti- 
cos norteamericanos en el gobierno, con Monroe y Adams á la 
cabeza, que no había tal intención independiente en los nativos, 
porque aún se mentaba á Fernando VII en los documentos re- 
volucionarios; y mucho menos que esto pudiera tomarse como 
argumento, para desconocer á los ajentes Thompson y de Fo- 
rest, que Alvarez Thomas y Pueyrredon, respectivamente, nom- 
braron de 1815 á 1817, para que representaran los intereses 
comerciales sudamericanos en Estados Unidos de Norte Amé- 
rica, como so verá leyendo el presente trabajo. 

imtniecioacs d* Las instruccioues dadas á los señores Poinsett 
das á Poimetf y * y Scott, respectivamente, demuestran que el go- 
Scoit. en 18I0-I2. it)iemo norteamericano quería, en 1812, que «se 
estableciera una amistosa comunicación con las mismas venta- 
jas, como si la independencia hubiera sido formalmente recono- 



cí) Esas instraceioues van en el Apéndice. 

(2) Véase en el Apéndice la transcripción de íam Alborada poética de Chile, redactada 
por Migael Luis Amnnátegai. 



VI8IÓN PROFÉTICA DE MADI80K EN 1810 9 



cida,» porque, decía, «los Estados Unidos están dispuestos á pres- 
tar al gobierno de Venezuela, en sus relaciones con los poderes 
estranjeros, todos los buenos oflcios posibles», siendo así «que 
inmediatamente se habían dado instrucciones á sus ministros en 
París, San Petersburgo y Londres, para hacer conocer á esas 
Cortes, que los Estados Unidos toman un interés (take and ín- 
terest) en la independencia de las provincias espaftolas.» Esto, 
que se decía al señor Scott, ájente enviado á Venezuela, era lo 
mismo que se quería para Buenos Aires y Chile. Las instruccio- 
nes estaban vinculadas. La una se refería á la otra. Basta su 
lectura para comprenderlo. Por eso las publico. Sólo así puede 
esplicarse la actitud decidida que asumió el señor Poinsett, en 
Chile, en su carácter de cónsul de Norte América, en 1811 á 
1812. Era que su espíritu venía saturado de la atmósfera que 
entonces reinaba en su país y del que Madison se hacía intér- 
prete, por intermedio de su secretario James Monroe. Pronto se 
impondrían los intereses políticos y económicos, desviando esa 
sana corriente, aunque para luego volver á tomarse el verdade- 
ro nivel, en 1822 á 1824. 

La primera impresión, que, como se ve, fué de simpatía por 
la independencia de Sud América, aún antes de llegar á Esta- 
dos Unidos la noticia de la revolución del 25 de mayo, pues 
las instrucciones de Poinsett llevan la fecha de 24 de junio 
de 1810, por lo que no era posible que antes de un mes arri- 
bara allá la nueva de aquel movimiento separatista, se des- 
naturalizaría en seguida, según consta de los sucesos poste- 
riormente desarrollados. Quizá Norte América, al tomar aquella 
actitud, se guiara por los acontecimientos de 1809, á que el 
mismo Cisneros se refería en su mensaje al rey, del 22 de 
mayo de 1810, y por los que, más cerca de ella, se desarro- 
llaban por el Cura Hidalgo, en Méjico, que pagaría con la vida 
su acción patriótica. De ahí que, en conocimiento de lo rea- 
lizado, en 1809, en Buenos Aires, y aún en Alto Perú (Chuqui- 
saca y La Paz), aunque ésto, ahogado en sangre de patriotas, 
por Goyeneche, Estados Unidos espusiera, con visión profética, 
en las instrucciones dadas á Poinsett, que la América tenía 
que prepararse y establecer relaciones permanentes entre sí, 
para, una vez producido el hecho que ella veía futuro, pero 
cierto^ de la independencia nacional. 

Este era el sentimiento popular en esos momentos. Para 
probarlo basta recordar este antecedente. 

Con motivo de lo que el señor Madison había dicho en su 
mensaje presidencial del año IT, la comisión especial nom- 
brada, aconsejó, en parte, una declaración pública, en esta 
forma: 

«En vista de que algunas de las provincias hispano ameri- 
canas han comunicado á los Estados Unidos que han tenido á 



10 ALBERTO PALOMEQUE 



bien asociarse y formar gobiernos federales bajo el plan elec- 
tivo y representativo, y declararse á la vez libres é indepen- 
dientes — Por tanto se 

Resuelve por él Senado y Casa de Representantes de los Estados 
Unidos de A^nérica, en congreso reunido^ Que miran con amistoso 
interés el establecimiento de soberanías independientes por las 
provincias españolas en América, con relación al estado actual 
de la monarquía á que pertenecen; que, como vecinos y habi- 
tantes del mismo hemisferio, los Estados Unidos hacen grandes 
votos por su éxito; y que, cuando esas provincias hayan adqui- 
rido la condición de naciones, por el justo ejercicio de sus 
derechos, el Senado y Casa de Representantes se unirán con el 
Ejecutivo, estableciendo con ellas, como Estados soberanos é 
independientes, las relaciones amistosas y cambios comerciales 
que puedan requerir su autoridad lejislatíva. í*^ 

Este informe era motivado por un párrafo del mensaje de 
Madison de 5 de noviembre de 1811, que decía: ^k\ contem- 
plar las escenas que distinguen á esta momentánea época, y 
llamando vuestra atención á sus quejas, es imposible no aten- 
derlas al verlas desarrollarse por sí mismas en medio á las 
grandes comunidades que ocupan la parte sur de nuestro hemis- 
ferio y que se estiende hasta nuestra vecindad. Una grande 
filantropía y una ilustrada amplitud de vistas concurren para 
imponer en los consejos nacionales la obligación de tomar un 
gran interés en sus destinos, encarecer sentimientos recíprocos 
de bienestar, contemplar el progreso de acontecimientos y estar 
preparado para cualquier orden de cosas que al fin se esta- 
blezcan». 

Rcaecióo en el Ko- Sin embargo, las exij encías políticas y eco- 
bierino norteMieri- nómicas podrían más que su buen deseo, tor- 
cano en 181 . ciendo osa Corriente de simpatía internacional 

que ahora le llevaba hasta declarar que debía proceder como 
si «la independencia hubiera sido reconocida, desde luego». 
Fué así que en 1815, el mismo Madison y su secretario Monroe, 
cohibidos en su acción meritoria, dieran al pueblo su Iroclama- 
tionj prohibiendo 6] los ciudadanos de los Estados Unidos se 
comprometieran en empresas contra el territorio de España 
(I de Septiembre de 1815). Era que esos señores necesitaban 
contentar á España, como se verá en este estudio. En esa /Vo- 
clamation se^decía que el gobierno había'recibido informaciones 
de que ciudadanos de^os Estados Unidos, ó residentes con el mis- 
mo nombre, y especialmente en el Estado de Luisiana, conspira- 
ban, á la vez, empezando á poner en pié, á proveer y preparar, 
el pensamiento de una espedición militar ó empresa en contra de 

(1) AimaU of Vongreéé, líth Congreso irst Pnrt. I, i8U-ia, páj. 4i», 



VI81ÓX PROFÉTICA DE MADISON B5Í 1810 11 



los dominios de España, can quieti felizmente Estados Unidos estaba 
en paz; que con ese propósito recolectaban armas, vituallas mili- 
tares, provisiones, buques y otros objetos; que decidían y sedu- 
cían á honrados y sensatos ciudadanos para comprometerlos en 
sus empresas ilegales; que se organizaban, se militarizaban y 
se armaban ellos mismos para lo propio, en pugna con lo que 
las leyes en tales casos declaran y preveen». ^*) De aquí que 
Madison mandara que los que hubieran asumido intervención 
en las «dichas empresas ilegales, las abandonaran sin pérdida 
de tiempo, encareciendo á las autoiñdades las averiguaciones 
del caso para castigar á sus autores, apoderándose de todo 
armamento, almacenes militares, buques ú otros objetos des- 
tinados al mismo fin, utilizando al efecto todo su poder». Y, 
como si no fuera bastante lo espuesto, impetraba «la ayuda 
de todos los ciudadanos y habitantes, para que apoyaran á los 
funcionarios, especialmente en el descubrimiento y aprehen- 
sión, entregando á la justicia á tales delincuentes, á la vez 
que prevenir la ejecución de sus ilegales combinaciones ó de- 
signios, y dando informes ó denunciándolos á las propias auto- 
ridades (*^. 

No era posible concebir un mayor cambio de opinión en el 
intervalo de tan pocos afios. En 1810 á 1812 se sostenía la nece- 
sidad de ayudar á las jóvenes nacionalidades, tratándolas 
«como si su independencia desde luego hubiera sido recono- 
cida», llegándose al estremo de comunicarse á las naciones de 
Europa él interés que tomaban eti el reconocimiento de su estcibüidad 
nadoTkah Y en 1815, el mismo seftor Madison, ayudado por su 
secretario de estado. James Monroe, perseguiría á sus gober- 
nados, á título de estar felizmente en paz cofi España. Y eso lo 
hacía, porque sus administrados, en uso de un derecho indiscu- 
tible, con cuyo ejercicio concuirirían además á llenar los 
deseos ya manifestados del propio gobierno norteamericano, 
demostraban su antipatía por la madre patria española! Ahora 
llevaba su acción hasta olvidar la sana doctrina de derecho 
internacional, que á Norte América misma se aplicaría, como 
se nos aplicó durante nuestra guerra por la independencia, de 
que no son los actos de los particulares los que comprometen 
la neutralidad de una nación sino los de su propio gobierno. 
Esta Proclamation de 1815 sería agravada por las leyes del con- 
greso de 1817 y 1818 sobre neutralidad, que Clay criticaría 
desde su asiento parlamentario y que don Manuel Hermenejildo 
de Aguirre soportaría, aunque criticándolas también, como si 
previera que el cónsul espafiol se serviría de ellas para redu- 



(1) E«a eepedlción se llevó k efecto, como Be espUca eu el Capitalo II . 
{%) State Paper» (de Inglaterra, porque los haj de Norte América. Loe que cito en esta 
obra son los de Inglaterra). Pajinas M4 y 986, afios 1814 y 1816, edición de 1889. 



12 ALBERTO PALOMEQÜB 



cirio á prisión y que nuestros connacionales quedaran sin de- 
fensa ante los tribunales de Nueva York, al rechazarse la perso- 
nería del cónsul de Porest, que el gobierno arjentino había nom- 
brado. Y era tanto más sorprendente lo declarado por Madison, 
cuanto que Norte América tenía acreditado su cónsul en Chile, 
en la persona de Poinsett, nombrado después del pronuncia- 
miento del 25 de mayo de 1810, lo que dicho cónsul festejaba, 
eu tal carácter^ como ya se ha visto. 

El ministro Eve- Nada de cstraño que así sucediera, pues an- 
rett, en ütaiirid, en daudo el tiempo^ y cuaudo ya Norte América 

fidenciíj. "*** *^*" ^^^^ *®^^^ ^^® recelar de España, revelaría por 

medio de una nota de su ministro en Madrid, el 
sefior Alexander H. Everett, dirijida al duque del Infantado, 
el criterio que, aún en 1826^ habla dominado en las altas rejio- 
nes diplomáticas de aquel país, ó, á lo menos, en el cerebro de 
algunos de sus altos funcionarios. Esta nota había quedado 
reservada en el ministerio de relaciones esteriores. Dominaba 
entonces John Quincy Adams, de cuya actitud me preocuparé 
en este estudio. Adams no había publicado esa nota; pero, en 
1828, ejerciendo entonces el ministerio de estado el célebre 
Clay, aquel tenaz adversario de Adams, de quien ahora, en 
1828, él era ministro, la envió á la Casa de Representantes, á 
petición de ella, siempre que, decía ésta, «el interés público lo 
permitiera» (d. Y es en esa nota que hallo párrafos, no bastan- 
temente vulgarizados en nuestra historia nacional, reveladores 
de la ignorancia del ministro Everett y del criterio curioso con 
que encaraba las personalidades de San Martin y Pueyrredou, 
aún en 1826. Era que la maldita guerra civil, que enjendraría 
el caudillaje y la tiranía, autorizaban tan absurdos cuan estra- 
viados pensamientos. Por lo demás, razón había tenido Adams 
para ocultar la nota. Era indigna del ministro Everett, á lo 
menos en la parte á que voy á referirme; por más que convi- 
niera darla á conocer en toda su integridad, porque contiene, 
en otro sentido, elevadas consideraciones políticas, hasta hoy 
no enunciadas en nuestros ilustrados manuales de historia 
nacional. 

El ministro Everett El scñor Evcrctt daba á conocer, en ella, cual 
•«JT^* * ^P^^ había sido la actitud primitiva de los Estados 
^eon iM c^onias! Unidos al iniciarse la guerra, para entrar luego 

á demostrar la ineficacia, en esos momentos, de 
los esfuerzos de España, tendientes á dominar naciones ya 
constituidas, después de una guerra de 16 años continuos. 
Reconocía que la actitud de España había sido lójica y proce- 

(1) State Paper», paj. 855, nño.s 1828-39, edición de lti:i2. 



VIBIÓN profAtica db madiaon bn IHIO 18 



dente, en un principio; pero no asi ahora, por lo que le aconse- 
jaba adoptara el camino de la reconciliación, por ser éste «el 
que debía asumir un hombre de estado» ante la fuerza de las 
circunstancias, ó, «en más justo y relijioso lenguaje, acatar la 
voluntad de Dios;» persistir en ello, decía^ «es revelar la inefi- 
cacia de los esfuerzos y presentarse por lo general como inju- 
riándose á si mismo.» 

£1 ministro creyó de su deber esponer las razones en que su 
gobierno fundaba esa opinión, trayendo á colación todas las 
informaciones que había obtenido relativas al estado de las 
colonias, que, según él, eran de buen oríjen. Y lo recuerdo, 
para demostrar cómo también suele equivocarse la cancillería 
norteamericana. Pintaba la situación que se había creado en 
las colonias durante el cautiverio del rey Fernando, para afir- 
mar que al regreso de éste él se hallaba con naciones que 
tenían el sélf govemment aún en medio á la anarquía en que 
habían vivido, siendo esta «la gran cuestión de derecho entre 
las partes, sobre la que el gobierno de los Estados Unidos 
nunca se ha atrevido á espresar una opinión: •fíis orUy* decía, 
on paints of fací and expediency that they have felt fheirgelves at 
líberty to offer their caunsels*. Al recordar la espedición del 
general Morillo, ensalzaba sus grandes condiciones militares, 
«escepto la de la humanidad», no obstante las cuales fué ven- 
cido», decía, «sirviendo para formar en la escuela de la espe- 
ríencia, á un gran jefe, cuyo solo nombre es ahora una pode- 
rosa fortaleza para sus conciudadanos». Recordaba asimismo 
la frustrada espedición de Riego, para terminar, en esta parte 
histórica, por afirmar que las fuerzas finalmente enviadas «fue- 
ron obligadas á capitular, por la acción decisiva de Ayacucho, 
la que reveló á un segundo gran jefe en un joven solamente de 
28 afios de edad». Así mencionaba honrosamente á Bolívar y á 
Sucre, personajes y sucesos que los norteamericanos conocían 
mejor, sin duda por hallarse más próximos al lugar donde tales 
acontecimientos é individuos se desarrollaban. Ya se verá en 
cambio lo queel seflor Everett decía de SanMartlny Pueyrredon! 
Y traía el recuerdo de esos malos éxitos de España, para asegu- 
rar que ésta, en la triste situación por que atravesaba, financiera 
y políticamente, no podía pensar siquiera en organizar nuevas 
espediciones, que, al fin, sucumbirían, como las anteriores. Por 
eso aconsejaba «un pacto de paz en los mejores términos, bajo 
tales circunstancias». Creía que se imponía. 

Opinión de Eve- Y, entrando luego al punto que principalmente 
rctt sobre Bolívar y ^10 interesa haccr resaltar aquí, para demostrar 
***"• cuan erróneamente se juzgaban, aún en 1828-29, 

en Norte América, los hombres y las cosas del Rio de la Plata, 
diré que el sefior Everett reconocía, lo que es ya un hecho 



14 ÁLBBttTO PALOMfiQUE 



indiscutible en la química esperimental de las nacionalidades, 
que toda «comunidad que cambia su forma de gobierno violenta 
y repentinamente^ es necesariamente víctima, durante un pe- 
ríodo, de la anarquía y de la guerra civil;» que esto había suce- 
dido á todas: á Méjico, Colombia, Perú, Chile y Provincias 
Unidas, con escepción del Paraguay, «cuya condición interna 
es muy poco conocida de los estranjeros». Y recordaba esa 
anarquía, esa guerra civil, para probarle á España que le era 
imposible aprovecharse de ella, porque ya había pasado, 
«siendo castigados sus autores, y presentando, los pueblos sud- 
americanos, en la actualidad, una tranquilidad aparente como 
en parte alguna de Europa ó del mundo entero». Allí están, 
decía, «con sus respectivos gobiernos organizados, empezando 
á estender sus miras hacia afuera, y reunidos, en este momento, 
por sus ministros, en un Congreso, en Panamá, con el propósito 
de formar entre ellas mismas un plan de común acuerdo para 
la acción». Era verdad el pensamiento de Panamá; pero era 
inexacto que el Rio de la Plata adhiriera incondicionalmente á 
semejante idea, en la que, al fin y al cabo, á realizarse, el Breno 
norteamericano pesaría con su espada en la balanza. Sólo con 
condiciones entraría la Arjentina, obligada por los sucesos y 
siempre que Bolívar cumpliera su misión ayudando á sus herma- 
nas en la guerra con el Imperio del Brasil. No lo hizo así Bolívar, 
por lo que la Arjentina tampoco realizó lo que aquel jenio se 
proponía bajo los auspicios del gobierno yanki. Así se esplica 
la admiración de Everett por Bolívar y Sucre. Es que Everett 
debía conocer cual había sido la resolución del gobierno arjen- 
tino. Y de ahí, que, al reservar todos los elojios para Colombia, 
es decir, para Bolívar y vSucre, con motivo del pensamiento del 
Congreso de Panamá, que siempre atraería las vistas de Norte 
América, hasta llegar al suspirado canal de los tiempos pre- 
sentes, tuviera las espresiones más crueles y despreciativas 
para dos de los más grandes hombres de la Revolución de 
Mayo: Pueyrredon y San Martín! 

o^aióB dcsiirecia- Él croía terminada la era anárquica en toda 
tiva de EvcKtt sobre gu¿ América, por lo que, después de recordar 

ríedoB^" ^ ^^ ^^^ ®"^ autores, como «Iturbide, en Méjico, Piar, 

en Colombia, y Carrera, en Chile, habían sido 
públicamente ejecutados como traidores, por lo que ya no ha- 
bía que temer la guerra civil», decía, «que San Martin y Puej»^- 
rredon habían desempeñado igual papel, y, si no han tenido el 
fin de aquellos, á lo menos estaban colocados en situación que 
no les permitía obstaculizar la marcha de progreso en el Rio de 
la Plata.» Para que se comprenda la estupenda afirmación, hela 
aquí: 

«San Martin, que desertó de su puesto al frente del gobierno 



VISIÓN PROrÉTICA DE ttADiftOK EN 1810 In 

del Perú, en un periodo critico, perdió su influencia, cayó en la 
insignificancia y se dice que ahora vive desconocido en Bruse- 
las. Pueyrredon, que aparece como comprado por los qjentes de su 
ioqjestady aunque ocupando el puesto de director supremo de la 
República de las Provincias Unidas del Rio de la Plata, no pudo 
arrasti*ar consigo un solo hombre; fué obligado á abandonar 
su cargo y su país, y parece que, según es entendido, ha muerto 
en alguna parte, en la oscuridad, de un ataque al corazón (of a 
broken heart — corazón partido). Esta ha sido la suerte de los auto- 
res principales de las disensiones internas en América. Y no son 
evidentemente de naturaleza para envalentonar á otros. En el 
hecho, desde la desaparición de estas primeras turbaciones^ el 
reinado del buen orden y de las instituciones políticas consoli- 
dadas parece que ha tomado asiento en todas partes y está apa- 
rentemente establecido.» ^'^ Y este era el criterio que había do- 
minado en el espíritu de John Quincy Adams, en 1818, en su 
calidad de ministi^o de Monroe, del cual se hiciera eco el dipu- 
tado Garnett, como se verá; y el mismo que ahora, Monroe, 
como Presidente, dejaba que se explayara por su representante 
Everett, en Madrid! ¡Pueyrredon muerto en 1828 y San Martin 
insignificante! Y no se detenía aquí el sefior Everett. Aún ale- 
gaba que si un nuevo Pueyrredon fuera comprado por los ajen- 
tes de su majestad, «nada se conseguiría en el orden de recuperar 
las colonias ...» Esto, decía, «está evidentemente demostrado 
por el hecho de Pueyrredon, á que he aludido. Aquí había una 
persona que desempeñaba el poder ejecutivo en uno de los 
nuevos estados, con una alta reputación y aparentemente po- 
seyendo gran influencia, que consintió en emplearla para cele- 
brar una unión, bajo su gobierno, con la madre patria, de la 
manera más plausible que pudo hacerse. Esta colonia í\xé pre- 
cisamente una en la que las disensiones políticas han preva- 
lecido en gran ostensión, habiendo asumido, durante un largo 
período, el camino de la actual guerra civil... ¿Qué sucedió? 
¿Pudo Pueyrredon, bajo todas estas favorables circunstancias, 
retrotaer el reconocimiento de la Colonia, bajo su gobierno? He 
dicho que no pudo arrastrar consigo un solo hombre. No pudo 
permanecer en su país. Fué miánimemente execrado por todo d con- 
tinente americano, y á fin de escapar á una muerte ignominiosa, fué 
obligado á esconderse en algún oscuro rincón, donde seguramente ha 
muerto de dolor y de vergüenza. Tal es la historia del único conside- 
rable apóstata que ha sido ha^ta ahora arrebatado («^gained*: compra- 
do, gan€ido) á la causa de la independencia en América!^ * 



(i; Siate Paperr, páj.9. 862 y 863; aflos 1828-Í9; edición de 18Si. 

(i) Bl seftor Pueyrredon contestó i esto, en 18S9, con un folleto titulado: •lUfUtaci&n á 
una otro» calumnia hecha con denuuiada Ujereza á un general de la Repúbltca ÁTfentina; 
por Mtr. Alejandro H. Everett, minietro plenipotenciario de loe Eetadoe Unido» de Norte 



16 ALBORTO PALOMBQUB 



£1 señor Everett ignoraba cómo el sefior don Juan Martín de 
Pueyrredon había salido de su país, cómo volvería á él y dón- 
de moriría. Bueno es referir esas escenas, edificantes, por cierto, 
y muy poco generalizadas; al punto de no haberlas visto recor- 
dadas, en los documentos del día, al inaugurarse la estatua de 
Pueyrredon en los momentos en que escribo las presentes lí- 
neas. — Por lo demás, débese agradecer al sefior Clay y á sus 
amigos la publicación de este documento, que viene á justificar, 
una vez más, lo que los partidarios de Juan Quincy Adams sos- 
tenían acaloradamente en 1818, en la Cámara de Representan- 
tes: «gwe él único demócrata en las Provhicias Unidas del Rio de l<i 
Plata era él ^brave and gálant repúblicain general Artigas*. Elsa pu 
blicación fué hecha debido indudablemente á Clay, quien, par- 
tidario decidido de la independencia sudamericana, á cuyos 
esfuerzos se debía su notoriedad política) entre nosotros, y aún 
en su país, había trabajado, al llegar al ministerio de relacio- 
nes esteriores, porque la Rusia, omnipotente entonces, influye- 
ra con España para que desistiera de sus pretensiones recoloni- 
zadoras. No habiéndolo conseguido, vino entonces la ac- 
ción directa de Estados Unidos, por intermedio de Everett, acon- 
sejándole á España asi lo hiciera, como se ha visto, por obra de 
la nota que estudio en este momento, muy poco ó nada vulgari- 
zada en los anales históricos revolucionarios de la época. 

«ladifereoda púbii- El scñor Pueyrredon había dado al país la 
c«* respecto de Pney- carta de 1819. Su misión había terminado. Ha- 
ü^ -^-üyitÜ/*" bía encontrado á la nación desorganizada y he- 

cho por ella cuanto humanamente había sido 
posible en el orden de sus instituciones. Sus adversarios 
subieron al poder, pero, mientras tanto, él había que- 
dado ahí, en la ciudad de Buenos Aires. Comprendió, sin 
embargo, que su permanencia podía ser causa de graves difi- 
cultades en aquellos tiempos candentes, por lo que concibió el 
alto y patriótico pensamiento de ausentarse del país. Pero, 
no quiso hacerlo fugando, huyendo de la acción de la autori- 
dad, por más solemne que fué el instante en que tal resolución 
adoptara. Y entonces, poniendo en juego un procedimiento 
constitucional, aún no incorporado, por aquel entonces, al sis- 
tema de las instituciones orgánicas, pero sí comprendido en el 
viejo sistema de la Recopilación de Indias, se dirijió al sobera- 



América, en la Corte de España. (BuenoH Aires — Imprenta de la Independencia, i829)~8e 
encuentra en la Biblioteca Nacional y en La Gaceta Mercantil de 1829.— En la Adidán qae 
contiene este folleto se habla de los trabajos de don Andrés Arguíbel y de don Ambrosio 
y TomAs Léxica, á que me refiero en otra parte de este libro. Allí se decía: «Pero no, yo 
qaiero suspender todo Juicio ofensivo, hasta que el señor Everett, me dé la conte.staclón 
que le pido y que espero con confianza, porque debo creer que aunque no dijo la verdad 
obró de sana fé y no le serA en tal caso violento reparar su error» CpAjina 1%). 



VISIÓN PBOFÉTICA DB MADISON EN 1810 17 



no congreso nacional pidiéndoles autorización para salir de su 
tierra nativa. Hay quien cree que fué desterrado de una ma- 
nera vulgar; pero, no fué así, como vá á verse. De ese error 
participaba el señor Everett, que recojía, como se vé, todos los 
denuestos, como dice el mismo general Mitre, que por aquel 
entonces le dirijian sus enemigos. 

Pueyrredon había creído terminada su tarea con la constitu- 
ción de 1819, por lo que resolvió retirarse á la vida privada 
«una vez establecido el orden normal.» Aspiraba al descanso, 
por lo que, en 16 de junio de 1819, una vez admitida su renun- 
cia por el congreso, le decía á San Martin: «Al fin fueron oídos 
mis clamores y hace seis días que estoy en mi casa libre del 
atroz peso que me oprimía.» El general Mitre dice que «la indi- 
ferencia pública le acompañó en su retirada á la par que los 
denuestos de sus enemigos, y el cansancio de sus amigos deses- 
peranzados, que como él se habían gastado en el roce, en el 
trabajo y en la lucha.» (d Esto no quiere decir, ni aun para el 
general Mitre, que su administración, que respondió á las difi- 
cultades con que tuvo que bregar, fuera digna de una repulsa 
absoluta. Por eso el congreso de la época no le aceptó su pri- 
mera ni segunda renuncia. Fué necesario que él insistiera^ 
hasta por tercera vez, para que se la admitiera. En efecto, el 
congreso se reunió el 9 de junio de 1819 y se dio cuenta de 
una nota de Pueyrredon, en la que, dice el acta, «acusando re- 
cibo del acuerdo relativo á que continuase ejerciendo la supre- 
ma majistratura hasta la reunión de las cámaras, después de 
protestar su reconocimiento con las más vivas y urbanas es- 
presiones, ponía en consideración del congreso que la grave- 
dad de sus males y la necesidad de una pronta curación, eran 
incompatibles con las atenciones de un cargo que pedía esfuer- 
zos iguales á su elevación, y concluyendo por hacer dimisión 
de él y pidiendo se nombrase la persona que había de subro- 
garle.» Esta insistente actitud del señor Pueyrredon dio motivo 
á que se admitiese su renuncia, por 17 votos, acordándose que 
se espresase en la nota que «sólo el interés del congreso en el 
restablecimiento de su salud había podido resolverlo á admitir 
esta renuncia repetida por tercera vez, y que pasase una comi- 
sión á espresarU él reconocimiento de la nación por su laudable 
conducta en todo el tiempo de su acertada administración^ á pesar de 
tan dificües circunstanciaos en que se ha visto.* La comisión se 
compuso del presidente, vice-presidente y diputado Malavia, 
autor éste de la moción, en su última parte. Además, se mani- 
festó por el diputado Rivera que le era muy sensible adherir 
con su sufrajio á la renuncia, y que sólo lo daba con la cali- 
dad de que el soberano congreso, en remuneración de los ser- 



I (1) Hi$toria ဠBélgrano por BArtoIomé Mitre, páj8. S39 á 241; tomo III. 



18 ALBBftTO fALOAtBQÜE! 



vicios prestados, le concediera al supremo director la especial 
prerrogativa de que tomara plaza en el senado como director 
que acababa; sobre lo cual, dice el acta respectiva, hizo espe- 
cial mención, la que fué suficientemente apoyada. De acuerdo con 
lo resuelto,asílocomunicó el congreso alseftorPueyrredon, por lo 
que le decía, en la nota, que, «con el mayor dolor y sentimiento 
había condescendido el congreso á la instancia hecha de oficio 
por tercera vez: que le daba las más espresivas gracias por el 
celo y beneficencia con que lo había desempeñado y que no 
podía dispensarse de manifestar que sólo el interés que tomaba 
por el restablecimiento de su salud había podido determinarlo 
á adoptar una medida tan mortificante.T^ 

Como se vé, no caía del poder tan solo ni desprestijiado el 
señor Pueyrredon, como para que pudiera aseverarse aquello 
que he recordado del señor Everett, ni aún lo mismo que enun- 
cia el señor general Mitre cuando nos habla de la «indiferencia 
pública» con que había sido mirada su salida del puesto guber- 
namental. El señor Pueyrredon permaneció en Buenos Aires, 
en su hogar, durante siete meses y días, no sin haber pedido á 
la autoridad entrante, á los dos meses de su retiro, que se nom- 
brase una comisión que inspeccionase la inversión de la suma 
empleada en gastos secretos, (d Más aún; como se anunciara 
la espedición de Cádiz, el gobierno utilizó sus servicios en 
esta forma: 

1364. — Enrolamiento en la Escolta del Director y batallón de 
cazadores. 

Bando. — Don Eustoquio Díaz Velez, Coronel Mayor de los 
ejércitos de la patria, Intendente General de Policía, Goberna- 
dor Intendente de esta Provincia, Delegado de Correos, etc. — 
Por cuanto urjiendo por momentos la organización y discipli- 
na de los cuerpos que han de emplearse en la defensa del país, 
entre los que se enumeran los escuadrones de la escolta direc- 
torial y el batallón de cazadores cívicos, mandados crear por 
decreto supremo, publicado por bando el 15 del corriente, he 
resuelto, á consecuencia de las órdenes superiores que se me 
han comunicado en la materia, que todos los empleados de las 



(1) Acta del Congreso de V* de agosto de 1819.— Véase el folleto de Pueyrredon titalado: 
El Oeneral Pueyrredon d loe Puéf>loe de loe Provinciae ünidae de Sud América (Monte- 
video, 8 de mayo de 1890), qne se encuentra en la biblioteca nacional, en el qne se dice, 
entre otras muchas interesantes cosas: «El único reo que yó encuentro en esta causa y 
que acuso formalmente ante vosotros, es don Manuel de Sarratea, por haber alevemente 
vendido los más sagrados secretos de la nación.» En este folleto espliea como salió de 
Buenos Aires, y agrega: «Ocho meses habían corrido desde mi separación del directorio 
cuando tuvieron lugar los escandalosos sucesos del año 20: de ese año en que se vieron 
entroniíadas la impostura, la licencia y el vicio: año de desenfreno, de disolución y de 
ruina: de eee afio para siempre funesto á la memoria de los amigos de la libertad.» (paji- 
na n). El sefior comandante Oliden, aludido en este folleto, contestó, publicando su de- 
fensa «n la Oaeeta MereantÜ de 1829. 






VISIÓN t>ItOF6TICÁ DE MADI0ON «t 1810 19 



oficinas del EstadOy y vecinos no alistados en los tercios cívi- 
cos, que quieran rejimentarse en los citados escuadrones al 
mando del señor Brigadier General don Juan Martin de Pueffrre- 
dány se presenten, desde el 31 del que corre, ante el segundo 
jefe de ellos, Coronel graduado D. Agustín Pinedo, en su casa, 
sita dos cuadras de la plaza Mayor, calle de las Torres, y me- 
dia para el alto sobre la derecha; y que los alcaldes del barrio 
y sus tenientes de que se compone el nominado batallón de 
cazadores, cuyo mando se me ha confiado, lo verifiquen la tar- 
de del mismo día en mi casa, advirtiendo que también pueden 
hacerlo los ciudadanos no alistados en los tercios cívicos, me- 
diante á que les es arbitra la elección de cualquiera de los dos 
cuerpos creados. Por tanto y para que llegue á noticia de to- 
dos, mando se publique por bando á las 4 y media de esta tar- 
de, fijándose los ejemplares en los parajes públicos de estilo. — 
Buenos Aires, agosto 28 de 1819. — Eustoquio Diaz Velez. — Por 
mandato de su señoría don José Ramón de Basavilvaso.» ^^^ 
(Gaceta de Buenos Airesy núm. 137) 

Bi aflo 20 y la ac- A principios del afio 20 se desarrollaron los 
titod de Paejrrrcdoii. sucesos que han caracterizado lúgubremente esa 
época tumultuaría de la sociabilidad arjentina, la que, preci- 
samente había sido contenida, en sus desbordes, por la acción 
enérjica del gobierno fuerte de Pueyrredon. El caudillaje iba 
á desarrollar su acción. Sarratea, que lo encelaba, movía las 
pasiones. Entonces, Pueyrredon, no huye como un ser vulgar: 
no: medita, y se dirijo al soberano congreso, que pronto caería 
envuelto por la ola de la muchedumbre, para caracterízar aquel 
cuadro sombrío de la historia arjentina. Eso era lo que el 
señor Everett ignoraba, por lo que mal pudo revelarlo en su 
nota al duque del Infantado. La anarquía lo devoraba todo; 
arrasaba instituciones, hombres, cosas, hábitos, costumbres, ho- 
gares; y esto sería lo que haría que Pueyrredon, como uno 
de tantos elementos importantes que formaban parte de esta 
sociedad, allá fuera, al estranjero, antes que los demás. Allá 
se encontrarían luego reunidos todos por obra de la tiranía 
arjentina que surgiría de ese movimiento del año 20! No mo- 
riría en un rincón ignorado, sino que, al sentirse desfallecer, 
volvería á su país, para exhalar el último suspiro, no como 

(1) En otra parte he hablado de la Importancia del servicio prestado por Pueyrredon con 
la misión á Espafia de don Andrés Arguibel. Diré ahora, que Torrente Be eí^presa asi: 
«Cuando llegó á persuadirse (Pueyrredon; de la imposibilidad de r&<iistirse á las armas del 
rey, que amenazaban una próxima Invasión en aquel territorio, ayudó á introducir con sus 
intrigantes y artificiosos mancos el fuego de la sedición entre las tropas españolas desti- 
nadas á la reconquista de este país; y á su pestilencial influjo se debió en parte la rebelión 
denominada de la Isla de León, cuyas fatales consecuencias quisiéramos borrar de nuestra 
memoria. (Torrente, tomo III, pajina s, citado por Calvo en la páj. 817 del tomo 6 de su 
obra AnáUt hittáricoB de la revolución dé la América latina). 



20 ALBlBRTO PALOMI^QUE! 



apóstata, avergonzado y con dolor, sino como ciudadano que, 
si cometió errores, los rescató con su carácter, sus sanas inten- 
ciones y sus grandes servicios al país. Por eso al Congreso 
le había sido mortificante aceptar su renuncia! 

Ante ese desborde que se venía encima, Pueyrredón creyó 
necesario salir del país. Y fué así que, con espíritu profetice, 
le decía al congreso, «que eran difíciles las circunstancias en 
que se encontraba el estado: que, á su juicio, eran ineficaces 
las medidas que se tocaban para remediar los estragos de la 
guerra intestina: que era un deber del congreso atajarlos á 
cualquier costa, por lo que no lo era menos buscar los medios 
fuera del círculo ordinario. «Callen», le decía, «por esta vez, 
en el ánimo de V. E., la voz de la justicia y los sentimientos 
j onerosos de amistad y delicadeza, para hacer lugar al eco 
penetrante de la pública conveniencia que pide paz interior. 
En vano será inventar arbitrios para la armonía si no se des- 
truyen los elementos que forman y construyen la discordia. Los 
altos destinos que he ocupado, han dejado sobre mí rencores y 
venganzas, y las consideraciones públicas que se me tributan, 
infunden sobresalto y recelo de un porvenir desgraciado á los 
que me odian ó me temen. Es infelizmente demasiado grande 
el número de éstos; y, ¿será prudente, será político, sacrificar á 
mi sola quietud la seguridad de muchos hombres que, si atontan 
con tenacidad contra el gobierno, es talvez solo porque el go- 
bierno me honra y me sostiene? ¿Habrá de sufrir el estado 
convulsiones de muerte por la comodidad de uno solo de sus 
miembros? Nó, soberano señor; la patria pide concordia y yo 
debo dársela á la patria en la parte que esté á mis alcances. Es 
visto que mi presencia irrita; y es visto también que mi separa- 
ción es necesaria á la política interior del estado; débame el 
país este sacrificio más. Yo he resuelto, pues, dejarlo por el 
tiempo que sea necesario á la quietud pública, y el que bastase 
á que mis enemigos personales se tranquilicen. Pero, como no 
me aleja el crimen sino un esceso de amor al orden, debo espe- 
rar que V. E. autorice mi salida de un modo decoroso, capaz 
de dejarme abiertas las puertas para volver algún día á esta 
patria que me dio vida, que me cuesta tantos cuidados y sacri- 
ficios y que amo sobre todas las cosas de la tierra. No trepide 
V. E. en tentar esta medida, pues yo mismo le presento la oca- 
sión para salvar el confiicto en que advierto el recto ánimo de 
V. E., ni tema V. E. la crítica esterior; pues todos los imperios 
hacen sacrificios á su conveniencia. Yo sabré además sostener 
por todas partes el crédito de las autoridades de mi país y haré 
votos constantes por el acierto y la prosperidad de V. E. (*^ 

Pueyrredón quería salir solo. No quería que hombre alguno 



Ci) Actas del 29 j 31 de enero de 18S0. 



VI0IÓN pbofAtica de madibon bn 1810 21 



lo acompafiase. Ahí tiene esplicado el sefior Everett su error, 
y por que saldría como abandonado de todos. Pero, aún contra 
su voluntad, saldría arrastrando al ex-ministro Tagle. El con- 
greso reconoció que «convenía á la tranquilidad pública que 
Pueyrredon y Tagle salieran del país hasta que mejoradas las 
circunstancias, pudiesen, ó libremente restituirse al seno de 
su hogar, ó llamados que fueran, vinieran á responder á car- 
gos que se les tuvieran que hacer». El jefe del estado mayor, 
general don Cornelio Saavedra, recibió la orden del congreso 
y Pueyrredon fué á dar á Montevideo, donde dominaban los 
portugueses. í*^ 

Llamado de Pney Estc documcuto, altamente honroso paraPuey- 
rradon por el jobitr- rredon, quizá uo lo conocía Everett. Hoy mismo 
no de M pait. ^^ ^^ halla citado en las monumentales obras 

de Mitre y López. Éste, apenas si lo cita, en parte, trunco. 
Y lo que es más, no mencionan el interesante suceso que muy 
luego le acaeció á Pueyrredon, en Montevideo, y la noble y 
levantada actitud del gobierno de Buenos Aires; hecho que 
voy á dar á conocer, creo que por primera vez, en estas pa- 
jinas escritas con el solo propósito de ilustrar un punto inte- 
resante de nuestra sociabilidad política. Él es muy honroso 
para el pueblo arjentino, y muy en especial para el sefior don 
Martín Rodríguez, gobernador de Buenos Aires, personaje que 
actúa en el momento en que se produce el suceso. 

El sefior Pueyrredon estaba en Montevideo. Los sucesos del 
afto 20 ya se habían desarrollado y Pueyrredon había cum- 
plido, en seguida, la orden del congreso. Ella le había sido 
i.-omunicada el 31 de enero de 1820, y el 1° de febrero, antes 
de las 24 horas, como se vé, escribía al congreso: «Queda 
obedecida la soberana resolución del día de ayer comunicada 
por V. E. en que se ordena mi salida del país, por convenir 
así á la pública tranquilidad. Yo seré feliz en todas partes, 
si mi sacrificio es el último que asegure el orden interior del 
estado. Dios guarde á V. E. muchos afios. En la rada de Buenos 
Aires, á P de febrero de 1820». 

AHÍ estaba, en Montevideo, en medio á los portugueses, cuando 
un buen día el general don Martín Rodríguez, según resulta del 
oficio de 27 de marzo de 1821, al ver las combinaciones que se 
preparaban por Alvear, Ramírez y Lecor, creyó absolutamente 
necesaria la presencia de Pueyrredon y lo llamó á Buenos Aires. 
El desterrado voluntario, que así era honrado, inmediatamente 
acató el llamado. No demoró un minuto en cumplirlo. Hizo lo mis- 
mo que cuando se le comunicó la orden de salida. Semuniódesu 



(1) Eu el folleto citado se espllca la precipitación cou que se procedió i hacer todo esto 
por el Congref(o, reunido en las primera? horafi del dfa. 



22 ALBBRTO PALOMBQUB 



pasaporte; y estaba ya para embarcarse, cuando fué detenido 
por un decreto del barón de la Laguna, de 3 de Abril de 1820, 
que se lo transcribió al señor Pueyrredon, en la misma fecha, 
por via de orden, el diputado del cuartel maestre general de 
aquella plaza de Montevideo. Inmediatamente el señor Puey- 
rredon puso el hecho en conocimiento de su gobierno, quien, 
sin más trámite, se dirijió al señor barón de la Laguna recla- 
mando contra el atentado que se cometía en la persona de su 
subdito. Ya vá viéndose como no resultaba olvidado el deste- 
rrado y que «la indiferencia pública» solo existía en el ánimo 
de los adversarios. En esa nota-reclamación decía el señor 
Rodríguez que «el brigadier general don Juan Martín de Puey- 
rredon reunía á su superior clase militar, la circunstancia de 
haber sido jefe y majistrado supremo de las Provincias Uni- 
das: que por sus servicios había sido distinguido entre sus 
conciudadanos con singulares consideraciones: que había per- 
manecido en Montevideo al abrigo de las leyes y del gobierno 
de S. M. P., mientras duraban las ajitaciones y trastornos que 
motivaron su separación de la capital: que desde que se resta- 
bleció la tranquilidad de la provincia había podido retirarse 
á ella el brigadier Pueyrredon, pero que un esceso de deli- 
cadeza y moderación le habían aconsejado, sin duda, el par- 
tido de no solicitarlo, hasta que el gobierno había tenido por 
conveniente llamarlo por oficio 27 del pasado. 

Esto espuesto, agregaba que «estaba cierto de que la conduc- 
ta del brigadier de Pueyrredon no había dado el más leve mérito 
á aquella medida por reato alguno criminal, y en el supuesto 
de que el citado decreto ha sido espedido con el designio de 
evitar cualquiera motivos que puedan turbar la armonía entre 
ambos gobiernos, según su contesto literal, no puedo desenten- 
derme de hacer á V. E., como le hago, la más seria y formal 
reclamación por la persona de un oficial general que ha morado 
en Montevideo bajo la respetable fé de la seguridad pública que 
V. E. le otorgó, y que no ha desmerecido por acto alguno delin- 
cuente. El brigadier Pueyrredon no salió de Buenos Aires emi- 
grado ni deportado; salió con solemne pasaporte del director 
supremo que entonces dirijía al estado: es llamado espresa- 
mente por el gobierno á que pertenece: tiene un derecho incon- 
testable de regresar libremente á su país: no puede ser com- 
prendido en el decreto de V. E. según los objetos que en él se 
anuncian, y por lo mismo el embargo de su persona sería una 
abierta infracción de la ley de las jentes que no podría disimu- 
larse». Por todo esto no dudaba el gobernador Rodríguez que 
el barón de la Laguna, «instruido de estas circunstancias, y 
atento á las relaciones mantenidas entre S. M. P. y este 
gobierno, se sirva dejarlo luego espedito para que pueda res- 
tituirse á su país, como están aquí espeditos los subditos de la 



VISIÓN PBOFAtICA DB MADI80N BN 1810 g8 

corona de Portugal que residen bajo la protección de las leyes 
y han sabido respetarlas» (d. 

Esta nota la envió el gobierno por intermedio del sárjente 
mayor don Santiago Walcalde, encargado de recibir las comu- 
nicaciones que el barón quisiera hacer sobre los puntos que 
ella contenía. A la vez, todo ello se lo hacía saber al sefior 
Pueyrredon, en respuesta á la nota de éste, de fecha 5 de abril, 
«con la prevención, decía, de que en el caso, que, como no lo 
espera, no produzca el presente reclamo el efecto que se propo- 
ne en el ánimo de ese Gobierno, lo avise inmediatamente para 
espedir las providencias más análogas á hacerlo efectivo, y 
dejar bien puesto el crédito de la autoridad.» w Pero, como el 
barón no contestase, el gobernador Rodríguez, cansado porque 
ni siquiera se noticiaba el recibo de la nota, ordenaba á su ayu- 
dante Walcalde regresase inmediatamente, con ó sin contesta- 
ción. Así se lo decía al barón, esperando no se le opusiera 
dificultad á su ayudante o). 

DcitfroMflcbrcdc Lo narrado demuestra lo contrarío de lo ase- 
PvcyrrcdoB, m I8N. vcrado por el seftor Everett. Por lo demás» el 

señor Pueyrredon murió, no en 1826, en un rín- 
cón ignorado, sino en su hogar, en San Isidro, 24 aftos después 
de la fecha en que ya lo daba por fallecido aquel sefior, — es de- 
cir, en 1850. Lo que sí, le aconteció lo que á Belgrano. Parece 
que en los papeles públicos de la época no se anunció su muer- 
te. La tiranía dominaba y ni siquiera se permitió llevar el cuer- 
po en su carruaje particular. ¿Por qué? Con el fin, dice don Anto- 
nio Zinny, de que sus restos mortales fuesen conducidos á la úl- 
tima morada, en el cementerío de Buenos Aires, con más decen- 
cia de lo que á la sazón era de práctica, el hijo del finado solicitó 
permiso de la policía para conducirle en su carruaje particular; 
pero el jefe del departamento, don Juan Moreno, se lo negó^ fun- 
dado en que don Nicolás Marino, ^^^ fallecido pocos dios antes, no 
hábia tenido otro vehículo que el carrito pintado de colorado (carro 
fúnebre) y que, por consiguiente, el brigadier general don Juan Mar- 
tin de Pueyrredon, que no era mejor que Marino, bien podia ser con- 
ducido del mismo modo ^^K 



(1) Copiador núm. 5, p4}, 6, Archivo del ministerio dereUeiones esterlores. (Biblioteca). 

(2; Yd. páj. 6 Ylt. 

(3) Td. pal. 6, (6 de Hayo de 1821). 

(i) Historia de Bozas por Saldias, tomo 4. Puede verse para saberse quién era Marifio. 

(5) Revista de Buenos Aires, tomo li. p4), 288. Para comprender bien este incidente, es 
necesario recordar que había ana disposición gabemativa, basada en razones bastante 
sednctoras, que prohibía el Ic^o desplegado en los entierros. De ahí que se mandara que 
todo el mundo demostrara humildad ante la muerte, usándose el carro fúnebre colorado 
y dos cochesy (decreto de fecha 28 de octubre de 1829), Por eso, cuando murió Sarratea, 



24 ALBBRTO PALOHBQUB 



Errar de Evcrett Ahora, en cuanto á lo que afirmaba el seftor 
rctpMto de San Mar- Everott de quo «San Martín había desertado de 
**"• su puesto, en el gobierno del Perú, en un período 

crítico», la historia se encargaría de revelar este gran error. 
Andando los aflos, se hallaría entre sus papeles el más hermoso 
documento de su vida, que lo exhibía noble, abnegado y grande. 
No descendió entonces á discutir la calumnia, pero entre sus 
papeles estaba el borrador de la nota que había dirijido á Bolí- 
var en ese momento crítico, que esplicaba su elevación de 
alma. No cabían los dos hombres en el escenario político. San 
Martin, con toda sinceridad, se ofreció para servir bajo las 
órdenes de Bolívar. Esto no pudo realizarse. Y entonces aban- 
donó el gobierno del Perú, después de celebrar la entrevista de 
Guayaquil, dejando al mundo un alto ejemplo de resignación 
democrática. Así moriría en Boulogne-Sur Mer, y desde el 
estranjero serían traídos sus restos para vivir eternamente 
custodiados por la gratitud nacional. 

Él dijo entonces á Bolívar estas nobles palabras: 

«Desgraciadamente, yo estoy íntimamente convencido, ó 
que no ha creído sincero mi ofrecimiento de servir bajo sus 
órdenes con la fuerza de mi mando, ó que mi persona le es 
embarazosa. . mi presencia es el único obstáculo que le impide 
á usted venir al Perú con el ejército de su mando. Para mí 
hubiese sido el colmo de la felicidad terminar la guerra de la 
independencia bajo las órdenes de un general á quien la Amé- 
rica debe su libertad. El destino lo dispone de otro modo, y es 
preciso conformarse ... He hablado á usted, general, con fran- 
queza, pero los sentimientos que exprime esta carta, quedarán 
sepultados en el más profundo silencio; si llegasen á traducirse, 
los enemigos de nuestra libertad podrían prevalecerse para per- 
judicarla, y los intrigantes y ambiciosos para soplar la dis- 
cordia.» 

Y, el sefior Everett, que todo eso ignoraba, ¿no desempeñaría, 
sin embargo, en 1826, el papel que San Martin, guardando 
secreto, quería evitar á los intrigantes y ambiciosos? 

No sé si el seftor Everett vivió lo bastante como para ver la 
gloria de San Martin y su apoteosis! ^^^ 



snB restos, traídos de Europa, en medio ¿ la recepción oficial de que eran objeto, sólo 
fueron segnidos por dos carruajes (Véase además Histeria de los gobemadoreé, por Zinny 
pé^. t7). Respecto al regreso de Pueyrredon A Buenos Aires encuentro en la Correspou- 
dencia diplomática del doctor don Manuel Herrera y Obes, una carta del doctor don An- 
drés LAmas, en la que, entre otras cosas, dice: —«Por la Emite llegó el general Pueyrre- 
don, que pasa A Buenos Aires. Pueyrredon cree en la posibilidad de una espedición fran- 
cesa y aun se muestra receloso de las miras ambiciosas de los franceses. Tal vez esto úl- 
timo no sea m&s que un recurso para hacerse agradable al héroe americano, bajo cuyo 
paternal gobierno va A vivir.» (Carta fechada en Janeiro en noviembre 20 de 1849. En mi 
archivo particular.; 
(1) I^a nota confidencial de Everett se encuentra en la páj. 0ótí de iítate Papers, afto 1828-29. 



CAPITULO II 
La misión Thompson i Norte América, en 1816 

Inftuenoia ú% Nort« Amérioa § n ti ánimo dt Im gobtrnAntot aritiitiiiM. U «Itléii 
dtl oorontl don Martín Thompson, á Ettadot Unidos, on 181S.— Coso dol soSor 
Thompson por ordon do Pnoyrrodon.— Causa qus motlvd la aotltad do PHoyrrodon. 



u tafincncia de Lo8 hombres pensudores de la revolución de 
íT* ^T^ *bJ! ^^^y^' ^ pesar de haber sentido las palpitacio- 
nairt!» i^ntiMt al ^^^ ^^ ^^ revolucíón francesa, comprendieron, 
iniciarle la retóla- sin embargo, desde el primer momento, que de- 
cida de mayo y la bían imitar el ejemplo gubernamental que esta- 
"'*'*" *%h^r^ ba dando Norte América. ^^> De ahí que busca- 
TelMmVni&J!!^ ran la protección y ayuda de ésta, por lo que, en 
enero de 1810. 1813, influenciados, sin duda, por la misión nor- 

teamericana de 1810, comunicaban al represen- 
tante de esa nación, en Chile, la instalación de la asamblea 
constituyente. Consideraban tan necesario ese ejemplo, en mo- 
mentos difíciles, cuando se desarrollaron los sucesos de 1816, 
que el gobernante de la época decía á sus administrados vie- 
ran cómo Estados Unidos resolvía sus conflictos democráticos, 
para que en ellos inspirase los nuevos ciudadanos del Río de la 
Plata. 

Cuando la república iba á revelar su fuerza gubernamental, 
poniendo al frente de ella al enérjico varón don Juan Martín 
de Pueyrredon, cuyas virtudes acaban de exhumarse en nues- 
tros días al inaugurarse su estatua en Mar del Plata, ^^^ volvió 



(1) Esta influenclm de Norte América se observa eu el célebre dlaeurso del doctor 
don Juan Martines de Rosa?, en Chile, como poede verse en la pajina SS6 de la His- 
toria de San Martin por Bartolomé Mitre, tomo I. Es Indiscntible que los proceres de la ro- 
volncién de mayo tuvieron su vista í^a en Estados- unidos. El sefior don Ignacio Núfies. 
que tuvo razón para saberlo, por el puesto que desempeftó en el ministerio de relaciones 
esterlores, nos enuncia, en sus Narraciones históricae, una misión enviada á Norte América 
en 181S-1814, compueí!ta de los señores Juan Pedro Aguirre y Luis Saavedra. No he encon- 
trado otro antecedente al respecto. Debo aprovechar la ocasión para declarar que en este 
libro yo no me propongo sino aportar a[ estudio de la historia antecedentes no estudiados 
ó úo bien esplotados hasta la fecha por los historiadores nacionales y chilenos, Por eso no 
me ocupo sino de las lagunas y vacio que he notado, sin entrar al estudio de aquellos pun- 
tos internacionales ya profundamente anallsados por Mitre y I^ópez en sus monumentales 
obras históricas. 

(S) En la Revista de Buenos Aires, tomo 14, pá|s. 8 y 901 se encuentran unos rasgos 
biográficos escritos por don Antonio Zlnny. El doctor don Arturo Reynal O'Connor pro- 
nunció el discurso oficial al inaugurarse la estatua de Pueyrredon en Mar del Plata, el 
cnal cstA publicado en el tmo ZVIII, pAJ. l/V9 de la Revista de Derecho, Histeria y Tetras. 



26 ALBERTO PALOMEQUE 



á echarse la vista hacia el lado de Norte América, porque su 
ejemplo indudablemente era algo que atraía. 

En efecto, el coronel don Ignacio Alvarez y Thomás, que 
acababa de consumar el motín de Fontezuelas, por cuya razón 
se encontraba al frente de los destinos de la revolución, no 
olvidó, á pesar de todo, la vinculación con Norte América; por 
lo que, dando importancia al poder moral y material de este 
país, fué uno de sus primeros actos gubernativos el de enviar 
un representante ante aquella nación hermana. En el docu- 
mento que tengo á la vista, de fecha 16 de Junio de 1816, le 
decía al señor presidente de Estados Unidos, James Madi- 
son, que «eran conocidas las circunstancias que hasta entonces 
habían impedido á las provincias sudamericanas establecer 
relaciones con Norte América que un recíproco interés y una 
gloria común han debido inspirar; pero que como habían desa- 
parecido esos obstáculos que se oponían á sus deseos, tenía la 
fortuna de hallarse habilitado para enviar cerca del señor 
Madison un diputado para implorar la protección y ayuda ne- 
cesarias á la defensa de tan justa causa, sagrada en sus prin- 
cipios.» ^^^ 

En este documento se declaraba que, si bien por un sinnú- 
mero de circunstancias relacionadas con los cambios operados 
en la metrópoli, hasta entonces no se había hecho una declara- 
ción formal de la independencia nacional, «sin embargo esa 
resolución se había espresado suficientemente en la conducta observa- 
da y en los papeles públicos,^ De aquí que el señor Alvarez ase- 
gurara al gobierno norteamericano que el congreso de Tucu- 
man, ya reunido, la haría, siendo ese uno de sus primeros 
actos. Mientras tanto, «ese diputado,» decía, «que no estaba in- 
vestido de un carácter público, sin excederse del objeto de su 
misión, se entendería con el representante de aquella nación, 
sin despertar sospecha alguna de que fuera enviado por él gobierno 
é investido de tan seria é importante misión,^ Ese diputado era el 
coronel don Martín Thompson, «caballero elejido por sus cuali- 
dades personales, quien, independientemente de su credencial,» 
afirmaba el señor Alvarez, «tiene el título que acostumbramos 
dar á nuestros diputados.» ^^^ 



f\) Este recuerdo de Norte América i*e e<4plica m^or teniendo en cuenta la misión de 
Roberto Joel Poinsett, en 1810, al Rto de la Plata, de que ya me he ocupado detenida- 
mente. 

(2) Hé aquí la credencial del coronel don Martin Thompson.— Buenos Aires, Junio 16 
de 1816.— Exmo Señor: Son bien conocidas las circunstancias que ha«ta ahora han impe- 
dido á estas provincia» establecer relaciones con los Estado°( Unidos de América y la es- 
trecha correspondencia que el reciproco interés y una gloria común han debido Inspirar. 
Los obstáculos que se han opuesto & nuestros deseos han desaparecido, y tenemos la 
suerte de estar habilitados para enviar cerca de V. E., un diputado, para implorar de 
V. E., la protección y ayuda que necesitamos para la defensa de una causa Justa y sa- 



LA MISIÓN THOMP80N EN NOFTE AMARICA, EN 1816 27 

Este representante, que fué el primero en enviar la Arjentina 
á Norte América, no tardaría en abandonar su cargo, sin dejar 
otro rastro que el del incidente curioso que se relata en se- 
guida y el de la nota de su nombramiento. Éste estaba ins- 
pirado en el deseo ardiente de estrechar relaciones con Norte 
América, sentimiento fraternal que entonces se sentía en la 
atmósfera de Buenos Aires, revelándose en los propios instan- 
tes supremos por que se atravesaba. 

Ahora bien, el general Ignacio Alvarez *^ había renunciado 
á la alta posición que le habían dado los sucesos políticos que 
entonces se desarrollaban, sustituyéndosele, muy luego, con el 
general Balcarce, que, en seguida, era depuesto. La Junta de 
Observación y el Cabildo habían nombrado, con el título de 
Comisión Gubernatica de la Dirección de Estcido, á los señores don 
Manuel de Irigoyen y don Francisco Antonio de Escalada, 
mientras no venía, decía, á hacerse cargo del mando, el direc- 
tor propietario nombrado por el congreso de Tucumán, don 
Juan Martín de Pueyrredon; ^*^ quien, como es sabido, había 
pedido primeramente pasar al ejército, antes de ir á la ciudad, 
á fin de «reconocer su estado, para tomar con exacto conoci- 
miento las providencias que su presencia y las circunstancias 
pudieran hacer oportunas.» ^^^ 



grada en sus priDClpioe. y la que está, además, ennoblecida por el ejemplo heroico de 
los Estados Unidos, que V. E. tiene la gloria de presidir. 

Una serie de acontecimientos estraordinarios y de cambios Inesperados, que se han de- 
Harrollado en nuestra antigua madre patria, nos ha obligado á no hacer una declaración 
formal de independencia nacional; á pesar de que nuestra conducta y los papelee públicos 
han espresado suficientemente nuestra resolución. Cuando esta carta llegue á poder de- 
V. E., el congr&oo general de nuestros representantes estará reunido; y puedo asegura- 
ros, sin temor de equivocarme, de que uno de sus primeros actos será una solemne de- 
claración de la independencia áe ef^tas provincias de la monarquía española y de todon 
otros soberanos ó poderes. 

Al mismo tiempo, nuestro diputado cerca de V. E. no estará investido con un carácter 
público ni estará autorizado á exceder el objeto de su misión, sin entenderse con V. E. y 
sus ministros. Para que estos propósitos sean exactamente llenados, he el^ido'á un caba- 
llero que, por sus condiciones personales, no excitará sospecha de que es enviado por el 
gobierno é investido con tan seria é Importante comisión. Él es el coronel don Martín 
Thompson, quien, independiente de esta credencial, tiene el titulo que acostumbramos á 
dar á nuestros diputados. Espero que V. E. se servirá darle entero crédito y asegurarle 
toda la consideración, que, en igual caso, daríamos y aseguraríamos á los ministros que 
V. E. creyera conveniente enviar á estas provincias. 

El dicho diputado tiene especial encargo de oArecer á V. E., en mi nombre y en el de las 
provincias bi^o mi mando, el profundo respeto y particular estima con los cuales mira- 
mos al muy ilustrado Jefe de tan poderosa república. Quiera V. E. dignarse recibir estas 
espreslones y damos la ocasión de Justificarlas.— Dios guarde su vida muchos afios. 

Ignacio Alyabez. 
(AnnaU of Congres», Vol, II páj. 1874 á 1882. 16th. Congress, irst Seseion) 

(1) Véase «Vida del general don Ignacio Alvares en la Revt'Ha de Buenos Aires, 
tomo 17, pájs. 888 y 548. 

(S) Bando de fecha ii de Julio de 1816. 

r.3) Resolución del Congreso de fecha mayo 3 de 1816. 



28 ALBERTO PA1.0MEQUE 



Pues bien, aquel sentimiento de confraternidad americana, 
ya citado, era recordado, en tan tristes días, por aquella Comi- 
sión Gubernativa, á ñn de llamar á sus gobernados á la unión 
y á la concordia. Ella, que creyó del caso, en esos instantes, 
dirijirse al pueblo, le decía, aludiendo á los estravlos popula- 
res que en esos días dolorosos todos habían presenciado: «Mirad 
á los Estados Unidos de América y allí encontraréis un ejemplo 
que debe estimular nuestros actos y esperar el deseado fin de 
tan grandes dificultades. ¡Ojalá! ciudadanos, seamos dignos 
algún día de la gloria de haber sabido en este instante imitar 
ese ejemplo.» <^^ 

Estaba en la atmósfera de entonces el recuerdo de Norte 
América. Si en 1813 se creía del caso comunicar á su represen- 
tante en Chile, el seflor Poinsett, de quien he hablado al relatar 
su misión de 1810, la instalación de la asamblea; y en 1816 se 
tenía en la mente y en los hechos el recuerdo de aquel país 
hermano; otro tanto sucedería en 1817, como se verá, por obra 
del elemento civil representado por Pueyrredon, y aún del 
caudillaje infiltrado en la personalidad de Artigas. Era que 
todos sentían la atracción de ese gran astro republicano. 

cete deiieflor De ahí quc, apeuas recibido del mando el 
Thompita por orden scñor Pueyrredon, y en momentos en que el 
de Pii^srrredoo. congreso de Tucumán resolvía trasladarse á 

Buenos Aires, él se ocupara, á su vez, de acuerdo con el dicho 
congreso, de aquella misión á Norte América que el coronel 
don Ignacio Alvarez y Thomás había encargado al coronel 
don Martín Thompson. Fué así que se dirijió al señor Madison, 
en 1.^ de enero de 1817, trasmitiéndole copia del acta de la 
declaratoria de la independencia, y aprovechando la ocasión 
para comunicarle que había ordenado al coronel Thompson el 
cese en el ejercicio de sus funciones. El seflor Pueyrredon 
recordaba que cuando el seflor Thompson había sido nombrado, 
se había tenido en cuenta que no convenía designar para tan 
importante tarea una persona de gran consideración y peso, á 
fin de no despertar sospechas á su alrededor; pero que, con 
mucho sentimiento, había sabido, por las propias comunicacio- 
nes de Thompson, que arbitrariamente había ultrapasado la 
línea de los deberes que se le tenían señalados, no habiendo 
estimado debidamente el honor de conferenciar con el seflor 
Madison y tomándose licencias que estaban en contradicción 
directa con los citados principios ^^\ Ahora bien, como el coro- 
nel Alvarez, al dar aquella comisión á Thompson, había con- 
fiado en la jenerosidad y magnanimidad de Madison, Pueyrre- 



(1) Proclama de fecha 17 de julio de 1816. 

(9) Mas adelante se nabrá en qne habían consistido esas Ue«nciafl. 



LA MISIÓN THOMPSON Á NORTE AMÉRICA, JSN 1816 29 

doD; á SU vez, que tenia iguales sentimientos, se atrevia á 
suponer, que, al suspender al dicho ájente, se recibirían pruebas 
de una amistosa disposición por parte de Madison hacia el 
pueblo sudamericano. Por lo demás, concluía diciéndole que 
si el señor Madison consideraba necesario el nombramiento de 
un ájente formal, él, á la primera insinuación, tendría un espe- 
cial placer en elejir una persona digna de la consideración del 
ilustrado mandatario ante quien se enviaría. í^' 

Como se verá, allá iría esa persona digna de la consideración 
de tan elevado personaje. 

Así concluyó, al empezar, la misión del coronel Martín 
Thompson. ^^^ El señor Pueyrredon, que comprendía muy bien 
la importancia del gobierno norteamericano, continuó buscando 
esa relación internacional, por lo que, apenas «restaurado el 
opulento Reyno de Chile por las patrióticas fuerzas de mi co- 
mando», como él lo decía, así se lo trasmitía al presidente Mon- 
roe, en m arzo 5 de 1 8 1 7, ^ *^ en viándole los documentos comprobato- 
rios de que «esa jornada se había iniciadopor el pasaje de las for- 
midables montañas de los Andes» y declarándole que «después 
de la interposición de Dios, nuestras armas victoriosas han dado 
libertad á un millón y medio de habitantes del nuevo mundo.» 



(i; State Papertf nota de i.<^ de enero de 1817. Hé aquí ]a nota de Pneyíredon: Ezmo. 
Sefior: Colocado al firente de estas proTineias por el snftraglo del congreso qne las repre- 
senta, y habiendo tenido el honor, en otra ocasión, de olVecer & V. E. el tributo de mis 
respetos, y al mismo tiempo de trasmitir el acta de la declaración de nuestra independencia 
del antiguo gobierno del rey de Espafia y sus sucesores, aprovecho la presente para comu- 
nicar i V. E. que he ordenado al coronel don Martin Thompson, n^eatt de este gobierno 
cerca del gobierno de V. E., el cese en el ^ercicio de las funciones anexas i su caricter de 
tal. Cuando primeramente se le enrió & los Estados Unidos, fué en el carActer de ájente. 
De eeto V. B. fué impuesto por nota del 16 de enero del afto pasado, en la cnal se indica 
la razón de no haber nombrado para tan importante misión á una persona de mayor con- 
sideración y peso, á cansa de obviar toda sospecha que de otro modo se habría despertado 
concerniente & sus propósitos. Ha sido con mucho sentimiento que he sabido, por 
las propias comunicaciones de nuestro dicho ájente, que arbitrariamente se ha separado 
de la linea de los deberes que le fueron marcado?, y que, no habiendo estimado debida- 
mente el honor de conferenciar con V. B., se ha tomado licencias que están en completa 
contradicción con las mencionadas Instrucciones. Mi predecesor depositó todas las espe- 
ranzas del favorable éxito de la comisión confiada al sefior Thompson, en la Jenerosidad y 
magnanimidad de V. E.; y yo, que esperimento los miamos sentimientos, me atrevo A espe- 
rar qne, al suspender, por el momento, el nombramiento de un líjente, no obstante recibire- 
mos pruebas de rus disposiciones amistosas hiela estos pueblos. Pero, si V. E. considerura 
necesario que un fíjente formal se nombre, & su sola indicación tendré un particular placer 
en elejir á una persona digna de la consideración del ilustrado maj letrado ante quien se 
enviará. 

Tengo el honor de aprovechar edta ocasión para renovar á V. E. los sentlmieutoa de res- 
peto y alta estima, por ser el voto del pueblo que presido respecto de V. E., y de ofrecerle 
idéntico homenaje en mi propio nombre.— Quiera Dios conservar á V. E. muchos afios. 

M. DB PüBTRRKDON 

{AfmaJU of Congrest—App&aáíx, p4Js. 1874 á 1882, lóth. Congress, Irst Session vol. II). 
(2) Respecto de la esposa de Thompson puede verse la HiitCTia dé la Revolttcián Ar- 
gentina^ por López. 
(3; State Papere, cit. péjina 806. 



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LA MISIÓN THOMPSON Á NOttTB AMÍ2RICA, EK 1816 3l 



hízo^ pues, el defensor de los derechos de Espafia, cuando asi 
sólo salvaba los suyos propios. Por eso rechazó toda relación 
con don Lino de Clemente, cuando éste, meses después de ha- 
ber suscrito la autorización á favor del general M'Gregor, se 
presentó, como representante de Venezuela, pidiendo se le seña- 
lara la audiencia de recepción. Adams lo rechazó, diciéndole: 
«no estoy autorizado á entrar en comunicación con vos, y debo 
deciros que toda correspondencia ulterior no será admitida en 
este ministerio.» (16 de diciembre de 1818). 

El gobierno de los Estados Unidos no limitó su acción á las 
severas palabras empleadas en esta nota (^^; pues tan pronto 
como supo el éxito obtenido por la espedición de sir M'Gregor, 
en julio de 1818, envió una fuerza naval y militar que bien 
pronto desalojó y espulsó á los espedicionaríos de la isla de 
Amelia y Fernandina, apoderándose de los buques y elementos 
bélicos de los republicanos que allí encontró, y tratándolos como 
á piratas. En esta situación, los diputados de las repúblicas 
sudamericanas dirijieron una protesta en forma, en nombre de 
sus gobiernos, al de los Estados Unidos; ^^^ protesta y actitud 
que Pueyrredon desaprobó, en cuanto á Thompson, decretando 
el cese á que me he referido. 

Hé aquí la esplicación del cese de Thompson. No hay para 
que ir á buscarla, como lo dijo, más tarde^ un diputado norte- 
americano, según se verá en estas pajinas, en el hecho de que 
Thompson pidiera el reconocimiento de la independencia sudame- 
ricana! Por eso Monroe, en su mensaje correspondiente, dijo: 
. «Con placer comunico que los gobiernos de Buenos Aires y Ve- 
nezuela, cuyos nombres fueron invocados, han desaprobado ter- 
minantemente toda participación en estas medidas, y ante el 
conocimiento de ellas, comunicadas por este gobierno, han ma- 
nifestado su satisfacción en vista de lo cual los procedimientos 
se suspendieron, porque á imputárselos á ellos hubiei*an llenado 
de deshonor su causa. »i ^^^ 



(1) Washington, IG de diciembre de 1818.— Muy seflor mío: Vuestra nota del II del co- 
rriente ha sido sometida al presidente de los Estados Unidos, quien me ha encargado in- 
formaros que habiendo figurado públicamente vuestro nombre en un documento autori- 
zando & un oficial estranjero para emprender y ejecutar una espedición en violación de 
las leyes de los Estados Unidos, adem&s de otro en el cual reconocéis el acto, faltando al 
respeto debido á este gobierno, cuyos documentos han fido trasmitidos al congreso con 
el mensaje del presidente, fechado 25 de marzo último, no estoy autorizado á entrar en co- 
municación con vos, y debo deciros que toda correspondencia ulterior no será admitida 
en este ministerio. 

ínterin quedo, etc.— Firmado: John Quincy Adams.— A D. Lino de Clemente. 

(8) Calvo, tomo 5, peinas 17á á 179. Anales de la Revolución de la América Ixitina. Puede 
verse, á mayor abundamiento, toda la preciosa documentación contenida en State Papers, 
afios 1817 á 1818, pAJs. 748 & 801, en la que se revela la indignacián de Adams, de la que 
dá una idea la nota anterior. Igualmente, pajinas 811 á 817, de State Papers.— Año 1816-1817. 

(8) Segundo Mensaje Anual de James Monroe, de Iti de noviembre de 1818, Kessage and 
papers of Vresidents. pAJina 49, por Richardsou. 



B2 ALBBRTO PALOMBQUE _ 

Por lo demás, los escritores nacionales, cuando han hablado 
del personaje Thompson, se han limitado á decir, con refe- 
rencia á la causa de su envío á Norte América, mezclándola in- 
debidamente con la misión norteamericana de 1818, que tuvo 
otro oríjen. Así resulta de lo que va á continuación: 

«Como los sucesos de armas habían demostrado la falta que 
el ejército tenía de buenos oficiales, fué enviado, en enero de 
1816, el coronel don Martín Thompson, á Estados Unidos, á pro- 
mover la venida de los que quedaban sin empleo en Europa á 
consecuencia de la paz general, misión que tenía también por 
objeto solicitar el apoyo de aquel país, ofreciendo ventajas co- 
merciales superiores á las que gozaban los ingleses. Esta de- 
manda era en realidad estemporánea, y el gobierno americano 
se limitó á mandar dos años después una comisión para exami- 
nar el estado del país. Algunos oficiales, ó que se decían tales, 
vinieron; pero con escepción del francés Beauchef, los demás 
no sirvieron sino de estorbo. Por esta misma época, y por otros 
conductos, llegaron otros oficiales estranjeros, de mérito, á 
quienes debe el país buenos servicios, como Brayer, O'Brien, 
Miller y Cramer». (Luis L. Domínguez, pajina 388, edición de 
1861 — Historia Arjentina; y Carlos Calvo, pajina 306, tomo 2. — 
xinales históricos de la revolución de la América latina^ edición 
de 1864). 



CAPITULO III 
La República Arjentlna en 1817 

situación trientina en 1817, al anviarsa la miaión Afulrra á Norta Amériaa.— Bal- 
grano y Eohavarrla an al Para|uay.— Bautismo da tanfra da la bandtra ravalHcla- 
narla.— Maraño en Londrai y Brasil. —Fuarzu da flaquaza.— Farnandlsma daats- 
Aido.— Raoursos an al monarqulsma.— Cangroso da Tuaumán y daolaratarla da la 
indapandonaia.— Rasoluoldn dal oongraso sabrá al astablaalmionta da ralaclanas 
dlplomdtloas oan Norta Amérloa, Saaoia y Rusia. 



sitaacióo aijenti- En el año 17 era grave la situación porque 
nm en 1817, al enviar- atravesaban las repúblicas sudamericanas. Sa- 
ZnM^por^t^U' ^^^^^^ ®1 Y^igo espaftol, por más que al iniciarse 
cióoc^ircsadei con cl movimiento independiente farsáicamente se 
grcM de Taenmáfl. invocara el nombre de Fernando VII, la jente 

pensadora de la revolución de mayo de 1810 
comprendió, desde luego, que en sus intereses estaba no rom- 
per los vínculos con los pueblos que formaban las colonias 
españolas. Su fuerza consistiría en el Jiecho elocuente de la 
independencia, antes que en su derecho á establecerla, lo que 
hoy, como se sabe^ es algo indiscutible en el ambiente interna- 
cional. No tenía pues, para que irse á buscar primeramente en 
la diplomacia, de por sí egoísta, inspirada sólo en intereses pro- 
pios, lo que debiera empezar por hallarse en la cadena que ata 
á las almas con lazo fuerte. Esa no podía ser otra que la de la 
fraternidad entre los pueblos de un mismo oríjen, Y fué así 
que, andando el tiempo, Rivadavia lo comprendió y lo pro- 
clamó. De ahí, que, para inspirar respeto á los estraños,se comen- 
zara por fortificar los lazos de la fraternidad entre las colonias 
hispano-americanas. No se quería romper el molde de la solidari- 
dad en que se había creado y desarrollado el antiguo vireinato. 
Aspiraba á conservarse enviando una palabra de aliento á las 
hermanas é invitándolas á la obra de «la unión y armonía que 
debe reinar entre ciudadanos de un mismo oríjen, dependencia 
é intereses». (*^ 



(1) Circular comunicando la inHalacián de la junta, de fecha mayo 27 de 1810. 

8 



34 ÁLÉB6T0 l>ALOMfiQUB 



Beicruo y Eche- En esa tarea, que llamaríamos de diplomacia 
¥arrte m el Para- interna, se emplearon ciudadanos como don 
'■^' Vicente Anastasio de Echevarría y don Manuel 

Belgrano, para que fueran al Paraguay «en comisión del servi- 
cio, con el goce de doce pesos diarios cada uno, por razón de 
sueldo y dieta, acompañándolos en clase de secretario don 
Pedro Cavia con la asignación de seiscientos pesos anuales 
durante su comisión.» Y esta comisión iba allá, porque el Para- 
guay, después de haber aplazado el reconocimiento de^a junta 
provisional gubernativa de la capital de Buenos Aires, se había 
negado á reconocerla ^^K 

Allá iba esa comisión, compuesta de tan dignos ciudadanos, á 
convencer al doctor Francia y á su ilustrísimo cabildo de la 
necesidad de aunar esfuerzos; lo que, desgraciadamente, no con- 
seguiría, á pesar de las esperanzas fundadas en las calidades de 
los comisionados, en la justicia de la causa y en la ayuda pres- 
tada por el noble paraguayo don Francisco Agüero, y, más tar- 
de, en 1816, por el comisionado Corro. ^^^ Allá iba también una 
espedición á las provincias interiores, al mando del coronel don 
Francisco Ocampo, bajo la dependencia del doctor don Juan 
José Castelli; ^^^ quien, como se verá, ocupó las activas faculta- 
des del señor don José Gregorio Gómez, para encargarle de una 
arriesgada y secreta misión á Chile, sin perjuicio del envío, á 
este país hermano, de representantes de la junta, en las dignas 
personas de los doctores don Antonio Alvarez Jonte y don Ber- 
nardo de Vera y Pintado. ^*^ 

Baatitmo de taa- Cochabamba, Chile, La Paz, Colonia del Sa- 

cre dela tandera re- cramento, Concepción del Uruguay, Soriano, 
Totacionarfa. ^^^^^ Teresa, Misiones, Santa Fé, Salta, Gua- 

leguay, Tarija, Mendoza, Maldonado, Corrientes, Santiago 
del Estero, Tucumán, San Juan, Rioja, San Luis^ Jujuí, Char- 
cas, Potosí, Oruro, etc., habían respondido unánimemente al 
gran pensamiento de la unión, sellándola con sangre, ese mismo 
año, en Tupiza, á pesar de invocarse á Fernando VII; por cuya 
razón la junta premiaba, á los oficiales y soldados, con un escu- 
do á usarse en el brazo derecho, con fondo de paño blanco, y 
ésta inscripción: *La Patria á los vencedores de Tapiza-» en premio 
de valor y estímulo para sus conciudadanos. ^^^ Y la sellaba con 
la misma sangre del héroe de la reconquista— del noble Liniers 



(1) ReJUiro oficial, tomo 1, pájñ. 66, 67 y 114. 

(5) B^iHro oficial de la República Arj'entina, tomo 1, pájs. 76 y 368. 
(8) » » » » > » > > > 86 y 74. 
(4) » »»» » » »>>89y 197. 

Para darse una idea del molimiento dlplom&tlco de la época revolacionarla, véase, en el 
Apéndice, el caadro que he confeccionado, y que no considero completo todavía. 

(6) R^itiro oficial de la Repúbltca Arjentina, tomo I, péj. 91. 



LA RBfÚBLlCA AftJBNTlKA BN 181? 36 

y SUS compañeros, <en seftal de que la guerra entre realistas y 
patriotas era á muerte, por lo que la revolución había laureado 
su bandera y teñidola en sangre.» <^^ 

MorcM cfl Londres No quierc decír lo espuesto quc la junta no 
y Brasil. pensara en la que llamaríamos su diplomacia 

estema. Lo pensó, sí, encargando á don Mariano Moreno pasase 
«en calidad de su representante, á las cortes de Brasil y Lon- 
dres,» asignándole ocho mil pesos anuales; «sin perjuicio de la 
cantidad que se le entregue, dice el decreto, para emprender el 
viaje,» acompañado de los secretarios don Manuel Moreno y 
Tomás Guido. (« 

Ese viaje, al cual daba un ^recomendable mérito^ la junta, no 
tuvo influencia alguna, desgraciadamente. Sólo allá, por 1814, 
iría á Europa una misión estraordinaría, compuesta de Belgra- 
no y Rivadavia, con ñnes altamente opuestos á las tendencias 
ya caracterizadas de nuestra «independencia civil», como se de- 
cía en los documentos de la época. ^'^ 

Las faenas de la Ahora bien, para llegar al fin, como se ha dicho, 
fiaqnesa. ¿^ j^ independencia civil, era necesario empezar 

por enviar ajentes á las comarcas vecinas. El país, sin em- 
bargo, no estaba en situación de ponerse en contacto con las na- 
ciones estranjeras, porque aún no tenía establecido el hecho de 
su independencia, como para exijír que no se resistiera el deber 
del reconocimiento de la soberanía nacional. Todo su conato, 
pues, tenía que reducirse á sí mismo: á levantar y fortificar el 
baluarte de su resistencia criolla. Desde 1810, hasta llegar á la 
época de que voy á ocuparme, las repúblicas del antiguo virrei- 
nato no pensaron sino en sacar fuerzas de sus propias flaquezas. 
No pensaron, como el general Miranda(tratándosede Venezuela), 
que debía empezarse por buscar la alianza y protección de la 
Gran Bretaña y aún la de los Estados Unidos. ^^^ Bueno es re- 
cordar que la primera acojió la idea, mientras no así la segun- 
ca, que la rechazó, por intermedio del señor J. Q. Adams; perso- 
naje norteamericano que juega un rol importante en el presente 
estudio histórico de los comienzos de nuestra diplomacia, y en 
el que revela, como se verá, cuan consecuente fué con su pensa- 
miento primitivo, en cuanto á la independencia arjentina. Los 
sucesos, por otra parte, demostrarían que sólo cuando se produ- 
jerael AecAo elocuente, obra del esfuerzo propio délos sudamerica- 
nos, el ministro Adams recién se diría: pauca verba ante magna 
facta! 

(1) Mitre— J?f «torta da BOgrwM—Xamo l, páj. 861. 

(9) Decreto de enero 2 de 1811. 

(9) Decreto de diciembre 10 de 1814. 

(4) Mitre— £ri>tor/a dtf Bel^ano— tomo I, p^ina US. 



36 ALBERTO PALOMBQUfi 



El fcrnaoditmo El Paraguay, como he recordado, no había 
dcttdiido. querido seguir la suerte de la revolución de 

mayo. Se había segregado, encerrándose en trincheras inac- 
cesibles á la razón. — Todos los demás pueblos respondie- 
ron al movimiento inicial, con sus caudillos, más ó me- 
nos cultos y de bajo ó alto vuelo, á la cabeza. Montevideo, que 
tanto trabajo daría, había rehusado acompañar, pero su campi- 
ña había respondido; aunque el caudillo que la dominaba pron- 
to hiciera su evolución anárquica, sin darse cuenta de lo que 
con ello influiría en la demora del reconocimiento de la inde- 
pendencia por parte de las naciones estranjeras, á lo que los mis- 
mos caudillos tanto aspiraban. Cochabamba había sucumbido: 
era verdad; pero, en cambio, las batallas de Tucuman, Salta y Ce- 
rrito iban caracterizando á la revolución de mayo, destinán- 
dola de su fernandismo curioso y hasta burlesco. Para caracte- 
rizar esa «independencia civil» ahí estaban los bandos en 
contra de los españoles y los casamientos con nuestros crio- 
llos; la bandera creada para la nueva nación; su himno nacio- 
nal y la asamblea constituyente de 1813, que tanto honor re- 
flejó sobre el país en sus leyes memorables sobre la ciudadanía, 
la moneda, las armas nacionales, el poder judicial, la iglesia 
nacional, la abolición de la esclavatura, la inquisición y los 
tormentos, etc. Ya las banderas de Salta habían llegado á Bue- 
nos Aires y adornaban su catedral, como para demostrar que 
el nombre de Fernando VII sólo era un nombre; mientras las 
armas arjentinas brillaban en Potosí, tremolando su bandera 
propia, aunque para caer vencidas, pero con honor, en Vilca- 
pujio y Ayouma. 

RccartM cfl el mo- Y fué cutonces, despuós de cerca de cinco 
Mrqaimo. ^ños de esfuerzos jigantescos, cuando nuestras 

armas sufrieron un contraste y la anarquía empezó á aso- 
mar su faz horrible, que los hombres dirijentes de la re- 
volución perdieron sus bríos, por un momento, y pensaron, 
para salvarla, en el poder de la diplomacia, que, para nosotros, 
no poseería ninguno, desde que no tenía fuerza material en que 
apoyarse. La hidra de la anarquía mostró su repugnante faz, y 
Rivadavia, Belgrano, García y Alvear soñaron con que era la 
forma de gobierno lo único que podía salvar la independencia 
del territorio nativo de entre las manos del español tenaz. Y 
así se inició nuestra diplomacia, buscando en los proyectos de 
monarquía de 1815 la solución al problema pavoroso que nos 
tenía planteado el caudillaje y la montonera, después de la to- 
ma de Montevideo, último baluarte de la resistencia española 
en el Rio de la Plata; mientras allá, á lo lejos, se vislumbraban 
los rojizos resplandores de Sipe-Sipe! 



LA REPÚBLICA AHJENTIHA US 1817 87 

El coogrcM de Tu- Y, cuando todo parecía derrumbarBe, surje el 
camán y la declara- congreso de Tucumán, el cual conjura la crisis, 
toria de ladependea- ¡rguíéndose altívo, y proclamando, con palabra 

ardiente, la declaratoria de la independencia, 
ante la faz del mundo entero. Es verdad que á la vez autoriza- 
ba los planes de monarquía incásica y la invasión portuguesa, 
á fin de concluir con la influencia perniciosa del caudillaje, que, 
como he dicho, se haría sentir hasta en el hecho del reconoci- 
miento de esa independencia, así proclamada entre rayos y 
centellas, como si fuese el Sinaí de nuestra embrionaria y fe- 
cundante democracia, formada y cristalizada, de una manera 
criolla y jenuina, entre las acciones y reacciones de un pueblo 
quo todo tenía que hacerlo y fomentarlo, porque nada había 
heredado en el orden del gobierno propio. De un país 
de analfabetos tenía que surjír una república turbulenta 
y anárquica. No podía ser un Japón moderno. El conquis- 
tador sólo le había enseñado á pelear y á que supiera 
que el descanso eran sus armas y su constancia la brega carni- 
cera. Y era ese músculo, el que, aún en medio á sus soberbias 
y errores, dejaría lampos de luz en las pajinas de la historia, 
cuando, en uno y otro estremo, en el uno, con éxito brillante, 
en el otro, con la derrota amarga, arrojara, con Güemes, al in- 
vasor español, ó cayera postrado, con Artigas, ante el conquis- 
tador lusitano! 

Las repúblicas sudamericanas, tras rudo batallar de seis 
años, hablan conseguido que sus enemigos les reconocieran, al 
fin, la aplicación de la existencia del derecho de jentes en la 
lucha mantenida, en la que tanto había influido la conocida 
guerra de las republiquetasy causa del brillo del valor de la mu- 
jer nativa. Y, en nombre de ese derecho de jentes, que al fln 
España reconocía, allá en las estrechas espesuras de la tierra 
conquistada, era que el congreso de Tucumán, al dar á luz su 
declaratoria de independencia, proclamaba, á la vez, ante el 
mundo civilizado, llegado el momento de reconocer el hecho 
de la soberanía nacional. 

Retoinción del con- Y así, en modio al movimiento que operaba la 
crcM eobre el etta. Santa Alianza en Europa, tratando de recon- 
bieciniieato «>« «|*" quistar cstas comarcas para los reyes de oríjen 
Anérica, Saetía y divino, formando congrosos como el de Aix la 
Roela. ' Chapelle, ante el cual se presentaba Rivadavia, 

inspirado, declarando que ya no había más recurso que el 
de la independencia absoluta, lo que no le impediría recaer en 
sus sueños monárquicos, era que, ya instalado Pueyrredon 
en Buenos Aires, se pensó en cumplir con la resolución del 
congreso de Tucumán que mandaba se entablaran relaciones 
diplomáticas con aquellas potencias y en especial con la 



38 ALBBRTO PALOMBQUB 



autócrata Rusia, que tan gran papel debería desempeñar en 
esa época memorable ^^K 

Y fué entonces, en 1817, que los señores Pueyrredon, San 
Martín y O'Higgins, enviaron á Norte América al señor don 
Manuel Hermenejildo de Aguirre, con la doble misión de pedir 
el reconocimiento de la independencia de las Provincias Unidas 
del Río de la Plata y de construir buques y comprar armamen- 
tos, de que tanto se necesitaba para mantener la preponde- 
rancia marítima, especialmente en el Pacífico. 

En efecto, el congreso había dicho que «después de la 
declaración solemne de la independencia de estas provincias, 
nuestro primer cuidado debe diríjirse á su reconocimiento por 
los poderes estraños y al logro de un sostén y apoyo en 
alguno de ellos». De aquí que resolviera que el señor Pueyrre^ 
don nombrara «un enviado cerca de los Estados Unidos, que 
negociara el citado reconocimiento y procurara las ventajas 
posibles en favor del país, y que esto mismo ordenara á los en- 
cargados que residían en las cortes del Brasil y Londres, debien- 
do poner en ejecución los medios que juzgara convenientes 
para alcanzar los mencionados objetos de las otras potencias de 
Europa, entre las cuales deberían merecer su preferente aten- 
ción la Rusia y la Suecia, que», decía, «careciendo de estableci- 
mientos en América, al paso que les es un objeto de primera 
importancia la ostensión de su comercio, se prestarán con me- 
nos dificultad á nuestra justicia.» 

Esto era lo que en septiembre 26 de 1816 comunicaba el señor 
doctor don Pedro Carrasco, presidente del congreso de Tucu- 
mán, al director del estado, y lo que iba á cumplirse por éste, 
enviando al señor don Manuel Hermenejildo de Aguirre, acom- 
pañado de don José Gregorio Gómez, á que conferenciaran con 
Monroe y con Adams, como va á verse. 



(1) RejUtro nacional, p4). 381.— setiembre 86 de 1816. 



CAPITULO IV 
Desempeño de la misión diplomática 

Aguirre te entrevista con Monroe.— ComHnicaoión al lobierno nerteamerloaae 4% la 
deolaratoria de independencia.— Solicitud al minletro Adame para el rooonoeimlonto 
de la independencia sudamericana.— Criterio diplomático arjontino eobro el roooao- 
cimiento de una nación nueva.— Solidaridad americana.— Adame exijo que Af olrro 
iustiflque la existencia real de la soberanía.— Progreeoe operados durante la re- 
volución sudamericana.— La «indiferencia de Norte América ante la eanfro derra- 
mada por ios tiranos».— Influencia de Artigas y de la ocupación do Montevideo por 
ios portugueses.— El sentimiento eudamerioano.— Ataque á la neutralidad.— Norte 
América y un tratado de comercio. 



Aanirre se cotre- El señoF de Aguírre había salido de Buenos 
wtta con Monroe. Aíres el 20 de mayo de 1817, y después de cin- 
cuenta y nueve días de viaje, llegaba á Baltiraore, el 19 de 
julio del mismo año. ^'^ 



(1) El doctor don Vicente Fidel López habla solamente de la misión comercial del 
f>eAor de Aguirre, aunque con cierta confaslón, en la i>ájina 63 de so obra HÍHaHa de ¡a 
República Árjentina, tomo 7. Y esa confusión lo lleva á decir que «los sncesos que oca. 
rrleron en seguida interrumpieron el curso de estos armamentos marítimos». Él habla á 
la vez de otros armamentos, y de ahí la confusión. La misión del sefior de Aguirre por 
nada ni por nadie se interrumpió. Los buques se construyeron y vinieron al Rio de la 
Plata, yendo, uno de ellos, A Chile, mientras el otro tendría un íln desgraciado en la rada 
de Buenos Aires. El dicho historiador escribe un capitulo sobre el tems eomereial, 
basado en los mismos documentos, que, in exteruo, yo estudio aquí, .en el destinado 
á la personalidad histórica del señor de Aguirre. (Véase pajina 906 de la Historia dé 
la República Arjentina por el doctor don Vicente Fidel López). El doctor Lopes tuvo & 
la vista esos papeles, pero no creyó del caso estudiar las obras que mendono en este 
libro, donde habría encontrado elementos para describir cuadros fulgurantea como los que 
brotaban de su exhuberante imaginación, que tanto dafto solía hacerle, en más de un 
caso, para el análisis histórico. Por ejemplo, al ocuparse de ese punto, él se guió sim- 
plemente por el poder manuscrito que se encuentra entre los citados papeles de la fttmilla 
del sefior de Aguirre. Lo transcribe en la pAJina 314. Cuando Uega á cierta parte de la 
transcripción, dice que *el papel e$td aquij destruido en una palabra». Pues bien, si hu- 
biera recurrido á los Annals of Conffress de Norte América ó á los 8tate Papers de 
Londres, allí hubiera encontrado salvado ese vacío. El sefior Barros Arana incurre en 
igual omisión; creyendo conveniente ir más l^os y suprimir en absoluto las palabras 
«armados y equipados completamente*, del dicho poder, como se vé en la pajina 86, nota, 
del tomo 2 de su obra: Historia Jeneral de Chile. Ese poder, además, estaba en los Annals of 
Congres, y en los State Papers de Londres. La palabra que está borrada en él orl- 
Jlnal manuscrito de la familia del sefior de Aguirre es la de: ^armados». Así resulta, ade- 
más, del poder que Pueyrredon confirió á Aguirre, que vá en el Apéndice, y que el doctor 
López tuvo á la mano, por estar entre dichos papeles de familia, sin izarse en ello. De 
todos modoi*, es el doctor López el escritor nacional que se consagró á dilucidar este 



40 ALBERTO PALOMEQUB 



En esta situación, dice el general Mitre, llega á Estados Unidos 
el señor don Manuel Hermenejildo de Aguirre, enviado de las 



punto, abordando la interesante cuestión de la deuda con Chile. Lo hace con un criterio 
apasionado, causa de que su intelijeneia sufra eclipse, en algún momento. Sus errores 
provienen de que nunca tuvo todos los antecedentes de la deuda con Chile, á la vista, 
como él mismo lo reconoce en otra parte de su obra, para así poder abarcar, en coi^unto. 
el estudio de ese problema financiero, del cual me ocupo, en estos momentos, en el libro 
que titulo: Deuda de Chile con la Arj'entina. (1810 á. 1882). 

Por lo demás, el doctor López no trató, en sus conceptuosas disquisiciones históri- 
cas, la parte diplom&tica de la misión de Aguirre. Al respecto guarda un profundo 

silencio. 

Por su parte, el general Mitre se ocupa de la parte naval, ó sea de la misión comercial, 
en su obra Historia de San Martin, tomo 2, pAJlnas 85 A 88. Dice que este «es un punto 
sobre el cual se encuentran muy pocos rastros en los archivos públicos, y respecto del que 
los historiadores dan escasísimas noticias, lo que se espllca por la naturaleza reservada 
del negocio. Tratábase de crear, de común acuerdo, una escuadra y un ^ército para ase 
gurar la independencia de Chile al mismo tiempo que llevarla al Perú, respondiendo á 
los fines de la alianza argentino-chilena, y, por lo tanto, el más absoluto sijilo era condi- 
ción de éxito del proyecto.» El general Mitre incurre en el error de afirmar que el 
sefior de Aguirre partiría «llevando los 200 mil pesos que con tal objeto se remitían de 
Chile y cartas de crédito del gobierno argentino para cubrir el exceso de los gastos con 
calidad de reembolsos.» Asegura qu'*, «por más pesquisas que hemos hecho no nos ha 
sido posible encontrar el acuerdo que se firmó entre ambos gobiernos.» 

Aquel error se desvanece ante los documentos que van en el presente libro, los cuales 
no pudo conseguir el general Mitre, en su tiempo. Además de las citas hechas, pueden 
verse las pajinas 293, in fine, y 294, con su nota respectiva, del tomo 2 de la Historia de 
San Martin, en que se habla del arribo de la flragata Horacio y de la próxima llegada 
de la Curiado al puerto de Buenos Aires. 

En cuanto á la parte diplomática de la misión, el sefior general Mitre sólo le dedica 
- una p^ina en su obra Historia de Belgrano, (tomo 8. pajina 98). No cita más antece- 
dente que una nota de Aguirre, de fecha 80 de Julio 1817, del archivo secreto del congre- 
so de Tucumán. 

Por su parte, el ilustrado sefior don Carlos Calvo sólo le dedica al asunto un párrafo de 
ocho renglones, conteniendo errores como los ya citados del general Mitre "respecto á los 
dineros y á las letras de crédito (tomo 8, pajinas 194 y 195 Anales de la Bevolución de la 
América Latina), en cuanto se refiere á la construcción de los buques; y con referen- 
cia á la parte diplomática, se limita á decir que ««2 comisario general de guerra don Ma- 
nuel H. Aguirre fué nombrado ájente cerca del gobierno de la Unión > (pinina 206). No 
estudia la misión. Se limita á decir que la pretensión no fué conseguida. 

Debo hacer presente que el seflor de Aguirre no era tal Comisario de guerra. Ya se verá 
cómo vino esto y el aprecio que él hizo de ese titulo. Era tal su criterio al respecto, que 
en las notas orljinales del ministro de Pueyrredon, el señor don Matías de Irlgoyen, qu*: 
se reproducen en el Apéndice, se ven testadas las siguientes palabras: Señor Comisario 
Honorario de Guerra y de Marina don Manuel de Aguirre. 

Dice el sefior Calvo que «esto es cuanto se pudo traslucir de esas misteriosas entrevis- 
tas, de las cuales se guardó el mayor sijilo, muy necesario entonces para asegurar los re- 
sultados previstos, pero que sirvió de alimento á la envidia y á la baja calumnia. Sus ene- 
migos se mancharon hasta hacer circular rumores injuriosos á la honradez y desprendi- 
miento del ilustre libertador de Chile.» 

Otro tanto sucede con el distinguido historiador don Luis L. Domínguez, como puede 
verse en la pajina 462 de su obra Historia Arj'entina, quien habla también del Comisario 
General de Guerra, como lo ha hecho el sefior Calvo. Es verdad que este sefior sigue, 
en esta parte, en un todo, al sefior Domínguez. Esto es lo que dicen los escritores na- 
cionales. Ahora en cuanto á los chilenos, en lo referente á la parte diplomática, se 
puede ver la interesante nota que el sefior Barros Arana trae en las pajinas 542 á 546 
del tomo ll de su obra: citada. Este escritor demuestra haber conocido casi todo lo 



/ 



DESEMPEÑO DE LA MISIÓN DIPLOMÁTICA 41 



Provincias Unidas del Río de la Plata, quien en su credencial 
del 28 de abril de 1817 «llevaba el doble objeto de recabar de 



que por aqael entonce^i se había pablieado en Stnte Papen. Hace on re«iúineii de la 
documentación, lo ba<«tante como para darne cuenta del Incidente diplomático. Sin em- 
bargo, afirma un error cuando supone que no se ha publicado integro nunca el informe 
del sefior don Teodorlco Bland, uno de \w comisionado.-* de Norte América enviado al 
Rio de la Plata 7 Chile en 1818. Fué publjcado. en fu época, en Norte América, en lo« 
ArmaU of Congrets de 1818, Junto con Ioh de hus compañeros Ce«ar A. Rodney y Juan 
Graham, agregándosele el del seAor Roberto Joel Polnsett, antiguo vecino de Chile, y 
cuya opinión creyó necesaria el seftor Adams, en I82i, para ser trasmitida al parlamento. 
Lo que el señor Barros Arana pues, afirma erróneamente re«(pecto á la opinión de Bland, 
se espUca, porque él no ha e^ttudiado el informe, del cnal se da un mamen completo 
en el presente libro. Su error proviene, sin duda, de que sólo se guió por la obra de 
Brackenridge, publicada en 1820, donde no está el informe de Bland ni el de Polnsett. 

El sefior Barros Arana ha escrito respecto de la parte comercial de la misión del se- 
flor Agulrre. En las pocas péjinas que dedica al asunto, incurre en an error de 
gravedad, aparte la supresión de que ya he hablado, hecha en el poder, la qne no se 
espUca en un escritor tan sesudo y verídico, qoe nunca afirma un hecho sin tener en 
que fundarlo. Bn el caso, e<i tanto más notable a*^ error cuanto que parece qne él ha 
tenido á la vista «los autos» seguidos por el seftor Agnirre, en Chile, en 18M, mencionados 
en la presente obra. De ahí que sea incomprensible la afirmación que categóricamente 
hace en la nota de la pajina 87 del tomo 11 de su obra mencionada, de «que Agnirre 
ezUió el premio». Lo qne Agnirre exijló fué la comÍ$1ón de dies mil pesos, pero no 
el premio de cien mil. A éste renunció, como se verá en las pajinas de este libro. El 
señor Barros Arana habla de un folleto que Aguirre publicó con documentos muy Intere" 
santes para la historia, referente á su reclamación. Lo he pedido á su distinguida flunilia, 
y buscado en la biblioteca, pero no existe. En cambio, la familia posee la Intereeante 
documentación que me ha servido para hacer re<«altar los llamativos iucldentee que aquí 
narro. El señor Barros Arana se ocupa de los dineros que San Martin y Agnirre recibie- 
ron de Chile para llenar esa comisión, como resulta de las pajinas 66 y 83 de la obra y 
tomo citados. Con este motivo recuerda la imparcialidad del general Mitre al respecto, 
observándole, sin embargo, y con razón, los errores de fecha que éste ha padecido al 
citar los documentos que contienen los recibos de algunas sumas de dinero. 

Por lo demás, el mismo distinguido escritor chileno don Oonsalo Bulnes. que ajiarece 
como conocedor de los documentos relativos al punto y especialmente de los referentes á la 
construcción de los buque'*, tomados, sin duda, de los autos ya mencionados por Arana* 
se equivoca grandemente cuando afirma que la correspondencia diplomática del sefior 
Agnirre le había sido devuelta á éste por el gobierno norteamericano. Ta se verá como 
sucedió el hecho á que da motivo el error del señor Bulnes (capítulo 2 p4)s. 97 á 79, tomo I. 
Historia de la Eépedición Libertadora dal Perú). 

El general Mitre no adelantó en sus investigaciones, á lo menos en lo que publicó 
cuando años después mantuvo su erudito debate histórico con el doctor Lopes. 
Repite lo mismo que había dicho años atrás. No encuentra datos, á pesar de sus pesqui- 
sas. T, sin embargo, ahí estaban, en su rica biblioteca, los documentos publicados en 
las obras mencionadas, y el capítulo del libro del doctor López que pudo darle motivo 
para rehacer todo el cuadro con su poderosa tnteltjencia y su Juicioso y prudente criterio. 
Puede verse desde la pajina S44 á Sis de la parte 2* de Comprobaciones Histéricas. 
Es verdad que el doctor López no indicaba de donde tomaba aquellos anteceden- 
tes, que, como lo he sabido, los pidió á la familia del seftor Aguirre, á la que yo también 
he recurrido; encontrando en ella la acollda que una vez más me obliga á d^ar aquí 
consignado mi más profundo agradecimiento. Fué debido á tener el sefior López esa 
documentación en su poder, que oñreció estudiar, en el Apéndice de su hermosa obra, 
todos los antecedentes de la reclamación de la deuda con Chile. Quedó en ofrecimiento, 
como lo hizo también con respecto á la misión de don Andrés Argulbel. Y ya que nom- 
bro á este señor, de quien más adelante me ocupo, recordaré que esa misión es nno 
de los timbres de gloria de Pueyrredou. Con razón este ciudadano lo hizo resaltar en 



42 ALBERTO PALOMEQUE 

' - - 



Norte América el reconocimiento de la independencia de dichas 
provincias y decidir á su gobierno en favor de los intereses 
sudamericanos. Recibido confidencialmente, el presidente Mon- 
roe dijo que de hecho eran amigos los americanos del sur y del 
norte, pero que el reconocimiento de su independencia debía 
ser materia de una deliberación pública del congreso^ asegurándole 
que simpatizaba con su causa y ofreciéndole una protección 
indirecta y disimulada.» í*^ 

Ya veremos hasta donde llegó esta protección indirecta y di- 
simulada de Monroe! 

Acnirre comonioa (*) El primer acto del señor Aguirre, en cuan- 
ai gobierno norte- ^0 á SU misión diplomática, fué el de dirijirse 
toriTd^'ndlTp^^^ ^^ s^^^^ Monroe, en nota fecha 29 de octubre 
cía de !•• Provincial de 1817, comunicándolc que después de «tres 
Unidas del Río de la Centurias de colonial tiranía, bajo una corrup- 
wato. tora, supersticiosa é ignorante nación, sin otra 

alternativa que la más abyecta sumisión y en presencia de la 
actitud de Fernando VII, que declaraba á estas provincias 
como de propiedad de su corona, reunido el soberano con- 
greso de esas provincias, había declarado, á imitación del 
ejemplo dado por sus hermanos y naturales amigos de Norte- 
América^ unánimemente, en la ciudad de Tucuman, el día 9 de 
julio de 1816, la* solemne acta de su civil independencia de la 
nación española, del rey de España, los suyos y sucesores, 
jurando, á la vez, con el pueblo por ellos representado, que 
defenderían su emancipación política con riesgo de sus vidas, 
fortunas y honor.» 

soiieitnd al minie- Esta patriótica exhortación no fué escuchada, 
tro Adame para el re- pQj. ¡^ q^^^ ¿ ¡Qg ¿¿g meses, próximamente, en 

reS«dl'1i?snd diciembre 16 de 1817, volvía el señor ájente 
Amériea. Confidencial, don Manuel Hermenejildo de Agui- 

rre, á dirijirse, no ya al señor Monroe, sino al 
señor ministro secretario de estado, don John Q. Adams, recor- 



lo8 folletos de los años 19, 20 y 29, de los que hablo en el cuerpo de la presente obra; 
comprobado por lo que nuestro implacable adversarlo el señor Torrente espone en su 
conocido libro. 

He creído conveniente recordar todo esto para demostrar la utilidad del libro que doy á 
luz. Podrá, al que ha asumido la tarea de conversar, por un momento-, con un público 
ilustrado, sobre tema tan interesante, faltarle las condiciones de escritor histórico; pero, á lo 
menos, se ha querido probar que se llena un vacio notado hasta por las altas personalidades 
citadas, tratando asi de concurrir al propósito elevado que todo buen sudamericano debe te- 
ner en vista: el de enaltecer los méritos de los modestos y abnegados servidores de la patria. 

(1) HUtoria de Bélffrano, tomo 3^, pajina 98. 

(2) Toda la documentación que en seguida se examina se encuentra en el archivo del 
ministerio de relaciones estertores; en la obra State Papers, correspondiente á los años 1816 
á 18; y en los Annals of Cangreaa de los Estados Unidos, de donde los he traducido, yendo 
todo ello en el Apéndice, 



DESEMPEÑO DE LA MISIÓN DIPLOMÁTICA 43 

dándole que en aquella nota de octubre le había comunicado 
la declaratoría de independencia hecha por las Provincias 
Unidas, para terminar por demandarle, ahora, al «Gobierno, el 
reconocimiento de aquellas provincias como tales estados li- 
bres é independientes.» 

El representante argentino recordaba que aquella declarato- 
ria de independencia, hecha en Tucumán, no había sido pre- 
matura: que no se había hecho antes teniendo en cuenta las 
congojas de la metrópoli: que habían agotado cuantos medios 
de conciliación había sujerido la prudencia: que el respeto de- 
bido á las naciones había decidido á su gobierno á adquirir 
una posición que inspirase más confianza, antes de deman- 
dar de ellas que se le considerase digno del alto rango á que 
se había elevado. 

De acuerdo con lo espuesto, y á fin de demostrar plenamente 
que las Provincias Unidas poseían todas las condiciones cons- 
titutivas de una nacionalidad, que tenían derecho á ser reco- 
nocidas como tal, recordaba, que, «durante los seis afios que 
habían precedido á la declaratoria de independencia, las fuer- 
zas de aquellas habían obtenido victorias distinguidas en la 
Banda Oriental, habían apresado á toda la escuadra del rey 
que las hostilizaba, habían obligado á rendirse á una de las 
más fuertes plazas de nuestro hemisferio y hecho prisionera 
la numerosa guarnición que la sostenía, y que la victoria las 
había hecho capaces de rechazar á los defensores de la tira- 
nía mucho más allá de nuestro territorio.» 

Y, para justificar, mayormente, esa su solicitud de recono- 
cimiento, como si temiera lo que iba á suceder, ó como si ya 
conociera el terreno en que pisaba, hacía presente, que des- 
pués de transcurridos diez y ocho meses de aquella declara- 
toria, el poder de los independientes se había revelado elo- 
cuentemente ante la actitud de España al «equipar la más 
brillante espedición, que jamás intentó sojuzgar nuestro con- 
tinente», la que, «aún habiendo sido reforzada varias veces, 
no ha podido siquiera sostenerse con honor en una provincia 
arruinada por un fenómeno espantoso de la naturaleza, y más 
que todo por una guerra de seis afios la más sangrienta y más 
escandalosa.» Y, alzando el tono, con orgullo nativo, le decía 
al sefior Adams: «que las Provincias del Río de la Plata no 
sólo han podido conservar por todo este tiempo los preciosos 
bienes de su libertad, sino darla, sin ausilío estranjero, á la de 
Chile, y hacer retirar del Perú á las tropas del rey, que, alen- 
tadas con nuevos refuerzos, osaron introducirse ' en nuestro 
territorio.» 



44 ALBERTO PALOMEQUE 



Criterio dipionáii- Aquí se va viendo que la diplomacia arjentina, 
coaijeatiM,encaan- históricamente hablando, no habla creído que 
á ^\Z^S^t\ ^^^^^ doctrina sana, á los efectos del reconoci- 
reconocimiento d c miento de la independencia de un país, el hecho 
una nación nueva. sólo de declararse independiente. Ella creía que 

había que dársele á las naciones estraftas la base 
indispensable en que debieran apoyar ese reconocimiento. El 
Jiecho internacional, á que más tarde se referiria Canning, como 
ya á él se había referido Monroe, aunque como achecho de ami- 
gos^y debiera abonarse con antecedentes reveladores del poder 
eficiente de la nación constituida. El hecho, en este caso, á dife- 
rencia de lo que pasa en otro orden de las relaciones jurídico- 
civiles, es la consecuencia fundada en el derecho innato á la 
libertad é independencia. Ese cúmulo de antecedentes, justifica- 
tivos del derecho, constituyen el hecho, que, naturalmente, con- 
templan los terceros al establecer sus relaciones internacionales. 
Es que ese hecho, que así los decide á adoptar eus resoluciones, 
y que previamente estudian en su estructura íntima, contiene el 
derecho del estado nuevo. Es que de ahí nacen derechos que 
imponen á los terceros el deber del reconocimiento, como una 
prueba de que sobre el hecho brutal y violento, existe, para las 
naciones modernas, la parte moral del acto, es decir, el hecJio- 
derecho contra el hecho-hecho. 

Por eso, el ájente del gobierno arj entino le decía al sefior 
Adams, que era «en circunstancias semejantes, después de ha- 
ber puesto de manifiesto los fundamentos de su declaratoria y los 
medios que posee para sostenerla, que mi Gobierno ha creído 
compatible con el decoro de las naciones, el manifestarse á ellas y 
solicitar que lo reconozcan como soberano». Así, como se lee: 
no había creído compatible con el decoro de las naciones ir á solicitar 
su reconocimiento, sin antes abonar, con el hecho elocuente de 
sus luchas, su sangre, sus victorias y su abnegación al dar vida 
á otros pueblos, el derecho lejítimo á ser autónomo. Creía que 
la autonomía nacional no se conquistaba con un soplo de ins- 
piración y mientras ésta durara, sino que era necesario que el 
hecho fuera derecho, justificado por la acción del tiempo y por 
los sucesos ahí descarnados, como para poder oponerlo á las 
demás naciones, diciéndoles: soy libre y tengo derecho á que se reco- 
nozca él hecho que mi derecho á ser libre ha fundado y constituido! 

u solidaridad ame. Y, cou uua habilidad diplomática que mucho 
ricana invocada det* había CU favor de la modosta pero digna y res- 
fndl^n?iidra7el' potablo personalidad del sefior Aguirre, éste ter- 
tina. minaba la nota invocando esa solidaridad ame- 

ricana por la que se viene pugnando de tanto 
tiempo atrás; sí, esa que ya le había llevado á decir, como se ha 
visto, en su primera comunicación al presidente de los Estados 



DB8EMPEÍÍÍO DE LA MISIÓN DIPLOMÁTICA 46 



Unidos, que los del Norte eran hermanos, parodiado por Mon- 
roe cuando decía que «de hecho eran amigos los americanos 
del sur y del norte.» Merecen conocerse las palabras del señor 
Aguirre. Arranquémoslas, pues, del olvido en que se encuen- 
tran, para hacerlas resaltar en este esbozo del reconocimiento 
de nuestra independencia, por la gran República del Norte. — 
Helas aqui: 

«Al considerar mi gobierno al de los Estados Unidos como 
uno de los primeros de quienes debiese solicitar aquel recono- 
cimiento, creyó que la identidad de principios políticos, la con- 
sideración de pertenecer al mismo hemisferio y la simpatía tan 
natural á aquellos que han esperímentado los mismos males, 
serían otras tantas razones que cooperasen á apoyar su solici- 
tud. Aún existen, aún presiden los consejos de la nación, mu- 
chos de los que sostuvieron y sellaron aquí, con su sangre, los 
derechos del jénero humano: sus cicatrices, permítame V. E. de- 
cirlo, son otros tantos abogados, que tiene aquí la causa de la 
américa espafiola. Al recordar que fueron estos estados los que 
nos mostraron más inmediatamente el sendero de la gloria, al 
recordar que son ellos los que han gustado más de lleno los be- 
néficos fí*utos de la libertad, me toca asegurar que toca á ellos 
también demostrar que son los primeros que han sabido apre- 
ciar nuestros esfuerzos y alentar así á las otras provincias que, 
menos venturosas, no han podido dar fin todavía á su lucha san- 
grienta.» 

Norte América, raza fría y pensadora, no sentiría el calor de 
la frase latino-arjentina, por más que el diplomático concluyera 
haciéndole entrever «el deseo de ver firmemente establecidas 
entre estos estados y aquellas provincias, relaciones mutuamen- 
te benéficas, cuales convienen entre gobiernos y pueblos cuyas 
instituciones son tan análogas y cuyos intereses todos los con- 
vidan á mantener una estrecha y permanente amistad.» 

Norte América estaba muy lejos de nosotros. Para acercar- 
nos había que cortar un Istmo. Y para reconocernos como inde- 
pendientes tendría que ajitarse la Santa Alianza en Europa y 
verse al espíritu jenial, adelantado, de Rivadavia, en el Río de 
la Plata, desplegar sus actividades desde el seno del gobierno, 
como secretario y presidente, hasta atraerse las simpatías délos 
señores Rodney y de Forbes, representantes de Norte América. 

Adaai oye que No era fácil de arrastrar la frialdad norte- 

Acnirre jotti^ae la americana. No dominaba el sentimiento. Si á 

l^S^^J^J^' éste solamente se hubiera atendido, segurameu- 

cia de ía actHud te quc la resolucióu favorable no se habría hc- 

aaár^aiea del candi- cho esperar. Poro, tenía que conciliar sus deseos 

diii^e de Artigas. qqu SUS intereses y con la propia situación difícil 
por que atravesaba, en esos instantes, en Europa, y muy es- 



46 ÁLBBRTO t>ALOMBQUÉ 



pecial cott Edpafia. Esto lo revelaron más tarde sus negociacio- 
nes sobre Dos Floridas, y las mismas consideraciones de un or- 
den político intemactonal de que están plagados los mensajes 
presidenciales de Monroe y Alama, desde 1817 á 1825. No podía 
decidirse inmediatamente. Tenia^ pu^ que consultar su situa- 
ción, y de ahí que recurriera á evasíyas y protestos, por más 
que, en el fondo, y asi lo protestara, simpatizara cea la causa 
de los independientes sudamericanos. No le bastaba al señor 
Adams todo lo que ya le tenía dicho el señor Aguirre en sus dos 
notas anteriores, para formar un juicio completo sobre el esta- 
do de las nuevas repúblicas, á fin de decretar su reconocimien- 
to. Así se lo espresó en la conferencia que celebró el 24 de 
diciembre de 1817, por loque el señor de Aguirre, cumpliendo con 
los deseos manifestados, volvió á dirijirse al señor Adams es- 
planando hechos y consideraciones é insistiendo en «la circuns- 
pección» y precauciones tomadas «por el gobierno,» en el 
sentido de su propio honor y en el respeto debido á las otras na- 
ciones, «antes de requerirlas para el reconocimiento». 

El señor Adams quería, antes de dar el paso, «remover toda 
duda respecto á la existencia real y duración de su soberanía» 
en el nuevo gobierno. Veía^ á la distancia, una situación anár- 
quica, en la que aparecía, como factor principal, el caudillo 
Artigas, en lucha con el conquistador portugués y con Buenos 
Aires, por lo que no ocultaba sus temores sobre la estabilidad 
del nuevo gobierno y sus desconfianzas sobre la intervención 
del monárquico poder lusitano, que, al parecer, y aún sin al 
parecer, ahí estaba, con beneplácito del propio directorio que 
ahora aspiraba, allá, al reconocimiento de la independencia 
arjentina. A tal punto obstaculizaba el caudillaje la propia 
marcha de la idea revolucionaria de Sud América, que él per- 
seguía, no dándose cuenta, en su fanática acción, de todo el 
mal que venía produciendo. 

Vamos á ver cómo contestaba el señor de Aguirre á estos argu- 
mentos especiosos de que más tarde se ocuparían el señor 
Russell y otros en la cámara de diputados, allá por los años 
1818 y 1822. 

lm proKresM ope- Después de siete años de guerra y de éxitos 
radot durarte la re. favorables, quo allí detallaba, recordaba que, 
voiocióD MI ameri- mientras tanto, nuestra organización interior 

había ido progresivamente adelantando: que 
nuestro pueblo había hecho un ensayo en la ciencia del gobier- 
no y constituido un congreso de representantes, comprometido 
en la promoción de la felicidad general: que se había organiza- 
do un plan de defensa militar para suplir el que al principio era 
deficiente, y proyectado un sistema rentístico que, desde luego, 
había sido bastante adecuado para llenar nuestras numerosas 



f 



t>É8BMPENO DB LA MIBIÓN DIPLOMÁTICA 4? 



necesidades: y que, por último, la opinión pública cada día ga- 
naba terreno, sin la cual, decía, el gobierno habría sido inhábil 
para realizar la empresa que lo ha distinguido. 

Recordaba que en Chile y Perú teníanse ejércitos disponibles 
y en operaciones, como para demostrar á España, de una ma- 
nera indubitable, su absoluta impotencia, y que no debía aca- 
riciar, por más tiempo, esperanzas de ejercitar el principio de 
autoridad. 

u «iBdifcreaciadc Era Serena la actitud que asumía el señor 
Norte Anérica arte Aguirre, cuando, con toda compostura y enor- 
^v^^\r^B!^T\^^ J**' ^^ decía al ministro señor Adams, secretario 
•crcna aetftad áci de Monroe: «A pesar de la indiferencia^ si así 
Afairre al pedírtele puodo docirlo, con quc Estados Unidos ha mi- 
•pmebude lajntfi. x^Ao un país envuelto en sangre derramada por 
wneHcwia""** *"** ^"® tirauos; no debo ofender á V. E. con la idea 

de que V. E. considere aún fiecemrio el que noso- 
tros debamos ofrecer pruebas de la justicia de nuestra causal^ 

Era atrevida la frase del comisionado, como correspondiente 
á la exijencia, también atrevida, de Adams. Es verdad que 
éste, muy luego, en 1822, ya no sostendría esa doctrina, concu- 
rrí endo, en cambio, á reforzar la elocuencia de espresión ylabon- 
dad de criterio que Canning desarrollaría, más tarde, en el parla- 
mento inglés, cuando decía que «el reconocimiento que hacía 
Inglaterra no tenia valor sino relativo: que se limitaba á la 
aceptación del hechoy sin intervención ni influjo en el derecho: 
que ese era el que hacía y justiflcaba con la notoriedad de los 
sucesos: que Inglaterra tomaba el hecho como hecho y nego- 
ciaba sus propios intereses: que la gran Bretaña no reconocía 
él derecho de los sudamericanos á ser independientes sino el he- 
cho de que lo eran en ese momento: que este hecho estaba fuera 
de la jurisdición, fuera de la buena ó mala voluntad de las po- 
tencias estranjeras.» ^^^ 

Y, ya que Adams, es decir, Monroe, quería ^wm^&o* de la justi- 
cia de la causa sudamericana, como si ésto fuera indispensable, 
— contra cuya doctrina Norte América protestaría, más tarde, 
en presencia de la Santa Alianza prepotente, limitándose á re- 
conocer el hecho como el único enjendrador del derecho de las 
colonias á romper las cadenas que las unían á la metrópoli, 
por su sola y exclusiva voluntad, fundada en el hecho de su 
estabilidad como nación — ,el señor Aguirre le recordaba lo que 
estaba en la conciencia de todas las naciones estranjeras, es 
decir, los sufrimientos soportados por los sudamericanos, que 
horrorizaban é indignaban. Nunca, le decía, en parte alguna, 
fué tan relajada la raza humana y nunca los hombres maneja- 



(lj Ilittaria de la República Argentina, por Dr. V. F. López, tomo 9, páj. 180 A 183. 



4.8 ALBERTO PALOMEQUB 



ron sus espadas á favor de causa más sagrada. De ahí que con 
altivez y cordura esclamara luego: «Las provincias del Rio de 
la Plata no necesitan excitar la sensibilidad de los Estados 
UnidoS; pues ellas sólo llaman la atención sobre su justicia.» 
Y después de exhibir la próspera y respetable actitud de estas 
provincias, concluía por preguntar al señor Adams, «si tenían 
el derecho de estar clasificadas entre las naciones, y si el goce 
de los derechos de soberanía durante más de siete años y sus 
éxitos en la presente situación, les daban derecho ó no á ser 
una nación.» 

En seguida le demostraba al señor Adams que España no 
podía ser imprudente hasta el punto de considerar á Estados 
Unidos como si estuviera en guerra con ella á causa de reco- 
nocer á ambos contendientes iguales derechos y las mismas 
obligaciones impuestas á las naciones neutrales: que las partes 
contendientes en la américa española no podían estar sujetas 
á reglas diferentes: que las naciones estrañas, prácticamente, 
no conocían «otro poder soberano sino aquel que está ahí, de 
facto, porque ellas no inquieren lo que internamente concierne 
á los otros países.» 

Era este el principio que Inglaterra y Norte América procla- 
marían seis años más tarde, no solo en nombre de la justicia 
de la causa, sino en el de sus intereses amenazados. 

Y así, después de sostener la sana doctrina, hacía presente 
que si esas reglas debieran, alguna vez, variarse, ó admitir al- 
gún cambio, la escepción siempre debiera estar en favor del 
oprimido en contra del opresor, y, que, por lo demás, «la Repú- 
blica Arjentina se consideraba por sí sola con bastante autori- 
dad para tomar este paso, de acuerdo con la práctica de las 
naciones, con la opinión pública y con la sanción de la justicia 
eterna.» 

¡Cómo se levanta el alma y cómo se enaltecen las grandes y 
modestas personalidades del pasado arjentino al recorrer paji- 
na como esta en que se dejaba impreso el sentimiento de todo 
un pueblo! 

infiaeocia de Artí- Pero, como el soñor Adams estaba al cabo de 
^A* ^A^^^U^^' ^^ ^^® ^^^ portugueses hacían en la Banda 
"¡o^i^JoSm, Oriental, y de lo que Artigas allí trabajaba, por 
ea el espirita del mi- io quo había argumentado en ese sentido, 
nistro Adamt. héaquí quo clsoñor de Aguirre,para destruir esa 

consideración que envolvía en sí la crítica de 
lo que el directorio hacía, reveladora del temor, por par- 
te de Adams, de la intervención europea en América, con- 
testaba, inmediatamente: « En nuestra última conferencia 
S. E. creyó encontrar una objeción en la ocupación de Monte- 
video por las tropas europeas. Ahora bien, si se puede dar eré- 



dbsbmpbAo db la misión diplomática 4^ 

dito á la correspondencia entre mi gobierno y el del Brasil, el 
motivo principal de esta guerra es la antigua pretensión del 
Brasil á mayores límites territoriales. Será probablemente im- 
posible el que lo consiga, porque uno de nuestros más distin- 
guidos jefes, ayudado por los más amplios recursos, está ahora 
comprometido en el rechazo de esas tropas; y, no obstante el 
doble vínculo con que actualmente se une ese soberano al rey 
de España, nuestra existencia nacional, tan distante de ser se- 
riamente comprometida por la guerra en ese rincón (quarter la 
Banda Oriental) es fortalecida por ella.» 

Así se veía al desnudo la obra malsana del caudillaje á tra- 
vés del espacio. Bien instruidos estaban los norteamericanos de 
la anarquía nacional. Ya se verá más adelante, en la corres- 
pondencia que remitieron los comisionados del gobierno de 
Norte América, venidos al Rio de la Plata para estudiar la si- 
tuación de estos países y según ello resolverse lo relativo al re- 
conocimiento de la independencia, cómo aparece ese dato his- 
tórico influyendo, aunque fuera como pretesto, para detener la 
actitud de los Estados Unidos del Norte; tan noblemente recla- 
mada por su hermana del sud en estos precisos instantes. La 
anarquía, que había dado por resultado abandonar esa Banda 
Oriental, ese quarter^ como decía el señor Aguirre, á las tropas 
portuguesas, con la aparente complicidad del pueblo arjenti- 
no, — cuando todo era la obra de la necesidad y de la impoten • 
cia, nacidas de la guerra intestina con el caudillaje, y con la 
España conquistadora, — en unión con el Portugal, era así utili- 
zada^ para la realización de sus fines obstruccionistas, por 
aquella nación hermana, á la que, sin embargo, pretendíamos 
imitar en sus nobles resoluciones institucionales al fundar 
nuestro organismo gubernamental. Estados Unidos veía en no- 
sotros una nacionalidad sin consolidación, sin gobierno fuerte, 
sin hombres preparados y pronta á caer en manos de las mo- 
narquías europeas. Ella no tenía, por el momento, ningún inte- 
rés comercial en el Rio de la Plata que influyera en su resolu- 
ción, como sucedía con Inglaterra. Su gulfsiream comercial era 
otro. Por eso su pensamiento se iría por el lado del Pacíflco, no 
del Atlántico, buscando el modo de cortar ese nudo gordiano 
del istmo de Panamá, que le acercara pueblos y naciones que 
vivieran de sus productos innumerables Ya llegaría la hora de 
su espansión, fundada en la doctrina llamada de Monroe, que 
sólo pudo tener valor y eflcacia ante la actitud atentatoria de 
la Santa Alianza, inspiradora de la decidida y enérjica de 
Canning en el parlamento de Inglaterra. 

Cuando el señor Aguirre decía al señor Adams que allá en la 
Banda Oriental, se batía uno de sus más distinguidos oficiales, 
ayudado de grandes recursos, y que no temía por el éxito del 
invasor, ignoraba, sin duda, lo que esa anarquía había produci- 



60 ÁL&BtlTO t»AtOM£QUlB 



do* Hubo un momento^ es cierto, en que los deplorables aconte- 
cimientos parecieron haberse arreglado de esa manera. Con fe- 
bril entusiasmo se había festejado la fraternidad de esos pueblos, 
en las calles de Buenos Aires, enviándose algunos auxilios á ese 
distinguido jefe, que no era otro sino el general don Fructuoso 
Rivera; pero, todo se había derrumbado! ^^^ 

Así se estaban comprometiendo, como se vé, la propia inde- 
pendencia^ los mismos destinos de la revolución á que ese cau- 
dillaje servía, aunque á su modo. Era su obra precisamente la 
que utilizaba Monroe para hacer obstruccionismo en el recono- 
cimiento de la independencia. El señor de Aguirre estaba, pues, 
engañado, cuando afirmaba aquello. La invasión se había ini- 
ciado por obra de la política inglesa en Europa é iba a consu- 
marse con la complicidad del congreso de Tucumán y del di- 
rectorio de Buenos Aires. El pueblo arjentino la soportaría, 
ante la dura ley de la necesidad, la que se impone en la vida de 
los hombres como en la de los pueblos, por más enérjicas que 
sean sus cualidades de luchador. Se soportaría, por el momen- 
to, para, en la hora oportuna, reivindicar la tierra amada, á 
costa de la sangre de los nativos de ambas orillas del Plata, de- 
rramada en Ituzaingo, y con ella sellar, en el pacto de 1828, la 
independencia de ese qtmrtevj de esa Banda Oriental, así recor- 
dada por el señor Aguirre. 

Y Norte América, á su vez, en su hora dada, demostraría que 
lo que había hecho no había sido sino un protesto: que también 
la dura ley de la necesidad la había obligado á no romper lan- 
zas con España, realizando lo que repugnaba á sus sentimien- 
tos fraternales. Prueba de ello: cuando en 1822 reconociera la 
independencia, allí estarían todavía esas tropas portuguesas, 
ocupando, no ya solamente á Montevideo, sino toda su hermosa 
campiña, desde el Océano al Cuareim y del Uruguay al Arapey! 
Entonces ya no vería á las tropas portuguesas en Montevideo! 
Era que en esos momentos tendría un aliado poderoso,-interesa- 
do en esa posesión,-en laGranBretaña,parasecundarsusplanes; 
aliado, cuya obra, en el Río de la Plata, con anuencia, y por ini- 
ciativa de la diplomacia arjentina, no cesaría, hasta llegar á la 
completa independencia de la Banda Oriental. 



Q teotiinieiito de No meuos insostenible era el argumento que 
loiidaridad america- hacía el soñor Adams de que el reconocimiento 
^¡•J^lé^^^íli^t iniportaría autorizar igual solicitud por parte de 
dtiMProvtociMUní- otras provincías, que en esos momentos lucha- 
das del piau. ban por sus libertades. «¡Ojalá! le decía el señor 
Aguirre, impregnado de un sentimiento verdade- 

(1) Véase mi traliajo titulado: Inv<uión partugttesa de 1816 tomo 4<*, paj. 316 de la revista 
ViAa Moderna, de Montevideo, dirijlda por Rafael - Alberto Palomrque y Raúl Montero 
Buatamante. 



DBBEMPBfto DE LA MI8IÓN Dlt» L OMÁTICA 51 

ramente fraternal, sudamericano, «quiera el cielo ayudarlas y 
puedan oflrecer á este gobierno las mismas pruebas de su 
efectiva soberanía é iguales sucesos de su respectivo preponde- 
rante poder. La humanidad tendría entonces muchas menos 
desgracias que lamentar y la América entera podría exhibir á 
un pueblo unido, rivalizando solamente con otro en el arte de 
improvisar sus instituciones civiles y de estender los beneficios 
y goces del social.» <^^ 

Eran, como se vé, hermosas y francas las Arases del sefíor 
Aguirre. Iba ofreciendo y buscando la confraternidad sud y 
norteamericana. No escatimaba sus alientos. La queria para 
toda la América, y así la reclamaba de los ciudadanos del norte, 
de sus hermanas^ como los había llamado en su nota primitiva 
al presidente de los Estados Unidos, al comunicarle que las Pro- 
vincias Unidas habían proclamado su independencia en 9 de 
julio de 1816, en Tucumán! 

Por eso, después de haber satisfecho los deseos de los sefiores 
Monroe y Adams, suministrando las pruebas de la justicia de su 
causa y de hacerla común con toda la América del Sud, concluía 
diciéndole al gobierno norteamericano, y, en su persona, al 
pueblo de Estados Unidos: 

«Cuando considero la participación distinguida que los Esta- 
dos Unidos pueden tomar realizando esta gran empresa, y pien- 
so cuan está en sus manos apresurar este feliz momento, nada 
más que dando un alto ejemplo de justicia nacional, al recono- 
cer la independencia de esos gobiernos^ que tan gloriosamente, 
y con tantos sacrificios, han sabido como se obtiene, mi razón 
me dice á gritos que los deseos de las Provincias Unidas no 
pueden tardar en ser prontamente satisfechos. » 

AtaqMátaMatr». .gra inútil! Norto América no oiría, por el mo- 
^^9¡au^9r^M^' mcuto. El Sentimiento moriría ante las exijen- 
rrc, dctadteádo» á cias políticas y comercíalcs. No le sería posible 
la vez, á iM paeMot romper con España, á pesar de la creciente fuer- 
hcroMMt de Coimí- ^si del orgauismo norteamericano, del que tanto 
bia, cte. hablaban Monroe y Adams en sus respectivos 

mensajes presidenciales, con orgullo y altivez. Por el contrario, 
en esos precisos instantes acababan de dictar una ley llamada 
de neutralidad, tendiente esclusivamente á servir los intereses 
de Espafia. Esa era la protección indirecta y disimulada do Mon- 
roe, á que se había referido en la primera y única conferencia 
tenida con el señor de Aguirre; ley que serviría para llevar á la 
cárcel al abnegado ájente de la República Arjentina. Fué así, 
que, en 29 de diciembre de 1817, el ájente de las Provincias 



(1) Ta 86 Terá como Adams desnaturalizó 5iu argumento cuando el congresio le pidió lo<> 
antecedentes de este asunto. 



52 ÁLBBÍtTO PALOMÉQUfi 



Unidas se díríjia al señor Adams reclamando contra tal ley que 
no se avenía con el derecho internacional, cuyos efectos sólo 
pesaban, decía, sobre los que luchan por la independencia de la 
américa española. ^^K La ley violaba la neutralidad, porque 
privaba á uno de los belijerantes de lo mismo que concedía á 
España. Y, como eso afectaba directamente á los países que 
merodeaban alrededor de Norte América, como ser, precisamen- 
te, Colombia, más que á los pueblos del Río de la Plata, tan 
distantes de aquella zona, de ahí que el señor Aguirre defendiera 
á esas provincias hermanas en nombre de aquella solidaridad 
sudamericana ya invocada, que tanto estimaron los pensadores 
de la revolución; diciendo, con amor desinteresado y con alma 
levantada, en la que se encerraba el voto de estos pueblos: 

«Si V. E. me permitiese esponer los efectos de esta ley, aún 
sobre aquellas provincias, que, aunque empeñadas en la misma 
causa que las del Rio de la Plata, se hallan, sin embargo, bajo 
distintos gobiernos, podría observar que su armamento es muy 
inferior al del enemigo; que algunas de ellas, quizá, no tienen 
como aumentar el suyo si la nación neutral más próxima á ellas 
les rehusa la ocasión, y que la ley que las sujete á la imposibili- 
dad ó aumente la dificultad de igualarlo propende directamente 
á que sean sojuzgadas.» 

Norte América ayudaba á España con esa ley, que coartaba á 
los sudamericanos el comercio, hasta el grado de prohibir la es- 
portación de provisiones, mezclándose en los actos privados de 
sus conciudadanos. ^^^ 

Y, como el señor de Aguirre previera ya que todo sería inútil, 
á lo menos por el momento, aunque se demostrara satisfecho de 
haber exhibido la justicia de la causa, como decía Adams, hé 
aquí lo que en un final hermoso y valiente dejaba constancia, 
ante la insensible Norte América. 

«Confío en que al informar V. E. al señor Presidente, de estas 
quejas, ('^ á que me impele la más dura necesidad, le esponga 
también á V. E. que en la lucha en que estamos empeñados no 
sólo defendemos los derechos del jénero humano y los bienes de 
la civilización sino que peleamos por la conservación de nues- 
tras familias y por nuestra propia existencia». 

Norte Anérica re- Así SO fué acentuando el Criterio norteamerica- 
veía M dcMo de ce- qq^ £1 señor de Aguirre, al fin, lo vio claro,y dijo, 
MMien" bábif pi^ á SU respecto,la últimapalabra. Monroey Adams 
ceder dei'sr. de Agni- nada hicieron. Pero, OSO SÍ, apurad OS por los in- 
tereses comerciales de que se ha hablado, pensa- 



(1) Esa ley, con bu ampliación de 1818, contra las cuales protestaba el célebre Enrique 
CHay, á quien veremos figurar en las pajinas siguientes, se encuentra en el Apéndice. 

(8) Esa ley, como he dicho, al afto siguiente fué nuevamente discutida, quedando en la 
forma que actualmente rije, citada por Rooseveit con motivo de la guerra ruso Japonesa. 

(S) Ya se verá qae nada supo el presidente Monroe, y que las notas ni siquiera se leyeron. 



DB8BMPEÑ0 DB LA MISIÓN DIPLOMÁTICA bH 

- 1 ■ ■ ^m -I ■» ■ ■ ■ I ■ I I -— - ~ ~ . _ _ I ■ ■ T - ^^^^m^ — ■ T _M- 

ron que nada mejor podían realizar que aprovechar la ocasión 
que se les presentaba para añrmar, sin duda, su influencia co- 
mercial en estas rejiones. Y, en una de esas conferencias verba- 
les, únicas que celebró la comisión arjentina, porque en parte 
alguna consta que el ministro Adams se preocupara de contes- 
tar por escrito lasnotas dirijidas por elseñor de Aguirre ^*^ el mi- 
nistro de Norte América manifestó que «el acta de reconoci- 
miento de la independencia de las Provincias Unidas de Sud 
América debía reducirse á un formal tratado entre los dos go- 
biernos independientes, como en el caso se practicó en el tratado 
de amistad y comercio entre los Estados Unidos y Su Muy Cris- 
tiana Majestad en 1778». ^^^ 

Era un nuevo recurso de la diplomacia norteamericana. Ella 
bien sabia que Aguirre carecía de facultad para ello, que no te- 
nía poder para celebrar un tratado de esa especie. Así resul- 
tabadelas credenciales delseftordeAguirre,queestabanen poder 
del señor Adams. Por eso, al contestar, así se lo manifestó Agui- 
rre á Adams, en su nota respectiva. 

Pero, el ájente arjentino, en el deseo de no dejar escapar la 
ocasión que se le presentaba, pues la celebración del tratado 
era, en el fondo, el i^conocimiento buscado, dijo al señor Adams, 
que, teniendo «en vista el espíritu y objeto de su comisión, que 
era, según las credenciales, d de llevar tan lejos como fuera posi- 
ble el honor y la consolidación de la causa en qu>e están comprometi- 
das esas provincias^ él, teniendo en cuenta los deseos del propio 
Congreso de su país, no dudaba en asegurar al señor Adams que 
se consideraba plenamente autorizado para entrar en una negocia-- 
ción con Estados Unidos bajo las bases de una reciproca amistad y 
comercioTf. Y al manifestárselo así, al señor Adams, le recordaba 
que «en su primitiva nota al presidente de la República él había 
espresado el deseo de su gobierno de establecer relaciones recí- 
procas de amistad y comercio con los Estados Unidos». 

Así iba acentuándose la parte diplomática de la misión del 
señor de Aguirre, según los mencionados documentos. Digo la 
parte diplomática^ porque él llevó, como ya se ha dicho, otra 
esencialmente comercial, muy vinculada á la diplomática, como 
se verá, relativa á la construcción de buques para Chile, y de 
la que hablaré, en seguida, en lo que tiene de atinjencia con el 
propósito que aquí persigo, á fin de hacer resaltar la manera 
cómo Monroe y Adams entendían la protección indirecta y disi- 
mulada de que nos ha hablado el general Mitre. 



(1) El señor Gonzalo Bulnes llega á decir eo el tomo primero de sa obra La Eipedi- 
eión libertadora al Perú, lo que ea inexacto, como se verá más adelante, que las notas 
fueran devueltai al señor de Aguirre. 

(8) Véase al respecto A century of american diplomacy, by John W. Foster, p4j. 20. 



CAPITULO V 



unriiui-u V 

Desempeño de la misión naval y construcción de los bnqoes para Oiile 

Regreso do Gómoz al Río do la Plata.— Agulrro dovuolvo ol doopaoho do oomisario do 
Guerra y Marina.— Motivo do la misión do Gdmoz al Plata.— Ofroolmlonto do sor- 
vioios diplomátioos á Ciiilo.— Medidas adoptadu para la oonstnieoidn do las dos 
fragatas.— El sofior Rush, ministro interino do Monroo. 



utgmo de Gómez Hacia ocho meses que de Aguirre permanecía 
«I Rio de la Piafa. ^n Nueva York. De acuerdo con su comisión, ha- 
bía mandado construir los buques para Chile y los había equipa- 
do, cuando un suceso estraordinario le obligó á enviar al señor 
Gómez al Río de la Plata. ^^^ Decía que estaba íntimamente per- 
suadido que el suceso de la comisión con que.se hallaba honrado 
por el gobierno de Chile, debía tener un fatal resultado, causado 
por la inesperada suspensión de los artículos más esenciales que 
contenía el convenio celebrado entre S. E. el señor general San- 
Martín, á nombre del supremo director de Chile, y él: que ha- 
bía considerado muy importante que su segundo, don José Gre- 
gorio Gómez, partiera con la mayor prontitud á dar un conoci- 
miento exacto y pormenor del estado y situación de la comisión 
al señor director de las Provincias Unidas y al supremo direc- 
tor de Chile, para que, enterados de todo, se dignaran resolver 
lo más conveniente. Es bueno tener presente que los momentos 
en que de Aguirre llegaba á Norte América, eran difíciles. La 
permanencia reciente de José Miguel Carrera y la actitud 
orijinal de Thompson, le perjudicaban. 

El lefior de A^airre Era indudable que algo estraordinario había 
devuelve el detpaeho gucedido, Ó sc preveía, porquc no sólo se tomaba 
rtnM^vwwctu^ ®®^ determinación, sino que el señor de Aguirre 
eo la sociedad noríe^ adoptaba otra, de carácter serio, en esos mismos 
americana. apremiantes momentos. El gobierno, sin duda 

con el propósito ya conocido de darle á la per- 
sonalidad del ájente mayor autoridad moral ante el gobierno nor- 
teamericano, le había concedido los honores de comisario de 
guerra de marina, otorgándole el despacho respectivo, firmado 
por don Juan Martín de Pueyrredon y su secretario don Matías 



(1) Véanse en el Apéndice loa rasgos biográficos de don José Gregorio Gómez. 



DESEMPEÑO DE LA MISIÓN NAVAL 56 

- - - - - ^^ ^ ^^ ^^ ^ I I ■ I I JIM J_ _^_l__M-__ 

de Irigoyen. Pues bien, desde Nueva York, el seflor de Aguirre lo 
devolvió, diciendo que á ello lo obligaban las circunstancias «de 
no usarse en estos Estados el tan anunciado titulo^ y el considerarse 
este gobierno acreedor á mayor dignidad y respeto, quien, ni 
aún con el carácter de ájente que contiene el despacho otorga- 
do por el departamento de gobierno, se considera dignamente 
respetado.» Por eso el sefior de Aguirre le manifestaba al sefior 
director supremo, en la persona del secretario de estado del 
departamento de gobierno, sus deseos de «conservar únicamen- 
te el titulo de simple ciudadano de mi patria, con el que me 
hallo suficientemente honrado. ^^^ Y aquel despacho fué devuel- 
to, y ahi está en el ministerio de relaciones estertores de la 
Kepública Arjentina! 

Esto manifestaba el seflor de Aguirre, desde Nueva York, el 17 
de marzo de 1818, es decir, casi al afio de su partida. 

Era grave, como se vé, lo que afirmaba. De nada le había ser- 
vido el título de ájente, al cual tanta importancia dieron los se- 
ñores generales San Martín, O' Higgins y Pueyrredon, como 
tampoco la carta presentación de estas distinguidas personali- 
dades sudamericanas. El sefior de Aguirre escribía á su gobierno 
bajo una impresión dolorosa. Y así se esplica que devolviera 
el honroso despacho con que el gobierno le había agraciado, pre- 
firiendo el título de simple ciudadano. Es que no se veía respe- 
tado por las autoridades norteamericanas, viviendo convencido 
del poder influyente de Espafia en aquella sociedad diplomáti- 



(1) Documentos en el arehiro del ministerio de relaciones esteriores y culto, en el 
que se encuentra el despacho devuelto, que dice asi: 

Tengo el honor de incluir á V. E. el adjunto despacho con el título de Comisario Hono- 
rario de Marina, con que S. E. el supremo director don Juan Martín Pueyrredon se dignó 
honrarme: el ningún uso en eatos estados del tan anunciado titulo, y el considerarse este 
gobierno acreedor á mayor dignidad y respeto, quien ni aún con el carácter de ájente 
que contiene el despacho otorgado por el departamento de gobierno se considera digna- 
mente respetado, me impelen á informar á V. E. que al esponer á 8. B. estas obserra- 
dones le manlíleste mis deseos de conservar únicamente el titulo de simple ciudadano de 
mi patria, con el que me hallo suficientemente honrado. 

Dios guarde á V. E. muchos años.— Nueva York, marso 17 de 1818. 

Manuel H, de Aguirre, 
Sefior secretario de estado del departamento de gobierno. 



El director supremo de las provincias unidas de Sud América: 

Por cuanto atendiendo á los méritos y servicios del ciudadano don Manuel Hermene- 
gildo de Aguirre, he venido en concederle los honores de Comisario de Guerra de Marina: 
Por tanto ordeno y mando se le guarde y hagan guardar las gracias, esenciones y prerro- 
gativas que por este titulo le corresponden, para lo cual le hice espedir el presente, firmado 
de mi mano, sellado con el sello de las armas del estado y refrendado por mi secretario 
de la guerra, del cual se tomarA razón en el tribunal de cuentas y ei^as generalas. 

Dado en la fortalesa de Buenos Aires á veintitrés de abril de mil ochocientos dies y 

siete. 

Juan Martíh Pubtrrbdon. 
Matías de Irigoyen, 

Secretario. 



56 ALBERTO PALOMRQUB 



ca. No quería afrentar á su país en su título y diploma. Prefería 
quedar entregado á su suerte de simple ciudadano. Preveía lo 
que podía sucederle muy en breve, dado el ningún respeto que 
se tenía por el ájente. Veía en peligro su propia persona y que- 
ría evitarle esa afrenta á su nación. 

uqMnotivabftei Por la fragata de guerra El Congreso^ en la 
envío de don joeé que habían venido los comisionados de Monroe 
RtodTi. Pteto^ u! y Adams, de que aquí se hablará, ya Aguirre ha- 
iafiacncia maiéfica l>'^ enviado uoticias de SU misióu comercial al 
de orrcra en Eita- gobiemo dc Chile. Y á esQS noticias hizo referen- 
dM unidM. cia cuando mandó á don José Gregorio Gómez 

al Río de la Plata. Entonces había anunciado que se considera- 
ba sumamente embarazado en la ejecución de sus órdenes por 
falta de cumplimiento á los artículos más esenciales del con- 
venio celebrado entre el sefior general don José de San Martín, 
á nombre de S. E. el director supremo de las Provincias Unidas 
del Rio de la Plata y él como comisionado; que se encontraba sin 
fondos suficientes, y el crédito de ambos gobiernos, de Buenos 
Aires y Chile, «en el mayor abatimiento, por la irregularidad 
de las promesas y comprometimiento que el sefior don José Mi- 
guel Carrera empeñó aquí,» decía «del nombre de su patria, como 
por las relaciones sucesivas que conducen los buques que trafi- 
can por las costas de ese estado, anunciando la situación más 
desesperada de medios y recursos para sostenerse ese gobiemo 
en sus empefios y promesas.» 

¡Siempre, y por todas partes, la infiuencia deletérea del caudi- 
llaje anárquico! Ahí estaba, de pie, en este momento histórico, en 
consorcio con Carrera, perjudicando los destinos de la revolu- 
ción! Y lo peor era, para el caso, que á quien dañaba la sombra 
de Carrera, hasta en el estranjero, era á su misma patria chi- 
lena! Ya no era sólo el reconocimiento de la independencia el 
que sufría, sino la propia construcción de los buques por que 
clamaban las provincias para la realización de sus gloriosos y 
atrevidos planes marítimos. 

Entrando, en seguida, el ájente comercial, á dar cuenta de la 
construcción de las dos fragatas de guerra de primera clase, se- 
gún convenio, decía, que se «había iniciado conforme á los d^ 
seos del gobiemo de Chile, sobre la base de un poder cierto y 
seguro de 200,000 pesos en el término de tres meses de su salida 
de Buenos Aires: que en este concepto se había comprometido 
por contrata que concluiría el 20 de noviembre del año ante- 
rior (Aguirre escribe en 18 de marzo de 1818) en cuyo tiempo 
prudentemente suponía la remisión de los restantes 100,000 pe- 
sos, con los que debían quedar listas las citadas fragatas para 
partir á su destino, un mes después del recibo de la última re- 
mesa; de modo que, por un cálculo prudente, debían estar an- 



DESEMPEÑO DE LA MISIÓN NAVAL 57 

ciadas en Valparaíso, aquellas fragatas, en todo abril del pre 
senté afio.» ^^^ 



(i) Esta noto es muy interesante, á los fines del dekMite iniciado por el doctor Lopes. 
Los qne quieran ilustrarse sobre el pnnto pueden revisar la obra de este historiador, tomo 
7, p^ina 814; la de Barros Arana tomo 11, p4^s. eoo á 610, y tomo 12. páj. Mi; y Mitre en la 
Histeria dé San Martin, y en Historia de Belgrano. 

Barros Arana es injusto y cruel, como resulto de este ini presento libro, cuando dice 
aquello de que: «el gobierno de Chile tuvo razón para no quedar satisfecho del desempefto 
de la comisión confiada á Agulrre» contradictorio con lo que en otra." pajinas dice él mismo. 
La rectificación que le hace al sefior Mitre ^obre la fecha de la llegada de Aguirre, con los 
buques, á Buenos Aires, es exacta. El ájente no llegó sino en noviembre de 1818. Esto 
pnnto referente á la entrega de los 200.000 pesos por parte de Chile es algo que no puede po- 
nerse en duda, á pesar de la actitud del doctor López. Su pasión lo lleva muy \^o», como 
puede verse en el capitulo ya citado de »u Historia Argentina. Lo que dice Barros Arana 
esto perfectamente Justificado con los documentos que se encnentran en el ministerio de 
relaciones esteriores de la República Argentina. En el legajo correspondiente á la Deuda 
de Chile se encuentran documentos que así lo comprueban. Helos aquí: 

Pondré en noticia del Director Supremo de este Estado la imposibilidad de encontrarse 
en esta capital quienes suplau lo^ iOO.OOO pesos que deben librarse á Norte América á fkvor 
de don Manuel Aguirre y propondré su reme«(a por el Bergantín Salví^^ ^ Goleta Adaltda, 
si no prefiriese enviarlos por cordillera abierta como V. E. me lo indica en oficio de once 
del mes próximo anterior á que tengo el honor de contestar. 

Dios guarde á V. E. muchos años. 

Santiago de Chile, 10 de setiembre de 1817. 

(Firmado) Tomás Ouido, 
Señor secretario de estado en el departamento de hacienda. 



Excmo. señor: 

Con el conductor don Manuel Ladrón de Guevara que parto hoy para esa capítol, tongo 
el honor de remitir á V. E. los cien mil pesos que he acabado de recibir ayer de la teeo- 
reria general de este reino, con destino á don Manuel de Aguirre, comisionado de este 
Gobierno en los Estodos Unidos de Norte América, á quien V. E. se dignará consignarlos 
por esa vía. 

La dicha cantidad va dirijlda en mil onzas de oro de á diez y siete pesos y ochento 
y tres mil pesos en fuertes, y macuquino, todo eusurrouado como para carguío de muías 
y con la escolta competente de tropa que he ¡ledldo al señor gobernador intendento de 
Cuyo, disponga para seguridad de los intereses, después de haber salido de igual modo 
desde e«to capítol hasta la guardia de la cordillera. A correo seguido enviaré & V. E. el 
principal de los conocimientos exhibidos por Guevara, que queda ya satisfecho del importo 
de bu comisióu & razón de uno y medio por ciento de la plata y al medio por ciento en 
el oro. 

Dios guarde & V. E. muchos años. 

Santiago de Chile, SO de noviembre de 1817. 

Excrao. señor 

Tomás Guido. 
Excmo. supremo director de la-* Provincias Üiiida-^ de Sud América. 



Hacienda, Reservado. 

Excmo. señor: 

El día 15 del presente mes partió para e-a capital dou Manuel Ladrón de Guevara 

conduciendo caudales procedentes del eUado de Chile en cantidad de cien mil pe-^oíí, d lo 

que entiendo, en arria de muías con la escolta que le franquee y debe relevarse en San 

Luis hasta esa Capital. Lo pongo en la suprema consideración de V. E. por medio de 

estraordinarlo para la espedición de las órdenes que tenga á bien librar. 

Dios guarde á Y. £. muchos años. 

Mendoza 20 de diciembre de 1817. 

Excmo. señor. 

Toribio de Luturiaga, 
Excmo. supremo director del estodo. 



58 ALBERTO PALOMBQUB 



Ahora bien, esas dos fragatas, que al fin vendrían á Buenos 
Aires, para una de ellas tener un triste fin, yendo la otra á Chi- 
le, á darle días de gloria, estaban concluidas, pero no podían sa- 
lir «por falta de fondos para el efecto.» Esto traía perjuicio, por 
los gastos que diariamente aumentaban «en proporción del 
tiempo en que se hallaban detenidas», haciendo montar su va- 
lor á una suma de bastante consideración. 

Y estos perjuicios llegaban también, decía el señor Aguirre, 
«á mis intereses particulares» por lo que para arreglar todo 
aquello, era que venía el señor Gómez al Río de la Plata. 

El sdior A^airre Y el señor de Aguirre aprovechaba la ocasión 
ofrece sai Mnricioe para manifestarle al gobierno de Chile que hu- 
biérao^e^chiie. ^ bicra dcscado incluir en su solicitud de recono- 
cimiento de la independencia, al pueblo de Chile, 
pero que como carecía de poderes, los que le habían sido pedi- 
dos por Norte América, se había hallado en la imposibilidad de 
presentarlos. Con este motivo se ofrecía, por si lo considerase 
útil, en cuyo caso declaraba que debían venir «poderes am- 
plios, en forma, y conformes al respeto y dignidad de este go- 
bierno, á lo menos con el carácter de encargado de negocios, 
representando aquí al superior gobierno de ese estado; porque 
sin estas circunstancias tal vez no sería atendida aquella soli- 
citud.» 

El señor de Aguirre ya había penetrado aquella sociedad polí- 
tica. No quería esponerse á nuevos desaires como los que venía 
sufriendo, y cuyo colmo se vería en la negociación de los bu- 
ques, tan íntimamente vinculada á la parte diplomática de su 
misión patriótica. 

Medidasqne adoptó Antes de adoptar rcsolucióu alguna sobre la 
d eeior Afiiirre «n- coustrucción de las dos fragatas, celebró una 
uMhtttUu^'^ iM conferencia con el señor Rush, secretario i»fe- 
dot fragatas, eoa- ^*wo, quieu le aseguró que «buques, cañones, ar- 
•oHando pr¿¥iafflea- mas y muuiciones son artículos de comercio 
te al tefior Rath, permitido por las leyes de este país, y que seria 
¡¡íJTjitol!!^ protejido por este gobierno en la ejecución de 

aquella comisión, siempre que apareciese como 
una especulación mercantil en buque y bandera neutral». En 
su consecuencia, mandó hacer la construcción, y luego que 
estuvo concluida, pasó á Washington á consultar con el secre- 
tario j^ropie^ano, el señor Adams, quien «se refirió á los aboga- 
dos del país.» Consultados estos, resultó, decía el señor Aguirre, 
en nota á su gobierno, «que el acto de preparar y despachar 
buques armados en guerra, equipados y tripulados en buque 
neutral, es un acto de hostilidad que viola la neutralidad y que- 
branta las leyes de este país; el administrador de esta aduana 



DBBBMPEJ^Q DE LA MIBIÓN XA VAL 59 

se halla facultado por éstas para detenerlos y confiscarlos; su 
valor dividirlo entre el delator y el estado; y su propietario, ó 
la persona que aparece serlo, debe ser encarcelado por diez 
afios y multado en diez mil pesos, como se instruirá V. £. por la 
ley de estos estados, de tres de marzo de 1817.» Esta ley era 
aquella que había motivado la nota protesta del sefiordeAguirre, 
de la que he hablado en el capítulo anterior. Y ahora que re- 
cordaba todo ello, y el peligro en que se hallaba, le decía al 
señor director de las Provincias del Plata, que podía «estar per- 
suadido que arriesgaré mi seguridad personal hasta el caso de 
comprometerla, si es preciso, para cumplir las promesas que 
ofrecí á V. E. aunqtie arrancadas como de sorpresa á nombre de la 
patria,^ Y esa promesa de entonces, y esa afirmación de ahora, 
pronto iban á traducirse en hechos elocuentes. 

Por lo demás, el señor de Aguirre hacía notar las dificultades 
para que los buques pudieran salir «tan provistos y completos 
como los nacionales de estos estados, porque», declaraba, «en 
primer lugar, sería una violación de la ley; en segundo, porque 
los fondos no eran ni podían ser bastantes para equipar buques 
armados de la descripción que se pide por aquel gobierno; y, 
en tercero^ porque no contando para esta espedición con más 
fondos que los remitidos hasta aquí por el gobierno de Chile, 
sería imposible, después de satisfecho el valor principal de los 
barcos, cubrir las fianzas que es preciso dar en este país y que 
suben á un valor de mucha consecuencia. ^'^ 

Estos interesantes antecedentes, que no se han mencionado 
hasta ahora, que yo sepa, sino muy lijeramente por el señor 
Bulnes, tienen la virtud de aclarar sucesos que han sido y son 
materia de controversia entre los escritores arjentinos y chile- 
nos. Como se irá viendo, ellos se conexan íntimamente con la 
representación diplomática que investía el señor de Aguirre, la 
que sería desconocida, no obstante la dialéctica nota del señor 
ministro Adams, que va á estudiarse, con motivo del incidente 
que paso á relatar. 



fl) Al final de esta nota »e dice qae el pre8ideiite había dispuesto el cese del cónvul don 
Tomas Halsey, aquel que vlMtó al general Artigas y por Intermedio de quien éste escribió 
al presidente Monroe, como se verá. 



CAPITULO VI 
Prisión del ájente arjentino señor Aguirre 

Afuirrt es rtduoldo á prisión por lat autoridades nortoamsricanas.— Protesta anto 
ol soHor prosldonto Monroo.— Ofrooimionto do vonta do los buques construidos.— 
Consoouenoias morales do la nota-protesta.— Cautela do üonroo.— Carta del oau- 
dlllo Artigu al presidente Monroe, en 1817. 



EisdiordcAaairre Preparados ya los buques, se produjo un inci- 
ct reducido á iiritióii dente vejatorio, causante de una nueva nota del 
MrteiifflcH!^iiiis^ señor ájente de los gobiernos argentino y chileno 
pffvtota «ate el te- ^^ señor ministro Adams, por lo que el señor de 
lor prctideoic mm. Aguirro creyó del caso, y con razón, en la misma 
roe, ofreciéndole ea ^^ta en que daba cuenta del hecho atentatorio 
coñUriMoe.^"*""** acaecido en su persona, reforzar su derecho con 

la referencia de ciertos antecedentes impor- 
tantes. 

Decía al señor Adams, en la nota donde denunciaba el aten- 
tado, que por sus «comunicaciones anteriores V. E. ha sido 
instruido del objeto principal de la comisión que se me conñrió 
por el gobierno del estado de Chile, de la esposición que hice al 
señor subsecretario interino de estado, Mr. Richard Rush, sobre 
este particular, y de la contestación que tuve el honor de reci- 
bir del mismo señor, la que me ha servido de base para llenar 
los encargos de aquel gobierno». Después de recordar estos 
antecedentes, muy útiles, manifestaba que«siempre había tenido 
en vista que aquellas órdenes no podían cumplirse sin la anuen- 
cia ó consentimiento del Presidente», por lo que, «persuadido 
que la ley 3 de marzo de 1817 le autorizaba para escepcioncs 
en casos particulares», había solicitado, decía, «de V. E., por un 
oficio especial, una información ó declaración que sirviese de 
regla á mi conducta». 

Ahora bien, el señor de Aguirre, nwwca tuvo la satl^faccióti de ser 
contentado por S. E. sobre este particular, lo que él tomó como una 
prohibición; pero, como tenía que cumplir con su comisión «mar- 
chando dentro de los límites de las leyes del país, tomó consejo 
de los más instruidos juristas y ordenó la construcción de dos 
fragatas de guerra, en la ciudad de Nueva York, con la inten- 
ción de despacharlas á la América del Sud, como mercantes y 
en bandera neutral.» 



Í»IUfll6N DEL AJBMTB AftJBNTIMO BE!^OR AQUIRRB él 

Los buques asi construidos, adoptándose todas las medidas 
del caso, tomándose, como se vé, el asentimiento de la autori- 
dad y el consejo de notables jurisconsultos, como lo habia in- 
dicado el mismo Adams, estaban prontos para partir á su des- 
tino, en agosto de 1818, y con la dotación regular, á estilo de 
comercio; cuando el señor Aguirre fué altamente sorprendido 
con una orden de arresto y prisión dictada por el juez re- 
sidente en Nueva York, comprendiéndose en ella á los ca- 
pitanes de los buques, dándose por causal haber sido viola- 
das las leyes del país y haberse cometido delitos de alta 
traición.» ^^^ 

Se iba cumpliendo la palabra del comisionado. En nombre 
de la patria habia jurado comprometer su persona, si fuera ne- 
cesario, para servir los intereses de Chile; y asi lo hacia. Era, 
pues, un digno compañero de aquel Gómez que en 1810 atrave- 
saba los Andes, llevando una palabra de aliento á sus hermanos 
de causa, para asi conocer el cuartel de San Pablo, de los es- 
pañoles enemigos. Aguirre conocería, no un cuartel español 
enemigo, pero si una cárcel hermana, la norteamericana, á so- 
licitud de los españoles enemigos! 

«Cuatro dias», decía él, en la nota que vengo comentando, 
«de una custodia inquisitorial precedieron á la declaración 
del juez sobre la inocencia de nuestra conducta, y, por consi- 
guiente, quedamos descargados de tan alto crimen.» 

Y, con alto dolor, declaraba al señor Presidente de la Repú- 
blica de Norteamérica, que «en el curso de tales procedimientos 
se inventaron tormentos hirientes á los sentimientos de delica- 
deza y honor de todo hombre de principios.» 

Esto era lo que con toda aparente tranquilidad de espíritu de- 
cía el señor deAguírre al señor Adams, paraque lo trasmitiera al 
señor Monroe. Además, le declaraba que «los españoles habían 
imposibilitado la espedición, empleando mil recursos, lo que le 
colocaba en la alternativa de serle imposible proseguir en su 
empeño, sin la protección del gobierno general ó de los ciuda- 
danos de estos Estados Unidos, ó decidirse por la venta de 
aquellos buques al gobierno de Norte América.» «No encontra- 
ba», declaraba, «protección bastante que lo escudara contra los 
proyectos de los enemigos, por lo que había meditado la venta 
de aquellos buques al gobierno general, en el caso de no hallar- 
me capaz de despacharlos á sus destinos.» 

Era una manera hábil y política de protestar contra lo hecho, 
porque en el fondo venía á decirle al gobierno norteamericano 
que no veía en su país á nadie que lo escudara y pro tejiera, ni 
aún con esa autoridad moral en que tanto cifraron San Martín, 



(1) S«gúii dice el seftor Saines,* la orden fué espedida á requtf«lción ó por denuncia del 
cónsul espafiol. 



6¿ ALBfiRTO PALOMEQUlfi 



Pueyrredon y O'Higgins al dársele el título de ájente de las 
Provincias Unidas del Río de la Plata. De nada yaUan las car- 
tas de aquellos á Monroe, para que siquiera se hiciera con el se- 
ñor de Águirre lo que con el ájente norteamericano, de igual 
índole, se había hecho en Francia, cuando con motivo de la 
guerra de 1776, Estados Unidos envió el suyo á esta nación, con 
carácter confidencial, en busca de elementos bélicos para 
su lucha independiente en contra de Inglaterra. Bien que lo 
sabía Adams, por la intervención directa que en esos recursos 
había tenido su padre, juntamente con su compatriota Franklin, 
á quien le acompañaba, desde pequeño. Bien que lo sabía cuan- 
do el autor de sus días sostenía, en contra de la opinión de 
Franklin^ que «debían enviarse ministros á alguna gran corte 
europea, especialmente á cortes marítimas, para proponer un 
reconocimiento de la independencia de América en tratados de 
amistad y comercio, por ser lo que más les convenía y en su 
opinión lo que el deber les imponía hacer. ^^^ 

La cosa urjía, y el sistema nervioso del comisionado debía 
estar bastante excitado con «la prisión inquisitorial y tormen- 
tos que herían su delicadeza y honor.» Por eso, á ñn de demos- 
trarle al gobierno norteamericano que su resolución era verda- 
dera, ante tal atentado, que moralmente venía á servir la causa 
de España y no la de los amigos de Monroe, — le recordaba, en 
esa misma nota, á su final, lo que á él ya se le había manifesta- 
do verbalmente y sido convenido en una última entrevista con 
el señor Adams. Y es así que, en la dicha nota, se leen estas 
llamativas espresiones: «y para este efecto, conforme con los 
deseos de V. E. en mi última entrevista, tendré el honor de reiniürley 
desde la ciudad de Nueva York, un estado de lu calidad de los buques 
y su valor principal, siéndome preciso partir inmediatamente á 
aquella ciudad para suspender los gastos que ocasionan diaria- 
mente aquellos buques en el puerto.» 

He creído necesario, y hasta impuesto, vincular este inciden- 
te, ocasionado con motivo de la construcción de los buques para 
Chile, del cual no hablan in extenso los historiadores concien- 
zudos de Argentina y Chile, por más que lo ilustren, en otros 
muchos conceptos, porque él sirvió para que el asunto se lle- 
vara á la cámara de representantes y que Monroe y Adams 
hicieran declaraciones interesantes relativas á la cuestión del 
reconocimiento de la independencia, por la cual pugnaba el 
señor de Aguirre. Ellas, como va á verse, son reveladoras del 
estado especial á que estaba reducida Norte América en sus 
relaciones internacionales con España, Rusia é Inglaterra, y de 
la que era un ejemplo este suceso desgraciado. Este incidente 
serviría para poner en evidencia el espíritu ájil de Adams. 



(i; Véase la obra Á centvry ofamerican diploihacy por John W. Foster, piO^^a 9' 



LA t>RI8l6N DEL AJKNTK ARJBNTiKO SBNOU AGU IRRE 63 

No olvidaba, al parecer, las travesuras de injenio que sus polí- 
ticos habían sabido jugarle á los ingleses cuando Silas Deane 
utilizaba en Francia los servicios de Beaumarchais. Es verdad 
que á este también mucho le costaría cobrarlos, dando mérito 
para que en el mundo entero se popularizara su fisonomía mo- 
ral, representativa de El Fígaro y el Barbero de SeviUaS^^ 

coBMciicacict no- Como era natural, por medio de esta nota el 
raict de la rnte-pro- geñor de Aguirro se resolvía, una vez por todas, á 
lucirte IftMroc "Jor ^spresarle al gobierno norteamericano, con suma 
el iei«r de Afiirrc. elevación política, el disgusto que le había cau- 
sado la actitud menospreciativa que desde un 
principio se había observado para con él, al dársele la callada 
por respuesta á sus diversas notas, cuya medida se había col- 
mado ante la vejatoria denunciada, después de haberse consen- 
tido en la construcción de los buques. En ella parecía decírsele 
al señor Adams, con ironía: «quédese usted con esos buques, 
construidos bajo sus auspicios, ya que usted no me permite lle- 
varlos.» Pero ella iba á tener la virtud de hacerlo hablar al 
señor Adams y an*ancarle, al fin, una nota de cortesía y aten- 
ción para con el ájente de las Provincias Unidas, con olvido 
absoluto de lo que en el Plata y Chile se hacía con los ajentes 
y cónsules que Norte América tenía acreditados desde tiempo 
atrás. («^ 

Iba, en verdad, á tener esa virtud, exhibiendo la viveza de 
carácter del joven revolucionario de otros tiempos, ministro 
ahora, que reflejaría, en este incidente, el espíritu travieso del 
período violento de 1778. Esa nota iba á darnos cuenta del des- 
tino que se había dado á toda la correspondencia incontesta- 
da, ya examinada, del señor de Aguirre. 

Inmediatamente que el señor Adams recibió dicha nota, se 
la presentó á Monroe, quien le ordenó comunicara al señor 



(i; Los dlrectorea de la revoladóu arjentína tenían tal opinión formada de la valia de 
Norte Amériea, qoe, como he dicho antes, desde 181S. ya buscaban su allansa. Bn 1618, 
nn documento auténtico dice: «Este Supremo P. E. me ordena comunique oficialmente al 
cónsul de los Estados Unidos de Norte América la plausible instalación de la soberana 
asamblea general de las Provincias de este territorio. Lo hago así por el adjunto pliego 
que se servirá usted hacer poner en mano de su título y con lo que habré cumplido la ci- 
tada superior resolución. 

Dios guarde á usted muchos aftos. 

Buenos Aires, febrero 17 de 1813. 

Juan Manuel de LMca. 

Secretarlo de gobierno, interino. 

Señor Bernardo de Vera y Pintado— (Chile). 

(S) Decreto de fecha 22 de noviembre de 1811 reconociendo como vice cónsul á don 
WlUiam Gilchrist Hlller, propuesto por el cónsul general don Roberto Joel Poinsset, aquel 
que habló en la cámara de representantes, en 1822, como se verá, y que vino al Plata, 
en 1810. como se ha explicado eu pajina» anteriores. 



64 ALBERTO PALOMBQUB 



de Agnirre que «la autoridad ejecutiva no estaba autorizada para 
comprar las dos fragatas construidas bajo su dirección.» Y 
aprovechaba la ocasión, como una prueba de la vinculación de 
las dos misiones representadas por el señor de Aguirre, para de- 
declarar que la política norteamericana había sido la de «una 
neutralidad imparcial», desde que había considerado el hecho 
como una guerra civil, en la que, como una nación estranjera, 
estaban autorizados para permitir á las partes iguales dere- 
chos, cuya igualdad han gozado invariablemente las colonias 
en los Estados Unidos». Reconocía que Estados Unidos, desdo 
la declaración en Tucumán, habían considerado «la cuestión 
de aquella independencia como la precisa cuestión y objeto de 
la guerra.» Hacía conocer los sentimientos personales de Mon- 
roe respecto á la «prueba de capacidad dada por Buenos Aires 
para mantener su independencia», «sentimiento», decía «que él 
está persuadido ganarla fortaleza diariamente entre los poderes 
de la Europa, especialmente, si la misma carrera de buena 
fortuna continuase en su favor». 

No creía Monroe que aún estuviera bien asentada la base 
independiente. Ni creía tampoco que pudiera despreciarse el 
sentimiento europeo. Había que considerarlo, atraerlo, por me- 
dio de hechos indiscutibles. Sólo así, ante la buena fortuna^ si 
continuaba en favor de Buenos Aires, sería posible pensar en un 
reconocimiento y en una atracción de los poderes de Europa. 
No era todavía, como se vé, en 1818, tan radical la política de 
Monroe. Era que estaban de por medio sus propias posiciones, 
que no iba á comprometer por sus amigos los sudamericanos. 
Todavía había que contemplar á los poderes de Europa! 

u cwteía coa que El sefior Adams no pudo menos que recono- 
dcbía proceder d se- eerlo en SU precitada nota y ello es muy in- 
•or Moeroe. teresante para el caso. No se atrevía á [negar 

su difícil posición, aunque buscando siempre un pretesto pa- 
ra cohonestar su actitud. Él decía que, «al decidir la cues- 
tión respecto á la independencia de Buenos Aires, muchas 
circunstancias llamaban la atención, tanto con respecto á las 
colonias, como á los Estados Unidos, que hacían necesario que 
el presidente se moviese, en este particular^ con cautela; sin men- 
cionar aquellas que tienen relación á los Estados Unidos, y las 
que él está obligado á pesar , es propio noticiar una con respecto 
á las colonias, que presenta una seria diñcultad.» 

Así era: Monroe tenía que moverse con cautela: él era el único 
que estaba obligado a pesar esa circunstancia. 

Y, como su propósito no era, ni podía ser otro, por el mo- 
mento, sino el de ganar tiempo, como más tarde le sucedería 
á los sudamericanos, ante el anuncio de la espcdición de Cádiz 
y la actitud de la Santa Alianza, hé aquí que Monroe buscaba, 



r PRISIÓN DBL ÁJENTE ARJBNTINO SEÑOR AOUIRRB 65 



en el obstruccionismo, lo que no podía hallar en sus sentimien- 
tos personales, dándole base y fundamento para ello esos 
arranques impetuosos é irreflexivos del indómito caudillaje del 
Rio de la Plata. 

En efecto, de ahí que le observara al señor Aguirre que él 
había pedido «el reconocimiento del gobierno de Buenos Aires, 
como supremo sobre las Provincias del Plata, mientras que 
Montevideo, la Banda Oriental y el Paraguay no solamente 
están poseídas de hecho por otros sino bajo gobiernos que des- 
conocen toda dependencia de Buenos Aires, no menos que de 
España.» (^^ 

üMcarte ddcaii- En Septiembre 1.^ de 1817 la personalidad de 
diiio AHicaí «I pre- james Monroe, presidente de los Estados Uni- 

IÍhi^ *^"^' *" ^^^ ^® Norte América, se conocía en los bos- 
ques sudamericanos, donde dominaba el poder 
selvático de los caudillos, que, sin saberlo, levantaban, á su 
modo, la bandera de la federación en el Rio de la Plata. En 
1817, el caudillo general don José Artigas, que, sin duda, oiría 
hablar más tarde de la doctrina de Monroe — de América para 
los americanos — cuando se debatiera con la ingrata suerte en 
los montes paraguayos, — buscaba, instintivamente, á través el 
espacio, aliados para la realización de la obra que atrevida- 
mente había emprendido. El caudillo se veía aislado, allá por 
septiembre de 1817. Los portugueses lo iban á acosar hasta 
arrojarlo de su terruño. Es verdad que él, como lo reconocen 
aún algunos de sus ardientes y convencidos impugnadores, lu- 
charía con valor por la independencia nativa. Ante esa amena- 
za que se le venía encima, se acordaría de Monroe, del que seis 
años más tarde, en su célebre mensaje del dos de diciembre de 
1823, diría á la Europa lo que no era sino el pensamiento de 
Jefferson ó de Juan Quincy Adams, según el sentir de J. A. 
Spencer y de Poster, respectivamente. ^^^ Artigas, en trance 
tan apurado, hacía saber á Monroe, desde su cuartel ó campa- 
mento de Purificación, que «había tenido el honor de comuni- 
car, en su oportunidad, con el señor don Tomás Lloyd Halsey, 
cónsul de los Estados Unidos en estas provincias, por lo que se 
congratulaba de tan afortunado suceso. Le he ofrecido, decía, 
mis respetos y todos mis servicios; y quiero felicitarme de esta 
favorable ocasión para presentar á V. E. mis más cordia- 
les respetos. Los variados acontecimientos de la revolución 
me han privado hasta aquí de la oportunidad de unir este de- 



i (1) Ya se verá como Henry Clay contestaba este argumento en el congreso norteameri- 
cano, recordando á Franklin cuando faé de ministro á Francia. 

(8) Hiwtoria dé Iob Ettado$ Unidot, por J. A. Spencer, tomo III, pajina 47, edición es- 
pafiola de 1878, Barcelona; y obra de Fo9ter, ya citada. 



66 ALBBÍITO PAÍiOiCÉQUSi 



ber con mis deseos. Ruego á V. E. se sirva aceptarlos, ahora 
que tengo el honor de ofrecerlos con la misma sinceridad de 
que me encuentro poseído para promover la felicidad común y 
la gloria de esta república. Para conseguirlo, á ello se dirijen 
todos mis esfuerzos, como también los de los miles de mis con- 
ciudadanos. Que el Cielo escuche nuestras preces!» 

Así hablaba el caudillo al seftor Monroe, en 1817. Ignoro lo 
que Monroe contestaría, por más que utilizara sus actos con un 
propósito obstruccionista, como se seguirá viendo. En la obra 
de donde tomo tan curioso cuan novedoso documento, ver- 
tido al inglés, de donde lo traduzco, nada se dice ni se comen- 
ta. Puede que el archivo del seftor cónsul Halsey, si dejó docu- 
mentos, dé alguna luz sobre la correspondencia del caudillo 
sudamericano, á la que, como es sabido, era tan dado. ^^^ 

Pues bien, como ya se ha visto, no era sólo el caudillo el que 
por esa época se dirijía al señor Monroe. Parece que en el am- 
biente flotaba la idea de la solidaridad americana, desde las 
selvas y ciudades. Todos aspiraban á recibir el calor de las es- 
trellas del Norte. 

La invasión portuguesa, y la actitud del caudillo luchando 
contra ella, en presencia de la diplomacia arj entina, que «osci- 
laba en el vacío», como dice Mitre, ofreciendo un trono á las 
monarquías europeas, mientras el directorio miraba impasible 
la conquista del lusitano, hacían, sin duda, que allá fuera al 
Hervidero, todo un señor Halsey, cónsul norteamericano, á sa- 
ludar, conocer y conversar con el general Artigas, como lo ha- 
rían los marinos ingleses para arrancarle un mt^i-géneris tratado 
de comercio. Norte América, á la distancia, no vería sino al in- 
vasor y al invadido; á un monarca, conquistador, y á un demó- 
crata, luchando. No estudiaría el fenómeno íntimo, el problema 
casero, oculto, en el archivo secreto de Tucumán y en la 
correspondencia reservada de los directores Balcarce y Puey- 
rredon. Lo deslumhraría lo esterno y lo utilizaría como digo 
para la realización de sus flnes obstruccionistas. 



(1) Britiéh and foreign state papert, 1817- 1818. London, 1838. Véase nota anterior relati- 
va al cónsul Halsey. Fué destituido más tarde por su gobierno. Además, según consta de 
documentos que en otra parte reproduzco, intervino en negocios de armas para el gobier- 
no arjentino. 



CAPÍTULO Vil 
Privilejios diplomáticos del ajenie aijentino 

Prívllejlot del tiente de Im Previneiat Unidae del Ríe de la Platt.— La oeaeleaeia 
del hembre-eludadane en pugna oen la del hembre-eetade 



Lee privii^iot del Después de decír aquello, el sefíor Adama 
^ote de iM Pro- declaraba que él había dado á las colonias toda 
Rtode la^te ^" claso de pFuobas de amistad y buena voluntad 

compatible con una justa neutralidad. Ahora se 
encerraba en esta espresión, diciendo que «se habían tenido 
con los ajentes de Buenos Aires, aunque no reconocidos en 
forma, toda la atención que era posible darle á los oficiales 
acreditados de cualquier otro poder independiente.» Recordaba 
que ninguna persona se había presentado, hasta entonces, con 
las credenciales de un ministro público, y que aquellas que el 
sefíor de Aguirre había exhibido sólo le daban el espreso carác- 
ter de ájente solamente;» el que, le declaraba, «ni por las leyes 
de las naciones, ni por las de los Estados Unidos, tienen el prí- 
vilejio de exención de arresto personal.» 

El señor Monroe «sinceramente sentía el tal arresto^ pero era 
una circunstancia que no tenía poder para prevenirla.» El pre- 
sidente, le decía, «no tenía autoridad para dispensar del cum- 
plimiento de las leyes, escepto en los casos proscriptos por las 
leyes mismas.» Y «aunque no ha sido posible estender á usted 
el pri vilejio de exención de arresto (exención no gozada por 
el Presidente mismo de los Estados Unidos en su capacidad in- 
dividual) aún usted ha tenido todo el beneficio de aquellas le- 
yes, que son la protección de los derechos y libertad personal 
de nuestros propios ciudadanos.» 

«Vd.,» le decía, «en presencia de la ninguna prtieba aducida de 
que Vd. los había armado (los buques) fué inmediatamente li- 
bertado y descargado por la decisión del juez de la suprema 
corte, ante quien el caso fué traído.» 

Y era así que el señor Monroe entregaba á su fatal destino á 
sus amigos/ Nada habría hecho, en el caso, en obsequio al ájente; 
pues seguramente, dada su categórica afirmación, lo habría de- 



68 ALBERTO PALOMEQUE! 



jado secar en la cárcel, si hubiera habido piniéba de que él había 
armado las dos fragatas! 

« El gobierno de Estados Unidos», concluía diciéndole: «no 
puede dar más la cara, ó participar, en modo alguno, se evada 
la intención de las leyes, ni menos dispensar su ejecución.» 

No podiu dar más la cara por los sudamericanos! Esta era la 
verdad. Se oponía á ello la circunstancia ya mencionada, que 
obligaba á Monroe á proceder con cautela^ en vista de las cor- 
cunstancias que ü estaba obligado á pesar! 

Lo que Adams sostenía era indiscutible. El ájente no tenía 
exenciones. Por eso el Sr. de Aguirre ya lo había hecho notar al 
pedir al gobierno de Chile sus credenciales de verdadero minis- 
tro diplomático, para que así lo consideraran y respetaran. Sólo 
esas credenciales, y no los despachos de comisario de marina, 
ni las cartas de San Martín, Pueyrredon y O'Higgins, hubieran 
podido preservarlo de la prisión inquisitorial á que fué sometido 
en Nueva York. Pero, si el derecho público no dá privilejios á 
un ájente, si la Constitución de la república norteamericana no 
autorizaba al presidente para suspender el cumplimiento de las 
leyes, un sentimiento de solidaridad institucional pudo llevarlo, 
si aquella cautela y peso no hubieran existido, á impedir que se 
vejara, en la persona del ájente que Monroe había recibido con- 
fidencialmente y tratado con consideración de amigo, & una 
nación hermana que luchaba por los mismos ideales que ella 
había sostenido. Era que España así lo exijía. Y, á tal punto, que 
se había dictado una ley de circunstancias, llamada de neutra- 
lidad, tendiente á servir los intereses de la rival de los indepen- 
dientes sudamericanos, como se dijo en pleno Congreso de Esta- 
dos Unidos por el célebre Clay. ^^^ En ella se declaraba que 
Estados Unidos tenían poder para impedir que sus subditos se 
alistaran ó fueran alistados, dentro del territorio ó jurisdicción 
de los Estados Unidos, al servicio de cualquier estado estran- 
jero, como soldado, marino ó marineros, abordo de cualquier 
buque de guerra, y de aceptar ó ejercitar cualquier comisión. 
Esta pretcnsión se llevaba al extremo de condenar á los ciuda- 
danos que prestaban servicios al gobierno sudamericano, como 
corsarios! Es fácil comprender que esa neutralidad perjudica- 
ba á Buenos Aires, que era la única que buscaba buques, hom- 
bres y crédito. Si bien, pues, en derecho estricto, en cuanto á la 
forma se refiere, la conducta era correcta, no lo era en el fondo, 
tratándose de amigos solidarios en la desgracia y en la dicha, á 
quienes se les había ofrecido protección disimulada. 



(1) Al respecto recuerdo an folleto que aparece en el catálogo de la Biblioteca Nacional. 
—Dice asi: Pazos Vicente— Letters on the United States of Soath America addressed to the 
Hon. Henry Clay, translated ftom the Spanlsh by Platt H. Crosby. New York and London 
1819, in $^. 



PRIVILBJIOS DIPLOMÁTICOS DEL ÁJENTE ARJBNTINO 69 



u coociencia del Y, como esto^ sín duda, era lo que les remordía 
hombrc-cittdadtoo ¿ Monroe y á Adam8, hé aquí que, después de 
hM^re^twio!* ^^ hacer la narración de los hechos, á su manera, y 

de exhibir, para confirmarla, el estracto de un 
memorándum que se remitía al ájente arjentino, emanado de 
Rush, el secretario interino que en un principio había trata- 
do con el señor Aguirre, (*' se le manifestaba á éste que «bu- 
ques, aún propios para objetos de guerra, armas y municiones 
de todas clases, podían ser comprados dentro de nuestro país 
como artículos de mercaderías por ambas partes belij eran tes, sin 
infracción de nuestras leyes de neutralidad.» Por eso, reaccio- 
nando, á fin de mantenerse entre dos aguas, le decía algo, que, 
leído entre líneas, quería decir muí^ho para el buen entendedor. 
Y, porque así lo entendió el señor de Aguirre, fué, que, al fin y al 
cabo, las dos fragatas, que se llamaron Horacio y Curiado, llega- 
ron al Río de la Plata al poco tiempo de este suceso estraordi- 
nario; en una de las cuales vino el mismo señor Aguirre, allá 
por el mes de noviembre de ese propio año de 1818. ^^^ 

El señor Adams tenía un espíritu ájil, alegro y travieso, he- 
redado de su padre, que se había puesto á prueba en Francia, 
cuando allá también sus conciudadanos buscaban armas y 
buques para su lucha independiente, y recurrían á mil subterfu- 
gios para eludir la acción de la autoridad gubernativa, ó más 
bien dicho, para no comprometerla ante la Gran Bretaña. De 
ahí que, pareciera recordara aquella época, llena de agudezas 
de injenio, cuando al finalizar su nota, le decía al señor Aguirre: 
*aún es imposible para mi decir que lu ejecución de las órdenes de su 
gobierno ES IMPRACTICABLE; pero el Gobierno de los Estados 
Unidos no puede dar más la cara ...» 

Era decirle al señor Aguirre: «no se amilane por tan poca 
cosa: siga adelante en su tarea: no hay para que vender esos 
buques: Vd. trate de burlar nuestra vijilancia, empleando los 
mil recursos que á nosotros se nos ocurrieron en Francia, en 
un caso idéntico, con Franklin y otros, pero no nos comprome- 
ta, porque nosotros no podemos públicamente violar las leyes 
que debemos hacer cumplir como autoridad.» 

Y al señor de Aguirre parecía oírsele decir: «sí; pero allí Vds. 
tuvieron la ayuda de esa noble Francia; sus autoridades no 



(1) Va en el Apéndice. 

(9) Según Bulnes, nn ciudadano norteamericano, que no nombra, adelantó los fon- 
dos, girando Aguirre sobre Buenos Alre^. Las fragatas »e desarmaron y los cañones y 
pertrechos de guerra fueron trasbordados d un buque mercante, que los tn^o & Buenos 
Aires. Debido á eso se salvaron, cuando el capitán del Curiado se alzó con él, yendo & 
venderlo en el Janeiro, fugando del puerto de Buenos Aires porque no se pagaban las 
letras de la referencia.— Véase en el Apéndice lo que dice el señor Barros Arana, en parte 
de lo cual no estoy de acuerdo, como se verá más adelante. Véase tomo I, páj. 51 de la 
obra de Bulnes, ya citada. 



70 ALBBBTO PALOMEQUB 



coartaban la acción de ustedes, llevando á la cárcel á sus ajen- 
tes comerciales; allá no se concedía personería para eso y otras 
cosas más, á la autoridad inglesa, como aquí sucede con el con* 
sul español; otro era el espíritu de aquella autoridad, que así 
respetaba el sentimiento de aquel pueblo, que ustedes contrarían 
en el presente, por más que el señor Adams termine diciendo- 
me que «de la amistad y disposición del presidente hacia mi 
gobierno y mi patria muchas pruebas han sido dadas, y en su 
nombre especial me renueve la seguridad de aquella disposi- 
ción, asegurándome que continuará manifestándolas en un todo 
compatible con las leyes de esta nación la observancia de sus 
deberes hacia otras.» 

Obras son amores, parece aún oírsele decíral señor de Aguirre, 
cuando se lee todo esto, y muy en especial el memorándum del 
señor Rush, del cual resultaba ¡oh hecho sorprendente! que 
todas las notas relativas á la misión del señor Aguirre ^que no 
habian sido contestadas, SE habían empaquetado, CON varias 

OTRAS MÁS ESCRITAS EN ESPAÑOL Ó PORTUGUÉS, Y ASÍ DIRUIDA8 

AL Presidente, mezcladas con un considerable volumen, 
UN día ó dos después que volvió á Washington!» 

Sí; obras son amores, parece aún oírsele decir alseñor de Agui- 
rre, á través el tiempo, y desde ultratumba, cuando, al recordar 
su prisión inquisitorial, deprimente de su dignidad y honor, leía 
en el estracto del memorándum del señor Rush, que se le remi- 
tía por Adams, que había sido ^^enteramente la omisión del infras- 
cripto no llamar la atención al presidente particularmente á estas 
cartas, por más que nada se dyo que pudiera animar la esperanza al 
comisionado de que ellas fuesen contestadas, pues lo contrario pareció 
presentarse como más probable inferencia de su propio carácter ¡in- 
formal/ no menos que del resultado de toda la conversación/ f* 

Sí; parece que se escucharan frases rumorosas, conservadas 
en las ondas de antaño, como si el señor de Aguirre todavía las 
exhalara, al leer y releer, con toda sorpresa, en ese memorán- 
dum, aquella declaración terminante de que «una estrecha 
neutralidad había sido su política: que esta conducta, impuesta 
por otras consideraciones, así como por el tratado que tan largo 
tiempo había subsistido con España, era también la conducta más 
propia en beneficio de los mismos americanos del sud: idea que 
fué expresada tanto más distintamente cuanto que era calcula- 
da para sujerír al comisionado la mejor escusa para no reconocerle 
en su alegada capacidad oficial/* ^^^ 

Resulta, pues, evidente, que no era sólo el derecho público el 
que impedía á Norte América dar al ájente arjentino la impor- 
tancia que Rivadavia, sin embargo, le conferiría al de igual ó 



(1) Estneto de un memorandam de Mr. Rash al secretario de Estado, de fecha n de 
noYiembre de 1817, ya citado, qae se encuentra en el Apéndice, 



PMVILBJIOS PIFLOMÁTICOS DBL AJENTB ABJBNTINO 71 

inferior categoria, el sefior John M. Forbes, más ó menos por 
esa misma época, en Buenos Aires, á quien contestaría sus no- 
tas^ le concedería audiencias y le honraría accediendo A indica- 
ciones, que, como las relativas al corso, ó piratería, él (Rivada- 
via) luego traduciría en hechos lejislativos, como se verá. 

Era que Rivadavia, en esa época, luchaba abiertamente contra 
España, de quien ya nada pretendía ni nada temía. Norte Amé- 
rica, por el contrario, en la presente, pretendía y temía, por lo 
que era cortesana y decaía de ánimo. 

Así concluyó este incidente estraordinario. 

Iba ahora á nacer la nueva doctrina ante la soberbia de la 
Santa Alianza! 

No en balde ha dicho un historiador al corriente de una gran 
parte de estos antecedentes: 

cTal fué la misión de Aguirre. Considerada en sus principa- 
les fases fué una doble lucha con la escasez de dinero y con las 
poderosas influencias de Espafia. El gobierno de Washington 
no abandonó su política de egoísmo y con especiosas razones 
prorrogó más allá de sus términos naturales el reconocimiento 
de la independencia argentina.» ^^^ 



(1) Gonzalo BoloM, Eipeáici&n Libertadora del Perú^ tomo I, pAjina 6S. 



CAPITULO VIII 
Resonancia de la prisión de Aguirre en el parlamento norteamericano 

Notas de Aguirre arrojadas por Rush al calón del escritorio.— Rechazo del nom- 
bramiento del seilor David 0. de Forest, cónsul arientino en Norte América.— 
Nuevo protesto de Adams, fundado en la cláusula de la nación más favorecida.— 
Esplotación del caudilla|e de Artigas. 



Las notas arroja- La prisión del señoF de AguiíTe dio motivo á 
das al c^ón del es- q^Q Ja cámara de representantes tomara cartsís 
crítorio. ^^ ^Y asunto. Ésta celebró sesión, en 5 de diciem- 

bre de 1817, í*^ á fin, sin duda, de pedirle al señor Monroe, los 
antecedentes de este suceso deplorable. El poder ejecutivo ha- 
bría cumplido lo resuelto, pues aparece remitiendo un informe 
escrito del seflor ministro secretario de estado con «copia de 
los documentos que es posible comunicar» decía, « relativos á 
la independencia y á las condiciones políticas de las provincias 
de la américa española», f^^ 

En ese informe del señor secretario de estado, quien, como 
ya se ha visto, había despreciado las notas del señor de Aguirre, 
que ahora aparecían, se hace una esplicación, que, según sus 
espresiones, «consideró necesaria» el señor Adams, «por lo que 
se referia á las diversas conferencias celebradas, en ellas men- 
cionadas por el señor ájente diplomático.» Ahora, después de 
tanto tiempo transcurrido, sería que recién se leerían esas notas, 
sacándolas del envoltorio en que las había metido el señor Rush; 
por lo que se creía en el caso, el señor Adams, de esplicar esas 
conferencias, Al poder lejislativo de su país, después de tan 
largo tiempo transcurrido, íe iba á contestar las notas del señor 
de Aguirre, pero no á éste! Y al contestarlas públicamente, soste- 
nía no sólo que el señor de Aguirre carecía de comisión como mi- 
nistro público, sino que ni poder tenía para negociar en ese 
carácter: que ni en la carta de que fué portador, ni en sus pri- 
meras entrevistas, indicó que estuviera autorizado para pedir 



(1) State Paperg, pajina 801, años 1817-1818. El acta de esta sesión no he podido ha- 
llarla en los Ánnals of Congreaa de Estados Unidos. 

(2) Los documentos eran: la nota del coronel Alvares, ya estudiada; la declaratoria de 
independencia; el cese de Thompson; la comunicación sobre las victorias en Chile; el poder 
de O'Higgins k Aguirre; las credencialeii de Aguirre y las notas de O'HIgglns, Pneyrredon 
y San Martin presentando y recomendando el señor de Aguirre al señor Monroe. 



RESONANCIA DE LA PRISIÓN DB AGUIRRB 78 



el reconocimiento de su gobierno, como independiente; lo cual, 
según él, se comprendía fácilmente, dada la razón que se tuvo 
para quitarle la representación al coronel Thompson, que no 
había sido, decía, sino la de haber traspasado sus poderes. ^'^ 

Hablaba el sefior Adams de lo que en esas conferencias, des- 
conocidas hasta entonces, se había dicho, referente á la manera 
de hacerse el reconocimienro y á cuales fueran los territorios 
que se consideraban como formando el nuevo estado, ^^^ lo cual, 
decía, «motivó se recordara que la manera como Estados Uni- 
dos habían sido reconocidos poder independiente por Francia, 
había sido por medio de un tratado con ella concluido, como 
nación soberana existente, y en el cual cada uno de los estados 
que entonces componían la Unión fueron espresamente nombra- 
dos.» De aquí surjió, decía Adams, «que el sefior Aguirre ma- 
nifestara que el territorio de que se trataba fuera el que había 
constituido el antiguo virreinato», por lo que él había observado 
que «la Banda Oriental estaba bajo el gobierno del general Ar- 
tigas, lo mismo que algunas provincias en poder de España. ^^^ 
El sefior Adams aprovechaba la ocasión para esplicar aquellas 
palabras dirijidas al sefior de Aguirre referentes á que «otras 
provincias podrían pedir lo mismo que Buenos Aires.» Como el 
sefior de Aguirre le había contestado en seguida, interpretándo- 
las, como que natural y lójicamentese referirían al resto del con- 
tinente sudamericano, á Colombia, etc., por lo que los defendía, 
invocando para ello la solidaridad de causa y haciendo votos 
por el éxito del preponderante poder de esos pueblos hermanos, 
como se ha visto; el sefior Adams declaraba, recién ahora, con 
toda sorna, no á de Aguirre, si no á la casa de representantes, que 
aquella observación tenía particular referencia ¡á la Banda 
Oriental! para el caso en que el general Artigas avanzara una 
solicitud de independencia de esas provincias en lucha con 
Buenos Aires; y que, al decirlo, otro tanto se había pensado 
con referencia á los portugueses!» ^^^ 



(1} Como 86 ha visto en el capitulo I no fué é^ta la cau^a de la desautorisación de 
Thompeon. 

(9) A este respecto, andando el tlemi>o, y cuando el gobierno arjentiuo dló cuenta, en 
la sesión del 7 de Junio de 1893, de la cuestión referente á las Islas Malvinas, diría el 
sefior Aguirre á los llamados & entender en esa reclamación, que aprovecharan su espe- 
rienda. Recordó este incidente con Adams, y dijo: « Confiero que yo no lo sabía en 1817 
porque no se me había instruido de ello. En globo le dije que era el virreinato de la 
Plata, y porque en el congreso de Tucumán los diputados marcaban las provincias á que 
pertenecían, pero en el acta de la independencia no consta el territorio de nuestra repú- 
blica. Asi ea que pude haber suMdo una equivocación». 

(8) Ta veremos como este argumento lo contestaban, entre otro», el diputado Clay, en 
la cámara de representantes. 

(4) DBPARTAiiBirTO DE KñTADO.—Marzo 2/i Aét 1818.— EX Secretario de Estado A quien se 
ha comunicado la resolución de la ca^ de representantes del 5 de diciembre, tiene el 



74 ALBERTO PALOMBQUB 



Como se vé, el sefior Adams seguía dando importancia á la 
actitud del general Artigas y á la intervención del Portugal, á 
fin de oponer dificultades al reconocimiento de la indepen- 
dencia. 



honor de remitir los documentos adjuntos que contienen la información poseída en este 
ministerio, solicitada por aquella resolución. 

En las comunicaciones recibidas del seftor Manuel H. de Agulrre se hace referencia á 
ciertas conferencias entre él y el ministro de estado, que requieren alguna esplicadón. 

El car&cter con que el sefior Aguirre se presentó fué el de un ájente público del gobierno 
de la Plata, y como ícente privado del de Chile. Sus comisiones para ambos lo callílcan 
simplemente como ájente. Pero, su carta del supremo director (Pueyrredón) para 
el presidente de los Estados Unidos exije que debe ser recibido con la consideración debida 
á su carácter diplomático. No tiene comisión alguna como ministro público de ninguna 
categoría, ni ningún poder bastante como para poder negociar como tal. NI la carta de 
que fué portador ni él mismo en su primera entrevista con el secretario de estado, si^irió 
que estuviera autorizado para pedir el ser recibido de su gobierno como independiente» 
una circunstancia que deriva adicionalmente del hecho de que su predecesor, don Martin 
Thompson, ha sido exonerado por el director Pueyrredón por haber ultrapasado sus poderes; 
de lo que la carta traída por el sefior Aguirre di noticia al presidente. 

Fué algún tiempo después del comienzo de la sesión del congreso que hizo su demanda, 
como se vé de las fechas de sus comunicaciones escritas al departamento. En las confe 
rendas tenidas con él al respecto, entre otras cuestiones que naturalmente sqjirió, estu- 
vieron las del modo cómo el reconocimiento de su gobierno, en caso de ser admisible, 
debiera hacerse, y cuales eran los territorios que él consideraba como formando el estado 
ó nación i reconocerse. Se observó que la manera en que los Estados unidos fueron 
reconocidos independientes por la Francia fué por un tratado concluido entre ellos, como 
un poder independiente existente, y en el cual cada uno de los Estados que entonces 
componían la Unión fué espresamente nombrado: que algo por el estilo parecía ser nece- 
sario en el primer reconocimiento de un gobierno nuevo, que alguna Idea definida debiera 
formarse, no de los precisos límites, pero si de la general estensión del país asi reconocido. 
DUo que el gobierno cuyo reconocimiento deseaba, era el territorio que fué, antes de la 
revolución, el virreinato de la Plata. Se le preguntó por qué''no incluía á Montevideo y 
al territorio ocupado por los portugueses, desde que la Banda Oriental entendíase estaba 
bajo el gobierno del general Artigas y algunas provincias aún bt^o la posesión indispu- 
tada del groblemo espafiol. DUo que lo hacía; pero observó que Artigas, aunque en hos- 
tilidades con el gobierno de Buenos Aires, sostenía, sin embargo, la causa de la indepen- 
dencia contra Espafia y que los portugueses no podrían finalmente mantener su posesión 
de Montevideo. Después de esto fué que el señor Aguirre escribió la carta oftreeiendo 
entrar en una negociación para concluir un tratado, aunque admitiendo que no tenia 
facultad al efecto por su grobierno. Es del caso observar, que la forma del reconoci- 
miento por medio de la conclusión de un tratado no fué sujerida como la única practica- 
ble ó usual, sino simplemente como la que fué adoptada por Francia con Estados Unidos, 
y como la que ofrecía el medio más conveniente de desiimar la estensión del territorio 
reconocido como un nuevo dominio. 

La observación hecha al sefior Aguirre de que si Buenos Aires debiera ser reconocido 
como independiente, otras de las provincias contendoras querrían, quizá, pedir lo mismo, 
tuvo particular referencia á la Banda Oriental. La observación fué, aunque el general 
Artigas no debiera avanzar un pedido de independencia, por esas provincias, en conflicto 
con la de Buenos Aires, por todo el virreinato de la Plata. La posesión de los portugueses 
en Montevideo fué recordada con respecto á una cuestión semejante. 

Debería afiadlrse que estas observaciones fueron unidas á otras, con referencia á las 
razones por las cuales el presente reconocimiento del gobierno de la Plata en cualquier 
forma, no era considerado de la competencia del presidente, en atención ya á sus Intereses 
bien entendidos como á los de los Estados Unidos. 

John i^uiney Adam», 



RESONANCIA DE LA FRIRIÓN DE AGITIRRE 75 

^^^■^^■^1^— ^M^-i^-^-^^^-^^— ^^W^i^^^^^^— — ■ «^ I ^ », ■ ■ ^B^i^^M^^^^^ ^■^M^— iW^l^— PM^I^M^—^PII^— ^— ^^ 

Él olvidaba algo muy importante, que debía tener presente, 
desde que ya á los once afios de edad actuaba en la diplo- 
macia, acompañando, en París, á su padre don Juan Adams, ó 
yendo, á los catorce, en la secretaría, á San Petersburgo. No 
debió olvidar que en Francia, cuando se hacía aquel tra- 
tado de reconocimiento, empleando el sistema que él indicaba 
ahora, Norte América había celebrado, en cambio, otro, de 
alianza ofensiva y defensiva con ese mismo país en contra de In- 
glaterra. Ese fué el precio del reconocimiento impuesto por Fran- 
cia. Pasaron por las horcas caudinas; hasta que después de 
muchas dificultades pudieron arrancarse esa túnica de Dejanira, 
faltando, según hombres como Jefferson, y aún Franklin, á la 
palabra de honor internacionalmente empeñada! Él no tenía 
presente que, en el caso, Sud América no ofrecía celebrar nin- 
guna alianza para comprar el reconocimiento, sino simplemente 
obtener, hasta cierto punto, moralmente, la ayuda y la protec- 
ción de su hermana, con todo noble desinterés. Lo que Norte 
América había pedido á Francia era lo mismo que aquí, Sud 
América, le reclamaba á ella, pero sin llegar á un estremo tan 
fuerte como aquel, poniendo precio á ese reconocimiento! 

Reehaio del aom- Era quc Adams Contrariaba el sentimiento 
braBieaco del scftor popular de Nortc AméHca, de que se había hecho 
tZj^mmí u¡^' iiitórprete el diputado Clay cuando en pleno 
■o cbNohc América- parlamento, así lo declararía, por segunda vez, 

como se verá, en las sesiones de 1820 y 1821. ^^^ 
Y lo contrariaba en 1818 como lo contrarió al afto siguiente, en 
1819, cuando se negó á reconocer al cónsul que Pueyrredon 
nombró en la persona del señor don David C. de Forest, de 
acuerdo con el convenio que en Buenos Aires se había cele- 
brado con el señor W. G. D. Worthington, ájente norte-ameri- 
cano, allí residente, y más tarde cónsul en Chile. El señor 
Adams, obligado por la Casa de Representantes, por resolución 
adoptada el 14 de enero de 1819, tuvo que esplicar la razón de 
su conducta al rechazar la persona del señor de Forest como 
cónsul arjentino. Y entonces, en la sesión de enero 30 de 1819, 
se leyeron varios documentos emanados del señor don John 
Quincy Adams, ministro de estado, en uno de los cuales se veía 
claramente qué era lo que Norte América había pretendido de 
la Arjentina para arrancársele el reconocimiento de la inde- 
pendencia. 

Es sumamente interesante conocer este suceso, que por pri- 
mera vez, que yo sepa, se estudia en los anales diplomáticos 
arj entines. 

En enero 19 de 1819, Monroe, (de acuerdo con la re- 



(1) AnmUi of C<mgre$, pfjlna 1061. 



76 ALBBRTO PALOMEQUB 



solución de la casa de representantes, de fecha 14 del mismo 
mes y año, envió un informe del ministro Adams relativo á «las 
solicitudes hechas por algunos de los gobiernos independientes 
de Sud América, para conseguir un ministro ó cónsul general 
acreditado por el gobierno de Estados Unidos^ con las respues- 
tas de este gobierno.» 

El gobierno arj entino había nombrado cónsul general de las 
Provincias Unidas del Sud, en el mes de mayo de 1818, al 
ciudadano norteamericano señor don David C. de Forest. Este 
nombramiento se había hecho por el señor Pueyrredon en vir- 
tud del artículo 23 del convenio celebrado en Buenos Aires, en 
nombre de los Estados Unidos, con don W. G. D. Worthington, 
ájente de Norte América. í*) El señor Adams declaraba, en su 
informe, que Worthington carecía de poderes para tal arreglo 
y que había desconocido toda comunicación con el señor De Fo- 
rest, desde que toda comisión ó carta credencial del señor Puey- 
rredon tenía que ser rechazada, porque esa aceptación impor- 
taría, desde luego, el reconocimiento de la autoridad de donde 
emanaba, como un poder soberano é independiente. ^^^ 



(1) Este convenio no he podido encontrarlo por m&s dllljenclas que he hecho. 

(8) Hé aquí algunos documentos desconocidos referentes al cese del señor De Forest axis' 
tentes en el Archivo y Biblioteca del ministerio de relaciones exteriores. 
Buenos Aires 28 de febrero de 1824. 

Habiendo recibido el ministro secretario de relaciones estertores y gobierno en el 
estado de Buenos Aires la comunicación del señor don David De Forest, ex-cónsul de 
las provincias del Río de la Plata en los Estados Unidos, datada en Newhasen & 7 de 
setiembre del año anterior, contestando á la que el mismo ministro le dir^ió con la data 
de 13 de marzo de dicho año, comunicándole el cese de su comisión y la necesidad, por 
lo tanto, de enviarse á este país todo el archivo del consulado: y advirtiendo por dicha 
comunicación que el espresado señor De Forest deseaba la mayor seguridad en la entrega 
de los papeles á su cargo, aprovechándose la oportunidad que prenents el señor general 
de las Provincias Unidas don Carlos de Alvear, provisto ministro plenipotenciario cerca 
del gobierno de Norte América, es de su deber comuTiicar al precitado señor De Forest 
que verifique la entrega del archivo del consulado, y todos los papeles, documentos y 
patentes de que se habla en la citada comunicación de 13 de marzo, al espresado señor 
plenipotenciario general Alvear, á quien con esta misma fecha se previene esto mismo 
con copia de la primer orden de cese en el consulado de com. y de la presente. 

El ministro que suscribe saluda con su particular consideración al señor De Forest. 

B. Rivadavia. 
Señor David De Forest, ex-cónsul general de las Provincias del Rio de la Plata. 



PÁJIKA 48, LIBBO NÚM. 2. 

Buenos Aires 28 de febrero de 1824. 

El ministro secretarlo de relaciones estertores y gobierno pone en mano del señor pleni- 
potenciario nombrado para los Estados Unidos. 

En primer lugar. Una copia de la orden comunicada á don David De Forest, residente 
en dichos Estados, para que cesase en la comisión de cónsul general de las Provincias del 
Río de la Plata, y enviase á este país al archivo del consulado, 

En segundo lugar otra de la contestación traducida de dicho señor de De Forest á la 
orden anterior. 



RESONANCIA DE LA PR181ÓN DE AGUlRRB 77 



Un naevo prcfcsto El señoF Forest sostuvo que su nombramiento 
de Adams fondado q^sl una simple comisión; que él no afectaba el 
u^Ma^^^town^ punto del reconocimiento de la independencia, 
eida. como lo probaba el hecho de tener Estados Uni- 

dos nombrado su cónsul en Buenos Aires; á lo 
que contestaba Adams diciendo que el cónsul norteamericano 
en Buenos Aires no tenía otra credencial sino su comisión; que 
eso no implicaba reconocimiento de gobierno alguno por parte 
de Estados Unidos; que el nombramiento, por otra parte, lo 
había hecho Norte América antes de la declaración de independen- 
cia por Buenos Aires y cuando todos los actos de las autoridades 
eran eji nombre del rey de España. Esto era un sofisma, muy espe- 
cialmente lo del rey de España, al que, con frecuencia, recurría 
el señor Adams, como para herir la susceptibilidad nacional, 
y que el diputado Tucker se encargaría de contestar en pleno 
parlamento. No era esta la verdadera causa que impulsaba á 
Monroe y á Adams á proceder así en 1819. Es verdad que, 
según fueran las épocas, así tenían intereses diversos que sal- 
vaguardar, para, en su virtud, como ahora aquí, desautorizar la 
personería del cónsul. Aparte la situación especial en que se 
encontraba entonces con España, como se verá en este estudio, 
existía una curiosísima en el presente momento. ^^^ 

En el convenio que Pueyrredon había celebrado con Wor- 
thington, aquel había declarado que declinaba, «aún con el ofre- 
cimiento de reciprocidad, lo referente á que Estados Unidos pu- 
diera reclamar á Buenos Aires las ventajas y privilejios de la 
nación más favorecida». 



Kn tercer lagar, otra de la que íe le pa^^a con esta fecha para que entregue el precitado 
archivo en la forma que detalla la orden de IS de marzo al ef^pre^ado seftor plenipoten- 
ciario. 

El mIni«tro recomienda á dicho Feflor la posible exactitud en el cumplimiento de la 
presente y con especialidad en la parte en que la orden extje la entrega de todas las 
patentes para el corí>o marítimo que exi^tten en poder del eppre.«ado De Forest con la 
razón del destino dado A las que se hayan empleado. 

£1 miui.'^tro Faluda como del^e al Fcñor plenipotenciario. 

B. Rivadavfa. 
Señor ministro plenipotenciario cerca del gobierno de los Ef^tadon Unidos. 

(1) Ei^to era un hujiihvg de Adams, pue<^ él bien pabia lo que en Jnnio de 1810 había 
dicho la prensa norteamericana. Véa^e lo siguiente: «Así, por ejemplo, en Buenos Aires 
^ recibieron las primeras noticias de la revolución en Caracas por un número de un dia- 
rio de Flladelfla {The irue american adrfrtieen) de 7 de Junio, en que ePtán referidas con 
hechos y publicados algunos documentos emanados del nuevo gobierno. El periódico de 
Flladelfla se pronunciaba allí abiertamente en favor de la independencia absoluta de las 
colonias españolas, que consideraba cercana é inevitable; pero como en los documentos 
que traducía se hablaba todavía de Adeudad al monarca cautivo tenía cuidado de hacer 
la advertencia siguiente: «La memoria que allí se hace de Femando VII, se considera 
cosa de estilo: el pueblo no tiene más idea que hacerse indei>endiente de todo poder 
estranjero... en semejante empeño (los norteamericanos) no podemos ser espectadores 
indiferentes.» 

(Barros Arana, Hittoria General de Chile, pajina 202, nota, tomo 8, edición de 1887.) 



i^ ÁLBBItTÓ PALOMBQüá 



Esto era cierto, pues Pueyrredon, pensando juiciosamente, se 
había dicho que desde que España aún discutía la independen- 
cia, sería bueno influir con ella para que la reconociera, conce- 
diéndosele, en cambio, favores especiales; que por esta razón 
había que reservarlos para dárselos á ella, mas no á otras nacio- 
nes que nada tenían que reclamar de Sud América. De aquí de- 
ducía Pueyrredon, lójicamente, que los especiales favores que 
pudieran darse á España en cambio de la independencia, no 
podían ofrecerse á los Estados Unidos, por lo que eliminaba la 
cláusula de la nación más favorecida en el arreglo celebrado 
con Worthington. Como se ve, Pueyrredon no quería comprar 
el reconocimiento de la independencia por medio de un tratado 
ofensivo y defensivo contra la madre patria, como lo hizo Norte 
América con Francia, sino conseguirlo de España por medio de 
«favores especiales». Esta, en su ignorancia y soberbia, no supo 
utilizar, entonces, esta buena situación de espíritu, perjudican- 
do su comercio, como lo hizo, desgraciadamente. ^*^ Y mucho 
menos quiso comprar ese reconocimiento de Estados Unidos á 
costa de su propia dignidad y altivez. Era noble la actitud de 
Pueyrredon, pues procedía con sinceridad al buscar el triunfo 
por medio de la diplomacia de la verdad, no ocultando nada á 
Monroe y á Adams. Pero estos, que no buscaban sino protestos 
para realizar su política obstruccionista, — ya cuando descono- 
cían al señor de Aguirre su personería diplomática, ya cuando le 
invitaban á subscribir un tratado de comercio, ya cuando no le 
contestaban sus notas, ocultándolas entre otras escritas en por- 
tugués y español; ya cuando lo hacían reducir á prisión ó ya 
cuando invocaban el nombre del general Artigas, como prueba, 
decían, de la anarquía que hacía imposible el reconocimiento 
de la independencia de las Provincias Unidas del Río de la 
Plata,— recurrirían ahora á otro espediente mucho más curioso, 
como se ha visto . 

En efecto, cuando Adams conoció aquella cláusula de Puey- 
rredon, negándose á suscribir «lo de la nación más favorecida» 
se levantó indignado (sin duda ficticiamente) declarando que se 
le hacía presente á Buenos Aires, ó al supremo director, á quien 
se le daba tiempo para reflexionarlo, que «mientras se reser- 
vara TAL PODER INQUIRIDO, UN RECONOCIMIENTO DE INDEPEN- 
dencia, debiera considerarse como inoportuno por parte de 
Norte América.» 

El protesto estaba bien buscado. Era la misma política de 
1817. 

«Norte América», decía Adams, «ha declarado que no pide ni 



(1) Véase el número o ° de /^ Alx^'a Argrentlna, de fecha 15 de septiembre de 1892 j 
fTriunfosí por Alberto Palomeque, pajina 131. 



ilBSONANClA DÉ LA PRIBIÓN DB AQüÍRRlC 7$ 

acepta ningón prívilejio especial ó ventajas, en virtud del re- 
conocimiento de la independencia sudamericana; pero sucede 
que el supremo director de Buenos Aires, lejos de estar dis- 
puesto á ofrecer favores especiales á los Estados Unidos por to- 
mar la iniciativa en el reconocimiento, declina todavía una es- 
tipulación recíproca de que ellos gozarán de las mismas ventajas 
concedidas á otras naciones ... El director supremo, decía, no 
podía ignorar ni dejar de comprender cuan imposible le sería á 
este gobierno ratificar los artículos preparados, por su propia 
autoridad, con el sefior Worthington, y aún obtener el reconoci- 
miento de la independencia!!» 

«El sabía, seguía diciendo, que si ese instrumento se ratifica- 
ba, los Estados Unidos debieran ser desde luego, necesariamen- 
te, los primeros en garantir el reconocimiento; y, sin embargo, 
se negaba á insertar en él un artículo, asegurando, á cada par- 
te, en los puertos del otro, las ventajas de la nación más favo- 
recida.» 

. Aquí se ve cómo Norte América buscaba una ocasión para 
obtener esas ventajas que no quería pedir ni aceptar! Por su 
parte, Pueyrredon había tenido espíritu previsor. Norte Améri- 
ca debía reconocer la independencia, como al fin lo hizo (sin pe- 
dir nada en cambio), ante el mundo ^ue la contemplaba asorado 
desús progresos. Este era su deber. En cambio España bien podía 
solicitar favores y nosotros concedérselos, porque ella renun- 
ciaría á la guerra y así compraríamos, al fin, nuestra tranquili- 
dad. A Norte América nada tendríamos que comprarle, ni pedir- 
le, ni ella aceptar. Sólo nos quedaba el derecho de inspirarnos 
en sus fórmulas y procedimientos gubernamentales. 

Pero, al fin, llegaría ese reconocimiento, por una y otra par- 
te, sin formas especiales y sin la condición previa, impuesta, de 
la cláusula de la nación más favorecida. Esto se concedería á 
Norte América como á todas las demás naciones, en un tratado 
de comercio y navegación, obedeciendo así á la tradición na- 
cional con que la independencia inauguró su diplomacia, al ce- 
lebrar el tratado con Inglaterra. ^^^ 

De nada le valió al señor Porest el recuerdo que hizo del men- 
saje del presidente Monroe, correspondiente al año 1818, en el 
que había hecho concebir la esperanza general de que Estados 
Unidos colocaba á Sud América en el mismo pie que á España. 
De nada valió, pues el señor Adams le hacía presente, en res- 
puesta, que si bien Monroe tomaba participación en la prospe- 
ridad de las Provincias Unidas del Río de la Plata, el reconoci- 
miento se haría tan pronto como llegara el momento en que esa 
medida debiera tomarse con ventajas para los intereses de Sud 



(1) Tratado de 1885, celebrado con Estados Unldoi>. Véase el Boletín Diplomático tomo II 



80 ÁLBBHTO PALOMBQUB 



América; como también para los de Estados Unidos. (^^ Estos 
interesesj según la propia nota donde tal afirmación se hacía, no 
eran otros sino la cláusula de la nación más favorecida, por la 
cual se venía pugnando, y á lo que Pueyrredon no accedería, á 
la espera de lo que podría hacerse con España. Se tenían en 
cuenta los intereses en juego, á los que, en el mismo parlamen- 
to español, ya se había referido un diputado, al aconsejar á su 
gobierno renunciara á sus esperanzas de predominio en Sud 
América. 

u cspiotación del L^ actitud del general Artigas había sida há- 
caadiii^edeArtigat. Gilmente csplotada. Otro tanto la del Paraguay. 
Adams creía que no podía hacerse el reconocimiento porque 
la Banda Oriental, Paraguay y Santa Pe vivían separculos de 
Buenos Aires. 

Ya pasaría esta época, y entonces no sería un obstáculo, para 
el reconocimiento, la tal anarquía de Artigas ni la tal separa- 
ción del Paraguay ni la tal actitud de los portugueses! 

Mientras tanto, la verdad es que en 1817, él buscaba, por in- 
termedio de su cónsul Halsey, entenderse con Artigas, funcio- 
nario á quien luego desautorizaría, quizá por exijencias de la 
situación. Lo cierto es que la Inglaterra asumiría parecida 
actitud al celebrar un tratado de comercio con Artigas, allá 
por 1817, según lo afirman Rodney y Bland en los informes que 
pasaron á su gobierno dándole cuenta de la comisión que 
desempeñaron, en 1818, en Buenos Aires y Chile, respectiva- 
mente, í*^ Este tratado, no obstante estar citado en dichos in- 
formes, no se encuentra allí. ^^^ A su respecto dicen los comi- 



(1) Nota de Adams fecha 31 de diciembre de 1818, publicada en los Armalñ of Cimgrt$9, 
p^lna 1617. 

(8) Annal» of Congret», pajinas 1982 y 2168. Informes de fecha noviembre 2 y 5 de 1818. 
(Appendix) Congress 16, primera sesión, volumen 2. 

(3) He aquí ese tratado: 

Convenio celebrado entre el Jefe de los Orientales y protector de los pueblos libres, 
Ciudadano José Artigas, y el Señor Comandante de las fuerzas de S. M. Brit&nica en estas 
américas. Teniente de navio Don Bduardo Franklin, relativo á la reciproca seguridad de 
un libre comercio entre los vasallos de S. M. B. y puertos de la Banda Oriental del rio 
de la Plata. 

Articulo 1.— El Jefe de los Orientales, por su parte, admite á un libre comercio todo co- 
merciante ingles. Por este artículo queda dicho Jefe comprometido á respetar y hará res- 
petar en todos los puertos de su mando la seguridad en sus personas y propiedades, con 
tal que al presentarse cualquiera de dichos comerciantes en nuestros puertos, presenten el 
pasaporte del Seftor Comandante ingles, ó quien lo represente. 

Art. 2.— Los señores comerciantes serán obligados á pagar en nuestros puertos los dere- 
chos de introdución y extracción establecidos, y acostumbrado en las receptorías según los 
reglamentos generales. 

Art. 8.— Los señores del Comercio ingles no ser&n grabados en alguna otra contribución 
ó pecho estraordinario. 

Art. 4.— Los señores del Comercio Ingles podrán girar su comercio solamente en los 
puertos, pudiendo alli fijarse y recibir allí los efectos qne más les acomoden. 



MBOSANCIA D« LA PRISIÓN PE AQüIHltB 81 

BÍonados aludidos: «El Gobierno británico, ha entrado, por in- 
termedio de sus ajentes oficiales, en relaciones comerciales con 
el general Artigas, como el jefe de los orientales. Una copia de 
este documento se hallará en el Apéndice» (Rodney). — «El al- 
mirante inglés Bowles concluyó un tratado de amistad con el 
general Artigas regularizando las relaciones comerciales ingle- 
sas con el pueblo que él dirije; y al cónsul inglés residente en 
Buenos Aires, con un buque de guerra siempre cerca, se le ve 
por todas partes promoviendo el establecimiento de institucio- 
nes libres que aseguran su comercio con todas las provincias». 
(Bland). 

Al sefior Adams no le causaba impresión, por lo visto, lo que 
el comisionado Bland le decía en el informe citado, al ocuparse 
del gobierno del general Artigas. Allí tenía descripto un cua- 
dro bien llamativo, por cierto. Es verdad que Adams iba tras 
un propósito preconcebido. Si no hubiera sido así, se habría 
preocupado de dar importancia á la siguiente pintura de Bland: 
«El gobierno del pueblo de la Banda Oriental y Entre Ríos, 
desde su alianza, han estado, ambos, en las manos de Artigas, 
quien campea por sus propios respetos como un monarca ab- 
soluto, sin esperar ayuda, ó como un cacique indíjena. No se 
exhibe ninguna forma de constitución; ni se pretende que exis- 
ta. La justicia se hace voluntariamente ó es administrada de 
acuerdo con los mandatos del jefe.» 



Alt. 5.— El Befior comandante inglés fkunqaeará por su parte, con los gobiernos neutra- 
les ó amigos qne dicho tr&fleo no sea impedido ni incomodado. 

Art. 6.— El sefior comandante inglés, ó quien lo represente, no podrá franquear su pasa- 
porte á ningún comerciante ingle? que vaya ó venga de aquellos puertos con quienes nos 
haUamos actualmente en guerra. 

Y para que dichos artículos tengan todo el valor debido, se firmarán dos de un tenor por 
el sefior comandante de las fuerzas navales de 8. M. B. y el Jefe de los orientales, que- 
dando ambos (en caso de ratificarse) en ser responsables cada uno por su parte á su más 
exacto cumplimiento. Convenido en la Purificación á 8 de agosto de 1817. 

Ratificamos los precedentes artículos del convenio asi reformados sobre el original, con 
fecha como arriba se expresa; 7 para que conste, firmamos este en Buenos Aires á iO de 
agosto de lsn,—Ou{üermo Botóles.— Jete de las f nenas navales de S. M. B. en estas Amé- 
rlcas.— JRo&er<o Stapler, Cónsul de S. M. B. 

Son ratificados por mi los precedentes artículos del convenio. 

.Tosí Arttcias. 

Purificación 20 de agosto de 1817. 



CAPITULO IX 

LA COMISIÓN NORTEAMERICANA DE 1818 — NOTABLE DISCUSIÓN INICIADA POR 

CLAY EN EL CONGRESO DE NORTE AMÉRICA 

Comisión norteamericana al Rfo de la Plata y Chile.— Moción de Clay sobre envfo do 
un ministro á Buenos Aires.— Enér]ico discurso de Robertson, favorable á la causa 
sudamericana.— Cuestión previa constitucional sobre las facultades del congreso 
para intervenir en el reconocimiento, planteada por el diputado Smlth.— Réplica de 
de Fioyd, diputado por Vir)inia.— La palabra profunda de Johnson, diputado por 
Kentuclcy.- Nuevos argumentos del señor Smith sobre el punto constitucional re- 
lativo á la facultad del congreso.— Efecto causado por este discurso y su respuesta 
Inmediata por el diputado Hoimes.— interesante y viril esposiclón delseilor Tucker, 
diputado por Virjinia, sobre el punto constitucional en cuestión.— Cita falsa relati- 
va al coronel don Martin Thompson, hecha por el diputado Nelson.— Nueva aíocu- 
sióndel «leader» don Enrique Ciay.— Palabra agria de Poindexter, diputado por 
Mississippi.— Oportuna intervención de Forsyth.- El diputado Smlth yol espíritu do 
Artigas y el de Carrera paseándose por el parlamento norteamericano,— Derrota de 
Clay.— Omisión de los sostenedores de la moción Clay. 



Eovto de ona co- Ante la actítud circunspecta y enérjica de 
misión noHeamerica- Aguirre, Que nada dejaba que decir al señor 

na al Rio de la Plata \r ' 7 , i • j x j i ^ 

y Chile! Monroe ni a su secretario de estado, el señor 

Adams, cuyos argumentos habían sido analiza- 
dos y destruidos, como se ha visto, un pensamiento se les ocu- 
rrió á éstos, como medio de demostrar que no eran indiferentes 
ante la sangre que derramaban sus hermanos, como decía do 
Aguirre, ó sus amigos, como decía Monroe. Ese pensamiento con- 
sistió «en el envío, en 1818, de una misión, encargada á dos hom- 
bres de un alto criterio y de una honorabilidad escepcional, 
servida por un secretario estudioso, contraído y trabajador, 
que tenía el deber de tomar datos sobre los medios morales y 
materiales con que nuestro país podía contar, no sólo para 
defender su independencia, sino para gobernarse y cumplir con 
los estranjeros los deberes de un pueblo y de un gobierno 
cultos», f^^ 

Es sabido que esa misión la componían los señores César 
A. Rodney, Juan Graham y Teodorico Bland, siendo su se- 



(1) López, obra citada, pinina 425, tomo 7. El señor López se equivoca. Fueron tte» 
los comisionados; lo qae si, dos quedaron en Buenos Aires y otro pasó á Chile, como se 
yerá más adelante. 



LA COMISIÓN KORfEAMERICANA DE 1818 83 



cretario Henry M. Brackenridge. Los informes se dieron y 
fueron á Estados Unidos. 

Mientras tanto, el tiempo transcurría y la política comen- 
zaba á tener sus exij encías intransferibles. Ya la España 
había celebrado sus pactos con Norte América y ésta conse- 
guido que aquella le cediera sus territorios, hecho que Juan 
Adams (padre) calificaba, al firmar el tratado de cesión, acarno 

el más importante dia de mi vida una gran época en nuestra 

historia.» ^*^ 

España, que había retardado dos años la ratificación de ese 
convenio internacional, tenía puestas dos condiciones para 
suscribirlo: la célebre ley de neutralidad protestada por de Agui- 
rre, como hemos visto, y el no reconocimiento de la indepen- 
dencia de las colonias sudamericanas. ^^^ 

A lo primero se había accedido; mas no así á lo segundo. Pero, 
como no era posible negarlo decididamente, el gobierno norte- 
americano demostró que también sabía recurrir á curiosos y ori- 
jinales espedientes, para burlarse, aún por medio de documentos 
públicos, de la buena fé de las naciones. í*^ Así se esplicaría 
el obstruccionismo usado y la ley de neutralidad. Era nece- 
sario esperar á que la España ratificara el tratado de cesión 
de su territorio. Pero eso, como he dicho, demoraría dos años, 
desde 1819 á 1821, por lo que una vez que esto se consiguió, 
recién se adquirió libertad de acción para pensar seriamente 
en el reconocimiento de la independencia de las repúblicas 



(1) A century of american diplomacy, por John W. Foster, pajina S62. 

(8) E8];MLfia olvidaba lo que ya Aranda había dicho afios atrás. 

Hablando BausA del reconocimiento que España hlso de la independencia norteamerica- 
na, dice: 

«Estas últimas cl&usalas, en qne Carlos III, poseedor de inmensas colonias en América, 
reconocía la independencia de otras en el mismo continente, faé nn error qne no escapó A 
la penetración de mnchos estadistas españoles, quienes sin odios de familia que vengar 
encaraban de opuesta manera los resaltados finales de aquel paso impolítico. Particular- 
mente el conde de Aranda, negociador del tratado, apenas puso en él su firma, cuando di- 
rijió A Carlos un oficio en que le decía: Acabo de firmar, en virtud de los poderes y ór- 
denes que V. M. se dignó darme, el tratado de paz con la Inglaterra. Esta negociación, 
que según los honrosos testimonios que de palabra y por escrito se ha servido V. H . dar- 
me, debo creer haber sido concluida conforme A las reales intenciones, ha dejado sin em . 
bargo, en mi alma, una impresión dolorosa, qne me creo obligado A manifestar A V. M. 
La independencia de las colonias inglesas acaba de ser reconocida, y esto para mi es un 
motivo de temor y de pesar. E'ita república federal ha nacido pigmea, por decirlo así, y 
ha necesitado el apoyo y la fuerza de los &<)tados tan poderosos como la España y la 
Francia para lograr su independencia. Tiempo vendrá en que llegará á ser Jigante, y aun, 
coloso muy temible en aquellas va<)tas reglones. Entonces ella olvidará los beneficios que 
recibió de ambas potencias, y no pencará sino en engrandecerse. Su primer paso será apo- 
derarse de las Floridas para dominar el golfo de 'HLé^izo.»— (Dominación española en el Uru- 
guay, por Francisco Bausa, tomo 2.^ páj. 276). 

(9) Obra citada de Foster, páj. 261, en la que se relata la ocurrencia ordinal del secreta- 
rio Crawford, qne era un tesoro de anécdotas, para que el presidente saliera del conflicto 
en que se hallaba, con este motivo, al leer su mensaje en el congre?o. 



84 ALBBRTO PALOHBQUS 



sud-americanas, cuyo desenvolvimiento interno allá se seguía 
con toda atención y anhelo. 

Se va viendo, pues, cómo Norte América no ha practicado 
la doctrina de reconocer, porque sí, y sin más trámite, á los 
pueblos nuevos, por más vigor y estabilidad que demostraran. 
Ni Méjico, ni Colombia, ni Chile, ni la Arjentina, conocerían, á 
su respecto, otro procedimiento que el del estudio previo y 
meditado de la cuestión, vinculado á los intereses de Norte 
América, al pronunciarse ésta por el reconocimiento de la 
independencia. 

Bueno es dejar consignado el movimiento parlamentario que 
esta misión de Aguirre ocasionó, muy especialmente cuando 
se produjo su prisión, sacudiendo las fibras del pueblo norte- 
americano. La resonancia fué inmensa, en aquella época. Y, 
aún hoy, cuando se leen las sesiones del congreso de Estados 
Unidos, el espíritu se sobrecojo, rindiendo un tributo de res- 
peto nacional á la memoria de hombres como Clay y Robertson, 
luchadores denodados por el reconocimiento de la independen- 
cia sudamericana, opuestos á todo proyecto que lo contrariase, 
como sucedió con la célebre ley de neutralidad, de 3 de marzo 
de 1817, la que, nuevamente estudiada y discutida en 1818, 
era calificada, por el primero, en pleno parlamento, como *lnU 
que en vez de ser una acta para reglamentar la neutralidad, 
debiera titularse, una acta para beneficiar á S. M. el Rey de Es- 
pañay>. Clay sostenía que esa ley de 1817 no podía aplicarse 
al caso de la guerra entre España y las Provincias Unidas. f*> 

Moción de Clay pa- La comisión, ya nombrada, había salido de 
'r!¡ZT^l¡^ Norte América en diciembre de 1817, por lo 
cuando Monroc da quo Adams creyó del caso, en marzo 2 de 1818, 
coenia á la Cámara dirijirso al cuorpo lejislativo comunicáudole 
de la misión de los qu^ q[ presidente había hecho ese nombramien- 
comisionadoe. ^^^ asignando 6.000 pesos á cada comisionado 

y dos mil pesos al secretario, estimando en 30.000 pesos todos 
los gastos de la misión confiada. Al efecto, adjuntaba la carta 
poder que Monroe les había otorgado. ^^^ 



(1) PáJ. 1408, íbth Congress, irst SesBion, Vol. 2.^, afio 1818, Annals of Congreat. Clay 
faé nombrado speacher en el afto II. 
(S) Hé aquí esa carta poder: 

Á TODOS L08 QUE VISaSN EL PRESENTE: 

Sépase que César Augusto Rodney, Juan Oraham y Teodorlco Bland, tres distinguidos 
ciudadanos de los Estados Unidos, y gozando, en alto grado, la confianza y estima del 
presidente, están encargados de visitar, en un buque nacional, con Justos y amistosos 
propósitos, y con el especial encargo del presidente, diversos paises y plazas en Sud- 
América. 

Se ruega pues, que por cualquier punto que vayan ellos y su séquito, sean recibidos y 
tratados de una manera debida á la confianza en ellos depositada, en cada uno de ellos 



LA COMISIÓN NOBTHAMBRICANA DE 1818 86 

Con este motivo, el sefior Clay criticó el procedimiento pú- 
blicamente seguido, sosteniendo que lo que hubiera corres- 
pondido, habría sido «despachar un individuo desconocido en 
todas partes, algo intelijente, prudente, callado, un hombre 
observador, de presencia agradable y maneras insinuantes, el 
cual, conciliando el objeto de su visita, viera, oyera todo, 
y lo comunicara con sinceridad». Después de combatir el pro- 
cedimiento presidencial, fundado en determinadas resolucio- 
nes del congreso sobre el nombramiento y sueldos de los mi- 
nistros, afirmando que el hecho de la independencia no debía 
establecerse por un dedimus potestatum, por ser este muy no- 
torio, concluyó por mocionar para que se enviara un minis- 
tro al Río de la Plata con la asignación de 18.000 pesos anua- 
les; lo que produjo el interesante debate sobre el reconocimiento 
de la independencia y la facultad del cuerpo lejislativo para 
intervenir en el hecho. Todo esto sucedía, sin duda, como una 
consecuencia de la ajitación de los ánimos al conocerse los in- 
cidentes de la prisión del señor de Aguirre y del rechazo del 
cónsul sefior Forest, á los cuales se hizo referencia, como se 
verá^ en la discusión parlamentaría. Y digo así, porque en es- 
tos precisos momentos el sefior Monroe enviaba á la casa de 
representantes los antecedentes que ésta había solicitado en 
su sesión del 5 de diciembre de 1817 y á la que me he re- 
ferido en el capítulo anterior. 

El sefior Clay, al fundar su moción, en un discurso que du- 
ró tres horas, lamentaba no estar de acuerdo con muchos de 
sus compafieros del parlamento, aunque lo único que lo con- 
solaba, al notar la falta de su cooperación, era la persuasión que 
tenia de que si se equivocaba, en el caso, se equivocaba del 
lado de la libertad y de la felicidad de una gran porción de la 
familia humana. Estudió el punto detenidamente por lo que se 
refería al temor de una guerra con Espafia; espuso la situación 
de los países convulsionados, dando á conocer su fortaleza eco- 
nómica y jeográflca; recordó, sesudamente, la historia de la 
conquista espafiola; defendió, fundado en Vattel, el derecho 
de los pueblos oprimidos á romper sus cadenas, citando la 
hermosa ñrase de Washington, cuando decía: «nacido en una 
tierra de libertad, mis fervientes votos y simpáticos anhelos 
y mis mejores deseos, se excitan irresistiblemente doquiera 



eomo 86 ha dicho, por el Presidente de loe Estados Unidos, y como corresponde á su pro- 
pio mérito. 
Firmado por mi, j con el sello del departamento de estado, el 24 de noviembre del 

año de nuestro sefior de 1817. 

John Q. Adáms. 

Secretario de estado . 

(AimaU ofCongre$i, p^j* 1466— Año 1818, toI. 2, I6th. Congress, ist. sesslon— sesión de 

24 de mano de 1818). 



86 ALBERTO PALOMBQUE 



veo una nación oprimida romper las barreras que la sepa- 
ran de la libertad». Leía párrafos del manifiesto del con- 
greso de Tucuraan, que elojiaba como documento que es- 
taba á la altura de la autoridad de la de los propios 
norteamericanos, dados durante su revolución; demostraba 
que una vez obtenida la independencia, esos gobiernos esta- 
rían animados por sentimientos americanos y guiados por 
una política americana, obedeciendo á las leyes del siste- 
ma del nuevo mundo, y declaraba que la independencia sud- 
americana era un interés de primaria consideración para 
Norte América. Sostenía, con acopio de datos, que los norte- 
americanos habían sido nuestros grandes ejemplos y que los 
sudamericanos los calificaban de hermanos, teniendo un orí- 
jen similar; que habíamos adoptado sus principios, copiado 
sus instituciones, y, en algunos momentos, hasta empleado el 
mismo lenguaje con elevados sentimientos en nuestros documen- 
tos revolucionarios. Rechazaba, indignado, el cargo de que 
fuéramos muy ignorantes y muy supersticiosos como para ad- 
mitir la existencia del gobierno libre, «cargo», decía, «á me- 
nudo hecho por personas ellas mismas ignorantes, en la ac- 
tualidad, de la situación real de ese pueblo». Abonaba su 
opinión con la de escritores como Depons y Humboldt, re- 
cordando que este último aseguraba que en México había 
mayor número de sólidos establecimientos científicos que en 
cualquier ciudad, aun de Norte América. Para probar la ca- 
pacidad mental de los sudamericanos hacía presente que el 
documento político, emanado de Pueyrredon, que en ese mo- 
mento leía, era un modelo de sabia composición, que sopor- 
taba la comparación con cualquiera de los más celebrados 
surjidos de la pluma de Jefferson ó Madison; que mucho ha- 
bían progresado los revolucionarios, después de sacudido el 
relajado sistema de España, pues esos ocho afios de revolu- 
ción habían producido un efecto saludable. No temía la gue- 
rra con España, porque, decía, lo único que se pide es el 
reconocimiento, sin ayuda alguna, citando, en apoyo de su 
doctrina, que era la del reconocimiento del Tiecho^ ahí, de pié, 
lo que Washington, Jefferson y Madison habían sostenido y 
practicado con Francia y España cuando desempeñaban el 
poder público. Sostenía, con ardor y convicción profunda, 
que moral y políticamente se imponía el reconocimiento, en 
presencia del gobierno constituido en las provincias del Plata, 
á cuyo efecto leía párrafos del mensaje del director supremo 
al congreso de Tucuman, documento, afirmaba, del mismo au- 
téntico carácter del discurso con que el rey de Inglaterra 
abre su parlamento ó del mensaje del presidente de Estados 
Unidos al inaugurar el congreso. De todo esto deducía que 
no quedaba una sola bayoneta española allá «en tan inmen- 



LA COMIhlÓN NORTBAMBRICANA DE 1818 87 

sa extensión de los territorios del Plata para contrarrestar la 
autoridad del gobierno actual»; que éste era libre, indepen- 
diente y soberano; que manejaba autonómicamente los inte- 
reses de la sociedad que gobernaba y que era capaz de man- 
tener las relaciones entre esta sociedad y otras naciones. 
Recordaba que Norte América no debía esperar á que los 
reyes le dieran el ejemplo de reconocer á la única repúbli- 
ca existente en el mundo, después de la de ellos; que, de 
otro modo, uno de los dos contendientes estaría en la con- 
dición de los pobres patriotas, cuya personería jurídica había 
sido desconocida en esos días, en la suprema corte, quedando sin 
cónsul, sin amigos. ^^^ Dése al sefíor Onis (este era el ministro 
español) su congéy ó recíbase al ministro republicano, pues mien- 
tras asi no se haga, la neutralidad será nominal, decía en 
un rasgo de inspiración patriótica y de confraternidad ame- 
ricana. Traía á colación la actitud de Inglaterra cuando en 
junio de 1797 alentó á los habitantes de Tierra Firme para 
que establecieran su independencia, sufragando, además, los 
gastos de la espedición del general Miranda. Y, después de 
todo esto, concluía diciendo: «Me consideraré dichoso si he co- 
municado á la comisión algo así como una parte de la fuerza 
de convicción que poseo respecto á la justicia de la causa de 
los patriotas; y si la he convencido de que debemos desear el 
éxito de esa guerra por el gran interés que en ello nos va; que 
este interés^ así como nuestra actitud neutral, requieren el reco- 
nocimiento de cualquier gobierno establecido en Sud América; 
que las provincias del Río de la Plata son realmente un go- 
bierno; que debemos sinceramente reconocer su independen- 
cia, sin temor á una guerra con España, con aliados ó con 
Inglaterra; y que todo ello debemos hacerlo, sin intervención 
inconstitucional del poder ejecutivo, con peculiar diplomacia, 
para concluir por espresar, en una declaración propia, estos 
nuestros sentimientos, librados, desde luego, al ejercicio de 
una justa y responsable discreción». 

Así el gran Clay inició el debate. Sus palabras no sólo re- 
sonaron en aquel recinto parlamentario sino que el eco de 
ellas se oyó por todas partes, llegando hasta el Plata sus 
palpitaciones nobles y jenerosas. 

Enéfjioo discarso A tan elevada alocución contestó el señor 
de Robertooii favora- Forsyth, para oponerse á la moción, lo mismo 

uÜ^Jium!''** *"^ ^^® ^^ señor Lowndes; teniendo, en seguida, 

quien, como Robertson, les replicara enérjica- 
mente, declarando, al ocuparse del curioso argumento, ya co- 



(1) Se había rechazado al cónsul de Forest, nombrado por Pueyrredon, de cuyo hecho 
ya se ha hablado en las pajinas anteriores. 



88 ALBERTO PALOMBQUB 



nocido, de Adama, sobre la actitud de Artigas, que «la po- 
sesión de la Banda Oriental por Artigas no es la posesión 
de Fernando; toda la Banda Oriental está tan libre de su au- 
toridad como Buenos Aires misma; y la única cuestión al 
presente es la independencia del Río de la Plata de sus pri- 
mitivos dueños europeos.» Y, como si buscara, allá, en el 
porvenir, acercar los corazones de estos pueblos por me- 
dio del amor y del respeto, decía con toda previsión pa- 
triótica: «no debemos esponernos á la pérdida de las afec- 
ciones de una nación que lucha por su libertad: si somos 
fríos é indiferentes, ellos, al encontrarse abandonados, cuando 
tienen derecho al respeto, adoptarán los principios que, aun- 
que repugnen á sus derechos civiles, les aseguren los mo- 
narcas y los separen del despotismo infernal de Fernando.» 
Con este motivo reproducía las palabras de Washington, di- 
rijidas al señor ministro Morris, embajador en París, en una 
ocasión parecida á la por que atravesaba Sud América: «el 
derecho de toda nación para gobernarse por sí misma, de 
acuerdo con su propia voluntad, para cambiar discrecional- 
mente su constitución, y para tratar sus negocios por inter- 
medio de cualquier ájente, debe ser suyo esclusivamente; esos 
fueron los principios en que se fundó el gobierno americano 
y cuya apUcación no puede negarse á otro pueblo.» No le 
inspiraba temor el argumento de una guerra con España por 
el hecho del reconocimiento, porque, decía, debemos manejar 
nuestros propios asuntos, en nuestro propio camino, sin te- 
mor á los reyes que nos contemplan. Sostenía que la inde- 
pendencia de Sud América era una causa común á todos los 
poderes comerciales. 

Pero, el señor Robertson calzó el alto coturno cuando, con al- 
ma serena y espíritu fuerte, sacando la cuestión del terreno co- 
mercial en que alguien la había planteado, esclamó, para 
gratitud eterna de sus hermanos tn ideas y en principios repu- 
blicanos: «No; son de mayor importancia los efectos morales y 
políticos que surjen de una acción liberal y humana para con 
ese pueblo; debemos tender á que se confíe en la firmeza y vir- 
tud del gobierno; debemos probar que no olvidamos el elevado 
carácter que nos corresponde como pueblo poderoso y libre; 
que la reputación que hemos adquirido, á espensas de tanta 
sangre y tesoro, no debe sacrificarse por miedo ó por un incon- 
cebible espíritu de complacencia para con los monarcas de Eu- 
ropa; que debemos hacer lo que requieren nuestros principios, 
á despecho de temores imajinarios, arteramente excitados por 
los enemigos de la libertad; en fin, que, recelosos de dar una 
justa causa de ofensa, debemos comprar el pacto de fidelidad y 
honor, aun á despecho de las vistas y deseos de aquellos cuyas 
instituciones políticas los convierten necesariamente en enemi- 



LA COMISIÓN yORTEAMBRICANA DE 1818 89 

gos de la felicidad y de los derechos del hombre; que debemos^ 
por últímo, hacer lo que estamos obligados, en derecho y razón, 
á favor de las libertades de la humanidad, sin preocuparnos de 
los que sostienen, con no acostumbrada violencia, á espensas 
de obligaciones sagradas, los dogmas y doctrinas del despotis- 
mo. Y, si se nos pregunta por los oficiosos y representantes in- 
termediarios de los reyes, por qué es que nosotros no solamente 
ayudamos sino que manifestamos simpatía por un pueblo que 
lucha por ser libre, dejad referimos á sus propias infelices com- 
binaciones, al soportar sus excecrables principios de gobierno; 
recordémosles sus guerras de treinta años pasados en contra de 
la libertad, que si la salud de las monarquías en Europa depen- 
de de la muerte de las repúblicas, la seguridad de la república 
en América no debe ser resistida por las otras repúblicas que 
nacen á su lado; y que, si ellos han destruido, pretensiosamente^ 
por la fuerza, lo que se oponía en su camino al establecimiento 
de la tiranía, nosotros á lo menos debemos tener la esperanza 
de ser perdonados por ir tan lejos como hasta aplaudir una pro- 
posición abstracta en favor de la libertad, enviando ó recibien- 
do á un ministro de la Plata, y nada más.» 

Así se hablaba por Clay y Robertson, en 1818, en el parla- 
mento norteamericano! ¡Qué hermoso debió ser oírlos! 

£1 eco de esas voces aún repercute, con fuerza incontrasta- 
ble, á pesar del tiempo y del espacio, en el fondo de nuestras al- 
mas. Justo es evocarlas, ya que aparecen sin dobleces y de- 
sinteresadamente antes que las de Canning, Rush y Monroe . 
Aquellos nobles luchadores, cayeron vencidos, es verdad, en la 
presente justa parlamentaría; pero, por lo mismo, merecen nues- 
tra consideración y respeto, desde que fueron los primeros en 
arrojar la semilla en terreno fértil á la democracia, al derecho 
y á la libertad, pretendiendo, como dice el Evanjelio, que la 
hierba no creciera en el camino del amigo. 

¡Ah! ¡con qué fruición patriótica y clarovidencia política ha- 
blaba Robertson, cuando incitaba á sus conciudadanos á que 
buscaran en el amor y en el afecto lo que nunca hallarían en la 
frialdad é indiferencia, no esponiéndose á que Sud América es- 
trechara vínculos con los monarcas europeos. 

Es que veían á la Inglaterra, infiltrándose, en unión de Fran- 
cia, en los mercados del Río de la Plata. Y lo que Adams y 
Monroe, desde sus puestos públicos, en ese momento, no vieron, 
no quisieron ver, no pudieron ver, ó no debían ver, Robertson 
y Clay lo preveían y lo denunciaban ante las multitudes, con 
espíritu profetice, sin preocuparse de las consecuencias políti- 
cas que eso podría traer para Norte América, porque ellos, sin 
duda, no sentían la responsabilidad del cargo que desempeña- 
ban aquellas dos ilustres personalidades colocadas al frente del 
gobierno de su patria. 



90 ALBERTO PALO MEQUE 



Cuestión previa Esta interesante discusión dio motivo para 
constituciooai Mbre qu^ el seflor Smith, diputado por Maryland, 
coomm'para inl^! pl^^teara uua cuestión previa de derecho cons- 
venir en el recono- titucional^ que aún en nuestros dias se aprecia 
cimiento, planteada de diferente manera, como lo prueba el inciden- 
por el diputado te Últimamente provocado por el señor ministro 
^"'*' de relaciones esteriores, doctor don José A. 

Terry, al negarle al congreso arj entino la facultad de interve- 
nir en el reconocimiento de la independencia de Panamá. (*J 

El señor Smíth sostenía que la sanción de la moción del señor 
Clay importaría sentar un precedente nuevo y desconocido por 
parte del congreso, pues que la constitución ha dado á éste, 
decía, poderes lejislativos y al presidente la dirección de nues- 
tras relaciones con las naciones estranjeras; por lo que no sería 
prudente intervenir en sus facultades, destruyendo los planes 
del ejecutivo con una interposición á veces inoportuna. De aquí 
deducía que la cámara de representantes no tenía para qué di- 
rijirlo al presidente ni inlicarle lo que él tenía que hacer; que 
esto nunca lo había hecho el congreso con Washington, en el 
caso que se había recordado de la república francesa, por lo 
que, el congreso había dejado á Washington el libre ejercicio 
de los poderes de que estaba investido por la constitución: el 
ejercicio de su propio juicio, sin ayudarlo con acto alguno. 

De aquí deducía que debía precederse de aquella misma ma- 
nera, en el momento actual, desde que el presidente nada ha- 
bía pedido en el orden de una ayuda y protección, ni en el sen- 
tido de enviar un ministro al Plata; siendo lo lójico aguardar á 
que él lo hiciera. El señor Smith recordaba que el ejecutivo, 
desde hacía seis ú ocho años, había enviado un ájente al Plata 
y á Chile; ^*^ que ahora tenía allá otro más, habiendo última- 
mente enviado tres comisionados para que juzgaran de la situa- 
ción del nuevo poder creado y de la capacidad para mantener 
su independencia; por lo que, lo natural era esperar el regreso 
de estos señores y no precipitar una resolución, sin antes po- 
seer informaciones auténticas que pudieran justificar un paso 
que quizá llevara la nación á la guerra, Y apoyaba esta última 
aserción en lo que había sucedido con Francia y con Holanda, 
cuando éstas reconocieron la ind ependencia norteamericana, cau- 
sante ello de que la Inglaterra les declarara la guerra á ambas. 
El señor Smith entraba luego á demostrar el ningún interés co- 
mercial que esos países tenían para Norte América, tratando, 
de paso, la cuestión de si los sudamericanos poseían condicio- 
nes para la marina. De ahí que se dijera á sí mismo que era un 



(1) Véase tomo III, páj. 187 del Boletín Diplomático. 

(8) Se refería eln dada A la misióii de Roberto Joel Poinsett y Alexaudre Scott, de que 
se hablé en el capitulo I de este libro. 



LA COMISIÓN NORTEAMERICANA DE 1818 91 

error el de los que creían que no podían tenerla porque estaban 
muy cerca del sol! Por el contrario, respondía, tengo entendido 
que la navegación tiene su orijen entre los pueblos que viven en 
climas cálidos. Pienso, afirmaba con aire profetice, que ellos 
construirán buques, que estenderán su comercio y se converti- 
rán en sus propios maestros. Para ello se apoyaba en lo que 
era Norte América en 1790, comparada con 1806, en que había 
llegado á ser, en la navegación, el segundo pueblo del mundo. 
Temía la actitud de Inglaterra, recordando, para el caso, el 
gracioso cuento de la vaca, por la cual, dos hombres — un blan- 
co y un colorado — se peleaban, mientras que un holandés se 
metía debajo de la vaca y la ordeñaba á su gusto, riéndose de 
los combatientes. Así, decía, en caso vayamos á la guerra con 
España, el inglés ordeñará la vaca y con justicia se reirá de 
nuestra locura. 

Réplica de Ptoyii, El señor Floyd, diputado por Virjinia, hizo uso 
dipaiado por vifji- Je la palabra, en seguida, para enaltecer, con 
■'■' frase caliente, el valor de los sudamericanos y 

la justicia de su causa. 

Hizo presente que no había para qué temer á la Europa, de- 
mostrando cuan sin fundamento era el argumento de que una 
parte de Chile estuviera aún en poder de las fuerzas reales y 
que americanos nativos, bajo las órdenes de Artigas, se opusie- 
ran á la república. A este respecto recordó que Norte América 
no se detuvo en su marcha independiente cuando la célebre 
batalla de la Montaña del Rey, en que se cubrieron de gloria 
los nombres de Campbell y Shelly. Trajo luego á colación los 
hechos históricos de Jaime II, rey de Inglaterra, y el de los 
Países Bajos, cuando Isabel, reina de Inglaterra, reconoció su 
independencia, diciendo que la ley de las naciones le daba á 
ella ese derecho y que su propio interés le aconsejaba el reco- 
nocimiento de la independencia, sin que Felipe II retirara su 
ministro en Londres. 

El orador reconocía, al recordar toda la sangre derramada 
por la conquista española, la necesidad de atraer á estos pue- 
blos, forjando una verdadera y grande política americana, en 
pugna con Europa; declarando que lo que sucedía era «la vengan- 
za del cielo ofendido, desde que por esta revolución los sudame- 
ricanos le hacían espiar á la madre patria el horrible sacrilejio 
que había cometido al invocar el nombre de Dios y derramar 
océanos de sangre inocente!» 

u palabra pro- Bajo la impresión de estas palabras entusias- 
fafldadejohflsoa,di- tas, habló el señor Johnson, diputado por Ken- 
piitadoporKeatiieiiy. ^^^^y^ .Qu^ discurso sensato! ¡Qué ponsador 

profundo! ¡Qué juicio razonado! Y sobre todo ¡cuan mesurado 



92 ALBERTO PALOMEQUE 



en la frase y exacto en el pensamiento! Fué uno de los discur- 
sos lacónicos pronunciados en estas memorables sesiones de la 
cámara de representantes de los Estados Unidos. Era la causa 
de la libertad civil y relijiosa la que para él se debatía en Sud 
América. Había quedado fuera de debate, decía, el hecho de 
haberse mantenido con firmeza la independencia, y que lo úni- 
co que la cámara quería hacer conocer, en resumidas cuentas, era 
«una manifestación lejislativa del sentimiento público, con mo- 
tivo de un suceso tan importante como momentáneo», debido á 
la actitud de la autoridad ejecutiva; y que lo que se anhelaba 
era tomar una justa parte en la responsabilidad de tal medida, 
concurriendo á fortificar el poder de la administración. Con una 
oportunidad envidiable^ recordaba que, aún en esos momentos, 
Inglaterra y España discutían los límites de los territorios nor- 
teamericanos; sin que pudiera olvidarse que cuando Norte Amé- 
rica clamaba por su independencia á nadie se le ocurría, enton- 
ces, recordar que á esto se oponía la sangrienta y cruel batalla 
después de la cual Inglaterra se posesionó de Filadelfia; ni la 
desastrosa derrota de Long Island^ por la que las fuerzas britá- 
nicas se posesionaron de Nueva York; ni que la toma de Corn- 
wallis, Georjia, Carolina del Sur, Carolina del Norte y Virjí- 
nia perjudicaran su solicitud por la independencia ni dejaran 
sin efecto las obligaciones en que estaban los poderes de reco- 
nocerla. «El reconocimiento», decía, «de esas provincias, es no 
solamente un derecho, sino que, en mi opinión, es, en este mo- 
mento, un sagrado y solemne deber que nos debemos á nosotros 
mismos y á la grande é interesante causa de la libertad. Su ob- 
jeto no es proporcionar á los patriotas ventaja alguna sobre la 
vieja España, sino solamente colocarlos en el mismo lugar de 
igualdad, dándoles un rango entre las demás naciones indepen- 
dientes de la tierra; es solamente consumar la tarea de la neu- 
tralidad y el sistema de justicia igualitaria que tan solemne- 
mente hemos declarado ante el mundo como nuestro gran 
propósito. La bandera de los patriotas se admite en nuestros 
puertos; hemos celebrado un convenio con ellos; les hemos es- 
tendido, por ley, ciertos derechos é inmunidades, y hemos 
tratado de colocarlos en un pié de igualdad con la vieja España 
según nuestros estatutos comerciales; y si algún beneficio puede 
resultar, para la república bonaerense, de recibir un ministro 
ú ájente comercial, no alcanzo pues á ver la fuerza de objeción 
contra esta medida». No había, agregaba, para qué temer á la 
Europa, porque Estados Unidos no estaban en el caso de la Fran- 
cia cuando se atrajo la coalición monárquica. Ahora ella ayu- 
daría á otra república, porque Norte América había venido á 
ser un asilo, una plaza de refujio contra la tiranía y usurpación 
de los reyes. «Si las testas coronadas no quieren reconocer esa 
independencia, seguramente no hay razón para que Norte 
América haga lo mismo.» 



LA COMISIÓN NORTEAMERICANA DE 1818 93 



Ninguna influencia ejercía en el espíritu de Johnson la su- 
puesta actitud de la Europa. Por el contrario, eso mismo le 
alentaba en la lucha, para pugnar por lo que él consideraba 
una muy sagrada obligación. Recordaba que una conexión 
con Sud América era importante y en grado eminente, comer- 
cial, política y moralmente. Por eso hablaba de la fraternidad 
con que los sudamericanos aspiraban á ser tratados, esperando 
ayuda y protección, desde que luchaban por lod mismos prin- 
cipios políticos y tenían una íntima unión jeográfica. Y 
era entonces cuando decía, con fundamento: «si nosotros re- 
husamos fríamente el favor que solicitan, el resultado será 
que transferirán su presente atracción á otro poder, revelán- 
dose abandonados é indiferentes á nuestros propios intereses». 
Hacía mención de cómo ellos, los norteamericanos, «en el día 
de su adversidad, se desesperaban porque los reconocieran las 
naciones estrafías, reclamando su ayuda; mientras que en el 
caso actual, solamente se pedía el reconocimiento de la inde- 
pendencia de las provincias sudamericanas, ya libres y so- 
beranas, sin requerir ayuda de ningún jénero.» 

£1 final de este discurso era hermoso, en el fondo y en la forma. 

Había sentimiento, imajinación é ideas levantadas cuando 
así hablaba: «Ellos nos dicen: somos vuestros hermanos; sois el 
único gobierno en la tierra que debe interesarse por nuestro 
destino; los monarcas de Europa nos han dado la espalda; su 
política, sus intereses, no les permiten darnos ayuda; estamos 
librando las batallas de la libertad; la causa es tal que debe 
seros cara á vosotros: nos mantenemos de pié, solos, pero unidos 
y fraternalmente y deseamos que vosotros reconozcáis esa 
independencia que hemos realizado. Y, si ahora no estendeis 
la mano del amor fraternal, cuando ellos hayan sido ultima- 
dos por la fuerza material, vosotros permaneceréis solos en 
el mundo en medio al despotismo de Europa. ¿Esperáis resis- 
tir á una tal combinación? Y si caéis ¿dónde la libertad en- 
contrará acojida, dónde el hombre un asilo?». 

Estas reflexiones, altamente proféticas, se cumplieron en su 
día. Cuando Norte América vio que Europa se decidía á re- 
colonizar Sud América, recién entonces lanzó su grito formi- 
dable de reconocimiento, predicando la doctrina Monroe, que, 
hoy por hoy, como es sabido, después de la vida internacional 
espansíva de Estados Unidos, no tiene el sentido ni el carácter 
que le dieron sus iniciadores. 

Y ese sentimiento de que estaba poseído el señor Johnson 
era el mismo que le hacía esclamar, al flnal de su valiente 
peroración: 

«Es la voluntad del cielo que Sud América sea libre; dejad 
á un lado toda oposición; dejad á las naciones de la tierra 
que vayan tras su voluntad y que obedezcan á sus mandatos; 



94 ALBERTO PALOMEQUE 



SU poder no puede ser controlado; su providencia no puede 
ser resistida; Él gobierna el universo; luego, dejemos á esos 
pueblos, y aún á nosotros mismos, hacernos justicia. Este no 
es momento como para dudar. El reconocimiento de la indepen- 
dencia no puede injuriar la causa de la libertad, ó dar justos 
motivos de ofensa á las naciones; pero á los luchadores les ins- 
pirará confianza, dándoles firmeza y posición para que la Eu- 
ropa los respete y se reanimen los espíritus decaídos de los 
patriotas. Debemos preservar el carácter que hemos adquirido; 
nuestras acciones deben corresponder á nuestros votos; y así 
el mundo y la posteridad sabrán que nuestra causa ha sido la 
de la jenerosidad y grandeza, y nuestra conducta justa y 
magnánima.» 

Todo este noble esfuerzo no sería compensado con el éxito, 
por el momento. Cuando la votación llegara, nuestros herma- 
nos de causa sólo tendrían 45 votos contra 115! Pero, ahí 
quedarían esas abnegadas personalidades, diciendo, en las 
pajinas de la historia, que aún había demócratas que buscaban 
acercar pechos y espíritus, desde Norte América á Sud Améri • 
ca, por lo que conviene que sus nombres latan en el corazón 
de estos pueblos generosos. 

NaevMaff«aineiitot Pero, he dicho que esta cuestión fué intere- 
dei tefior smith so- gante también, porque allí se dilucidó el punto 
taciomüreíatf^?^^^ ^® dcrocho coustitucional referente á la inter- 
iirtervencióodei con- vcnción del cuerpo lejislativo en el hecho del 
gresoeaciuairtodei reconocimienio de la independencia, 
reconocimiento. Ya se ha visto lo quo el señor Smith, diputado 

por Virjinia, espuso, y ahora va á conocerse lo que con mayor 
acopio de razones desarrolló, al contestar el discurso del sefior 
Johnson. Fué una peroración nutrida, lójica y breve. Su dis- 
curso se limitó á estudiar tres puntos: la intervención del con- 
greso, la conducta imparcial y honorable del gobierno para 
con España y Sud América y los peligros de la medida aconse- 
jada. 

La constitución, decía el orador, garante al presidente, con 
la anuencia del senado, la facultad para nombrar embajadores 
y ministros públicos y hacer tratados de acuerdo con la prácti- 
ca del gobierno; el presidente recibe á todos los ministros es- 
tranjeros y resuelve qué ministros estranjeros deben ser ó no 
admitidos. Es por el ejercicio de alguno de estos poderes, en 
ninguno de los cuales esta cámara tiene participación, que 
debe ser reconocida una nación estranjera. Luego, el reconoci- 
miento de la independencia de un nuevo poder es un ejercicio 
de la autoridad ejecutiva; por consiguiente, es un acto de usur- 
pación el hecho de que el congreso quiera, en el caso, dirijír al 
ejecutivo, que es á quien corresponde el ejercicio de esta fa- 



LA COMISIÓN NORTEAMERICANA DB 1818 95 



cuitad. Para darle tal dirección se llegaría á una usurpación, 
si es que ésta debiera tener algún efecto. En el caso, el presi- 
dente enviaría un ministro á Buenos Aires, no de acuerdo con 
su propia opinión, sino de acuerdo con la del congreso. Lue- 
go, el presidente llenaría sus propios deberes constitucionales 
como el congreso los quisiera dirijír. . . Vosotros tenéis el 
poder de acusar, y, consiguientemente, debéis discutir; y, de 
acuerdo con una resolución espresa, debéis emitir juicio 
sobre cualquier hecho pasado, ya del ejecutivo, ya del judi- 
cial; pero no tenéis el derecho de dirijír al otro. El presidente 
es un ser responsable por la propia ejecución de sus poderes 
constitucionales; debe ser castigado si abusa ó si hace abando- 
no de ellos. Esta cámara es el único cuerpo llamado á acusar- 
lo, si no cumple con sus deberes. Nosotros no somos, de ningu- 
na manera, reos y jueces. Si nosotros le ordenamos al presi- 
dente la realización de un acto, por injurioso que sea para la 
nación, y él así lo prueba, no lo podemos responsabilizar. 
¿Acaso nos corresponde á nosotros arrebatar al pueblo la fa- 
cultad que se ha reservado á sí mismo, por intermedio nuestro, 
con respecto á la responsabilidad constitucional del presi- 
dente? 

El señor Smith, sostenía que con la doctrina contraria se 
arrebataba al pueblo la facultad de premiar al presidente, si 
cumplía con sus deberes, privándole al funcionario del mérito 
de sus actos, que el pueblo debe aprobar. Por eso decía: si se 
adopta la moción, diremos al mundo entero que el presidente 
no quiere cumplir voluntariamente con sus deberes y que ha 
sido necesario compelerlo á ello. Creéis que vuestra dirección 
tendría efecto, y, sin embargo, puede no tenerlo mientras no se 
compela al presidente á hacer un acto, que, de otra manera, él 
no habría practicado. No pretendáis, á lo menos, colocar al con- 
greso en lucha con el presidente y atacarlo en caso que él tu- 
viera firmeza bastante para mantener sus derechos constitucio- 
nales y proceder de acuerdo con sus propias vistas sobre los 
intereses de los Estados Unidos. El pueblo, según la constitu- 
ción, ha acordado poderes diversos á los diferentes departa- 
mentos de gobierno. El poder ejecutivo lo ha confiado al 
presidente, á él solo, ó con la anuencia y consentimiento 
del senado; ha adoptado un modo particular de elejír presi- 
dente, á fin de asegurar en el desempeño del primer majisterio 
la mayor confianza, conocimientos, patriotismo é integridad. 
Tiene derecho á que se respete la libre y voluntaria acción de 
los ciudadanos que él ha elejido como poseedores de esas cuali- 
dades para ocupar la silla presidencial y el derecho á todos los 
privilejios que se derivan de sus talentos y de sus conocimien 
tos. . Sólo por intermedio del presidente es que Estados Unidos 
se comunica, trata y negocia con las naciones estranjeras. . . 



96 ALBERTO PALOMEQUE 



Esto supuesto, la moción va directamente á degradar al presi- 
dente ante las naciones estrafías. Si el congreso debiera asumir 
poder para dirijír al presidente ¿esta cámara no se convierte en 
el ejecutivo eficiente?» 

Este sesudo discurso, que estracto en su parte fundamen- 
tal^ fué escuchado con toda la atención debida. Emanaba de un 
cerebro nutrido, de un pensador en toda la estensión de la pa- 
labra, quién, después de dejar así desarrollado el tema constitu- 
cional y de estudiar los otros puntos en materia, concluía di- 
ciendo, para los que no creían que el acto del reconocimiento 
pudiera producir la guerra con España: «La justicia no es siem- 
pre la ley de las naciones. Y sino, mirad cual es la práctica de 
las naciones cuando un poder reconoce la independencia de pro- 
vincias que han sacudido el yugo que las ligaban á otras.» Y 
con ese motivo recordaba la actitud guerrera de Inglaterra, 
con respecto á Holanda y Francia, cuando éstas reconocieron 
la independencia norteamericana. Sostenía, aunque en verdad 
erróneamente, que el hecho de reconocer la independencia de 
Buenos Aires importaba ocupar el puesto de juez en la con- 
troversia entre esta República y España». «Negáis la dependen- 
cia de Buenos Aires bajo España; luego, por este hecho solo lle- 
gáis á desconocer lo que España reclama como un dert^cho». 

efecto cantado por Como era natural, este discurso necesitaba 
el discnno de sniih y^a respuesta. Él había herido hábilmente el 
rm^ra^respoetu P^^*^ ^^ debate. Era un continjente importante 
Inmediata por el di- cl que se traía á la discusión, por lo que había 
pntado Hoimci. que destruirlo. No fué Clay, el miembro infor- 

^ mante y autor de la moción, el que lo hiciera en 
ese momento. El, como se verá, se reservaba para pronunciar su 
discurso final, recuperando de este modo las fuerzas gastadas du- 
rante las tres largas horas de su primera peroración, al iniciar la 
lucha parlamentaria. El que se encargó de la tarea fué el señor 
John Holmes, diputado por Massachussets, quien^ después de es- 
tudiar el punto, en general, teniendo, á su respecto, importantes 
argumentos, entró al de las facultades del congreso para enten- 
der en la cuestión. Antes de tratarlo demostró elocuentemente 
que ni España, ni Francia, ni Rusia, ni Inglaterra asumirían ac- 
titud guerrera en el caso de reconocerse la independencia. De 
España, decía que no había hecho más que mantener una apa- 
riencia de su poder en las provincias; que sus rentas estaban 
exhaustas, sus ejércitos diezmados y su poder casi aniquilado; 
que en su país la ignorancia y el despotismo abundaban; que 
su miserable monarca, el usurpador del trono del padre, había 
recompensado á los servidores de la patria con destierros, pri- 
siones y muertes; que el gobierno estaba en bancarrota, el pueblo 
esclavizado, y por todas partes dominaba el desorden y la trai- 



LA COMISIÓN NORTEAMERICANA DE 1818 91 



ción. «¿Querría, se preguntaba, España, pobre, decrépita Espafia, 
entrar en liza con la joven, vigorosa y atlética América? Tal 
acto consumaría su locura y maldad; concluiría con sus cala- 
midades y sellaría su destrucción.» No comprendía cómo la Eu- 
ropa iba á ocuparse de ayudar á España en esos momentos, sólo 
porque Norte América realizara un acto que estaba en sus fa- 
cultades. Europa, argumentaba, tiene mucho que hacer en su 
casa, pues aún tiene que ocuparse detenidamente de la Francia, 
desde que la libertad de esta nación es un problema ventajoso 
para las repúblicas sudamericanas. Y tan era así, que el señor 
Holmes, con frase elocuente, les manifestaba: «¿Y cuál es el im- 
ponente espectáculo que Europa exhibe en este instante? Es su 
coalición indisoluble! Uno solo, un solitario enemigo, sin poder 
ni amigos, está colocado sobre una roca, en medio del océano, 
custodiado por una delegación de cada poder de Europa, que si 
se escapa, derrumba á esos poderes y subvierte á los gobiernos 
del mundo. Y esto no es todo. Ahí está el jigantesco poder de 
Rusia destinado á hacer temblar al oeste de la Europa!» No te* 
mía á la Inglaterra, por razones de un orden doméstico, y porque 
confiaba mucho en la influencia comercial que en Sud América 
perseguía aquella nación. Dicho esto, espuso, en cuanto á la 
cuestión constitucional, que la manifestación de la cámara era 
simplemente facultativa y no resolutiva. El caso no podía tra- 
tarse, decía,' bajo el mismo pié de los demás nombramientos di- 
plomáticos. Apuesto, declaraba, «á que el presidente no querría 
aventurarse, bajo su sola responsabilidad, á enviar un ministro 
á cualquier gobierno recientemente establecido y reconocido, 
sin que la opinión pública lo aconsejara. Pero, aquí se trata de 
una cuestión muy delicada, y la opinión y consejo, á lo menos, 
de los representantes del pueblo, á él, sin duda, le serían muy 
agradables. Pero, ya fuéramos nosotros los primeros en recono- 
cerlos, ó si esperáramos hasta que las monarquías europeas lo 
hicieran, todo ello es cuestión de alta política como también de 
principios.» 

Esto fué todo lo que el señor Holmes dedicó al punto, por lo 
que ya veremos cómo el señor Tucker creyó del caso terciar en 
el debate. Nada más dijo aquel, limitándose á recordar que no 
hubieron tales dificultades cuando la monarquía portuguesa se 
transfirió al Brasil; que entonces se había enviado un ministro 
con 9000 doUars al año; que Buenos Aires era un país poblado, 
progresista, que se revelaba vencedor al contemplarse á San 
Martín atravesando los Andes. 

Y concluía, en medio á su entusiasmo por la causa sudame- 
ricana, declarando que el pueblo de los Estados Unidos, en 
cualquier caso, debía tomar el mayor vivo interés por la li- 
bertad de sus hermanos del Sud. Es la causa por la que noso- 
tros nos batimos, derramamos la sangre y vencimos. Esta nación 



98 AL6BftTO PALOMBQUfi 



ahora está ahí, sola, la única república establecida en el mun- 
do, como una roca solitaria en el océano, espuesta ¿ que la tor- 
menta de la tiranía se eche sobre ella y las ambiciones de las 
facciones destruyan sus fundamentos. ¿No sería pues, fuente de 
consuelo, que miráramos á esa república como á una hermana, 
la estrecháramos la mano y la ayudáramos en sus progresos 
por la libertad?» 

Así terminaba el sefior Holmes, manifestando, eso sí, que la 
moción, al fin y al cabo, no importaba otra cosa sino espresarle 
al presidente el pensamiento de la cámara popular, dejando á 
su entera discreción el momento en que debiera usar de él. 

iitercMirtc y viril Pero, por SÍ el Sefior Holmes no bastaba, en- 
MpMicMa M tcflor traba á la liza el talentoso sefior Tucker, dipu- 
VA?^^^ tado por Virjinia. Su viril alocución exjie un 
posto cMttitaciMai estudio especial y detenido, por lo que se re- 
de la {■tenrcncita fiere al Sentimiento y á la idea, al fondo y á la 
del coflgitM. forma, al corazón y al cerebro, al amor y á la 

razón. 

El sefior Tucker comenzó manifestando que era enemigo 
convencido de la guerra, pero á la vez partidario decidido 
de una estricta, digna é imparcial neutralidad, por cuya ra- 
zón votaria la moción en debate. Tenía todas sus simpatías la 
causa sudamericana. No se avergonzaba al declararlo. T, al 
ocuparse de la cuestión constitucional, hacía presente que la 
moción no ordenaba nada, sino que manifestaba, de una ma- 
nera constitucional y propia^ el deseo de la cámara de ir de 
mano dada con el ejecutivo en la importante medida de abrir 
relaciones con el gobierno del Plata, al enviar y recibir mi- 
nistros. De esta única manera entendía la proposición, por 
lo que en ello no veía ninguna censura directa al ejecutivo. 
«Se nos dice que como el ejecutivo posee esa facultad, esta 
cámara no debe intervenir hasta tanto no haya habido cul- 
pable neglijencia en su ejercicio^ hasta tanto no haya ha- 
bido injustificable demora en enviar un ministro á un poder 
estranjero. Esa doctrina podria admitirse, como regla general; 
pero sin embargo, hay casos, como el presente, en que ha 
de hacerse una escepción. Existe una distinción evidente en- 
tre enviar ministros á gobiernos ya de antiguo establecidos, 
á enviar un ministro, por la primera vez, á un gobierno nue- 
vo, que se separa de uno al cual ha estado formalmente vin- 
culado. Lo uno no nos conduce á resultados peligrosos, mien- 
tras lo otro, nos dicen cdgunos caballeros, coloca al azar la 
paz del país. Podéis enviar un ministro á Turquía, á Italia, 
á Dinamarca, ó al Austria, sin ofender á nadie. Pero, se nos 
dice que si lo enviamos al Plata, nos envolveremos en una 
querella con Espafia. Seal Si no es así, entonces ¿no es esta 



LA COMISIÓN KOBTKAIIBSICAKA DB 18l8 99 



una razón bastante para que esta cámara manifieste su opi- 
nión, ella, que es la inmediata representante del pueblo, el 
órgano constitucional para declarar la guerra, ya que la men- 
cionada medida puede conducimos á un estado bélico? ¿Es 
serio que esperemos á que sólo la rama ejecutiva del gobier- 
no asuma la responsabilidad de una medida que pu^e en- 
volvemos en tan movedizas consecuencias, mientras perma- 
necemos silenciosos por no querer correr el albur de manifestar 
una opinión? O, es conciliable con el espíritu de nuestra cons- 
titución, que el ejecutivo deba proseguir una jomada que 
conduce á las hostilidades, sin una manifestación de la opi- 
nión y deseos del país, espresados por intermedio del poder 
lejislativo, en tan importante ocasión? No lo creo; y lejos 
de censurar la autorización al ejecutivo para enviar un mi- 
nistro al Plata, la aplaudo; porque, asi como no creo pueda 
ello dar justa causa á la guerra, ni traer una ruptura con 
España, los propios respetos debidos á los derechos de este 
cuerpo requieren que el ejecutivo deba aguardar su opinión 
en ese sentido.» 

«Es, pues, con el propósito de espresar, en este instante, nues- 
tro deseo de marchar de acuerdo con el ejecutivo, en este 
asunto, en cualquier momento que le parezca prudente ac- 
tuar, que daré mi voto á favor de la moción. 

«Pero, hay quien supone que esto importa una intervención 
en los poderes constitucionales del ejecutivo. No pienso así. 
Esta cámara tiene, en todo tiempo, y en todo asunto, el 
derecho de hacer conocer sus opiniones, dejando al ejecu- 
tivo el de proceder de acuerdo ó no, según sus deseos. A 
veces se ha hecho más. Cuando el acto á ejecutarse por el 
ejecutivo ha estado íntimamente vinculado con los poderes 
constitucionales de este cuerpo, siempre se ha considerado 
competente á sí mismo para proceder. Así sucedió cuando 
la compra de la Luisiana. No! la íVanqueza y el candor, una li- 
bre y no reservada comunicación de los deseos y opiniones de 
cada uno al otro, nunca pueden tener sino una feliz influencia 
en los consejos nacionales». 

Así el sefior Tucker dejó dilucidado el punto constitucional, 
pasando luego á ocuparse de la situación de Espafia y de las 
Provincias, á fin de demostrar cuan necesario era el envío del 
ministro. De ahí, que, fundado en Vattel y Martens, por care- 
cer, decía, de obras de lejislación nacional, sostuviera que el 
envío de un ministro, ante una de las dos partes contendientes, 
durante una guerra civil, no es por sí un reconocimiento del 
derecho á la independencia de ese partido. Lo que se hace es re- 
conocer el hecho de la guerra civil, que nadie puede atreverse 
anegar. Beconoce la soberanía, existente en ese momento, 
que reside en el poseedor del poder, sin pretender decidir a 



i 



100 ALBBBTO PALOMBQUlD 



quien pertenece el derecho de la tal soberanía. Y entrando el se- 
ñor Tucker á tratar el caso concreto del seftor de Aguirre, deciá^ 
con razón: «Hemos enviado alSnd tres aj entes, y hemos recibido 
en este país (aunque informalmente) á un ájente del Plata; un 
ájente^ con quien, según resulta de la nota del secretario, creo 
que hubiera tratado si el cuente hubiera tenido poderes suficientes** 
Después de esponer nuevos raciocinios sobre lo. que era un 
ministro y un ájente,. y de recordar que al fin el reconocimien- 
to era un hecho ya indiscutible para el propio gobierno, dada 
su actitud neutral en la contienda, sostenía que «la recepción 
de un ministro de las provincias del Plata le parecía reque- 
rida por un justo concepto de la dignidad y preeminencia pro- 
pia entre las naciones de la tierra, tan pronto : como el ejecu- 
tivo hubiera recibido, por parte de sus comisionados, evidencia 
incuestionable de su situación independíente. Era exijido, agre- 
gaba, por una imparcial y digna neutralidad. Una neutralidad 
de esa clase no puede decirse que ha de mantenerse mientras 
tengamos en nuestro país á un. ministro español con todos los 
honores, dignidades, respetos é inmunidades correspondientes 
al carácter ministerial; y el ájente de las provincias republi- 
canas de Sud América no sea reconocido como el represen- 
tante de un poder soberano, residiendo aquij desconocido^ en la 
humilde oscuridad de un individuo particular t^. Y, por último, 
concluía espresando su pensamiento completo, cuando decla- 
raba: «Si, por el contrario, adoptamos la moción, nada orde- 
namos, dejamos todo á la discreción del ejecutivo, pero, en 
cambio, manifestamos, en el camino constitucional, á la rama 
ejecutiva del gobierno, los deseos del cuerpo lejislativo: cuales 
son, los de que una amistosa relación debe establecerse con las 
naciones que están batiéndose por su independencia contra: la 
más odiosa tiranía del mundo. Así aseguramos á los desgracia- 
dos patriotas las simpatías de nuestra tierra, y cultivamos en 
nuestros estados el j oneroso interés por la causado los oprimi- 
dos, que no lo es menos para el interés ni para el honor de una 
república que debe quererla con el más acendrado cariño». 

um dta falta re- Así quodó dilucidado el pro y el contra del pun- 
11^ aiemonei don ¿q constitucional. Luogo, terció en el debate el se- 
h^^S^Sj^' flor Nelson para citar un hecho que por él única- 
doNciMa. mente se conocería en las pajinas de la historia, 

cual es, que el señor Thompson, aquel primer 
ájente arjentino,ya recordado, había sido llamado por Pueyrredon 
porque, decía Nelson, «había impertinentemente, y sin. autori- 
dad, pedido se le reconociera como ministro». ^^^ Citó, eñ apo- 
yo de su doctrina, á Washington^ que había reconocido la in- 



(1) Bato ara erróneo, como consta de lo enpaeeto en el capítulo I. 



LA COMISIÓN BOgTBlAinaBlDANA DE 1818 101 

dependencia de Francia, sin esperar á la sanción del congreso 
para juzgar si él debió ó no recibir al ministro de tal gobier- 
no. Volvía á repetir el argumento del temor de la guerra con 
España, para concluir por sostener que lo natural era «esperar 
á que el presidente obrara de tal manera que hiciera necesario 
que la cámara lo acompañara en el cumplimiento de su deberle. 

u Mcra atoe». Ya los espirítus parecían fatigados. La discu- 
dóH dd «leader» dos gj¿n había empezado en la sesión del 24 de 
E«riq«eciay. msLTzo de 1818, y continuado en las del 26, 26 

y 27. Se acercaba el momento decisivo. Se hacía necesario un 
nuevo esfuerzo para contrarrestar la acción de los elementos 
gubernamentales, presididos por Monroe y Adams. Y fué en- 
tonces que en la sesión de 28 de marzo de 1818 apareció' de 
nuevo la figura del gran luchador por la causa sudamericana, 
el autor de la moción que se discutía con tanta valentía y 
ardor: Enrique Clay. Volvió á hacer uso de la palabra, en 
un estenso discurso, rebatiendo cuanto se había dicho en 
contra de su doctrina. Fué así, que, con oportunidad, le decía 
á Adams, cuando éste sostenía que de Aguirre debía in- 
dicarle los nombres y límites de los estados para los cuales 
pedía la independencia, porque Artigas, con la Banda Orien- 
tal, Entre Ríos y Santa Fé, se separaba de la Unión: «Supo- 
ned que el ministro í^ances hubiera preguntado á Franklln 
que número de Estados representaba! Treinta, si usted gusta, 
le hubiera contestado Franklin. Pero, señor Franklin, ¿quiere 
usted decirme si Pensilvania, cuya capital está poseída pQr 
Inglaterra, es uno de ellos? ¿Qué hubiera contestado Franklin?» 
De ahí que el señor Clay dijera que hubiera cuadrado mejor con 
el carácter americano, y con la diplomacia americana, que el 
señor Adams, despreciando cavilaciones alrededor de la forma 
de la comisión, hubiera dicho al ministro de Buenos Aires: 
«en el presente momento no pensamos reconocerlo á usted, ni 
recibir ni enviar ministros á ustedes». Sostenía que había tres 
medios, según la constitución, por los cuales podía recono- 
cerse un país: primero, por el ejecutivo, al recibir al minis- 
tro; segundo, enviando uno de ellos; y tercero, por medio de 
esta cámara, que tiene incuestionablemente el derecho para 
el reconocimiento en el ejercicio de los poderes constitucio- 
nales del congreso, al reglamentar el comercio estranjero. 

■* ""^íí* *^^ *^é contestado por el señor Poindexter, di- 
m^^^fw^^^' putado por Mississippi, quien, á última hora, 
MfnH, y la epeftone se iucorporó al debate, aportando una palabra 
iatmcflcióB del le- agria, hasta entonces no oída; porque la discu- 
■orPofqih. gj¿jj g^ había conducido en medio al mayor 

orden y respeto de ideas y de personas. Este orador, que no 



102 ALBBBTO PALOMBQÜB 



incorporó gran caudal de luces á la cuestión^ creyó que debía 
ilustrarla con insultos á la persona del sefior Pueyrredon. Co- 
mo se inspiraba, al parecer, en el circulo de Carrera, hé aquí 
que, bebiendo su erudición en esa fuente, trajo á colación pa- 
peles calumniosos que habían llegado á Norte América, en 
esos momentos, y que eran esplotados por los amigos que 
Carrera había dejado allí. Afirmaba que Pueyrredon, el di- 
rector supremo, «era un jefe militar, que gobernaba á sus mi- 
serables subditos con una vara de hierro: que hacía la ley, la 
definía, é imponía la ejecución de sus decretos con la punta de 
las bayonetas: que la propiedad dependía de su omnímoda vo- 
luntad, y que, hasta la sagrada correspondencia privada, era 
violada bajo las severas órdenes de este celoso y arbitrario 
mandatario». 

La discusión descendió. Después de los insultos á Pueyrre- 
don vinieron las injurias al propio pueblo, calificándolo de 
ignorante, para volver á poner por el suelo la personalidad 
del primer majistrado arjentino. Era que el cansancio había 
invadido el ánimo y llegado la hora del crepúsculo, en la 
que el respeto se pierde y el hombre no guarda las formas 
de la cultura humana. Comprendiéndolo así, se presentó el 
sefior Forsyth, diputado por Georgia, para levantar |el debate 
á la altura en que se había mantenido, diciendo, con un espí- 
ritu ecuánime, que «cualquiera que fuera vencido el pensa- 
miento siempre saldría vencedor; pues lo que los dividía era 
simplemente una cuestión de preeminencia: que unos querían 
que fuera el poder ejecutivo el que primeramente hiciera el re- 
conocimiento y otros que lo fuera el poder lejislativo». Pero, 
si bien estas frases levantadas colocaban á la cámara en su 
buen camino, sin embargo, la nota estaba dada y el espíritu 
de Carrera iba á pasearse, en el último momento, en aquella 
hora sombría de la asamblea norteamericana. 

n dipiítodo snioi El sefior Smith, diputado por Maryland, trajo 
y d upMíM ét Ar- ¿ colación la figura de Artigas, y, fundado en 
||¡^^J¡i„** í¡r*d aquellos papeles públicos que acababan de re- 
pwuntiit^ mhc cibirse, obra de Carrera, que allí leyó, dijo que 
MMricaM. «el ejecutivo directorio del Plata hacía la guerra, 

como aliado del rey de Portugal, contra Artigas, 
que es el jefe de la Banda Oriental, y parece ser, en verdad, 
un republicano, un hombre de poca educación, pero de cere- 
bro é intelijencia fuertes; valiente, activo, entregado á su país, 
y poseedor de la plena confianza del pueblo que dirijo. El 
general ha obligado constantemente á los portugueses á vivir 
confinados en Montevideo; no han sido capaces de removerlo. 
Él los ha derrotado por todas partes^ cuando han salido de 
sus fortalezas, resultando que los oficiales del gobierno real 



LA COMiaiÓy KOBTMAMaBICANA D» 1818 108 

de Portugal han obtenido la ayuda del directorio del Plata 
para destruir y derrumbar al republicano general Artigas. 
Permitidme leer el artículo de un diario recientemente reci- 
bido: «El actual gobierno reina con una vara de hierro — el des- 
tierro es la orden del día. Pero^ requerirá toda la vijilancia que 
posee, para apagar la llama que ahora arde y que arraigará 
poderosa, con odio, sin precedente en este país. El ataque 
Uevado por ese pueblo contra el general Artigas ha eviden- 
ciado sus méritos; en el primero, se retiraron con una pér- 
dida de 300 muertos, 47 prisioneros y una pieza de artilleria. 
Artigas es un valiente, hombre intelijente, de poca educación, 
pero de juicio sólido, adorado por el ejército y el pueblo de 
su provincia. Creo sea el único verdadero republicano en esta 
tierra. Ahora lucha contra los esfuerzos combinados del rey de 
Portugal y de este gobierno (Provincias del Plata). ¡Cómo debe 
sufírir un republicano cuando oye al pueblo gritar contra toda 
tiranía, al mismo tiempo que se ayuda á una testa coronada 
para establecer su tiránico dominio sobre un pueblo libre!» 
Es verdad que el mismo orador que tan imprudentemente 
traía al debate estos antecedentes inexactos, hijos de la pasión 
de la época, se encargaba, á renglón seguido, de poner en du- 
da la veracidad de lo que, sin embargo, no había tenido in- 
conveniente en venir á leer ante el congreso, para calificar á 
Puej'^rredon «de aliado al rey de Portugal y Brasil para con- 
quistar al bravo, galante, y caballeresco general Artigas». 
Hé aquí para lo que servían los indómitos esfuerzos del cau- 
dillaje de Artigas y de Carrera! Ellos creían servir la causa 
de la independencia; se declaraban libres de todo poder es- 
paftol; acusaban á Buenos Aires de estar aliada con los reyes; 
la denunciaban ante el parlamento norteamericano, envian- 
do documentos calumniosos, para conseguir ¿qué? Que ese 
pueblo hermano oyera, desde el congreso norte-americano, la 
triste nueva y en el fondo aplaudiera la actitud que iba á 
asumirse. El caudillaje anárquico daba sus fhitos jenuinos, 
sirviendo para que los politices norteamericanos lo esplota- 
ran y nos dijeran: «el galante y bizarro republicano Artigas 
y su aliado Carrera son los que influyen decisivamente en 
este punto, á fin de no reconocer vuestra independencia». 

Dtrrote dic aay. Luogo, habló Clay, para afirmar que esa 

carta provenía del sobrino de Carrera, que 
pensó «sobre las ruinas de la libertad de Chile erijir la fá- 
brica de su propia ambición». 

Smith, Nelson y Clay volvieron á replicar, lijeramente, y la 
discusión, ya agotada, dio fin con la derrota de Clay. Si; con la 
derrota de Clay, pero aparentemente. Fueron 46 contra 115! ^^^ La 

(1) Hé aquí «us nombres, qae ya los Yolveremo? A ver, en ISM, pero todos nnldos. con 



104 ALBBRTO PALOMEIQUS 



jornada había durado cinco sesiones. Pero, aun había valor. En 
la sesión del 30, el señor Anderson renovó la discusión, aunque 
dándole otra forma al proyecto de Clay. El diputado Spencer lo 
apoyó, porque era un convencido del derecho que «tenía el con- 
greso para lejislar al respecto, lo mismo que en cualquier asun- 
to relacionado con las relaciones estranjeras, por ser un poder 
concurrente con el del ejecutivo y uno de los más importantes 
que la cámara posee», decía con elocuencia serena y atrayente. 
Fué otra vez vencida la moción, cuyo cumplimiento estaba libra- 
do, según la nueva forma dada, á la discreción del ejecutivo. 
Volvieron á relucir los 45 contra los 115! No importaba. Lo que 
había dicho Porsyth se cumpliría. La diferencia era pequefia, 
pues todos, en el fondo, querían la independencia sudamericana. 
Por eso Clay vería triunfante su propaganda, en 1822, con la 
circunstancia favorable, para él, de que el mismo Monroe ven- 
dría, ante la cámara de representantes, á pedirle á ésta que hi- 
ciera el reconocimiento, que al fin él reclamaba como impuesto 
por las circunstancias. En el mensaje de 8 de marzo de 1822, 
diría: «Si el congreso conviene en estas miras tendrá sin duda 
muy presente la necesidad de hacer ciertos gastos para llevarlas 
á ejecución.» 

um omisita de loi En esta importante discusión, de que he 
MMteMdorct de la d^^Q m^^ somera cuenta, olvidóse traer á cola- 
moeióactay. ^^^^ ^^ antecedente que emanaba del propio 

congreso americano, como vaá verse. En 1811, el señor Madi- 



eseepcióu de uno, Garnett, para votar por el reconocimiento de la independencia sudame- 
ricana: 

Por la aflrnuUiva: Andersou (Pennsylvanla.), Ander8ou (KentQcky; Barber (Ohio), Belliu- 
ger, Bloomfleld, Bloaut, Boden, Clalbome, Comstock, Cook, Crawford, Desha, Drake, Earle. 
Floyd, Oage, Harríson, Herklnner, Herrick, Holmes (MaM.), Johnson (Virg.)i JohuAon 
(Kentncky), Jone<«, Kinsey, Merrill, Murray, New, Ogle, Owen, Patterson, Porter, Quar- 
les, Robertson (Kentncky), Robertsou (Louisiana), Rogers, Shawm, Spencer, Tarr, Townsend, 
TrimUe. Tucker (Virginia), üpham, Walker. (Carolina del Norte) Walker (Kentncky) y 
Whiteside. 

Por la negativa: Abbott, Adams, Alien (Massachnsetts). Alien (Vermout), Anstin, Bald- 
win, Ball, Barbour (Virginia), Bassett, Baterman, Bayley, Beecher, Bennett, Bose, Burwell, 
Bntler, Campbell, Clagett. Gobb, Cliton, Crafts, Gruger, Culbreth, Cnshman, Darllngton, 
Bdwards, Elliot, Ervin, (Carolina del Sur), Folger, Fomey, Forsyth, Garnet, Hall (Delaware), 
Hall (Carolina del Norte), Hasbrouck, Herbert. Hitcbcock, Hogg, Holmes (Connecticut), 
Hopkinson, Hubbard. Hanter, Huntington, Irvlng (Nueva Tork), Hlrtland, Lawyer, Linn, 
Little, Ldvermore, Lowndes, W. P. Maday, Me Coy, Maar, Manon, (Massachnsetts), Masón 
(Rhode Island), Mercer, Middleton, Moore, Morton, Moseley, Mnmford, Jeremías Nelson, 
H. Nelson, Ogden, Palmer, Parrott, Pawling. Plndall, Pitkin, Pleasants, Poindezter, Beed. 
Rhea, Rice, Ricb, Richards, Rlngold, Raggles, Sampson, Savage, Schngler, Scndder, Ser- 
geant, Settle, Seybert, Sherwood, Sllsbee, Slmkins, Slocnmb, S. Smith, SaUard, Smith, 
Speed, Stewart (Carolina del Norte), Strong Stnar (Maryland), Tallmadge, Taylor, Terrlll, 
Terry, Tompkins, Tneker (Carolina del Sar), Tyler, Wallaee, Wendover, Westerlo, Whit- 
man, WlUiams (Conneetlcnt), Williams (Nneva Tork), Williams (Carolina del Norte), Wil 
kin, WilBon (Massaehnsetts), Wilson (Pensylvanla). 



LA C0MI8IÓN NORTEAMERICANA DE 181 A 105 



son, al presentar su mensaje al cuerpo lejislatívo, creyó de su 
deber, como no podía menos de hacerlo, arrojar una mirada sobre 
la situación de las Provincias Unidas del Rio de la Plata. ^'^ Esta 
referencia dio motivo para que la cámara de representantes se 
ocupara del asunto, sosteniendo, entonces, por intermedio del se- 
ñor Mitchall, miembro informante d& la comisión, á laque, por 
aquella época, pasó el mensaje presidencial, que era indispensa- 
ble que la cámara ^hiciera una inanifestación pública^ diciendo: 

«Siempre que algunas de las Provincias hispano americanas 
hayan comunicado á los Estados Unidos que han considerado 
procedente para ellas asociarse bajo la forma de gobiel'nos;íede- 
rativos y de acuerdo con el sistema electivo y representativo, y 
declararse ellas mismas libres é independientes, debe: 

* Resolverse por el Senado y Casa de Representantes de los Estados 
Unidos de América en Congreso reunido, Que acojen, con interés 
amistoso, el establecimiento de las soberanías independientes por 
las provincias españolas en América, consiguientemente en' él 
mismo estado actual de la monarquía á que pertenecieron; qu^ 
como vecinos y habitantes del mismo hemisferio, los Estados 
Unidos hacen grandes votos por su bienestar; y que, cuando esi^ 
provincias hayan conseguido la condición de naciones, j)or el 
justo ejercicio de sus derechos, el Senado y Casa de Representan- 
tes se unirán con el Ejecutivo para establecer con ellas, como po- 
deres soberanos é independientes, las relaciones de amistad 
y de cambios comerciales requeridas por su autoridad lejis- 
lativa.» ^*í 

Este recuerdo era oportuno y de gran valor para los sostene- 
dores de la doctrina de la intervención del congreso. Sin embar- 
go, se olvidaron de él, sin duda porque no lo consideraron indis- 
pensable después déla estensa y abundante argumentación hecha. 
De todos modos, él hería de frente la cuestión, desde que el pre- 
cedente emanaba de la propia casa donde acababan de resolverse 
tan interesantes puntos de derecho constitucional é internacional 
público. 

Y, es llegada la hora de saber que fué lo que espusieron los 
comisionados norteamericanos de 1818 al gobernante de su país. 



(1) Ya me he ocupado de la importante actitud asumida por Madi»on eu 1810 y de la 
miMón que envió A Buenos Aires y Venezuela en esa época. 
(9) ÁimaU of Congre$9, pAJ. 488, sesión del 1.^ de diciembre de 1811. 



CAPITULO X 

LOS COMIIIONADOS NORTEAMERICANOS DE 1818 

ItlMMli i% Itt iiif«iiiiM Mbrt ti r§ooiiooiiiil«iit0 d« li in4f ptntenolt dt Sid Ame- 
rioa. — L« i|iM ••iitiiifa •! informa dt César A. Rpdnay. — Inft rmt •Intltloo da 
liNM Oraiíani.— Onlalda dal oomitlonada Taadorioa Bland. 



uiiaiorMM dciM El trabajo de los comisionados, por que tanto 

se habla clamado, al fin llegó, y Monroe, en se- 



aT^hinr^ guida, lo remitió al congreso, en las sesiones de 

ti ricMDciwitrtí df noviembre 17 y diciembre 15 de 1818. Hasta en- 



ki todcpcüdcacia de tonces el gran argumento hecho para oponerse á 
iüd Aaérica. la moción de Clay, que no era más que una con- 

secuencia, como se ha visto, de lo que se venía persiguiendo des- 
de 1811, había sido, que era necesario esperar los informes de 
esos sefiores comisionados, para, con conocimiento de causa, po- 
der adoptar la resolución correspondiente. Como una prueba de 
que no sería verdad lo dicho, tendríamos que esos informes ahí 
quedarían en la secretaría del congreso, desde 1818, sin que si- 
quiera se alegaran en la discusión mantenida cuando en 1822 se 
resolvieron Monroe y Adams á ajitar el pensamiento del reco- 
nocimiento; precisamente ante la casa de representantes, en la 
cual, como se ha visto, se habían dilucidado, con ardor, las fa- 
cultades del cuerpo lejislativo para intervenir en ese acto. Re- 
sultaría, al fin, lo que había observado el diputado Forsyth: que 
era una cuestión de preeminencia, sin que ninguno de los dos 
pretendiera escluír, en absoluto, al otro, del conocimiento del 
asunto. Esos informes, poco ó nada infiuyeron en el ánimo de 
los parlamentaristas, porque, cuando el punto se resolvió, en 
1822, ya habían desaparecido, para Estados Unidos, las verda- 
deras causas de orden internacional político que habían infinido 
en la demora del reconocimiento. Entonces no tenía para qué 
conocer el estado de los países sudamericanos, pues cualquiera 
que él fuera, el resultado habría sido el mismo. Fué así, que esos 
informes fueron hechos á un lado cuando llegó el momento im- 
puesto del reconocimiento. Para nada los invocaron Monroe y 
Adams, en 1822, en su mensaje al congreso, al pedir el recono- 
cimiento. Por el contrario, los únicos documentos que enton- 
ces se tuvieron presente, como se verá, fueron los que, poste- 
riormente, remitió; en 1821, el ájente comercial y político, que, 



LOS COMISIONADOS NORTBAMBRIGAKOS DB 1818 107 

llamado Juan M. Forbes, tanto intimó con don Bernardino Riva- 
davia. 

Los documentos que voy á examinar, tienen, pues, como in- 
fluencia sobre los sucesos, un relativo mérito histórico, si bien 
lo poseen en otro sentido. Sin duda por eso los historiadores no 
los analizan. Lies basta con citarlos y referirse á ellos. Ni si- 
quiera han sido divulgados en el idioma espafiol. Apenas sí, 
según Barros Arana, se encuentra, en la obra titulada Doeu- 
menio$ para la vida del Libertador (Caracas, 1876), el del sefior 
Rodney. Por lo demás, bueno es hacer notar que ninguno re- 
cuerda, que, á mayor abundamiento, John Quincy Adams creyó 
del caso vigorizar esos informes con otro emanado del sefior don 
J. B. Poinsett, viejo residente en Sud América y antiguo cónsul 
en Chile. El sefior Poinsett, como ya he dicho en otra parte, 
había residido muy especialmente en Chile, desempefiando las 
funciones de cónsul. De ahí que Adams, al remitir al congreso 
los informes de los comisionados, adjuntara el que «el presiden- 
te^/le Estados Unidos había solicitado al sefior Poinsett dada la 
circunstancia de serle conocido el país.» 

Los tres comisionados informaron por separado. Los sefiores 
Rodney y Qraham, que habían tomado á su cargo lo referente á 
Buenos Aires, á causa de que el sefior Bland había pasado á 
Chile, lo hicieron independientemente, porque, como decía 
Rodney, á su gobierno, en nota 5 de noviembre de 1816, 
datada en Washington, había querido satisfacer el deseo de 
Graham, quien, reflexionándolo mejor, había preferido someter 
algunas observaciones adicionales en documento por sépa- 
nlo.» í*^ 

u^M cMteata el El informe del sefior Rodney comienza por 
toflmic át Gáür A. ^^^ Ujera pero bien resumida historia de la épo- 



ca de la conquista, guiándose, en parte, por lo 
que Humboldt espone en su ensayo sobre Nueva Espafia. La 
manera de comerciar de nuestras provincias, durante el domi- 
nio colonial, reservado á la madre patria y á sus buques, y las 
diversas prohibiciones de hacer plantíos de olivo, tabaco y 
vifias, como asimismo el odioso sistema ñscal en cuanto á im- 
puestos, es lo primero que resalta en el informe. Luego, nos 



(1) ^ No ereo del easo oenpArme del Tolaminoeo libro que al reepeeto escribid el seerete- 
rlo de la mtoidn, él seftor Bnekenridge, qne eonsta de dos tomos, publicado en Londres, 
en ino. 

Esa obra se tltnla Voyoffé to 8<m(h America perforined by order of tke American gocem- 
mmt in tke yeare í8í7 and 18 J8 (London 1810).— Humboldt alee que contiene nna estraordl 
nula masa de datos completados con observaciones filosóficas «(Barros Arana, tomo 11, peci- 
na 91} Este Brackenrldge publicó, en 1891, en Baltlmore, un folleto de 175 p^Oln^^t titulado: 
Sirueturee om a voyage to Smuitk America^ sosteniendo la capacidad de lo» hinpanos america* 
nos paragoaar de la libertad dvil (Arana, tono li, p^J. 548, nota), 



108 - ALBBflTO PALOMBQUB 



exhibe la autoridad civil y relijiosa, «jerarquía opresora», eatát- 
blecida con el aditamento de la inquisición; haciendo resaltar 
el sistema de reservar los empleos á los nativos de Es- 
paña. Allí se enumera el cuerpo de leyes de Indias^ lo& Redi- 
les Rescriptos y las Partidas, todo ello bajo la dependencia del 
Consejo de Indias, á cuatro mil leguas de distancia; sistema, 
dice, que era generalmente ejecutado por virreyes, capitanes 
generales y tribunales de justicia, con un espíritu en relación 
con la política rigorosa que lo produjo. A esta forma de gobier- 
no ha sido sometido el pueblo durante centurias, con implícita 
obediencia, y probablemente así hubiera continuado, á no. pro- 
ducirse, en el estranjero, y en los mismos países, algunos acon- 
tecimientos. Recordaba que algunos escritores habían prfedicfco 
la revolución, en la seguridad de que se produciría antes que 
la de Norte América, dándose, por el informante, como es na- 
tural, importancia decisiva á la emancipación norteamericc^na 
y á la revolución francesa en la independencia de las provin- 
cias del Plata. Con este motivo hace destacar la actitud de In- 
glaterra cuando España, unida á Francia, abandonó sus colo- 
nias; los movimientos políticos operados, desde 1797, en Vene- 
zuela, y, más tarde, en ésta misma, por el general Miranda, 
hasta los de Méjico, Granada, Perú, Chile y Buenos Aires. No 
olvidaba, necesariamente, el gran suceso de la invasión ingle_sa 
en 1806 y su espulsión, que dieron, decía, y con razón, al «pue- 
blo una justa idea de su propia fuerza, repeliendo después, con 
firmeza y bravura, que les hizo gran honor, el formidable ata- 
que británico bajo las órdenes del general Whitelcoke.» 

En un párrafo estenso describe la influencia que tuvo la ac- 
ción napoleónica sobre España, en el sentido de que en 1810 
Buenos Aires organizara su junta revolucionaria y «arrojara al 
virrey Cisneros y á sus principales adherentes»; diciendo, al 
llegar aquí, que en cuanto á los acontecimientos producidos 
desde entonces, se refería al documento que el deán Funes había 
escrito, en parte, á su solicitud, el cual era, afirmaba, «un correc- 
to é imparcial resumen de los principales hechos». Al ocuparse de 
este documento «lamenta que sus pajinas estén señaladas con 
algunos casos de severidad y crueldad, que, de todos modoa, se- 
gún él, «parecían inseparables de las grandes resoluciones*, Rodjiey 
se refería, sin duda, á los casos de Alzaga, Lániers, Concha, etc., 
allí mencionados; y, al justificarlos como necesarios y ejempla- 
res, tendría en cuenta lo que en su gran revolución noHeamefi^ana 
tsimbién había acontecido. Daba gran importancia al enérjico 
proceder del congreso de Tucuman, instalado en 1815 y transfe- 
rido luego á Buenos Aires, «donde permanece reunido ocupado 
en la tarea de formar una constitución permanente. Este respeta- 
ble cuerpo, á la vez que actúa como una convención ó asamblea 
constituyente, ejercita temporariamente poderes lejislativos. Sus 



LOS COMISIOMADOB NORTBAMBRICANOS DB 1818 1Q9 



sesiones son públicas, con una galería de audiencia para los ciu- 
dadanos y estranjeros. Los debates son, por lo general, intere- 
santes y conducidos con habilidad y decoro; publicándose todos 
los meses, para conocimiento del pueblo». Luego daba una some- 
ra idea de las cuestiones con Artigas, quien tenia «ciertos celos 
de la influencia superior de la ciudad de Buenos Aires en los 
asuntos generales de las provincias», recordando que «la decla- 
ración de la independencia por el congreso, que en el hecho la ha- 
bian mantenido por muchos años previamente, fué una medida de la 
mayor importancia, productora de una unanimidad y decisión 
antes desconocidas». 

Bueno era que así lo dijera el sefior Rodney, porque de esa 
manera desvirtuaba, en absoluto, la frase aquella de que tanto 
había abusado el sefior Adams, dando motivo á que se supu- 
siera, absurdamente, allá, en Norte América, con malicia ó sin 
ella, que el único republicano verdadero que había en estos 
países era el ^galant and brave geiieral Artigas! i^ Hacía bien el 
sefior Rodney en decir aquello, para echar por tierra la frase 
irónica del sefior Adams, con la que, á cada rato, recordaba que 
la revolución de Mayo había invocado el nombre de Fernando VI, 
ignorando la célebre espresión de Monteagudo, en su época, de la 
máscara de Femando! Esto revelaba ó una mala idea ó un desco- 
nocimiento del suceso histórico. El nombre de Fernando VII no 
hacía al caso. En cambio, ahí estaban los hechos: ahí estaba la 
lucha con Montevideo y las cabezas ensangrentadas de Liniers y 
de Alzaga hablando elocuentemente. Y, como Rodney había 
palpado esos hechos, por eso, con conocimiento de (^ausa, le decía 
á Monroe y á Adams que «la independencia el pueblo la había 
mantenido muchos afios antes en el hecho» <í{many years pre- 
tioúsly mainiained in fact). La que ahora declaraban era cosa 
muy vieja, en el hecho, para los actores. Lo que Adams dijo, bien 
pudo dar motivo para que alguien, socarronamente, le respondie- 
ra: «ustedes, con ese criterio, no hicieron su gran revolución sino 
por una cuestión de peniques impuestos al té.» No; eso habría 
sido desconocer la filosofía de la historia, olvidando lo que un 
orador norteamericano decía, en el parlamento de su patria, al 
defender á los sudamericanos: «¿qué pensaríamos del hombre de 
estado, que, mirando sólo la superficie de las cosas, debiera atri- 
buir nuestra gloriosa lucha á un pobre y mercenario espíritu 
que únicamente se revela ante doce peniques de estampillas, ó 
ante el vulgar impuesto de una libra de te? Sefior: aquellos que 
se pusieron al frente del movimiento, fueron hombres de vista 
penetrante y de sagacidad política, profundamente versados en 
el conocimiento de sus derechos como hombres libres é intima- 
mente relacionados con los principios de la acción humana; y, 
al conducirnos por entre el tempestuoso océano de la revolución, 
contemplaban, con vista segura, las libertades de su país, juien- 



lió ^ ÁLBbAtO PAtÓMBQDlB 



tras hacían á un lado toda la broza popular, para conducir el 
bajel del estado al puerto de la libertad é independencia* Tal 
debe ser el caso de la revolución de Sud América. Estamos muy 
imperfectamente impuestos de los sucesos que se relacionan con 
sus convulsiones para declarar que estén destituidos de los no- 
bles principios de libertad.» ^^^ 

Y si era bueno aquello, mucho más resaltaba la declaración 
de lo que él había visto en las galerías del congreso sudameri^ 
cano, tratándose las cuestiones «con habilidad y decoro, some- 
tiéndolas luego al conocimiento del pueblo por medio de la 
Erensa». Era que allí palpitaba una nación preparada por sus 
ombres pensadores, por lo que, cuando el seftor Rodney hablaba 
de la declaración de la independencia, decía, con razón, que esto 
era una «sumisión á los deseos del pueblo, á lo que solamente 
pudo llegarse por tranquilos y graduales progresos. El pensa- 
miento nacional tuvo que ilustrarse, al respecto, desde la tribuna 
y la prensa por medio de demostraciones públicas. El pueblo 
tuvo que ser preparado para el suceso, para que cuando la es- 
tación llegara comprendiera la nota, que, en otro momento, pudo 
no ser escuchada. > 

Asi el señor Rodney demostraba á Adams y á Monroe que 
Buenos Aires era un pueblo preparado para la libertad: que ha- 
bía prensa, que había tribunos y que se realizaban manifesta- 
ciones públicas para ilustrar previamente las grandes cuestiones 
que luego se llevarían al terreno de los hechos. De ahí que la 
declaración de la independencia apareciera el 9 de julio de 1816, 
en elpapelf cuando ya lo estaba, de mucho tiempo atrás, en el 
corazón y en los hechos del pueblo sudamericano. Y esto era lo 
que convenía que Monroe y Adams conocieran, si es que lo du- 
daban, para que comprendieran la filosofía del hecho histórico 
realizado. Y ese era el servicio que Rodney prestaba, que Ri- 
vadavia reconocería y que el gobernador Rodríguez agradecería, 
el día de la muerte de ese diplomático, tírente á su ataúd, en el 
cementerio de la histórica ciudad de Buenos Aires. 

Y, para revelar el alcance político de esa declaración indepen- 
diente del 9 de julio de 1816, le enviaba á su gobierno «la hábil 
esposición de motivos dirijida á los conciudadanos y al mundo 
entero, para justificar la medida que deliberadamente habían 
asumido y que defenderían con sus intereses y sus vidas.» La 
influencia de este acto, decía Rodney, se vio inmediatamente en 
el país. Dio nueva vida y fuerza á la causa patriótica y verda- 
dera estabilidad al gobierno. Las victorias de Chacabuco y Mai- 
pú, obtenidas por las armas de Buenos Aires y Chile, habían pro- 
ducido y confirmado una declaración igual por parte del pueblo 



(1) Diienno del diputado Taeker, por Viijinift, pronunciado en U setlón del ti de mar- 
lo de Iii8. 



L08 COMISIOKADOS M0ltTBAllBRÍCAN08 DlB 18l8 lll 



de Chile, la que también adjuntaba, y cimentado la unión cordial 
existente entre los estados confederados. De aqui que el sefior 
Rodney dijera á su gobierno que la consecuencia era que, dificU- 
mente se hallaba el vestijio de un ejército real por esas alturas, 
salvo allá, en las planicies del Perú. Así, fundado en lo que 
había visto, y en lo que el deán Funes esponía, hablaba á su go- 
bierno de los sucesos de la revolución, en lo que á su política y 
victorias se refería; entrando luego á dar una idea completa de 
la ostensión, población, gobierno y recursos de las Provincias 
Unidas, con sus producciones, importaciones y esportaciones, 
tratados y comercio. 

Es así que da una idea del carácter de los hombres del país, 
s^ún las provincias á que pertenezcan; de la lucha con Para- 
guay, Santa Fé, Entre lUos y Banda Oriental, exhibiendo el nú- 
mero de habitantes y los medios de vida á que se dedicaban. 

Hablaba de la composición del congreso, del estatuto que 
rejía el gobierno y del establecimiento de un templo católico, 
«contrarío á nuestras ideas de libertad y relijión»; aunque ma- 
nifestando que esto quizá era una medida adoptada por la nece- 
sidad, porque reconocía el espíritu liberal de los hombres supe- 
riores. Muy atendibles y sensatas eran todas las consideraciones 
espuestas referentes al estatuto dado para el gobierno de la 
nación. Creía que no debía modificarse, sino después de algún 
tiempo de paz, y teniendo en cuenta el ejemplo de Norte Améri- 
rica, cuya constitución, decía, tenían como modelo para en ade- 
lante. Por eso, el sefior Rodney observaba: «cuando pensamos 
que ellos tienen el beneficio de nuestro ejemplo, es razonable 
esperar que quieran, en general, adherir á su constitución escri- 
ta. Ellos tienen por delante el fatal resultado de la revolución 
francesa, por lo que han huido de los peligros de sus escesos, de 
lo que aparentan ser muy sensibles». 

Por demás interesante es la relación referente á población, pro- 
ducción y manufactura de las diferentes provincias, que apare- 
cen en el cuadro demostrativo: ^^^ lo mismo que lo que di^e 



(1) Hé aquí el cuadro eomnpondfente á la poblaelón: 

POBLACIÓN 

Buenos Aires. . , 180.000 

CÓTdol» 75. 000 

Tacumán ^ 4A.O0O 

Santiago del Estero , 60.000 

VaUe de Catamarca 40 . 000 

Rióla iO.OOO 

San Jnan 34.00o 

Mendosa 88.000 

San Luis W.OOO 

JiUuy., 86.000 

Salta fiO.Oeo 

Cocbabamba 180.000 



11:^ ALBBRTO PALOMBQUE 



relación con las esportaciones é importaciones; dando cuenta, 
coli este motivo, de lo que importaban paises como Inglaterra, 
Estados Unidos, Brasil y Francia. De ahí que observe: «su co- 
mercio estranjero es principalmente mantenido por capitalistas 
ingleses; y si bien hay algunos pocos franceses y otros comer- 
ciantes estranjeros establecidos en Buenos Aires, todos ellos 
están colocados, creo, en el mismo pié de igualdad.» 

El estudio de la renta, de las contribuciones voluntarias, de 
las minas de Potosí, del estado del ejército terrestre y naval 
aunque lijeramente hecho, da una idea completa de la situación 
por que se atravesaba; todo ello perfectamente esclarecido con 
la esposición de la preponderancia de la capital y de la hostili- 
dad entre las ciudades y Montevideo. 

.Espone, con ese motivo, un algo de la vida de Artigas, muy 
completo y verídico, y de todo cuanto Buenos Aires hizo por 
atraerle á la causa de la unión y del orden; enviando la intere- 
sante documentación, que, al respecto, y en 1815, produjo el co- 
ronel Ignacio Alvarez y Thomas. 

Y, para que no se creyera que juzgaba con parcialidad los 
hechos, decía: «Pero, es justo agregar que el general Artigas 
está considerado por personas dignas de crédito, como un 
amigo firme de la independencia del país. Difícilmente podría 
esperarse de mí una opinión decisiva en esta delicada cues- 
tión, desde que mi posición no me permite arrojar una vista 
completa sobre el estado de todo el territorio. No he t^do la 
satisfacción de celebrar un interview formal con el general 
Artigas, que es, incuestionablemente, un hombre de raros y 
singulares talentos. Pero, si tuviera que lanzar una conjetu- 
ra, creo que no sería imposible que en ésta, como en la 
mayor parte de las disputas familiares, haya faltas de am- 
bas partes. Es de lamentarse que estén en abierta hostili- 
dad». 

Como se ve, el señor Rodney, aunque refconociendo gran- 
des condiciones al general Artigas, decía, sin embargo, que 
él no se atrevía á formar juicio en la cuestión. Esto de- 
claraba el honorable comisionado, que había estado en el lu- 
gar de los sucesos. Mientras tanto, ya hemos visto hasta qué 
punto se habla llegado^ en pleno congreso, por quienes sólo 
conocían de la misa la media, como vulgarmente se dice. 



Potosí 119.000 

PIaU, ó Charcas 112.000 

Puno (biOo el mombre de Santa Cruz de la Sierra Ornro) , 120. 000 

Paraguay 

Banda Oriental y Entre Ríos 80.000 

En lU5t Buenos Aires tenia, f^egúu un censo Imperfecto, 98.100 habitantes, 

(Informé dé Qraham) 

(State Papen, paj. 699, año 1818-1819.) 



LOS COMISIONADOS KORTBAMBRICANOB DE 1818 113 

Y esto lo maniñesta Rodney^ quien^ sin embargo, en otra 
parte de su interesante informe, nos había declarado, al 
hablar de las cualidades de los habitantes de la Banda Orien- 
tal y Entre Ríos: «Sus otras buenas cualidades probable- 
mente se han obscurrecido á causa del sistema imperante 
en esa comarca en la que se han visto compelidos á pres- 
cindir de todo lo que se parezca á derechos civiles, y á 
continuar sin un regular sistema de gobierno, bajo el abso- 
luto contralor de un jefe, que, cualesquiera que sean sus 
principios políticos ó profesionales, en la práctica concentra 
en sí todos los poderes lejislativo, judicial y ejecutivo». 

Y, como era natural, no podía olvidar la tétrica y som- 
bría figura del dictador perpetuo y vitalicio del Paraguay, — 
el ilustre Francia, como lo llamaría Rivadavia, en nota cé- 
lebre, andando el tiempo, á fin de atraerlo al sendero de la 
unión y confraternicad, aunque sin conseguirlo, — para con- 
cluir por esponer la situación de las relaciones esteriores 
con el Portugal é Inglaterra. 

Es altamente seductora la parte del informe en la que se 
habla de la influencia de la revolución sobre el desarrollo del 
saber, de la sociedad y de las costumbres. Hace resaltar 
que ahora hay ciudadanos que, como los de Atenas, se in- 
teresan por las cosas de su patria; que los papeles públi- 
cos circulan, apasionando los ánimos; que los hábitos, ma- 
neras y modo de vestir habían cambiado, debido al trato con 
estranjeros y á la libre introducción de costumbres estra- 
fias, particularmente inglesas, americanas y francesas. Otro 
tanto hace resaltar respecto á la industria. Dos importantes 
circunstancias hablan influido en esto último: la disminución 
en los precios de las mercaderías estranjeras y el aumento 
de valor de los productos del país, con el consiguiente creci- 
miento del de la propiedad. Por lo demás, hacía resaltar el 
malestar de la agricultura. 

En un trabajo de esta índole, y emanado de un espíritu 
yanki, no podía olvidarse la cuestión relijiosa. A ella, pues, 
él dedica serias consideraciones, tendientes á exhibir el espí- 
ritu liberal del pueblo, reflejado en la disminución del nú- 
mero de frailes y monjas. Y, cuando habla de las leyes 
municipales y de la abolición de los bárbaros impuestos á 
los indíjenas, elojia la conducta del gobierno, porque no pro- 
cede á modiflcaciones radicales y precipitadas, sino que ha 
seguido el sistema de los Estados Unidos de la introducción 
de las reformas graduales. 

Pero, lo llamativo de este interesante documento, es lo que 
se refiere á la educación de la juventud, al comercio de 
libros, á la libertad de la prensa y al ejemplo democrático 
dada por ciudadanos como el general A. Balcarce, el eo- 

8 



114 ALBERTO PALOMBQUB 



ronel Alvarez y el general Rondeau, al descender de los 
elevados puestos que ocupaban para reducirse á una mo- 
desta vida privada. Es así que recuerda la universidad 
de Córdoba; el colólo de San Carlos; la biblioteca pública^ con 
sus 20.000 volúmenes, contenidos en seis habitaciones, entre los 
cuales había algunos miles traídos por Bompland, el compafie- 
ro de Humbold^ las ocho escuelas públicas sostenidas con siete 
mil pesos anuales, á la que asistían 864 alumnos, y otras ocho 
destinadas á los pobres, á cargo de diferentes monasterios. Ase- 
guraba ser raro encontrar en Buenos Aires á un muchacho que 
no supiera leer y escribir, en una población de 60.000 habitan- 
tes; y hacía presente el establecimiento de tres casas impreso- 
ras de libros, en donde se habían publicado ediciones de la cons- 
titución norteamericana y de los Estados, y la notable obra 
del deán Funes; concluyendo por hacer resaltar el hecho de la 
aparición de tres publicaciones semanales, sosteniendo los prin- 
cipios de libertad y la forma republicana de gobierno. 

Esto era lo que contenía el informe del sefior comisionado 
Rodney. Había cumplido bien con su elevada misión. De ahí 
que el gobierno le nombrara, más tarde, ministro en Buenos 
Aires, acompafiado del secretario que, en más de una ocasión, 
como se verá, sirvió también, con desinterés y competencia, la 
noble causa sudamericana: el sefior don Juan M. Forbes, — que 
seria luego su digno sucesor ^^K 



(1) Hé aquí Cómo Rodney fué recibido de ministro, en 1898. llarió en segaida, alendo hon- 
rado por el gobierno, hablando sobre su tumba el gobernador y coateádosele nn mau- 
soleo. Dice El Argot: 

Hecho el reconocimiento de independencia por los Bstados unidos de Norte América 
de los gobiernos americanos que de hecho se mantenían en ella, el gobierno de dichos estados 
nombró por lo respectivo al de Buenos Aires al respetable ciudadano César A. Rodney en ca- 
lidad de ministro plenipotenciario. 

Desembarcó este sefior el 16 de noviembre de este afio, y á los pocos días de su arribo pre- 
sentó al señor ministro secretario de gobierno y relaciones esteriores Us credenciales de su 
misión. Examinadas estas con la meditación que ex^ia su importancia, fueron admitidas, y 
en su virtud reconocido de un modo público y oficial el sefior Rodney por tal ministro pleni- 
potenciario de la república de Estados unidos cerca de este gobierno. Se estimó desde luego 
que era preciso dar á este reconocimiento tan memorable, y único en su especie, aquella solem- 
nidad que está en prActica entre las naciones cultas y civilizadas; ésta debía ser el de su en- 
trada pública y recibimiento en uno de los salones de la fortaleza, acompafiado de toda la 
suntuosidad que ex^Je para estos actos el ceremonial; pero una enfermedad que inopinada- 
mente sobrevino al sefior Rodney no permitió se verificase tan pronto como se deseaba, y fué 
preciso esperar su restablecimiento. 

Se supo este feliz suceso por el secretarlo de la legación el sefior Juan M. Forbes, quien 
apersonándose en nombre del sefior Rodney, en la secretaria de relaciones esteriores, avisó 
la recuperación de su salud, y la disposición en que se hallaba para poderse recibir el 27 
del corriente si era del beneplidto del gobierno. Fué con su acuerdo que el 84 del mismo 
se espidieron las órdenes correspondientes A todas las corporaciones y autoridades de la 
provincia A fin de que concurriesen el indicado 97 A presenciar y decorar esta solemne re- 
cepción. 

A la una de la tarde del día prei^ado, el oficial mayor del ministerio de relaciones esterio- 
res y gobierno, acompafiado de nn edecán del exmo. sefior gobernador y capitán general, pasó, 



LOS COMlglOKADOS NORTEAMBUlCANOS DB 1818 11& 

laffomc tímmf Por SU parte^ como ya he dicho, el sefior Gra- 
de j«m orahMi. ham informó por separado. Sus observaciones, 

un tanto sintéticas, estaban vaciadas en el infor- 
me anterior, que lo había tenido á la vista, fundándose para ello 
en los mismos documentos que le habían servido de base al se- 
ñor Rodney. Tenía, si se quiere, formas literarias más atrayentes, 



en el coche principal, á U cu* del tefior müdalro plenipotenciario con el o1:|}eto de aeom- 
paftario. Montando en el trayecto en ta compaflia al secretario de la legación, se dirijieron 
á la fortaleía. Kn el momento de aTlBtane la carrosa se isó la bandera nacional, afir- 
mándola con nn cafionaso; la gniardia de honor situada en la entrada de la fortalesa, com. 
pnesu de un capitán cen sn compaflia de artillería, cuerpo de graamiclón en ella y una ban- 
dera, recibió al sefior ministro, haciéndole los honores de capitán general, en cuyo acto resonó 
con sonoros acentos la música marcial. 

Una diputación del gobierno, compuesta del doctor don Antonio Escarranea, miembro de 
tribunal de Justicia, y el coronel don Pedro Andrés García, lo esperaban en el primer des- 
canso de la escalera, desde donde lo Introdi^oron en el salón del gobierno por medio de un 
numeroso concurso de ciudadanos atraídos A la novedad. Fué allí recibido por 8. E. el sefior 
gobernador capitán general en compaflia de los sefiores ministros de relaciones esteriores, 
gobierno y guerra, asistido también de las corporaciones y autoridades más distinguidas, á 
saber: tribunal de Justicia, oficiales generales y Jefes del ejército, departamento de poli- 
cía, senado del clero, colecturía general, comisaría, contaduria y tesorería general, de- 
partamento de i^Jenieros, tribunal de medicina y otros individuos distinguidos. El sefior 
ministro plenipotenciario fué presentado áS. E. elseflor gobernador por el sefior ministro 
de relaciones esteriores, aeompaflando este acto con las espresiones más vivas que pudo 
inspirarle su grandeza y novedad. Entonces el sefior plenipotenciario, en sn propio idioma, 
pronunció una alocución cuyo olid^to fkié manifestar los sentimientos de su gobierno y el 
placer que sentía en ser el óigano por donde eran trasmitidos al conocimiento de 8. E«: afia- 
dió luego lo sensible que le había sido dilatar esta satisfacción en fnena de la enfermedad 
de que estaba acometido. Esta alocución fué en el acto interpretada por el sefior ministro de 
relaciones esteriores. A consecuencia de todo puso en manos de 8. E. una carta del presidente 
de los Estados Unidos, la que traducida dice así: 

Jaime Monroe, presidente de loe Estados Unidos de América.— A. 8. 8. el gobernador y 
capitán general de la provincia de Buenos Aires.— Grande y buen amigo: He hecho eleedón 
de César A. Bodney, uno de nuestros.más distinguidos ciudadanos, para que resida cerca del 
gobierno de Buenos Aires en calidad de ministro plenipotenciario de los Estados Unidos de 
América. Él está bien informado de la amistad que mantenemos.con vuestro gobierno y de 
nuestro deseo de cultivar la armonía y la buena correspondencia, que tan felizmente sub- 
siste entre nosotros. 

Por el conocimiento de su fidelidad, probidad y buena conducta, yo tengo una entera con- 
fianza que él mismo se hará digno de vuestra aceptación y hará realizable nuestro deseo de 
mantener y adelantar en todas ocasiones la prosperidad é interés de las dos naciones. Por 
esto 9B que yo suplico á V. E. dé un entero crédito á todo lo que él diga en nombre de 
loe E. U. y mucho más que todo cuanto él os asegure de su amistsd y anhelo por la prospe- 
ridad de vuestra nación: y yo ruego á Dios que se conserve libre de todo peligro en su santa 
guarda.— Dado en la dudad de Washington á los 19 días del mes de mayo, en el afio del 
sefior 1888.— Vuestro buen amigo (firmado) Jaime Mohbob:— Por el presidente (firmado) 
JWati Quincv ^dami.— Secretario de estado. 

En seguida S. E. el sefior gobernador, mostrándose sumamente movido de un honor tan 
elevado, contestó, de viva voz, por medio del sefior ministro secretario de relaciones esterio- 
res, del modo siguiente:— cNada más importante, más satisfactorio al país que tengo el honor 
de gobernar y aún mi mismo, que este testimonio de amistad que parte de la primera nación 
americana. Así es que uno de mis primeros deberes será corresponder á el, y en toda oportu- 
nidad lo comprobaré. Ya tengo nombrado un ministro plenipotenderio por cuyo con- 
ducto contestaré á mi grande y buen amigo el presidente de los Estados Unidos» 

Realizada esta ceremonia, el sefior gobernador les brindó á tomar asiento, y después de 



IIB ALBERTO PALOMBQUB 



y se notaba, en su estructura general, un deseo de no ser del todo 
agradable á los sudamericanos. Parecía no haber observado tanto 
como aquel otro, en el terreno de los hechos. Quizá cualquiera 
aseguraría que, siendo un espíritu holgazán, que es la fuerza del 
jenio, según algunos, era por lo mismo de fácil producción lite- 
raria, por lo que no habría hecho más que esperar á última hora 
para redactar su informe y aprovechar lo que espusiera el otro 
compañero, fundado éste en lo observado en el terreno de los he- 
chos. De ahí que no avance un hecho nuevo. En lo único en que 
se diferencia, pues, del anterior, es en la manera más sobresa- 
liente con que indudablemente viste el mismo pensamiento. Es 
más seductor su estilo, pero no revela la misma labor. Por 
ejemplo, cuando hace la descripción de las condiciones morales 
é intelectuales de ciertos elementos del pueblo, hé aquí como 
lo dice: «Las mismas causas no han obrado, al menos con la 
misma fuerza, sobre los demás habitantes del país; de ahí que 
sean más industriosos y más activos. Sus maneras son socia- 
bles, espansivas y políticas. En materia de talento natural puede 
decirse que no son inferiores á pueblo alguno; han dado pruebas 
de que son capaces de grandes y perseverantes esfuerzos; que 
están ardientemente vinculados á su país y entusiastamente in- 
corporados á la causa de su independencia.» Sigue luego el mis- 
mo relato de hechos ya realizado por Rodney. Parece que lo tu- 
viera por delante, para hacer las observaciones que á su mente 
ocurren. No entra á relatar los antecedentes de la revolución de 
mayo. Los toma como ya sabidos por ese informe anterior. Re- 
conoce que las invasiones inglesas influyeron lo bastante, lo mis- 
mo que los subsiguientes sucesos de Espafia, como para sacudirse 



AlgunoA momentoB de conTersaclón el seftor plenlpoteneUrío se despidió en parttciiUr de 
S. E., de los ministros qne estalMín presentes y de los demás seftores qae deeoraban la sala eB 
general: toé eondacido hasta el primer descanso de la esealeni principal qae allí lo habia re- 
cibido, y montó al coche con el secretario Hr. Forbes, con el oficial mayor de relaciones es- 
teriores y gobierno y el edecán de éste. A sn salida la gaardia formada en ala como á su 
entrada repitió los mismos honores y la música militar jecuto una gran marcha. Los se- 
ftores del corteo regresaron después de haberlo dejado en sn habitación. El pabellón no 
se arrió hasta ponerse el sol. 

Esta feliz ocurrencia en unas circunstancias de alarma pública por los sucesos trAJicos 
del partido liberal en la península, ha infnndido en todos los Ánimos un aliento consola- 
dor. La patria esti bien asegurada qne la calidad de americana es un laso común para 
todos los estados que gosan de este nombre y que el honor de los norte americanos debe 
ser un fkierte compromiso para que JamAs d^e de ser su consorte en cualquier lance 
hostil que se le presente. A más de que cuando los Estados Unidos han reconocido la in- 
dependencia de la Amórica, antes española, no ha sido sino después que bien penetrado 
el fondo de los gabinetes europeos la hallaron decretada en lo interior de sus consejos, 
como muy conforme A sus intereses. 

Con este motivo ratiílcamos la noticia en otro número relativa á que la Inglatera habia 
decretado mandar cónsules á todos los gobiernos independientes de la América; tenemos 
antecedentes pasa decir que en la primera embarcación de guerra inglesa que se presente 
vendrá un cónsul general de esta nación. 

(El Argoi^ñi de diciembre de IMS;. 



LOS COMI8IONAD08 NORTE AMERICANOS DE 1818 117 

la tutela de la metrópoli, y que esa resolución de los hombres 
superiores tuvo su aceptación entusiasta en la masa del pueblo 
descendiente de los espafioles. Y, cuando, en seguida, entra á 
hablar de la situación peculiar de Montevideo, afirma, lo mismo 
que Rodney, que «esta guerra se había orijinado de una combi- 
nación de causas, en las que ambas partes, quizá, algo tienen 
de que quejarse, y algo de que arrepentirse ellas mismas.» Es 
indudable que Graham revela más talento sintético. Sabe apro- 
vechar el hecho ya buscado y encontrado por el otro pionner del 
pensamiento, después de ruda labor, en los intrincados rincones 
de la psicolojia humana, para luego con él filosofar y construir 
un hermoso castillo. Presenta el cuadro más comprensible y 
armónico para el que contempla y observa, por lo que es más 
sensible el conjunto, dadas su belleza y regularidad de lineas. 
Un modelo de ello es cuando espone las causas, que, según unos 
y otros, motivaban esa desavenencia entre las fuerzas populares 
que se batían contni un mismo y común enemigo en el Río de 
la Plata, destruyendo así la especie de que se había hecho eco 
el diputado Poindexter cuando, en pleno congreso, se atrevió á 
asegurar, fundado en papeles emanados de Carrera, que «Buenos 
Aires era el aliado del rey del Brasil y que el único verdadero 
republicano en el Río de la Plata era el general Artigas!» Nada 
de estrafio esta afirmación, por otra parte, cuando, aún en la 
época presente, hay escritores que lo sostienen, presentándolo 
como á un Washington, mientras otros lo denigran, calificándo- 
lo de bandolero! Es que quienes estaban en lo cierto eran hom- 
bres como Rodney y Graham, que se inspiraban en las propias 
levantadas fiases del deán Funes, estampadas, con calor y mo- 
destia, en el documento que éste íes había trasmitido á los comi- 
sionados al estudiar los sucesos producidos desde 1818, para que 
les sirviera de base á sus observaciones en el terreno de los 
hechos. El honorable deán Funes, que siempre tuvo un espíritu 
independiente, dejándonos la prueba de su labor patriótica en 
sus grandes pajinas históricas, no era amigo del general Arti- 
gas. Por el contrario, censuraba acerbamente sus grandes erro- 
res; pero, no disimulaba tampoco la crítica que le merecían los 
actos de sus adversarios, cuando, en ese documento, esponía: 
«El general Artigas, ese hombre orijinal, que une á su estrema 
sensibilidad la apariencia de la firialdad; una bastante atrayente 
urbanidad á una decente seriedad; una ruda franqueza á corte- 
sía; á un exaltado patriotismo una fidelidad de tiempos sospe- 
chosos; el lenguaje de la paz á una jenial inclinación por el 
desorden; en fin, un fervoroso amor de independencia á las más 
estravagantes nociones relativas á los medios de obtenerla; este 
hombre, decimos, disgustado con el gobierno, porque apoyaba 
á los que él esperaba ver rechazados^ inmediatamente echó la 
semilla de la guerra civil entre las tropas» . . . «El director Po- 



118 ALBERTO PALOMBQUB 



sadas^ vista la deserción de Artigas, con el corazón oprimido 
traspasó los limites de la prudencia. Tomando consejo de sus 
ansiedades, creyó que la justicia debía adoptar su camino. 
Por un decreto solemne lo declaró infame, privado de sus 
empleos y fuera de la ley, é incitó al pueblo á perseguirlo como 
un deber para con el país; creyendo que podría contener la re- 
belión con la sangre del jefe rebelde, puso á precio su cabeza, 
ofreciendo seis mil pesos á quien se lo entregara, muerto ó vivo. 
La esperiencia ha enseñado que la moderación hubiera sido 
mejor consejera que la violencia. El director tomó un camino 
torcido. Aunque Artigas fuese tan criminal como él lo pensaba, 
el lector puede resolver. Pero, suponiendo que así fuera, ¿qué 
otro efecto podría producir el rigor impotente sino el descrédito 
de la autoridad y la obstinación en el delincuente? Pero, esto no 
fué todo. Los orientales han levantado un trono á Artigas en 
sus corazones; como á quien es escomulgado siempre se le consi- 
dera en el error, así las verdaderas pruebas en las que el direc- 
tor fundaba su decreto fueron, para los partidarios de Artigas, 
otras muchas evidencias de su inocencia. La proscripción 
vino á ser como la de un vasto distrito y la reconciliación im- 
posible en adelante. Dios quiera no veamos este hecho perpe- 
tuado como verdadero!» ... Y, al hablar de sucesos posteriores, 
más adelante, el mismo Funes decía: «El gobierno también susti- 
tuyó la moderación por el antiguo sistema; y si los orientales, 
con su jefe, hubieran sido capaces de ver al más grande enemi- 
go del país y de sí mismos, resultante de esa su anarquía, indudor 
blemente se habría efectuado una reconciliación. Pero, la espe- 
riencia ha enseñado que han resuelto arrastrarse en un abismo 
de peligros antes que cuidarse. Sin duda, á su vez, el general 
Artigas pensó que la paz disminuiría la autoridad de que había 
sido investido en tiempos borrascosos.» 

Y eran estas levantadas y hasta proféticas palabras del deán 
Funes, las que influían en el ánimo de Graham para sostener 
que «el mutuo interés requería una unión; pero mucha modera- 
ción y discreción debe ser necesaria para conseguirlo, mucho 
más que la que en este momento es de esperarse de los ánimos 
irritados de algunos de los principales personajes de ambos 
lados.» 

Lo demás del informe del señor Graham, referente al Para- 
guay, á la renta, á los celos de las demás provincias, á la cons- 
titución provisoria, al comercio, manufacturas, agricultura, 
importación, esportación, comercio estranjero, relaciones este- 
riores, producción, fuerza militar y naval, población, etc^ no era 
sino un resumen del Sr. Rodney; concluyendo por decir que «el 
estímulo dado producirá un cambio (en los sudamericanos) en 
el sentido de mejorarlos, y es de presumirse que gradualmente 
tendrá sus efectos, porque su docilidad, intelijencia y actividad, 



LOS COMIlilONADOS M0RTBAMBRICAN08 DB 1818 119 

cuando son requeridas en el servicio, revelan evidentemente 
que no carecen de facultades en el orden natural ó físico.» 

El sefior Graham, en el fondo, no nos era favorable. 

Así resulta leyendo entrelineas su informe. 

Por eso, para disculpar sus errores, según él lo declaraba, 
terminaba buscando el protesto en el idioma y en la escasez del 
tiempo, por lo que decía: «... y con un tiempo limitado, infor- 
mación correcta, ó analizando lo que hemos coleccionado, res- 
pecto á un pueblo en estado de revolución, y cuyas costumbres, 
instituciones y lenguaje son tan diferentes de los nuestros.» 

El sefior Graham había concluido su informe, ganando su 
mensualidad de una manera fácil y sencilla. 

Y ahora ¿qué decía Bland? 

opíMm M comí- El informe del sefior don Teodorico Bland 
TMdoriM consta de dos partes; una, referente á Buenos 
Aires, que es la que nos interesa directamente; 
y otra, á Chile, que nos toca también muy de cerca. Me ocu- 
paré de la primera, sin perjuicio de dar una lijera idea de la 
segunda. 

Espone el objeto de su misión, haciendo presente que habían 
salido de Estados Unidos, en la fragata El Congreso^ de Hamp- 
ton Roads, el 4 de diciembre de 1817, tocando en Janeiro, para 
ver al ministro Sumter, y luego en Montevideo, donde tomaron 
un pequefio buque, porque la fragata no podía atravesar el río 
con 18 pies de calado; llegando á Buenos Aires el 28 de febrero 
de 1818, donde él permaneció hasta el 15 de abril del mismo 
afio. Se ocupa de las quejas de Norte América con motivo de la 
actitud de nuestros corsarios, comunicadas por él al sefior mi- 
nistro don Gregorio Tagle, y de la declaración hecha á éste de 
que una parte considerable del «pueblo de Estados Unidos había 
manifestado su favorable disposición hacia la causa patriótica 
en Sud América, y que el gobierno también tenía cierta dispo- 
sición para tratar á las autoridades patriotas con la justicia, 
dignidad y consideración que ellas merecían: que, sin embargo, 
su gobierno había, por el momento, resuelto adherir á una neu- 
tralidad estricta é ímparcial entre las partes contendientes, si 
bien consideraba, político y justo, adoptar después otras medi- 
das.» Luego, hace presente todo el cuestionario á que fué some- 
tido el gobierno, que fué el que sirvió de base para los informes 
de los tres comisionados. Declaraba, de una manera terminante, 
que «su gobierno no quería otras informaciones que las priva- 
das y que los sudamericanos se contentaran con la manifesta- 
ción de respeto que encerraba el acto en sí mismo de haber 
sido enviados los comisionados, públicamente, en un buque de 
guerra, para celebrar esta audiencia con ellos.» Obtenidos los 
datos, que son los mismos que mencionan los sefiores Rodney y 



120 



ALBBSTO FALOMEQUB 



Graham, con más un cuadro estadístico del ex-virreinato de 
Buenos Aires, publicado al final del informe, ^^^ el señor Bland 
creyó necesario trazar, en esa estensa esposición, los limites 
del país que motivaba sus averiguaciones. Fundado en el censo 
de 1807, se da á conocer la situación, población y pueblos de 
las provincias de Buenos Aires, Montevideo, Santa Pé, Córdoba, 
San Luis, Mendoza, Bioja, Catamarca, Santiago, Salta, Jujuí, 
Chichas, Potosí, Mizque, Charcas, Cochabamba, La Paz, Llanos 
de Manso y Paraguay. De éste dice: «ín many respecta (he most 
interesting and important ofthe Uniofij presents üself.^ Después de 
dar cuenta de esto, y de esponer el pensamiento de que «parece, 
á veces, haberse manifestado el propósito de que todos los que 
hablan lengua española, y piensan de acuerdo con la fé católica 
en América^ deben formar una gran confederación», se ocupa 
de describir las pampas, diciendo: «Allí no hay montañas ni 
eminencias, y las ondulaciones son tan suaves que sólo se per- 
ciben echando una larga vista al rededor de su superficie; el 
ojo se pierde recto por el horizonte como la faz del ondulado 
océano en calma, donde no hay un solo objeto que deleite ó 
sirva para dar relieve ó variar la escena. . . El camino de Bue- 
nos Aires á Mendoza (á lo largo del cual pasé) atraviesa 500 
millas por entre estas pampas. En toda esa distancia no vi una 
sola piedra, ni arena: la superficie de la tierra aparece siendo 
enteramente blanduzca, negra; hay tierra rica en los bancos de al- 



(1) He aqai ese cuadro interesante: 

Cuadro estadístico dil sstinouido virreinato de Bubkos Aires: 



PR0VIICIA8 



Buenos Aires 

Banda Oriental 

Entre Ríos 

CdrdolM 

Punta de S. Luis.... 

Mendosa 

San Juan 

Rioja. 

Catamarca 

Santiago del Estero. 

Tucumán 

Salta 

JuJui 

Chichas 

Potosí 

Mizque 

Charcas 

CoehatMimba 

La Paz 

Paraguay 



Total. 



BliAdOW 



Ual6n 



no 



Colonia 



106.000 



75.000 
10.000 
S8.000 
84.000 
SO.OOO 
86.000 
46.000 
45.000 
60.000 
SO.OOO 



488.000 



45.000 
85.000 



110.000 



180.000 



10.000 
119.000 

16.000 
190.000; 
100.000 

60.000 



TBKKITOBK 



UrIór 



no 



Ooloaia 



50.000 



106.000 
40.000 
38.000 
86.000 
99.400 
11.900 
40.000 
50.000 
41.000 
30.000 



417.000 



643.600 



86.000 
104.600 



43.900 



933.700 



REPRESCITAOlta 



96. 
19. 

9. 

5. 

3. 
10. 



000 
000 

000 
000 
400 
000 



7 
3 



65.800 



96 



7 
3 
9 
5 
1 
9 
9 
1 
9 
8 
3 
3 
1 
1 
7 
1 

10 
7 
3 
7 



71 



SiaU Paper», páj. 768.— Año 1818-1819. 



LOS COMISIONADOS NORTBAMBBICAXO S DE 1818 121 

guna8 de los ríos, y en algunos lugares aparece un barro rojiso.» 
Hace conocer el comercio de Córdoba, mantenido, por medio 
de muías, con el Alto Perú, Lima y demás provincias, sin olvi- 
dar el de los metales preciosos; exhibiendo luego los principa- 
les canales por donde se efectúa el comercio y en el que tanto 
rol juegan aquellas envidiables muías, para atravesar las gran- 
des distancias. Recuerda que el coiTeo partía de Buenos Aires, 
para el noroeste, cuatro veces al mes, el cual recorría 900 millas 
á la Paz, en 40 días, habiendo individuos que habían realizado 
el viaje en 20 días. Cuando se ocupa del Rio de la Plata incurre 
en algunos errores, como ser aquel, entre otros, de no existir el 
pescado en dicho río. Tiene observaciones justas sobre ülartin 
García, los puertos de Montevideo y Maldonado, y ríos Santa 
Lucía, Las Conchas, Ensenada de' Barragan, Río Negro, etc. 
Estudia, como Rodney y Graham, el estado de las importacio- 
nes, y al hablar de la jente que vive en las ciudades reconoce 
que es, por lo general, muy intelijente y muy resuelta en sus 
determinaciones para defender su independencia y establecer 
su Kbertad; y que la clase baja había aprovechado materíal- 
mente del cambio operado, siendo perfectamente sensibles sus 
resultados felices. «En las ciudades, dice, se encuentra el gran 
cuerpo de los directores y ciudadanos influyentes de la unión, 
y es su número, no por demás inconsiderable, el que ha dado 
impulso á la opinión pública, y el que ha conservado y con- 
servará en movimiento la ola de la revolución hasta que se 
cumpla el gran final de independencia y sustancial libertad.» 
Por el contrarío, hace resaltar la condición analfabeta de los 
paisanos, estudiando su manera de vivir y haciendo sobresalir 
su valor y armas de pelea. Admira sus cualidades de hombre 
de á caballo, por lo que los considera los únicos en el mundo, 
diciendo: «su poncho, que es su cama por la noche y su abrigo 
en el día, su lazo, su boleadora, con todo lo cual está pronto 
para una jomada de mil millas^ en defensa de su tierra.» 

Cuando habla de los paisanos de Montevideo^ los exalta, al ex- 
tremo de considerarlos «como los más formidables guerrilleros 
que jamás han existido.» «En valor, dice, no son inferiores á nin- 
guno; y los hechos que se relatan esceden lo que se cuenta de 
los Partos, los Escitas ó los Cosacos del Don». De aquí que elo- 
jie á los «gauchos de Güemes». Da cuenta de que ya no existen 
esclavos. Y, cuando habla del Paraguay, afirma que allí es raro 
encontrar quien no sepa leer y escribir y no conozca los rudi- 
mentos de la aritmética; sin embargo de reconocer que estos 
conocimientos no los utilizan sino en sus pequeñas necesidades, 
sin aplicarlos á la adquisición de algún estudio útil. Pinta al 
paraguayo tal cual era. No olvida la administración de justicia, 
dando una idea completa y exacta de la que existía entonces. 
Describe la indolencia anterior á la revolución, para confesar 



122 ALBERTO PALOMBQUB 



luQgo que el 25 de mayo era una fiesta cívica, consagrada, en 
su épocaj como la base y el principio independiente. 

No participaba, como se ve, de la opinión vulgar y errónea 
de Monroe y Adams de que los hombres pensadores de aquella 
époco tuvieran la idea de permanecer vinculados á Fernando 
Vil! Sin duda Bland observó bien en los hechos lo que habían 
querido los autores de la revolución. Sin duda él sabía lo que 
Cisneros había dicho, al día siguiente del 25 de mayo, en docu- 
mento dirijido á su rey. ^^^ 

Sin duda había leido la Gazeta de MontevideOj dónde, desde 
el afio 10, los españoles así lo reconocían, por cuya razón tenían 
declarada una guerra sin cuartel á Buenos Aires. Y eso sería 
lo que le hacía decir, al hablar del 25 de mayo de 1810, para 
sacar á Adams y á Monroe de su error: «con esta resolución de 
establecer un gobierno libre para sí mismo, y trabajando en los 
espíritus de una grande y creciente mayoría del pueblo, la 
causa ha sido llevada adelante, con probada esperíencia, con 
luces brillantes, en medio á intrigas, á facciones, á supersticio- 
nes, á pasiones ardientes; desde el principio esos escasos ru- 
dimentos hubo que reunirlos á través de una curiosa y tor- 
mentosa corriente, hasta llegar al presente punto, en que el 
pueblo, al ñn, había resuelto su independencia y renunciado 
completamente á toda idea de volver á la sumisión de Espafia». 
Entra lu^o á hacer una disquisición histórica de los sucesos 
producidos desde que cayó Cisneros, en la que, como era natu- 
ral, salen á luz, entre otras personalidades de la época, las de 
Rivadavia y Artigas, diciendo, del primero, que «era conside- 
rado como un hombre de talento». Todos los movimientos anár- 
quicos de entonces están narrados allí, hasta llegar al congreso 
de Tucuman y á la personalidad de Pueyrredon; aprovechando 
la ocasión para estudiar la estructura de las autoridades na- 
cionales. Reconoce que el poder de la prensa, si bien imperfecto, 
tenía su gran influencia, y que la opinión pública recibía su 
impulso, dándole dirección. «La revolución, decía, ha prospe- 
rado; se han obtenido mayores luces; el pueblo comienza á 
tener un correcto conocimiento de sus derechos; se han hecho 
más trabajadores y sus directores son más respetados». Y, como 
no podía menos de averiguarlo y palparlo, declaraba que «el 
pueblo de esta parte de la América apañóla había, desde el 
principio de sus luchas, tenido presente el ejemplo y los pre- 
ceptos de los Estados Unidos en los mensajes de su revolución 
y en la organización de sus instituciones políticas . . . Por eso 
arrojaron sus vistas á Estados Unidos y vieron, ó debieron ver, 
muchas analojías y una prosperidad que resaltaba, por lo que 
todos ellos comprendieron que debían copiarlos». De aquí arran- 



cia afutre Nacional, tomo l, pajina ii. 



LOS COMISIONADOS N0RTBAMBRICAX08 DE 1818 123 

caba el Sefior Bland la lucha de la federación y el unitarismo 
en estos paises sudamericanos: lo primero, sostenido por las 
demás provincias, y lo último, por Buenos Aires, que quería 
«establecer un gobierno fundado bajo un majistródo-jefe, in- 
vestido con poderes análogos á los del estinguido virrey». Y 
es con este motivo que pinta la guerra entre Artigas y Buenos 
Aires, con colores vivos y reales, diciendo que «el gobierno 
del pueblo de la Banda Oriental y Entre Rios, desde su alianza, 
han estado ambos entre las manos de Artigas, quien campea 
por sus respetos, como un monarca absoluto, sin esperar con- 
sejos, ó como un cacique indio. No se exhibe freno constitucio- 
nal alguno; nada se pretende que exista. La justicia es hecha 
voluntariosamente, ó es administrada de acuerdo con las órde- 
nes del jefe». Y después de esta esposición, continúa exhibiendo 
la situación difícil de Córdoba, Santiago del Estero, Mendoza y 
San Juan, como para que pudiera responder á los gritos de 
unión y sometimiento, que, dada la lucha con Espafía, recla- 
maba Buenos Aires. Era el espíritu de «federación que se des- 
pertaba por todas partes, en un momento inoportuno, para 
producir divisiones, levantar facciones y despertar el milita- 
rismo intolerable». De ahí que recordara que de 1.800.000 
almas que el viejo virreinato tenía, 483,000, incluyendo Ju- 
juí, eran todas las que se reconocían sujetas al presente 
gobierno de Buenos Aires; mientras las provincias patriotas 
en guerra con Buenos Aires contenían una población (esclu- 
siva de indios) de 187,000 almas, estando el resto, 470,000, 
bajo el dominio colonial. Reconocía que las patrióticas pro- 
vincias de Salta y Jujuí habían sido el sitio principal de la 
guerra desde el principio de la revolución, en cuyo paraje 
estaba, decía, en esos momentos, con sus fuerzas, el general 
Belgrano. Y una vez espuesta «la ostensión, naturaleza y cir- 
cunstancias de esta nueva y revolucionaria unión» reconocía 
que era absolutamente imposible la reconquista por parte de 
Espafia, aun en presencia de la anarquía de esa misma fuerza 
revolucionaria, que ahí quedaba, en 1818, cuando Bland se reti- 
raba para Estados Unidos. Por eso presentaba el problema 
pavoroso que los mismos pensadores sud-americanos se habían 
planteado, preguntándose cuál seria la marcha futura de esta 
revolución, á lo que se respondía él mismo, que era cuestión 
muy difícil de resolver. Sin embargo, esponía notables con- 
sideraciones, que aún hoy dia podrian tener su aplicación al 
ver el estado de disolución de que dan ejemplo algunas repú- 
blicas sud-americanas; no siendo menos digna de tomarse en 
cuenta alguna justísima crítica dirijida á Inglaterra, cuando 
ésta, aprovechando esta anarquía, «para desencarifíar el senti- 
miento del pueblo», celebraba con Artigas un tratado de comer- 
cio por intermedio del almirante inglés Bowles. Esas consi- 



1S4 ALBERTO PALOMEQUB 



deraciones que son, indudablemente, las más notables de ese 
informe, merecen reproducirse para conocimiento de caudillos 
y revolucionarios sud-americanos. 

Dice así: 

«Una cosa, sin embargo, aparece clara, y es que, aunque las 
presentes disenciones civiles desaparezcan y las provincias en 
guerra se pacifiquen y reconcilien unas con otras, una gran pro- 
porción, si no toda, de los beneficios y ventajas de la revolución, 
que hubieran acrecido inmediatamente á sí mismas y á las na- 
ciones estranjeras, será totalmente destruida, ó, por lo menos, 
muy disminuida. El gran beneficio que continuamente se pro- 
meten á sí mismas es la introducción del sistema representativo 
de gobierno con todas sus delicadas y complicadas instituciones. 
Pero, sus jefes militares no permitirán que el sistema tenga 
principio y sea implantado completamente, á menos de tener, en 
un solo dia de disturbio, que desmembrarse. Los jefes (uno y 
todos) alegan que durante el calor de una revolución son peli- 
grosas las elecciones populares; que en esos tiempos es necesaria 
la sumisión á un poder fuerte y enérjico; Artigas, situado como 
está, llevado primero en una dirección, y luego en otra, por un 
lado atacado por los portugueses y por otro por los patriotas de 
Buenos Aires, tiene toda la población de la Banda Oriental bajo 
una incalificable sumisión á su voluntad; y se le da un plausi- 
ble protesto para arrasarlo todo, como un arbitrario ó como un 
cacique indio. Los directores de Buenos Aires le hablan al 
pueblo bajo sus órdenes de los infinitos peligros respecto de Es- 
paña, á cada momento, y de la indispensable necesidad de man- 
tener un fuerte ejército cerca del Perú; de reunir fuerzas para 
invadir, reconquistar y mantener á Chile; de los tratados y 
errores del Portugal; de la indispensable necesidad de tener á 
Artigas y al resto desús subditos, y á las provincias rebeldes, 
completamente sometidos; y de la gran importancia de preser- 
var á la capital ó á la ciudad de Buenos Aires, en perfecta se- 
guridad, con la posesión de una poderosa fuerza militar. El jefe 
militar del Paraguay emite iguales argumentos en favor de un 
gobierno enérjico, y el pueblo á ello se ha amainado. Nada más 
fácil que hacer un soldado completo de un partidario gaucho: 
los de los campos de la Banda Oriental, bajo Artigas, y los de 
Salta, bajo Güemes, son una prueba de cómo inmediatamente 
estos pacíficos hacendados pueden hacerse terribles en la gue- 
rra; es una clase de pueblo que tiene predisposición para sobre- 
llevar una vida aventurera. Lo necesario sería que hombres 
esperimentados les dejaran desde luego la independencia para 
obrar. Y si los gauchos de las pampas pudieran, como los de la 
Banda Oriental, encontrar un leader que los inspirara con una 
resolución para insistir en levantar su fuerte voz hasta sus re- 
presentantes legales, la ciudad de Buenos Aires, ella misma, 



LOS COMISIONADOS MORTBAMBRICANOS DB 181f$ 126 



pronto sería, como Montevideo ahora: una plaza donde el comer- 
cio fué! ...» 

Luego evocaba la triste situación á que Santa Fé había que- 
dado reducida con la guerra civil que la asoló y empobreció, 
para concluir diciendo: «Estos son algunos de los efectos de 
estos perniciosos conflictos: imputaciones y recriminaciones de 
Uadersy que son infructíferas ó sólo sirven para irritar y hacer los 
males más incurables. Con respecto á los derechos del gobierno 
propio, ciertamente que lo que se considera argumento, justo y 
sólido en Buenos Aires, contra Espafta, igualmente se encuentra 
sólido en la Banda Oriental y en el Paraguay; pues si uno tiene 
el derecho para romper la cadena y asumir para sí mismo el go- 
bierno propio, todos tienen el mismo derecho. Los de todos eUos 
son, pues, perfectamente iguales; y ninguna provincia puede, 
en justicia, tener el prívilejio de dirijír á la otra, sin su consen- 
timiento. Restaurar la paz y la armonía entre esas provincias 
luchadoras, sería hacerles el mayor beneficio posible. En ese 
sentido, debiera buscarse el más plausible pretesto, surjido de 
todas sus cuestiones internas y poder militar, para que los sol- 
dados se enviaran á donde deben estar, es decir, á arrojar al 
enemigo estranjero de la frontera, que es el único obstáculo con 
el cual el pueblo debe luchar. Así, privados los jefes de la fuen- 
te de su poder arbitrario, el efecto sería, desde luego, dar al 
pueblo sus libertades, y desarrollar en el país sus abundancias, 
sus recursos y sus alegrías. Pero, en cambio, dar á una de las 
provincias preponderancia sobre el resto, sería confirmar ó co- 
locar al pueblo de cada provincia bajo la incalificable sumisión 
de un jefe militar en cada división del país; y eso sería autorizar 
la colocación de la nación bajo el gobierno de un número de 
pequefios reyes ó príncipes, en vez de una república . confe- 
derada.» 

Así terminaba su informe el sefíor Bland. En lo referente al 
Rio de la Plata, era triste la impresión que dejaba. En cambio, 
el informe sobre Chile no dejaba esa impresión. Allí había en- 
contrado un comercio yanki, que bien podría dejar á Estados 
Unidos un valor de 6.128.000 dollars al afio. En Buenos Aires no 
lo encontró. De ahí que dijera, con respecto á Chile: «estas 
son mis visitas respecto á los beneficios provechosos y venta- 
jas que los ciudadanos de los Estados Unidos podrían conseguir 
de Chile independiente. Séame permitido declarar que siento, 
en unión con mis conciudadanos, una ardiente simpatía y un 
profundo interés al ver la actitud de un valiente y jeneroso 
pueblo luchando por sus libertades; por lo demás, seria presun- 
tuoso en mí indicar las medidas que el gobierno deba adoptar.» 

Y era el señor Bland, que había estado en Chile, que había 
recorrido libremente toda la República Arjentina, que había 
atravesado los Andes, visto constituida aquella república her- 



126 ALBERTO PALOM8QUB 



mana debido á los esfuerzos de la Arjentina, con San Martín á la 
cabeza, y el empuje hercúleo de esos gauchos de Salta, con Güe- 
mes como portavoz, que se atrevía, sin embargo, á decir, en su 
informe que «el ejército español está ahora, se dicej en posesión 
de la ciudad de Jujuy!» Siempre la maldita calumnia, invocan- 
do el se dice del venticeUo de don Basilio, que adquiriría carta de 
ciudadanía en la historia de las letras, precisamente á eonse- ^ 

cuencia de lo que los norteamericanos hicieron con Beaumar- 
chais en Francia para servir sus intereses independientes. Sin 
embargo, los españoles nunca volverían á dominar en Salta ni 
en Jujuy. Sólo momentáneamente, y para saquearla ordenada- 
damente, como dice Mitre, llegarían, por un momento, hasta 
Jujuy, de donde dimanaría el error de Bland. Chacabuco y Mai- 
pú eran dos columnas lapidarias, que el español no conmovería, 
colocadas en el camino de un pueblo ya dueño de sus des- 
tinos.» í*^ 



(I) Debo bfteer presente, como ya he dicho en otra parte, que el secretarlo Braekenridge 
escribió nna obra, compuesta de dos tomos, en la que espuso todo lo que á su prlvil^la- 
da IntelUenda se le ocurrió de interesante y atrayente sobre el Rio de la Plata y Chile. 
Por mi parte no he tenido oportunidad de estudiarla detenidamente. La conozco por las 
referencias de otros autores, que la elojian en sumo grado, y por haberla hojeado Iberamen- 
te en la biblioteca del ministerio de relaciones esteriores. No la he estudiado por no creer- 
lo indispensable al caso. 



CAPITULO XI 

MONROE Y tUi MENSAJES PRESIDENCIALES DE 1S17 A IStl 

Prti^trltfad ii«rlM»tri«iaft m 1S17.~iEa ti Mülirt M ny tft EaHSftt'-Ctay m 
la 0áMtra 4% raprtMntanlM.— OpiíilaiiM <• Uurrazábtl y NarrM AnuiA.— A«tl- 
tM4 4t la oánara 4% raprataataatM tft Ntrt* Aailriea ta 1S22. 



uprMftrMadMT. Monroe, al inaugurar su presidencia, en 15 de 
tcmcricMa. abril de 1817, decía que «ningún gobierno había 

comenzado bajo mejores auspicios^ ni obtenido un éxito más 
completo: que si se miraba la historia de otras naciones no se 
encontraba ejemplo de un crecimiento tan rápido, tan jigantes- 
co y de un pueblo tan próspero y feliz: que al contemplar lo 
que aún habla que hacer^ el corazón de cada ciudadano latirla 
con fuerza al reflexionar cómo nuestro gobierno se habla apro- 
ximado á la perfección.» 

Esta felicidad de que se encontraba henchido el corazón del 
distinguido funcionario no le hacia ver seguramente la necesi- 
dad de dar algo de su dicha á los demás pueblos hermanos. Vi- 
viría, por el momento, encerrado en su egoísmo, sin permitir 
á las colonias sudamericanas el ejercicio de aquellos actos por 
que ella misma habla pugnado en su lucha con Inglaterra. El 
incidente acaecido al señor de Aguirre, no ya solamente en su 
jestión diplomática, sino en su acción comercial, como construc- 
tor de buques, lo probaba elocuentemente. 

^ ••■*■*" *•" Monroe afirmaba, en su segundo mensaje, de 
rtf 4c EtHiat noviembre 16 de 1818, que «la guerra civil que 

durante tan largo tiempo existía entre Espafia y las provincias 
de Sud América^ aún continuaba sin esperanzas de pronta ter- 
minación, y que la información respecto á la condición de esos 
países, que habla sido recojida por los comisionados reciente- 
mente regresados de allí, con otros antecedentes recibidos de 
ajentes de Estados Unidos, daban á conocer que Buenos Aires, 
declarado independiente, en julio de 1816, habla, previamente, 
ejercido el poder de un gobierno independiente aunque en el 
nombre del reyjíe España, desde el afio 1810: ^^^ que la Banda 



(1) Ta me he oeopftdo, en p^inM anterlore^i, de lo Inconsistente de semejante Ironía, 
indigna de hombres como Ifonroe y Adama. 



138 ALBERTO PALOMBQUE 



Oriental, Entre Ríos y Paraguay, con la ciudad de Santa Pé, 
todas ellas independientes también, estaban en disensión con el 
presente gobierno de Buenos Aires: que parecía que los aliados 
europeos se preocupaban de mediar entro España y Sud Améri- 
ca, debiendo celebrarse un Congreso en Aix-la-Chapelle, en 
septiembre de dicho afio, «aunque absteniéndose de la aplicación 
de la fuerza», lo que agradaba sumamente al señor Monroe. 

Al año siguiente, decía (diciembre 7 de 1819) que su gran cui- 
dado había sido cumplir con las leyes tendientes á preservar la 
neutralidad imparcial: que los puertos se habían abierto igual- 
mente para ambas partes y en las mismas condiciones, y que 
sus conciudadanos habían sido igualmente privados de interve- 
nir en favor de uno y en perjuicio de otro: que el progreso de la 
guerra se había revelado manifiestamente favorable á las pro- 
vincias: que Buenos Aires mantenía indiscutiblemente la inde- 
pendencia declarada en 1816, que gozaba desde 1810: que esta lu- 
cha, desde su principio, había sido interesante, especialmente pa- 
ra Estados Unidos: que si un pueblo virtuoso debía conservarse 
dentro de la estricta neutralidad, no había poder que impidiera 
la manifestación de la sensibilidad y simpatía que naturalmente 
se imponían en el caso: que la constancia y éxito con que se había 
perseguido el fin revolucionario, se evidenciaban muy particu- 
larmente con la no perturbada soberanía de que Buenos Aires 
había gozado por tan largo tiempo, lo que evidentemente les 
daba un fuerte derecho á la favorable consideración de otras 
naciones. 

En noviembre 11 de 1820 Monroe declaraba, que, según las 
más auténticas informaciones, las colonias sudamericanas se 
mantenían con éxito, no obstante las desgraciadas divisiones 
existentes en Buenos Aires: que el último cambio en el gobierno 
de España, con el restablecimiento de la constitución liberal de 
1812, era un acontecimiento que prometía ser favorable & la 
revolución. 

Por último, en su mensaje de diciembre 3 de 1821, decía que 
era entendido que las colonias en Sud América habían obtenido 
gran éxito durante ese año en la lucha por su independencia, y 
que en Buenos Aires, en donde, por algún tiempo, habían preva- 
lecido las disensiones civiles, parecía haberse establecido la 
mejor armonía y el mayor orden. Reconocía la imposibilidad 
para España de reducir esas colonias por la fuerza y que la 
solución del punto no podía hallarse sino en la independencia: 
que esto era lo que amistosamente aconsejaría al gobierno de 
España. 

Este era el estado de ánimo de Monroe al aproximarse el mo- 
mento crítico que-^^oy á examinar. 



MONROB V flus MBH8AJB8 PRBfllDEMCIALBfl DB 1817 Á 1821 l29 



u acMM ét Gtay Moxiroe, en este instante, no interpretaba ñel- 
cutocá — m 4e re- mente el sentimiento del pueblo norteamericano. 
Zlílllití'^MMáL ^^ contrario sucedía en la cámara de repre- 
ém rdipc Urraiá- Sentantes, donde, entre otros, como ya hemos 
M. visto, Enrique CÍay, eminente hombre de estado, 

proponía «el reconocimiento como nación libre, digna, por mu- 
chos ttíulasj de figurar entre los pueblos más dignos del orbe». 

«La propuesta de Clay, dice don Felipe Larrázabal, no tuvo, 
en aquellas circunstancias, resultado favorable. £1 gobierno 
de Washington guardaba una política de reserva, tanto más sor- 
prendente cuanto menos esperada. Por su parte, el ministro 
español reiteró sus protestas con fuerza y buen suceso, y la voz 
del digno Clay resonó sola en el templo de la libertad. ^^^ Mas con- 
tinuó trabajando con destreza, uniformando la opinión y haciendo 
conocer á Colombia y á sus hombres bajo una luz clara y pro- 
picia. Sirvióle mucho, en este empeño, nuestro ájente, el señor 
Manuel Torres, que residía en Washington, y el cual, por sus 
conocimientos especiales y por su carácter, estaba llamado, 
más que ningún otro, á esforzar la buena disposición de Clay. 
Dijese mucho en aquel tiempo que el presidente Monroe, á 
quien visitaba con frecuencia Torres, había ofrecido á éste, 
en reserva^ auxiliar á Bolívar con fusiles y otros elementos 
de guerra. Si fué cierta esta promesa (que yo lo dudo) no tuvo 
jamás efecto. Acaso fué sólo un medio injenioso de Monroe 
para dejar pesar sobre las cámaras la responsabilidad de no 
haber reconocido á Colombia, ó también para templar en algo 
el sinsabor que esto debía haber causado á Torres». ^'^ 

Esto era lo mismo que poco tiempo hacía le había dicho 
Monroe al señor de Aguirre. Era que faltaba la libertad de ac- 
ción. Los sentimientos del gobernante estaban en lucha con 
los dictados de la razón, surjidos de la situación que los su- 
cesos con España, Rusia é Inglaterra le fijaban. No podía to- 
davía entrar en guerra abierta con estas potencias, aliadas, 
dos de ellas, y de quienes no les era posible prescindir. De 
ahí sus ofrecimientos, sus acciones y reacciones, que lo llevaron 
hasta reducir á prisión al señor de Aguirre, negándole todo ca- 
rácter diplomático en el suceso de que ya he hablado. Por eso, 
la declaración de la independencia no vendría sino cuando, por 
obra de ese caudillaje indómito, que, al parecer, tanto le preo- 
cupaba, se arrojara la tea entre España y Portugal, aprove- 
chado todo ello por la duplicidad diplomática de la Gran Bre- 
taña, para concluir con el fantasma del poder del derecho di- 
vino ae la Santa Alianza. Se necesitaba un acontecimiento 



(1) No es ezaeto, pa«0, como se ha visto, ftieron muchos los que le eeompalUroii en 

(9) Vida del Ubertador Simón Bolivar, tomo 2. pajina 47. 

9 



130 Alberto paloMequé 



estraordinario y una situación despejada para terminar con 
las indecisiones de Norte América, reflejadas en los párrafos 
de los mensajes de Monroe, que hereproducido en estas pa- 
jinas^ (^^ contradichas en los hechos. 

opiBMa de iterrot La situacióu anárquica de estas provincias; 
*■*"• perfectamente conocida por Norte América, era 

el pretesto. No hay historiador concienzudo que asi no lo es- 
plique. Por eso el distinguido señor Barros Arana, nos dice: 
«El gobierno de los Estados Unidos, ajeno á esas preocupacio- 
nes é inspirado por una política más liberal, había visto, con 
animo más levantado y con cierta simpatía^ la revolución his- 
pano americana; pero, movido por intereses de otro orden, sin 
dar á ese movimiento la importancia que realmente tenia, y 
sin querer comprometer sus relaciones diplomáticas con la 
España, de la cual reclamaba entonces gruesas indemnizacio- 
nes por la captura de muchos buques norteamericanos en 
las costas de Chile y de otras colonias, no había prestado apo- 
yo alguno á los americanos del sur, ni aún les había recono- 
cido directamente su derecho de belijerantes en la lucha en 
que estaban empeñados. <^> En 1815 y 1816, por otra parte, 
esa lucha pareció hallarse próxima á su término. Los repeti- 
dos y abrumadores triunfos alcanzados por la España, hacían 
creer que las antiguas colonias serían definitivamente some- 
tidas al antiguo réjimen. Pero, el año siguiente la recupera- 
ción de Chile por las armas revolucionarias y la nueva cam- 
paña de Bolívar en la rejión oriental de Venezuela, dejaban 
ver que el levantamiento de la América renacía con nuevo 
vigor y con mayor acierto. El gobierno de los Estados Uni- 
dos sin querer aventurarse á hacer declaraciones y recono- 
cimientos antes de haber hecho un estudio detenido del esta- 
do de las cosas en estos países, despachó^ en noviembre de 
ese año, la fragata Congress y en ella tres altos ajentes en- 
cargados de trasladarse á Buenos Aires y de informarlo acer- 
ca de la situación de la revolución y de los nuevos gobier- 
nos. Los comisarios norteamericanos llegaron á Buenos Aires 
el 28 de febrero de 1818, residieron allí hasta fines de abril, 
y pudieron formular informes prolijos y generalmente satis- 
factorios sobre el estado de estos países. Uno de los indivi- 
duos que la componían, Mr. Teodoríco Bland^ pasó á Chile, 
acompañado de Mr. Wiíliam G. Worthington, que debía que- 



(1) Bsos meiiBiO^ los eDContrará el lector en la obra ya citada: A compUatíon of ihe 
meuoffei and papers of the preaidents, iM>r J. D. Rlchardson. 

(i) Véase, para darse cuenta exacta de lo espuesto por Barros Arana, la Interesante obra 
recientemente publicada por Carpenter, titulada: American adrancé. 



MONROB Y SU8 MBN8AJE8 PRB8IDBNCIALEH DK 1817 Á 1821 V)í 



dar ea este país en el carácter de cónsul general de los Es- 
tados Unidos». í*^ 

La conducta del gobierno norteamericano está pues, perfecta- 
mente esplicada. No entro á mayores detalles por no ser mi pro- 
pósito desarrollar el tema sino esponer simplemente, de aquellos 
antecedentes ya conocidos, lo muy indispensable para que se 
comprendan las consideraciones que hago fundadas en docu- 
mentos nuevos ó no muy analizados hasta la fecha. 

ArtiM 4t la cá- Fué asi que Monroe empezó, como se sabe, por 
man áe^rtpmf- enviar la comisión ya mencionada. Ésta, como 
laiiict de Norte A»é. ^^ j^^ ^.g^^^ y^¿ ¿ Buenos Aires el día 28 de fe- 
brero de 1818, é inmediatamente se puso en mo- 
vimiento, no escatimando el estudio de dato ú antecedente im- 
portante ó secundario, y enviándolo todo á su gobierno. 

Y, como el parlamento norteamericano creyera ya llegado el 
momento oportuno — cinco años después de la misión del sefior de 
Aguirre, que provocó el envío de la comisión norteamericana- 
de tratar públicamente tan importante cuestión, uno de los 
miembros de la cámara de representantes mocionó para que 
se pidieran al seftor Monroe, á la sazón nuevamente presidente 
de la república, todas las comunicaciones de lá referencia «que 
» tuviese de los ajentes de los Estados Unidos con los gobiernos 
»al Sur de los Estados Unidos, que han declarado su independen- 
*cia, y las comunicaciones de los ajentes de tales gobiernos en 
»los Estados Unidos, con el secretario de estado, que muestren 
>la condición política de esos gobiernos y el estado de guerra 
«entre ellos y la Espafta, en cuanto sea compatible con el inte- 
»rés público el que salgan á luz.» ^^^ 

El poder ejecutivo sin embargo, no envió, en ese momento, los 
informes de los sefiores comisionados Rodney, Graham y Bland 
y del señor don Joel R. Poinsett. Se limitó á la remisión de sola- 
mente aquellos que, «hace poco, decía, se han recibido y contie- 
»nen sus ideas sobre el estado actual de varios gobiernos erijí- 
»dos por la revolución en la América del Sud.» 

Esto decía el señor Adams, que también había vuelto á desem- 
peñar, por segunda vez, las funciones de secretario del señor 
Monroe; como una prueba de que en aquel país, siempre, y en 



(1) Hiatorüt Jeneral de CMle; por Diego Barron Arana, tomo II, p. 541. Este Worthlng- 
ton faé el que hlio el eonvenlo con Pneyrredon de que he hablado anteriormente, desco- 
nocido laego por Adams. 

(9) Gomo el ol^eto de este trabijo es el de dar & conocer documentos que no han sido 
del todo estudiados, por eso escalo entrar en el análisis de algunos hechos interesantes 
ya coaoeidoe y dUncidados, por más que forzosamente los roce en este libro. Al respecto 
puede Terse el tomo tercero, pecina 56, Historia de Bdgrano, por Bartolomé Ifitre y el 
tomo 7.*^ p^lna 409 de la Hittm-ia de la República Arjetitina por el doctor D. Vicente 
Fidel López. 



1Á2 ALBBitTO PALOMBQÜiS 



todos los momentos, se utilizan á los ciudadanos ya preparados 
por el conocimiento de los hombres y de las cosas. Sólo envió 
los documentos de las repúblicas que habían declarado m ifide- 
pendendüy circunstancia que se tuvo muy en cuenta cuando llegó 
el momento de oponerse decididamente á las pretensiones de la 
Santa Alianza. Sólo á esas protejería y ayudaría la doctrina 
norteamericana. Por eso, Montevideo quedó en poder monárqui- 
co, ese pedazo de tierra que tanta influencia ha tenido en la so- 
lución de los conflictos europeos de esta época. Y, en uso de un 
derecho indiscutible, el de la discreción política, de la cual, en 
el caso, únicamente «es juez el Poder Ejecutivo,» sólo enviaba 
aquellos documentos «en cuanto sea compatible,» decía, «con el 
interés público el que salgan á luz.» ^^^ 



(1) Bl estudio 6 estraeto que paso i haeer de esos doeomentos es nna novedad bistdri- 
ca, por m&s qae hayan sido citados por eminentes eseritores. No sé por qué hasia ahora 
no se han traducido, llamando la atención sobre su importancia. Los tomo de la obra 
AtmaU of ¿ft« Congreu of íhe üniUd StateM, edición de I8ft6, pAjina 8058 y siguientes, 17 
th Congregi, lr$t 3e$HóH, vol. í.<>, afio 18tt. 



capítulo Xil 



EL ÁJENTE NORTEAMEIIICANO PORKt, EN BUENOS AIRES 

r irttwaliéaá i% Jim M. F«rfeM.*-'liitlniMiMtt éñáMB fm Atftiit.— $■ tfMf«H- 
N.— Cmimím«í4ii <• FtrWt al Mlilttrt Ateait.— Etoilat tf Nhraátvit y terolt.— 
AMxiéii <• la Baatfa Ortaatal al rtlat M Brasil.— ■«arto M ulaitlra 4a Partii- 
fal.— Carraapaatfaaala tfa Farfcaa y m aadiaaaia aaa Rlva4avia. 



u ptnMMiMai 4t Ahora bien, entre esos documentos, simples 
^ cartas y datos, no aparece ninguno emanado de 
^ los miembros de la comisión ya mencionada. El 
sefior don Juan M . Forbes, que, á la muerto de 
Rodney, ministro de Norte América en la Arjen- 
tina, lo suplantaría, es el que se destaca en esos papeles. El se- 
fior Adams, en julio 5 de 1820, le comunicó al sefior Forbes que 
se le había nombrado cónsul en las provincias de Buenos Aires 
y de Chile, en reemplazo del sefior J. B. Prevost, si ésto estuviera 
ausento. 13 sefior Adams reconoce, en esa nota, que el comercio 
entre Estados Unidos y Buenos Aires «aunque no muy conside- 
rable, es digno de especial atonción.» Le encarga muy mucho 
toda información al respecto, como asimismo lo que se refiera al 
comercio de otras naciones, sin olvidar las relaciones políticas 
entre Estados Unidos y las provincias del Río de la Plata. «Pero, 
lo que muy especialmento le preocupa, es, el ejercicio del corso 
y los servicios que en los buques prestan los estranjeros. El se- 
fior Adams dá instrucciones estonsas sobre el particular, las que 
fueron cumplidas por el sefior Forbes, motivando la parto prin- 
cipal de la primera audiencia que celebró con el sefior Rivada- 
via y de donde surjió el decreto que la república dictara, en ese 
entonces, sobre la manera de ejercerse el corso. ^^^ Le encargaba 
encarecidamento «observara y i-eportora con toda esa vijilancia, 
discernimiento, penetración y fidelidad que poseía para con su 
propio país, los mavimienias de todos los partidos, pero que no se 
conñm<Uera entre los partidarios.» 

(Tomo era natural, no podía escapar á la penetración de 
Adams cuan necesario era estar al corriento de lo que Buenos 
Aires negociaba con Francia y Portugal. Allá se conocían esos 



(1) Decreto de feeh* 6 de octubre de IMI. 



134 ALBERTO PALOMEQUE 



movimientos, pues la comisión enviada ya habla dado datos que 
el sefior Adams no había creído prudente todavía comunicar á la 
cámara de representantes. A ellos se hace referencia en las ins- 
trucciones de Forbes, encargándole mucha perspicacia al res- 
pecto. Por eso, Adams le decía que «no en balde Rivadavia 
había estado dos ó tres afios en Inglaterra.» Norte América 
atribuía importancia al sueño fantástico de Rivadavia. Las 
frases que Adams empleaba, al indicar á su ájente comer- 
cial cómo debiera desempeñarse, son interesantes. Le decía: 
«Para acertar en los movimientos verdaderos de todos esos parti- 
dos, son indispensables una posición neutral, un corazón neutral, 
y un pensamiento observador. Al así recomendarlo á su atención, 
debo añadir la observación de que no ha de tomar como exacto 
lo que cualquier individuo le comunique, sin antes preguntarse 
á sí mismo cual es su interés ó su deseo, ... ni dar mayor crédi- 
to á las conjeturas sino el que resulte de las propias circunstan- 
cias que las rodeen.» 

Pero, como era natural, Adams no podía olvidar la cues- 
tión interna, la lucha del caudillaje con Buenos Aires, de todo 
lo cual estaba al corriente. Vislumbraba la influencia que 
la ocupación de la Banda Oriental iba á tener en las resolucio- 
nes de la Santa Alianza y de los gobiernos de Norte América é 
Inglaterra. Montevideo y el caudillaje serían la palanca que 
mantendrían el equilibrio entre aqueúas naciones. Nadie presu- 
miría que el caudillaje analfabeto estuviera contribuyendo, allá, 
en Europa, al desarrollo de grandes acontecimientos, hasta traer 
al Kío de la Plata la conquista lusitana. 

Por eso, Adams, dando al suceso toda la influencia que ten- 
dría, le decía á Forbes que sabía, por las últimas noticias re- 
cibidas, que «el gobierno, el congreso y la constitución de las 
provincias de La Plata habían desaparecido, quedando solo, de 
pié, la provincia de Buenos Aires, con don Manuel de Sarratea, 
de gobemadon que estaban en negociaciones con el general Ar- 
tigas, de la Banda Oriental, y con el general Ramírez, jefe de los 
montoneros. Deseamos saber lo que resulte de esas negociacio- 
nes y sus efectos sobre las relaciones de todo con los portugue- 
ses de Montevideo, está por verse.» 

conMieaoioiici de Y en Seguida el señor Forbes satisfacía la an- 
Forbcf «1 ntaMro siedad del soñor Adams, comunicándole (2 de 
¡f^^2í7*¿;: septiembre 1821) la total derrota de Ramírez 
cta. por las fuerzas de Santa Fé y Córdoba, á las ór- 

denes de don Francisco de Bedoya, en San Fran- 
cisco, en el Río Seco, el 10 de julio de 1821, noticia que «había 
sido agradablemente recibida en Buenos Aires el 21 del mismo 
nies.» A la vez tenía el gran placer de anunciar la nueva orga- 
nización del gobierno, que prometía, decía, gran solidez y ca- 



EL AJgNTE NORTEAMERICANO FORBB», BK BUENOS AIR B8 186 

rácter, y para cuyo cumplimiento se estaban tomando las más 
importantes reformas. Era así que hacia saber que acababan de 
organizarse los departamentos de gobierno y de hacienda, en 
18 de julio de 1821, bajo la dirección respectiva de hombres 
como don Bernardino Rivadavia y don Manuel José García. Con 
este motivo hacía el más cumplido elojio de ambos ciudadanos, 
diciendo que «estos dos caballeros poseen un gran acopio de la 
confianza pública; ambos han adquirido esperiencia en los ne- 
gocios públicos por su larga residencia en cortes estranjeras; y 
ambos parecen animados del celoso deseo de establecer orden 
en las varías ramas de la administración y economía en la ha- 
cienda pública.» Esta resefta de los dos personajes era el mejor 
capital cotizable en el seno del gobierno norteamericano. Sin 
duda, porque el señor Forbes lo sabía, era que se detenía ha- 
ciéndolo resaltar en el espíritu del ministro Adams. 

Y filosofando á su respecto, concluía por decirle: «En resumen, 
el momento actual parece ser la crisis de una lucha entre la vir- 
tud pública y la corrupción, entre el nacimiento impulsivo de 
la opinión pública creciendo en medio á la libertad de la prensa 
y á los debates del parlamento y la caída legal del virreinato, de 
la deletérea influencia del militarismo. Es una lucha en cuyo 
seno se encierra la libertad futura y el bienestar de esta pro- 
vincia. Quiera el Cielo influir en los esfuerzos futuros de la 
virtud y del patriotismo!» 



u Mcxi«ii de la Pero, como no podía prescindir del punto im- 
un&m Oriental al portautísimo para Norte América, cual era la 
mOTt/deTMtoMro í^wexión de la Banda Oriental al reino del Bra- 
tfe Portagai. sil, le comunicaba haberse producido el hecho y 

que Portugal había reconocido la independencia 
de las repúblicas sudamericanas. Y al relatarle la escena, 
cuaitdo el ministro de Portugal, don Juan Manuel de Figueiredo, 
entregó personalmente al gobierno la nota credencial en que 
reconocía la independencia^ y en la que, como es sabido, desarro- 
llaba la doctrina del hecho, ^^^ á que se había referido el seftor de 
Aguirre, que sería la misma que proclamarían Adamsy Canning, 
más tarde, decía el señor Forbes: «El gobierno recibió al sefior 
ngueiredo con gran cortesía y pasó en silencio lo del reconoci- 
miento con su camabida condidán*. Esto lo decía el señor Forbes 
porque el señor Figueiredo había dicho que tenía «la esperanza 
que estas provincias reconocerían á cualquier otro gobierno de 
hecho que fuera admitido y obedecido por el pueblo de alguna 
provincia vecina.» Con esto quería el señor Figueiredo signifi- 
carle al gobierno arjentino que él debía reconocer la indepen- 
dencia de la provincia oriental, anexada al Brasil. De ahí que. 



(1) Véase Tratiidoé de la República Arjenihia, tomo 1, páj. i. 



136 ALBERTO PALOMBQUE 



como decía el sefior Forbes, se diera la callada por respuesta. 
No convenía decir una palabra en ese sentido. El gobierno ar- 
jentino reservaba sus intenciones, como era natural. Por eso el 
dicho Forbes agregaba: «Todo el negocio de ambas partes ée 
me aparece demasiado teatral. El señor Figueiredo, un conspicuo 
cómico en la primera escena, se retiró repentinamente de toda com- 
binación política, y hasta de la vida! En la mafiana del 21 de 
agosto, estando aparentemente en sana salud, y mientras se pa- 
seaba en su salón, esperando el almuerzo, cayó instantáneamen- 
te muerto. ^^^ Por último daba á conocer el triunfo de San Mar- 



(1) Hé «qni la iutereMtnte nota del gobernador don Martin Rodrigues, que se encuentra 
en el libro copiador del ministerio de relaciones estertores, de fecha s de Julio de I8fl.— 
mee asi: 

Julio, 

Muchos meses hace que este gobierno observa detenidamente .la conducta del gobierno 
del Brasil, y en particular la del Jefe y tropas que ocupan la plasa de Montevideo y demás 
puntos de la Banda Oriental de este rio; y otros tantos que le tiene en la alarma que ya 
por repetidas veces ha manifestado á V. E. y á todas las provincias por medio de comu- 
nicaciones oficiales, y también por conducto de los representantes de ésta que existen en 
Córdoba para el congreso general. 

La alternativa de circunstancias desgraciadas en que se ha visto envuelta esta provincia, 
teniendo constantemente que luchar para asegurar apenas su existencia, contra la ignoran- 
cia, la ambición, ó los sentimientos de unos hombres que hacen consistir su mérito en 
atacar la autoridad pública, y que miran con indiferencia ó con placer los peligros ó el 
sacrificio de su país, si ea verdad que no han sido bastantes para retraer i este gobierno 
de mostrarse también celoso por los intereses de todos los pueblos hermanos del único 
modo que ha estado en sus arbitrios, le han impedido al menos sostenerlos con la digni- 
dad y la firmesa que ha deseado y que correspondía al tamafio del peligro á que loe ha 
considerado espuestos. 

Un estado sem^ante no ha podido ocultarse á la atención siempre alerta del gobierno 
del Brasil sobre nuestros estravios Interiores y sobre la dislocación general del país; 
pero él ha estado espiando además el momento en que á su salvo pudiera hacer reallsa- 
ble su antiguo proyecto de agrandar el imperio vacilante que domina, y ha ereido encon- 
trarlo precisamente en el presente estado que considera puesto en absoluto entredicho á 
éste con los demás pueblos, por la irrupción que en el intermedio sostienen los mayores 
partidarios del abatimiento de la patria; Justificando en esto mismo no solo su ftilta de 
dignidad, sino también su incapacidad de hacer realizable sus ideas en circunstancias 
menos favorables para su nación, ó no tan adversas para nuestros pueblos. 

No lo dude V. E.— En el día el gabinete del Brasil, según todos los indicios, ataca abier- 
tamente la Integridad del territorio. Sabe el gobierno por noticias reservadas y reservadí- 
simas que ha i>odÍdo recojer del Brasil y del mismo Montevideo, que ha empezado á 
plantificarse el plan, que d^ó dispuesto S. M. F. al retirarse para Europa, de agregar al 
territorio brasilense toda la Banda Oriental de este rio, adoptando para esto el simulado 
arbitrio de consultar, por medio de un congreso, formado de diputados de dentro y fuera 
de la plasa, la voluntad de aquellos habitantes sobre su dicha incorporación, ó sobre su 
independencia absoluta del gobierno de e*9tos pueblos y del dominio portngué?. Sabe 
también que la campafia de aquella banda se ha inundado de lO^ntes para predisponer 
el ánimo de los naturales en favor de las resoluciones de ese simulacro de representación 
que ha nacido y que se ha creado en el seno mismo del gabinete promotor, y que se 
fortifica á la sombra del ^ército vivo que sostiene y que refuerza en los puntos prin- 
cipales. 

Aún sabe más este gobierno. Creyendo el gabinete del Brasil que le será fácil encontrar 
en Buenos Aires quien imite una conducta tan contraria á la decencia pública, á la Justi- 
cia y á la buena fé, trata de avanzarse á dar el paso de proponer que reconocerá nuestra 



EL ÁJENTE NOBTBAMBRICAKO FORBB8, EN BUENOS AIBB8 137 

_ _■■ -- ~ ^----_ -^ 

tín ea Lima, del cual, decía, «en el momento en que escribo, una 
salva de artillería, y la más extravagante demostración de alegría 
recorre las calles, anunciando la toma de Lima por el ejército 
de San Martin. Si es cierto, ella pane d eeUo d la indqfendenda de 
Sud América.* 

u 4M M nñtiñ El sefior Forbes iba, de esta manera, sujestio- 



laMrfMpMtfai- tionando á Adams. Ño dejaba pasar ocasión 
^LujTTiljñT ^^^ elojiar las actitudes de Rivadavia. Y era 
ete cM Rivadavta. así, que, cou motivo de la prisión de don Fer- 
nando Calderón, por faltas en el desempeño 
de la guarda de los dineros públicos, decía: «La verdad es que 
siendo el sefior Rivadavia el padre del incipieiite sistema de 
orden y virtud, por su gran influencia ha venido á ser indispen- 
sable para el cumplimiento de las vistas acariciadas por la opi- 
nión pública. Si este sistema prevalece, el efecto inmediato será 
el de sobreponerse lo civil sobre la influencia militar.» 



independencia cuAlqniera que sea la forma de gobierno qoe tenga ó se establezca en el 
país, aea^o, y sin acaso con la única condición de que A sn res el pais reeonosca sus 
derechos al territorio oriental, alegando la re^lación espontanea de incorporarlo A 9U 
imperio, espresada por sns naturales y habitantes rennidos en congreso general. En con- 
secaenda, trata también de mandar ministros públicos para que residan cerca de e^te 
gobierno, oñneciendo admitir & la inmediación del suyo A los nuciros, y considerarlos 
con los mismos privllijios y distinciones que A los de las demAs naciones aliadas y non- 
trales. 

Con estos antecedentes, que A la verdad han sorprendido demasiado A este gobierno, sin 
embargo del convencimiento en que mucho tiempo hace que estA de la mala fé que pre- 
side A las operaciones de la corte vecina, instruyó A los representantee de la provincia, 
proponiéndoles los pasos que en su concepto debian darse en tan difícil coyuntura, para 
que cuando no pudiera desbaratarse al pronto y por las vías eonvenleates una combina- 
ción tan perniciosa A los intereses de todo el continente, al menos sirviera para enaellar 
al gabinete del Brasil que estos pueblos no solo reprobaban su conducta insidiosa, sino 
también que no perderían ocasión en resistirla hasta con las armas en la mano cumpliendo 
con sus votos de conservar íntegro él territorio, y con independencia de Bspafta y de 
todo otro poder estranjero. 

Con la anuencia, pues, y con el consentimiento de tan honorable representación, es que 
este gobierno pone en la noticia de V. 8. y en la de todas las provincias el estado en 
que se halla el país con respecto A la corte de Portugal: y es]¡>era con la plena conflansa 
que él inspira la identidad de intereses y sentimientos, que V. B. considerando la inmi- 
nencia del peligro que amenasa al territorio, la alta ofensa que se inilere al sistema gene- 
ral del país, y el lamentable término que van A tener los sacriflcios de los honrados 
orientales por la causa de su independencia, se comprometerA pública y solemnemente, 
como desde luego se compromete y lo declara este gobierno, A prot^er y auxiliar en 
todo tiempo cualquiera operación en que por todas las provincias se convengan para sos- 
tener hasta el último estremo la integridad de todo el territorio del estado y resistir las 
intenciones que manlílesta el Brasil por desmenbrarlo; en la firme persuación que eso 
gobierno ha de protestar contra ella tan luego que llegue A »u noticia del modo corres 
pondiente, y de que con esta misma fecha se invita A la formasión de un pacto ó conve 
nio igual A la república del Paraguay, al estado de Chile, y al gobierno de Costa Firme. 
Dioe guarde A V. S. muchos afios.— Buenos Aires, 8 de Julio de 1891.— Martín Bodríguex 
—Juan Manuel de Luca— A las grobemadoree de Córdoba— Ricja— Mendosa— San Luis— San 
Juan— TucumAn— Santiago— Catamarca— Salta— Jij^uy —Santa Fé. 



138 ALBERTO PALOMEQUE 



' El sefior Forbes tenía al corriente de todo al sefior Adams. En 
su correspondencia se encuentra relatado el acto del Te Deam 
con motivo del triunfo en Lima; descriptos rasgos interesantes, 
en el orden moral, de San Martin; espuestos los trabajos de con- 
solidación política; reflejados sus sentimientos personales de re- 
probación ante las venganzas ejercitadas en los cadáveres de 
Carrera y del caudillo Ramírez; anunciada la revolución de 
Mansilla en Entre Ríos; y detalladamente pintada su recepción 
por Rivadavia, celebrada el 17 de septiembre de 1821, y lo que 
en la audiencia trataron, especialmente aquello relativo á los 
corsarios. Con este motivo espresa la doctrina espuesta por Ri- 
vadavia, en ese momento, que luego, como se verá, se recorda- 
ría en el congreso de Estados Unidos, ^de que no creía bueno él 
procedimie^Uo de pedir el reconocemiento de la independencia á los 
países estraños, pues el niás eficaz sistema seria establecer orden y 
sabias instituciones de gobierno en las provincias y ellas mismas mos- 
trarse fuertes por su fraternidad con oti'os naciones] que él reconoci- 
miento voluntario^ bajo cualquier punto de vista^ decía, sería más 
benéfico que la protección que restdtaria de un compromiso de honor 
é interesado.^ ^'^ 



. (1) Al Udo de estos documentos referentes á U República Arjentlna, se encuentran otros, 
por el estilo, que dicen relación con Chile, emanados del sefior Prerost, dlriiidos i don 
Joaqnin de Echeverría; de O'Higgins, de Mr. Hogan, el acta de independencia del Perú, 
la wM del Sr. Brent, encargado de negocios de los Estados unidos en Madrid, al sefior 
Adams, etc., etc., todos ellos ilustrativos de la situación en que se hallaban las repáblicas 
del Plata* Chile, Méjico y Colombia, cuando por esos momentos aspiraban al reconoci- 
miento de la independencia; y, entre ellos, aparecían también, informes de la comisión de 
las cámaras espafiolas, en las que solo el diputado vizconde sefior Solano se dio cuenta 
dará de que Bspafia ya nada tenia que esperar de América, por lo que era atacado en pleno 
parlamento!! 



capítulo xhi 

LA DOCUMENTACIÓN DE FORBES EN EL PARLAMENTO NORTEAMERICANO 

DttIrliiA é% AfHlm MstonidA |»tr Adamt, tRot dttpvlt.— RtotiiNlmitiitt é$ It 
MtpNiMMoia por Mtiirtf.— taittiintoiito pti^ultr r«it|atf« tu la «ata tft rtpra- 
itiilaRtM*— Crlttrla 4% la oonltiéii da nataelat ••traa|arit.--OplRlén 4% Trim- 
Ma.— AlaoMién M tallar Paiaaall.— Valaoléa naaiiiial aa favK tfa la ladapaadaa- 
ala.— Vala «alaialar» tfal HRar Oaraatt, aa aaatra ia alia. 



ua^triMacAgai- pué^ con esa documentación á la vista, que 
?^,^ la cámara de representantes inició, en 1822, 
el segundo interesante debate á que vamos á 
asistir. í^^ 

Ahora bien, al enviarse dicha documentación á la casa de 
representantes, el señor Monroe creyó conveniente llamar la 
atención de ésta sobre la necesidad de reconocer la indepen- 
dencia sudamericana. Al leer el mensaje en que tal cosa se 
pedia, el señor ministro de España, don Joaquín de Anduaga, 
protestó; á lo que el señor Adams respondió, en nota fecha 6 
de abril de 1822, digna de rememorarse después de todo lo 
analizado y espuesto. Entonces, el señor Adams, en vista de 
esa protesto, recordaría que la sana doctrina era la que en 
1817 había sostenido, aunque inútilmente, el señor de Aguirre, 
cuando aquel le exijía exhibiera las pruebas de la justicia de la 
causa sudamericana; y la misma que en 1821, por así conve- 
nirle á sus intereses en la Banda Oriental, había proclamado 
el Portugal, por intermedio de su ministro Pigueiredo,,al reco- 
nocer la independencia arjentina. Ya veremos que los últi- 
mos en sostenerla fueron Norte América é Inglaterra. Merece 
recordarse el hecho, para honra y gloria de la diplomacia 
arjentina; doctrina que ésta puso en práctica, desde los orije- 
nes de su vida internacional, para con Chile, Perú y Solivia. 

Adams, después de recordar los vehementes deseos del 
gobierno por conservar y cultivar las más amistosas rela- 



(1) Ta en 4 de mayo de ISM una ley del congreso había destinado 100.000 pesoe para 
«tales mlstones i las naeiones independientes en el continente americano, como el presi- 
dente de los Estados Unidos lo creyera propio,» dice el menssje de Adams, de mano ift de 
1M6. (pecina S80 de la obra de Richandson sobre Menajes and pap¿r$ of pr«$idmt§). 



140 ALBBBTO PALOMBQUB 



dones con Espafia, le decía al sefior Anduaga, en lo que hacía 
relación con el tópico: «En toda cuestión relacionada con la 
independencia de una nación, dos principios se desenvuelven: 
uno de derecho^ y otro de hecho; el primero depende esclusiva- 
mente de la determinación de la propia nación, y el último 
resulta del éxito en la ejecución de esta determinación. Ibte 
derechi> ha sido recientemente ejercido, ya por la nación espa- 
ñola en Europa, como por varios de esos países en el hemis- 
ferio americano, durante las dos ó tres centurias de su vida 
como colonias de España» Después de sentar esta premisa, 
declaraba que Estados Unidos se habían abstenido, cuidadosa- 
mente, de tomar participación en lo que se refería al derecho 
que les concierne á las naciones para mantener ó para mera- 
mente organizar sus propias constituciones políticas, habiendo 
observado, en cualquier parte que hubiera una contienda ar- 
mada, la neutralidad más imparcial. Pero, la guerra entre 
España y Sud América ha cesado, le decía, muy en espe- 
cial en el Plata y en Chile, donde desde hace varios años no 
existe fuerza española alguna para disputar la independencia 
que los habitantes de esos países han declarado. Por consi- 
guiente, Estados Unidos han considerado como el cumplimiento 
de un deber del orden más elevado, el reconocimiento como 
estados independientes á naciones que, después de haber deli- 
beradamente afianzado su derecho á tal carácter, lo han man- 
tenido y establecido contra toda la resistencia que ha podido 
ó sido posible oponérseles.» Pero, manteniéndose todavía á la 
capa, como que aún no veía claro, sin duda, en el movimiento 
político que la Santa Alianza operaba en Europa, y mucho 
menos cuál fuera la actitud que observara Inglaterra, en pre- 
sencia de la negativa de ésta, como se verá^ á reconocer la 
independencia, el señor Adams, decía que «ese reconocimiento 
no tendía á invalidar cualquier derecho de España ni á afectar 
el empleo de cualquier medio que ella todavía estuviera dis- 
puesta ó habilitada para usar, con el objeto de reunir esas pro- 
vincias al resto de sus dominios. Se trata del simple reconocimiento 
de hechos existentes, teniendo en vista el establecimiento>regular, 
con naciones nuevamente formadas, de las relaciones políti- 
cas y comerciales que constituyen la obligación moral de 
países civilizados y cristianos para entenderse recíprocamente 
los unos con los otros.» 

Como se vé, en 1822, aún Monroe no sostenía su doctrina 
radical. Reconocía el derecho de España para atar á su trono, 
al de Femando Vil, á las repúblicas sudamericanas, si podía 
hacerlo. En esto no se mezclaba. América todavía no era 
para los americanos. Recién en 2 de diciembre de 1823 así 
lo declararía. Aún primaban las conveniencias, como para 
que se atreviera á tanto civismo internacional. 



bÓCUlllDMTAClÓM l'ORBkS BM BL ^AÜLAMÍBKTÓ NOllTlCAMBftlCAMO l4l 

._?-"**?,^'*'* **^ ^ Ahora bien, era toda aquella documentación 
' p • r j^ q^^ g^ había remitido á la cámara de repre- 



, ta ti 

■itf« «rffkto á ta sentantes para dilucidar el punto del reconoci- 
ciM át rtprMCirtaiH miento de la independencia sudamericana, cuyo 
tei. al Mftarte tot conocimiento ella se había abocado, de acuerdo 
^^ ijj^ "^ co« to que Monroe dyo áde Aguirre en su conferencia 

inicialj según lo ha espuesto el general Mitre. La 
casa de representantes había pedido esos documentos el 30 de 
enero de 1822, pero el ejecutívo recién los envió en marzo 8 del 
mismo, y, al adjuntarlos, se adelantaba, como se vé, proponien- 
do al congreso la medida del reconocimiento de la independen- 
cía sudamericana, por estar, decía: «en rigorosa consonancia 
con las leyes de las naciones, que es justa y equitativa con res- 
pecto á las partes, y que los Estados Unidos deben adoptarla 
por el lugar que ocupan en el mundo, por su carácter y por sus 
más elevados intereses. Si el congreso conviene en estas miras, 
tendrá sin duda muy presente la necesidad de hacer ciertos gas- 
tos para llevarla á ejecución.» 

Monroe, que era quien así hablaba, reconocía que era nece- 
sario, para esa medida, «la cooperación entre los dos departa- 
mentos de gobiemoy que se requiere por sus derechos y sus deberes 
respectivos.» Por eso se dirijía al congreso. No se atrevía á 
resolver por sí solo tan importante cuestión. No ponía en duda 
la intervención del congreso. La consideraba absolutamente 
necesaria, por requerirlo así «sus derechos y sus deberes res- 
pectivos.» Y el congreso tampoco creía que debía prescindir de 
tal intervención. De ahí que el ejecutivo se comunicara con 
ambas cámaras, — el senado y representantes,— enviándoles el 
mismo documento, en la misma fecha. Queria que cooperaran 
á la obra, ya madura por el esfuerzo de los propios sudamerica- 
nos, que ahora, de acuerdo con la opinión de Rivadavia, ma- 
nifestada al seftor Forbes, nada pedían á Norte América ante él 
factOj ahí elocuente, de pié, de su autonomía indiscutida é in- 
discutible. (^^ Él declaraba, ahora que conocía los hechos^ que 
«la lucha había tenido un éxito feliz tan decisivo de parte de 
las provincias, que merecía la consideración más profunda, no 
obstante que su derecho al rango de naciones independientes, 
con todos los privilejios anexos en su comunicación con los 
Estados Unidos, no está completo.» ^^^ En ese mensaje Monroe 
revelaba grandes consideraciones para con España, previendo 
la protesta que inmediatamente vendría, que colocó al ministro 
Adams, como ya se ha visto, en el caso de proclamar bien en 



(1) ÁnñáU of C<mffrt$$, pfJiíiM MS y 1S88. 

(1) Esto i»ámfo e0tá mal traduddo en los Tratadoi é§ la B^puhUea ArJéiUina, pAllni^ 
6. Han snprimido el adverbio «no>, Han dicho qae eitá completo, cuando aUi dice todo 
lo contrario. 



142 ALBKRTO PALOMEQUB 



alto la doctrina del factOy quehabiaalegado deAguirre en 1817 y 
que entonces aquel no había querido admitir como buena y prác- 
tica. Y el mismo Monroe, ahora que había obtenido todos los 
antecedentes sobre la justicia de la causa sudamericana , como lo 
había exijido, decía, en su mensaje; que «cada porción del país, 
según se iba consiguiendo su independencia, ha instado sucesi- 
vamente por su reconocimiento, apelando á los hechos que no 
pueden disputarse y que creían les fundaban su derecho.* Era la 
doctrina del hecha-derecho^ ya citada, la que, al fin, se proclama- 
ba, haciéndole decir al señor Monroe que «ese derecho á ser re- 
conocido por otros poderes no debía ser resistido.* 

El mensaje dio motivo á una cuestión previa, en la cámara 
de representantes, entre los señores Condict,Rhea, Jones, Wright, 
Taylor, Cannon, Nelson, Parelly y Chambers, sobre si debía pa- 
sar ó no á la comisión de negocios estranjeros y qué número de 
copias debiera hacerse de él para repartirse. Se resolvió que el 
asunto fuera á la dicha comisión y se imprimieran 5000 ejem- 
plares del mensaje y de los documentos citados. (^^ En cambio, 
en el senado, en la sesión del 13 de marzo de 1821, se resolvió 
que fueran 1500 los impresos para el «uso del senado.» w 

Bi tMtinicaio po- La actifud de Monroe era obligada. Ya los 
^n úí'nm^tuiMu ^^í™^s habían empezado á ajitarse. Querían 
tes icNorte América. Quc la cuostióu Saliera de la esfera esencial- 
mente diplomática, para entregarse á las co- 
rrientes populares. Ya no querían que se permaneciera en esa 
situación indecisa que tanto daño hacía al buen nombre del 
pueblo norteamericano. Ese sentimiento popular, reflejado en 
el propio mensaje^ ya había tenido, como se ha visto en pa- 
jinas anteriores, en 1818, su repercusión en la casa de repre- 
sentantes. Y ahora se insistía en él, siendo el señor represen- 
tante Nelson, diputado por Virjinia, quien mocionaba para 
que se reclamara del ejecutivo el envío de aquella documen- 
tación, en la sesión del 29 de enero de 1822. En la misma se 
leyó un mensaje de Monroe, en el que, al hablar de la dis- 
ci*eción y prudencia, de la que solo es juez el ejecutivo^ decía, 
á propósito de otros papeles y esplicaciones solicitadas: «que, 
era su deseo siempre comunicar al congreso, ó á cualquiera 
otra casa, todas las informaciones que posee relativas á algo 
que interesa á nuestra Unión, que pueda ser comunicado sin 
injuria á nuestros constituyentes. . . . con escepcián de negocia- 
ciones pendientes con poderes estraryeros. ^'^ Aquel mismo senti- 
miento era el que había espresado el señor representante Trim- 



(1) AumaXé of Congrui, pajinas 1S48 & 1246, 

(2) Atmalé of Cangréa; p^fna 299. 

(d; Annah of Congreu, pajinas 825 A 827, 



DOCUMBMTACIÓN^ rORBEA EN KL PARLA MENTO NOR TEAUIERICANO 143 

ble, cuando en la sesión del 31 de enero de 1822 abogó porque 
el gobierno de los Estados Unidos fuera autorizado y solici- 
tado para que reconociera la independencia de la república 
de Colombia como asimismo la de aquellas provincias es- 
pañolas en Sud América que tenían establecida y mantenían 
su independencia de España». ^'^ 

o crHcrfo 4e la Esto era el sentimiento popular. De manera 
cMiiiéa át Mc»- que Monroe no hizo más que reflejarlo en el 
ctot ttira^icrM 4c ^j^nsaje quc m&s tarde envió á la casa de re- 



tutcticii^Aaé- presentantes, donde tales mociones se presen- 
rica. taban, pidiéndole los antecedentes de toda la 

n^ociación. No hizo más que adelantarse á de- 
clarar lo que era un hecho indiscutible. Por eso^ cuando Ru- 
ssell presentó el informe de la comisión de negocios estrau- 
jeros, referente al dicho mensaje presidencial, no hizo más que 
consignar en él lo que la aspiración popular reclamaba con 
ahinco, como se reclamaría, á su hora, en Inglaterra, cuando 
el sentimiento tuviera una puerta de escape. 

Sometido el asunto á la casa de representantes, ésta se preo-* 
cupo, en lo fundamental, de examinar «el derecho j the ex- 
pediency, por parte de los Estados Unidos para reconocer la 
independencia que esas naciones han conquistado efectiva- 
mente». «En este examen», decía, «no es necesario inquirir el 
derecho del pueblo de la América española para disolver los 
vínculos políticos que lo han unido con otra y para asumir^ 
entre las potencias del mundo, esa separada é igual posición 
á que le dan justo título las leyes de la naturaleza y de la 
naturaleza de Dios. El derecho para cambiar las institucio- 
nes políticas del estado, indudablemente ha sido ejercido 
igualmente por España y sus colonias.... El derecho polí- 
tico de esta nación para reconocer su independencia, sin ofen- 
der á las otras, no depende de su justicia, sino de su actual po- 
sición. Para justificar tal reconocimiento, por parte nuestra, 
basta demostrar solamente, como está suficientemente demos- 
trado, que el pueblo de la América española, es, con sus res- 
pectivos límites, esclusivamente soberano; y, por lo tanto, de 
hecho independiente. . . . Ahora bien, cuál sea él soberano de de- 
recho de un pais, no es una investigación permitida á las na- 
ciones estrañas, á las cuales sólo compete tratar con los 
poderes que existen» (the potcers that he). 

Y la comisión, después de abundar en otras .observacio- 
nes tendientes á demostrar su respeto y consideración por 
España, y declarar que Norte América no aspiraba á esten- 



(S) AmuíU of C<mffré$9, pájiíut 864. 



144 ALBBltTO PALOMfiQUfi 



der sus límites en perjuicio de otros paises, concluyó por acon- 
sejar que se resolviera: 

«Que la casa de representantes concuerda en la opinión es- 
presada por el presidente en su menscye de 8 de marzo de 1822, que 
las provincias americanas de España que han declarado su in- 
dep^idencia, y están en el goce de ella, deben ser reconoci- 
das por los Estados Unidos como naciones independientes». (*^ 

opiaite dd sdor ggta resolución fué sostenida por el miembro 
TrifliMc. informante, señor Russell, acompañado del re- 

presentante Trimble, quien, recordó, al comenzar su discurso, 
haber presentado, algunas semanas antes, un proyecto para 
que el presidente reconociera la independencia de los gobier- 
nos sudamericanos. El señor Trímble desarrolló, estensamente, 
el tema, demostrando que el sentimiento del pueblo norteame- 
ricano era favorable al del sudamericano; llegando á sostener 
que «las naciones de América, obrando como deben, debieran 
honrarse estableciendo tres nuevos sistemas: un sistema de go- 
bierno libre, un sistema de comercio libre y un sistema de ho- 
nesta y franca diplomacia. Que, en justicia, y para si mismas, 
debían, en obsequio á la propia reputación de las repúblicas, 
abjurar toda diplomacia chicanera {diplomacy chicanery and 
ireacherous overreachings): que cada nación debía desarrollarse 
con su propio poder en beneficio de todos, y que nadie debía 
ser tan osado como para fortalecerse ó enriquecerse á sí mismo 
á espensas de otro: «que todas las ventajas obtenidas con falaces 
protestos ó engañosos rodeos han de concluir en celos, en dis- 
cordias y destrucción.» ^*> 

Estas palabras proféticas del señor Trímble no debieran olvi- 
darse por Norte América, pues el tiempo las hace más hermo- 
sas y más reales. 

AtooicMa dd te- Después de esas dos peroraciones, hizo uso de 
■«cMflMtt, uUgMo la palabra el señor representante Poinsett, ínti- 
MM^taT^taetei ^^ amigo de Carrera, w Declaró que había per- 
uaidat M sod. manccido macho tiempo en los países sudame- 
ricanos, por lo que estaba íntimamente al cabo 
de las causas y carácter de la revolución que habían emprendi- 
do, por lo que podía hablar con todo conocimiento. Fué así 
que espuso la materia, de una manera concluyente. Hizo resal- 
tar la justicia de la revolución, haciendo una narración anima- 
da de los sufrimientos morales y materiales del pueblo sudame- 



(1) AmuUi of Conifreé$, pajinas 1819 y 18S0. 
(>) AtmaU of Congrets, pajina 1887. 

(8) Ta se ha visto anteriormente como este fteñor, .!Ónsal en Chile, á\ó un informe, en 
1818, sobre la actuación de las repúblicas sudamericanas. 



DOCUMBNTACIÓN rORBBS BK BL PABLAMBWTO XORfgAMBBICANO 146 

ricano, para afirmar que el movimiento no partía de una mera 
cuestión de derecho abstracto sino de su suñimiento actual, de 
causas radicales y ciertas, que habrían producido inevitable- 
mente la revolución aún sin la crisis violenta á que estuvo es- 
puesta la madre patria, la que sólo aceleró ese acontecimiento, 
porque ella estaba escondida en su gobierno, en su administra- 
ción de justicia, en su agricultura, en su comercio y en sus 
aspiraciones á la felicidad. Hizo desfilar la autoridad malsana 
del virrey, el estado de la campaña, desolada, y á sus habitan- 
tes destituidos del confort ordinario de la sociedad civilizada. 
Práctica é intelijentemente desarrolló el tema de nuestra apa- 
rente incapacidad para curar las heridas de la libertad, que nos 
hacían imposibles para el gobierno propio, en presencia de las 
disensiones civiles que nos hablan azotado, comparándola con 
la revolución norteamericana. Al hacer, decía, esta comparación 
entre los dos pueblos, nunca debe olvidarse que nuestras insti- 
tuciones civiles y políticas, nuestros hábitos, nuestras costum- 
bres, nuestras leyes, nuestro derecho de propiedad, escasamente 
sufrieron alteración alguna al pasar del estado de colonia al de 
la independencia. Los principios de gobierno libre ya habían 
echado raíces en este pueblo norteamericano al producirse 
nuestra revolución; y si ellos han crecido con nuestro creci- 
miento y fortalecídose con nuestra fortaleza, es perfectamente 
entendido que ya eran algo de nuestro organismo.» Nada de 
ésto, recordaba el orador, era conocido por los sudamericanos. 
Todo tuvieron que hacerlo para salir de la ignorancia en que 
vivían. La ignorancia y la superstición, decía, fueron los pode- 
rosos medios empleados para conservarlos esclavos. 

Estenso fué el desarrollo que dio á estas premisas, con cuyo 
motivo recordaba la frase de Humboldt, cuando sostenía que el 
poder político de una nación dependía esclusivamente de la es- 
tensión del territorio y del número de sus habitantes. T concluía 
por demostrar que Espafta no tenía derecho á ofenderse: que 
Norte América había respetado sus derechos: que mientras Es- 
paña había hecho un esfuerzo para recobrar el dominio sobre 
sus colonias, Estados Unidos se habían abstenido de reconocer 
su independencia. Pero, ahora, cuando toda oposición había ce- 
sado por parte de Espafia; ahora que esos países estaban libres 
de las conmociones intestinas que los dividieron en facciones, 
que hacía difícil distinguir cual fuera el gobierno lejítimo, seria 
injusto no hacerlo. 



10 



146 ALBERTO PALOMHQUB 



u votecite MBi- A esta esposición concleuzuda siguieron los 
■•I en favor de la discursos de los sofiores Rhea, Nelson, Tucker, 
¡Sr!l£tor/iki Russell, Wood y Wright, con lo cual se dio por 
■dorOtfMtiM coa- terminado el debate, pasándose, en seguida, á to- 
tni de ella. mar la votación nominal. El resultado fué el de 

167 votos por la afirmativa y uno por la negativa. 
El de la negativa fué el señor Gamett ^^l Por eso en los anales 
de la casa de representantes se creyó del caso hacer resaltar 
este hecho significativo, poniendo en berlina, diré asi, al sefior 
Garnett. El secretario consideró de su deber, y la cámara así lo 
aprobó, llamar la atención, en el acta, sobre la votación, diciendo: 
*So (he ñrst resolve poseed unanimously, with the excepHon. of a single 
vote.^ Y el señor Garnett, cuyo nombre no conviene pase desa- 
percibido en las pajinas de la historia sudamericana, porque en 
su discurso reflejó lo que habían pensado, hasta ese momento, 
hombres como Monroe y Adams, lo que le hacía decir, como va 



(1) Hé aqai los nombres de los votantes: 

Afirmativa,— "kíeKn, Alexander, AUen of Massachusetts, Alien of Tenneseee, Areher, 
Baldwin, Ball, Barber ot Connectícut, Barber of Ohio, Bassett, BayUes. Bayly, Bigelow, 
Blaekledge, Blaír, Borland, Breckenrid^. Brown. Bnchanan, Borrows, Barton, Bnüer, 
Gambreleng, Gamphell of New Tork, Camphell of Oblo, Cannon, Cassedy, Chambers, 
Cocke, Colden, Condlct, Conkling, Gonner, Cook, Craits, Cashman, Cutbbert, Dañe, Dar- 
lington, Denison, Dicklnson, Durfee, Dwlgbt, Eddy. Bdwards of Connectícut, Bdwards 
of Pennsylvanla.Edwards of North Carolina, Eustifl, Farrelly. Findlay, Foller, Oebbard, 
Oilmer, Olst, Oross, Hall, Harvey. Hawk<<, HempblU, Hendrieks, Herrlek, HUÍ, Hobart, 
Holcombe, Hook9, Jackson, F. Johnson, J. T. Johnson, J. S. Jobnston, Jones of Tennes- 
see, Kent, Keyes, Klrkland, Lathrop, Lettwic Lincoln, Litchíléld, Llttle, Long, Lowndes, 
Me Garty, Me Coy, Me DufAe, Me Lanne, Me NeiU, Me Sherry, Mallary, Matlack, Mateon, 
Mattoeks, Mereer, Metcalfe Mllnor, Mitehell of Pennsylvania, Moore of Pensi Irania, 
Moore of Viijinia, Moore of Alabama, Morgan, Murray, Neale, Nelson of Massachusetts, 
Nelson of Viijinia, Newton. New, Overstreet, Patterson of New Tork, Patterson of Penn- 
sylvania, Phillips, Piernón, Pitcher, Plamer of New Hampshire, Plamer of Pennsylva- 
nia, Poinsett, Rankin, Reed of Massachusetts, Reid of Georgia, Rhea, Rieh, Rogers, Ross, 
Rnggles, Rnss, Russell, Sanders, Sawyer, Seott, Sergeant, Sloan, S. Smith, Arthur Smith! 
W. Smith, Alexander Smith, J. S. Smith, Spencer, Sterling of Connectícut, Sterling of 
New Tork, Stevenson, Stewart, Stoddard, Swan, Tatnall, Taylor, Thompson, Tod, Tomlin 
son, Tracy, Trlmble, Tucker of South Carolina, Tucker of Virjinla. üpham. Vanee, Van 
Rensselaer, Van Wyck: Walker, Walworth, Warfleld, Whipple, White, Whitmau, WilUams 
of North Carolina, Williams of Virjinia, Williamson, Wilson, Wood, Woodcock, Wood- 
son, Worman, and Wright.— y«^a¿iua,— Mr. Garnett.— (Sesión »8 de Marzo de 18tt). 

De acuerdo con esta resolución se votaron cien mil puot para los gastos de las misiones 
á Sud América. En el Senado, en la sesión del W de abril de 18S2, quiso la comisión 
aomentarloe á 110.000 pesos, pero no se aceptó, rechai&ndose, además, una moción de Smith 
(senador por Carolina del Sur) espresando que cuingón dinero se tocaría con este ol^eto 
del tesoro mientras el presidente no estuviera completamente satisfecho de que tales mi- 
(«lones no interrumpirían las relaciones amistosas de los Estados Unidos.» Este triunfo se 
venia persiguiendo de tiempo atrás. En 18S0 se había mocionado para que se asignaran 
80.000 pesos á un ministro. En 1621 se aprovechaba el momento de la disensión del pre- 
supuesto y se trataba de Incluir la partida, pero el pensamiento era vencido. T ese mismo 
afio se volvía al debate haciendo una moción de felicitación al presidente por sus nuevas 
relaciones con las Provincias Unidas, con lo cual se triunfaba, preparándose así el terreno 
para 18», en que, como se ha visto, se obtuvo la victoria definitiva! 



DOCUMENTACIÓN FORBBS BN BL PARLAMBNTO NORTBAMBRICANO 147 



á verse, que «su voto serla singular, pero no su opinión», sintió 
el dardo que le dirijia la casa de representantes, por lo que 
creyó conveniente, en la próxima sesión, esplicar la razón de su 
conducta. Otro tanto conviene decir del detalle curioso de verse 
algunos miembros de la casa, aunque ausentes, incluidos entre 
los votantes, respondiendo asi á una práctica reglamentaria; los 
que, en la sesión siguiente, dejaron constancia, sin embargo, de 
que adherían á lo resuelto. ^^^ 

Merece decirse algo sobre el voto del sefior Q^amett, porque 
las consideraciones espuestas tenían su importancia, mucho 
más ante la cita que hizo de Rivadavia para abonar su actitud 
política. Al abrirse la sesión, el sefior Garnett hizo una moción, 
esponiendo que su desgracia habla sido no sólo la de diferir con 
sus colegas sino con toda la casa: que en el hecho habla algo 
que le causaba sentimiento: que la resolución del reconocimien- 
to necesariamente se anunciarla al mundo entero y su voto serla, 
con toda seguridad, mal interpretado por el público, el cual 
creerla que él no era amigo de la independencia de América: 
que no quería pudiera suponerse hubiera un lejislador america- 
no, en el siglo 19, enemigo de la libertad civil y de los derechos 
del hombre, do quiera fuera: que él era partidario del triunfo de 
los americanos, pero que habla votado de aquella manera por 
razones de un orden político, que desearía fueran conocidas, y 
consignadas en el diario de la casa, «el único recuerdo permanen- 
te y auténtico.» Con ese motivo mocionó para que se incluyera 
en el diario de sesiones una declaración personal. En ella soste- 
nía, no quizá sin fundamento, la innecesidad del tal reconoci- 
miento, ya porque no tenia efecto y era inútil^ ó ya porque sólo 
aprovechaba á una de las partes: que esto último era contrario 
á la neutralidad: que la cuestión era política más que de princi- 
pios: que habla pasado el periodo en que el reconocimiento pudo 
9er de beneficio eubstancialy desde que la independencia ya estaba fir- 
memente establecida: ^'^ que debía tenerse en cuenta que habla 
materias de diferencia con Francia, Rusia é Inglaterra: que la 
situación comercial de Norte América podria tornarse perjudi- 
cial, desde que Sud América no era mercado para ella: t, por 

ÚLTIMO, QUE MEJOB SERÍA ADHERIR Á LOS SABIOS CONSEJOS MA- 
NIFESTADOS EN EL IDIOMA DE UNO DE SUS MÁS DISTINGUIDOS PA- 
TRIOTAS, Rivadavia, que había declarado que las provincias 

NO DEBIERAN BUSCAR EL RECONOCIMIENTO DE OTROS PAÍSES SINO 



(1) Obra citada, pajina 1404.— Esos señores eran: Eastls, Taylor, Ooeke, Reíd, Diekln 

son, Ifatlack, Mac Daffle, New, Seott, Eddy y Reed. 
(9) Monroe, más tarde, ee encargaría de confirmar lo que Garnett decía aqm: 
«Estos nuevos estados han concluido completamente su Independencia anUét dé mt reeo- 

nocidoé yw lo§ E$i€tdo» Unidos y desde entonces la han mantenido con poco estrafio apre 

svramlento» (Mes$aj€$ and papgn of PreHdmUe». ^. MO, tomo >.<».— Mensaje de Monroe de 

7 de Diciembre de 18S4). 



148 AUIBBTO PALOMBQUl} 



ESTABLECER ORDEN Y SABIA8 INSTITUCIONES DE GOBIERNO Y MOS- 
TRARSE ELLAS MISMAS FUERTES POR LA CONFRATERNIDAD CON 
OTRAS NACIONES, CUANDO VOLUNTARIAMENTE QUISIERA OFRECER- 
SE: que nosotros, concluía diciendo el señor Gamett, debemos 
continuar absteniéndonos de ofrecer esa fraternidad, hasta que 
los elementos de su sociedad política, purificadosMe los críme- 
nes y corrupción enjendrados por la primitiva opresión, hayan 
entrado por el orden y demostrado suficientemente su capacidad 
para el gobierno propio». 

Esta declaración no tuvo entrada en el diario[de la casa, pues 
fué rechazada por 121 votos contra 49; ^^^ pero,"^ más tarde, el 
mismo sefior Garnett, con una entereza de ánimo y gran acopio 
de argumentos, al discutir lo relativo á los gastos de la misión 
á enviarse á Sud América, insistió, de una manera que lo enal- 
tecía, sobre el voto dado, diciendo que ni le asustaban las mino- 
rías ni le enorgullecían las mayorías. Un hombre, esclamaba, 
que tiene miedo de estar en la minoría, no está hecho para le- 
jislador, como un hombre que se asusta del fuego no sii*ve para 
soldado. T agregaba: se me censura por mi singularidad, cuando 
es sabido que mi singularidad estuvo en mi voto más no en mi 
opinión. (') Con esto quería decir que muchos opinaban como él. 

Seguramente que había mucho de verdad en lo que afirmaba 
el sefior Garnett, de cuyo discurso solo anoto una parte, la más 
pertinente al punto en cuestión. Quizá la verdadera doctrina 
consistiría, como él lo sostenía, fundado en la consecuencia que 
sacaba de la espuesta por Rivadavia al sefior Forbes, tomada 
probablemente de Franklin, en su época, que a^í lo sostuvo, de 
que no había para que dictar una resolución especial de reco- 
nocimiento; bastando con las relaciones político-comerciales que 
de hecho se entablaran. En todo caM, el reconocimiento debie- 
ra venir directamente de la metrópoli, como hizo Inglaterra 
con Norte América. Pero, si esto era exacto, el sefior Garnett 
olvidaba que en el caso haUa una cuestión política, que él mis- 
mo recordaba, en la que estaba comprometida Inglaterra, que 
hasta entonces no había querido reconocer la independencia 
sudamericana. Esa sería la que influiría, trayendo á la escena 
las personalidades de Canning, Wellington y Jorge IV, para 
aparecer, muy luego, la tan preconizada doctrina de Monroe, 
como va á verse en este lijero bosquejo diplomático del recono- 
cimiento de la independencia sudamericana. 

Gomo se vé, la doctrina arjentina de 1817, sostenida por el 
sefior don Manuel Hermenejildo de Aguirre, había triunfado en 
el el espíritu de Monroe y de Adams. Otro tanto sucedería en 
el de Canning, en el de Joi^e IV y en el parlamento inglés. 



(1) Áfmaié of (hugrea, p4Jlnft lüi. 

(%) AmwU of Oongrmi, pajinas 1318 á 1596. 



CAPÍTULO XiV 

TRIUNFO DE U IDEA MADRE— INOUTERIIA Y NORTE AütRICÁ 

U Stnta AlltiíA •■ teoldi.— titiiacKii tfttp«ia4a tft N»rto AMlriot.— AooU» llbr« át 
iRf latorra m ti Rio é% It Plata.— FiMt it la taita Allaaia.— Aatitutf háMI tfa la^ 
flatamu— Espíritu llbaral ta Italia y EanH*-— L^ ^^uta Allaaia la ttftea.— Las 
4aa otiatts M víala y naava aiaaia.— Gritarla tfa Inflatarra ta^ al aaraaM áa 
iatarvaaelte.— Irraaalaalaaaa tfa laf latarra.— SalcMia tfa Castiaraaali I iatarvaa- 
alia tfa Cahalaf.— Caaiitlaaadat lia Inflatarra y aambraaiiaata 4a aanaalat.— Dat- 
praola da Eapaia y raapaatta da Caaalag.— Jaffaraaa, Maaraa y Adama.— Maaaa|a 
da Maaraa da 3 da Dlalaaibra da 1828.— ladaeltlanat da laflatarra.— Raaaaaal- 
mlaata parla6raa Bratalia.— Jalóla da Rarmlanto.— La pMkrt á% k%uln% da 1817 
y la do 8ariiioata aiat paotarlarao.— Dalar do Mualat da Jarfo IV y la ladlf aa- 
oída dal oaaoillar EIdan. 



u smho Aiiaata M^^^^ He llegado al final de una parte del traba- 
so aedta. jo que me impuse, tendiente á demostrar cómo 

se había elaborado el proceso del reconocimiento 
de la independencia sudamericana por Estados Unidos. Este era 
un vacío que se notaba en las pajinas de nuestra historia. Falta- 
ba el estudio y análisis de esos antecedentes. Lo demás, ya ha 
sido brillantemente narrado por escritores nacionales y chilenos, 
haciéndose destacar las personalidades de Rush y Canning en el 
cuadro de los últimos sucesos, cuando la Santa Alianza creyó po- 
sible recolonizar Sud América bajo los auspicios de los reyes de 
oríjen divino. Sin embargo, no quedaría completo el cuadro si 
no lo cerrara dando á conocer cómo, después de tanto obstruc- 
cionismo, por parte de Inglaterra y Norte América, ellas auna- 
ron, al fin, sus esfuerzos, para contener los avances de la Santa 
Alianza, no por amor y justicia, que no hay para que invocar 
en las relaciones internacionales, sino por razones de un orden 
político y comercial. 

La Santa Alianza acababa de decir, en su despacho circular 



(1) Para major llostraeióii pueden vene las obras de Lopes, Mitre y Barros Arana. En 
euanto & eote último ha de leerse, en eepeeial, relatlyamente á la actltod del ministro nor- 
teamerleano Rnsh y del gobierno ingl^, la pinina 568 del tomo IS, lo mismo que el capí- 
tulo XX del tomo 14 de su mencionada obra. Es notable él estudio del doctor don Roque 
Saens Pella sobre la doctrina de Monroe, publicado en el tomo IV, p^. 8S9, tomo V, páj. 
44, y tomo VI, pái, fi&, de La BibiMeea; y muy Interesante el trabajo del doctor Cañé (La 
Büdiateca^ tamo» 4 y 6} referente á los documentos diplómateos hallados en el mlnlsterto de 
relaciones esteríores de Frauda, que ponen de rellere los muchos errores en que á «*e res- 
pecto se ha incuTldo. De estos documentos me ocupo en el tomo II. 



16o ALBBttTO PALoMBQUtt 



de Leybach, de doce de mayo de 1821, por intermedio del céle- 
bre Mettemich: «los cambios útiles ó necesarios en la lejislación 
y administración de los estados no deben emanar sino de la vo- 
luntad libre, del impulso reflexivo é ilustrado de aquellos á quie- 
nes Dios ha hecho responsables del poder. Todo lo que sale de esta 
linea conduce necesariamente al desorden, al derrumbe, á ma- 
les mucho más insoportables que los que se pretenden curar. 
Penetrados de esta verdad eterna los soberanos no han trepida- 
do en proclamarla con franqueza y enerjía; han declarado que 
al respetar los derechos y la independencia de todo poder lejiti- 
mo consideraban como legalmente nulo y condenado por los 
principios que constituyen el derecho público de la Europa toda 
pretendida reforma operada por la revuelta y la fuerza abierta.^ ^*' 



(1) Faé aai que el rey Femando hizo derramftr la sangre de Rtego, porque había impe- 
dido, con su moTlmiento polftíeo, la espedición de Cádis, en la qne tanta participación 
tavo don Andrés Argnihel, como se ve de documentos sigoientes: 

«El acierto político con que V. se ha conducido en el gran proyecto de parausar la 
salida de la espedición espafiola que á fines de 1819 hubo de dlrijirse á este punto, y los 
demás servicios que anteriormente había V. rendido á la causa general de esta América, 
movieron Justamente el interés con qne el gobierno de Buenos Aires ha mirado siem- 
pre su persona; y en consecuencia elevó & la consideración de la honorable representación 
de la provincia todas aquellas circunstancias en el grado que merecían, pidiendo resolu- 
ción en orden á si debía continuar en el cargo de ájente privado de este gobierno y hasta 
qué fecha se le haría el abono, en caso contrario, de los sueldos que han vencido sobre 
aquel supuesto, respecto A no haber entrado V. en la orden general que espidió el ex-go- 
bemador Sarratea para el cese de los comisionados que se sostenían en la corte de Francia 
y Rio Janeiro. 

Convencida la honorable Junta, como lo está el gobierno, de la importancia de los servicios 
que V. ha prestado, y de las ventiO^s que debe reportar el país teniendo A la distancia 
americanos fieles que imiten sus intereses y promuevan el sagrado de sus derechos con la 
eficacia qne V. ha acreditado, llena por otra parte de toda la gratitud y reconocimiento 
que le inspiran estas circunstancias; ha tenido á bien acordar la continuación de V. en el 
desempefto de dicha comisión, y que se le abonen los sueldos que tenga devengados. 

Sobre este concepto y queriendo aprovechar la pronta salida de don TomAs Lesica que 
se ha oflrecido A conducir esta comunicación, remite A V. el gobierno, con el mismo, la can- 
tidad de tre9 mil pesos por cuenta de sus sueldos vencidos, y me ha prevenido le asegure 
A V. A su nombre, que en adelante, y A pesar de lo recargado que se halla el erario de 
esta provincia, procurarA atenderle con toda la preferencia A que den lugar los estraordina- 
rios sucesos en que nos vemos envueltos por desgracia. PersuAdase V. de los sentimien- 
tos de mi gobierno en honor de su persona y servicios, como de que en oportunidad serAn 
transmitidos A sus conciudadanos para que obtenga el distinguido aprecio de que son tan 
dignos. Dios guarde A V. muchos afios. Buenos Aires, abril 7 de I9i»i.—Jwtn Mannd de 
Lúea. (*) 

Señor don Andrés Argibel, ájente privado del gobierno de Buenos Aires cerca de la corte 
de Espafia. 

Buenos Aires, lo de octubre de 18Sl.— El gobierno de la provincia ha espedido en la 
fecha que se espresa, el decreto siguiente: 

«Buenos Aires, 15 de septiembre de 1891.— Teniendo este gobierno en consideración la ne- 
cesidad de disminuir en lo posible las erogaciones del erario público, muy particularmente 
aquellos que se emplean en objetos qne no pueden ser de una utilidad reconocida, como 
por <^emplo las que se hacen en sostener un %)ente privado en Espafia, en circunstancias 



(*) Véase péjina 1008, noU, tomo III La Revolución Arjmtina, por Vicente F. Lopes. 



TftlUKyp DB LA IDIBA MADRE l6l 

A eso contestó Norte América, en 1822, reconociendo la inde- 

{)endencia sudamericana. España había protestado y seguía ade- 
ante su querella con las Provincias Unidas, olvidando, por com- 
pleto, el consejo que se le había dado de que procediera por si 
misma al reconocimiento de la independencia; para lo cual en- 
vió, inútilmente, la comisión compuesta de los sefiores Robla y 
Pereira, en aquel mismo afto 21 en que se daba á luz la circular 
deLeybach. (»J 

siiMciéa despea- Como la situacióu de Norte América, en 1822, 
da át wofte Aaérif q^q, despejada, ya con respecto á Espafia, que 
H» •fmrtar !• ].. j^ Y^^y^i^ ^^¿j¿^ j^g j)^g Floridas; ya con rela- 
ción á Francia, de quien había obtenido la Lui- 
siana; ya con referencia á Inglaterra, con quien había em- 
pezado á estrechar vínculos aflojados; ella estaba, pues, en 
condiciones de abandonar su obstruccionismo é irse rectamente 
al punto que entonces le convenía. Fué así que comenzó á 
preocuparse de la actitud de la Santa Alianza, que amenazaba 
con recolonizar la Sud América bajo los buenos oficios de Fran- 



qoe la marcha tanto de aquella nación, como de e^te grobierno, se hace patente en todos ñun 
respectos interiores y estertores, ha resuelto que de^e e.«ta fecha cese en la comisión re. 
servada que ha obtenido el ciudadano don Andrés Argibel en la corte de Espafia con el 
sueldo de tres mil pesos anuales. Transcribasele esta resolución y pásese noticia al minia 
terio de hacienda para los efectos consiguientes.— Martín RodrIoukk. —B^mard/no Riva- 
davia.» 

Bl gobierno al paso que no ha podido escusarse de una resolución, que, como otras mu- 
chas del mismo orden, reclaman el estado apurado á que pe ve reducida la provincia des 
pues de una guerra dilatada, y de otros motivos interiores que no pueden ocultarse á la 
penetración del ciudadano Argibel, no le es licito tampoco desconocer los relevantes méri 
tos y servicios que ha practicado en fltvor de la independencia de su pain. En su conse- 
cuencia, me ha prevenido lo haga al ciudadano Argibel d^que tendrá siempre presentes 
unas circunstancias que recomiendan tanto »u pericona, admitiendo entretanto las más es- 
presivas gracias en su nombre y en el de sus compatriotas. 

El ministro de relaciones estertores y de gobierno al transcribir este decreto y los sentí- 
mientoa de la autoridad respecto del ciudadano don Andrés Argibel, aprovecha la oca- 
sión .—¿«maril/NO Riwkdavia. 

Al ciudadano don Andrés Argibel. 

Cuando regresó Argibel, se le saludó asi, por la prensa: 

En vano allá tras el tendido Océano 
LciJos tus ojos el nacer luminoso 
De la patria no vieron: lo supiste; 

Y en tu corazón americano, 

Y á la patria lo diste Jeneroso 

Casi á los pies del trono osado hiciste 
¡Argibel! á tu país tales sanción 
Que te hacen el honor de los patricios. 
Entra á tu patria: la amistad te espera, 
Hallen su galardón tos sacrificios 

Y el goso dé tu p§^o nunca muera. 

(Gaceta Mercantil, 80 de noviembre de iaS6.) 
(i; Véase iTHuñfo9l por Alberto Palomeqne. 



l62 ÁLBBltTO ^ALOMlfiQUlfi 



cia, que daría todos los elementos para el caso; mientras Rusia 
suministraría nuevos barcos, indudablemente inservibles, á su 
aliada España, para que algunos de ellos, fueran á caer, como 
en 1819, en poder de Chile. 

Norte América estaba prepotente. No sentía ninguna nece- 
sidad moral, salvo la de la fuerza espansiva, que la condu- 
ciría á ensanchar sus horizontes sensibles. Era tan desemba- 
razada su situación financiera, lo que le permitía abordar 
problemas serios y dedicarse á fortalecer su poder naval, que 
en esta época tenía un sobrante, en sus cajas, de 9*000.000 de 
duros para fin de año. ^^^ La riqueza moral, intelectual y ma- 
terial de este pueblo, que le había permitido á su poder 
ejecutivo abordar decididamente el problema, en 1822, pi- 
diendo al congreso la declaración de la independencia, no 
obstante las protestas de España, iba á llevarle, ahora, recién 
ahora, en alas de sus propios intereses, á quebrar, para siem- 
pre, la influencia recolonizadora de aquella Santa Alianza, 
celebrando, ellos, á su vez, una por el estilo, con el gmn poder 
de la Inglaterra. 

u accMa libre de España acababa de iniciar su revolución li- 
iiftatcm €■ el Rio beral de 1820, de la cual mucho esperaba la 
«MMito^^ei'M^ Inglaterra, que perseguía sus propósitos de do- 
gal, minación comercial en estos mercados del Rio 

de la Plata. En este sentido, ella había sido 
una iniciadora y cooperadora activa y eficaz para traer á los 
portugueses al Río de la Plata. La historia está ahí para de- 
mostrar elocuentemente cuan profundo es el error de los que 
creen que los portugueses vinieron á la Banda Oriental traídos 
solamente por Pueyrredon y los elementos directoríales. Para 
darse cuenta exacta de este problema, hay que salir de la 
historia casera y estudiar la de Europa. Portugal fué traído 
por Inglaterra al Río de la Plata, aunque no hubieran que- 
rido los directoríales de Buenos Aires. Y lo trajo, para ga- 
rantir sus intereses comerciales. Así colocaba en la otra orilla 
del río á un enemigo de España. Ocupadas ambas orillas, 
Buenos Aires y Montevideo, por enemigos de España, la liber- 
tad de comercio era un hecho para ella, que venía á ser, al 
fin y al cabo, lo único que perseguía. Mientras así obligaba 
al Portugal á tomar la ofensiva contra España, en estas ríbe- 
ras [rioplatenses, apoderándose de la Banda Oriental, en re- 
presalia de lo que su enemiga le retenía en Europa, la ciudad 
de Olivenza; Inglaten*a, para animar al Portugal á asumir la 
actitud conquistadora, se comprometía á guardarle las espaldas 
en el otro continente. Y era ese mismo interés comercial el que. 



(1) HiHoría de loe SHadM Unido$, por J. A. Spencer, p4)- tf- 



como hemos visto, llevaba á Inglaterra á celebrar un tratado de 
comercio con Artigas, cuando liste dominaba en absoluto en la 
Banda Oriental. Eso si, lo celebraba sin llenar formas diplo- 
máticas, teniendo en cuenta la calidad del gobernante con quien 
trataba: un caudillo! Era asi que, sin reconocer la independen- 
cia de ese quarter, se entendía con Artigas, para tal acto, por 
intermedio de su marino Bowles. Este era el ¡ministrol que 
trataba con Artigas, al suscribir un tratado de comercio. No 
hacia otro tanto con Buenos Aires, porque el gobierno de don 
Hartin Rodríguez, bajo la dirección de su ministro Rivadavia, 
buen cuidado tuvo de decirle, clara y terminantemente, á la 
oficialidad inglesa, que no teniendo representación diplomática, 
carecía de inmunidades y del derecho para diríjirse al go- 
bierno, haciendo cierta y determinada reclamación; por lo que 
hasta se le devolvían las notas pasadas. Es verdad que esto no 
privaba para que en seguida la oficialidad fuera invitada, y asis- 
tiera, á las fiestas oficiales, realizadas dentro del estrecho cir- 
cuito diplomático que por esa época se movía en Buenos Aires, 
compuesto del representante de Chile y de los ajentes comercia- 
les de Portugal y Estados Unidos; pues es sabido que Inglaterra 
nunca acreditó cónsules, sino que pretendió cuidar sus intereses 
por intermedio de su armada naval. 

Ftact á9 la uau Puos bien, la Santa Alianza, que había sur- 
^'^"^ jido de la caída de Napoleón, compuesta, en un 

principio, de Austria, Prusia y Rusia, á la que luego se adhi- 
rieron Espafia y Francia, daria motivo «á una política que no 
sólo enjendró protestas en toda Europa, sino que determinó en 
América actitudes que han infinido de un modo poderoso y 
permanente en las relaciones internacionales.» ^^> Esta Santa 
Alianza, brotada de los cerebros de Francisco II, Federico Gui- 
llermo in y Alejandro I, tenía por fin único prestarse «en toda 



<l) Boenoe Aires Junio 1« de I8té. 

Bl ministro de relmeiones estei lores de Buenos Aires he recibido y puesto en eonod- 
mlento de su gobierno la honorable nota del seftor ministro de Chile datada en ft da llftyo 
ultimo solicitando ponerse de acuerdo para arreglar las relaciones de amboa «alados tam 
la república de los Estados Unidos j la Inglaterra. Aunque los princlpioa que han das- 
plegado los gabinetes de Washington y de Londres son los más amigables & la causa de 
la independencia de estos nuevos estados, no se descubre aún un motivo para esperar que 
entren en tratados de allanta con ellos. Antes, todo parece indicar que f>ólo la actitud que 
aquellos goblemoe han tomado bastará á contener á la Santa Alianaa y retraerla de cual- 
quiera tentativa armada contra los nuevos estados. Por consiguiente, este goMenio no ha 
pensado aún en celebrar tratados de tal naturaleza; pero H Ucgase este caso Juagaría un 
deber suyo comunicar firanca y oportunamente al gobierno de Chile las bases de su polí- 
tica; creyendo como cree que la unidad de acciún y de ideas entre los nuevos estados es 
de la primera importancia al mejor éxito de las negociaciones de esta especie. 

Rl Ministro saluda 

Manuel J. García 

Señor miniitro de e&taáo 4s ¡a Mí«puhlí€a de Chile. 



l64 ALBBiRTO fALOMBQUlQ 



ocasión y en todo lugar asistencia, ayuda y socorro, no mirán- 
dose las tres potencias aliadas sino como delegadas de la pro- 
videncia para gobernar tres ramas de una misma familia, á 
saber: Austria, Rusia y Prusia, confesando asi que la nación 
cristiana de que ellos y sus pueblos forman parte no tiene 
realmente otro soberano que aquel á quien esclusivamente per- 
tenece el poder, pues que sólo en él se hallan todos los tesoros 
del amor, de la ciencia y de la sabiduría infinitas, es decir. 
Dios, nuestro Divino Salvador, Jesucristo, el Verbo altísimo, 
palabra de vida.» 

Ahora bien, la Santa Alianza tenía fatalmente que apare- 
cer como un reto lanzado á la opinión liberal. Bajo su nom- 
bre se cobijaron los monarcas que temían ver estallar los 
entusiasmos populares, y «frente á ella levantóse el irrefle- 
sivo sentimiento de minorías que suplían con la superioridad 
de su cultura la flaqueza de sus fuerzas», dice el conocido es- 
critor Beker. 

Actitad hábil ate la La Inglaterra negóse á prestar su conformi- 
iBfiaterra. ¿g^^ alegando el príncipe rejente, en carta de 

6 de Octubre de 1816, que la constitución inglesa exijía que 
los tratados fuesen Armados por un ministro responsable, y 
que la índole de aquel documento^ y no su contenido, impe- 
día prestarle la conformidad del Reino Unido; mientras Fran- 
cia, como ya se ha dicho, adhirió, es verdad, pero después de 
la reunión en Aix-la-Chapelle, donde se allanaron las dificul- 
tades que aún se presentaban para evacuar el territorio fran- 
cés por las tropas aliadas situadas á lo largo de la frontera 
nacional. 

La actitud asumida por la Inglaterra, aconsejada por su es- 
píritu independiente, nacida de sus propios intereses comer- 
ciales, que hoy le llevaban á apoderarse de la Banda Orien- 
tal, por medio del Portugal^ y que mañana la conducirían á 
libertarla de ese mismo yugo estranjero, dándole indepen- 
dencia, en nombre de esa palanca de intereses cambiables 
que buscaba y busca al rededor del globo, reservándose el 
derecho de obrar según se produjeran los sucesos, y sin per- 
juicio de concurrir á las reuniones ó congresos que se efec- 
tuaran por los que fueron sus aliados en la guerra napoleó- 
nica, para influir en las deliberaciones ulteriores, fué hábil, 
y hasta útil para la causa sudamericana, vista la tenacidad 
de Espafia al no querer imitar el ejemplo de Inglaterra con 
Estados Unidos, después de sus esfuerzos infructíferos en Sud 
América. 



TftIUKfO DB LA IDBA UáDRB itó 

Bi mpMim liberal £1 espíritu liberal, por lo mismo que tan 
llalla ca Italia y cruelmente se le sojuzgaba^ empezó á traba- 

teTnanatoMtocI J^^ ^^ ^^® soclodades europeas. Las reuniones 

secretas comenzaron á hacerse sentir, especial- 
mente en Espafia é Italia. En ambos países el espíritu popu- 
lar tuvo sus manifestaciones elocuentes, llegando á imponer- 
se en el ánimo de los gobernantes respectivos: Francisco I, 
de Ñapóles, y Femando VII, de Espafia. En su consecuencia, 
los aliados se reunieron en Leybach y decidieron una inter- 
vención armada en las Dos Sicilias, para cuyo acto Francia 
sentía cierto escrúpulo, mientras Inglaterra, por intermedio 
de lord Castlereagh, manifestaba que «las evoluciones políti- 
cas que tenían lugar en un país, que podía crear un derecho 
de intervención en favor de otros estados, no era sino con la 
doble condición de que la seguridad y los intereses especia- 
les de estos estados estuviesen realmente amenazados de una 
manera seria y que existiera una necesidad imperiosa y ur- 
jente». 

Afiadía lord Castlereagh que el derecho de intervención no 
podía definirse en términos generales ni aplicarse indistinta- 
mente á todos los movimientos populares; que se debía aco- 
modar aquel á estos movimientos y ser un medio particular 
sui generisj según las circustancias, sin que fuese lícito eri- 
jirlo en principio general y permanente para ser base de una 
alianza ó de un tratado: que el ejercicio del derecho de in- 
tervención era una derogación del derecho de jentes, dero- 
gación que sólo podían lejitimar circunstancias escepcionales». 

Así Inglaterra salvaba, á lo menos en lo esterno, el dere- 
cho que pronto invocaría. Ñápeles y Píamente vieron á 50.000 
austríacos atravesar las fronteras é imponer el gobierno ab- 
soluto, restableciendo el orden, como lo entendía Mettemich. 
Y allá, en Elspafia, cuando la idea liberal triunfaba, con Riego 
á la cabeza, derrumbando las fuerzas que debían enviarse á 
América para recolonizarla, como se decía, también aparecía 
la Santa Alianza, en 1822, en el célebre Congreso de Verona, 
diciendo, por boca de Luis XVIII, pero por inspiración de 
Chateaubriand: «Cien mil franceses, bajo las órdenes de un 
principe á quien mi corazón se place en llamar hijo, están 
dispuestos á marchar invocando el Dios de San Luis para 
conservar la corona de Espafia á un nieto de Enrique IV, li- 
bertar á este hermoso reino de la ruina, reconciliarlo con la 
Europa. . . .y dejar á Fernando libre para dar á sus pueblos 
las instituciones que sólo de su mano pueden tener*. La Ingla- 
terra, de ninguna manera entró por esa combinación. Se ha- 
llaba convencida de la inutilidad y del riesgo de semejante in- 
tervención; le parecieron enormes los prejuicios en que se 
fundaba; y su ejecución tan impracticable, que en las instruc- 



166 AL6BRTO PAL0M8QU1B 



cioaeB dados á Wellington le decía que debía declarar, fran- 
camente, llegada la ocasión, que «su S. M. se hallaba muy de- 
cidido, cualquiera que fueran las circunstancias, á no tomar 
parte en tal intervención». No hubo vuelta. A pesar de la me- 
diación de Inglaterra y de los medios conciliatorios que pro- 
puso, la intervención fué decretada, habiéndose suscrito un 
trataido secreto entre Austria, Prusia, Rusia y Francia^ por el 
cual «se comprometían á destruir el sistema representativo 
y la libertad de la prensa, á secundar las medidas que adop- 
tase el clero para mejorar sus intereses y á facilitar á Fran- 
cia un subsidio anual de veinte millones para sostener la 
guerra con objeto de poner fin á la situación en que se en- 
contraban Espafia y Portugal». Espafta fué invadida. El duque 
de Angulema entró á Madrid. El poder absoluto se restable- 
ció, «inaugurándose una era de violencias y crueldades, cuyo 
triste relato ocuparía muchas pajinas» dice Becker, autor de 
quien he tomado la mayor parte de estos antecedentes. Todo 
esto sucedía /en 1823, año fecundo para la independencia sud- 
americana, como se verá. 

UtdMcoiotMdci Mientras tanto, Inglaterra, en virtud de trata- 
iri^oy Mtvo ■«■do. ¿^g preexistentes, ayudó decididamente al Portu- 
gal, cuando éste declaró su independencia del Brasil, impidien- 
do así que el gobierno absoluto de España se impusiera en el 
país. Así continuaba su obra de libertad comercial y de inde- 
pendencia de los países sudamericanos. Ahora ya había roto el 
vínculo que la tenía atada á Espafia en su lucha con Napoleón. 
Ya no tenía que guardarle consideración. Si bien pudo, durante 
esa alianza, no azuzar el espíritu de independencia de las colo- 
nias, por más que utilizara la situación que atravesaban para 
servir sus propósitos mercantiles, ahora que Espafia era la 
aliada del absolutismo y de la Francia, esta su eterna enemiga, 
ella recuperaba su libertad é iba á afrontar la posición difícil, 
con Portugal por instrumento, con Canning como leader y con 
Norte América como (dma mater. 

Los dos colosos del viejo y mundo nuevo habían roto los lazos 
que los contenían y al fin podían enconti*arse unidos en nombre 
de un pensamiento elevado. Ni Norte América ni Inglaterra te- 
nían ya que pensar en España, Francia y Rusia, por lo que los 
dos ex-rivales iban á vincularse en nombre de intereses liberales, 
y aún, si se quiere, de sentimiento relijioso, para oponerae defi- 
nitivamente al avance de la Santa Alianza en tierra sudamerica- 
na. Los rumores de aquella ola avanzaban. Sud América vivía 
pensando en las naves que atravesarían el océano, trayendo á 
su bordo el alma de>ípót¡ca de la Rusia, que las suministrara^ y 
los 40,000 soldados franceses destinados por Luis XVIIl á hacer 
brillar en el Río do la Plata la corona de Enrique IV! Soñaba 



TRIVN70 I>B LA IDEA MADRE 157 



con esa espedición, que ya una vez había desbaratado Riegoconsu 
alma democrática y en lo que tanto había influido el gobierno ar- 
jentino de Pueyrredon por intermedio de don Andrés Argibel. No 
veía ahora de donde pudiera partir la mano providencial que pu- 
siera coto á la recolonización ; salvo los esfuerzos propios, con 
San Martín y Bolívar á la cabeza^ de sus soldados abnegados. 

Por su parte, Norte América, que también sentía las palpita- 
ciones de esa mar bravia, enardecida por las pasiones de la 
Santa Alianza, comprendió que hasta ella misma podía llegar 
la espuma de la ola revuelta por la mar de fondo, por lo que un 
sentimiento de propia conservación le hizo comprender el peli- 
gro que á todos amenazaba en esta grave situación. Lo que por 
amor no hizo, iba á practicarlo en defensa lejítima. Ya era la ho- 
ra. No podía temer á la Inglaterra ni á su espíritu público. Este 
último, como el del norteamericano, bramaban por el ansiado 
día de la emancipación definitiva de Sud América. LiOS papeles 
públicos así lo manifestaban. En cuanto á la gran Bretafia, sólo 
faltaba que saliera de la posición difícil y equívoca que hasta 
entonces conservaba su gobierno en el campo jeográflco europeo, 
para que el pueblo inglés se arrojara á la calle pública y arran- 
cara á sus gobernantes la declaración de independencia, salvado- 
ra de los intereses comerciales de su nación en el Río de la Plata. 
Era el predominio comercial el que se buscaba, así como Norte 
América buscaría, por el momento, el predominio político, base 
y fundamento de su futuro poder espansivo. 

Norte América estaba convencida de que no había bastado el 
reconocimiento de la independencia, hecho el afio anterior, en 
marzo de 1822. Estaba convencida de que de nada habían servi- 
do sus consejos, ni aun los de Inglaterra, para que Espafia reco- 
nociera esa independencia y no siguiera desangrando á dos 
pueblos dignos de ir tras sus destinos superiores. Ahí veía á Es- 
pafia debatiéndose y persistiendo en su utópico suefio, alentada 
por los esfuerzos de la Santa Alianza. Pero, veía más aún: á la 
Inglaterra, persistiendo en su propósito de no reconocer esa in- 
dependencia. Las negociaciones del ministro Rush, en Londres, 
ponían en evidencia el pensamiento del gobierno inglés. Aún 
no se creía suficientemente habilitado como para hacer con Sud 
América, donde tantos intereses comerciales había ido acumu- 
lando, por intermedio de su armada naval, lo que había realiza- 
do con la propia Norte América al declarar que le reconocía el 
derecho que tíene todo hijo llegado á la mayor edad para diri- 
jir sus propios destinos. T al no hacerlo, contrariaba aquel sen- 
timiento público de que en su hora se harían portavoces, no 
sólo Canning, sino hombres como Lord Brougham y sir James 
Mackintosh, el último de los cuales se felicitaría de que Estados 
Unidos y Norte América «marchasen siempre de acuerdo y 
defendieran juntos la causa de la libertad y de la justicia.» 



158 ALBERTO PALOMBQUE 



n crMerte de !■• El espírítu púbUco al fin se manifestó. Amé- 
«"•••^ ••^JVJ'J^ rica recojió el guante que le arrojaba la Santa 
rMbo de hrtcnrcH. ^üanza. Se slntíó conmovida al conoper el de- 
sarrollo de los sucesos que se precipitaban al 
finalizar el afto 23. El Piamonte, Ñapóles y Espafta ahí esta- 
ban bajo su gobierno absoluto, obra esclusiva de la intervención, 
que de Europa quería trasplantarse al Rio de la Plata. T era la 
Francia, la más empecinada! T aquella conmoción también la 
sintió Canning, por lo que, en un momento supremo, le decia al 
príncipe de Poíignac que «la intervención de cualquier poten- 
cia estranjera en Sud América sería considerada por Inglaterra 
como una cuestión nueva, cuestión sobre la cual el gobierno in- 
glés adoptaría aquella resolución que más conviniese á los inte- 
reses de la gran Bretafia: que la intervención de una potencia 
estranjera, fuera por la fuerza ó por la amenaza, sería un moti- 
vo para que Inglaterra reconociese la independencia de las co- 
lonias, sin dilación alguna: que la Inglaterra reclamaba la 
libertad comercial para si, y si se le quería disputar este dere- 
cho, consideraba como el medio mejor de abreviar semejante 
intento, un pronto é ilimitado reconocimiento de la independen- 
cia de la Améríca Española.» (^> 

Esto era lo que se veía. Faltaba ahora conocer un detalle de 
la máquina que tan briosamente se armaba. Ahí estaba Monte- 
video, ocupado por el Portugal, que lo retenía en rehenes. La 
Santa Alianza había tomado á su cargo resolver el problema, y, 
para tratarlo, resuelto celebrar una reunión en París. La pose- 
sión de esa comarca sería la que motivaría la actitud recoloni- 
zadora del monarca nances para el nieto de Enríque IV! Él 
quería inmiscuirse en el Río de la Plata, conquistar de nuevo 
estas tierras, quizá quedarse con ellas, mientras entregaría Mé- 
jico á Espafia! Lo creía fácil y sencillo. 

imotacioMt de Era necesario pues, obligar á Inglaterra á una 
laciitoi^iiiiioidto resolución inmediata y enérjica. Aún tendría sus 
tcrvMcZki*^ Gaü- Irresolucioues. Lo probaría el hecho de que re- 
ntag. cien el 1.^ de Enero de 1825 se atrevería Ingla- 

terra á anunciar al gabinete de Madrid el reco- 
nocimiento de las colonias españolas emancipadas; contra lo 
cual, como era de esperarse, protestó, en términos enérjicos, el 
ministro de estado, señor Zea Bermúdez. Mientras tanto, no 
obstante la iniciativa de Estados Unidos, que había hecho el re- 
conocimiento en 1822, enviando sus representantes á Sud Amé- 
ríca, Inglaterra, que hasta en 1824 no había tenido siquiera un 
cónsul en el Rio de la Plata, creyó conveniente remitir cónsules 
y vicecónsules «para la protección efectiva del comercio de los 



(!) Obra dtadA de Beeker, pajina S64, edición de Madrid, de IMTT. 



TMÜNFO DE LA IDBA MADRE 159 

subditos ingleses, y para obtener informes exactos del estado de 
los negocios en estos paises, con el fln de adoptar aquellas me- 
didas que condujesen al establecimiento de relaciones amisto- 
sas con sus respectivos gobiernos.» ^^^ 

La Inglaterra, como se vé, enviaba también sus comisiona- 
dos, como lo había hecho Norte América. Quería e&tar bien ins- 
truida, antes de dar su paso decisivo; por más que bien lo 
estaba, por intermedio de los oficiales de su armada naval, des- 
de 1810. Y esto lo hacía después de una lucha incesante con el 
partido tory^ desde 1817, y con gobernantes dementes como 
Jorge ni ó imbéciles como Jorge IV, en cuya lucha se destacó 
la personalidad de Castlereagh «en realidad el ájente más acti- 
vo y el alma de la reacción á todo trance», quien llegó hasta 
hacer sancionar una ley por la cual se declaraban abiertos, á 
las naves de los nuevos estados hispano-amerícanos, los puertos 
de la gran Bretafla. Pero, Castlereagh se suicidó el 22 de Agos- 
to de 1822 y entonces aparece en la escena el célebre Jorge 
Canning «representante de ideas mucho más liberales que las 
de su predecesor». 

coaitiMiaáot át Fué así que en 31 de Marzo de 1823 declaraba 

''*'***'" ^üü?" ^^® *^^ independencia de las colonias era un 
«icBto de ctetaict. y^^qYío consumado; pero que su reconocimiento 

dependía de circun^ancias esteriares ó bien de los progresos interio- 
res que hiciesen los nuevos estados para llegar á tener un gobierno 
regular*, por lo que, para obtener el fln buscado, nombraba, el 
10 de octubre de 1823, una comisión de tres individuos— coronel 
Pedro Hamilton, teniente coronel Patricio Campbell y James 
N. Henderson,— en calidad de ajentes confidenciales, para estu- 
diar la situación de Sud América. Y en seguida, un mes más 
tarde, debidamente autorizado por él parlamento^ comenzaba á 
nombrar los cónsules á que me he referido. ^^^ 



(1) Tratado» de la BepúUica ArJerUina, 

{9) Para que se conyenia el lector de cómo el gobierno arjentliio estaba al corriente d^ 
lo qne soeedia, hé aquí el documento sigaiente: 

Baeno9 Airei<, 15 de diciembre de 18S«. 
Sefior don Estanislao Linch: 

Compatriota y amigo: 
Gomo anandé á asted en mi anterior de 8 del corriente, puede usted asegurar con toda 
conflania al sefior Armero que no ha habido tratado alguno concluido entre E.<«pafta y 
Portugal sobre la restitución de Montevideo. Es muy probable que las negociaciones 
entabladas con este objeto en los afios de 1818 y 19 entre las altas potencias'aliadas hayan 
dado lugar á coi^eturas ó informes falsos, que pueden haber sido trasmitidos al gobierno 
de Colombia, como lo fueron también al de esta República, á términos de haberse reci- 
bido por un conducto respetable una copia de un tratado apócrifo, y torpemente redac- 
tado, que se afirmaba haber sido celebrado y concluido entre 8. M. C. y S. H. F. Advierta 
usted qne esto se decía cuando se aprestaba en Cidis una fuerte espedidón de 10.000 
hombres con destino á Montevideo, de donde dirJiJiria sus ataques jk todo el continente. 
Esta circunstancia hiso que este gobierno redoblara suk esfuersos para imponerse de, los 



160 AL9BRTÓ PALOMEQUE 



Q jttf rt c to áé Et- Inglaterra no quería agraviar A España. Ella 
pala f i« ntiMcite pretendía que la metrópoli fuera la que diera la 
de caMiag. iniciativa del reconocimiento de la independen- 

cia, por lo que agotó previamente todos los recursos conciliato- 
rios. Espafta no comprendió su situación, ni la de Inglaterra. 



arreglos que podía haber entre ItM cortes de Bspafte y Portugal, entonces residentes en 
el Janeiro, y tuyo la fortuna de olitener informaeloiies seguras y puede usted reposar en 
que la siguiente relación es la verdad de los hechos. 

Kn 818 la Bspafia solicitó la mediación de las potencias aliadas para transyir las dife- 
rencias existentes entre ella y Portugal, & consecuencia de la ocupación de Montevideo* 
Loe ministros de las altas potencias reunidos en París el mismo afio, conferenciaron déte 
nidamente sobre este negocio; pero las pretensiones opuestas y obstinadas del conde de 
Pálmela, ministro portugués, y el duque de Fernán Nuftes, ministro de Bspafia, dlflcul 
taron arribar A un avenimiento, quedando pendiente este negocio hasta el próximo Con 
greso de Aix-la Chapelle. Entre tanto, el ministerio portugués, instruido por el conde de 
Pálmela de lo ocurrido en las conferencias de París, escribió A éste, manifestando la reso- 
lución en que se hallaba el Rey Fidelísimo de sostener sus empeños, y la declaración 
que hizo sobre la ocupación provisoria de la plasa de Montevideo, notificada A los minis- 
tros reunidos en París, y en 23 de Julio al gobierno de las Provincias Unidas, pues que 
asi convenía al honor y A los intere«>es de su corona y porque lol) pueblos del Rio de la 
Plata, sin darle motivo alguno para un rompimiento se habían fiado buenamente en su 
real palabra. Que entendiese en consecuencia é hiciese entender que S. M. F. había de 
cumplir la convención de S8 de Mayo de 1819, la capitulación de Montevideo, y las leyes 
de neutralidad que tenía adoptadas. 

Renovadas^las conferencia» en el Congreso de Aix-la Chápele, las potencias mediadoras 
maniftstaron la misma opinión que prevaleció en las conferencÍas''de París de que Bspafta 
volviese al Portugal Olivenia y su territerlo conforme A lo acordado en el Congreso de 
Viena, que 8, M. F. entregase A la Espafta Montevideo, y todo lo que ocupase en dicha 
provincia, cuya entrega sería hecha A una fuerza respetable que asegurase la paz en la 
Provincia Oriental; que España pagase al gobierno brasilense los costos de la toma y 
conservación de la plaza de Montevideo hasta el día de la entrega de aquel territorio 
Bn consecuencia, por acuerdo Inserto en el protocolo del Congreso de Aquisgran (ó Aix- 
la Chapelle) de 17 de noviembre de 1818, fué revestido el duque de Wellington de amplios 
p o der e s para transijir pacífica y amigablemente A nombre de las cinco grandes potendag 
mediadoras, así entre S. M. F. y S. M. C. como entre esta y las provincias independientes 
de la América Espafiola. El duque aceptó el cargo bajo la condición de que S. M. C. lo 
convidase espontAneamente A desempeftarlo, y quisiese establecer previamente algunos 
artículos fundamentales para proceder A las negociaciones. Después de un largo silencio 
se deddió el gabinete de Madrid por una completa negativa A la intervención del duque, 
ditfjiéndose al mismo tiempo A los plenipotenciarios portugueses para tratar inmediata- 
mente con ellos, A fin, según dijo el duque de Fernán Nufiez, de despachar cuanto antes 
la espedidón contra el Rio de la Plata. Aquellos ministros contestaron que nada tenían 
que alterar en lo convenido y aprobado por las grandes potencias mediadoras, en cuyas 
manos se había puesto el rey su amo. 

Sin embargo, el rey católico, resuelto A proseguir en la empresa de reconquistar la Ame- 
rica activaba el apresto de una fuerte espedidón contra este país; esperanzado en que ven. 
ceria todas las dificultades que se le oponían. 

Loe plenipotenciarios portugueses cansados de la renuncia del gabinete de Madrid y Justa 
mente esperanzados de parar, por medio de los ministros de las grandes potencias, las medi- 
das violentas A que Bspafia estaba resuelta y de traer A términos mAs favorables las negoda- 
dones de las conferendas de París, se dirijleron A Bruselas en el mes de noviembre de 
1818 y allí concurrió también d plenipotenciario de S. M. O. Acabadas las sedones prlndpa' 
les dd congreso de Aquisgran, tuvieron lugar varias conferencias rdatívas A los puntos 
de la mediación, las cuales puede afirmarse de un modo positivo que han tenido entre otros 
los resultadoi^ siguientes: l.<» Lord Oa^tdreagh aonuvo la causa de Portugal vigorosa- 



TKIÜNTO DB LA IDBA MABKB 161 

Creyó que la Santa Alianza era poderosa y asumió la actitud de 
embravecer pasiones nacionales. Espafia se consideraba inven- 
cible teniendo de su parte á la Santa Alianza. Pero, Canning, 
se revistió de carácter, en presencia de semejante procedimiento 
incomprensible, contando con la alianza, en el orden de las ideas, 
de ISorte América, y declaró, el 30 de Euero de 1824, que «si 
Espafia se resistía al reconocimiento, ella se creería en libertad 
para proceder Begún sus convicciones, y aún para tomar el par- 



mente, detíaruido que Ingletem lo d«f«iid«ri» eon todas snt ñieriM eontn eiMlqnlar 
poder que prelendieBe etecerlo, y esto eln Deeeslded de naevoe tratedoe, y aolo en eonee. 
cneneto de 1* altenye enlieisteQte entre embM naetonee; t.* Loe mlnistroe de lee eineo gran- 
dee potencies convinieron en qne eos eobemnos eonsidererian eomo ii^ortoeo i en digni- 
dad el qne 8. M. C, pendiente la mediación que habia solicitado espontáneamente, enviase 
naa espediddn al Rio de la Plata, para apoderarse ▼lolcntamente de If onterldeo y demás 
pais ocupado por S. H. F.; 8.^ Que proseguirían las negociacionee iniciadas en París, re- 
laÜTae á la conftensldn entre Xspafta y Portugal; é.^' Que ellas correrían Juntamente eon lae 
de la padáeaeión generel de la amérlca espaAoIa; 6.* Que en consecuencia comenaaría á tra- 
tarse de una mediación entre *^*r^fl^ y sus antiguas colonias. 

Algunos meses después de eetoe actos, empeaó ya á creerse poeiUe, por la conducta que 
obeenrába el gabinete de Madrid, lo que basta entonces se había considerado como una 
temeridad incompatible con el buen sentido; á saber que Espafta se resolTleee á enviar na 
armamento á eetas costas, pendientes lae cuestiones acerca de la evacuación de Montevi- 
deo. La Espafia sin duda aspiraba á desembaraaarse por un golpe vigoroeo de lae negocia- 
eiones pendientee, ó eeperaba negociar con ventilas, cuando equipado su gran armamento 
tuviese una actitud más imponente. Por último, los plenipotendarioe de Espafta y Portu* 
gal, residentes en París. Aieroii emplaaadoe por los mediadores para tentar por dltima vea 
el concillar sue pretensíonee en una conferencia que tendría lugar en 9 de setiembre de 
1819. El 7 del mismo mes se ausentó el duque de Fernán Nufiei, previniendo que Iba á 
cumplimentar á su nueva soberana á su paso para Espafta. El conde de Pálmela en se- 
guida se despidió de la corte de Francia y de los ministros de la conferencia, poniéndoee 
en marcha para Londres. 

Feman-Nuftes á su regreso se quejó fuertemente del procedimiento de Pálmela, seftalán- 
dolo como una prueba de mala fé del gabinete del Brasil. El afto 19 dq|ó los aenntoe en 
este estado, y en I8i0 la espedidón que se apreetaba en Cadis proclamó la constitución, y 
empeló nuevajoense la revolución de Espafia, de modo que impoeibllitó el volver á tratar 
sobre eele negocio. 

Entretanto he creído conveniente aprovechar ceta oportunidad para remitir á V. bi^ 
un carácter reservado y estrictamente confidencial, las dos coplas adjuntas; la número i és 
una comuniearión del gobierno de Colombia de 4 de mano último, remitida por el seftor 
IMaa Veles, y la número 9 la carta que le escribí en contestación. Estos docnmentoe ins- 
truirán á V. 8. de la política del gobierno de Colombia, y le servirán para esclarecer cual- 
quier concepto errado que se forme á eete respecto. 

Entretanto reciba V. lae seguridades.—Franctfico ds la Ctum. 

Buenoe Airee, Junio 14 de 1994. 

El mlniftro eeeretario de reladonee exteriores y gobierno tiene el honor de dirigirse el 
seftor cónsul general de la Gran Bretafla para poner en eu eonoclmlento que ha recibido y 
elevado á la eonslderaeión de su gobierno su estimable nota datada en el 8 del corriente 
eon los impresos en que están rejlstradas las eomnnieaelones tenidas desde octubre de 
1998 hasta enero del presente efto entre los gabinetes espafiol y brttánicot y entre eete últi- 
mo y el ministerio de Francia con relación á la cuestión de Amarice. El ministro está en 
consecuencia encargado por su goblemo de agradecer eepresivamente ceta ofldocldad por 
parte del tefior cónsul; y al hacerlo, tiene tambün el h»nor de reiterar le las protestas de. 
Su pertlenlar eetlmadón.— Jfantiel /. Gareia. 
Seftor eóM«l geasral del gobierno de su M. B. 

11 



169 ALBSftTO PALOMBQUE 



tído que juzgara más razonable en el caso de que la Espafia^ 
siguiendo otros consejos, se determinara á prolongar la lucha 
con el auxilio de otras potencias ó que se intentase renovar las 
antiguas prohibiciones comerciales en lugares en que ya no 
tenia dominación alguna efectiva.» 



El ambiente popular empezó á caldearse, y la 
prensa inglesa se decidió á dar el grito de adhe- 
sión entusiasta; cuando, de allá, de la tierra norteamericana, 
de la que había sido carne suya, salió una voz poderosa^ diciendo 
enérjicamente á la Santa Alianza: «no pasarás el océano, Europa 
para los europeos y América para los americanos». Era Monroe, 
que al ver todos aquellos preparativos, y el menosprecio con que 
las potencias europeas habían mirado, hasta entonces, el reco- 
nocimiento que ella había hecho en 1822, sin darse cuenta, ellas, 
del alcance moral y material que encerraba ese reconocimiento, 
llamaba á su lado á hombres como el ex presidente Jefferson 
para tomarle su opinión sobre tan solemne cuan grave actitud. 
Jefferson dijo entonces dos grandes verdades: una, no injerirse 
jamás en las complicaciones europeas ni permitir á la Europa 
mezclarse en los negocios de este lado del Atlántico; y otra, que 
teniendo á Inglaterra de su parte no debía temerse al orbe en- 
tero, mucho más desde que el paso á darse en vez de provocar 
iba á evitar la guerra. Y así, con la triple autoridad de Jefferson, 
de Monroe y de Adams, el mundo entero se impuso, admirado, de 
la valiente actitud que el poder ejecutivo de Norte América^ re- 

{>resentado por Monroe, asumió ante aquel reto formidable de 
a Santa Alianza. 

El ■•■••]« de En tal situación, y cuando menos lo esperaba 

"**^ *• 'Jj *' la Europa, aparece el célebre mensaje de Mon- 
ctabr« tfe tt». j.^^ ¿1^ f^Y^^ jj.^ ¿^ diciembre de 1823, en el que 

se declaraba, ante la faz del mundo, que Norte América había 
creído conveniente sentar como un principio, en el cual iban 
envueltos los derechos é intereses de los Estados Unidos, que los 
continentes americanos, por su situación Ubre é independiente, 
no debían considerarse como partes de la futura colonización 
de ninguna potencia europea. 

Estados Unidos, por medio de este mensaje, que es una ley 
para ellos, aunque haya sufrido alteraciones, declaraba á la 
Europa que por más que los sucesos europeos le inspiraban el 
mayor interés, en ellos nunca serían sino meros espectadores. 
Por eso afirmaba, terminantemente, que si los ciudadanos de 
los Estados Unidos deseaban con sinceridad la dicha y libertad 
de sus compafieros del otro lado del Atlántico, y si en las gue- 
rras de las potencias europeas no les habían prestado auxilio, 
era porque su política no les permitía hacerlo: pues sólo cuando 



TBIÜWrO DE LA IDHA MAPBB 168 

SUS derechos estuvieran seriamente amenazados se prepararían 
á la defensa. 

Era en virtud de esto, y de la diferencia del sistema político 
europeo, que Monroe le decía á la Santa Alianza: «En conside- 
ración, pues, á las amistosas relaciones que existen entre los 
Estados Unidos y esas potencias, debemos declarar que consi- 
deraríamos toda tentativa de su parte, que tuviera por objeto 
estender su sistema á este hemisferio, como un verdadero peli- 
gro para nuestra paz y tranquilidad. Con las colonias existentes 
ó posesiones de cualquiera nación europea, no hemos interveni- 
do nunca, ni lo haremos tampoco; pero, tratándose de los go- 
biernos que Juin declarado y mantenido su independendüy la cual 
respetaremos siempre, porque está conforme con nuestros prin- 
cipios, no podríamos menos de considerar como una tendencia 
hostil hacia los Estados Unidos toda intervención estranjera 
que tuviese por objeto la opresión de aquellos. En la guerra 
entre esos nuevos gobiernos y Espafia declaramos nuestra neu- 
tralidad cuando fueron reconocidos, y no hemos faltado, ni fal- 
taremos á ella, mientras no ocurra cambio alguno que, á juicio 
de autoridades competentes, obligue á este gobierno á variar 
su línea de conducta. Los últimos acontecimientos ocurridos en 
Espafia y Portugal demuestran que no se ha restablecido aún 
el orden en Europa, y la prueba más evidente de esto es que las 
potencias aliadas han creído conveniente, con arralo á sus 
principios, intervenir, por la fuerza, en los asuntos de Espafla. 
Hasta qué punto podrá llegar esa intervención es cosa que in- 
teresa saber á todas las naciones independientes, hasta las más 
remotas, y^ sobre todo, á los Estados Unidos. La política que 
con Europa nos pareció oportuno adoptar, desde el principio 
de las guerras en aquella parte del globo, sigue siendo la mis- 
ma, y se reduce á no intervenir en los intereses de ninguna na- 
ción, y á considerar todo gobierno de hecho como gobierno lejí- 
timo, manteniendo las relaciones amistosas y observando una 
política digna y enérjica, sin dejar por eso de satisfacer justas 
reclamaciones, aunque sin tolerar ofensas de nadie. Pero, tra- 
tándose de estos continentes, las circunstancias son muy dis- 
tintas: no es posible que las potencias aliadas estiendan su sis- 
tema político á ninguno de aquellos, sin poner en peligro 
nuestra paz y bienestar, ni es de creer tampoco que nuestros 
hermanos del Sud quisieran adoptarlo por su propio consenti- 
miento; prescindiendo de que no vertamos con indiferencia se- 
mejante intervención. Comparando la fuerza y recursos de Es- 
pafia con los de esos nuevos gobiernos, aparece obvio que dicha 
potencia no podrá someterlos nunca; pero, de todos modos, la 
verdadera política de los Estados Unidos será respetar á unos y 
á otros, esperando que otras potencias imitarán nuestro ejemplo.» 



164 ALBBBTO PAU>MBQUB 



4c te- Esta era una politica tan nueva como audazy dice 
«'•••'^ J. A. Spencer. í*' La notafaltíva llegó á Londres, 

y Canning la recojió, lanzándose al parlamento^ en alas de la 
opinión pública de su país^jyajtrabajada, de tiempo atrás^^y ahora 
hondamente sacudida al conocerse este histórico documento, 
que, en un minuto, en su tiempo, recorrió el mundo entero. 

Inglaterra se conmovió viendo un aliado en su antigua colo- 
nia. Los papeles públicos vibraron, y, en una y otra cámara del 
E ariamente británico, se pidió el inmediato reconocimiento de 
i independencia de los nuevos estados sudamericanos. Pero, 
aún sería contrariada esta opinión publica. El espíritu de mo- 
deración se impuso todavía en el gobierno. Se quería saber si 
aquellos gobiernos «estaban firmes y estables.» El conde de Li- 
verpool, uno de los ministros, así lo declaraba, «pues el objeto 
principal,» decía, «de la misión de nuestros enviados es el de 
averiguar é informar al gobierno todo lo que guarde relación 
con el estado de aquellos países; porque, por independiente que 
sean de hecho, siempre habrá y se sentirán ambigüedades é in- 
certidumbres respecto de ellos hasta que sus gobiernos estén con- 
solidados.* 

El parlamento no se atrevió á seguir la corriente radical de 
la minoría liberal, no obstante los esfuerzos del marqués de 
Landsdowne. Sólo se limitó á aprobar «la conducta firme, pero 
moderada y circunspecta que en esta cuestión había observado 
el gobierno británico.» Y esto aún lo sostenía Inglaterra, en 
mayo de 1824. Aún esperaba. Aún no se atrevía á hacer el re- 
conocimiento. Era que no veía en peligro su libertad comercial. 
La Banda Oriental todavía estaba en poder del Portugal, que 
era como si fuera ella misma. 

RwMociMUito Pero, los sucesos se precipitaron y Portugal 
por la oru ircteta. tuyo que desalojar Montevideo y entregarlo, en 

febrero de 1824, al emperador del Brasil. Ya In- 
glaterra^ pues, estaba libre, é iba á reaccionar en sus movimien- 
tos. El sol de Ayacucho, además, iluminaba á Sud-América y la 
independencia era un hecho. Mackintosh así lo sostuvo, en se- 
guida, en el parlamento, al discutirse la petición de los comer- 
ciantes de Londres en favor del reconocimiento de los nuevos 
estados. Ayacucho había afirmado la independencia el 9 de di- 
ciembre de 1824. É Inglaterra se apresuraba, el primero de enero 
de 1826y á comunicar á los representantes de las otras potencias 
«su resolución de reconocer prontamente la independencia de los 
nuevos estados, celebrando tratados de amistad y de comercio 
con Colombia, con Méjico y con Buenos Aires, que eran los que 
en ésos momentos parecían tener gobiernos más estables.* No lo 



(1) HiHoHa de tot EtiadM Unidos, páj. i7. tomo S.^ 



TRIUNFO DE LA IDBA MADUI 165 



celebrarla con Chile, ni reconocería su independencia, porque, 
decia Canning, al seflor Egafia, aún en ¡25 de mayo de 1825! 
«Inglaterra no trataba sino con gobiernos que estuviesen Bati- 
damente eetableeidos» T Chile, según su criterio, no lo estaba. Era 
que el espíritu anárquico, desarrollado en esos momentos, «n 
Chile, obraba en el camino del mal. 

T así, cuando Inglaterra, en 1826, reconocía la independen- 
cia, ^^^ y Ayacucho llenaba el mundo con su nombre, allá, en 
Estados Unidos, el jénio de aquel Enrique Clay, que tanto ha- 
bía luchado en el parlamento norteamericano, también triunfa- 
ba. Dominaba entonces en el ministerio de relaciones esteriores 
de los Estados Unidos, por lo que, desde allí hacía el último es- 
fuerzo á favor nuestro, cerca de Rusia, aunque inútilmente, 
para que ésta inclinase á Femando VII al reconocimiento del 
hecho dereehoj que ahí estaba de pié, elocuente, diciendo: noy idea 
ya consumada. 

Así se reconoció la independencia por Norte América é Ingla- 
terra, y así fué un hecho la ley de la junta de representantes, 
que, en 1822, declaró que Buenos Aires no celebraría ningún tra- 
tado de amistad y comercio con Espafia hasta tanto ésta no re- 
conociera su independencia. T así se hizo en 1863, fecha en que 
recién Espafia se apeó de sus soberbias internacionales, des- 
pués de haber perjudicado inútilmente á su importante comer- 
cio de entonces. 

u pitfakra «c lar- Al fin la vinculación del sur con el norte de 
■kai». América á que invitaba Aguirre, en 1817, era 

un hecho; la que Sarmiento, afios más tarde, en 
1865, la pondría en claro, cuando decía: 

«Pero nos será permitido, con la ciencia del desierto, inter- 
rogar el suelo, la lengua, la historia, los progresos de la Amé- 
rica del Sud en relación con la del Norte, que no sólo el istmo 
de Panamá constituye continuación la una de la otra; y acaso 
podamos mostrar huellas medio borradas unas, imperecederas 



(1) Con respecto á 1m proTineUs de América qae han declarado bu separación de Bspa- 
fta, la conducta de sa Majestad ha sido aUerta y Arme, y ans opiniones, en todo tiempo, 
m han espnesto ftmncamente á Bspafta y á los otros poderes. 

8q MiO^tad ha nombrado cdnsoles residentes en los principales puertos y plasas de esas 
proTincias, para la protección del comercio de sus subditos. 

Igualmente 8. M. se ha reserrado á si misma cualquier otra medida, para con la disere. 
don del caso bercerías de acuerdo con lo que las circunstancias de esa» provincias y los 
inter e s es de su propio pueblo lo requieran, según el Juicio de S. M . 

Su conformidad con las declaraciones que repetidamente se han hecho por S. M ., 8. M. 
ha tomado medidas para eouflrmar, por medio de tratados, las relaciones comerciales que 
actualmente existen entre este reino y los países de América que aparecen como habiendo 
estaUeddo su sepaimclón de Bspafta. Tan pronto como esos tratados ««ten concluidos, 8. 
M. euTiarik copla de ellos para que queden ante tos. 

rMensiOM de Jorge IV, de fecha de S de febrsro de I8i4 y 8 de febrero de Itt5.. 



166 ALBBBTO PALOMBQUB 



otraSy que revelen el tránsito del pionner esplorador del pais, 
abriendo caminos para el futuro movimiento.» 

Fué el peligro común el que hizo^ al fin, lo que no había 
hecho el amor tan preconizado. Inglaterra y Norte América, 
rivales de la víspera, se vieron acorraladas, y, en un supre- 
mo esfuerzo de propia conservación, se acordaron que allá, á 
retaguardia, había pueblos meridionales, que habían luchado 
por idénticos principios y que les brindaban los opimos fru- 
tos de la libertad de comercio. Y fué así que lo que no pudo 
el sentimiento ni el amor lo hizo el comercio, esa alma del 
mundo que aquista oro, funda pueblos y acerca nacionalida- 
des, en medio á su propio y natural egoísmo. Y lo hicieron 
cuando, como Garnett, lo decía: la indq^endencia ya era un fle- 
cho indiscutible, conquistado por los propios esfiíerzos dé los sud- 
americanos/ 

La palabra de Y, desde ontouces, y de esa manera, pudo 
dTs^r **" ^ '* verse vencida aquella indiferencia de que con 
fog¿^^¡^ **** tanta razón hablara el señor Aguirre en su 

nota al señor ministro Adams, en 1817. Por 
eso ha podido decir, con profundidad de estadista, el ya cita- 
do Sarmiento. 

«Su reconocimiento no se obtuvo sin vencer malquerientes 
oposiciones. Cuando las nuevas repúblicas nacían á la exis- 
tencia acababa de ser vencido y encadenado Napoleón, hijo 
estraviado de la república francesa. Los borbones habían sido 
restaurados como representación incólume del derecho divi- 
no de gobernar, y la Santa Alianza constituida en inquisi- 
ción política para quemar las constituciones que invocasen 
la voluntad del pueblo. La Inglaterra y los Estados Unidos, 
olvidando disentimientos pasajeros, se acordaron, esta vez, que 
[quedaban solas en el mundo para preservar las libertades in- 
glesas, espuestas á ser aisladas, ó proscritas; y defendiendo, 
la una, el oríjen popular de sus reyes, sosteniendo los prin- 
cipios de la declaración de la independencia, los otros, pi- 
dieron y obtuvieron asiento para las emancipadas colonias, 
declarándolas sus iguales. La doctrina de Monroe, que nació 
entonces, tiene oríjen más elevado que un nombre propio, 
como el sistema métrico decimal, que está fundado en las le- 
yes de la naturaleza de Dios, y por tanto, no es francés, sino 
humano. ^^^ 



(1) La Rep'üblica Árjentina «n el cato de Veneituela, por el doefcor don Luis María Dra- 
go, pfjlnas 804 á 919. 



rSIUNVO DB LA IDBA MADEB 167 



u MMte ^ jMft Asi fué reconocida la independencia aijentina 

ZJJlJ¡¡^^wlá!!^ por los Estados Unidos de Norte América. En 
•■■•^ ^^ cuanto á Inglaterra, le costó arrancarse una 
muela, para ll^ar al mismo resultado; pues cuentan las cróni- 
cas que Jorge lY, en su lucha con el célebre Canning, amaneció 
enfermo el día en que debía presentarse ante el parlamento á 
leer la parte del mensaje en que reconocía la independencia. 
Se despertó con dolor de muekw, y hubo que arrancársela, en 
ese día; razón por la cual mandó á su canciller Eldou para que 
lo representara en ese acto, ante el parlamento británico. Cuan- 
do Eldon llegó á la parte del mensaje relativa á la independen- 
cia arjentina, la leyó muy mal, por lo que, al finalizar la lectura 
del documento, declaró, sin ambajes, que la había Mdo mal par- 
que le indignaba. Canning, más tarde, en su célebre discurso, 
sumamente conocido en la historia, vengaría esta afrenta, y 
Eldon recibiría su castigo, al declarar, ese gran parlamenta- 
rísta, no sé si con toda verdad histórica, que había llamado á la 
vida al nuevo mundo para correjir la balanza en el viejo. ^^^ 

Y así, aunque con la muela arrancada á Jorge IV, que fué la 
del juicio para Sud América, el comercio británico utilizó los 
servicios de las nuevas comarcas abiertas á su intercambio, ce- 
lebrando, en 1825, el primer tratado de amistad con la Arjen- 
tina y preparándose la Inglaterra para arrebatar al estranjero, 
en unión con la gran Capital del Sud, por medios diplomáticos, 
ese pedazo de tierra que aún quedaba bajo yugo estrafio en el 
Río de la Pktta. 

£1 afio 25 había brillado para toda América, menos para la 
Banda Oriental, Cuba y Puerto Rico. En cuanto á la primera, 
ahi quedaba desprendida de sus hermanas. Y la Inglaterra, que 
tanto había influido para tenerla separada de las demás provin- 
cias, iba, al fin, al ver los esfuerzos heroicos de sus hijos, á in- 
tervenir, para que esa independencia que las demás gozaban 
también alcanzara hasta ella. Sólo el Uruguay, en el Río de la 
Plata, era el huérfano, en 1825. Pero, rumor de auroras anuncia- 
ba la arribada de una lejión heroica, que llegaba á la Agraciada, 
en alas del infortunio, sostenida y abrazada á las demás Provin- 
cias Unidas del Rio de la Plata. 



(1) VéMe tomo 9.<», páj. 161, y tomo 7.«, pAJ. 40» de HitUnHa ÁrJmUna por V. V. Lópts. 



APÉNDICE 



(VÉASE Capítulo I) 

('^ InttruccioiiM ú%\ gobierno do loo Eotadoo Uoidoo 
i loo ajontoo amorieanoo onvladoo 4 Buonoo Alroo y Vonomola 

on 1810 y 1812 

El señor Monroe, secretario de estado^ al señor Joel fbinsett, 
qfente en Buenos Aires. 

(Estracto) Departamento de estado, 28 de junio, 181(K 

Como se aproxima una crisis que debe producir grandes 
cambios en la situación de la América Espafiola, y ha de disol- 
ver en seguida sus relaciones coloniales con Europa, y como la 
posición jeográfica de los Estados Unidos y otras obvias consi- 
deracioneSy les dan un estrecho interés en todo cuanto deba 
afectar el destino de esa parte del continente americano, es 
nuestro deber dirijir nuestra atención á tan importante objeto, 
y tomar aquellas medidas, no incompatibles con el carácter 
neutral y política honesta de Estados Unidos, según la ocasión 
lo aconseja. Con estas vistas, Vd, ha sido elejido para marchar, 
sin pérdida de tiempo, á Buenos Aires. Vd, tratará, dó quiera 
sea procedente, de difundir la impresión que los Estados Unidos 
desean el bien sincero respecto al pueblo de la América Espa- 
ñola, como vecinos pertenecientes á la misma porción del globo, 
y como teniendo un interés mutuo en cultivar relaciones amis- 
tosas: que esta disposición existirá, cualesquiera que deban ser su 
sistema interno ó sus relaciones europeas con respecto á las 
cuales no se pretende injerencia de ninguna especie: y que en 
el caso de una separación política de la madre patria y del 
establecimiento de un sistema independiente de gobierno na- 
cional, ello coincidirá con los sentimientos y política de los 
Estados Unidos para promover las relaciones más amistosas 
y el intercambio más liberal entre los habitantes de este he- 
misferio, como teniendo todos un interés común, y como mar- 
chando bajo la común obligación de mantener ese sistema de 
paz, justicia y buena voluntad, que es la única fuente de la 
felicidad de las naciones. Mientras Vd, inculcará esto como 
los principios y disposiciones de los Estados Unidos, no seria 
menos propio confirmar esos mismos por el otro lado, no so- 



(1) Con infonne, nüm. i7. CaMi de ItopreienUiite», Ido. Coüctmo flda. Serien, ISM. 



172 ALBBBTO PALOMBQUE 



lamente respecto á los Estados Unidos, sino con referencia á 
las grandes naciones de Europa y con respecto á su comercio 
y otras conexiones con ellas; y, generalmente, inquirir el es- 
tado, carácter, proporciones, número, intelijencia y poder de 
las diversas partes, el monto de población, la ostensión y orga- 
nización de la fuerza militar y los recursos pecuniarios del 
país. El verdadero asi como ostensible objeto de su misión es 
para esplicar las ventajas mutuas del comercio con Estados 
Unidos para promover liberales y permanentes relaciones y 
para trasmitir frecuentes informaciones al respecto. A fin de 
que Vd, pueda rendir el mejor servicio en ese sentido, y que, 
pueda, al mismo tiempo, gozar la mayor protección y respeto, 
Vd, será provisto con una carta credencial, por el estilo de las 
que se dan á los ajentes de los Estados Unidos en las Indias 
Occidentales, y como se dio recientemente una para la [Habana^ 
y bajo cuya sanción Vd, otorgará especial atención á los fines 
comerciales. 

Jael Bnnsett. Esq. James Monroe ^^^ 

El señar Monroe, secretario de estado, al señor Allanara Scott, 
qjente de Veneméla. 

Departamento de estado, 14 de mayo de 1813. 

Sefior: 

Habiendo poco tiempo há retirádose Vd, de su misión á 
Caracas, tengo ahora que informarle que el presidente desea 
que Vd, vuelva allá, sin pérdida de tiempo, en el desempeño de 
los deberes del cargo confiado á Vd. Vd, obtendrá un pasaje 
en uno de los buques, en cumplimiento de la última acta del 
congreso. 

Nada mejor puede darle á Vd. una idea de los deberes á llenar 
en el gobierno de Venezuela que el de comunicarle una copia 
de las instrucciones que se dieron al qjente de los Estados Unidos 
en Buenos Aires. La independencia de las provincias de Vene- 
zuela forma una diferencia esencial entre su situación y la de 
las otras provincias de España en América; pero todavía, hasta 
que su independencia sea formalmente reconocida por los Es- 
tados Unidos, no puede materialmente afectar sus deberes. Hasta 
que tal reconocimiento deba hacerse^ su ajencia será de un 
carácter de acuerdo al caso; por lo que recibirá, al efecto, sus 
cartas credenciales, tal como se han dado al qjente de los Estados 
Unidos en Buenos Aires, 

El motivo principal de retardar el reconocimiento en toda 
su ostensión de la independencia del gobierno de Venezuela^ 



(1) StaU Paper», páj. 1S19, afios 181»-1814, Vol. I, par. II. edición 1841. 



APÉNDICB 17d 



nace del deeeo de averiguar hasta donde sea posible la com- 
petencia de esas provincias para soportarla; para lo cual es 
necesario imponerse de la intelijencia del pueblo y de la 
unión y decisión en su favor. Si el pueblo está resuelto á man- 
tener su independencia, el éxito parece inevitable. Los Esta- 
dos Unidos tienen interés en ello, por sus sentimientos jene- 
rosos y también por la convicción, de que por muchas razones 
ello traería recíprocas ventajas. La Francia la favorece, y la 
Oran Bretafia, a la larga, no se opondrá, si es que ella no lo 
hace al fin, por la fuerza ó por no esponerse ella misma á la 
guerra. Sin embargo, nada sería más absurdo que los Estados 
Unidos reconocieran su independencia, en forma, hasta tanto 
no se evidenciara que los pueblos mismos estaban resueltos 
á ello y eran hábiles para mantenerla, pues podría suceder 
que sobreviniera una contrarevolución después de tal recono- 
cimiento. Los Estados Unidos podrían sostener algo injurio- 
so, sin haber dado ninguna ventaja al pueblo. 

Una comunicación amistosa debe mantenerse, al mismo tiem- 
po, con las mismas ventajas, como ri su independencia hubiera 
sido formalmente reconocida. Los Estados Unidos están dispues- 
tos á prestar al gobierno de Venezuela, en sus relaciones con 
los poderes estranjeros, todos los buenos oficios que sean há- 
biles. Se han dado instrucciones en seguida á sus ministros 
en París, San Petersburgo y Londres, de hacer conocer á esas 
cortes qué los Estados Unidos tienen interés en la independencia 
de las provincias españolas. 

Será su deber darse cuenta usted mismo, al ponerse en re- 
lación con el estado de la opinión pública en las provincias 
de Venezuela, y en todas las demás provincias de Espaíla^ de 
sus condiciones para el gobierno propio; su estado político y 
cualquier otro antecedente; sus relaciones con otra; el espíri- 
tu que prevalece entre ellas con respecto á la independencia; 
su disposición relativamente á los Estados Unidos, á la vieja 
Espafia, Inglaterra y Francia; y, en caso de su completa se- 
paración de la madre patria, qué vinculo restaría entre ellas; 
qué forma tomarian; cuántas confederaciones podrian proba- 
blemente formarse y qué sistema de gobierno interno pare- 
ce que prevalecería. Debe tenerse presente que los Estados 
Unidos no pueden menos que interesarse por el estableci- 
miento de un gobierno republicano en esas provincias, desde 
que piensa que el gobierno sería más feliz bajo él, y que una 
mayor confianza existiría, por consiguiente, entre nosotros. 
También estará muy particularmente atento á la protección 
de nuestro comercio con el gobierno de Venezuela, para ver 
que obtenga todas las ventajas que deban sensatamente re- 
clamarse; y usted deberá suministrar todas las informaciones 
útiles relativas á su esportación é importación. 



174 ALBBRTO PALOMBQUE 



Usted está perfectamente al cabo de los donativos que se 
han suministrado^ de acuerdo con la ley del congreso, al go- 
bierno de Venezuela, á causa de la miseria ocasionada por 
el último espantoso terremoto allí producido. Esos donativos 
serán enseguida enviados por los buques que salgan de Bal- 
timore, Filadelfía y Nueva York, y es entendido que deben 
presentarse, á nombre de este gobierno^ al de Venezuela, para 
ayuda del pueblo. Usted recibirá, con esta carta, una copia 
de la ley del congreso, que deberá ser su guia al comunicar 
la resolución á ese gobierno. Es de esperarse que usted lle- 
gará el en tiempo para hacerse cargo de esos dona- 
tivos; pero como es posible que esto no suceda, se enviará una 
instrucción condicional al señor Lowiy para actuar en el 
asunto^ en ausencia de usted. No dejará usted de hacer resal- 
tar en términos afectuosos que esta intervención para ayudar 
al desgraciado pueblo de Venezuela es una prueba poderosa 
de la amistad é interés con que los Estados Unidos toman 
parte en su dolor. 

Tengo el honor de ser, etc. 
James Monroe. 
Alexander 8cott, Esq. ^'^ 

(VÉASE PAJINA 8, NOTA 2) 

Hé aquí como describe esa fiesta el sefior don Miguel Luis 
Amunátegui, en la pajina 115 de su curioso libro «Alborada 
poética de Chile:» 

Camilo Henríquez amaba á los Estados Unidos, esa tierra de 
la libertad como la llamaba en sus escritos. 

Creía que la gran república podía ser el porta estandarte de 
la América. 

La colonia inglesa era un espejo de cuerpo entero en que las 
colonias españolas debían mirarse para imitar su conducta. 

Esperaba que ella ejerciese una influencia moral y otra ma- 
terial en la proclamación de la independencia de estas últimas. 

En lo primero calculó con acierto: en lo segundo se equivocó 
por completo. 

Los Estados Unidos presentaron su ejemplo; pero no dieron 
ni su dinero, ni su ejército, ni su auxilio. 

Los políticos, como los poetas, tienen sus ilusiones. 

El fraile revolucionario elojió á los bastoneses, así se llama- 
ba entonces á los norteamericanos, desde el pulpito de la cate- 
dral, en el sermón predicado el 4 de julio de 1811 para solem- 
nizar la apertura del primer congreso nacional. 



(1} aiaU Púp§r$, pA). iliO, Aflo 181I-1814— Vol. I. Par. II. 



APtoDlClT' :.♦ 1?5 



Era amigo intimo de Mr. Joel Roberto Póinsett, primer cónsul 
general de los Estados Unidos en Chile. 

Al afio siguiente, en el mismo dia, hizo circular en Santiago 
la siguiente octava, en que se supone que los ciudadanos de 
aqueUa nación conmemoraban el aniversario de su indepen- 
dencia: 

Vuelve el dia íéliz y esclarecido 
de nuestra libertad y nuestra gloria. 
El monstruo de opresión enfurecido 

Íetesta de este dia la memoria. 
U huye y la yilesa lo ha seguido, 
que engaña con promesas de yictoría; 
y esclama la virtud: Americanos, 
donde florecen héroes no hay tiranos. 

El homenaje tributado á la república americana implicaba 
una incitación contra la monarquía espaftola. 

Satet anguis in herba. 

Después de las ramas de laurel arrojadas á las plantas de la 
gran nación, centelleaba una espada. 



El 4 de julio de 1812 (dice Camilo Henriquez) se vio en San- 
tiago la respetable imájen de los pueblos libres y del entusias- 
mo de la libertad. 

El sefior coronel Poinsett, cónsul general de los Estados Uni* 
dos, celebró con magnificencia la independencia de aquellos 
estados, declarada el 4 de juUo de 1776. 

El gobierno tomó en la celebridad de este día todo el interés 
imajinable. Preparó los ánimos para este grande objeto, dando 
orden á los cuerpos militares y empleados de llevar la escara- 
pela tricolor. El ramillete en que se veía cruzado el pabellón de 
los Estados Unidos en el estandarte tricolor, los brindis, las es- 
presiones y alegría de todas las personas ilustradas que asistie- 
ron al lucido ambigú, todo inspiraba ideas de libertad.» 

En el banquete dado por Mr. Joel Robert Poinsett, se entonó, 
entre otros varios, un himno patriótico compuesto por Camilo 
Henriquez á la gloria de la América. 

Aplaudid, aplaudid á los héroes 

fue á la patria el délo otorfl^, 
^or su esfbensOy se eleva gloriosa 
á la dicha que nunca esperó. 

Coronada de oUvas se ostenta 
Uena de gloria y de bendición. 
Venid, pueblos, volad á su seno: 
cayó el muro de separación. 



176 Áhmmno PALoicaQüa 



Al sud Alerte le esiiende loi brasot 
la patria ilustre de Washiagtoa: 
el nuevo mundo todo se reúne 
en eterna confederación 
Aplaudid, etc. 

Recompensan triunfales laureles 
la constancia, el heroico valor 
de Venezuela, Cundinamarca, 
Buenos Aires, el sud alto honor 

Nueva España con noble porfía 
á sus duros tiranos domó: 
de sus ruinas se elevó terrible 
indita V grande en su aflicción. 
Aplaudid, etc. 

Si de Marte la sangrienta safla 
el robusto Chile respetó, 
se prepara en la pas á la guerra, 
aunque nunca los riesgos temió. 

£1 Perú Alto que aborrece el yugo, 
y que siempre ser Ubre juró, 
tal ardor y constancia despliega, 
que del mundo es la admiración. 
Aplaudid, etc. 

Volverán de la pas las dulsuras: 

cesará de Belona el furor 

se oirán de la sabiduría 

los consejos y la amable vos. 

IMctará las sacrosantas leyes 
de la más justa constitución. 
Tales son de la patria los votos. 
y deseos de su corasón. 
Aplaudid, etc. 

Ser Supremo, padre de los hombres, 
sostenednos con vuestro fkvor; 
dir^'idnos en nuestras tinieblas; 
iluminad á nuestra rasón. 

Vos detestáis toda tiranía: 
nos inspiráis contra ella horror: 
sois el principio de nuestras ^lorias; 
por vos canta nuestra humilae vos. 

Aplaudid, aplaudid á los héroes 

?ue á la patria el cielo otorgó, 
^or su esfuerzo se eleva gloriosa 
á la dicha que nunca esperó! 

£1 poeta chileno pensaba con brío; pero se espresaba con 
flojedad. 



apAndics 



177 



La parte material resistía á su cincel. 

Sus versos semejan una sonata tocada en una clave mala y 
destemplada . 

(Víase pajina 34, nota 4) 

Cttf rpo diplORiitico y consular acredKtdo en el eotranjero durante 
el periode revolucionarlo de 1810 i 1826. 



30 DE JULIO 



27 DE SEPTIEMBRE 
20 DE NOVIEMBRE 



2 DE ENERO 



18 DE FEBRERO 
13 DE MARZO 



13 DE MARZO 
7 DE DICIEMBRE 



25 DE ENERO 



1810 

Vicente Anastasio de Echevarría y Manuel 
Belgrano.-^Secretario: Pedro Cavia, en el 
Paraguay. 

Juan Francisco Agüero, en el Paraguay. 

Doctor don Antonio Alvarez Jonte, diputado 
á Chile. 

1811 

Mariano Moreno. — Secretarios: Manuel Mo- 
reno y Tomás Guido, en Brasil y Londres. 

1813 

Bernardo Vera Pintado, diputado cerca del 

gobierno de Chile. ^*^ 
Nicolás Herrera, en el Paraguay. 

Manuel Sarratea, ^n Río Janeiro, acerca 

de lord Strangford. 

1814 

Manuel Sarratea, en Inglaterra. 

Manuel Belgrano y Bemardino Rivadavia, 
diputados á la Península. — Oficial ama- 
nuense: Rufino Basavilbaso. ^'> 

Juan José Passo, en Chile. 
Juan Pedro Aguirre y Luis Saavedra, en 
Estados Unidos (dato de Ignacio Nufiez). 

Tomás Guido, en Chile. 

Valentín Gómez, en Francia. 

1815 

Manuel J. Gftrcía, al Brasil, para conferen- 
ciar con Strangford. 



(1) En el r^istro oflelal recién aparece en esta fecha, pero debe haberse nombrado an- 
tee (pAjIna IM, tomo v^) 
(9) Nombrado en 19 de diciembre de 1814. 



12 



178 



ALBERTO PALOMBQUE 



1816 

4 DE SEPTIEMBRE Coronel Mayor Francisco Terrada, comisio- 
nado cerca de Lecor al venir éste con sus 
fuerzas al territorio oriental. 
Martín Thompson, en Estados Unidos. 



18 DE MAYO 



MAYO 



29 DE MARZO 



8 DE MARZO 



9 DE JUNIO 
23 DE JULIO 
23 DE JULIO 



23 DE JULIO 



23 DE JULIO 



1817 

Manuel Hermenejildo de Aguirre y José 
Gregorio GtómeZj en Estados Unidos. 

1818 

David C. de Forest, cónsul en Estados Uni- 
dos. 

1819 

Andrés Ai^guibel, Ájente en Cádiz. 

1822 

Félix de Alzaga, comisionado para el arreglo 
de la deuda en Chile y Perú. — Oficial au- 
xiliar: Domingo Olivera (30 de Marzo 
1822). 

1823 



Dr. don Diego Estanislao Zavaleta (eclesiás- 
tico). — Secretario: Dr. don Juan Feo. Gil, 
diputación á las provincias independien- 
tes de la antigua Unión. 

José Valentín Gómez^ comisionado al Bra- 
sil. — Secretario: Esteban de Luca. 

Félixde Alzaga^ ministro plenipotenciario en 
Chile, Perú y Colombia. 

Juan Gregorio de Las Heras y Diego Esta- 
^ nislao Zavaleta, comisionados cerca del 
jefe de las fuerzas espafiolas. — Secreta- 
rios: José Severino Malavia y José Seve- 
rino Lagos. 

Dr. don Juan García de Cossio, comisionado 
en el Paraguay, Entre Rios, Corrientes y 
Santa Fé. 

Juan Antonio Alvarez de Arenales, comisio- 
nado en Cuyo. 

15 DE NOVIEMBRE Miguel Estanislao Soler, comisionado cerca 

de las fuerzas de S. M. F. y de las del Bra- 
sil que ocupaban la plaza y campafia de 
Montevideo. 



▲pAhdiob 



179 



28 DE DICIEMBRE 



Carlos de Alvear, ministro plenipotenciario 
en los Estados Unidos. — Secretario: To- 
más Iriarte. 



1824 

26 DE FEBREBO Carlos Alvear y Secretario: Tomás Iriarte? 
22 DE SEPTIEMBRE Y en Colombia. 

28 DE ENERO 1826 

7 DE ABLiL T Juan HuUet^ cónsul general en Inglaterra. 

6 DE AGOSTO DE 1825 

27 DE AGOSTO 1824 Bemardino Rivadavia, en Londres y demás 

potencias europeas. 

18 DE OCTUBRE Iguacio Alvaroz Thomas, en el Perú.— Se- 

1.^ DE DICIEMBRE T crotario: José María Calderón (4 de Di- 
1 7 DE FEBRERO 1825 ciembre 1824). 



29 DE ENERO 

17 DE FEBRERO 

17 DE MAYO 

31 DE AGOSTO 
24 DE OCTUBRE 



15 DE MARZO 
20 DE ABRIL 



25 DE ABRIL 

26 DE ABRIL 

3 DE MAYO 
8 DE JULIO 

24 DE OCTUBRE 



1825 

Manuel José Garcia, plenipotenciario para 
celebrar con el sefiorPansh,en Buenos Ai- 
res^un tratado de comercio con Inglaterra. 

Bemardino Rivad^via, ministro en Francia 
é Inglaterra. — Secretario: Ignacio Nufiez. 
— Oficial de pluma: Eustaquio J. Torres. 

Carlos Alvear y José Miguel Diaz Velez, 
ministros plenipotenciarios y £. E. en el 
Alto Perú. — Secretario: Domingo Oro. 

Manuel de Sarratea, encargado de negocios 
en Inglaterra. 

Ignacio Alvarez, M. P. en Chile. 

1826 

Estanislao Lynch^ cónsul en el Perú. 

Manuel Sarratea, M. P. de las P. U. del Rio 
de la Plata, en Inglaterra. — Secretario: 
Juan F. Gil. 

Manuel José García, Congreso de Panamá. 

Manuel Moreno, M. P. en E. Unidos. — Secre- 
tario: Juan Andrés Forrera. 

José Miguel Diaz Velez, en Panamá. 

Manuel José Garcia ^») M. P. y E. E. en In- 
glaterra. 

Sebastián Lezica, cónsul general en Chile. 



(1) Como á p«dldo de lord Poniomby m sospendló el rUle de Gureia, quedó de encar 
gado de negocios el secretario Dr. D. Juan Francisco Gil (ts de S^ttemlnre 18M) 



180 



ALBBBTO PALOMBQUB 



Cuerpo diplemático y consular eotranjoro 
acroditado en Buenos Aires durante el periodo revolucionario 

de 1810 ¿ 1826 

1811 

22 DE NOVIEMBRE Wílliam, Gilchrist Miller vicecónsul norte- 
americano. 



27 DE MAYO 



1812 

Juan Rademaker, £. E. de S. M. el Rejente 
de Portugal. 



1817 

DE SEPTIEMBRE Tomas Lloyd Halsey, cónsul de Estados 

Unidos. 

1820 

5 DE DICIEMBRE Juan M. Forbes, ájente de los Estados 

Unidos. 



16 DE MATO 



1 DE AGOSTO 



1 DE ENERO 
22 DE ENERO 
30 DE MAYO 



18 DE JUNIO 
DE AGOSTO 



1821 

Diego Robinett, cónsul interino de Estados 
Unidos. 

1822 

Antonio Manuel Correa da Cámara, cónsul 
ájente comercial del Brasil. 

1823 



Francisco Acosta Pereyra, vicecónsul del 
Brasil. 

Joaquín Mosquera y Arboleda, M. P. y E. E. 
de Colombia. 

Antonio Luis Pereira y Luis de la Robla, co- 
misionados de S. M. Católica. 

Manuel Blanco Escalada, M. P. del Perú. 

Guillermo Dana, cónsul interino de los Es- 
tados Unidos. 

18 DE NOVIEMBRE César A. Rodney, M. P. de los Estados Uní- 
dos, Secretario: Juan M. Forbes. 



2 DE ENERO 



1824 

Q-regorio Funes, enviado estraordinario y 
ministro plenipotenciario de Colombia. 



▲PÉNDIOa 



181 



31 DE MARZO Y 
6 DE ABRIL 



19 DE ENERO 



20 DE ENERO 
24 DE FEBRERO 

21 DE JULIO 
26 DE AGOSTO 

22 DE DICIEMBRE 



Woodbine Parísh, cónsul general de Su Ma- 
jestad Británica. 

1825 

Simphronio María Pereyra Sodré, cónsul 
ájente comercial del Brasil. 

Joif^e Washington Slocum, cónsul de los Es- 
tados Unidos. 

Juan Eschemburg, cónsul del Reino de 
Prusia. 

Woodbine Parish, encargado de negocios 
de S. M. B. 

Juan M. Forbes, encargado de n^ocios de 
los Estados Unidos. 

Juan Jorge Vermoelen, cónsul de los Paises 
Bajos. 

1826 



14 DE JUNIO 



Gregorio Funes, encargado de negocios de 
Colombia. 

18 DE SEPTIEMBRE Lord Pousomby, enviado estraordinario y 

ministro plenipotenciario de Inglaterra. 



13 DE MARZO 

2 DE SEPTIEMBRE 

Y 
28 DE OCTUBRE 



1822 

8e decreta el cese de Foresta cónsul en Es- 
tados Unidos. 

Se pide á Chile que retire á su diputado doc- 
tor don Miguel Zafiartu, no dándosele 
audiencia y enviándosele su pasaporte. 



(víase pajina 52, NOTA 2). 

Deelaracién de neutralidad 

£1 presidente de los Estados Unidos de Norte América ha 
lanzado la siguiente proclama, declarando la neutralidad del 
gobierno durante la guerra ruso-japonesa: 

Por cuanto existe desgraciadamente el estado de guerra entre 
el Japón por una parte y Rusia por la otra; 

T por cuanto los Estados Unidos se hallan en términos de 
amistad con ambas potencias en lucha y con las personas que 
habitan sus respectivos dominios; 

T por cuanto hay ciudadanos de los Estados Unidos residen- 
tes dentro de los territorios ó dominios de cada uno de dichos 
belijerantes, ocupándose de comercio ú otros negocios ó asun- 



182 ALBERTO PÁLOMBQUIB 



tos en los mismos bajo la protección de la fé de los tratados; 

Y por cuanto hoy subditos de cada uno de dichos belij erantes ' 
que residen en el territorio ó jurisdicción de los Estados Unidos/ 
ocupándose de comercio ú otros negocios ó asuntos en los 
mismos; 

T por cuanto las leyes de los Estados Unidos, sin intervenir 
en la Ubre espresión de opiniones y simpatías, ni en la manu- 
factura manifiesta ó venta de armamentos ó de municiones de 
fuerza^ imponen sin embargo á todas las personas que se hallan 
dentro de su territorio y jurisdicción el deber de una neutrali- 
dad imparcial durante la existencia de la lucha; 

Y por cuanto es deber de un gobierno neutral no permitir ni 
sufrir que sus aguas sean empleadas en servicio de los fines de 
la guerra; 

Por tanto, yo, Teodoro Roosevelt, presidente de los Estados 
Unidos de América, á fin de mantener la neutralidad de los Es- 
tados Unidos y de sus ciudadanos y de las personas que se ha- 
llan dentro de su territorio y jurisdicción, y para aplicar sus 
leyes, y á fin de que todas las personas, siendo amonestadas con 
el tenor general de las leyes y tratados de los Estados Unidos á 
este respecto, y de la ley de las naciones, puedan asi evitar toda 
violación involuntaria de los mismos, declara y proclama por la 
presente que por la ley aprobada el 20 de abril de 1818, conoci- 
da generalmente por «Ley de neutralidad» se prohibe, bajo se- 
veras penas, los siguientes actos dentro del territorio de los Es- 
tados Unidos, es decir: 

1.® Aceptar ó ejercer un cargo en servicio cualquiera de di- 
chos belijerantes, por tierra ó por mar, contra el otro belije- 
rante. 

2.^ Enrolar ó ingresar al servicio de cualquiera de dichos be- 
lijerantes como soldado ó como marino á bordo de cualquier 
buque de guerra ó con patente de corso; 

3.^ Asalariar ó contratar á otra persona para que enrole ó in- 
grese al servicio de cualquiera de dichos belijerantes como sol- 
dado, ó marino, á bordo de cualquier buque de guerra ó con 
patente de corso; 

4.^ Asalariar á otra persona para que salga de los límites ó 
jurisdicción de los Estados Unidos con la intención de alistarse 
según se ha dicho más arriba; 

5.^ Asalariar á otra persona para que salga de los límites de 
los Estados Unidos con la intención de entrar al servicio según 
se ha dicho más arriba; 

6.^ Contratar á otra persona para que salga de los limites de 
los Estados Unidos con la intención de alistarse como se ha di- 
cho más arriba; 

7.^ Contratar á otra persona para que salga de los limites de 
los Estados Unidos para entrar al servicio, según se ha dicho 



APÉNDICS 188 



más arriba. (Pero esta ley debe ser interpretada como aplicable 
al ciudadano ó subdito de cualquier belijerante, que^ hallándo- 
se de paso den tro de los Estados Unidos, se alistara ó entrara al 
servicio á bordo de cualquier buque de guerra que, en la época 
de su llegada á los Estados Unidos, se estuviera alistando y 
equipando como buque de guerra, ó que asalariara ó contrata- 
ra á otro subdito ó ciudadano del mismo belijerante, que se en- 
contrara de paso dentro de los Estados Unidos, para alistarse ó 
entrar al servicio de dicho belijerante á bordo de dicho buque 
de guerra, si los Estados Unidos estuvieran entonces en paz con 
dicho belijerante.) 

8.* Preparar y armar 6 intentar de preparar y armar, ó pro- 
curando se prepare ó arme, ó á sabiendas complicado en la pro- 
visión, preparación ó armamento de un buque cualquiera con 
la intención de que dicho buque deberá ser empleado en servi- 
cio de uno ú otro de los belij erantes; 

9.^ Otoi^ar ó entregar un cargo dentro del territorio ó juris- 
dicción de los Estados Unidos para cualquiera buque, con la in- 
tención de que éste sea empleiuio según se ha dicho más arriba; 

10. Aumentar ó procurando aumentar ó estar complicado á 
sabiendfis en el aumento del poder de un acorazado, crucero ú 
otro buque armado que, en la época de su llegada á los Estados 
Unidos, era acorazado, crucero ú otro buque armado en servi- 
cio de uno ú otro de dichos belij erantes, sea aumentando el nú- 
mero de .cañones de dichos buques, sea cambiando los buques 
que tuviera á bordo por otros de mayor calibre, ó añadiendo á 
éstos un equipo solamente aplicable en la guerra. 

11. Empezar ó plantear, ó proveer ó preparar los medios para 
que una espedición ó empresa militar pueda salir del territorio 
ó jurisdicción de los Estados Unidos contra el territorio ó domi- 
nios de uno ú otro de dichos belijerantes. 

Y, además, por la presente proclamo y declaro que toda visita 
y uso de las aguas dentro de la jurisdicción territorial de los 
Estados Unidos por parte de buques armados de cualquiera de 
los belijerantes, sean buques públicos ó con patente de corso, 
con el objeto de preparar operaciones hostiles, ó como puestos 
de observación sobre los buques de guerra ó corsarios ó buques 
mercantes del otro belijerante que se hallaran dentro ó estuvie- 
ran por entrar en la jurisdicción de los Estados Unidos, debe 
ser considerado como un acto no amistoso y ofensivo y una vio- 
lación de la neutralidad que este gobierno está resuelto á obser- 
var; y con el fin de que el azar y la poca conveniencia de estos 
hechos que se tienen puedan ser evitados, proclamo y declaro 
además que desde el 15 de febrero y mientras continúen las 
presentes hostilidades entre Japón y Rusia, ningún buque de 
guerra ó corsario de ninguno de los belijerantes tendrá permiso 
para hacer uso de ningún puerto, bahía ó aguas sometidas á la 



184 ALBERTO PALOMBQUB 



jurisdicción de los Estados Unidos, desde los cuales un buqud 
del otro belij erante (sea este buque de guerra, ó corsario, 6 
mercante) hubiera salido previamente, hasta después de ven- 
cido un plazo mínimo de 24 horas desde la salida del buqte 
mencionado en último lugar de la jurisdicción de los Estados 
Unidos. 

Si un buque de guerra ó corsario de uno ú otro belijerante, 
entrara después de entrada en vij encía esta notificación en 
cualquier puerto^ bahía ó aguas de los Estados Unidos, se exi- 
jira de dicho buque que salga y se haga á la mar dentro dt las 
24 horas de su entrada en dicho puerto, bahía ó aguas, escepto 
el caso de falta de agua ó que necesitara provisiones ó artículos 
necesarios para la subsistencia de su tripulación, ó para repara 
clones: en cualquiera de estos casos la autoridad del puelio ó 
del puerto más vecino (según el caso) exijirá del buque se haga 
á la mar en cuanto sea posible después de vencido el plaso de 
24 horas, sin permitirle tomar provisiones mayores que las que 
fueran necesarias para su uso inmediato; y ninguno de estos 
buques al cual se hubiera permitido quedar dentro de las aguas 
de los Estados Unidos con el objeto de hacer reparaciones, podrá 
continuar á entrar dentro de dicho puerto, bahía ó aguas, por 
un plazo mayor de 24 horas después de concluidas las repara- 
ciones necesarias, á menos que dentro de dichas 24 horas no 
hubiera salido de dichas aguas un buque^ sea de guerra, ó cor- 
sario, ó mercante, del otro belijerante, en el cual caso el plazo 
fijado para la salida de dicho buque de guerra ó corsario será 
ampliado cuanto fuera necesario para obtener un intervalo no 
menor de 24 horas entre dicha salida y la de un buque de gue- 
rra^ corsario ó mercante del otro belijerante que hubiera salido 
previamente del mismo puerto, bahía ó aguas. 

Ningún buque de guerra ó corsario de cualquier belijerante 
podrá demorar en ningún puerto^ bahía ó agua de los Estados 
Unidos, más de 24 horas á causa de la salida sucesivas de dicho 
puerto, bahía ó aguas, de más de un buque del otro belijerante. 
Pero sí hubiera varios buques de cada uno ó de uno ú otro de 
los dos belijerantes en el mismo puerto, bahía ó aguas, el orden 
de su salida será arreglada de manera que ofrezca la oportuni- 
dad de la salida alternada de los buques de los respectivos beli- 
jerantes, y que la mayor demora esté de acuerdo con los fines 
de esta proclama. Ningún buque de guerra ó corsario de uno ú 
otro belijerante podrá, durante su estadía en un puerto, bahía ó 
aguas dentro de la jurisdicción de los Estados Unidos, tomar 
provisiones con escepción de víveres ú otras cosas que fueran 
necesarias para la substancia de su tripulación y con escepción 
de la cantidad de carbón necesario para llevar dicho buque, 
siempre que no contara con la ayuda de las velas, al puerto más 
cercano de su propio país; ó, en caso de que el buque estuviera 



APÉNDIOB 186 



aparejado para navegar á vela y pueda también ser movido por 
el vapor^ hasta la mitad del carbón que tendría derecho de reci- 
bir si solamente navegara á vapor; y que se proveerá nueva- 
mente carbón á dicho buque de guerra ó corsario en el mismo 
ni en otro puerto, bahía ó aguas de los Estados Unidos, sin per- 
miso especial, hasta tres meses después de la fecha en que se le 
hubiera hecho la última provisión de carbón dentro de las aguas 
de los Estados Unidos, a menos que dicho buque de guerra ó 
corsario, después de dicha última provisión, hubiera entrado en 
un puerto del gobierno á que pertenece. 

T declaro y proclamo además que por el primer artículo de 
la convención sobre los derechos de neutrales en el mar, que 
se concluyó entre los Estados Unidos de América y Su Majertad 
el Emperador de todas las Rusias el 23 de julio de 1854, se re- 
conocen como permanentes é inmutables los siguientes prin- 
cipios: 

1.® Que el buque libre hace la mercadería libre — es decir, 
que los artículos ó bienes pertenecientes á los subditos ó ciu- 
dadanos de una potencia en estado de guerra son libr<» de cap- 
tura y embargo si son encontrados á bordo de buques neutrales 
con escepción de los artículos de contrabando de guerra; 

2.^ Que la propiedad de neutrales á bordo de un buque del 
enemigo no está sujeta á embargo, á menos que fuera con- 
trabando de guerra 

T declaro y proclamo además que los estatutos de los Esta- 
dos Unidos así como la ley de las naciones exijen que ningu- 
na persona dentro del territorio y jurisdicción de los Estados 
Unidos tome parte, directamente, en dicha guerra, sino que de- 
be permanecer en paz con cada uno de dichos belijerantes, y 
debe observar una neutralidad estricta é imparcial, y que todos 
los privilejios de cualquier clase que se concedieran á un beli- 
jerante dentro de los puertos de los Estados Unidos deberán 
del mismo modo ser concedidos al otro. 

Y por la presente ordeno á todos los buenos ciudadanos de 
los atados Unidos y á todas las personas que residan ó se ha- 
llan dentro del territorio ó jurisdicción de los Estados Unidos 
observen estas leyes y no cometan acto alguno contrario á las 
disposiciones de dichos estatutos ó violatorio de la ley de las 
naciones. 

Y por la presente amonesto á todos los ciudadanos de los Es- 
tados Unidos y á todas las personas que residan ó se hallaren 
en sus territorios ó jurisdicción que, en tanto que la libre y am- 
plia manifestación de simpatías en público y en privado no est i 
restrinjida por las leyes de los Estados Unidos, no se pueden 
iniciar ni organizar dentro de su jurisdicción fuerzas militares 
en ayuda de uno ú otro de los belijerantes, y que, en tanto que 
todas las personas pueden, legalmente y sin restricción causada 



186 ALBBRTO PALOMBQUB 



por dicho estado de guerra, fabricar y vender dentro de los Es- 
tados Unidos, armas y municiones de guerra ú otros artículos 
conocidos generalmente por «contrabando de guerra», no pue- 
den llevar dichos artículos en alta mar para uso ó servicio de 
uno ú otro belijerante, ni pueden transportar soldados y ofre- 
cerles de uno ú otro ni intentar forzar su bloqueo establecido le- 
galmente y mantenido durante la guerra, sin incurrir en los 
riesgos de presa hostil y en las penalidades establecidas á este 
respecto por la ley de las naciones. 

Y por la presente comunico que todos los ciudadanos de los 
Estados Unidos y otros que reclamaran la protección de este 
gobierno por haber faltado á las reglas que preceden, lo harán 
así á su riesgo y peligro, y no obtendrán en manera alguna la 
protección del gobierno de los Estados Unidos contra las conse- 
cuencias de sus faltas. 

En fé de que he firmado al pié y mandado aplicar el sello de 
los Estados Unidos. 

Dada en la ciudad de Washington, este día 11 de febrero del 
afto de nuestro Seflor de mil nuevecientos cuatro y 128 de la in- 
dependencia de los Estados Unidos. 

(L. S.) (fdo.) Teodoro Roosevelt. 

De orden del Presidente 

(fdo.) — Juan Hay, 

Secretario de estado. 

(VÉASE, PAJINA 69, nota 2). 

La escuadra chilena recibió en esas circunstancias un re- 
fuerzo relativamente poderoso, pero que costaba al gobierno 
un considerable desembolso de dinero y que como veremos 
luego, estuvo aparejado de un gran sacrificio que debió cau- 
sarle los más amargos desagrados. El 22 de Junio llegó de 
Valparaíso la corbeta Curiíicioy uno de los buques mandados 
construir en Estados Unidos por el ájente del gobierno de 
Chile, don Manuel H. de Aguirre según hemos contado en otra 
parte. 

Aguirre tuvo que defender no pocas dificultades en el desem- 
pefio de esa comisión. Aunque el gobierno había puesto á su 
disposición la suma de 195.000 pesos, no le fué posible 
contratar la construcción de dos fragatas, y se vio obligado 
á reducir las proporciones de los buques, para dotar á la ma- 
rina chilena de dos buenas corbetas. El armamento y equipo 
de esas naves, en un país neutral, y hallándose vijilado en 
todos sus procedimientos por los ajentes consulares de Espa- 
ña, crearon también á de Aguirre otro orden de contrariedades, 
y lo pusieron, según su esposición, en la necesidad de hacer 



APÉNDICB 187 



gastos que excedían á sus recursos. Para disimular el desti- 
no de esas naves, había hecho aparecer como duefios de ellas 
á los capitanes que debían mandarlas. Uno de estos, llamado 
John Skínner, que se había mostrado muy empeñoso en la 
empresa, y que aún se había lisonjeado con la esperanza de 
que llegando á Chile se le daría el mando en jefe de la es- 
cuadra, (1) obtuvo de una casa comercial de Nueva York el an- 
ticipo de algunos fondos que serían pagados con una fuerte 
compensación equivalente al doble del capital anticipado. En 
consecuencia de este arreglo, Skinner jiro letras por valor 
de 69.541 pesos á cargo de Aguirre, que con la aceptación y 
garantía de este, fueron endosados á favor de la casa pres- 
tamista. Mediante estos arreglos se terminó el equipo de 
las naves, fueron contratados cerca de 500 hombres para su 
tripulación, y á flnes de agosto de 1818 pudo zarpar de Nue- 
va York una de ellas, la corbeta Horacio, bajo el mando del 
capitán Skinner, y en ella se embarcó el mismo de Aguirre con 
destino al Río de la Plata. La otra corbeta, llamada Ouria- 
eioy salió casi al mismo tiempo bajo el mando del capitán 
don Pedro Délano, y en seguida salieron dos buques mer- 
cantes, en que había sido embarcado el armamento de aque- 
llas dos naves, para salvar la prohibición de sacarlas arma- 
das. 

La corbeta Horado llegó á Buenos Aires á principios de 
noviembre y poco después la Curiado. 

Eran ambos buques nuevos, con capacidad para 36 caño- 
nes cada uno; traían una tripulación como de cerca de 500 
hombres, y habrían importado un valioso continjente para 
aumentar el poder de la escuadra chilena que en esos mo- 
mentos se preparaba paraespedicionar sóbrelas costas del Perú. 
Pero esos buques no podían seguir su viaje inmediatamente 
á Valparaíso porque no habían recibido su armamento, y por- 
que se suscitaron dificultades de otro orden á consecuencia 
de los compromisos contraídos por de Aguirre. El director Puey- 
rredon, que no aprobaba la conducta de este en los Estados 
Unidos, y de tiempo atrás creía que la comisión que se le 
había confiado á de Aguirre imponía un sacrificio enorme que 
no guardaba correspondencia con los frutos que podía pro- 
ducir se negó á aprobar las cuentas que dicho ájente 
presentaba, desconoció y no aceptó los compromisos que este 
había contraído, ^*^ y difirió el reconocimiento de esto negocio 
al representante do Chile don Miguel Zafíartu, que, por su 
parte, estaba también mal impresionado respecto á aquellos 
procedimientos. Surjieron de aquí dificultades y complicacio- 



(1) Inexacto man Adelante, en el r> tomo, 9e verá el error del 8r. Arana, á ene reap«cto. 

(2) Falso. 



188 ALBBRTO PALOMBQUB 



nes de la mayor gravedad. De Aguirre, que se vela en grandes 
embarazos, y que se decía víctima de la malquerencia del 
gobierno de Buenos Aires y de Zañartu, se negaba á presen- 
tar á éste sus cuentas y á hacer la entrega formal de los 
buques, y apeló al gobierno de Chile contra aquellos proce- 
dimientos. ^*^Pero este había sido informado de todo por su re- 
presentante; y en vista de los antecedentes que se le remitían, 
resolvió la competencia en favor de éste, ordenándole, con 
fecha de 2 de mayo de 1819, que se recibiera de todos los 
papeles relativos á ia negociación, y que á la mayor breve- 
dad dispusiera la salida de los buques para Valparaíso. 

Esta última resolución no pudo cumplirse, y fué necesario 
suspenderla cinco días después. El gobierno de Buenos Aires, 
alarmado con la noticia del próximo arribo de una espedi- 
ción española de diez y ocho mil soldados al Río de la Plata, 
se había propuesto organizar una escuadrilla para combatir- 
la, y pedía con particular insistencia que se dejase allí esas 
dos corbetas para hacerlas servir en estas empresas. El di- 
rector O'Higgins, aunque persuadido que esas naves eran in- 
dispensables en el Pacífico, no pudo negarse á una exijencia 
que parecía tan fundada, y dispuso que por entonces queda- 
sen en Buenos Aires, contrariando así las combinaciones y 
planes de lord Cochrane, que no había cesado de reclamar 
ese refuerzo para la escuadra de su mando. Poco más 
tarde, cuando se supo que la anunciada espedición española 
no había podido organizarse, y que en lugar de ella vendría 
al Perú un refuerzo de buques y de tropas que engrosaría 
considerablemente el poder militar del virrey, el gobierno de 
Chile volvió á insistir con mayor empeño en la pronta sali- 
da do aquellos dos buques que se hallaban en Buenos Aires. 
En este caso, dice el ministro de estado de Chile á su repre- 
sentante en aquella capital, en oficio de 26 de abril, y no pu- 
diendo nuestro gobierno levantar el bloqueo de los puertos 
del Perú recientemente decretado para que nuestra escuadra 
aguarde á la española en la mecha, que regulaimente será 
el punto de recala, es de absoluta necesidad que V. E. es- 
ponga al supremo gobierno de esas provincias que ha llega- 
do el momento en que no deban demorarse las fragatas 
(corbetas) un solo día en esa rada, y que V. S. practique 
cuantas dilijencias sean dables para la inmediata salida de la 
Curiado, y para que allanadas las dificultades que presenta 
la Horacio, venga también lo más pronto posible». 

Zañartu se había adelantado á esa orden. Desplegando una 
gran actividad, sosteniendo una empeñosa contienda en la re- 



(1) Todo falBo, como se ha visto. De Agalrre presentó sus euentas al gobierno arjentino 
como se demostrará en el tomo seguido. 



APBNDICB 189 



visión de las cuentas de Aguirre, ^^ ^ y procurándose por medio 
de préstamos que solicitaba del comercio, los fondos necesa- 
rios para pagar en parte á lo menos los sueldos que se de- 
bían á las tripulaciones, consiguió equipar convenientemente 
la corbeta Ourictcio. Provista ésta del armamento que la co- 
rrespondía, y de los víveres necesarios para continuar su viaje, 
salió de Buenos Aires con destino á Valparaíso el 12 de mayo 
con una tripulación de 297 hombres marineros contratados 
por un afio, con los oficiales respectivos y bajo el mando del 
capitán don Pablo Délano, marino competente é intrépido, y 
hombre de carácter serio y honorable. Su arribo á Valparaí- 
so el día 23 de junio, fué celebrado por el gobierno como una 
gran ventaja para la nueva campaíia á que se preparaba la 
escuadra. 

Pero esa satisfacción fué contrariada con un suceso que oca- 
sionó al gobierno la más amarga decepción. El capitán Skinner 
de la corbeta Horado quedaba en Buenos Aires haciendo recla- 
maciones sobre cantidades á cuyo pago se había comprometido 
de Aguirre, pero que el representante de Chile se negaba á reco- 
nocer, y sobre los sueldos que debían pagarse á los oficiales y 
marineros de esa nave. Esas cuestiones habían tomado un 
carácter de acritud sumamente embarazoso. La arrogancia del 
capitán Skinner había mostrado aires de amenaza, hasta el 
punto de negarse á entregar la nave. Como Zafiartu no podía 
acceder á sus exij encías, y como los oficiales y marineros de la 
Hor€ício no recibían sueldo, se había creado una situación insos- 
tenible. Una noche de fines de junio, la corbeta, que aún no 
había recibido su armamento, salió furtivamente del puerto, 
sin dejar noticia alguna del destino que llevaba. Las dilijen- 
cias que se practicaron para descubrirla, fueron absolutamente 
ineficaces. Por simples inferencias se supuso que se había diri- 
jido á Rio de Janeiro, y se creyó que, mediante una remunera- 
ción pecuniaria, Skinner lo entregaría allí al embajador español 
cerca del rey de Portugal. El general Rondeau, que en esos 
mismos días había tomado el gobierno de las Provincias Unidas 
del Rio de la Plata, por renuncia del director Pueyrredon, se 
prestó con buena voluntad á apoyar las jestiones diplomáticas 
que debían hacerse ante ese gobierno para obtener la detención 
de aquella nave, cuya devolución Zafiartu esperaba obtener por 
la mediación del cónsul de los Estados Unidos. Estas jestionrs, 
que fueron aprobadas por el gobierno de Chile, no produjeron 
resultado alguno. Skinner, en efecto, se había dirijido á Rio de 
Janeiro; y llamándose dueño del buque, lo ofreció en venta, 
para volverse á los Estados Unidos. El gobierno portugués, sin 



(1) Chile no hA publicado hasta ahora esa docamentación. La oenlta, como se verá más 
adelMite. 



190 ALBERTO PALOMEQUE 



tomar en cuenta la nulidad de Io9 títulos de propiedad del ven- 
dedor, compró la corbeta para agregarla á su escuadra^ y la 
dio el nombre de Maria de la Olariaj en honor de una hija del 
principe heredero nacida tres meses antes. Por causa de 
la forma y de las circunstancias en que habia sido ejecutado 
este escandaloso fhiude, el gobierno de Chile no pudo recobrar 
la propiedad de una nave construida á su costa, ni consiguió 
nunca la devolución de los capitales que habia pagado por 
ella. (1)E1 armamento comprado para ese buque, fué remitido 
á Chile algunos meses después. (Historia general de Chile por 
Diego Barros Arana. 

(VÉASE PAJINA 42, NOTA 2) 

Exmo Sr. 

Jamás dudé un momento que V. E. haría los últimos esfuerzos 
para la pronta salida de las fragatas Horacio y CuriacOy cuyos 
servicios pueden ser tan útiles á ambos estados; y el oficio de 
V. E. de 4 del corriente, confirmando mi concepto, me ha causa- 
do la satisfacción más viva al ver el interés que V. E. se ha 
servido tomar en este asunto. 

Hasta ahora no hemos recibido noticias de nuestra escuadra, 
de modo que sobre el auxilio marítimo no puedo hacer más que 
repetir lo que dije á V. E. en oficio de 10 del corriente. 

Dios guarde á V. E. muchos años — Palacio directorial de 
Santiago de Chile á 24 de marzo de 1819. 

Bernardo O'Hiogins. 

Exmo sr. supremo director de las Provincias del Río de la 
Plata. 

Buenos Aires, 18 de octubre de 1821. 

Exmo Sr. — Este gobierno tiene el honor de pasar á las respe- 
tables manos de V. E. una copia autorizada por el ministro se- 
cretario de los departamentos de relaciones esteriores y de go- 
bierno, del decreto que ha recaído en una representación eleva- 
da por el ciudadano comerciante de este país D. Manuel H. de 
Aguirre. Dicho individuo solicita el pago de 52.097 pesos que ma- 
nifiesta alcanzar en resultas de la comisión que ejerció en los 
Estados Unidos de Norte América, y pasa con este objeto á ese 
Estado. 

Este gobierno está plenamente satisfecho de que en los prin- 
cipios de V. E. no pueden ser desatendidas las circunstancias 
de un ciudadano distinguido, igualmente acreedor á las altas 
consideraciones de V. E. que á las del país en cuyo servicio se 
ha empleado, abandonando sus negocios é intereses propios, y 
tal convencimiento le releva de la obligación de recomendar a 
V. E. la persona y los asuntos de dicho ciudadano como miem 

ri) Ta yeremos en que >«« Invirtió e^e dinero, que quería cargársele al Sr. de Aguirre. 



apAndicb 191 



bro de esta provincia — Entretanto este gobierno ruega á V. E. 
quiera admitir la espresión de sus respetos y consideraciones 
las más distinguidas.— Martín Rodríguez.-- Bernardino Ri- 

V ADA VI A. 

Buenoft Aires, 21 octubre de 1821. 

El sefior ministro secretario en el departamento de hacienda 
ha comunicado á este ministerio en 16 del corriente lo que 
sigue: 

''En representación queD. Manuel H. de Aguirre ha elevado al 
gobierno por ese departamento solicitando se le satisfaga el 
alcance de 52.097 pesos que le resulta de la comisión á que se 
le destinó en Norte América, ha recaído el decreto siguiente: 

''Considerando el tenor y fuerza de los documentos que presen- 
ta el ciudadano D. Manuel H. de Aguirre, ájente que fué del es- 
tado de Chile, juntamente con lo espuesto por el fiscal, se decla- 
ra que el gobierno de la provincia aún cuando subrogase en 
todas sus acciones y obligaciones al general de las Provincias 
Unidas, no se considera en el caso de la garantía que se reclama 
1.^ la que resulta del documento núm. 2 no es ni pudo ser de la 
naturaleza de aquellas que se presentan de estado á estado, en 
las que no entra jamás la suposición de que el garantido se 
deshonre faltando á sus empefios, ni el garante se obligue á sos- 
tener una injusticia, ni á compensarla; 2.^ porque la garantía 
prestada al ájente de Chile no pudo tener legalmente otro objeto 
que el de asegurar á los gobiernos ó á los particulares estranje- 
ros para el caso en que subyugada por enemigos la República 
de Chile fuera imposible allí el pago de las cantidades que se 
hubiesen anticipado á su ájente en los Estados Unidos, las que 
deberían ser satisfechos entonces del fondo de las Provincias 
Unidas como habrían sido abonadas también las cantidades que 
á los objetos de su comisión hubiese tomado el ciudadano de 
Aguirre délos fondos del empréstito de dos millones, si se hubiese 
realizado. Pero, encontrándose ahora más asegurada que nunca 
la independencia de Chile, esta provincia se halla enteramente 
fuera del caso de la garantía en cuestión, sin que esto releve en 
modo alguno al gobierno por la protección debida á sus subdi- 
tos en la obligación de recomendar, si necesario fuera, al go- 
bierno aliado de Chile, el que provea con la preferencia posible 
al pago de las cantidades líquidas que por principal é intereses 
resultasen á favor del ciudadano de Aguirre, y salvos también sus 
derechos á éste contra cualquier persona que halle haberle em- 
barazado maliciosa ó arbitrariamente el cumplimiento de sus 
instrucciones, y cause perjuicios en chancelación de sus 
cuentas con el susodicho Estado de Chile ... Y se transcribe á 
V. S. á los efectos consiguientes.» 

El gobierno ha dispuesto se transcriba á V. la anterior decía- 



192 ALBBETO PALOMEQUE 



ración, en consecuencia de la cual se le acompafia el pliego 
cerrado para el Excmo señor director supremo de los estados de 
Chile, según también lo solicita V. en su representación del doce 
del corriente. 

El gobierno ha dispuesto igualmente se devuelva á V. el 
adjunto oficio orijinal, que acompañó á dicha representación 
del ministerio del departamento de la guerra en el afio de 1818, 
pues lo único que él dá á conocer es una orden de precaución 
de cuya lejitimidad no puede ni debe juzgar el actual gobierno; 
así como tiéimpoco alcanza la precisión de que V. tenga que jus- 
tificar su conducta á costa del honor del de su país. Mas si en 
efecto la administración á que se refiere en su representación 
íntima estima que ha dado mérito á ello, no está en la facultad 
de la actual el juzgarlo, ni menos el remediarlo en otros térmi- 
nos, ni por otros medios que los que espresa la resolución co- 
municada por el señor ministro de hacienda, y que se transcri- 
be á V. para su intelijencia y efectos consiguientes. — Benabdi- 

NO RiVADAVIA. 

Santiago de ChilO) 21 de Marzo de 1825. 

Excmo. señor: 

Tengo la honra de acusar á V. E. el recibo de su oficio fecha- 
do del 19 de octubre último pasado á que acompañaba una copia 
autorizada del decreto recaído por ese gobierno á la presenta- 
ción elevada por don Manuel H. de Aguirre. 

Enterado del contenido de ambos documentos he mandado se 
pasen al tribunal mayor de cuentas, para su examen y liquida- 
ción, y que se me entere de todo lo que hubiese acerca de este 
asunto, á fin de poder, en su vista, resolver lo que fuere justo. 

V. E. no hace más que hacerme justicia cuando fía á mis 
principios la causa de un ciudadano benemérito, y puede estar 
bien persuadido de que jamás obrará con ingratitud ^ste gobier- 
no con aquellos que le hayan auxiliado con sus luces ó de otra 
manera, contribuyendo al éxito de la sagrada causa que de- 
fendemos. 

Con este motivo reitero á V. E. los sentimientos de mi más 
alta consideración y aprecio. 

Bernardo O'Hiqgins. 

Excmo. señor don Martín Rodríguez, capitán general y gober- 
nador de la provincia de Buenos Aires. 

Buenos Aires 9 de Diciembre de 1825. 

Habiendo ocurrido á este gobierno el ciudadano don Manuel 
H. de Aguirre en prosecución del pago de 52.097 pesos, que ma- 



APÉKDIC» 198 

niflesta alcanzar de resultas de la comisión que le fué confiada 
por el excelentísimo sefior presidente de la República de Chile, 
para negociar en los Estados Unidos de Norte América el trans- 
porte de buques de guerra; y, siendo del deber del gobierno dis- 
pensar á este ciudadano la protección debida, ha acordado se 
prevenga al sefior ministro plenipotenciario don Ignacio Alva- 
rez, que acercándose al gobierno de dicha república, le reco- 
miende la resolución que sobre este negocio ha solicitado el 
espresado de Aguirre, desde el afio 1821; manifestándole al 
mismo tiempo la justicia de esta reclamación, los perjuicios que 
se irrogan al interesado por su demora, y que el gobierno espera 
que consecuente el de la república de Chile á lo que exije su 
honor y su crédito, no desatenderá las circunstancias recomen- 
dables de un ciudadano, que, abandonando sus negocios é inte- 
reses propios, se consagró al servicio del país en desempefio de 
la delicada comisión que se le confió. 

£1 infrascripto aprovecha esta oportunidad para repetir al 
sefior Alvarez las seguridades de su distinguida consideración. 

Manuel J. García. 

Sefior general don Ignacio Alvarez, ministro plenipotenciario 
cerca del gobierno de Chile. 

Buenos Aires 28 de julio de 1826. 

El infrascripto tiene el honor de comunicar al sefior Forbes, 
encargado de negocios de los Estados Unidos, que luego que re- 
cibió su comunicación de 29 de abril último, avisando la exis- 
tencia en su poder de una cuenta perteneciente al ciudadano de 
dichos estados don Mateo Davis, contra este gobierno, procedió 
á tomar todos los datos y conocimientos necesarios sobre el 
crédito que espresa la copia de la cuenta que se sirvió acompa- 
ñar á la citada comunicación. De esta investigación ha resulta- 
do que, á más de varias circunstancias que concurren acerca de 
la lejitimidad de aquel reclamo, no corresponde establecer ante 
este gobierno, sino ante el de la república de Chile, por cuya 
cuenta hizo su respectivo ájente en los Estados Unidos la com- 
pra y equipo de los buques á que se refiere la cuenta precitada. 

El infrascripto saluda. 

Francisco de la Cruz. 

Al sefior Juan Forbes, encargado de negocios de los Estados 
Unidos. 



15 



194 ALBBRTO PALOMBQUB 



(VÉASE PAJINA 39) 

coHitiéa á dM El supremo director de las Provincias Unidas 
«arad H. de Agii- ¿e Sud América. 

^m^^im^iiZ Siendo necesario nombrar á una persona que, 
d€ iM Prodaciai cou el caráctcr de ájente de este gobierno cerca 
usidM de sod Ané- del de Estados Unidos de Norte América, deba 
''«•• promover cuanto conduzca al progreso de la cau- 

sa en que están comprometidas estas provincias, para su honor 
y la consolidación de la gran obra de su libertad; teniendo en 
cuenta las necesarias cualidades de probidad, capacidad y pa- 
triotismo, unidas en el comisario general de marina, ciudadano 
don Manuel Hermenejildo de Aguirre, lo he nombrado ájente de 
este gobierno cerca del de Estados Unidos de Norte América, 
concediéndole los privilejios, preeminencias y prerrogativas co- 
rrespondientes al citado título. 

En su consecuencia, le he otorgado el presente, firmado por 
mi, refrendado por mi secretario de estado en el departamento 
de gobierno y relaciones esteriores, y sellado con el sello de las 
armas nacionales. Dado en Buenos Aires el 18 de mayo de 1817. 

Juan Martín de Pueyrbedon. 
Orégano Tagle^ 

Ministro de estado. 
Don Beniardo de Santiago de Chile, abril 1.^ de 1817. 

o'HiggiBi al prcti. Excmo. SefioH Habiéndose restablecido el her- 
dMte^dc loa cstadoa jj^q^ reino de Chile el 12 de febrero último por 

el ejército de las Provincias Unidas del Rio de la 
Plata, bajo el mando del valiente general don José de San Mar- 
tín y confiriéndoseme la suprema dirección del estado por la 
elección popular, me hago un deber en anunciar al mundo ente- 
ro el nuevo asilo que estas comarcas ofrecen á la industria y 
amistad de los ciudadanos de todas las naciones. 

Los habitantes de Chile al reasumir sus derechos naturales no 
permitirán desde hoy en adelante ser despojados de sus justas 
prerrogativas, ni tolerarán la sórdida y perniciosa política del 
gabinete español. En su población numerosa y en la riqueza de 
su suelo, Chile presenta las bases de un sólido y estable poder, 
al cual la independencia de esta preciosa porción del nuevo 
mundo le dará la más completa seguridad. El conocimiento y 
recursos de nuestra vecina nación del Perú que ha resuelto so- 
portar nuestra emancipación, acrecienta la esperanza de la 
futura prosperidad de estas rejiones, y del establecimiento, en 
tierra liberal, de un cambio comercial y político con todas las 
naciones. Si la causa de la humanidad interesa á los subditos 
de S. E. y la identidad de los principios do nuestra actualidad se 



apAkdicb 195 



comprenden en los que en otro tiempo sirvieron á los Estados 
Unidos para asegurar su independencia, dispone favorablemente 
á su gobierno y á su pueblo hacia nuestra causa, S. E. siempre 
me encontrará abiertamente dispuesto á promover relaciones de 
amistad y de comercio entre los dos países, y remover cualquier 
obstáculo para el establecimiento de la más perfecta armonía y 
buenos entendimientos. 
Dios guarde á V. E. muchos aflos. 

Bernardo O'Hiqoins. 

CuU ád MpffWHo Abril 28 de 1817. 

^''" ^.I^.^ ^"**" Cuando los intereses de la nación están de 
fatoJdwMdot* ^ acuerdo con los principios de justicia, nada es 

más sencillo ó placentero que el mantenimiento 
de la armonía y buena correspondencia entre poderes que están 
vinculados por estrechas relaciones. Este parece ser el caso en 
que se encuentran Estados Unidos y estas provincias respecto 
del otro; una situación halagüeña, que da la prueba de nuestro 
éxito y que forma nuestra mejor apolojía. 

Es en esta ocasión que el ciudadano don Manuel Hermenejil- 
do de Aguirre, comisario general de guerra, es enviado cerca de 
S. E. en el carácter de ájente de este gobierno. Si sus recomen- 
dables cualidades son el mejor título de fiel desempeño de la 
comisión y de su éxito favorable, los rectos y jenerosos senti- 
mientos de S. K no son menos auspiciosos para ello. La concu- 
rrencia de estas circunstancias nos inducen á confiar en el 
resultado más favorable. 

Por tanto, espero que S. E. se servirá conceder al citado ciu- 
dadano de Aguirre toda la protección y consideración requerida 
por su rango diplomático y por el presente estado de nuestras 
relaciones. Este sería un nuevo vínculo, con el cual los Estados 
Unidos del Norte asegurarán más fuertemente la gratitud y 
afecto de las Ubre provincias del Sur. 

PUEYRBEDON. 

Don jm< dt iM Excmo SoñoH Encargado por el supremo di- 
«urtta, gcMrai M rector de las Provincias de Sud América con el 
taTtdpf^tate^ mando del ejercito de los Andes, el cielo coronó 
iM BttaáM u«M«. 11^18 fuerzas con una victoria el 12 de febrero 

contra las opresores del hermoso reino de Chile. 
Como los derechos sagrados de la naturaleza se han restaurado 
para los habitantes de este país, debido á la infiuencia de las 
armas nacionales y al eflciaz impulso de mi gobierno, la suerte 
ha abierto un campo favorable á nuevas empresas, que ase- 
gurará el poder de la libertad y la ruina do los enemigos de 
América. Con el objeto de asegurar y consolidar esta obra, el 
director supremo del gobierno de Chile ha considerado como 



196 ALBBBTO PALOMRQUB 



un principal recurso el armamento en esos estados de una 
escuadra destinada al Océano Pacífico, la que, unida á las 
fuerzas que se preparan en el Río de la Plata, deben coope- 
rar al sostenimiento de las ulteriores operaciones militares 
del ejército bajo mi mando en Sud América; y convencido de 
las ventajas que nuestra actual posición política promete, he 
atravesado los Andes con el objeto de concertar en esta capital, entre 
otras cosas, la garantía de mi gobierno, y^ en cumplimiento de 
las estipulaciones entre el supremo director de Chile y sus 
Íntimos aliados, para llevar á efecto el plan confiado á don 
Manuel de Aguirre. S. E., que tiene el honor de presidir á un 
pueblo libre, que luchó y derramó su sangre en causa idén- 
tica á la en que están comprometidos los habitantes de Sud- 
América, querrá, lo espero, dignarse estender á la nombrada 
persona, la tal protección que sea compatible con las relacio- 
nes actuales de su gobierno; y tengo la alta satisfacción de 
asegurar á S. E. que las armas de mi país, bajo mis órdenes, 
no trepidarán en dar valor y respeto á los compromisos de 
ambos gobiernos. 

Me considero feliz al tener esta agradable ocasión de rendir 
un tributo á S. E. de homenaje y profundo respeto, con lo que 
tengo el honor de ser de S. E. su más humilde servidor. 

José de San Martín. 
(véase página 42) 

El Mior de AgHi- Washington, Octubre 19 de 1817. 

rrc al prttMcirtc de Excmo Sofior: Tros centurias de opresión 
átiMrttt! """** colonial por parte de una corrompida, supers- 
ticiosa é ignorante nación, cuya porfiada é 
inicua política siempre ha tendido á envilecer á los nabitantes 
de Sud-América, como estando destinados á vejetar en la os- 
curidad é ignominia (tales son las espresiones del Virrey 
Albancos); el violento sistema de conservarlos en la ignoran- 
cia de toda información incompatible con sus principios de 
dependencia colonial; la perversa política de negar á los hijos 
de la madre patria y sus descendientes legales en el continente 
americano, los derechos cívicos en el ejercicio de una práctica 
igualitaria; el monopolio del comercio despóticamente ejercido, 
regulado por leyes dictadas solamente en favor de la madre 
patria, y mantenido al precio de la sangre de víctimas ino- 
centes, nativos del país; la negra ingratitud con que se con- 
dujo respecto á la capital de Buenos Aires, después de haber 
tan gallarda y enérjicamente defendido el dominio español 
contra el ejército inglés bajo las órdenes del general Beres- 
ford, en 1806, y el ejercito de 12.000 hombres de la misma 
nación, mandado por el general Whitelocke en 1807; finalmente. 



AFtniDICB 197 



el infame compromiso para obligarlos, contra su voluntad, á 
someterse bajo el yugo á que el emperador Napoleón (un ins- 
trumento, como fué, de la justicia divina para el castigo de 
los tronos) impuso á Espafia para vengar la sangrienta usur- 
pación de los imperios de México y Perú; preparó á esos 
pueblos, en 25 de mayo de 1810, para su separación de la 
nación española, inmediatamente conquistada por la Francia, 
no sin admitir la circunstancia adicional de que los habitantes 
de esas provincias las conservaban para 9I rey cautivo don 
Fernando VII y sus sucesores legales. 

Al restaurarse el rey de España en su trono, había corrido 
tiempo bastante para darles la oportunidad de volver sobre 
sus resoluciones, recordando los agravios é injurias hechos y 
finalmente para proponerles una honrosa transacción de esas 
diferencias. Aún no había llegado el enviado á la corte de 
Madrid, cuando el rey inmediatamente había dictado sus inexo- 
rables y sangrientos decretos; y la espedición á las órdenes 
del general Murillo cruzó los mares para llevar una guerra de 
devastación á esas comarcas. El derecho natural de propia 
defensa impuso la necesidad de tomar medidas para repeler la 
fuerza con la fuerza. Ejércitos hostiles fueron los pobres medios 
que pudieron emplearse para llegar á un arreglo. 

Cuando el diputado de la corte de Madrid informó á este 
gobierno que el rey de España insistía en no dejar otra alter- 
nativa que la de la más abyecta sumisión, y que consideraba á 
esas provincias como propiedad de su corona (indudablemente 
para hacerlas víctimas de la venganza española), fué entonces 
que el congreso soberano de esas provincias se reunió^ á imita- 
ción del ejemplo de sus hermanos y amigos naturales de Norte 
América, y unánimemente proclamaron, en la Ciudad de Tu- 
cuman^ el 9 de julio de 1816, el acta solemne de su inde- 
pendencia civil de la nación española, del rey de España^ los 
suyos y sucesores, y juraron, juntos con el pueblo por ellos 
representado, defender su emancipación política á costa de 
sus vidas, fortunas y honor. 

Dios guarde á S. E. ms. años. 



Manuel H. de Aguibre. 



(VÉASE PAJINA 43) 

iMa de Agairre á Tougo el honor de iucluir á V. E. los oficios 
•■ go Menw> pasados por esta comisión al gobierno de estos 

Estados Unidos, solicitando el reconocimiento de la inde- 
pendencia de las provincias en Sud América, como igual- 



198 ALBBRTO PALOMEQUE 



mente la modificación de una ley de estos estados de tres de 
marzo de mil ochocientos diez y siete. 

Dios guarde á V. E. muchos años. Nueva York y marzo 19 
de 1818. 

Manuel H. de Aguibre. 

Señor secretario de estado del gobierno. 

Habiendo tenido el honor de comunicar á V. E., en oc- 
tubre último, que las Provincias Unidas en Sud América se ha- 
bían declarado estados libres é independientes, así como tam- 
bién las razones que apoyaron aquella declaración, y el objeto 
y credenciales de mi comisión para ante el gobierno de estos 
Estados Unidos, el respeto que debo á las disposiciones de m'i 
comitente, y el desempeño de la confianza con que quiso hon- 
rarme, me inducen ahora á demandar de este gobierno el re- 
conocimiento de aquellas provincias como tales estados libres é 
independientes. 

En mis anteriores comunicaciones V. E. habrá descubierto 
que aquella declaración no fué prematura, y que las provincias 
del Rio de la Plata se abstuvieron de hacerla mientras ella 
hubiese podido atribuirse á efectos de las congojas en que se 
se hallaba la metrópoli. Tan alto concepto tenían ellas de las 
obligaciones que iban á contraer, colocándose en el rango dé las 
naciones, que, prescindiendo del catálogo interminable de veja- 
ciones y pacientes sufrimientos^ de que solo da ejemplo la Amé- 
rica Española, prefirieron agotar antes cuantos mecÜos de con- 
ciliación sujiriese la prudencia, y probar si la propia convic- 
ción de sus derechos y de los agravios sufridos, sería superior 
al antiguo hábito de obedecer y si podría sobreponerse á 
los obstáculos y embarazos, que serían inseparables de su nue- 
va situación. Fué después de pruebas de esta especie y de resul- 
tados uniformes, que el congreso de aquellas provincias las de- 
claró estados soberanos en nueve de julio de mil ochocientos 

diez V seis. 

t/ 

Sin embargo de todas estas pruebas y precauciones, el respeto 
debido á las naciones inclinó á mi gobierno á asumir la actitud 
de esperar á tener una posición firme, que inspirase más confian- 
za, antes de demandar que se le considerase digno del alto rango á 
que se ha elevado. Durante los seis años que precedieron á su de- 
claración de independencia, las fuerzas de aquellas habían obte- 
nido victorias distinguidas en la Banda Oriental: habían apresado 
á toda la escuadra del rey que la hostilizaba: habían obligado á 
rendirse á una de las más fuertes plazas de nuestro hemisferio y 
hecho prisionera la guarnición que la sostenía: y si la victoria 
no fué siempre compañera inseparable de nuestras armas en el 
Perú, lo fué, las más de las veces, haciéndonos capaces de recha- 



APÉNDICE 199 



zar á los defensores de la tiranía más allá de nnestro territorio. 

Casi diez y ocho meses han transcurrido después de aquella 
declaración, durante los cuales las fuerzas del rey no han 
tenido otro objeto que aherrojar de nuevo las cadenas que la 
américa española habla roto y sacudido. 

Si semejante empresa hubiera sido posible á la España, jamás 
habria tenido mejor oportunidad que ahora que mantenía á su 
disposición, y sin otras atenciones^ un ejército numeroso y ague- 
rrido, y los socorros de cuantos se interesaban en perpetuar el 
monopolio y sujeción de nuestro país. La España llegó, en ver- 
dad, á equipar la más brillante espedición que jamás intentó 
sojuzgar nuestro continente; mas aquella espedición, aún habien- 
do sido reforzada varias veces, no ha podido siquiera sostenerse 
con honor en una provincia arruinada por un fenómeno espantoso 
de la naturaleza y más que todo por una guerra de seis años la 
más sangrienta y la más escandalosa. Las provincias del Río 
de la Plata no sólo han podido conservar por todo este tiempo 
los preciosos bienes de su libertad, sino darla, sin auxilio es- 
tranjero, á la de Chile, y hacer retirar del Perú á las tropas del 
rey, que, alentadas con nuevos refuerzos, osaron introducirse en 
nuestro territorio. 

Es en circunstancias semejantes, es después de haber puesto 
de manifiesto los apoyos de su declaración, y los medios que 
posee para sostenerla, que mi gobierno ha creído compatible 
con el decoro de las naciones el manifestar su resolución y soli- 
citar que lo reconozcan como soberano. 

Al considerar mi gobierno al de estos Estados Unidos como 
uno de los primeros de quienes debiera solicitar aquel recono- 
cimiento, creyó que la identidad de principios políticos, la consi- 
deración de pertenecer al mismo hemisferio y la simpatía tan 
natural á aquellos que han esperimentado los mismos males 
serian otras tantas razones que cooperasen á apoyar su soli- 
citud. 

Aún existen, aún presiden los consejos de la nación muchos 
de los que sostuvieron y sellaron aquí, con su sangre, los dere- 
chos del jénero humano. 

Aún existen sus cicatrices, permítame V. E. decirlo: sus cica- 
trices son otros tantos abogados que tiene también aquí la causa 
de la américa española. Al recordar que fueron estos estados 
los que nos mostraron más inmediatamente el derecho sendero 
de la gloria; al observar que son ellos los que han gustado más 
de lleno los benéficos frutos de la libertad; me atrevo á asegurar 
que toca á ellos también ser de los primeros en revelar que 
han sabido apreciar nuestros esfuerzos y alentar así á las olxas 
provincias, que, menos venturosas, no han podido dar fin todavía 
á la lucha sangrienta. 

No deberé terminar este oficio sin rogar á V. E. que al ins- 



200 ALBBRTO FÁIiOXBQUB 



truir al señor presidente de los votos de las Provincias Unidas 
le manifieste también, que entre ellos ocupa un lugar distingui- 
do el deseo de ver firmemente establecidas entre estos estados 
y aquellas provincias relaciones mutuamente benéficas cuales 
convienen entre gobierno y pueblos cuyas instituciones son tan 
análogas y cuyos intereses todos convidan á mantener una es- 
trecha y permanente amistad. 
Nuestro señor guarde á V. £• muchos años. 

(Es copia). — Aquibre« 

andad de Washington, diciembre 16 de 1819. 

Ezcmo. Sr. secretario de estado del gobierno de los Estados 
Unidos. 

(VÉASE PAJINA 46). 

Dm Maaaei H. de Diciembre 26 de 1817.— Señor: Tuve el honor 
AfHírrc al teeretario ¿q comunicar á V. E., el 16 del corriente, que, ha- 

ÍLlSSit'!'*" ^'' Wendo las Provincias Unidas de Sud América 

declara dose libres é independiente», han solici- 
tado el ser asi consideradas por estos Estados Unidos; y, como V. 
E. espresara el deseo, en la conferencia con que me honró antes 
de ayer, de hallarse más plenamente informado de los trámites 
sobre los cuales esas provincias hacen su solicitud, ahora lleno 
su deseo. 

En mi dicha nota especialmente consignaba la circunspección 
con que mi gobierno ha procedido y las precauciones que ha to- 
mado, impuestas por su propio honor y por el respeto debido á 
las otras naciones, antes de requerir el ser considerado por ellas 
como un poder soberano. V. E. se sirvió observar respecto á la 
incertidumbre en el establecimiento de un gobierno nuevo y á la 
excitación naturalmente producida por la solicitud; por lo que 
V. E. prefería fuera demorada ó no atendida hasta que toda duda 
fuese removida con relación á su existencia real y á la perma- 
nencia de su soberanía, por más que ellas han dado una prueba 
á las naciones estrafias de que no hay intención de comprome- 
terlas al hacer esa solicitud. 

Durante más de siete años estas provincias han llevado ade- 
lante una activa y fructífera guerra. La existencia de su éxito 
se ha revelado en la captura de la escuadra real, la ocupación 
de Montevideo, los numerosos prisioneros de guerra que fertili- 
zan nuestros campos, la derrota de las fuerzas del rey en Perú 
y la recuperación de las provincias de Chile. Entre tanto, nues- 
tra organización interior ha adelantado progresivamente. Nues- 
tro pueblo ha hecho un ensayo en la ciencia del gobierno • y ha 
reunido un congreso de representantss que está ocupado en pro- 



AFteDICB 201 



mover la felicidad general. Se ha formado uu plan de defensa 
militar, en lo que antes éramos deficientes, y organizado un sis- 
tema fiscal, el cual desde entonces ha sido bastante á proveer 
nuestras numerosas necesidades. Finalmente, la opinión pública 
día á día gana terreno, sin la cual el gobierno no habría estado 
habilitado para llevar á cabo las empresas en que se ha dis- 
tinguido. 

La fuerza de nuestros opresores disminuye con el aumento de 
nuestros medios de defensa; sus esperanzas de continuar tirani- 
zándonos por más tiempo declinan; un sistema regular de go- 
bierno, la decisión de nuestros ciudcídanos, una renta adecuada, 
una fuerza organizada^ suficientemente poderosa para la defen- 
sa del territorio, una escuadra á flote, un ejército disponible en 
Chile, y otro operando en el Perú; todo esto debe seguramente 
imponer á nuestros enemigos, si es que la costumbre de gober- 
nar aún los lisonjeara con esperanzas. 

No obstante la resolución de neutralidad por parte de los 
Estados Unidos, relativamente á las partes contendientes en la 
América Española; no obstante la indiferencia, si puedo decirlo 
asi, con que los Estados Unidos han mirado un país bafiado en 
sangre por sus tiranos; no querría ofender á V. E. con la 
idea de que considera necesario el que nosotros deberemos 
oftrecer pruebas de la justicia de nuestra causa. Lo poco de 
nuestros sufrimientos que ha llegado á conocerae por las na- 
ciones estrafias, las han llenado de horror y de indignación; 
nunca fué la raza humana tan humillada en parte alguna como 
nosotros lo hemos sido; nunca hombres algunos empuñaron las 
espadas por causa más sagrada. Pero, las Provincias del Rio de 
la Plata no aspiran á escitar la sensibilidad de los Estados Uni- 
dos. Sólo reposan en su justicia. La contienda en Sud América 
no puede ser mirada sino bajo el aspecto de una guerra civil; y 
yo he espuesto á V. E., la próspera y respetable actitud de 
esas provincias. ¿Acaso ellas no han luchado fuertemente para 
tener el derecho de ser colocadas entre las demás naciones? El 
haber llenado debidamente todos sus derechos de soberanía por 
más de siete afios, sus éxitos y su posición actual, ¿no les dan el 
derecho á convertirse en una de tantas? 

El temor de que este reconocimiento deba envolver á los 
Estados Unidos en una guerra con el jefe del partido contra- 
rio, no podía ser acertadamente considerado por mi gobierno 
como un motivo bastante para no acceder á su solicitud; á lo 
menos un poco de justicia y de prudencia ha de hallarse en 
los consejos del rey de Espafia. Si así lo hiciera, vería cómo 
otras naciones han fijado y establecido reglas doquiera para 
apreciar sus éxitos políticos, desde que, ellas prácticamente 
no reconocen otro poder soberano sino aquel que lo es de 
hecho, de facto. Es que ellas no averiguan más allá, ni se mez- 



202 ALBERTO PALOMBQUB 



clan en lo que concierne á lo interno de las otras naciones; y 
esto porque, cuando una nación se divide en dos partidos, ó los 
fundamentos de la política entre el monarca y el pueblo 
aparecen rotos, ambos tienen los mismos derechos y se le im- 
ponen las mismas obligaciones á las naciones neutrales. Re- 
sulta, pues, que las partes contendientes en Sud-América no 
están sometidas á reglas diferentes. 

Si estas reglas deben algunas veces variarse, ó admiten al- 
gún cambio, la escepción debería estar siempre en favor del 
oprimido en contra del opresor. Por otra parte, está demos- 
trado por muchos de los más célebres publicistas, «que en to- 
das las revoluciones producidas por la tirama del príncipe, 
las naciones estrafias tienen el derecho de apoyar al pueblo 
oprimido», derecho dictado por la justicia y la jenerosidad. 
Desde luego, no puede suponerse que la observancia de lo 
justo pueda dar un protesto para la guerra al partido ó nación 
más interesado en una conducta diferente. Desde que mi go- 
bierno ha limitado su pretensión al reconocimiento de su so- 
beranía real y efectiva, la cual ni aún nuestro propio adver- 
sario podría poner en cuestión, él mismo se considera autorizado 
para adoptar esta resolución, fundado en la practica de las 
naciones, en la opinión pública y en la sanción de la justi- 
cia eterna. 

En nuestra última conferencia, resultó que V. E. encontra- 
ba una objeción en la ocupación de Montevideo por las tro- 
pas portuguesas. Pero, si debe darse fé á la correspondencia 
entre mi gobierno y el del Brasil, el motivo principal de esta 
guerra es la vieja pretensión del rey de España á mayor es- 
tensión de límites. Le será probablemente imposible obtenerlos, 
porque uno de nuestros más distinguidos jefes, ayudado con 
recursos amplios, está ahora empeñado en rechazarlos; y no 
obstante los dobles vínculos de familia que en la actualidad 
une á ese soberano con el rey de España, nuestra existen- 
cia nacional^ por lejos que quiera seriamente ser llevada á 
causa de la guerra en ese (quarter) rincón (La Banda Orien- 
tal), está fortalecida por ella. V. E. también observó qué pre- 
tensiones semejantes podrían formularse por otras provincias 
de Sud-América que actualmente luchan por sus libertades. 
¡Quiera el cielo que todas ellas puedan ahora ofrecer á este 
gobierno la misma prueba de su efectiva soberanía, é idén- 
ticas manifestaciones de su respectivo preponderante poder! 
La humanidad tendría entonces muchos menos dolores que 
deplorar, y América toda exhibiría á un pueblo unido, riva- 
lizando solamente con los otros en el arte de adelantar sus 
instituciones civiles ^ estender los beneficios y goces del or- 
den social. 

Cuando pienso en la parte importante que los Estados Uni- 



APÉNDICE 208 



dos pueden tomar realizando esta gran empresa, y considero 
lo mucho que está en su poder precipitar este momento fe- 
liz, con solo dar un ejemplo de justicia nacional al reconocer 
la independencia de estos gobiernos que tan gloriosamente y 
por tan duros sacrificios han sabido ahora cómo se obtiene, mi 
razón me convence de que los deseos de las Provincias Uni- 
das no pueden tardar en verse prontamente satisfechos. 

Tengo el honor de renovar á V. E., las seguridades de mi 
más fldta consideración, y rogar á Dios guarde á V. E. mu- 
chos afios. 

Manuel H. de Aguirre. 

(véase pajina 51) 

MMMitfciígiirre Bien pcn OSO es para mí el tener que ocupar 
^'^^^t^T^^^ ^° quejas la atención de V. E,; mas yo no co- 
kj de MirtraiMa4. rrespondoría á la confianza con que me ha hon- 
rado mi gobierno y á lo que debo á mi país natal, si 
instruido de la letra y efecto de la ley de estos estados, apro- 
bada en tres de marzo último y dirijida á protejer mejor la 
neutralidad de esta nación, no hiciese presente á V. £. que sus 
efectos sólo pesan sobre los que luchan por la independencia de 
la América Española. 

La ley y práctica de las naciones en casos semejantes prescri- 
be á los neutrales, si no estoy engañado, que se abstengan de 
auxiliar activamente á ninguno de los contendientes: que no 
sancionen ninguna ley que conceda ó prive á uno de estos de 
goces que efectiva y simultáneamente no sean concedidos ó 
negados al otro: en suma, que en sus reglamentos de comercio 
ú otros, cuyos efectos puedan estenderse directamente á los be- 
lijerantes, no hagan alteraciones por las cuales la condición del 
uno sea esclusivamente mejorada. 

Si se compara aquella ley con esta doctrina y se observa que 
ni por el tiempo en que se hizo ni por su duración, ella no puede 
ser aplicada sino á la contienda existente en la América Espa- 
ñola, deberá estrañarse que sus efectos tiendan tanto á perjudi- 
car á los que se defienden de la más espantosa tiranía, y que no 
sólo prohiba cuanto habría podido atribuirse á falta de neutra- 
lidad, sino que prohiba también, ó sujete á fianzas iguales á una 
prohibición, la esportación de armas y municiones ó cualquier 
otra operación mercantil, que pueda considerarse calculada á 
auxiliar ó cooperar de cualquier modo en alguna medida hostil. 

Si V. E. me permitiese esponer los efectos de esta ley aun so- 
bre aquellas provincias, que, aunque empeñadas en la misma 
causa que las del Río de la Plata, se hallan, sin embargo, bajo dis- 
tintos gobiernos, podria yo observar que su armamento es muy 
inferior al del enemigo; que algunas de ellas, quizás, no tienen 



304 ALBBRTQ PALOMBQUB 



como aumentar el suyo, sí la nación neutral más próxima á ellas 
les rehusa la ocasión: y que la ley que las sujete á la imposibili- 
dad, ó aumente la dificultad de igualarlo, propende directamente 
á que sean sojuzgadas. La desigualdad de los efectos de esta ley 
se haría mas notable, si se atendiese á que al paso que ella pri- 
va á muchas de aquellas de lo que más necesitan, no priva á sus 
enemigos de estraer de aquí provisiones sin las cuales los ejérci- 
tos de estos no podrían dar un paso en los territorios adversarios. 
Ni era posible que los Estados Unidos por n^ar auxilios de toda 
especie á los que contienden en nuestra sangrienta lid, hubiesen 
de coartar su comercio hasta el grado de prohibir la esplotación 
de provisiones. 

Me abstendré de ocupar la atención de V. E. en los demás per- 
niciosos efectos que pueden atribuirse á un ejemplar de esta es- 
pecie; mas no puedo pasar en silencio que la sección cuarta de 
la citada ley es referente al tiempo y duración de su sanción. 

Confío en que al informar V. E. al sefior presidente de estas 
quejas á que me impele la más dura necesidad, le esponga tam- 
bién V. E. que en la lucha en que estamos empefiados no sólo 
defendemos los derechos del jénero humano y los bienes de la 
civilización, sino que peleamos por la conservación de nuestras 
familias y por nuestra propia existencia. 

Tengo el honor de renovar á V. E. mis protestas de la más alta 
consideración, y ruego á nuestro sefior guarde la vida de V. E. 
muchos años. 

Aguirbe. 

Ciudad de W&shington, 30 de diciembre de 1817. 
Excmo, Sr, secretario de estado de los Estados Unidos, 

(VÉASE PAJINA 53.) 
Dm MMad H. de Ciudad de WAshigton, enero 6 de 1818. 

T^iñ t 'nt^i Sefior: En la última entrevista con que Vd. 
á u cciebracita de me houró pocos días hace, se sirvió observar que 
«« ímmáo de eoncr- el acto del reconocimiento de la independencia 
•*•• de las Provincias Unidas deSud América debiera 

reducirse á un tratado formal entre los dos gobiernos indepen- 
dientes, como se hizo en el caso del tratado de amistad y comer- 
cio entre los Estados Unidos y S. M. Crm. en 1778. 

No considerándome yo mismo, en verdad, suficientemente au- 
torizado por mi gobierno para tratar con el de los Estados Uni- 
dos, en términos especiales, tuve entonces el honor de espresarle 
que mis poderes no iban tan lejos; pero, teniendo en vista el es- 
píritu y objeto de mi comisión (como resulta de las credenciales 
actualmente en su poder) espresamente «para llevar tan lejos 
cuanto sea posible el honor y la consolidación de la causa en que 



APÉUDICB 906 

estas provincias están actualmente comprometidas», y, resultan- 
do evidente, por otra parte, ser la intención y deseo de dicho sobe- 
rano congreso precisamente vincularse ellas mismas por rela- 
ciones directas de mutua amistad y comercio con los de los Es- 
tados Unidos, no trepido en lo más mínimo en asegurarle que 
me considero plenamente autorizado por mi gobierno para en- 
trar en una negociación con el de los Estados Unidos sobre la 
base de una reciproca amistad y comercio. 

Tengo el honor de renovar á Vd. las seguridades de mi más 
alta consideración. 

Manuel H. de Aouirre. 

Ciudad de Washington, enero 16 de 1818. 

Sefior: Tuve el honor, en mi entrevista con Vd., el día 13 del 
presente, de comunicarle el punto de vista bajo el cual la inva- 
sión de una de las Provincias Unidas, por las tropas del rey de 
Portugal, fué mirada por mi gobierno; por cuyo hecho se vio- 
laba la neutralidad qne ellos están obligados á mantener con- 
juntamente con mi gobierno. De la misma manera me apresuro 
á informar á Vd. que este acto de invasión por una nación neu- 
tral, con el propósito de desmembrar la integridad del territorio 
de la América Espaftola dentro de sus limites legales, fué consi- 
derado, en opinión de mi gobierno, como un acto de hostilidad 
entre las naciones y que bajo este principio han regularizado 
su conducta con respecto al rey de Portugal. 

En la misma conferencia tuve la satisfacción de hacerle pre- 
sente que el tratado y comunicación entre las Provincias del 
Río de la Plata y los Estados Unidos no tenia otra base que el 
decreto del gobierno de esas provincias, por el cual un comercio 
libre se garante á las naciones estranjeras, a consecuencia de 
las circunstancias imperiosas de la madre patria en los afíos 
1808 y 1809, por el cual ese gobierno se reservó el derecho de 
limitar su duración, al finalizar la urjencia del caso. 

En la nota que precisamente tuve el honor de dirijirle, consi- 
deré de mi deber espresar el sincero y ardiente deseo de mi go- 
bierno de establecer recíprocas y estrechas relaciones de amis- 
tad y comercio con los Estados Unidos; y Vd. me permitirá 
ahora que le manifieste, sefior, que, al haber el presidente 
adherido á estos leales sentimientos, Vd. se servirá también in- 
formarle que es igualmente su deseo establecer una sólida y 
gran amistad, relativamente á que la consiguiente predilección 
pueda tener su completo efecto en la comunicación y comercio 
entre ambos países. 

Dios guarde á Vd. muchos nfios. 

Manuel H. de Aguirre. (*^ 



(i) Documentos traducidos del Arutali of Congre$9, pAJina 1890, afio 1818, voluinao r 
I6th. Confré$$, 1 session. 



206 ALBBBTO PALOMBQUB 



(VÉASE PAJINA 54), 

Acaim te 4iruc á Excmo sefioH En mis comunicaciones ante- 
raoita'dci Mildo de ^iores, y particularmente por las de la fragata de 
u MfoeíaciéH. guerra el Congreso^ tuve el honor de informar á 

V. E., del estado y de la situación de la comisión 
con que V. E. se dignó honrarme en Estados Unidos. 

Sensible me fué entonces anunciar á V. E. que me conside- 
raba sumamente embarazado en la ejecución de sus órdenes 
por la falta de cumplimiento á los artículos más esenciales del 
convenio celebrado entre el señor general don José de San Mar- 
tin, á nombre de S. E. el director supremo de las Provincias 
Unidas del Rio de la Plata, y el infrascripto comisionado, y que 
me encontraba sin fondos suficientes y el crédito de ambos 
gobiernos de Buenos Aires y Chile en el mayor abatimiento por 
la irregularidad de las promesas y comprometimientos que el 
señor don José Miguel Carrera empeñó aquí el nombre de su pa- 
tria, como por las relaciones sucesivas que conducen los buques 
que trafican por las costas de ese estado, anunciando la situa- 
ción más desesperada de medios y recursos para sostenerse ese 
gobierno en sus empeños y promesas. 

También me hice un deber entonces de esponer á V. E. que el 
proyecto de la construcción de dos fragatas de guerra de prime- 
ra clase y con arreglo á lo que se prevenía en el citado conve- 
nio fué iniciado aquí conforme á los deseos de V. E., sobre la 
base de un fondo cierto y seguro de doscientos mil pesos en el 
término de tres meses de mi salida de Buenos Aires. Partiendo 
de este principio se ordenó por mi la construcción de dichos 
buques por contrata, la que concluía el 20 de noviembre del 
año anterior, en cuyo tiempo prudentemente suponía aquí la 
remisión de los restantes cien mil pesos, con los que debían 
quedar listas las citadas fragatas para partir á su destino, un 
mes después del recibo de la última remesa, de modo que por 
un cálculo prudente aquellas fragatas debían estar ancladas en 
Valparaíso en todo abril del presente año. 

Tengo ahora el honor de comunicar á V.E. que, hallándoselas 
dos fragatas ya concluidas y en las aguas de este puerto, no es 
realizable su salida por falta de fondos para el efecto; y que los 
gastos que diariamente aumentan en proporción del tiempo que 
se hallen aquí detenidas harán montar su valor á una suma de 
bastante consideración. 

Teniendo presente los perjuicios tan considerables que deben 
oriijnarse á ese país y creyendo muy importante qu^ V. E. 
tenga un exacto y detallado conocimiento del estado de esta 
comisión, he considerado conveniente que mi segundo, don Gre- 
gorio Gómez, parta con la mayor celeridad á instruir á V.E. sobre 
todos estos particulares y al mismo tiempo suplicarle se digne 



APtaDICB d07 



cuanto antes V. £. disponer y ordenar su última resolución, 
pues son incalculables los perjuicios que deben ser consiguientes 
con esta suspensión á mis intereses particulares. 

y. E. tal vez será informado por los papeles públicos de estos 
Estados Unidos de mi solicitud á este gobierno para el recono- 
cimiento de la independencia del Río de la Plata; yo habría 
deseado poder incluir en esta solicitud á el estado de Chile, 
mas no hallándome con poderes ó comisión diplomática de V. E. 
para representar el supremo gobierno de ese estado, y habién- 
doseme exijido las credenciales de ambos gobiernos por este 
excelentísimo secretario de estado, me consideré inhabilitado 
para esta pretensión por parte del gobierno de V. E. y sí solo 
con facultad para ello del supremo gobierno del Río de la Plata. 

Si V. E. antes de mi partida considerase útil y conveniente 
aquel reconocimiento, yo recibiría un honor de V. E. por la ha- 
bilitación de poderes amplios en forma y conformes al respeto y 
dignidad de este gobierno, á lo menos con el carácter de encar- 
gado de negocios, representando aquí el supremo gobierno de 
ese estado; porque sin estas circunstancias tal vez no sería 
atendida aquella solicitud. 

To espero que V. E me hará la justicia de considerarme sufi- 
cientemente interesado en la prosperidad y felicidad de ese esta- 
do; de modo que cuanto tienda á estos objetos será lealmente 
promovido por el infrascripto comisionado de V. E. 

Dios guarde á V. E. muchos afios. — Ciudad New York v marzo 
18 de 1818. 

Manuel H. de Aquirre. 

Excmo. seflor supremo director del estado de Chile. 

AgHirrc M dirvc Sofior: Tuve el honor de comunicar á V. E., por 
tí Í^pI^^ conducto del Sr. D. Gregorio Gómez, el estado de 
don. la comisión relativa al gobierno de Chile y daba 

satisfacción entonces de los motivos que causa- 
ban la suspensión en la remisión de los buques de aquel go- 
bierno. 

Me es muy sensible ahora informar á V. E. sobre los entor- 
pecimientos y embarazos en que me hallo para despachar 
aquellos barcos á su destino. Habia anunciado á V. E. en mis 
primeras comunicaciones que en la entrevista con el sefior 
secretario interino de estado, tratándose sobre la comisión del 
Sr. director de Chile, me aseguró verbalraente: que buques, 
cañones, armas y municiones eran articules de comercio per- 
mitidos por las leyes de este país y que seria protejido por 
este gobierno en la ejecución de aquella comisión, siempre 
que apareciese como una especulación mercantil en buque y 
bandera neutrales. Hallándose ahora en disposición de hacerse á 



208 ALBBKTO PALOMBQUS 



la vela las dos fragatas del estado de Chile^ en este puerto de 
New York, he pasado á Washington á consultar con el aeftor 
secretario propietario, el sefior D. Juan Quincy Adams, y como 
su contestación se refiere á los abogados del pais^ después de 
un maduro examen, estos señores me informan lo siguente: 

El acto de preparar y despachar buques armados en guerra, 
equipados y tripulados en puerto neutral, es un acto de hos- 
tilidad que viola la neutralidad y quebranta las leyes de este 
país, por lo que el administrador de esta aduana se halla faculta- 
do por estas para detenerlos y confiscarlos, y su valor dividirlo en- 
tre el delator y el estado. Su propietario, ó la persona que apa- 
rece serlo, debe ser encarcelado por diez años y multado en 
diez mil pesos, como se instruirá V. E. por la ley de estos 
estados de 3 de marzo de 1817. 

No obstante que la ley abre camino á su relajación, suje- 
tando á fianzas de mucha consideración, puede V. E. estar 
persuadido que arriesgaré mi seguridad personal hasta el caso 
de comprometerla, si es preciso, por cumplir las promesas que 
ofrecí á V. E., aunque arrancadas como de sorpresa á nombre 
de la patria. 

No dude V. E. que en cualquier evento no puedan salir los 
buques de este puerto tan provistos y completos como los 
nacionales de estos estados, primero: por ser una violación 
directa de las leyes de este país; segundo: porque los fondos ni 
son ni pueden ser bastantes para equipar buques armados de 
la descripción que se pide por aquel gobierno; y tercero, y 
últimamente, porque no contando para esta espedición con más 
fondos que los remitidos hasta aquí por el gobierno de Chile, 
será imposible (después de satisfecho el valor principal de los 
barcos) cubrir las fianzas que es preciso dar en este pais, y 
que suben á un valor de mucha consecuencia. Tengo la sa- 
tisfacción de participar á V. E. que este excmo sr. secretario 
de estado me comunica que hace tiempo se ha depuesto por 
el presidente al cónsul D. Thomas Halsey. 

Tengo el honor de ser con la mayor consideración y res- 
peto, señor, su más humilde y obediente servidor. 

Manuel H. de Aguirre. 

Excmo. señor director de las Provincias de la Plata. 

(VÉASE PAJINA 60.) 

Acairre ic qv^a Soñor: Por mis comunicacioues anteriores V. E. 
!l^!i!!l^fr^d^ ha sido instruido del objeto principal de la comi- 
Mt ca vtita fot ba- sióu quo SO me coufirió por el gobierno del esta- 
^■ct cMttniidot. do de Chile, la que era reducida á la compra ó 

construcción de buques de guerra y demás útiles 
necesarios para el ejército de aquel estado. 



ÁPÉMDICS 209 



También ha sido V. £. informado de la esposición que hice al 
Beftor secretario interino de estado, Mr. Richard Rush, sobre este 
particular, y de la contestación que tuve el honor de recibir del 
mismo sefior, la que me ha servido de base para llenar los en- 
cargos de aquel gobierno. 

En la ejecución de tales órdenes siempre he tenido á la vista 
el principio de que éstas no podían cumplirse sin la anuencia ó 
consentimiento del presidente, y persuadido que la ley de 3 de 
marzo de 1817 le autorizaba para escepciones, en casos particu- 
lares, solicite de V. E., por un oficio especial, una información ó 
declaración que sirviese de regla á mi conducta. 

Es cierto que nunca tuve la satisfacción de ser contestado 
por V. E. sobre este particular, y que esta suspensión me coloca- 
ba en un estado de duda que equivalía á una prohibición. En 
semejante situación era mi deber llenar mi comisión marchan- 
do dentro de los límites de las leyes del país, y, previo el consejo 
de los más instruidos juristas, ordené la construcción de dos 
fragatas de guerra, en la ciudad de Nueva York, con la inten- 
ción de despacharlas á la América del Sud, como mercantes y 
en bandera neutral: hallándose aquellos buques prontos á par- 
tir á sus destinos, y con la dotación regular á estilo de comer- 
cío, se me comunicó una orden de arresto y prisión por el juez 
de los Estados Unidos, residente en Nueva York, comprendién- 
dose en ella á los capitanes de los buques y dándose por causa 
haber sido violadas las leyes del país y haberse cometido deli- 
tos de alta traición. Cuatro días de una custodia inquisitorial 
precedieron á la declaración del juez sobre la inocencia de 
nuestra conducta y por consiguiente quedamos recargados de 
tan altos crímenes: en el curso de tales procedimientos se in- 
ventaron tormentos hirientes á los sentimientos de delicade- 
za y honor de todo hombre de principios. 

Desde entonces los enemigos naturales del país han discurri- 
do y ejecutado por viles medios de intriga el entorpecimiento 
de aquella espedición, unas veces seduciendo y corrompiendo á 
algunos individuos de la tripulación de aquellos buques, otras 
induciendo y promoviendo cuestiones directa ó indirectamente 
con el fin de causar gastos en pleitos, detenciones y demoras; en 
fin, sefior, calculando sobre el principio de agotar los recursos 
que se hallaban en mi poder, han conseguido reducirme á la al- 
ternativa que es imposible proseguir en este empeño sin la 
protección del gobierno general ó de los ciudadanos de estos es- 
tados, ó decidirme por la venta de aquellos buques al gobierno 
de estos Estados Unidos; pareciéndome, en este último caso, más 
prudente que el Estado de Chile sufra menos quebranto con 
esta determinación. 

Es cierto que los gobiernos de Buenos Aires y Chile, cuando 
confiaron esta comisión, depositaron en mí el poder de negociar 



19 



210 ALBBBTO PALOMBQUfi 



entre el comercio de estos estados letras sobre los fondos de 
aquellos gobiernos, con premios de alguna consideración; y á 
la verdad para proceder á la compra ó construcción de seis 
corbetas de guerra conforme á sus órdenes, era necesario asegu- 
rar medios para la ejecución de tal empresa: mas ha sido tan 
poderosa la influencia de los enemigos comunes de nuestro país, 
que han conseguido inspirar la más desesperada descoiifianza 
sobre el crédito > y recursos de aquellos gobiernos, de modo que 
me he visto reducido á ejecutar solamente en proporción de los 
medios efectivos que obraban en mi poder, y no siendo estos en 
el día capaces de soportar los gastos que oríjinan la intriga de 
mis enemigos, no encontrando por otra parte protección bastan- 
te que me escude contra sus proyectos, he meditado, por último 
la venta de aquellos buques al gobierno general, en el caso de 
no hallarme capaz de despacharlos á su destino: y para este 
efecto, conforme con los deseos de V. E. manifestado en mi 
última entrevista, tendré el honor de remitirle desde la ciudad 
de New York un estado de la calidad de los buques, y su valor 
principal, siéndome preciso partir inmediatamente á aquella ciu- 
dad para suspender los gastos que ocasionan aquellos buques 
en el puerto diariamente. 

Dios guarde á V. E. muchos años, ciudad do Washington, 10 
de agosto de 1818. 
Es copia. 

Aguirre. 

Rci pM M to del ni- Don Manuel H. de Aguirre. — Nueva York.— 
aMro Adaní á la Departamento de estado. — ^Washington 27 de 
.ota «rterior. agosto de 1818.— SefioH La nota de usted de 

10 del corriente ha sido presentada al presidente, el que me 
ha dirijido á informar á usted que la administración ejecu- 
tiva no está autorizada para hacer compra de las dos fraga- 
tas, que han sido construidas bajo su dirección, en Nueva 
York, y las mismas que usted propone su venta. 

Desde el tiempo en que la guerra civil entre España y las 
colonias españolas en la América del Sud tuvo principio, ha 
sido la política declarada de los Estados Unidos, en estrecha 
conformidad á sus leyes existentes, observar entre las partes 
una neutralidad imparcial. Ellos han considerado esto como 
una guerra civil, en la que, como una nación estranjera, es- 
taban autorizados para permitir á las partes empeñadas en ella, 
iguales derechos, cuya igualdad han gozado invariablemente 
las colonias en los Estados Unidos. 

En el mes de julio de 1816 el congreso reunido en Tucu- 
mán publicó una declaración de independencia por las pro- 
vincias de La Plata, incluyendo, como usted mismo lo ha 
asegurado, todas las provincias previamente comprendidas 

14 



apAkdicb 211 



dentro del virreynato de aquel nombre. Desde aquel periodo 
los Estados Unidos han considerado la cuestión de aquella 
independencia; sentimiento que él está persuadido ganará for- 
taleza diariamente entre los poderes de la Europa, especial- 
mente si la misma carrera de buena fortuna continuase en 
su favor. Al decidir la cuestión respecto á la independencia 
de Buenos Aires, muchas circunstancias llaman la atención, tan- 
to con respecto á las colonias, como á los Estados Unidos, 
que hacían necesario que el presidente se moviese, en este 
particular, con cautela; sin mencionar aquellas que tienen re- 
lación á los Estados Unidos, y las que él está obligado á pe- 
sar, es propio noticiar una con respecto á las colonias, que 
presenta una seria dificultad. 

Usted ha pedido el reconocimiento del gobierno de Buenos 
Aires como supremo sobre las Provincias del Plata, mientras 
que Montevideo, la Banda Oriental y el Paraguay no sola- 
mente están poseídos de hecho por otros, sino bajo gobier- 
nos que desconocen toda dependencia de Buenos Aires, no 
menos que de Espafía. 

El gobierno de los Estados Unidos ha estendido al pueblo 
de Buenos Aires todas las ventajas de un comercio amistoso, 
el mismo que es disfrutado por otras naciones, y toda prue- 
ba de amistad y buena voluntad compatible con una 
justa neutralidad, á más de todos los beneñcios de un libre 
comercio y de una hospitalidad nacional y la admisión de 
buques á nuestros puertos. Los aj entes de Buenos Aires, aun- 
que no reconocidos en forma, han tenido la más libre co- 
municación con la administración y sus representaciones han 
recibido toda la atención que era posible darles á los ofi- 
ciales acreditados de cualquiera otro poder independiente. 
Ninguna persona se ha presentado hasta ahora, de parte de su 
gobierno, con las credenciales ó comisión de un ministro pú- 
blico. 

Aquellas que V. E. ha manifestado, dan á V. el espreso 
carácter de ájente solamente; el que ni por las leyes de las 
naciones, ni por las de los Estados Unidos, tiene el privilegio de 
exención de arresto personal. 

De que V. haya sido sujeto, como lo refiere en su carta, al 
inconveniente de un tal arresto, es sinceramente sentido por el 
presidente; pero, es una circunstancia que no tenía poder para 
prevenirla. Por la naturaleza de nuestra constitución, el su- 
premo ejecutivo no posee autoridad para dispensar la eje- 
cución de las leyes, escepto en los casos prescriptos por las 
leyes mismas. 

Esta observación aparece ser tanto más digna de consi- 
deración cuanto V. menciona su motivo de comunicar al ante- 
rior secretario de estado, al tiempo de su llegada á este pais, 



2l2 ÁtBBkTO paloMbquIb 



en julio de 1817, el objeto de su misión, la construcción de un 
número de buques en guerra para los gobiernos de Buenos 
Aires y Chile, al saber que V. creía que el presidente tenia un 
poder discrecional para suspender las leyes contra la habi- 
litación, equipo y armamento en nuestro puertos, de buques de 
guerra, para objetos belij erantes de otros poderes. 

De la conversación que pasó entre V. y el anterior secretario 
de estado, ha sido sacada una copia, la misma que adjun- 
to incluida. Él informó á V. que para mantener las obli- 
gaciones neutrales de los Estados Unidos, las leyes prohibían el 
armamento de buques en nuestros puertos, con el fin de come- 
ter hostilidades contra cualquiera nación con quienes ellos 
estaban en paz, y también prohibían á nuestros ciudadanos de 
alistarse ó ser alistados dentro el territorio de los Estados Uni- 
dos, al servicio de cualquier estado estranjero, como soldado, 
marino, ó marinero á bordo de cualquier buque de guerra y de 
aceptar ó ejercitar cualquier comisión; pero que buques, 
aun propios para objetos de guerra, y armas y municiones de 
todas clases, podían ser comprados dentro de nuestro país 
como artículos de mercaderías, por ambas partes belijerantes, 
sin infracción de nuestras leyes ó neutralidad. Cuan lejos esta 
condición de nuestra leyes era compatible con la ejecución 
práctica de la comisión de que V. estaba encargado^ V. debía 
juzgarlo, y en caso de duda mantenida por V., fué advertido 
consultara las opiniones de un consejero instruido en la ley, de 
quien V. pudiese obtener informaciones; pero que el ejecutivo 
no poseía poder para dispensar la ejecución de las leyes, antes 
bien, al contrario, estaba obligado, por su deber oficial y su ju- 
ramento, de que fuesen fielmente ejecutadas. 

El 14 de noviembre último yo tuve el honor de recibir una 
nota de V., en la que, después de referirse á su previa conver- 
sación con mi predecesor, dice V. que había procedido á llevar 
á ejecución inmediata las órdenes de su gobierno, en los tér- 
minos de aquella conversación; pero que hallando imposible 
conducir este asunto como había sido su deseo, en secreto, 
cuando V. estaba empeñado en la ejecución de contratos for- 
males, le habían presentado un acta del congreso prohi- 
biendo, bajo las más severas penas, á cualquier persona, el 
equipo de buques de cuya descripción había V. ordenado cons- 
truirse en Nueva York, los mismos que debían, por consi- 
guiente, hallarse inhabilitables para marchar á su destino, 
suplicándome Vd. información sobre estos particulares. 

Por medio de dos de los comisionados, entonces prontos á 
partir para la América del Sur, recordará V. otra vez que el 
secretario de estado no podia con propiedad tirar la linea ó 
definir el limite que V. no pasaría. Que la interpretación y 
esposición de las leyes, bajo nuestras libres instituciones, perte- 



apAitdiob 218 

necia peculiarmente al poder judicial, y que si como un estranje- 
ro, desconocedor de nuestras providencias legales, V. necesitaba 
algún consejo sobre este asunto, había profesores de eminencia 
en cualquier estado de quienes, en común con otros, V. podia 
recibir sus opiniones. Se entendió que V. estaba plenamente 
satisfecho con esta esplicación. 

V. ha estado, por lo tanto, constantemente alerta de la ne- 
cesidad de proceder en tal modo á la ejecución de las órde- 
nes de su gobierno, que ha evitado violar las leyes de los 
Estados Unidos, y aunque no ha sido posible estender á V. 
el privilejio de escepción de arresto (escepción no gozada por 
el presidente mismo de los Estados Unidos, en su capacidad 
individual) aun V. ha tenido todo el beneficio de aquellas 
leyes, que son la protección de los derechos y libertad per- 
sonal de nuestros propios ciudadanos. Aunque V. haya cons- 
truido, equipado, habilitado y tripulado dos buques propios 
para objetos de guerra, pero como ninguna prueba fué adu- 
cida de que V. los habia armado, fué V. inmediatamente li- 
bertado y descargado por la decisión del juez de la suprema 
corte, ante quien el caso fué traido. Aún es imposible para mi 
decir que la ejecución de las órdenes de su gobierno sea im- 
practicable; pero el gobierno de los Estados Unidos no puede 
más dar la cara, ó participar, en modo alguno, se evada la in- 
tención de las leyes ni menos dispensar su ejecución. 

De la amistosa disposición del presidente hacia su gobierno 
y su patria, muchas pruebas han sido dadas. To soy encar- 
gado por él para renovar la seguridad de aquella disposición y 
asegurar á V. que continuará manifestándola, en todo modo 
compatible con las leyes de este pais y la observancia de sus 
deberes hacia otros. 

To tengo el honor de ser, con alta consideración. 
Sefior 

su más humilde y atento servidor 

John Quikcy Adams. 

(VÉASE PÍJINA 69, NOTA 1). 
firtrattos de «■ ct- Noviembre 22 de 1817. 

iad9 de Mr. Rinh, «1 £1 infrascripto, anterior secretario de estado, 
fcerctario ét citado, habiendo visto la carta dirijida al secretario de 
estado, el 14 de este mes, por don Manuel H. de Aguirre, comi- 
sionado del gobierno de las Provincias Unidas en la América 
del Sud, procede á establecer lo que él sabe de las materias con- 
tenidas en aquella carta, y por el orden en que están puestas. 

1. Las cartas recapituladas con sus rótulos fueron, como se 
dice, puestas en las manos del infrascripto, y, según presume, 



214 ALBBRTO PALOMBQUB 



eran tres. El comisionado fué informado que serian debidamente 
entregadas al presidente^ á la vuelta de su viaje. Era la cos- 
tumbre del infrascripto tomar bajo su inmediato y especial cui- 
dado todos los papeles que llegaran al departamento durante 
la ausencia del presidente, y las que eran düijidas al presidente, 
ó propias de ser sometidas á su información ó instrucciones, 
la mayor parte las cerraba bajo una cubierta, con un breve en- 
doso de sus contenidos. 

El esceptuó de esta práctica aquellas que estaban en lengua 
española ó portuguesa. Las cartas en cuestión, estando en el 
primer idioma, fueron empaquetadas con varias otras más, 
escritas en una ú otra de estas lenguas, y así dirijidas al presi- 
dente, mezcladas con un considerable volumen, un día ó dos 
después que volvió de Washington. Fué enteramente la omisión 
del infrascripto no llamar la atención del presidente particular- 
mente á estas cartas. Nada se dijo que pudiese animar la espe- 
ranza del comisionado de que ellas fuesen contestadas. Lo con- 
trario pareció presentarse como su más probable inferencia 
de su propio carácter informal, í*^ no menos que del resultado 
de toda la conversación. 

2. El infrascripto nada tiene que agregar á lo que se dice por 
el comisionado sobre este particular. 

3. El infrascripto (protestando durante toda la conversación 
que no hablaba oficialmente, mucho más hallándose el presi- 
dente ausente) no escrupulizó decir al comisionado que él creía 
que el presidente, en común con toda la nación^ se hallaba dis- 
puesto con la más sincera buena voluntad hacia todos los habi- 
tantes del continente americano, y miraba con sentimiento de 
gran solicitud é interés la contienda en que tantos de ellos esta- 
ban empeñados. 

Pero, en lugar de decir que el gobierno de los Estados Unidos 
no podía tomar un partido abierto en esto^ fué más de una vez 
repetido que el gobierno no tomaría parte alguna. Que una es- 
trecha neutralidad había sido su política. Que esta conducta^ 
impuesta por otras consideraciones, también como por el tra- 
tado, que tan largo tiempo había subsistido con España, era 
también la conducta más propia en beneficio de los mismos 
americanos del sud. Esta última idea fué espresada tanto más 
claramente cuanto que era calculada para sujerír al comisionado 
la mejor escusa para no reconocerle en su alegada capacidad ofi- 
cial. A tales ideas pareció dar una pronta conformidad. Él es- 
presó un gran deseo de serle permitido comprar del gobierno, 
para objetos mencionados en su carta, algunos de los buques 
de nuestra marina, diciendo que deberían ser de veinte á veinte 
y cuatro cañones, con el fin de dispersar la fuerza que pudiera 



(i) Él habla de »i mismo como un luiente, no como ministro. 



apAmdiob 915 



oponerse. Él dijo que tenia fondos para jirar sobre su go- 
bierno, por igual cantidad, al fin de tres meses; y otra vez, 
al fin de tres meses; mas, yo no puedo decir hasta qué limites. 
Su proposición fué desatendida como totalmente impracticable. 

Él fué informado que le estaba permitido comprar armas y 
municiones de guerra de los comerciantes ú otros en los Estados 
Unidos, cuyo tráfico, en estos artículos, no siendo prohibido por 
las leyes de las naciones ó por nuestras leyes municipales, la 
parte interesada tomaba sobre sí el riesgo de llevar el contra- 
bando. 

Le fué también dicho que él estaba en libertad para comprar 
buques, de cualquier tamafio, de individuos particulares, en núes* 
tros puertos de mar, pero que él no debía armarlos ni de modo 
alguno equiparlos para la guerra, A más de otros fundamentos 
de objeción, él fué informado del acta del congreso que pasó en 
la última sesión, agregando nuevas penas y restricciones á tales 
equipos. Él fué informado de que debía moverse, al tiempo de 
hacer sus compras ó cualquiera otra cosa, en la mera esfera de 
un individuo; que mientras así se condujese, evitando toda in- 
fracción de nuestras leyes, su conducta sería aprobada y él 
mismo protejido; y que si la causa de su patria pudiese ser de 
este modo beneficiada, yo creía que el pueblo y gobierno de los 
Estados Unidos se hallarían bien satisfechos. 

A ninguno de los anteriores sentimientos hizo él objeción 
alguna. Por el contrarío, ellos tuvieron su más plena aproba- 
ción. Él dijo llanamente, que no esperaba haber sido recibido 
en su carácter oficial. Él dejó al infrascripto con una declara- 
ción, como si no tuviese ulterior negocio con el gobierno, y 
partió el día siguiente para Baltimore, para principiar sus ope- 
raciones como comerciante (este era su propio término), alU y 
en las otras ciudades. — (Es copia). 

Aquirre. 

(VÉASE PAJINA 54^ NOTA 1). 

Dniq íitodM tjiiic «El desempefío de aquella comisión, dice Ba- 
pmcatetata nMta. ^.^^^ Arana, ofipecía dificultades de diverso orden: 
la estrechez de los recursos de que se podía disponer, la descon- 
fianza con que era mirada en el esterior una revolución que 
muchos creían destinada á fracasar irremisiblemente, y el poder 
y las relaciones diplomáticas de la Espafia que le permitían 
mantener ajentes y cónsules en todos los puntos en donde los 
patriotas americanos podían procurarse algunos recursos. A 
menos de contar con una protección más ó menos ftunca de 
parte del gobierno de los Estados Unidos, los hispano america- 
nos, que luchaban heroicamente por la independencia, pero á 
quienes ninguna nación les había reconocido hasta entonces ni 



216 ALBERTO PALOMBQÜE 



siquiera el derecho de belijerantes, no podía esperar que se les 
permitiera equipar y armar buques, lajizar corsarios y procu- 
rarse los demás elementos de guerra que necesitaban. San Mar- 
tin y los demás hombres que intervinieron en aquel contrato, 
no dudaron, sin embargo, un instante, de que el gobierno libre 
y liberal de los Estados Unidos, prestaría una jenerosa protec- 
ción á los pueblos que luchaban por conquistar su libertad. 
Usando de un poder que O'Higgins había firmado, dejando en 
blanco el nombre de la persona á quien hubiera de conferirse, 
San Martín lo llenó con el de don Manuel H. Aguirre, dando á 
éste el carácter oficial de ájente de Chile^ que, según creía, iba 
á revestirlo de representación y de inmunidades diplomáticas. 
En la misma confianza, San Martín escribió una carta dirijida 
al presidente de los Estados Unidos en que, después de darle 
cuenta sumariamente del estado de la revolución en estos paí- 
ses, de sus recientes triunfos y del objeto de la comisión enco- 
mendada á Aguirre, espresaba su confianza en que éste sería 
protejido dentro de la órbita del derecho por el gobierno norte- 
americano. V. E., que tiene el honor de presidir á un pueblo «li- 
bre por los mismos principios que hacen derramar sangre á los 
americanos del sur,» decía San Martín, «espero se dignará pres- 
tar al comisionado aquella protección compatible con las rela- 
ciones actuales de ese gabinete, teniendo yo la satisfacción de 
asegurar á V. E. que las armas de la patria, bajo mis órdenes, 
nada dejarán por hacer para dar consistencia y relijiosidad á 
las promesas de ambos gobiernos de Chile y de las Provincias 
Unidas del Río de la Plata. ^^^ «Llevó además, dice Bulnes, ^'^ 
tres cartas que le servirían de credenciales: una de O'Higgins, 
otra de Pueyrredón y la siguiente del general San Martín . . . 

Opinión de Barros £1 soñor Aguirro llevaba, ya se ha dicho, una 
wdos de^JT jMé ^<^We misión: la diplomática y la comercial. Esta 
ortgorio oonci. Última sc relacionaba con la compra de buques 

y armamentos para Chile, á cuyo efecto, como 
se ha visto, San Martín le había transferido el poder que tenía 
de O'Higgins. Dice el seftor Barros Arana que por recomenda- 
ción de Pueyrredón fué designado para ese encargo el seflor de 
Aguirre «comerciante de regular posición en Buenos Aires, que 
si bien no había desempeñado cargos públicos, era tenido por 
verdadero patriota.» Pero, el señor de Aguirre no fué solo. Se re- 
solvió que fuese acompañado por otro individuo, que, sirviéndo- 
le de segundo, pudiera reemplazarlo en la jerencia de la nego- 
ciación, en los casos de enfermedad ó muerte. (' Ese s^undo 



(1) HUtoria general de Chile por don Diego Barros Arana, pajina 87, tomo 11. 

(2) Bepeáicián libertadora del Perú, tomo I, pinina 44. 

(8) Historia general de Chiles por Arana, tomo H, pAj. 84. 



apAndicb 217 



fué don Gregorio Gomez^ nombrado tal, el 30 do abril de 1817, 
«Vista de aduana de Buenos Aires, hombre de modesta situación 
política, pero de verdadero patriotismo y de acrisolada probidad, 
muy amigo de San Martin, de quien había sido camarada en la 
escuela. Don Gregorio Gómez ya había estado en Chile, en 1810, 
como comerciante, pero llevando comunicaciones revoluciona- 
rías, habiendo posterionnente vivido largos aftos en Chile como 
emigrado politice. ^^^ 

Este nombramiente, según relación que años después hacía el 
sefior Gómez á nuestro distinguido amigo el doctor don Jorge 
L. Dupuis, se había hecho en la Lojia Lautaro, en una forma 
ejecutiva. £1 vista de aduana que tal honor merecía, parece que 
ya había sido hablado para el desempeño de la comisión, tenien- 
do en cuenta, sin duda, sus servicios durante el año 10; pero él 
habría rehusado ese honor. Quizá lo largo y fastidioso del viaje 
* á ello lo inclinara. Pero, una noche, en la Lojia Lautaro, á cuya 
sesión asistía el señor Gómez, se encontró con la sorprendente 
resolución de que desde allí mismo debía marchar á bordo del 
buque que lo conduciría á Norte América. Y el señor Gómez 
hubo de obedecer! Lo que no pudo el gobernante Pueyrredón, lo 
impuso la Lojia! Es verdad que ésta era la que gobernaba. ^*^ 

El candidato era de confianza. Bien que lo sabía San Martin. ^^^ 
Chile no podía olvidar que si Gómez era el amigo de escuela de 
San Martín, era también el hombre abnegado que en 1810 le ha- 
bía llevado una palabra de aliento, demostrando todo lo que su 
alma tenía de varonil. Ese candidato era simpático á ambos 
pueblos. No en balde un historiador ha dicho que «desde que se 
supo en Santiago la revolución ocurrida en Buenos Aires y la 
creación de una junta gubernativa, los autoridades habían pues- 
to grande empeño en vijilar la correspondencia que venía de ese 
virreinato y en impedir el tráfico de pasajeros, ó, á lo menos, en 
someter á estos á un examen prolijo, para ver si eran ajentes de 
los revolucionarios. En los primeros días de agosto fué detenido, 
en Aconcagua, uno de esos viajeros que llegaba de Mendoza, ven- 
ciendo las nieves que cubrían los pasos de la cordillera. Llamá- 
base don Gregorio Gómez, venía de Buenos Aires, con destino á 
Valparaíso, en desempeño de una comisión comercial, y tenía un 
pasaporte que no podía infundir sospechas. Sin embargo, fué 
tomado preso, conducido á Santiago con guardias, y encerrado 
en el cuartel de San Pablo. Las desconfianzas de los ajentes del 
gobierno no eran infundadas en esta ocasión. Gómez era, en 
verdad, un ájente de comercio; pero había recibido, además, 
una carta dirijida al doctor don Juan Martínez de Rozas por el 



(1) HittoHa jmtgral dé OhiU, por Arana, tomo II, páj. 86. noU 25. 

{%) VeaM Reviita dé Sítenos Aireé, pajina 4d9. tomo 19. 

(3) HiéUfria de la República Argentina^ por Lopes, tomo 1.^, pi^iiia 578, nota. 



218 ALBBRTO PALOMBQUE 



doctor don Juan José Castelli, uno de los más audaces corifeos 
de la revolución de Buenos Aires, en que, además de darle 
cuenta exacta de estos sucesos, lo instaba empefiosamente á 
formar en Chile una junta de gobierno semejante á la que se 
había establecido en aquella ciudad. A pesar de su aparente 
sencillez, Gómez fué bastante astuto para ocultar esa cart£^ ^^^ 
pero cuando se convenció de que algunas de las personas que 
lo visitaban, y hasta los oficiales encargados de su custodia eran 
patriotas decididos, entró en comunicación franca con ellos, les 
entregó la carta para Rozas y les suministró todas las noticias 
que podían interesarles. Habiendo obtenido su libertad 22 dias 
más tarde, á condición de que quedara viviendo en la casa del 
coronel de artillería don Francisco Javier de Reyna, para cuya 
familia había traído cartas de recomendación, Gómez pudo fre- 
cuentar las reuniones secretas que celebraban los patriotas é 
imponerse de que el espíritu revolucionario había prendido en 
Santiago», f^^ 

Tales fueron los dos hombres que partieron á Estados Unidos. 
Si Gk>mez había conocido, en 1810, el cuartel de San Pablo, Agui- 
rre conocería, en 1817, como se ha visto en las pajinas de este 
libro, la cárcel de Nueva York! 

Por lo demás, ya se ha visto el respeto y consideración que 
Norte América tuvo por las credenciales de Aguirre con que se 
le había vestido para darle mayor autoridad moral y facilitarle 
su doble negociación diplomática y comercial! 

«Como varias veces, dice el señor don Carlos Calvo, ^'^ hablan- 
do de Gómez, nos hemos ocupado de este digno americano, nos 
parece que será leída, con interés, la rápida noticia que damos 
á continuación sobre los buenos servicios que le debe la causa 
de la libertad de América. 

«En 1810 fué el señor Gómez de los primeros obreros y unos de 
los más activos instrumentos de la revolución, perteneciendo á 
los llamados «chisperos», que estaban al servicio de los siete. 

«En 25 de junio de 1810, en prueba de la confianza que inspi- 
raba su patriotismo, se le confió la difícil misión secreta á Chile 
con el objeto de secundar la revolución; los resultados y conse- 



(1) La distinguida viud» del ilustre doctor don Garlos T^edor me ha dicho que el 
seftor Gomes, ciudadano que murió en los braios de esa noble matrona, había ocultado la 
carta en el doble fondo de un sombrero de coi»a, como lo afirma el general Mitre en 
su obra Higtoria de San Martin. Visité & aquella dignisima sefiora con el objeto de pedirle 
una fotografía del señor Gomes qae ilustrara esta obra, pero no me ha sido posible conse- 
guirla, desgraciadamente. 

(9) Respecto de la misión de don José Gregorio Gómez & Chile, en 1810, puede verse la 
memoria presentada A la UniYer.-tidad de Chile, en 1847, por el doctor don Manuel A. To- 
comal, citada por el doctor don Carlos Cairo en el tomo S. pajinas 8 A 6 y 194 de su obra 
«Anales Históricos de la Revolución de la América Latina».— AdemAs, véase la obra citada 
de Arana, pAJinas 174 j 176. tomo 8. 

(3) Anales de la Revotitdán de la América Latina, tomo d.<>, pajina ¿08, nota 2. 



ATtnmtns 219 

cuencias de esa atrevida misión fueron la revolución que tuvo 
lugar poco después, como ya lo hemos referido en la pajina 3 de 
este libro, al ocupamos de su prisión y sufrimientos en las cár- 
celes españolas de Chile. 

«En enero de 1811 volvió á Buenos Aires dejando libre de sus 
opresores á los patriotas chilenos. Allí continnó sirviendo en el 
destino de contador interventor en la dirección general de taba- 
cos, cuyo empleo tenía desde 1802, por el real decreto del rey 
Carlos IV, donde permaneció hasta que cesó el estanco, pasando 
á la aduana con su director Don Manuel Lavalle, éste como co- 
lector y el sefior Gómez como vista. 

«En todo ese periodo fué uno de los más activos instrumentos 
de la lójia Lautaro, de la cual era miembro fundador, y la con- 
fianza ilimitada que inspiraba su celo patriótico y su honradez 
influyeron para que se le encargase, en compafiia del patriota 
esperímentado doctor ^'^ don Manuel de Aguirre, de la importante 
comisión de ir á Norte América á negociar el reconocimiento de 
la independencia, y á formar una escuadra que debía cooperar 
á la libertad del Perú en combinación con el ejército de los 
Andes. Hé aquí los documentos que con tal motivo le fueron di- 
rijidos por el gobierno arjentino: 

» Consideradas detenidamente en el consejo privado, que de 
orden supremo se celebró en la noche del 26 del que rije, con 
asistencia del ciudadano don Manuel de Aguirre, las razones 
que éste espresó en nota oficial del 24, relativas al buen desem- 
peño de la importante comisión de que está enciirgado en Norte 
América, deseando el gobierno allanar cuantas dificultades pue- 
dan oponerse al buen suceso de ella, y satisfecho de los conoci- 
mientos, patriotismo, celo y demás virtudes que caracterizan á 
usted, ha resuelto que en continuación de sus buenos servicios á 
la patria y en precaución de cualquier accidente desgraciado 
que pudiera retardar el breve resultado de tan interesante en- 
cargo, marche usted á dicho destino en compañía del citado don 
Manuel de Aguirre, en clase de segundo, en la espresada comi- 
sión, en la intelijencia de que además de la retención del empleo 
y sueldo que actualmente disfruta usted, se le abonarán de los 
fondos de la indicada comisión los gastos de viaje de ida y vuelta, 
ocurriéndose por la misma á los de la subsistencia en todo el 
tiempo de su permanencia en aquel destino al objeto indicado, 
sin perjuicio de que en el caso de destronarse la tiranía en Lima 
se le suministrarán, por una vez, por las tesorerías de los Esta- 
dos de Sud América y Chile, diez mil pesos, por vía de regalo 
en remuneración de sus servicios. 

«El gobierno espera que enterado usted por el ciudadano 
Aguirre de los objetos de su misión é instrucciones superiores, 
corresponderá usted gustoso á la confianza con que ha tenido á 
bien distinguirle S. E., de cuya orden lo aviso para su cumpli- 

(1) Error. Ko er» doctor, aunque sí docto. 



220 ALBERTO PALOMBQUB 



miento, con prevención de haberse hecho por este ministerio las 
comunicaciones convenientes á quienes corresponde. 
Dios guarde á usted muchos años. 

Buenos Aires, abril 30 de 1817. 

Matías de Ybigoybn. 

El 6 de mayo del mismo año se le comunicó la siguiente nueva 
resolución superior: 

«No obstante las razones que impulsaron la suprema resolu- 
ción del 30 de abril último, comunicada á usted en la misma 
fecha; relativamente á la comisión que en clase de segundo de 
ella en Norte América tuvo á bien el gobierno encargarle, por 
nuevas consideraciones que han ocurrido á S. E., se ha servido 
acordar que durante dicha comisión se abone á usted, de los 
fondos de la misma, mil quinientos pesos anuales sobre lo que 
disfruta usted por su actual empleo, estendiéndose igualmente 
la gratificación de diez mil pesos espresada en otra nota del 30 
de abril á once mil, pagaderos en su caso por las tesorerías que 
en ella se anuncian. Se han hecho al efecto las prevenciones 
convenientes, y de orden suprema lo aviso á usted para su inte- 
lijencia y satisfacción. 

Dios guarde á usted muchos años. 

Buenos Aires, 6 de mayo de 1817. 

Matías de Ybigoyen. 
A. D. Gregorio Gómez. 

(Es copia) — Yrigoyen, 

«Cumplió satisfactoriamente el objeto de su misión: aunque 
con gran perjuicio para su fortuna particular, de la que tuvo 
que echar mano para hacer frente á sus primeras necesidades, 
no habiéndole hasta hoy satisfecho el gobierno nacional, ni el de 
Chile, las ofertas que contienen los documentos que preceden, 
no obstante haberse conquistado la independencia de Lima. 

«Suponemos, sin embargo^ que la falta sea del señor Gtómez, 
quien, por un esceso de patriotismo ó de modestia, no habría 
reclamado, pues que nos consta que su compañero, el señor 
Aguirre, al entrar en el ministerio de hacienda, el año 1832, f*^ 
cobró los 12.000 pesos que le correspondían. ^^^ 

«Debido á sus esfuerzos se construyeron en los Estados Unidos 
las dos fragatas que vinieron á Buenos Aires y que fueron des- 



(1) Era Indigno del seftor Gómez este ataque. Ta se verá para lo que fué el señor Agui- 
rre al ministerio, en 1833, y no en 1832. 

(9) No es exacto. Solo cobró en la forma angustiosa que se relata en e-<^te libro, como 
se rerá en el segundo tomo. 



ÁPÉMDIOB Sil 



pues á Chile armadas y tripuladas, bajo los nombres de Horado 
y OuríadOj las cuales se pusieron á disposición del ministro ple- 
nipotenciario de Chile residente en Buenos Aires, don Miguel 
Zafiartu, quien las envió al Pacífico, en donde con los nombres 
de Congreso é Independencia hicieron valiosos servicios á la 
causa de la independencia americana. ^^> 

«Terminada su misión, elsefior Gómez volvió á Buenos Aires, 
el afio 1818, donde, como miembro de la poderosa lojia Lautaro, 
continuó prestando servicios importantes, á la vez que sirvió 
su destino en la aduana, en donde permaneció hasta el afio 1828. 

•Eñ 1825 contribuyó eficazmente para el buen éxito de la 
heroica cruzada de los treinta y tres bravos orientales, cuyo 
jefe, el general Lavalleja, al reconocerlo, le manifiesta su grati- 
tud en el documento que reproducimos á continuación, íntegra- 
mente, el cual ofrece, además, un notable interés histórico: 

«Con singular gusto recibí su apreciable de 30 del próximo 
pasado, incluyéndome copia de la ley espedida por el soberano 
congreso de la República Arjentina; ella^ sefior, nos eleva al 
distinguido puesto de nacionales, por lo que tanto, desde nues- 
tros principios, todos han aspirado; nuestros enemigos ya no 
nos miran como unos seres aislados y una provincia rebelde, 
sino con respeto por nuestra decisión, y porque pertenecemos Á 
una respetable nación, que hoy tiene tanto crédito y á quien 
siempre hemos pertenecido. 

«Yo, sefior, rindo á usted las más espresivas gracias por mí, 
mis compafieros de armas y en nombre de esta provincia, por 
sus bellas intenciones, por la enhorabuena que se sirve oblamos 
y por los servicios que desde los principios ha manifestado á 
esta provincia tomando tanto interés por nuestra libertad. 

«El que suscribe tiene el gusto de ofrecerle sus servicios y 
titularse su afectísimo amigo y servidor Q. S. M. B.—Juan An- 
tonio Lavalleja, — Pedro Lenguas, encargado de la mayoría del 
ejército. — Cuartel general en el Durazno. — Noviembre 16 de 1825. 
— Sefior donGregorio Gómez, vista de aduana de Buenos Aires». 

«El documento autógrafo nos ha sido facilitado por el sefior 
Gómez, del cual hemos tomado esta copia. 

«Este nuevo hecho revela elocuentemente que el Sefior Gó- 
mez fué; en todas épocas, uno de los más decididos patriotas, 
pronto siempre a sacrificarse por la libertad de su país. 

«La revolución del I.** de diciembre le obligó á dejar la 
aduana, y aprovechándose del derecho que lo acordaban los 
36 afios de servicio al rey y á la patria, solicitó su jubila- 
ción, retirándose á la vida privada. 



(1) No es exacto, como «e ha demostrado en el cuerpo de este libro. Solo la Cariado 
se salvó. 



2!^ ALBBftTO PALOMAQUIB 



«Considerado y respetado de todos vivió en Buenos Aires 
hasta que la dictadura de don Juan Manuel de Rosas le 
llevó, como á tantos otros patriotas que habían derramado su 
sangre por la libertad, á los oscuros calabozos de la cárcel 
del Cabildo, por no adherirse á sus caprichos y á su sistema 
tiránico; de donde salió el 1.^ de enero de .1839. El siguiente 
mes de febrero se embarcó en una ballenera, abandonando 
cuanto tenia, y llegó á Montevideo después de muchos peligros. 

«AHÍ fué inmediatamente nombrado miembro de la comisión 
arjentina, y después su presidente, en reemplazo del doctor 
Agüero, que marchó en misión á Corrientes. En ese puesto con- 
tribuyó activamente, con su esperiencia y patriotismo, á formar 
la cruzada contra Rosas, cuyo mando y dirección se confió al 
general Lavalle. Los desastres que sufrió ese ejército en la 
batalla del Quebracho le obligaron á espatriarse, asilándose en 
Chile^ donde ha permanecido hasta el año 1855. 

«En ese mismo año volvió por tierra á su patria, llamado por 
el gobierno arj entino establecido en el Paraná, para fundar la 
aduana del Rosario (entonces nacional), habiendo antes desem- 
peñado, con éxito, una comisión que le fué confiada por el 
referido gobierno cerca del de la República de Chile, para uni- 
formar el derecho de tránsito entre ambas aduanas. 

«En fin, tenemos el placer, hace algunos meses, de contar entre 
los compatriotas que habitan en París al apreciable porteño de 
quien nos ocupamos. A los 83 años de edad, conserva toda 
la enerjíay la viva imajinación del travieso é intelijente «chis- 
pero» del año 10; es un archivo ambulante, el mejor clasificado, 
el más completo y verídico de las heroicas luchas de la inde- 
pendencia sud-americana, de las grandes glorias y aún de los 
lamentables errores de nuestros más ilustres y llorados patrio- 
tas; á él debemos muchos de los detalles que recejemos del 
olvido y que no han dejado otros rastros que los de la tradición. 

«Entre tanto, este veterano de la independencia, nos dá pena 
decirlo, después de 20 años de emigración y de sacrificios de 
todo jénero, ha encontrado ingratas y olvidadizas á las autori- 
dades de su pueblo natal, rejenerado y libre ya de los tiranos 
que había combatido con tanto ardor. Él no se queja, sin em- 
bargo, porque sabe bien que los grandes pueblos no olvidan 
jamás á sus buenos servidores. 

«El señor Gómez nació en Buenos Aires el 9 de mayo de 1780: 
dentro de pocos dias habrá alcanzado sus 84 años. ^ >^ 



(1) Atíale$ de ia Sevolucián de la América iMtifuif por Cárlo Calvo, tomo 8.®, ]»4)- 80B. 



índice del tomo i 



DEDICATORIA 

CAPITULO I— VUi4ii protéUoa 4% MiálMii m 1810. 

Misión norteamericana de 1810 y 1812 áBuenos Aires 

y Venezuela 7 

Instrucciones dadas A Poinsett y Scott, en 1810-12 8 

Reacción en el gobierno norteamericano de 1815 10 

El ministro Everett, en Madrid, en 1826; su nota conñ- 

dencial 12 

Consejos & Espafia 12 

Opinión de Everett sobre Bolivar y Sucre 13 

Opinión despreciativa de Everett sobre San Martin y 

Pueyrredon 14 

Indiferencia pública respecto á Pueyrredon, según el 

señor general Mitre 16 

El año 20 y Pueyrredon 19 

Llamado de Pueyrredon por el gobierno de su pais. ... 21 

El carro fúnebre de Pueyrredon, en 1860 23 

Error de Everett respecto de San Martin 24 

CAPIPULO II— La niti4ii ThOMMM á Norte Amériea sn 1816. 

La influencia de Norte América en el ánimo de lo^ go- 
bernantes arjentinos al iniciarse la revolución de 
mayo y la misión del coronel don Martin Thompson 

A Estados Unidos, en enero de 1816 25 

Cese del señor Thompson por orden de Pueyrredon 28 

Causa que motiva la actitud de Pueyrredon 30 

CAPITULO III-La Repdblica Arlsntlna tn 1817. 

Situación Arjentina en 1817, al enviarse la misión Agui- 

rre á Norte América 33 

Belgrano y Echevarría en el Paraguay 34 

Bautismo de sangre de la bandera revolucionaría 34 

Moreno en Londres y Brasil 35 



tNDicie 



PIQipjt 

Fuerzas de flaqueza 35 

Femandismo desteñido 36 

Recurso en el monarquismo 36 

£i congreso de Tucum&n y la declaratoria de la inde- 
pendencia 37 

Resoluciones del congreso sobre el establecimiento de 

relaciones con Norte América, Sueciay Rusia 37 

CAPITULO IV— DMemptüo d« la mititfn diplomátioa. 

Aguirre se entrevista con Monroe 39 

Comunicación al gobierno norteamericano de la decla- 
ratoria de la independencia 42 

Solicitud del ministro Adams para el reconocimiento de 

la independencia sudamericana 42 

Criterio diplom Ático aij entino sobre el reconocimiento 

de una nación nueva.. 44 

Solidaridad amerícnna 44 

Adams exije que Aguirre justifique la existencia real 

de la soberanía 45 

Progresos operados durante la revolución sudamericana* 46 
La «indiferencia de Norte América ante la sangre de- 
rramada por los tiranos» 47 

Influencia de Artigas y de la ocupación de Montevideo 

por los portugueses 48 

El sentimiento sudamericano 50 

Ataque A la neutralidad 51 

Norte América y tin tratado de comercio 52 

CAPITULO V— Detempaüo de la mltidn naval y oonttrucofdn d« lot buqutt 

para Chilt . 

Regreso de Gómez al Rio de la Plata 54 

Ag*uirre devuelve el despacho de comisario de Guerra 

y Marina 54 

Motivo de la misión de Gómez al Plata 56 

Ofrecimientos de servicios diplomáticos A Chile 58 

Medidas adoptadas para la construcción de las dos fra- 
gatas, consultando previamente al señor Rush, minis- 
tro interino áid señor Monroe 58 






3 



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CAPITULO Vl-Prttiéii ««I t|f Rlt arMiiit Mitr AfMirrt. 

Agarre es reducido á prisión por las autoridades nor- 
teamericanas y protesta ante el señor presidente Mon- 

roe, ofreciéndole en venta los buqnes construidos. . . 60 

Consecuencias morales de la nota-protesta 63 

Cautela de Monroe 64 

Carta del caudillo Artigas al presidente Monroe, en 1817. 65 

CAPITULO VII-Privll#ii«s dlplMátlMs M a|f alt arlMtiat . 

Privilejios del ájente de las Provincias Unidas del Rio 
de la Plata 67 

Conciencia del hombre-ciudadano en pugna con la del 
hombre-estado 69 



CAPITULO VIII— Rtseaaaela 4% la ^rlsMn tfo Afvlrrt sn ti Paríamsnto 
w KsrttaMsrlsaae. 



Notas de Aguirre arrojadas por Rush al cajón del escri- 
torio 72 

Rechazo del nombramiento del señor don David C. de 
Forest, cónsul arjentino en Norte América 75 

Nuevo protesto de Adams, fundado en la cláusula de la 
nación más favorecida 77 

Esplotaeión del caudilligo ^^ Artigas 80 

CAPITULO IX-U oonislte neHsaMsríoaaa U 1818. NoUbls diseuti^ 

laieiada por Clay sn ti ooiif rsso ds Norts Amérloa. 

Comisión norteamericana al Rió de la Plata y Chile. . . 82 
Moción de Clay sobre envío de un ministro A Buenos 

Aires 84 

Enéxjico discurso de Robertson, favorable & la causa 

sudamericana 87 

Cuestión previa constitucional sobre las facultades del 
congreso para intervenir en el reconocimiento, plan- 
teada por el diputado Smith 90 

Réplica de Floyd, diputado por Virjinia 91 

Palabra profunda de Johnson, diputado por Kentucky.. 91 
Nuevo argumento del señor Smith sobre el punto cons- 
titucional relativo & la facultad del congreso 94 

16 



ÍNDlCS 

Pajina 



Efecto causado por el discurso y su respuesta inmediata 
por el diputado Holmes 96 

Interesante y viril esposición del señor Tucker, diputado 
por Vi^inia, sobre el punto constitucional en cues- 
tión 98 

Cita falsa relativa al coronel don Martin Thompson, he- 
cha por el diputado Nelson 100 

Nueva alocución del cleader» don Enrique Clay 101 

Palabra Agria de Poindexter, diputado por Mississipi, y 
la oportuna intervención del señor Forsyth 101 

£1 diputado Smith y el espíritu de Artigas y el de Car- 
reras paseándose por el parlamento norteamericano. 102 

Derrotade Clav '. 103 

Omisión de los sostenedores de la moción Olay 104 

CAPITULO X— Les eomltionadü sortsamerieaMS en 1t18. 

Influencia de los informes sobre el reconocimiento de 

la independencia sudamericana 106 

Lo que contenia el informe de César A. Rodney 107 

Informe sintético de Juan Graham 115 

Opinión del comisario Teodoríco Blad 119 

CAPITULO XI— Mfnrtt y SMS MSRtaiti prtsMenoialM dt 1817 á 1821. 

Prosperidad de Norte América en 1817 127 

¡En el nombre del rey de España! 127 

Clay en la cámara de representantes 129 

Opiniones de Larr&zabal y Barros Arana 130 

Actitud de la cámara de representantes de Norte Amé- 
rica en 1822 131 

CAPITULO XII-^EI a)entt iiortsamsrieano Forbet, t n Butnot Airts 

Personalidad de Juan M. Forbes.— Instrucciones dadas 
por Adams.—Su desempeño 133 

Elojios á Rivadavia y Garcia 134 

Anexión de la Banda Oriental al reino del Brasil y la 
muerte del ministro de Portugal 135 

Correspondencia de Forbes y su audiencia con Riva- 
davia 137 



tNDIGB 



CAPITULO XIII— U dtcHintntaoKn é% F«rk«t tn ti parltmMlt utrlt- 

mtriotiif 

DoctrinA de Agoirre sostenida por el ministro Adams, 

años después 189 

Reconocimiento de la independencia por Monroe 141 

Sentimiento popular reflejado en la casa de represen- 
tantes 142 

Criterio de la comisión de negocios estranjeros 143 

Opinión de Trirable 144 

Alocución del señor Poinsett 144 

Votación nominal A favor de la independencia y el voto 

«singular» del señor Gamett, en contra de ella 146 

CAPITULO XIV— Triunff de la lilta matfrs.-lnilaterra y Nertt AméHsa. 

La Santa Alianza entra en acción 149 

Situación despejada de Norte América 151 

Acción libre de Inglaterra en el Rio de la Plata 152 

Fines de la Santa Alianza 153 

Actitud hábil de Inglaterra 154 

Espíritu liberal en Italia y España sofocado por la San- 
ta Alianza 155 

Los dos colosos del viejo y nuevo mundo 156 

Criterio de Inglaterra sobre el derecho de intervención. 158 
Irresoluciones de InglaterJa. Suicidio de Casllereagh 

é intervención de Canning 158 

Comisionados de Inglaterra ^nombramiento de cónsules. 159 

Desprecio de España y la respuesta de Canning 160 

Jefferson, Monroe y Adams 132 

Mensaje de Monroe de 3 de Diciembre de 1823 162 

Indecisiones de Inglaterra 164 

Reconocimiento por la Gran Bretaña 164 

Juicio de Sarmiento 1^^ 

La palabra de Aguirre de 1817 y la de Sarmiento años 

posteriores ^^ 

Dolor de muelas de Jorge IV y la indignación del can- 
ciller Eldon 167 

Apéndice del tomo 1 1^ 

FIN DEL TOMO I 



índice sumario del II TOMO 

QUE APARECERÁ i FINES DE FEBRERO DE 1905 



CAPITULO I 
Aguirre en la revoiacidn de 1810 

Enseñanza de vida consagrada al bieu.— Primeros pasos en la existeu- 
cia.'-Fisonomla fisica y moral del personige. — Vinculación de apellidos 
históricos.— Actítnd en los días de la revolución de Mayo.— Influencia del 
medio ambiente.— Falta de ambición política.— Rechazo de la misión al Bra- 
sil, en 1817. 

CAPITULO II 

Aguirre ante el gobierno de Chile 

Doble misión & Norte América en 1817.— Reclamo k Chile. — Considera- 
ciones que se guardan con el deudor.— Protesta contra la prueba que se 
ez^e.- Renuncia al premio de los cien mil pesos.— Consejo del tribunal de 
cuentas de Chile.— Resolución de O'Higgins.— Actitud de la comisión nom- 
brada por 0*Higgins.— Respuesta de Aguirre.— Parsimonia de O'Higgins.- 
El «espedienteo» chileno.— Papeles del diplomático chileno señor Zañartu.— 
Nuevas ex^encias de la comisión. — Delicadeza ofendida. — La flecha de 
Parthos.— Elocuencia de la defensa y petición á O'Higgins.— Propuesta de 
una transacción amigable. 

CAPITULO III 

El gobierno arjentino reconoce la deuda de Agairre 

Jestiones ante el gobernador Rodriguez y su ministro Rivadavia.— Aguirre 
y Adams.— La Junta de representantes y el luminoso informe de la comi- 
sión.— Gambeteada de Pico, Martínez, San Martin é Insiarte.— Peregrina- 
ción ante el ejecutivo nacional.— Los señores Fermin de Pastel y Cia. de 
Londres.— Nueva faz política.— Aguirre á punto de ser demandado.— Pago» 
por la Arjentina, del seguro de los cien mil pesos enviados por Chile.— Comu - 



uicación & Chile y su respuesta evasiva.— Comisión de Sarratea, Riglos v 
Alzaga para informar sobre la reclamación.— Resolución del gobierno y de 
la junta de representantes, en 1831 á 1832.— Reivindicación moral ante el 
gobierno de Chile.— La frase de 0*Higgins, en 1822. 

CAPITULO IV 
El lejislador de Agnirre 

Actuación política partidaria.— Voto á favor del gobernador Dorrego. — 
Acentuada personalidad política.- Primeros pasos lejislativos. — Viejo espí- 
ritu porteño.— Marcha progresiva.— Necochea y la fuerza pública en los 
comicios.— Caso de los señores Ocampo y Perrera. — Creación del tribunal 
de presas.— Opinión sobre votos relyiosos.— Actividad parlamentaria.— Car- 
gos houorlñcos confiados por la Junta. 

CAPITULO V 

El motín militar de Lavalle.— Ultraje al pabellón nacional 

Estranjeros en las milicias urbanas.— Protesta del capitán de la embar- 
cación inglesa la /S'^anc^.— Respuesta del ministro de Luca.— La arrogancia 
inglesa y la actitud serena del gobernante.— Situación creada & raíz del 
motín militar de 1828.— El gobierno revolucionario y el servicio de los es- 
tranjeros.- Protesta de los representantes de Norte América é Inglaterra.— 
Actitud del cónsul francés.— Determinaciones esternas é internas del gobier- 
no revolucionario. —Los ^salvqjes y bandidos» que derrotaron á Rauch.— 
Nota al doctor Gil en Londres.— Enerj la del señor Mendeville.— Carestía de 
la vida en Buenos Aires.— Atentado, en plena noche, realizado por el marino 
vizconde Venancourt .— Convenio hecho con Venancourt por intermedio del 
general Francisco de la Cruz.— Intervención del señor don Juan A. Gelly 
y patriótica actitud de los hermanos Anchorena. — Elsplicaciones exijidas 
por el vizconde Venancourt.— La fuerza bruta imponiéndose.— Una doble 
nota.— Mediación ofrecida por el gobierno de Montevideo.— Consulta al con- 
sejo de gobierno. — Comunicación del doctor del Carril al doctor Gil, en 
Londres.— Relaciones con el gobierno del Uruguay.— Los servidores estran- 
jeros hechos ciudadanos.- Viamonte lo deja sin efecto al asumir el mando. 
—Reclamación diplomática del doctor del Carril.— Parte de la capitanía del 
puerto sobre el ataque & los buques arjentinos.— Nota del doctor del Carril 
al señor Larrea, representante «ab-hoc» en Francia.— La nueva situación 
de 1829.— Relaciones reanudadas con Mendeville.— Enérjica y patriótica ac- 
titud del general Guido. 



CAPITULO VI 
Agnirre y las facultades estraordinarías á Rosas 

Actitud de Agulrre, en 1839, al elejirse gobernador á Rosas. — Táctica 
parlamentaria.— Pasión política de la época.— Criterio de don Joan José 
Anchorena y de don Feliz de Aizag-a.— Nebulosa de la idea. — El escribano 
suelto señor Jardón.— Interrogación del señor de Aguirre.— «El terrible poder 
discrecional de las facultades estraordinarias» en 1830. — Porteñismo de 
Agnirre.— Grado de brigadier á Rosas.— Iniciación del debate sobre cesa- 
ción de las facultades estraordinarias, en 1831.— Balcarce y sus amigos en 
pugna con Rosas.- Fundamentos de la moción.— Rechazo de la misma.— 
Razón del voto de de Aguirre en 1830.— Cavia apoya, en lo fundamental, al 
señor de Aguirre.— Cuarta etapa de las facultades estraordinarias.— Rosas las 
devuelve.— Nombramiento de una comisión especial. — Actitud lenta y ad- 
versa al sentimiento público.— Proceder aparentemente incomprensible del 
señor de AguiíTC.— Reelección de Rosas.— Nombramiento de ministro de ha- 
cienda en 1833.— Renuncia y aceptación del ministerio. — Los «absolutistas 
vomitan veneno».— El caos de 1833 y la actuación de los lomos negros y los 
lomos colorados. 

CAPITULO VII 
Apéndice. 



INDEPENDENCIA SUDAMERICANA 



ORÍJENES 



DE LA 



Diplomacia Arjentina 



MISIÓN AQUIRRE Á NORTE AMÉRICA 



POK 



ALBERTO PALOMEQUE 



TOMO II 



X •;- 



BUENOS AIHES 
Establecimiento Gráfico, Robles & Cía.— Defensa 257 

1906 



INDEPENDENCIA SUDAMERICA NA 



ORlJENES 



DE LA 



Diplomacia Arjentina 



MISIÓN AGUIRRE Á NORTE AMÉRICA 



POK 



ALBERTO PALOMEQUE 



TOMO II 



I 



BUENOS AIRES 
EsUblecimiento GrAflco, Robles & Ola.— Defensa 257 

1S06 



S A y c ¿.s > á 



HARVARD COLLEGE LIBRARY 

DEC 24 1915 

LATIN-AMERICAN 
PROFESSORSHIP FUND. 



MÍ^^j^ 



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CAPITULO I 



Agttírre en la revolución de 1810 



(i; 



EnMRanzi d« vida oontagrada al bian.— Primaros patos an la sxistanoia.— Fisonomía 
física y moral doi porsona)t.~Vinoulaoi6n da apsllidos liistórioos.— Actitud on 
los días do la rovoliicidn do mayo.— Influoncla dol modio ambionto.— Falta do 
ambioida política.— Rechazo do la mlsidn al Brull on 1817. 



EmtáMutL de om La vida de un hombre encierra grandes ense- 
vida coMsarada al flanzas cuandO; á su saber, une virtudes y ca- 
***** rácter. Son estos los que atraen y seducen. El 

talento es un oropel cuando no vá acompañado de la moral. 
Más que con la palabra fácil se predica con el ejemplo, porque 
el gobierno de la sociedad no pertenece al charlatanismo ni á 
la metáfora. No quiere ello decir que haya de despreciarse la 
frase, que sirve tan hermosamente para espresar nuestros más 
recónditos pensamientos, pero no hay que olvidar tampoco que 
se encuentra elocuencia arrebatadora en una actitud, aunque 
los labios enmudezcan. Es que si á ciertos hombres sólo se les 
lee en la frase, hay otros á quienes sus pensamientos se les vé 
traducidos en la acción. Al guerrero, p. e., y aún al mismo polí- 
tico, se les lee más en sus accionen que en sus libros. Aquél es- 
cribe con la punta de la espada y con la sangre j onerosa, lo que 
luego relata el historiador, para ponerse de relieve, en todo su 
valor injénito, y lleno de colorido, lo que, quizá, con natural can- 
dido y alma sencilla, se destacó en la grandiosa escena de la 
vida. Lo mismo el artista: él arranca á la naturaleza sus cam- 
biantes colores, á la vida sus palpitantes emociones, á la carna- 
dura humana sus estremecimientos nerviosos y todo lo trans- 
porta luego á la tela, donde vibra el músculo por obra de la 
paleta inspiradora; pero se necesita que venga el talento imaji- 
nativo, el jénio creador y fecundo de la palabra, para, en alas 
del pensamiento, revelar á la posteridad todo lo que el cuadro 
encierra de animado, haciendo hablar á la propia naturaleza y 
á los que como actores desempeñaron sus funciones. El escritor 
es el Pygmalión de la fábula. Lo que se realizó en un minuto, 
es necesario, para describirlo, un estudio de años; y para prac- 



(1) VéAse en el Apéndice la foja de servicios del señor don Manuel Hermen^lldo de 
Aoaiire. 



ALBERTO PALOMBQUB 



•ticarlo poseer el difícil arte de la descripción, ese talento con el 
cual se acercan hechos y personajes, haciendo que, unos y 
otros, se muevan, después de siglos, á nuestro alrededor, con to- 
das sus pasiones, fierezas, encantos y movimientos, que era lo 
que hacía decir á un escritor: «se oye el trotar de los caballos 
de los francos en los relatos merovinjios de Agustín Thierry.» 
Pero, ese talento descriptivo ha de poseer, de una manera ine- 
quívoca, «el don de la verdad, que es el don de la vida, que sólo 
lo dá el temperamento del escritor; temperamento que es el que 
decide de la vitalidad de las creaciones literarias.» Ha de ser 
verídico, prudente, humano, sencillo, natural, á fin de no recar- 
gar demasiado los colores del cuadro y no aparecer poniendo 
mucho de su imajinación allí donde todo ha de ser atrayente, á 
contemplarse vivaz la sinceridad del pensamiento. 

Esto es lo que me he propuesto al hacer destacar en estas paji- 
nas la figura de un ciudadano modesto, pero lleno de hermosas 
cualidades, que murió sin darse cuenta él mismo, quizá, del 
trascendental papel que había desempeñado en el drama nacio- 
nal. Tal vez se llevó á la tumba la pena y el dolor de no haber 
sido comprendido en el gran suceso que llenó su espíritu dehom- 
bre tenaz en sus bien concebidas resoluciones. Acostumbrado 
á la lucha del comercio, en ella aprendió ese hábito de la cons- 
tancia reposada y tranquila, tan útil en la vida de los negocios 
como en la de la política. El reposo y el cálculo, absolutamente 
indispensables para el desarrollo de una operación comercial, les 
serían muy útiles cuando, en el suceso culminante de su vida, 
se viera rodeado de dificultades al parecer insuperables. Ellos 
les servirían para prestar un eminente servicio á su patria, aun- 
que le trajera dificultades graves en sus finanzas particulares. Así 
pondría á prueba su carácter y sus virtudes, como se verá al 
leer sus rasgos biográficos, trazados lijeramente en estas notas 
ilustrativas de tan distinguida personalidad arjentina. Y digo 
lijeramente, porque es en el cuerpo del libro anterior donde se 
halla de relieve la belleza moral del carácter de que me ocupo. 

Prinerot pmm c« Ignoro donde se educó don Manuel H. de 
la exitteaoit. Aguirro, ni cómo corrieron los años de su niñez, 

particularidades que habría deseado conocer, porque, para el 
caso, se necesita todo eso^ como el médico reclama los antece- 
dentes hereditarios para operar en el organismo enfermo. Lo 
que sí, su educación ha debido ser esmerada y cuidadosa, aún 
para aquella época^ como que poseía buena letra y desplegaba 
jiros de lenguaje que sólo so adquieren con la sana y buena 
lectura de autores escojidos ó con el trato de jente de alcurnia 
literaria y distinguida. Sin duda sus padres, que lo eran don 
Agustín Casimiro de Aguirre y doña Josefa Lajarrota de la 
Quintana, vieron en el niño nacido en Buenos Aires, en 1785, 



AGUIRRB EN LA REVOLUCIÓN DE 1810 5 

al que, dentro de su modesta esfera, honraría é ilustraría su ape- 
llido en las pajinas de la historia, por su noble carácter y sus 
severas acciones; y de ahí que, de acuerdo con su posición y 
con las progresos de entonces, de los que nos ha hablado el 
doctor don Juan María Gutiérrez en su erudito libro sobre la 
enseñanza en Buenos Aires, le dieran, en su hogar, especial- 
mente, aquella cuidadosa instrucción moral, que luego se her- 
manaría con el acopio intelectual suministrado en la doble 
banca de la escuela y de la vida. 

R«traiofbicoáiot Con OSO bagaje, no pesado, sino muy liviano, 
25 aiM de edad. porquo nada hay que sobrenade con mayor fa- 
cilidad que el lastre de la moral y del saber en la conciencia 
humana, el joven Aguirre aparece, á los 25 años, en la flor de 
la vida, con su fisonomía seria; con su mirada enérjica y pene- 
trante; con sus labios cerrados, fino el superior y saliente el in- 
ferior, reveladores de esa firmeza de carácter del que habla 
poco pero que ejecuta pronto lo mucho que ha pensado; con su 
cabello abundoso y ensortijado, levantado al frente, corriéndose 
sobre los costados del rostro, en forma de patilla, que luego se 
llamaría federal; y, con su ancha frente, sin sombra de arru- 
gas, en la que «lleva impreso el destello divino de la idea» de 
que nos habla Goethe en su admirable concepción del corazón 
humano,— del dolor y del afecto, en cuyo drama — «siempre lle- 
vamos á nuestro lado el jénio del mal que pone límites á to- 
das las cosas.» 

viflcniadóHdcftpc- Ya en esa edad, en la que las grandes ilusiones 
iimm hMdrieM. vienen á la mente, en forma de patria y de mu- 
jer, para que las adoremos sin miedos en el corazón ni cálculos 
en la cabeza; en la que todo es luz, encanto, fuego y sonrisa, ya 
se viva bajo nuestro clima meridional, ó bajo el cielo gris de los 
pueblos fríos; el joven Aguirre había sentido las palpitaciones 
del movimiento revolucionario de 1809. En este incidente in- 
tervino, como es sabido, la que después sería ilustre personali- 
dad, don Juan Martín de Pueyrredon, valiéndole ello sufrimien- 
tos y dolores en su carrera de ostracismo. Nada estrafio que 
de Aguirre sufriera la infiuencia, no sólo del medio ambiente en 
que empezaba á ajitarse, al formarse el partido de los criollos 
nativos contra el de los españoles importados ó chapetones, sino 
la del mismo Pueyrredon, espíritu austero, á quien ese amor de 
la familia, esa cadena que ata las almas con lazo fuerte, lo 
vincularía m^s tarde. (*^ El círculo lo atraería, y así vería 
perpetuarse, eu la vida política y social, pero de una manera 



(1) Ha de tenerse presente qae Aguirre fué casado con dofia Victoria Itnarte, h^a de 
dofia Magdalena Pueyrredon, hermana del general Pueyrredon. 



ALBERTO PALOMEQUE 



estrecha y animada, los apellidos de Balcarce, Viainonte, Gó- 
mez y Aguirre. Todos estos nombres se vincularían á las jor- 
nadas de mayo de 1810, en las que va á aparecer, á los 25 afios, 
el joven don Manuel Hermenejildo de Aguirre, subienda las 
gradas del antiguo cabildo para de allí cooperar á la emanci- 
pación de las provincias unidas del Río de la Plata. Y allí* se 
verían confundidos á dos hombres, actuando, el uno, en el te- 
rreno de la discusión tranquila, del pensamiento elevado, del 
raciocinio político, del juicio sereno; y el otro, en el de la acción 
callejera, del movimiento entusiasta, del empuje muscular y 
del brío juvenil; sosteniendo ambos las mismas ideas, en 1810, 
para encontrarse, más tarde, reunidos en Nueva York, en 1817, 
á fin de rendirles el eterno tributo de sus firmes convicciones. 
Me refiero al chispero don José Gregorio Gómez, compañero, más 
tarde, del señor Aguirre, en su doble misión política y comer- 
cial á Norte América, de la que estensamente me he ocupado 
en el presente libro. El chispero Gómez, en las jomadas de 
mayo, andaba por las calles de Buenos Aires, con su fusil al 
hombro, sosteniendo las ideas que el pensador Aguirre desarro- 
llaba en los altos del cabildo. Idea y acción, corazón y cerebro, 
sentimiento y cabeza, era lo que la revolución de mayo recla- 
maba; y eso era lo que significaba, en el hecho, la vinculación 
de esos dos hombres, de esos dos amigos, sereno el uno, entu- 
siasta el otro, que de Buenos Aires irían á New York, ya en su 
edad madura, á continuar el apostolado que iniciaron en la 
época hermosa de aquella juventud pasada y por lo mismo muy 
querida. 

Aditad ca lotdiM Allí, en el cabildo, estuvo el señor de Aguirre, 
de la revoiaciófl de ^^ ^gQg ¿j^s jouerosos. La Seriedad de espíritu 
"'*^*' y la serenidad de juicio que ya lo caracteriza- 

ban, se pusieron en evidencia. Tenía 25 años, pero se desenvol- 
vía y se espresaba con el aplomo de la edad madura, que no es • 
cluye el calor interno, que es el que^ aunque no se quiera, nos 
incita á la ejecución de nuestras más desinteresadas y abnega- 
das acciones. Es como el amor, surjido repentinamente, al cru- 
zarse los rayos de los ojos, que, al parecer se apagan: el mismo 
respeto que él impone hace que se le conserve oculto y callado 
hasta que llegue el momento psicolójico de revelarse á lo esterno. 
Y eso fué lo que le sucedió al joven de Aguirre, pues mientras 
Balcarce, Viamon te y Gómez ^'^ sacudían la fibra popular con sus 
Húsares y Chisperos^ él, en ese instante supremo, celebraba sus 
nupcias con la patria, arrancando á lo íntimo de su alma, en los 
altos del cabildo, en los días de mayo, y llevándolo á los labios. 



(1) Aqui hablo de los que i él le estarían unidos en el porvenir. Por eso prescindo, p. e., 
de Chiclana, de quien él hablará mis adelante, en 1827, 



AOUIRRB EN LA REVOLUCIÓN DE 1810 



el amor que allí oculto vivía y que recién entonces, libre de rea- 
tos, pudo proclamarlo á voz en cuello. Fué, pues, como se vé, 
uno de los proceres de la independencia. Él, en el memorable 
congreso de 22 de mayo de 1810, se afilió abiertamente al movi- 
miento revolucionario, votando «en concepto de haber caducado 
« la soberanía de la suprema junta central, porque el Cabildo 
« reasumiera provisionalmente la autoridad del virrey, debiendo 
« acompañar al ayuntamiento, en calidad de consejeros en lo po- 
« litico, los doctores Julián Leiva, Juan José Castelli, Juan José 
« Passo yMariano Moreno, y en lo militar, el teniente coronel co- 
« mandante del primer batallón de patricios, don Cornelio Saave- 
« dra, todo esto nasta la formación del nuevo gobierno. ^'^ Y 
así, desde ese día, quedó reconocido como caballero en las lides 
políticas de las provincias unidas del Río de la Plata, á las que 
consagraría su saber, actividad y fortuna, reunido todo en una 
sola pieza llamada: carácter! 

El joven de Aguirre había sido invitado á ese congreso general, 
como así se llamó el del 22 de mayo de 1810, en unión de los 
demás vecinos, es decir, «de la principal y más sana parte de 
este vecindario», como se vé en la nota del Ecxmo. Ayuntamien- 
to al virrey Cisneros, «para que en un congreso público se es- 
presara la voluntad del pueblo y se acordaran las medidas más 
necesarias para evitar toda desgracia y asegurar nuestra suerte 
venidera.» Se decía, en la esquela pasada, que debería concur- 
rir «precisamente maftana, 22 del corriente, á las nueve, sin eti- 
queta alguna, y en calidad de vecino.» Las esquelas repartidas, 
dice el acta, fueron 450. T fué allí, ante aquel selecto vecinda- 
rio, que el joven de 25 aftos se reveló, con su criterio criollo ya 
madurado, sin duda alguna, por la lectura de los trabajos «fo- 
mentados en la opinión por los economistas del virreynato», co- 
mo dice Estrada. Era ya un distinguido comerciante, cuyo juicio 
había trascendido, por lo cual se le invitaba á acto tan trascen- 
dental. Su voto, que fué el único que se dio en esa forma, según 
consta del acta respectiva, revelaba que se daba cuenta de la si- 
tuación por que se atravesaba. Espíritu estudioso, iba al fondo de 
las cosas, y comprendía, por lo mismo que vivía en ese movi- 
miento del trueque de mercaderías, que la libertad del intercam- 
bio comercial era una aspiración que surjía radiante en el hori- 
zonte del pueblo nacido á la vida á causa de los sucesos desarro- 
llados en la caduca España, como entonces se decía; obra esclu- 
siva, en lo esterno, de la invasión francesa. 



(1) AetM del cabildo del 91 al W de mayo de 1810. 



8 ALBBRTO PALOMBQUE 



infiaeflcia de las Allá, coDio los historiadores futuros lo dirían, 
ideM predicadas en g^ vería, al lado de la acción demoledora de 
e^^niado sr en la jf^poie^n^ el resurjimiento de nuevas naciona- 
lidades y la creación de la industria nacional 
francesa á causa del célebre bloqueo continental. Y era eso 
lo que de Aguirre, sin duda, habría vislumbrado en los estrados 
del estinguido «consulado, palenque en el cual Belgrano, Cas- 
telli. Escalada, Fernandez, tremolaban la ensefía del libre cam- 
bio»; era eso lo que él habría visto en las columnas del pe- 
riódico «El Telégrafo», «ensayo de nuestra prensa y revelación 
primitiva bajo un tono de luz indecisa de las ciencias sociales»; 
y era eso lo que él habría visto en «el Semanario de Vieytes, 
sobre todo, arrojado adalid, que á nada menos tendía que á 
modiflcar la esencia de nuestro modo de ser social, desmontando 
al gaucho para labrar la tierra, y, abriendo nuestros puertos á 
las banderas de la civilización». Él habría oído en el seno de 
la sociedad, cómo «tronaba, desde principios de siglo, la voz 
vibrante de Moreno, colocando el problema político de Sud 
América en el terreno de las crisis económicas^ levantando el 
símbolo á cuya sombra se han agrupado los primeros elemen- 
tos de la emancipación en toda colonia». Él había asistido «á 
la conquista británica, que, á la vez que confirmó á los hom- 
bres en las profundas aspiraciones mercantiles, á cuya crea- 
ción debemos nuestra creciente prosperidad, y despertó el ner- 
vio popular, y reanimó sus alientos, porque le probó sus bríos 
y electrizó el conductor de los rencores. La sedición del V de 
enero de 1809 lo comprueba sobreabundantemente, y señala 
su coincidencia en el aían de los negocios, que debía ser su 
choque.» ^^^ Era que él había comprendido «que bajo las tien- 
das de la industria arde con prodijioso incremento el hogar 
de la libertad: que la libertad y el trabajo son el alma y la 
sangre de los pueblos.» ^^^ Era el alma liberal é independiente 
del comerciante, que ha conquistado el derecho á pensar sin 
trabas en el arte de las especulaciones mercantiles, por me- 
dio del cual ha adquirido un capital destinado á las buenas 
obras de la humanidad, la que se escapaba por los labios del 
joven de Aguirre, cuando decía: reasuma el cabildo la autori- 
dad del virrey y tome como consejeros, en lo político, á Leiva, 
Castelli, Passo y Moreno, y en lo militar, al comandante Saa- 
vedra. Veía claro. 
Tenía un golpe de vista seguro. Quería, y eso era lo prác- 



(1) Fraffmento8 histéricos^ por José Manuel Estrada, i>ájlna 16. 8i hubiera podido revi- 
sar las actas del cabildo de 1806 á 1810 quisa algro habría utilisado para esta parte de mi 
trabajo. La razón de no haberlo hecho, está espuesta al flnal de la foja de servicios del 
sefior AfiTuirre, que se encuentra en el Apéndice. 

(2) ídem, pajina 29. 



AOUIRRB EN LA REVOLUCIÓN DE 1810 



tict), que desde ese momento cayera la autoridad del virrey y 
que alli mismo, el 22 de mayo, sin más trámite, se nombra- 
rain los que debían constituir el nuevo gobierno llamado á en- 
caminar la cosa pública republicana. Esto era lo lójico, lo 
que aconsejaba un criterio inspirado en el ambiente y en las 
tendencias que ya se dibujaban. Y esto fué lo que tres días 
después realizó el pueblo soberano, deponiendo autoridades 
y creando la Junta de Mayo, el día 25. Entraron en su com- 
posición los elementos que indicó Aguirre, en lo fundamental. 
Allí estuvieron predominantes Saavedra, Castelli, Moreno y 
Passo, sus ardientes candidatos, desde el primer día, tomando 
el puesto que los acontecimientos les indicaban. 

u falta de anbi- Lq^ hombres como el seflor de Aguirre carecen, 
cien iwiftica. ^^ ^q general, de una cualidad importante para 

la vida política, por lo que sólo son hombres públicos, pero no 
políticos. No tienen lo que se llama la ambición, sin Fa cual 
no es posible que un hombre realice la hazafia de llegar al 
alto asiento de gobernante. Es necesario, para ir lejos, sentir 
ese acicate, dentro de nosotros mismos, que nos mueva y aji- 
te, que nos lleve á mezclarnos y confundirnos con las mise- 
rias humanas y á transar, en más de un caso, con la corrup- 
ción, aunque conservemos pura el alma y limpias las manos. 
Sólo teniéndola es posible vivir en el constante movimiento 
de la ola popular, la que, con su flujo y reflujo, nos separa 
y nos vuelve á colocar en la orilla: con frecuencia en el 
puerto lejano de nuestras ardientes aspiraciones. Generalmen- 
te esa ambición, que es un mal en el que sin ella entra á la 
liza, no se posee porque, ó tenemos colmadas nuestras ansie- 
dades^ viendo á los demás felices, ó poique nosotros mismos 
lo somos, y nada necesitamos ni queremos ni pedimos. 

Pues bien, el seflor de Aguirre se hallaba en una de esas situa- 
ciones. Había visto colmados sus deseos. Ahí estaban los verda- 
deros ajitadores, con sus ambiciones lejítimas satisfechas, en 
la dirección del nuevo orden de cosas creado; y eso le basta- 
ba. Por consiguiente, como si no se considerara con faculta- 
des para ser político ó militar, por más que el juego de los 
sucesos lo arrastraría y se despertarían en él las simpatías 
que naturalmente surjen á su contacto, contemplaba, tranqui- 
lo, desde su hogar, lo que en la república se desarrollaba. 

Rechaio de la ■!• Algún tiempo había transcurrido, y su nom- 
■idfl al Brasil ea 1817. b^e respetable y su juicio asentado fueron causa 
de ser recordado para la misión que en 1817 se envió al Brasil. 
Sus conciudadanos habían descubierto, bajo aquella coraza im- 
penetrable al reporterismo moderno, ó sea á la curiosidad de la 
gran aldea de aquel tiempo, un espíritu sagaz, sutil, capaz de 



10 ALBERTO PALOMEQUB 



desempeñar una difícil misión diplomática, como lo eran las de 
aquella época, en que, como es sabido, Rivadavia pasó por 
trance duro en Madrid, como Aguirre lo pasaría :l su vez en 
New York! 

Por razones que no conozco ni alcanzo, rechazó la misión que 
se le ofrecía á los 31 años de edad, en 1817. ^^^ En cambio aceptó 
muchos cargos honoríficos, como se irá viendo en el movimien- 
to át los sucesos. En ellos se fué consolidando su reputación de 
hombre circunspecto y prudente, capaz de conducir la nave de 
la idea por entre escollos y llevarla á puerto de victoria. Y fue- 
ron todos estos talentos, acumulados durante el tiempo transcu- 
rrido, los que las más altas personalidades civiles y militares 
de aquella época iban á utilizar, confiándole una empresa 
arriesgada, que reclamaba tino, prudencia y secreto. Esas per- 
sonalidades serían nada menos que San Martín, Pueyrredon y 
O'Higgins! 



(1) PAjiíOL SOO, nota, tomo 6.0, de U HiHoria dé la RépúhUca Árjentimí por el doetor 
don Vicente F. Lopei. 



CAPÍTULO II 
Agoirre ante el gobierno de Chile 

D9bU mitiin á Noiit América «n 1817.— RMltma á Chile.— ContMtrtoioiiec fue ee 
fvartfti eon el deuder.-Proteeta contra la pnieba que ee exlje.— Renancla al 
premio de loe cien mil peeoe.— Conee|e 4ei trllNinal 4e caontat é% Chile.— 
Reeolucitfn de O'Higglna.— Actitud de la comleidn nombrada pmr O'Híffine.— 
Reepueeta de Afuirre.— Parsimonia de O'HIgfine.— El ccepo^lontoo» ehllono.— 
Papelee del diplomático chileno eellor ZaHartu.— Nuevas exiionelas de la oo« 
mlsldn.— Delicadeza ofendida.— La flecha de Parthoe.— ClooMoneia de la defensa 
y peticién á O'HIgiine.— Propuesta de una transaccldn amifahle. 

«Conclaye finalmente el ministro de Chile 
diciendo que mi cuenta no es más que un 
documento confidencial, y que no tiene 
otro apoyo que mi solo dicho; como si la 
vista y presencia de dos corbetas de gue- 
rra de 861 toneladas, 250 hombres, 96 pie- 
zas de artillería cada una, bien municio- 
nadas de pertrechos navales y de guerra 
y boca dejase de ser un hecho presenciado 
por todo un pueblo, y el documento mA9 
fehaciente y evidente de la cuenta pre- 
sentada.» 

(Memorial del señor don Mcmuel Herme- 
TWQÜdo de A^uirre dir^ido al señor miniS' 
tro de relaetones esteriores genercU don TO" 
más Guido, en 12 de noviembre de 1828.) (O 

Una doble mitidn San Martín acababa de triunfar en Chacabu- 
á Norte América, co. Era necesario Organizar la fuerza marítima 
•■ ""' para que la revolución llevara sus armas triun- 

fantes al Pacíflco. Ya Pueyrredon había sido nombrado director 
supremo y celebrado su visita al ejército patriota. San Martín 
se había entendido con O'Higgins, habiéndole éste otorgado un 
poder en blanco para que lo llenara con el nombre de la perso- 
na que considerara de su confianza en la misión á realizarse en 
Norte América, referente á la compra de los buques necesarios 
para la guerra marítima del Pacíflco. Por su parte, el congreso 
había apurado á Pueyrredon para que cuanto antes diera los 
pasos necesarios al reconocimiento de nuestra independencia 
por Norte América, y especialmente por Suecia y Rusia. La si- 
tuación difícil por que se atravesaba daba importancia á ese 



(1) Véase en el Apéndice del presente tomo el documento correspondiente. 



12 ALBERTO PALOMEQUB 



reconocimiento, pues se suponía que él contríbuiría á que Es- 
paña desistiera de sus propósitos recolonizadores, después de la 
declaración del congreso de Tucuman. En su consecuencia, San 
Martín se vino apresuradamente de Chile. Llegó, puede decirse, 
que de incógnito, á Buenos Aires. Y en los pocos días que aquí 
permaneció, celebró reuniones secretas, en la propia casa del 
señor de Aguirre, que actualmente ocupa su distinguido hijo don 
Manuel Aguirre^ rodeado de su bondadosa y humanitaria fami- 
lia; y allí se convino que San Martín diera poder, á nombre de 
O'Higgins, llenando el claro que tenía el documento que aquel ha- 
bía traído consigo, con el nombre del señor don Manuel Hermene- 
jildo de Aguirre. Así fué que se le autorizó para la construcción 
de los buques y contratación de los hombres del equipaje en 
Norte América. Y, de acuerdo con ese poder, San Martín cele- 
bró un contrato con de Aguirre, quegarantióPueyrredon como di- 
rector supremo de las Provincias Unidas, al pié del cual se halla 
la ñrma del emisario, aceptando las obligaciones que solemne- 
mente contraía. Esto, en lo referente á su misión comercial. 
Ahora, como Pueyrredón había sido instado por el congreso 
para que apurara el reconocimiento de la independencia, apro- 
vechó la ocasión para nombrarle su ájente, al señor de Aguirre, 
en aquellas comarcas, otorgándole el correspondiente mandato. 
Y, para darle mayor autoridad moral, se creyó indispensable 
reforzar ese nombramiento con cartas que San Martín, 
O'Higgins y Pueyrredón dirijieron al señor presidente de los 
Estados Unidos, con más el otorgamiento de un despacho de 
Comisario de Guerra y Marina á favor de Aguirre, suscrito por 
Pueyrredón y autorizado por don Matías de Irigoyen, Esos po- 
deres, cartas, contratos y despacho son los que se hallarán en 
el Apéndice de esta obra. 

En los capítulos anteriores se encuentra narrado todo el pro- 
ceso seguido en Norte América con referencia al reconoci- 
miento de la independencia, como asimismo los graves inci- 
dentes relacionados con la construcción de las dos ñ'agatas, la 
Horacio y la Curiado, que dieron por resultado la prisión del 
señor de Aguirre, durante cinco días, hasta que la Corte Suprema 
declaró su inocencia, mandándolo poner en libertad. Allí se 
describe la influencia del cónsul español en este suceso y el 
desamparo en qne estaban los sudamericanos ante los tribu- 
nales de aquel país, como también los medios puestos en juego 
por el comisionado, comprometiendo su crédito personal para 
que esas naves pudieran llegar al Río de la Plata, una de las 
cuales, la Horacio, tendría un fin desastroso; ^^^ mientras la 



(1) El señor de Agnirre llevó consigo, en clase de su segundo, á don José Gregorio Go- 
mes, indicado por él, según se desprende del documento fecha 30 de abril de 1817 dlrUldo 
4 aquel por don Matías de Irigoyen, que yá en el Apéndice^ y que se encuentra en loe ras- 
gos oiogriflcos de Gomes, publicados en el tomo I. 



AGUIRRB ANTB BL OOBIBRNO DB CHILB 13 

otra iría á Chile á darle días de gloría^ bajo el nombre de 
Independencia. 

D idtordcjicairrc Ahora bien, el señor de Aguirre puso á prueba 
takta Mt ¡mtítmm todo SU Carácter y nobleza de alma en el pro- 



el 2¡p» écToqiMM ^^^^ instaurado para reclamar el pago de lo que 
le McadaJia. SO le adeudaba por parte de Chile. Él se trasladó 

á Santiago, donde agotó todos los recursos ima- 
jinables, hasta convencerse de la inutilidad de sus esfuerzos. 
Y había ido allá, porque el gobernante don Martin Rodríguez 
y sus ministros García y Rivadavia así lo resolvieron. Vuelto á 
Buenos Aires, cansado de todos los inconvenientes que le 
opuso el gobierno de Chile, siguió sus j ostiones, durante 24 
afios, pidiendo siempre el abono de sus dineros. Todo fué inú- 
til. Su carácter, sin embargo, no cejó un momento. De afto 
en año golpeaba las puertas de las autoridades lejislativa y 
ejecutiva para que, siquiera por el honor de la nación, se 
pagara lo que tan sagradamente se debía al hombre que había 
cumplido con su deber, yendo á lejanas tierras á defender los 
derechos de la patria naciente. La lectura de ese proceso 
revela á todo un carácter, que reposa en la conciencia de sus 
sanos procederes. El no se negaba, en el fondo, á discutir su 
cuenta, que se elevaba á 318,989 $ 61, siendo su saldo favo- 
rable por 52.098-18. Lo que le irritaba era que, tratándose de 
una comisión especial, estraordinaria, llena de dificultades y 
peligros, en la que iba de por medio, como siempre sucede, la 
confianza prestada á la honradez acrisolada, se le tratara como 
á una persona vulgar, que hubiera desempeñado una función 
ordinaria, común, en la vida de comercio. Eso era lo que le 
sublevaba, y con razón, cuando, después de permanecer en 
Chile, reclamando «el relijioso cumplimiento de los sagrados 
empefios de ese gobierno», como él decía, no se tenía en cuenta 
siquiera «el reintegro de mi propiedad particular y la (necesi- 
dad de cubrir mi crédito en los países estranjeros donde ha 
sido ejecutada aquella comisión». 

ut considerado- Procediendo con toda elevación de alma, atri- 
«MCHardaeoaiB \yyj^i<^ ¡^ actitud del gobiemo de Chile, en lo que 

indudablemente no iba desencaminado, á lo me- 
nos mientras O'Higgins dominó, á los «considerables compromi- 
sos en que se hallaba empeñado para la consecución del noble 
y jeneroso proyecto de someter al reino del Perú á los princi- 
pios filantrópicos de la independencia, unión y libertad de Amé- 
rica.» Pero, como en 1822 Chile ya no estaba en situación tan em- 
barazosa como en aquel entonces, el señor de Aguirre, que también 
tenía su corazoncito, creyó que era del caso pedir, pero de una 
manera que no fuera gravosa al estado, el pago de su crédito 



14 ALBERTO PALOMBQUB 



aagradO; protestando contra el procedimiento de la prueba que 
se le exijía. 

P rt twu cMtra la «Observará V. S.,» le decía, «también que el ri- 
praeba qut te le g^j. qq^ que se me ha exijido acreditar las cuen- 
^^*' tas con documentos fehacientes no sólo esceden 

los términos de las instrucciones, en que nada de esto se previe- 
ne, sino que invade el honor y buena fé, que supone por base y 
fundamento dicha comisión y la naturaleza de la misma. Yo 
había estado persuadido que, omitiendo cargar en dicha cuenta 
la partida de den mü pesos j que por vía de premio estraordinario 
me concede este supremo gobierno en el caso de tomarse á Li- 
ma, conforme al artículo nueve de las instrucciones, manifesta- 
ba, con este silencio, las intenciones de no aflijír y apurar á este 
estado en la escasez de recursos que debía suponerse». 

itea««ei« «I pre- Era noblc y levantada la actitud. No se había 
nfode lee eica nii querido apurar al gobierno cuando se le veía 
4M le eorrcf* comprometido en empresas jenerosas. Y, como no 



I Al 

rato c^Taiiic.^ se quería ser menos en ese camino, de ahí que se 

renunciara al premio de los cien mil pesos á que 
se tenía derecho por el contrato. Y, abundando en esos senti- 
mientos, concluía por manifestar que cedía, en beneficio del mis- 
mo estado, dicho premio, «en el caso,» decía, «que se me satis- 
faga en letras ó billetes sobre la aduana el saldo que resulta á 
mi favor de 52,098 pesos 18 cents, en la cuenta presentada.» 
Esto sucedía en 1822. O'Higgins, que conocía mejor que nadie 
el secreto de este asunto, y la importancia moral y real de los 
servicios prestados, que se habían traducido en el envío de la 
comisión de Rodney, Grahaní, Bland y Brackenridge al Río de 
la Plata y Chile á los efectos de la independencia, comprendió, 
en el acto, toda la ironía del reproche hecho en semejantes sen- 
tidas espresiones, por lo que mandó, en el acto, que el asunto 
pasara al tribunal de cuentas, para su revisión, adjuntándosele 
por separado las notas que sobre ese objeto había remitido el 
seflor don Miguel Zañartu, ministro enviado cerca del gobierno 
de Buenos Aires, pero encargándole espidiera este negocio con pre- 
ferencia á todo otro. El gobierno y el tribunal de cuentas com- 
prendieron que el negocio era especialisimo, por lo que se llegó 
á proponer, por este último, una audiencia entre el ministro de 
estado, el miembro informante do dicha comisión de cuentas y 
el señor de Aguirre. 

UqtteacMi^aei «Asi», decía, «se haría presente á V. E. todas 
tribMuí de cMeirtai i^g objeciones que merezca la cuenta presenta- 

Me^' o'iiittiM.'^ ^^ P*"*" ^^^ ^* ^- P^^d^ decidir sobre este deli- 
cado y espinoso asunto. Este es el único medio 
de concluirlo y evitar los perjuicios fiscales y los del comisiona- 



AQUIBRB ANTE BL GOBIERNO DE CHILE 16 

do.» O'Higgins no creyó del caso aceptar el procedimiento, limi- 
tándose á nombrar una comisión, compuesta del ministro de es- 
tado en el departamento de hacienda, del ministro decano del 
tribunal de cuentas y del contador de la casa de moneda, don 
Anselmo de la Cruz, para que «conociera de la revisión, examen 
y liquidación de las cuentas presentadas, procediendo á la sus- 
tanciación y resolución del negocio; pero con la calidad de dar 
cuenta á la supremacía de lo que decidiera, sin proceder á su 
ejecución». Esa comisión, por último, quedó compuesta, después 
de la renuncia, por enfermedad, del señor don José Santiago 
Portales, de los sefiores Anselmo de la Cruz y don Francisco del 
Río, alcaide de la aduana. 



u cMiMéfl mm- La comisión se espidió impugnando la partida 
■TcipMc toJuliUjh correspondiente á la construción de la corbeta 
io ittiifinioBujM Haraeioy por no haberla recibido el gobierno de 
«M tM vkitriMa- Chile, la que alcanzaba á 132.283 $ 4 rs; la de la 
Mirte rttatidat por comisión del 5 por ciento sobre las dos primeras 
de AcMirre. partidas de 195.000 pesos recibidos, por lo que 

debía rebajarse la suma de 9.751 pesos. De aquí deducía la co- 
misión que el sefior Aguirre, en vez de acreedor, era deudor al 
estado por 89.937 $ 4 rs! A esta curiosa esposición contestaba 
el sefior de Aguirre, victoriosamente, diciendo que la fragata lio- 
radoy lo mismo que la CuriaciOy habían sido llevadas á Buenos 
Aires en virtud de la orden recibida (que va en el Apéndice) y 
que se había incautado de ellas el ministro Zaftartu por disposición 
del gobierno de las Provincias Unidas y del de Chile. Por lo de- 
más, recordaba que esa corbeta se había hipotecado por el va- 
lor de las letras de cambio, importantes 69.541,43, así como por 
el monto de las soldadas de los comandantes, oficiales, marinos 
y marineros, por lo que no fué posible nacionalizar la fragata, 
antes de cumplirse por el gobierno comitente, ó su garante, los 
empeños que á nombre y por la autoridad de ambos había 
contraído su ájente en Norte América. Esta falta, decía, sin 
duda debió de producir, entre otras, el mal del alzamiento y 
fuga de dicho buque; y este es cabalmente uno de los casos for- 
tuitos que carga sobre sí el gobierno de Chile, según el tenor 
del artículo 8.^ de las instrucciones; y el haber sabido el capi- 
tán de la fragata Horacio que el gobierno de Chile había nom- 
brado al Lord Cochrane para jefe de su escuadra, lo que estaba 
en oposición con el nombramiento qu« el ájente, en su capaci- 
dad oficial, y de acuerdo con la prevención que le tenía hecha 
el general San Martín, había efectuado en el preindicado capitán 
para comodoro del dicho escuadrón. Levantaba la otra obser- 
vación, demostrando que esa comisión se le debía de acuerdo 
con el artículo 6^ de las instrucciones, y concluía esperando que 
el gobierno resolvería de acuerdo con los sentimientos de juati- 



16 ALBBKTO PALOMBQUB 



cía y jenerbsidad que le caracterizaban, protestando hallarse 
pronto á cualquier transacción que se le presentase.» 

Escuso esponer aquí, por no recargar demasiado el cuadro, la 
objeción referente á que los documentos presentados venían en 
idioma inglés! 

u panioiMia de Todo csto iba desenvolviéndose con una gran 
o'Hiainf. rapidez. Parecía, al observarla, que el espíritu 

bondadoso y justiciero de O'Higgins hacía andar aquella máqui- 
na administrativa, para que^ cuanto antes, el noble y altivo 
ciudadano recibiera la miserable compensación reclamada por 
sus esfuerzos, privaciones y perjuicios. Pero, si O'Higgins tuvo 
esa intención, en los hechos otra cosa pasaría. Levantados to- 
dos los cargos hechos, era de esperarse que un espíritu concilia- 
dor se impusiera, el mismo que llevaba al desinteresado acree- 
dor á manifestar que estaba dispuesto á cualquier transacción 
razonable. Pero, no sucedería así. Por segunda vez iba O'Higgins 
á despreciar la conciliación, sin que pueda decirse en que funda- 
ba esta actitud que chocaba con la alta opinión que tenía forma- 
da del señor de Aguirre; la cual, á estar á lo que conozco, nunca 
llegó, para su satisfacción, á conocimiento del interesado. Des- 
preció la oportunidad que el tribunal de cuentas le presentó cuan- 
do le decía que señalara una audiencia para discutir y resolver; y 
despreciaría ahora la que le presentaba el propio señor de Agui- 
rre cuando, aún después de levantados los cargos, le ofrecía acep- 
tar cualquier transacción razonable. Y la depreció, él, que era 
el más obligado á terminar el asunto, dando nueva visto á la 
comisión nombrada, para ordinarizar un asunto esencialmente 
diplomático y deprimir así la noble personalidad del ex-ajente 
de las Provincias Unidas y de Chile. Y en ese terreno encontró 
preparada á la dicha comisión, nombrada, sin duda, ex -profeso, 
para cansar la paciencia del acreedor y obligarlo á retirarse á 
su país, en donde había dejado abandonados sus negocios, en la 
firme seguridad de que su viaje á Chile, con tan justa y honrada 
causa, sería como el de César: ir, ver y vencer! Era de esperarse 
que la comisión se diera por satisfecha, á lo menos en cuanto á lo 
que era indiscutible, cual sucedía con lo de venir los documentos 
en inglés! y con la construcción de la Horacio. Esto no tenía vuel- 
ta. Podría discutirse lo de los intereses. Quizá este era el único 
punto vulnerable de la cuenta, según el criterio con que se en- 
carase el punto. Había su pro y su contra. Sin duda, por eso 
mismo, el señor de Aguirre, á pesar de renunciar á los cien mil 
pesos del premio, esponía aquello de someterse á una transac- 
ción razonable. Pero, en vez de esto, vino el predicho decreto 
de O^Higgins, revelador del sistema del espedienteoy heredado de 
nuestros abuelos, tan á propósito, y quizá con ese fin inventado, 
para tratar á los enemigos. 



AGITIHR» ANTE EL OOBtBRNO DB CHILE 17 

Ei«cBpcdiciteo> Allá fué el espediente, y la comisión, en vez 
oontioAa oiwiaciiti* ¿q limitarse al punto en cuestión, es decir, á 

írinstídar**'*" *"* aquoUo que había sido capítulo de sus observa- 
ciones, declaró, al verse vencida en este terreno, 
que si bien se habían salvado los reparos sobre los documentos 
en estranjero y la construcción de la HoraciOj no así en lo refe- 
rente á los intereses. Hasta aquí se revelaba el buen espíritu 
de aclarar un asunto y resolverlo, desde que eso había sido, 
diré así, la materia de la demanda. Aquí debió concluir el in- 
forme, para que O'Higgins resolviera. Esto habría sido lo que 
un espíritu recto aconsejara y pidiera. Pero, no se detuvo ahí 
la comisión. Abrió una nueva sene de capítulos para hacer 
interminable la cuestión, es decir, hacerla cuestión. Y, asi fué 
que se le ocurrió la diabólica idea de que había echado de «me- 
nos el inventario que debió hacerse al recibo en Buenos Aires ó 
en Valparaíso de la corbeta Curiacio para comparar su equipaje 
con el valor que se le dá de 132.283 $ 4 rs., que tal vez sería 
conducente para el concepto resolutivo.» 

iiitcrveocióB de los Y vuclvo O'Higgius á dar largas al asunto, 
papeles del diploma- mandando que se le pasen á la comisión los do- 
zañariB?*"* ****' cumontos que ella espresaba^ con <i^prevencián de 

que la correspondencia del doctor don Miguel Za- 
ñartu no debe agregarse al espediente ni obrar en público^ y sólo 
debe servir para conocimiento é instrucción de la comisión y 
devolverse al departamento de gobierno.» Era tal el interés 
que O'Higgins tenía en que esa correspondencia no se conocie- 
ra, que mandó que la entrega se hiciera «por el oficial de par- 
tes, dice, personalmente, y al mismo presidente de la comisión 
nombrada, quien, al devolverla, usará de un conducto igual.» 
Bueno es tener presente que el ministro Zaflartu, cuya corres- 
pondencia se mandaba agregar, era aquel diplomático chileno 
que en los días grises del año 20 había sido arrojado, puede de- 
cirse, por Sarratea, desde Buenos Aires, yendo á confundirse, 
en Montevideo, con Pueyrredón, y el mismo que ahora era obje- 
to de un procedimiento idéntico, por parte de don Bernardino Rí- 
vadavia. ^^^ No sería estrafio que esa correspondencia contu- 
viera algunas apreciaciones políticas deprimentes para el circulo 
en que empezaba á actuar la personalidad de Aguirre, aunque 
con entera independencia de juicio; cual lo demostraría en ciertos 
momentos difíciles de su interesante vida pública, como se 
verá en seguida. Ahora bien, la comisión, sin más trámite, 
recibió los documentos, los estudió y se espidió con nuevas 
observaciones, las que ni siquiera pudo rebatir el señor de Agui- 



(1) Véase el Apéndice, 



18 ALBERTO PALOMBQUB 



rre; pues, sin oirlo, providenció el señor O'Híggins, hiriendo 
asi afecciones lejitimas. 

itacvM edicKiM La comisión decía que de los documentos 
de la coBitióB. ocultos, «quc SO dcvolvían del mismo modo»j re- 

sultaba que el señor de Aguirre había pasado otra cuenta, en 
1819, cuyo saldo ascendía á 40.000 pesos: que el alzado capi- 
tán Skinner había hecho abandono del buque Horacio, en Ja- 
neiro, ante el cónsul de su nación, quien lo vendió á la marina 
real portuguesa en 75.000 pesos para pagar 65.000 pesos que 
se debían á Mr. Da vis por especial hipoteca de la Horacio: que 
dudaba si esos 65.00(^ pesos debían rebajarse del importe de 
los 264.^67 pesos que costaron las dos corbetas, por estar pa- 
gados en el Janeiro!!: que debía el sefior Aguirre indicar sobre 
qué cantidad cargaba el 65 por ciento de premio: qne el se- 
ñor Zañartu tenía nuevos documentos jurídicos que oponer á 
las cuentas presentadas, por lo que la comisión creía que de- 
bieran pedirse para su conocimiento: y que, finalmente, opina- 
ba que convenía pedir al vice-almirante lord Cochrane un 
cálculo aproximado de lo que podía valer la corbeta Indepen- 
dencia (Curiacio), con su equipo y armamento, cuando se recibió 
en Valparaíso, para que, comparada con la venta de la Horacio^ 
en el Janeiro, se formara el juicio del valor de ambas corbetas 
por el señor fiscal de hacienda!! Y O'Higgins y su ministro 
Rodríguez, sin más trámite, dicen, al pié: «Oficie el vice-almi- 
rante para el efecto que indica la comisión en lo final de su 
anterior informe.» 

udciicAdcuiofcB- Esto cra una burla inicua. El gobierno de Chi- 
dida del teflor de le g¿io aspiraba a chicanear. La delicadeza he- 

'm^Lnt ucSút ^^^^ ^^^ señor de Aguirre estalló, como era natu- 
ral, y, con esa enerjía tranquila que ponemos en 
nuestras cosas, cuando el derecho y la razón nos acompaña, dijo 
al señor O'Higgins lo que correspondía al caso. Le hacía presen- 
te que el asunto tomaba un curso enteramente contrario á su 
naturaleza, cediendo en grave perjuicio de sus derechos é inte- 
reses: que por su parte él había representado á S. E., en diver- 
sas ocasiones, cuanto había sido conducente para la fácil 
conclusión del negocio: que se había sujetado á la doctrina de 
los publicistas que disponían que las convenciones y contratos 
que forma un soberano en el carácter de tal, y en nombre del es- 
tado, con individuos particulares de otras naciones, se hallaban 
en el mismo caso y bajo las mismas reglas que se observan res- 
pecto á los tratados públicos y que no producía aquella circuns- 
tancia absolutamente una diferencia en los derechos de ambas 
partes: que había propuesto el medio que aconsejan los mismos 
publicistas, de una amigable transacción o acomodo: que, sin 



AOUIRRE ANTE EL GOBIERNO DE CHILE \\) 



embargo, el asunto había sido mirado de una manera distinta y 
se le había sujetado á las tramitaciones de una demanda ordi- 
naria y particular que hacían interminable su conclusión: que 
en ese estado, y no siéndole posible permanecer más tiempo en 
Chile, por llamarlo imperiosamente los negocios de su casa, que 
había dejado abandonados, pedía se le devolviera orijinal ó en 
testimonio, el espediente de la materia, con todos los documen- 
tos que se le habían exijido, para hacer el uso que conviniera á 
su derecho. 

Y el señor O'Higgins, con la mayor tranquilidad, como si no 
se tratara de algo que era sagrado para aquel gobierno, dijo: 
«Désele el testimonio que pide!» Y así, después de burlarse del 
acreedor, se le dejaba partir sin una satisfacción siquiera! Y el 
que así procedía era quien, como consta de los documentos que 
doy á luz, le decía al gobierno arjentino, cuando éste le escribía 
recordándole el deber sagrado en que estaba de pagar esa deu- 
da: que don Manuel H. de Aguire era un ciudadano distinguido 
con quien Chile no sería ingrato. Ahí está la nota en que así lo 
dice, firmada por O'Higgins, archivada en el ministerio de rela- 
ciones esteriores, y que de Aguirre murió sin conocerla siquiera, 
para su íntima satisfacción, por ser lo único á que, en resumidas 
cuentas, aspiraba, cuando protestaba, indignado, contra tales 
procedimientos incorrectos é inconsultos. 

u flecha de Par- Así iba á retirarse el señor de Aguirre deChile; 
tboi arn^ada por el pero, no sin antes arrojar al señor O'Higgins la 
^¡A^írit á^í!t *' flecha de Parthos por el insulto de que habia si- 
do objeto al pedir á lord Cochrane un inventario 
estimativo de lo que valía el buque Curiado! Y de esa flecha 
arrojada á la retirada, que entró á lo hondo, arrancándole san- 
gre abundante, al que debió ser el resuelto defensor de Aguirre, 
porque así se lo imponía su situación especial, se quería que no 
quedara constancia en los anales administrativos de Chile!. Tal 
efecto causó! 

No, le decía el señor de Aguirre, al señor O'Higgins: «cuando 
un ájente público se presenta ante el gobierno comitente á dar 
cuenta de su comisión, el primer paso que debe preceder á este 
acto es ver si ha llenado ó no sus deberes con sujeción á las 
instrucciones que se le entregaron; examinar en seguida los 
gastos que ha efectuado con arreglo á las facultades que se le 
dieron, y, finalmente, midiendo las circunstancias y países en 
que se han hecho aquellos, reconocer si las cuentas se hallan 
comprobadas con los documentos posibles. Esta es la marcha y 
curso regular que llevan los negocios de esta naturaleza, y todo 
paso que se dé fuera de este orden, jamás puede conducir al 
acierto.» Tenía perfecta razón: la comisión se había separado de 
su sendero, porque olvidaba que se trataba de un negocio diplo- 



20 ALBBRTO PALOMBQUB 



mático. Consideraba al ájente, decía el señor de Aguirre,comoiiu 
comerciante que vende al gobierno los dos buques en cuestión, 
por lo que quiere que el valor de ellos se regule por el viceal- 
mirante Cochrane para abonar al comisionado el resultado de 
este cálculo! Y al estampar esta resolución en su nota, la indig:- 
nación brotaba á sus labios é iba á los puntos de la pluma, la que 
corría sobre el papel. Sentía la injuria, por lo que esperimenta- 
ba la necesidad de echar en cara el servicio hecho, su importan- 
cia y el momento angustioso en que fué prestado. Por eso, antes 
de entrar á demostrar, como demostraría, porque, eso sí, no que- 
ría fuera á suponerse que su indignación era una comedia para 
eludir lo que todo hombre de honor quiere siempre dejar senta- 
do, su buen proceder, le decía, con enerjía de alma y acento 
penetrante y conmovido, en el que se lee el dolor comprimido, 
que al fin estallaba: «Contrayéndose el ex-ajente á su particular 
asunto y dejando de recomendar á V. E. el servicio que ha ren- 
dido al país en el apresto de los buques cuando las circunstan- 
cias eran las más difíciles y poco favorables á la empresa, y 
cuando por los esfuerzos del embajador español cerca del go- 
bierno de Washington se celaba con el mayor empeño el que se 
hiciesen negocios de esta naturaleza, por ser considerados como 
contrabando de guerra.» Bien pudo agregar, con serena altivez: 
«y por todo lo cual fui sometido á prisión durante cinco días en 
la ciudad de Nueva Yorkl» Era justo que así procediera: la situa- 
ción lo imponía: su dignidad lo reclamaba. Y fué también lo 
más correcto el procedimiento que en seguida observó, demos- 
trando elocuentemente, con documento público emanado de un 
gobierno honrado como el norteamericano, y no con el recibo de 
casas particulares, que fácilmente se obtienen cuando la inmo- 
ralidad entra en el negocio comercial, que la fragata valía lo 
que rezaba en la cuenta, que no era la del gran Capitán! A pesar 
de los obstáculos opuestos, con que tuvo que luchar para la 
construcción de las fragatas, «el importe de los buques es en 
estremo moderado», decía, «pues cada uno de ellos, compuesto 
de 851 á 862 toneladas, y con el armamento y tripulación res- 
pectivos, asciende solo su valor á 132.000 pesos, cada uno, 
cuando al mismo gobierno de los Estados Unidos le cuesta, sin salir 
de su país, una corbeta de 538 toneladas, la suma de pesos 99.727 
como lo comprueba el documento auténtico que él ex-ajente tiene él 
honor de acompañar^. Era contundente el argumento: pero, como 
al señor deAguirre repugnara el procedimiento vulgar usado por 
O'Higgins para resolver un asunto de tal carácter diplomático, 
como él lo decía acertadamente, prescindiendo de recurrir á 
consideraciones elevadas, yendo, en cambio, á peritajes hirien- 
rientes, le recordaba un antecedente del propio país, ahí recien- 
te, que todos conocían, y muy especialmente el gobernante á 
quien se dirijía. «Por otra parte,» le declaraba^ «el ex-ajente 



AOUIRRE ANTE BL GOBIERNO DE CHILE 21 



encuentra aquí mismo un ejemplo práctico y más propio ara 
servir de objeto de comparación. Tal es el de la corbeta Lautaro, 
que le costó á este gobierno 150.000 pesos, á más de la libertad de 
los dei*echos en la introducción de los efectos que trajere á bordos»/ 

u eioaiaicia de Era elocuente, por su sencillez y verdad, la 
la dcfcMA de Af»'* esposición del sefior de Aguirre. De estilo sobrio, 
UhJ1!^^J¿!^^ lo qwe allí le decía era todo médula. No contenía 
«ittiM f Mrrcnia re- frase huoca; ni una palabra de más ni de menos, 
•ohicita. Era un cuchillo de punta aguda que penetraba 

en lo hondo. No hacía sufrir, sino que mataba prontamente. Esa 
era su dialéctica, como que la había aprendido en el romance 
comercial, en el trato diario con los hombres y con las cosas, 
para arrebatarles, á unos y á otras, el secreto de las especula- 
ciones mercantiles. Era un diplomático flno á lo Monroe y á lo 
Adams, de quienes mucho aprendió en su viaje á Estados Uni- 
dos. A su modo de ser recto unió luego esos conocimientos que 
el mundo proporciona cuando el hombre sabe observar y su- 
frir, porque el sufrimiento, como ya se ha dicho, es una facul- 
tad que sólo poseen las almas que tienen la potencia del amor. 
Y nuestro conciudadano ^^^ la poseía en alto grado. Por eso ha- 
bía aceptado la arriesgada empresa de ir á Norte América, de 
abandonar sus negocios y su familia y de esponer su existencia. 
Era que tenía un corazón sensible á los grandes sentimientos. 
De otro modo no habría tomado á su cargo tal misión, que, 
ofrecida á otro, según se aseguró por el sefior Riglos, en sesión 
pública de la junta de representantes, en 1832, no fué acepta- 
da. Y era ese amor á la verdad y ese sufrimiento que siente el 
alma honrada cuando se la mira juguete de una mala idea ó 
pensamiento travieso, que todavía le llevaba á decirle al sefior 
O'Higgins algo tendiente á no dejar rastro de debilidad ó de 
mal proceder al alejarse de aquellas tierras á que nunca más 
volvería, y en las que ha debido perpetuarse la memoria de tan 
digno ciudadano. No quería que se creyera que rehuía la discu- 
sión de sus actos. Esta la admitía, pero lo que no podía soportar 
era que se empequefieciera lo que era grande, vulgarizándolo, 
considerándolo como un miserable negocio, mezquino y ordina- 
rio, entre hombres necesitados y sin pudor. Por eso declaraba 
«no serle necesario demostrar la inutilidad de traer á la consi- 
deración para el juicio de este negocio la venta de la corbeta 
Horacio en el Janeiro respecto á que ella fué sublevada, y se 
sabe cuan poco se aprecia, en estos casos, el valor de las cosas. 
Sin embargo, su venta fué hecha en la suma de 80.000 pesos, 
sin armamento y pertrechos de guerra, sin provisiones y sin 



(1) Hablo aquí como comprovinciano de aquella época, que ojalá nunea huMera des- 
aparecido. 



22 ALBERTO FALOMEQUE 



oficialidad y marinería alguna: prueba irrefragable del valor 
real y mérito del buque vendido.» 

Y era así, después de haber probado su rectitud de procede- 
res, levantando la cuestión hasta donde correspondía, y no de- 
primiéndola, como al parecer se pretendía, que el ex-ajente 
concluía por decirle á O'Higgins que tomara altura y resolvie- 
ra el punto dentro de sus propias facultades constitucionales. 
«Ponga,» le decía, «una vez que se halla examinado este nego- 
cio por todos los aspectos que presenta su orden regular, su 
suprema y última resolución.» Esto, le agregaba, «es lo que ha 
aconsejado el tribunal de cuentas, cuyo dictamen es respetable 
en asuntos de esta naturaleza; así lo reclama igualmente la jus- 
ticia y lo exije la consideración de que el ex-ajente se halla en 
este país el espacio de más de seis meses, sufriendo los más 
graves perjuicios en el jiro de sus negocios particulares.» 

Reitera la propocs- Y, para quc en todo tiempo quedase constan- 
«a de nna traniac- (.í^ de la Seriedad y nobloza de sus procederes, 
ción amigable. coucluía diciondo á O'Higgins «que esta misma 

consideración le había impulsado á proponer á V. E. otras veces 
una transacción amigable, que ahora nuevamente reitera.» 

Podía, pues, el señor de Aguirre retirarse de Chile con su 
conciencia tranquila y la frente alta. Nunca comisionado algu- 
no demostró más acabadamente que tenía adquirido el derecho 
al respeto y á la consideración. Quiso conservar su asunto á 
la altura que correspondía, y, cuando vio que se le arrancaba 
de su solio, para arrastrarlo por las miserias de las pasiones 
humanas, su alma altiva protestó y buscó en su patria lo que 
no había podido encontrar en la que, aunque estranjera, hat>ía 
sido la hermana aliada en los días de desgracia, en esos á los que 
él consagrara sus esfuerzos y sus grandes aspiraciones. 

Y así, vuelto á Buenos Aires, comienza nuevamente la odisea, 
en la que, como he dicho, puso á prueba su carácter, revelán- 
dolo con toda su enerjía prudente, durante el cuarto de siglo 
que duró la reclamación. Ahora actuaría en el seno de su patria, 
donde sería más feliz, sin duda alguna, aunque poniendo siem- 
pre de relieve su desprendimiento jeneroso, para volver más 
tarde á reanudar su campaña honesta ante las autoridades chi- 
lenas, á fin de que estas, cuando menos, le reconocieran que 
sus procederes habían sido limpios y útiles á Sud-América. Se 
moriría sin ese consuelo; ignorando^ como he dicho, que ya 
O'Higgins, desde 1822, había suscripto un documento público^ 
dirijido al gobierno arjentino, en el que reconocía las dignísi- 
mas cualidades del ciudadano en cuestión. ^^^ 



(1) Véase en el Apéndice del tomo I. 



CAPITULO III ^'> 
El gobierno arjentíno reconoce la deuda de Agnirre 

Jtttionts tute el goNrnador Rodríguez y tu ministro Rhridtvia.— Af ulrrt y Adant.— 
La lunfa da rapratantantat y al lumlnata Informn da la oomltión.— Gamliataada da 
Plea, Marílnaz, Sanmartín é Intlarta.— Paragrinaolón anta al ajaoutlvo naalanal.— 
Los soAorss Fsrmln da Fastal y Ola., da Ldndras.— Nuava faz pallfioa.— Aguirra á 
punto de ser demandado.— Pago, par la Arienflna, del segura de loa alen mil pe- 
sos enviadas por Chile.— Comunioación á Chile y su respuesta evaaiva.— Camlslón 
da Sarrafea, Riglos y Aluga para infarmar sohre la raoiamaeldn.— Resoluolón del 
gohierne y de la Junta de representantes, en 1831 á 1882.— Reivindioaeldn moral 
anta el gobierno de Chile.— La frase de O'HIggins en 1822. 



Reamida sm jm- Corria el año 23. Ahi estaba don Bernardino 
tiooct ante ei fober- Riyadavía en el ministerio degobierno del general 
ülíSJraJí; Rodríguez. A él ocurrió de Aguirre en nota her- 
no tioMo atcMiido. mosa, por lo patriótica y fundada. Espuso todas 

sus peripecias, los dolores sufridos y los perjui- 
cios causados, al reclamar, por honor del país, y del propio alia- 
do, se le abonase aquello de que estaba injustamente privado. No 
quería ser gravoso al estado. Volvía á reiterar su ofrecimiento 
de aceptar cualquier arreglo honorable. No deseaba se afecta- 
ra la deuda pública del estado, por lo que manifestaba se le 
satisfaciera en proporción á los recursos y fondos del gobierno 
y en consideración al mérito del tiempo que estaba privado 
del crédito que perseguía. Rivadavia, y su fiscal el señor Pico, 
entendieron que no debían intervenir en el asunto. Ellos en- 
caraban la cuestión bajo el punto de vista de una simple ga- 
rantía, por lo que deducían de ahí que el gobierno arjentíno 
no tenía para qué intervenir en lo relativo á la purificación de 
la deuda, que era lo único que, decían, perseguía el gobierno 
de Chile. El sefior de Aguirre no se desanimó por ello, desde 
que era un carácter sostenido por la conciencia de sus buenos 
procederes. Confiaba en la justicia humana y en el sano pa- 
triotismo de sus compatriotas, por quienes había comprometido 
su nombre comercial y sus bienes particulares. Es que aún no 
había llegado á la edad en que las fierezas humanas se apode- 
ran de nuestro organismo gastado y nos doblegan sometiéndo- 
nos á todas las incertidumbres de la triste realidad. El escepti- 



(1) Véase el Apéndice. 



24 ALBERTO PALOMEQUE 



cismo 110 lo había invadido. Si á los 31 años había aceptado lo, 
ardua misióu de atravesar el Océano, en débil barco, afrontando 
las borrascas de la mar desencadenada, debatiéndose con 
Adams y Monroe, con uno de los cuales ahí está, en ese hermo- 
so cuadro, contemplando el plano, estendido en la messrescrito- 
rio, de los célebres buques, destacándose entre la palabra «inde- 
pendencia», ^^^ con que así exhibía su doble misión diplomática, 
y comercial, aún tenía fortaleza, á los 38 de edad, en todo el 
pleno vigor de sus enerjías físicas, morales é intelectuales, para 
resistir á los huracanes de las pasiones humanas, vencerlas y 
sobreponerse á ellas, con valor y con templanza. Al caudal 
de sus luces iba ahora unido el comercio del mundo, que tanto 
le había enseñado. Defendía su propiedad y su fortuna, alen- 
tado, en la lucha, por ese centro de atracción irresistible qite . 
forja el hogar de la familia, por el cual lidiamos, buscando su 
dicha, hasta caer, moribundos, rodeados do cuanto más ama- 
mos, pero sonrientes ante la nueva vida entrevista en medio á 
las lágrimas de los que nos rodean. 

u jttBta de repre- De aquí quc, sín amilanarse, se presentara en 

seiHwitet ante quien queja ante la juuta de representantes de Buenos 

^ua^J^tráL^H 'A.ires, la que, como es sabido, había resuelto pa- 

de on lamtnoM in- S^^ 1^ deuda de las Provincias Unidas. Ella, ki- 

fotme de la cooii. mediatamente, pidió informe al gobiomo. Est«lo 

alón de peticioiies, ¿¡5. Corrieron los años 23 y 24, f«) y allá por 

favorable á Agulrre. jggg^ ^^ j^ ^^^¿^ ¿^^ ^ ^^ ^^^^^ ^j ^^^ g^ disCUtiÓ 

el despacho de la comisión de peticiones, compuesta de los se- 
ñores José de Ugarteche, José Saturnino Hernando y Miguel 
García, que aconsejaban lo que la razón y la dignidad dictaban, 
tratándose de una causa justa, «del derecho», como se decía, «de 
un ciudadano recomendable por los distinguidos servicios que 
rindió, á costa de grandes quebrantos de su fortuna particular» . 
Al iin se iba abriendo el horizonte moral, en los momentos en 
que el señor de Aguirre entraba á su edad madura. Ya tenía, en 
1825, cuarenta años, é iban transcurridos nueve desde que había 
prestado á Sud América aquel eminente servicio. Este era re- 
cién el instante en que vislumbraba, y nada más, una esperan- 
za de solución á sus lejitimas pretensiones. Su patria comenza- 
ba á rendirle el tributo que merecían sus sobresalientes cuali- 
dades morales. 



(1) Este es un hermoso cuadro al óleo que posee la familia del sefior dou Manuel Agui- 
rre, del cual pretendí una fotografía, sin que la consiguiera, á pesar de mis reiteradas 
instancias y ofirecimientos hechos. No he insistido, respetando así esa noluntad manifes- 
tada elocuentemente. He sido desgraciado en este detalle como en el otro del retrato del 
señor don José Gregorio GKSmez, como se ha visto en el tomo I. 

(2) En &<ste año fué destarrado, Junto con el general don Juan Ramón Balearee. 



EL GOBIBRNO ARJBNTINO RECONOCE LA DEUDA DE AOUIRRE 25 



La comisión opinaba que «se autorizara al gobierno para que 
por los medios que creyera análogos á la calidad estraordinaría 
de la misión confiada procediera á liquidar, transar y fenecer 
las partidas que no lo estuviesen en las cuentas presentadas; y, 
en consecuencia, mandar hacerle pago de los alcances que re- 
sultasen á su favor, y cuya importancia se agregaría por cargo 
en la general que tenia con él estado de i^hüe.-» 

Esta última advertencia era muy importante. Ella provenía 
de que el gobierno se ocupaba precisamente de la liquidación 
de cuentas con Chile, á cuyo efecto había sido enviado á ese país 
el señor don Feliz de Alzaga. ^^^ 

La comisión se daba cuenta de la situación de un particular 
para luchar contra todo un gobierno empeñado en contrariar la 
acción de su lejítimo acreedor. Comprendía que era el gobierno 
arjentino y no el particular, el que estaba en condiciones de re- 
clamar lo que lejítimamente se había pagado por Chile. Es que 
no necesitaba seguir el procedimiento prémo que Rivadavia y 
Pico habían aconsejado y adoptado. Cualquier individuo, aún 
sin ser garantía, puede pagar, á nombre de un tercero, adqui- 
riendo, desde luego, el derecho á repetir lo abonado por él. Lo 
único que podría observar el tercero, en este caso Chile, sería, 
que no debía lo pagado. Pero, como éste lo debía, y la Arjentina 
tenía cuenta general con Chile, el deudor no tendría mas reme- 
dio que pagar, probándosele, como era fácil hacerlo, que debía 
la suma en cuestión. Todo lo que podría discutirse era el quan • 
tum, pero no el derecho á cobrar. Y este derecho el mismo Riva- 
davia y Pico no lo habían puesto en duda al pronunciar sus re- 
soluciones. Justo era, pues, que el gobierno arjentino viniera 
en protección de su connacional, salvando su derecho de repeti- 
ción, porque, como decía la comisión: «Estas dificultades, estan- 
do á los datos que arroja el testimonio de lo actuado en aquella 
república, combinados con otros conocimientos que á la comi- 
sión ha proporcionado el señor ex-plenipotenciario cerca de la 
república del Perú, y hoy uno de los dignos representantes en 
esta honorable corporación, deben estiinarse insuperables á la capa- 
cidad aislada de un particular. Esta circunstancia conduce natu- 
ralmente hasta presentar la reclamación como una consecuen- 
cia del no cumplimiento por parte del estado principalmente 
obligado, en cuyo caso debe principiar la obligación de la ga- 
rantía que se le dio. Este concepto parece de acuerdo con el que 
indica el informe (del gobierno) á que se contrae la nota preci- 
tada de 4 de Mayo». Y era esa intervención del gobierno la que 
se buscaba, para que salvara las dificultades «insuperables á la 
capacidad aislada de un particular,» como decía la comisión. Y 



(1) De esta misión me ocuparé en libro por separado, exhibiendo antecedentes comple- 
tamente desconocido^**. E.«e libro se titulará: Deuda de ChiU con Argentina . 



26 ALBERTO PALOMEQUE 



se buscaba, porque el gobernante arjentino, á cuyo lado se ha- 
llaban estadistas como Rívadavia y darcía, no ignoraban que 
el derecho á cobrar era algo indiscutible, sagrado: que lo úuico 
que un acreedor, en situación precaria, como estaba Chile, po- 
dría observar, era el quantum. Y, por lo mismo que ese derecho 
era sagrado, fué que esos estadistas^ en su época, en cumpli- 
miento de un deber, se dirijieron al gobierno de Chile recomen- 
dando esa deuda y pidiendo se abonara, lo que motivó la nota 
honrosa de O'Higgins á que me he referido. La comisión, pues, 
procedía con acierto y juicio. Nada más natural que se abonara 
la cuenta, en las condiciones que la comisión indicaba; desde el 
momento que el gobierno arjentino podía incluirla en la gene- 
ral que tenía con Chile, y allí discutirla, llegado el caso, si es 
que Chile se hubiera atrevido á desconocerla. Y eso, que era lo 
lójico, lo sensato, lo natural, lo impuesto, fué precisamente lo 
que no quiso hacer la junta de representantes de 1825! 

u gambeteada de Los scfiores Pico, Martíuoz, Sanmartín é Yn- 
loe teftores Pico, giarte SO opusioron, recurriendo á una gatnbeteada, 
é YwuSe '*'" díi^é así, de abogado chicanero. No podían des- 
conocer los méritos personales del recurrente y 
mucho menos los del servicio prestado. No quisieron entrar al 
fondo del asunto ni imponerse de todcs aquellos antecedentes 
que he estudiado hasta aquí. Uno de ellos, Sanmartín, el más 
empeñado en la lid, por más que la gambeteada la iniciara el 
señor Pico, el mismo que había asesorado como fiscal del señor 
Rivadavia, en contra, en 1823, sostuvo que debía ocurrirse al 
congrego, constituido después de la iniciación de las jestiones del 
señor Aguirre; que la provincia nada debía, sino la nación; y que 
el crédito del señor de Aguirre no estaba comprendido, por no ha- 
berse presentado en tiempo, entre los que la provincia de Bue- 
nos Aires había tomado á su cargo. Por su parte, se opuso Her- 
nando (sí bien vaciló á lo último); Riglos, habló con profundo 
conocimiento de causa, declarando que él había estado por 
ejercer esa comisión, que no merecía, y que por su escusa, muy 
legal, fué que el ciudadano de Aguirre partió y sufrió aquellos 
padecimientos; y García y Valdez, con propiedad de palabra y 
profundidad de concepto, demostró el alcance de las leyes de los 
años 23 y 24 sobre la deuda nacional consolidada y su pago por 
la provincia de Buenos Aires. Por todo eso sostuvieron el lejiti- 
mo derecho del señor de Aguirre á ocurrir á la juntado represen- 
tantes. Eso sí, todos, sin discusión, reconocían no sólo que el 
señor de Aguirre «merecía una compensación, sino que la opinión 
pública le había marcado como un ciudadano digno de toda con- 
sideración». Lo curioso del debate, era, que el cuerpo lejislativo 
olvidaba su misión. Unos y otros no se acordaban que eran 
lejisladores. Encaraban el asunto bajo el punto de vista de la 



EL GOBIERNO ARJBNTINO RECONOCE LA DEUDA DE AOUIRRE 27 



ley dictada. Le buscaban interpretaciones, y estudiaban los 
hechos para ver si el seftor de Aguirre se había presentado ó no 
dentro del término de los cuatro meses que la ley provincial 
había señalado para el ejercicio de los derechos de los 
acreedores nacionales. Eso era convertir el rol de facedor de 
leyes en el de aplicadar de leyes. Encaraban la cuestión como 
el juez llamado á citar, en sus fallos^ las disposiciones emanadas 
del cuerpo lejislativo. Olvidaban que eran lejisladores: que 
ellos hacían la ley: que ellos podían hacer todo, menos un hom- 
bre de una mujer, como dice el parlamento inglés. El represen- 
tante del pueblo no tiene más norte que su conciencia y su 
saber, por lo que él debe estudiar las cuestiones con un criterio 
amplio y elevado. Para eso él dicta y hace la ley. Es su opinión 
la que se quiere conocer, no lo que dice la ley vieja. Por eso 
se lleva al parlamento, no solamente á abogados y leguleyos, sino 
á hombres de buen sentido, de sano criterio, para que, con co- 
nocimiento de las necesidades del pueblo, forjen la ley que 
aconsejan las circunstancias y resuelvan las solicitudes que en 
uso del derecho de petición le presenten los habitantes. Un 
cuerpo lejislativo, aunque haya fallo de los tribunales conde- 
nando á un individuo, p. e., á no ejercitar una acción civil, 
puede, si lo cree justo, no revocar la sentencia, porque él no 
puede reveer los actos de los tribunales, pero sí, puede dictar 
una resolución, una ley, dentro de la órbita de sus facultades 
constitucionales, otorgando á ese vencido el mismo derecho 
que se le ha desconocido por un juez, fundado éste en la dura lex 
«cripta tamen. Y fué esa misión augusta la que olvidó la junta 
de representantes de 1825. No quiso salir del estrecho terreno 
en que por razones de un orden político quizá, se colocó; y el 
señor de Aguirre fué nuevamente condenado á que ocurrie^ á 
donde correspondía. De Heredes á Pilatos, es decir, de Buenos Ai- 
res á Chile, de Chile á Buenos Aires, del ministro Rivadavia á la 
junta de representantes y de esta ¿á dónde? Ya lo veremos; 
como asimismo que los sucesos, más poderosos que la voluntad 
de los hombres, colocarían á esa provincia de Buenos Aires al 
frente de los destinos nacionales, para así pagar la deuda de la 
Nación. 

si^ne la pcrcsri- Empezaría ahora una nueva faz de la peregri- 
l*i!"r;J?r!ÍJ/ nación. Habíase llegado al año 25, es decir, iban 
ante el ^ccntivo na- trauscurndos seis aftos de incesantes esfuerzos 
cíonai. para cobrar lo que tan sagradamente debió pa- 

garse desde el primer momento, ó, á lo menos, haberse reconocido 
el derecho para cuando el estado estuviera en condiciones de abo- 
narlo, una vez hecho el arreglo razonable á que reiteradamente 
se invitara á ambos gobiernos por tan prudente ciudadano. 
Y allá fué el señor de Aguirre, en cumplimiento de lo resuel- 



28 ALBERTO PALOMEQUB 



to por la junta de representantes, ante el ejecutivo nacional, á 
cuyo frente se encontraba el general Las Heras con su ministro 
de hacienda el señor García (diciembre 5 de 1825.) Reprodujo 
cuanto tenía espuesto en su laborioso espediente, recibiendo 
por respuesta: «se pasara al ministro plenipotenciario de la re- 
pública en la de Chile el oficio acordado recomendándole el es- 
pediente que espresaba el esponenteü» 

Intervención de ros Mientras tauto, los acreedores empezaron á 
seffores banqneroe apurar al ex-ajentc del gobierno, en su carácter 
cu" de un¡^\l Particular, porque éste así se había comprome- 
ciainmdo lo qaé se tido, cnviándolc la cucuta cou SUS interosos 
ictdebia,ensu8niny compucstos. La presentó al gobierno^ junto con 
interesantes cartas de i^s cartas de los softores acrecdoros de Londres, 
M^ci^au^^^^ * y se resolvió que se estuviera á la espera de la 

nota enviada á Chile. 
Una de esas cartas, la de los señores Fermín de Pastel y Cía., de 
Londres, era ilustrativa del alto aprecio que el señor de Aguirre 
gozaba en el comercio y de la importancia de los negocios á 
que se dedicaba. De ella aparece muy elevado ya el concepto 
comercial de Buenos Aires por aquella época. Los señores Pas- 
tel decían que si ellos habían hecho esos adelantos había sido 
«únicamente por amistad y por la confianza que su trato y 
modo de pensar nos había inspirado.» No se esplicaban el atraso 
delseftor de Aguirre «con el conocimiento,» decían, «de su regula- 
ridad.» Le hablaban, en seguida, del «florido negocio que habían 
hecho» los que tomaron el empréstito de ese gobierno, nego- 
ciándolo luego al 85, y de «la compañía de minas que saca 
también ya doce por ciento de premio de sus acciones;» pregun- 
tándole si había mucho que esperar de esas minas de plata, 
«pues nosotros nunca oimos que se trabajase ninguna en la 
provincia de Buenos Aires.» 

Es sabido que los señores Pastel se referían á la célebre em- 
presa iniciada por Rivadavia, en la que la casa HuUet Hnos. 
y Cía. tanta participación tomó, dando un resultado desastro- 
so. El crédito del comerciante de Aguirre era un hecho en aque- 
lla plaza. Sus negocios de frutos del país, con los que saldaba 
sus cuentas, le habían conquistado esa buena fama, que puso 
al servicio del gobierno al hacerse cargo de su comisión. Pué 
así que aseguró en £ 3.050-10-11 los primeros cien mil pesos 
que Chile entregó, para que él los llevara á Estados Unidos á fin 
de hacer frente á los gastos que demandara la construcción de 
las naves. Y eran estos mismos señores los que nos declaraban 
que el señor de Aguirre ya no podía dedicarse al comercio, 
como antes, á causa de reclamar su atención los negocios polí- 
ticos. Ellos le declan: «que era una lástima que su correspon- 
dencia no hubiese seguido, pues habrían podido combinar al- 



ISL OOBIBRNO AKJEMTINO RECONOCE LA DBl'DA DE AGUIRRE ^ 



gunos negocios juntos de recíproca utilidad; aún podremos estar 
á tiempo, si puede Vd. dedicarse á ellos, pero recelamos se haya 
Vd. entregado enteramente á asuntos de estado ó diplomáticos, 
los que no parecen que van mal para la independencia como 
indica el crédito público que gozan estos todos; el empréstito 
de su gobierno corre á 13 por ciento de premio, y el de Méjico 
ha esperímentado una subida de 18 por ciento, desde la publi- 
cación de su gobierno federativo. £1 gobierno ha determinado 
aquí el reconocer la independencia de Méjico, etc., y aunque 
esta medida no puede gustar á las grandes potencias del conti- 
nente^ no se cree puedan oponerse de ninguna manera á ella, y 
asi los fondos europeos se mantienen altos y firmes en la con- 
fianza que no se ha de alterar la paz.» Más tarde, precisamente 
un afio después, le decían, con motivo del silencio guardado por 
el seftor de AguiíTe, hijo, sin duda, de la esperanza en que es- 
taba respecto á la actitud del gobierno de su patria: «Hacemos 
á Vd. la justicia de estar muy persuadidos que si ha dejado pa- 
sar tanto tiempo sin liquidar esta cuenta, las circunstancias 
habrán sido la única causa. Nosotros si entibamos en estos ade- 
lantos, fué por la buena opinión que hemos tenido siempre de Vd., 
y no dudamos de su buena correspondencia hasta el fin.^ Y apro- 
vechaban la ocasión para decirle que había cesado «el furor 
grande que había relativamente á los empréstitos y acciones 
de minas en todos esos estados independientes, cuyos valores 
han ido declinando en consecuencia desde algún tiempo; y hoy 
están muy bajos. El empréstito de Buenos Aires corre á 83, sin 
embargo de las desavenencias con el Brasil.» Y, como llegara 
hasta ellos la noticia de la actitud asumida por los gobiernos, 
que dificultaban el abono del crédito, terminantemente le decían 
al seflor Aguirre: « especialmente cuando orijinan (los des- 
embolsos que ellos habían hecho) de consideración personal y 
de deseos de servir que de otras miras, como es el caso respecto 
á estos nuestros, sin que parte alguna de ellos tenga nada que 
ver con el gobierno, á lo menos de nosotros á él, habiendo efec- 
tuado los seguros de £ 24.326 por los navios «Emmelina» y «Po- 
cklington» no por arden y cuenta suya del gobierno sino por orden 
directa y cuenta de Vd.; de suerte que aun cuando el gobierno 
no satisfaciera á Vd. jamás, tendría Vd. que pagarnos lo mis- 
mo.» Y después de hacer ardientes votos por la paz con el Bra- 
sil, que traían las obligaciones de los empréstitos al derrumbe, 
pues las de Buenos Aires estaban á 50, las de Méjico á 48, Co- 
lombia 27 1/2, Chile 26 y Perú 26, le manifestaban que «Fer- 
nando no trataba todavía de reconocer la independencia, aun- 
que no se dudaba que se viera antes de mucho en esa precisión.» 
Y esperaban, con impaciencia, alguna «mudanza favorable» 
para poder entonces cultivar interesantes relaciones con el 
señor de Aguirre. 



80 ALBBKTO PALOMEQUB 



La correspondencia revela la autoridad moral é intelectual 
que había adquirido el personaje, en 1825. Era uno de esos 
hombres que, doquiera van, levantan las causas, sirviéndolas 
siempre. Su crédito ahí estaba, en Londres, á disposición de su 
país. Él era el que atraía á los comerciantes Fastel y Cía. á 
preocuparse, con interés, de los negocios públicos de estas na- 
cionalidades, y á las que tan vinculado estaba el comercio bri- 
tánico. En prueba de ello, este comercio sería el que le arran- 
carría, en ese mismo año 25, al imbécil Jorge IV, la declaración 
de independencia, en la forma y condiciones espuestas al final 
del tomo anterior. Esa correspondencia revela, además, que el 
Río de la Plata siempre marchó á la cabeza del progreso eco- 
nómico. Lo prueba el hecho de que en ese afto terrible de 1825, 
en que luchábamos solos contra el imperio del Brasil, en medio 
á la indiferencia de Bolívar, de Chile y del Paraguay, nuestro 
crédito se mantenía en primera fila, al 60, mientras el de Chile 
solo alcanzaba al 26! Razón tenía Chile para proceder con de 
Aguirre como lo hacía: vivía precariamente. Pero ¿y Buenos 
Aires por qué? ¿Era ello la obra de alguna diverjencia política? 
Esto era lo que sucedía. No hay que olvidar que de Aguirre ha- 
bía sido desterrado, en 1824, por el círculo de Rivadavia. 

u faz política cam. Los SUCOSOS van á Cambiar. El señor de Aguirre 
^*** se tomó un reposo en el camino de su via crucis. 

Descansó todo el año 26 y todo el 27. No podía apurar á la pa- 
tria en esos momentos azarosos. La guerra con el Brasil seguía 
y el gobierno no estaba para otra cosa que para atenderla. Por 
otra parte, era indudable la mala voluntad que los hombres de 
Rivadavia le tuvieron á nuestro protagonista. Éste, ya mezclado 
en los negocios políticos, era adversario del pensamiento que 
caracterizó la marcha gubernamental de esa época. Nada, pues, 
podía hacer en el sentido de adelantar sus jestiones. Chile esta- 
ba lejos: su patria en guerra nacional y sus adversarios políti- 
cos dominando en las elevadas funciones públicas. No tuvo más 
remedio que aguardar, y aguardó, por aquello de que el tiempo 
es el gran colaborador de los hombres que saben tener pacien- 
cia. Y él había aprendido á tenerla en su lucha con el comercio. 
Allá, después que Rivadavia cayó, que la guerra cesó, y cuan- 
do él, á su vez, había ido adquiriendo mayores prestijios y 
formado su personalidad propia, hija de sus cualidades y carác- 
ter, reanudó su jestiones. 

El teitor de Agai- Como vicra amenazada su firma y temiera un 
rre te vé etpuetto á juicio, SO presentó al gobiomo, en 1828, espo- 
7r j wttick^^or *uii riéndole el reclamo que le hacían los señores 
dradaf derettado. Pastol y Cía. «Como cse cargo es procedente del 

seguro de cien mil pesos,» decía, «que condujo 
el ájente, en 1817, á Norte América, por comisión de los gobier- 



BL CiOBIBRNO ARJB XTINO RECONOCE LA DEUDA DE AGIJI RRE 81 

nos de Chile y Provincias Unidas, y él fué ordenado por el que 
suscribe, en su capacidad privada, de conformidad con el artí- 
culo 6.^ de sus instrucciones, no parece justo que la responsabi- 
lidad de aquel y sus resultas recaiga sobre quien no hizo más 
que cumplir con las órdenes de sus comitentes, porque seria en 
verdad lo más monstruoso que se viese demandado ante los tri- 
bunales del país y embargados sus bienes, como lo ordena la 
ley, por un negocio que aparece ser personal, y pertenece es- 
clusivamente á los gobiernos que le encargaron la espresada 
comisión.» Por eso pedía se reconociera el cargo á favor de los 
señores Pastel y se le exhonerase «de una responsabilidad que,» 
decía, «hasta hoy gravita sobre él, y que por el aspecto que el 
negocio presenta, lleva visos de ser trascendental á sus inocen- 
tes hijos en adelante.» Y, como parecía que al fin las cosas iban 
á tomar el camino que correspondía, resultó, que en nombre 
«del honor y de la delicadeza» el señor fiscal doctor Acosta 
aconsejó se admitiera la exhoneración solicitada. Otro tanto 
sostuvo el asesor nombrado, doctor don Pedro Somellera, por lo 
que el gobernador Dorrego y su ministro Balcarce reconocieron 
la deuda y la mandaron pagar, previa comunicación hecha al 
gobierno de Chile para que éste aceptara los jiros correspon- 
dientes. Mas, como Chile demorara el pago, el gobierno arjenti- 
no, por intermedio de su ministro, el señor general don Tomás 
Guido, le manifestaba que «nada más justo que reconocer una 
deuda contraída por los gobiernos de Chile y las Provincias 
Unidas para objetos de su comisión y facultado ilimitadamente 
para empeñar el crédito de ambos gobiernos: mas que habiendo 
hecho valer su crédito personal, gravita sobre él una responsa- 
bilidad por haber hecho un servicio recomendable á la causa 
pública: que el señor de Aguirre había comprometido su crédito, 
allanando por este medio el primer obstáculo de su comisión, 
que de otro modo hubiese sido insuperable: que esa deuda bajo 
ningún aspecto sería justo cuestionan que sentiría se le pusiese 
al gobierno en la necesidad de tomar determinaciones para el 
abono de la cantidad tan justamente reclamada, en caso que el 
gobierno de Chile no resolviera hacerlo, aceptando y satisfa- 
ciendo las letras libradas á este objeto, porque jamás podría 
mirar con indiferencia que un ciudadano distinguido de esta re- 
pública fuese conducido á una prisión por haber prestado un 
servicio importante á la causa de la independencia americana, 
reservándose, en este caso, agregar las partidas á otras que el 
gobierno tiene contra el de Chile para la correspondiente recla- 
mación: y que, por último, una tan justificada reclamación no 
estaba en manera alguna en el caso de transarse á juicio de 
arbitros, como lo proponía el gobierno chileno. 



S:> ALBKttTO PALOMKVÍirE 



El i9Mtmo afj€fl- Esto era digno de un funcionarío. Era la res- 
tioo namiA iMc«r «I puesta que correspondía. Chile, sin embargo, no 
i!^%iM ' m?" peM« ^^J^- ^' gobierno arjentino tuvo, al fin, que ha- 
iicvatfotá Norte Affl¿- cer suya la reclamación, después de nuevas 
rica por de Aipiirrc. jestiones iniciadas por el señor de Aguirre, 
quien estaba resuelto á no acceder, por el momento, á la pre- 
tensión de Chile de someter ei asunto á un arbitraje. Exijió del 
gobierno arjentino el cumplimiento de sus deberes, visto el pro- 
cedimiento incomprensible de Chile. Ofreció ceder sus derechos á 
favor del gobierno de su país, aunque con la reserva de hacer va- 
ler sus acciones en contra de Chile por todo aquello que el arjen- 
tino no creyera del caso reconocer como probado, pues á su 
efecto ofrecía suministrar documentos fehacientes. La nación 
arjentina se convenció de la mala voluntad de Chile, al ver que 
ésta se limitaba á decir, en 1828 (diciembre), que el asunto lo 
había sometido, de acuerdo con la constitución, á la corte su- 
prema. De aquí, que el gobierno, de acuerdo con el dictamen 
del señor ñscal Agrelo, mandara, en enero 12 de 1830, se pagara 
el valor del seguro por 2217 £ y que al gobierno de Chile «se le 
pasase una comunicación recomendándole el pronto y preferen- 
te despacho del asunto, poniendo en su consideración,» decía, 
«los graves males que se siguen con su demora al benemérito 
ciudadano don Manuel H. Aguirre.» Así se le comunicó á Chile, 
en febrero 3 de 1830, esponiéndole que «esta resolución era re- 
clamada por el honor de ambas repúblicas y por la necesidad 
de reparar los perjuicios causados á un ciudadano que se ha 
distinguido y ha padecido por el servicio de ellas, lo que se ha 
adoptado con gravamen del erario público y en circunstancias 
las más críticas;» concluyendo por decirle «que recababa el re- 
conocimiento del valor de la letra pagada al señor de Aguirre por 
los seguros como una deuda directa hoy en favor de este estado^ y 
que esperaba se prestaría á este asunto una atención preferente, 
procurando la más pronta terminación de la cuenta general del 
ex-ajente Aguirre, que el gobierno, como garante, no podrá 
tampoco mirar con indiferencia en su caso.» 

Chile et notificado Chile puso oídos dc mercader. Allá, por abril 
de la aetitad aiani. ¿e 1830, contestó, diciendo que si no se había 
^Kivs^no^y^a^^t ocupado de la cosa era porque las aflicciones 
evasivameirte. políticas se lo habían impedido; pero que como 

según todas las probabilidades seria muy pronto 
que esas cesarían^ entonces se tomaría en consideración el asun- 
to y se acordaría lo que se estimase más asequible á su conclu- 
sión.» Y, como esas aflicciones políticas desaparecieran, y Chile 
nada dijera, el gobierno lo instó sobre «el reconocimiento del 
valor de la letra pagada», reclamándole «de nuevo el pronto 
término de esta cuenta, que gravita,» decía, «sobre el erario pú- 



EL GOBIERNO ARJBNTINO RECONOCE LA DEUDA DE AGUIRRB 33 



blico en circunstancias tan difíciles.» Le pedia prestara una 
atención preferente á este asunto «como igualmente del térmi- 
no que debe ponerse á la cuenta general.» (nota de julio 1 de 
1830; firmada por don Manuel J. García). 

Bi gobicTM aijca. Así, cansado el gobierno y el interesado, ante 
tino nombra nna eo- ¡^ actitud Criticable del principal deudor, aquel 
sSr^rt!^5S aT **^^^ ^* heroica resolución de llamar á sí el 
zaga par» qne infor- asuuto, y, previo un estudio coucionzudo del 
nica sobre la roela- fiscal sofior Agrelo, SO nombró una comisión 
macióa pendiente. compuesta por los softores Sarratea, Riglos y Al- 
zaga para que informaran sí era moderada ó escesiva la cuen- 
ta que cobraba el sefior de Aguirre. La comisión, que tendría 
presente, como era natural, dada la ilustración y competencia 
de sus miembros, que lo resuelto tenía forzosamente que opo- 
nerse á Chile, incluyéndolo en la cuenta pendiente con él, estu- 
dió detenidamente todos los antecedentes, y redujo, el saldo que 
el señor Aguirre cobraba, á la suma de 26.368.39, dando sus ra- 
zones para ello. Elseftor de Aguirre no quiso discutir con su patria. 
Aceptó lo aconsejado. Le cedió á ella todos sus derechos, pero 
reaervándose el de cobrar a Chile la diferencia de ese saldo, que 
venía á ser la de 24.729.79, porque creía que las observaciones 
hechas á las partidas por comisión y del cinco por ciento, no 
eran justas. Sin embargo, aceptaba ese informe en cuanto á su 
patria, «sin responsabilidad ulterior.» «Por la consideración», 
decía, «de que el país de su nacimiento, su gobierno y el ox- 
ajente deben sufrir en lo sucesivo grandes perjuicios con una 
retardación ulterior y también porque se halla dispuesto el 
que suscribe á hacer toda clase de sacrificios, hasta donde al- 
cancen sus fuerzas, en favor de su país natal Mas, por lo 

relativo á Chile, cuyo gobierno es el principal deudor, y á 
quien el ex-ajente no tiene consideraciones que guardar, se 
reserva reclamar directamente en adelante el exacto y pun- 
tual cumplimiento de las restantes premisas, que se hallan 
consignadas en las instrucciones de la espresada comisión.» ^^^ 

RcMiiaeién del (o- Dospués de oírse nuevamente al citado fiscal 
'''^TLLl!!'* ^"^ doctor Agrelo y al señor asesor, doctor don An- 
íwíTiw**^** *" *^°^^ ^® Ezenerrenea, del gobierno delegado, 

compuesto éste de los ciudadanos Anchorena, 
Balcarce y García, por ausencia del general Rosas, se dictó en- 
tonces la honorífica y levantada resolución de fecha 15 de oc- 
tubre de 1831 con que se venía, al fin, después de catorce años 
de prestado el eminente servicio á la causa sudamericana, á 
satisfacer la ansiedad, más moral que material, del digno ex- 



(1) T asi lo dispuAo en su testamento, en 1848. 



34 ALBBRTO PALOMBQUB 



ájente diplomático y comercial, cuyo carácter se había puesto 
á prueba en Norte América, para revelarse, una vez más^ en 
esta odisea, grande como su firmeza y virtudes! 

La junta de representantes, asesorada por sus representantes 
Anchorena, Somellera, Martínez García y Lozano, aprobó lo 
hecho por el gobierno, con grandes elojios para el ciudadano 
de Aguirre, sin discrepancia alguna. Ya no había, en 1832, el pre- 
testo del ejecutivo nacional, como en 1825. Ahora la provincia 
no tenía á Rivadavia á su frente. Así lo resolvió en la sesión 
del 31 de agosto de 1832, declarándose que «esa suma debería 
ser cargada en cuenta y cobrada oportunamente por el gobier- 
no de esta provincia al del estado de Chile» ^^K Y en 1833 re- 
cién se entregarían al señor de Aguirre letras de aduana, 
pagaderas en doce meses! 

u rcvindicacióB El rolato hccho, en el que he prescindido de un 
moral bascada por buen númoro de detalles, rcvcla el carácter de un 
«JlT^Kr*-'- hombre. Pero, como va á verse, en todo esto no 

existía, para el señor de Aguirre, sino una cues- 
tión moral, de honor, de buen nombre y justa fama. No le bas- 
taba recibir los dineros. No. Él buscaba otra reivindicación más 
grande: la que nace de la conciencia de nuestros buenos proce- 
deres. Por eso le decía, en 1835, al ministro de relaciones este- 
riores de Chile, que «desde hacía 17 años, que había tenido el 
honor de desempeñar la comisión conferida, no había recibido 
la satisfacción de obtener de ese gobierno la declaración tan 
justa que espresamente solicita ahora, y es, ver si como comi- 
sionado de ese gobierno en Norte América he cumplido bien ó 
no y á satisfacción del mismo la espresada comisión. V. E. no 
puede ignorar que el silencio, en este caso, envuelve un ata- 
que bien manifiesto á mi honor, estimación y crédito, por las 
sospechas que en sí encierra, y que ya ha servido de instrumen- 
to y arma para lastimar mi reputación por la prensa». Y él se 



(1) Sobre la deada cou Chile, dice López, en la pajina 113, nota, tomo 9.o, de HUtoria 
déla República Argentina:— t'Rfí^. Prov. Nilin. 580. Hecha e«(ta liquidación, el gobierno co- 
misionó á don Félis Alzaga para que la ^re5^entav4e y la dl8catie*«e con el gobierno de 
Chile, pero no consiguió ni que f>e le oyese por deferencia, ni siquiera que se yle^e que 
ese era un asunto en que ei^taba interesado el decoro del paí^,»— El doctor Lopes dice 
que la deuda alcanzaba á cuatro ó cinco millonea! En otra notii. en las pi^linaa 800 y 310, 
tomo 7, dice que: «En 1828 fué enviado & Chile el señor don Feliz de Alzaga para arre- 
glar esta cuenta de cargos y datos con aquel gobierno, y suponemos que llevaría lo^ 
comprobantse del caso; pero no se le quiso oír ni admitir la menor reclamación (no era 
exacto), y hubo de regresar desairado. Es, pue.<>, probable que existan en la te<«orerÍA ó 
en el archivo los antecedentes de esta comisión, que no nos ha sido posible obtener ni con- 
seguir indicio alguno sobre su paradero.* 

Pues bien, todos los antecedentes de e^te asunto existen y pronto daré & conocer el es- 
tudio que he formulado sobre tan interesante cuestión. Los documentos relativos se con- 
servan, como oro en polvo, por el intelijente bibliotecario del ministerio de relaciones 
C'«terlore«», don Frfincií?co Centeno, Ilurttrados con cii^ notas concienzudas, 



EL GOBIERNO ARJENTINO RECONOCE LA DEUDA DE AGUIRRE 35 



fundaba, para pedirlo, en que las diferencias ocurridas desde 
1818 no habían tenido por principio el cumplimiento ó no de 
la predicha comisión, sino sobre el reconocimiento de la cuenta 
corriente trasmitida por el mismo afto, como lo acreditaba el 
propio espediente allá seguido y el informe del presidente del 
tribunal de cuentas don Rafael Correa del Sar; todo lo cual ha- 
bla quedado archivado en la secretaría de hacienda, á su salida 
de Chile en 1822. Él sostenía que después de haber dado perso- 
nalmente al gobierno de Chile cuantas esplicaciones y satisfac- 
ciones se le exijieron, solo restaba, decía, «que V. E. me restitu- 
ya el honor, que por tantos años se ha creído como un problema 
de resultas de la falta de declaración por parte de ese gobierno 
sobre el cumplimiento ó no á satisfacción del mismo de la espre- 
sada comisión». 

Esta solicitud, dirijida desde Buenos Aires, era la que él pedía 
al ministro pusiera en conocimiento del presidente de Chile. Y 
esto fué lo mismo que el célebre don Diego Portales, aquel tan 
acreditado en Chile, pero tan fustigado por Lastarria, comunicó 
no poder hacer su presidente, porque estaba pendiente «la ins- 
tancia promovida por usted» le decía, «sobre cargos á este era- 
rio, por consecuencia de la misma comisión, cuyo espediente 
había pasado últimamente de la suprema corte al consejo de es- 
tado, de acuerdo con la constitución!» Y aún en 1835 el gobier- 
no de Chile no había adoptado una resolución. ¡Aún no estaba 
en autos! Pero, los buques ahí estaban, uno de los cuales rete- 
nía en su poder Chile bajo el nombre de Independencia. La comi- 
sión, pues, se había cumplido, y sido utilizada por el comitente. 
La elocuencia de los hechos lo estaba demostrando. Los buques 
se habían construido y equipado, y sido remitidos por sus co- 
mitentes. ^*^ Esto era lo fundamental de la comisión. Para decir 
si la comisión se había llenado ó no, para autorizarla ó desauto- 
rizarla, no se necesitaba saber cuanto se había gastado. Una 
cosa era independiente de la otra. El honor no dependía de la 
interpretación dada á la cláusula de las instrucciones sobre el 
tanto por ciento ó el premio. Esto no desnaturalizaba la parto 
del cumplimiento de la comisión. La desaprobación de la cuenta 
corriente no afectaba el honor del comisionista. Eso sería sim- 



(1) He recibido de don Manuel Agrnirre dos documentofl Jlrados por don Jo^é Skinner y 
datados en Kneva York uno & 28 de Julio de 1818 por la cantidad de cien mil peso? en 
pago de ochenta mil que dice haber invertido don Manuel de Aguirre en la construcción y 
equipo de la tnghtA Horacio, pagadero á diez días de la llegada de dicha fragata a] puer- 
to de Buenos Aires; y otro & do» de Setiembre de 1818 obligándose á entregar á don Ma- 
Duel de Aguirre ó 4 sus poderhabientes la fragata H^orac/o luego que Bean ;(atisfecha<« las 
letras de cambio Jiradas por el dicho seftor de Aguirre á favor de don Mateo L. Davís, 
importantes la cantidad de sesenta y siete mil quinientos pesos, y para ra«guardo del inte- 
resado Armo el pre<fente en Buenos Aire^ á 5 de Noviembre de 1819.— Fdo. Mioukl Za- 
SiRTÍ'.— (Popefí* d*t la familia de Aguirre). 



36 ALBERTO PALOMBQUB 



plemente cuestión de criterio ó de falta de documentos con que 
justificar una partida. A nadie se le ocurre nunca decir que las 
desínteligencias sobre el quantum de una cuanta corriente im- 
porten afectar el honor, salvo que se alegara que hay falsedad en 
los medios probatorios de los desembolsos hechos. Y aquí Chile 
nunca objetó en tal sentido. Lo único que discutía era que de 
Aguirre debía presentar documentos fehacientes, mientras el co- 
misionista alegaba que no era ese el caso, dado su carácter di- 
plomático y la especialidad de la misión confiada, puesto que las 
instrucciones eran la guia y fundamento á seguirse para resolver 
sobre la cuenta. La diverjencia, además, no versaba sobre el va- 
lor de lo gastado en los buques, sino sobre si uno de ellos se había 
recibido ó no, ó si le era imputable al comisionista el caso de 
fuerza mayor sobrevenido en el puerto de Buenos Aires, después 
de haber sido recibido el Horacio por el mismo ministro Zafiar- 
tú y si debía pagarse el premio y la comisión del tanto por 
ciento. La discusión, pues, en nada afectaba la honorabilidad 
del señor de Aguirre. Tenía derecho á pedir esa declaración. 
Portales y su presidente todo lo olvidaron, agriados, sin duda, 
por lo que de Aguirre ya había dicho en sus escritos al gobierno 
arjentino, bien enérjicos, por cierto, y hasta quizá por los mis- 
mos términos de la resolución del gobierno delegado de Ancho- 
rena, Balcarce y García, que habían sido aceptados por la junta 
de representantes, y así comunicado á Chile por la autoridad 
nacional arjentina al recordarle el cumplimiento de su deber 
para con tan benemérito ciudadano, «que se había sacrificado 
por la causa de la independencia sudamericana». No tuvieron 
en cuenta los servicios hechos ni los sacrificios que fueron su 
consecuencia. Murió el señor de Aguirre sin tener esa satisfac- 
ción, pero en el archivo del ministerio de relaciones esteriores 
se hallaba la nota de honor, de 1822, suscrita por O'Higgins, que 
no quisieron dar los políticos chilenos de 1835. 

ufraMdeO'HiK Sí; allí estaba! Era O'Higgins, quien, aunque 
giM de 1S22, hooitH ^o había dictado una resolución sobre el fondo de 
dei'ii^r dcAcoim! ^^ cuonta Corriente, comprendía que una cosa 

era el honor y otra el dinero: que aquello no se 
discutía ni podía discutirse: que Aguirre era un servidor leal y 
un caballero honesto: que esto estaba sobre todas las cosas. Y, 
por eso, como él tenía fresco el recuerdo del bien y del servicio 
hechos, él, que era el tínico juez conocedor de todo lo sucedido, 
le decía, desde el fondo de su conciencia de guerrero sudameri- 
cano y jefe de una nación libre, que había utilizado aquel buque 
y aquellos servicios: Chile nunca será ingraio con el distinguido 
ciudadano que tan abnegadamente sirvió á la causa de la indepen- 
dencia! 

Poco importaba que Portales lo negara. Ahi estaba la sombra 



EL GOBIERNO ARJENTINO RECONOCE LA DEUDA DB AGUIRRE 87 

deO'Higgins proclamándolo. La memoria de Aguirre quedaba asi 
invulnerada. Y aún asimismo él era tan noble, que le ofrecia al 
gobierno acreedor una transacción amigable y compatible con 
el estado de su erario. Le decia, después de todo esto, en 1 836, 
que «si no podia satisfacer una suma de consideración, de pron- 
to, lo realizara en pequeñas porciones y en distintos y remotos 
periodos, que, como no llevan interés, debe quedar chancelada 
y concluida en tiempo dado». Y aún esperaba, en 1836, la reso- 
lución del consejo de estado! Y, como en 1840 no llegara, pasó 
por lo indicado por Chile, y nombró al sefior encargado de ne- 
gocios de los Estados Unidos, don Ricardo PoUard, para que lo 
representara y sometiera la cuestión á arbitraje! 

Y á los tres años moria, con el consuelo de haber hecho el 
bien, dejando hermosos ejemplos de desinterés y de carácter 
para sus conciudadanos y para, como él decia^ stts inocentes 
hyos. 

Con estos antecedentes, y los que subsiguen, se comprenderá 
ahora lo que se ha espuesto en el presente libro, escrito sin otro 
móvil que el de la verdad histórica, surjente de los sucesos de la 
época y sus documentos ilustrativos, en su mayor parte allá 
guardados, en idioma estranjero. Y se comprenderá también 
porque he creido necesario narrar la vida completa de tan ilus- 
tre ciudadano, después de exhibirlo en el desarrollo de la misión 
que desempeñó en Norte América, y que constituye la parte 
fundamental de esta obra. 



} 



CAPITULO IV 
El lejislador de kgairrt 

Aotuaoión poUtica partidaria. —Voto á favor dol gobernador Dorrogo.— Acontuada 
personalidad política.— Primeree paeoe le|ielativoe.— Violo espíritu port«ilo.— 
Marolia progresiva.— IVeoocliea y la fuerza pdbiioa en les oomlcios.— Úmo do los 
seilores Ooampo y Forrera.- Creación del tribunal do presas.— Opinión sobro 
votos reliiiosos.— Actividad parlamentaria.— Cargos honoríficos confiados por lo 
Junta. 



u actuación poli- Justo 68 quc diga algo respecto á su actuación 
*!SIL '¡r/*í!!¡ÍL*'** política. Vinculado á sus amigos, desde los oríje- 

nes de la independencia, no los abandonó mas 
tarde en el desenvolvimiento de los sucesos. Con ellos sufrió en 
todas las vicisitudes de nuestra incipiente democracia, sin dejar 
de conservar su independencia de criterio. Fué así que, no obs- 
tante su parentesco con el ilustre varón don Juan Martín de 
Pueyrredón, á quien, como se ha visto, no le escatimó sus servi- 
cios en la arriesgada empresa de 1817, se le vio, más tarde, al 
lado de San Martín, Anchorena, Viamonte y Balcarce, envuelto 
en todos los dolorosos sacudimientos por que atravesó la políti- 
ca difícil de esos tiempos. De unos y otros, de Rivadavia, como 
de Dorrego, como de Las Heras, como de Viamonte, recibió 
nombramientos honoríficos. Su elevado criterio no sufrió eclipse 
en esos días tormentosos. Supo mantenerse á la altura de sus 
sentimientos. Pudo incurrir en errores, según el punto de vista 
que se adopte para juzgar aquellos huracanes desencadenados, 
pero nunca injusticias. El pueblo así lo comprendió, cuando, 
andando los años, premió sus virtudes, llevándolo al asiento de 
representante en la junta de la provincia de Buenos Aires, por 
la hoy capital de la República. No defraudó, como se verá, las 
esperanzas en él cifradas. 

Voto á favor del Cuaudo cl momonto llegó, dio su voto para 
p^?íoUÍLad^.'''' gobernador, con tranquilo juicio, por el señor 

coronel don Manuel Dorrego. Ese voto es un mo- 
delo de sentimiento elevado. Él había visto á Dorrego en el os- 
tracismo, llevando una conducta honorable, y lo sabía un hom- 



EL LBJISLADOR AOUIRRE 39 



bre de hogar. No dudó, por un momento, de que sería un 
gobernante digno del elevado cargo. ^"^ 

Pcnonaiidad p^i- La personalidad del señor Aguirre se había 
tica en 1827. desarrollado ampliamente en 1827. Había su- 

frido persecusiones en 1824, siendo desterrado. Esto, como es 
natural, lo había hecho destacar. Sus contemporáneos no ig- 
noraban sus servicios á la causa de la independencia. Él ha- 
bla corrido la suerte de los hombres de su época. Allá, en esos 
días tormentosos, había estado, junto con Chiclana y otros, en 
medio de la plaza Victoria, jugando su vida, ó, como él lo de- 
cía más tarde, cuando la viuda de Chiclana se presentaba á 
la lejislatura pidiendo una pensión, espuesto á que le corta- 
ran el pescuezo. Se había, pues, confundido con los prohom- 
bres de aquel gran acontecimiento político, y abierto su inte- 
lijencia á nuevos horizontes, al nutrir su espíritu con ideas 
elevadas en aquellos sus viajes á Norte América y á Ingla- 
terra. Por eso sus paisanos no lo olvidaron, y, cuando la oca- 
sión llegó, le dieron sus sufrajios para que los representara 
en la junta de representantes de la Provincia de Buenos Ai- 
res, donde haría un airoso y democrático papel. Allí fué á 
confundirse con sus amigos Juan Ramón Balcarce y Juan José 
Viamonte, en 1827. 



(1) Dice López: Merece mención en ettte acto el voto del señor don Manuel H. Agnirre, 
sujeto de posición social. (Debo advertir qne en el Diario de Sesiones de la H. J. de RR« 
no existe sem^ante voto aqní citado por el doctor López): «Señor Presidente: El indivi- 
duo por quien e0toy determinado á votar para el gobierno de mi pais y que nombraré 
dei^pués, es nn militar probado, que ha hecho servicios distinguidos á la i>aferia; es un 
ciudadano honrado, qne ha defendido los derechos é intereses de la provincia con el celo, 
enerjia y dignidad que le es debido y con el suceso que hemos visto: es nn padre de fa- 
milia que llena sus deberes de acuerdo con los principios de moralidad que deben gober- 
nar á toda sociedad bien arreglada. Pero, te do esto no seria bastante para preferir á ese 
ciudadano á otros de igual mérito que existen en el país. Lo que me impulsa á decidirme 
por él, es la experiencia que he adquirido de que es imposible gobernar bien i los hombres 
fin haber cursado antes en la escuela de la adversidad y del infortunio: que el que no ha 
conocido sino la prosperidad (por mát ilustración tedriea que se le reconozca) es inso- 
lente, inaccesible y duro con los desgraciados é incapaz de buen gobierno. Bn ella lo he 
conocido y clasiñcado de hombre fuerte, que sabe sobreponerse A la condición de un 
hombre desgraciado, abandonado á la piedad y & la compasión de unos estranjeros que lo 
apreciaron cuando reconocieron su mérito. En ella ha aprendido él la verdadera sabiduría, 
que consiste en saber sufrir y abstenerse, en la moderación y prudencia, con que ál Ka 
visto gobernar d lo$ hombre» en el lugar de su a<«ilo, y él modo práctico de hacerlos felices. 
Por todos estos motivos doy mi voto por el ciudadado don Manuel Dorrego». (Historia 
Arjmtina, tomo 10, piO* 88S). 

El coronel Dorrego le nombró ministro de hacienda, pero él no aceptó, «fundado en el 
mal estado de las finanzas, para las cuales se necesitaba un hombre bien preparado, y en 
que él no lo estaba». La renuncia está publicada en El Constitucional del 88 de agosto de 
18S7. A esta renuncia, como se verá, él haría referencia, cuando Balcarce, en 1838, lo nom- 
brara, á su vez, ministro de hacienda. 



40 ALBBRTO PALOMEQUE 



PrímcnM patM le- Desde SU entrada no cesaría de ocuparse de 
jisiativot en H27. ¡Qg intoreses públicos, utilizándose, por sus com- 
pañeros, los conocimientos y la preparación adquiridos. Por 
eso, á su ingreso, ya se le vé, en unión de Echevarría y Arana.^ 
nombrado para formar psu'te de la comisión encargada de re- 
dactar la minuta de comunicación á dirijirse á las demás pro- 
vincias avisando el restablecimiento de la nueva junta de re- 
presentantes. <^) Su influencia se siente, desde luego, cuando se 
le ve presentando el proyecto que declara removidos á los dif 
putados de la provincia de Buenos Aires del soberano congreso, 
según él, titulado General Constituyente. La espresión fuerte, 
hiriente é inadecuada, de titulado, tvyxio natural de su pasión y 
de sus convicciones, como que había combatido lo que el doc- 
tor López llama «aventura presidencial» de Rivadavia, fué su- 
primida, al sancionarse el proyecto, en la sesión respectiva. ^*^ 
Era tan firme su criterio al respecto, que, cuando se discutía el 
punto referente á la declaración de que la provincia no reco- 
nocía la sanción espedida por el congreso en '18 del comente 
(en la sesión del 28 de Agosto de 1827), volvía á emplear esa es- 
presión de titulado asi, por más que fuera nuevamente recha- 
zada por sus amigos de causa. 

Viejo espirita por- No podía Conformarse con la actitud que en 
*«**• ese congreso habían asumido sus comprovincia- 

nos. Era una idea arraigada en él. Creía que debía castigarse á 
los q ue habían contribuido á la capitalización de Buenos Aires. 
En ese sentido, se presentaba como el jenuino representante del 
viejo espíritu porteño. No transaba al respecto, por lo que pre- 
sentaba su proyecto tendiente á que «los que promovieron y 
cooperaron á la infracción de la ley fundamental; los que acor- 
daron y decretaron la disolución, partición y división de la pro- 
vincia quedaran privados de los votos activo y pasivo hasta 
tanto justificaran que habían obrado de acuerdo con la voluntad 
y derechos de la provincia que representaban.» Y esto, que hoy 
nos parece absurdo y sorprendente, tenía, sin embargo, tal 
asidero en los espíritus de entonces, que le hacía decir, enérji- 
camen te, al autor del proyecto, al fundarlo, que por su «parte 
protestaba á los SS. RR. que el dia que viera á su lado en esa 
honorable representación, á cualquiera de los que abiertamente 
se habían declarado en contra de los derechos é intereses de la 
provincia, sin haberse purificado y justificado ante ella misma, 
abandonaría este puesto que creo ahora ocupar con honor, por- 
que me consideraría impropiamente confundido alternando, con 



(1) Sesión del 12 de agosto de 1887. 
(8) Sesión del 17 de agosto de 1887. 



.« *. 



EL LBJI8LADOR DE AGUIRRE 41 

los que, en mi opinión, no son acreedores á la confianza pú- 
blica.» f^^ 

Y así fué resuelto por la honorable sala, respondiendo á la 
idea predominante; mientras utilizaba los vastos conocimientos 
comerciales del distinguido ciudadano, llevándolo á la presi- 
dencia de la junta de crédito público, en unión del señor don 
Bernabé Escalada, como vicepresidente. ^*^ Era que día á día 
se acentuaba su personalidad, adquiriendo los prestijios que 
surjen del carácter, virtudes y competencia. El iría, paso á paso, 
en el sendero de la vida pública, conquistando los puestos con 
tranquilidad de ánimo, sin precipitarse, sin más propósito que 
servir el bien^ dejándolos luego cuando su conciencia asi se lo 
impusiera. No quería el puesto por el puesto mismo, sino por 
todo lo que desde él podía realizarse en obsequio á la sociedad 
en que vivía. Dentro de su independencia de carácter, serviría, 
como es natural, las tendencias políticas que más se amoldaran 
á su criterio y al ambiente en que se había criado. Sabía que 
en más de un caso había que transar con las preocupaciones de 
la colectividad política. Soportaba esa imposición, surjente de 
los sucesos, para quien actúa dentro de una fracción. Es 
sabido que por este propio hecho el partidario se enajena una 
parte de la libertad de pensar y de actuar, de acuerdo con 
la ley de las mayorías avasalladoras. Pero, nunca se le vio 
en el camino de las aberraciones y de los atentados. Fué un 
procer de la independencia, que nunca traicionó los princi- 
pios liberales que contribuyó á defender en los albores de la 
revolución de mayo y que robusteció cuando los vio practicar 
allá en Norte América é Inglaterra. 

EigeacrAi Ncco- Por eso, partidario decidido de la libertad, sos- 
chea y la tuerza p6- tenía, CU el caso del general Necochea, discutido 

•iMtwaiJr ***** ^^ ^^ ^^^^ ^^® durante las elecciones la fuerza 

pública no tenía otro local que el de los cuarte- 
les, como lo había visto en Inglaterra; que así solamente se ga- 
rantía el suft-ajio; que la misión del poder público era conser- 
var el orden, pero no ostentar la fuerza para violentar la 
conciencia del elector. Y esta sana doctrina fué la que prevale- 
ció en la sesión de la sala donde se discutió el punto constitu- 
cional. (*^ 

Q caM d€ loa le- El personaje, como se vé, utilizaba, cuando el 
iorct ocampo y Fe- ^aso llegaba, las sabias lecciones de la esperien- 
"*"■ cia. No había sido estéril su viaje á Inglaterra, 

por lo que ahora había tenido oportunidad de aplicar esas lec- 



(1) Sesión del 89 de agosto de 18S7. En El Conttitueional del 6 de de setiembre de 1828 
se ataca este proyecto del seflor de Agolrre. 
(9) Sesión del V* de setiembre de 1897. 
(8) Sesión y ley de fecha 16 de setiembre de 1897. 



42 ALBERTO PALOMBQUB 



ciones en nombre de la libertad electoral, Y, respondiendo Á 
ese mismo criterio liberal, asi fué su actitud en el incidente de 
los señores Gabriel Ocampo y José María Perrera (setiembre de 
1827), ciudadanos remitidos arrestados á Buenos Aires, por el 
señor general Lavalleja, desde la Banda Oriental. Creyó, y asi 
lo espresó, que la autoridad jurisdiccional érala del lugar del 
suceso, por lo que el parlamento nada tenía que hacer en el in- 
cidente que el gobierno sometía & su resolución. ^^^ 

Creación del tribu- No permaneció inactivo en su tarea lejislatí- 
nal de presas. y^^ q^Q ^^^^ g^fg afios, cemenzada en 1827, es 

decir, á los 42 años de edad. Es verdad que no la abandonaría 
sino daspués de esos seis años consecutivos, para ir á desempe- 
ñar las altas funciones de ministro de hacienda, puesto que sólo 
retendría durante breves días, por así aconsejárselo su espíritu 
práctico, en presencia de los graves acontecimientos que se de- 
sarrollaron por aquel entonces, reveladores del gobierno de 
fuerza que se desencadenaba sobre el país. Su actividad le lle- 
vaba á estudiar las necesidades que él palpaba. De ahí que, 
habiendo observado, en la práctica, la necesidad de la creación 
de un tribunal de presas que correspondiera á la nación, pre- 
sentara su proyecto facultando al gobierno de la provincia para 
que por su parte lo nombrara; lo cual no fué, por el momento, 
comprendido, y, por consiguiente, la idea repudiada, puede de- 
cirse que sin estudiarla. í^^ El tiempo se encargaría de demos- 
trar su necesidad, yendo el mismo señor de Aguirre á formar 
parte de la comisión llamada á entender en las cuestiones pro- 
vocadas por la actitud de los corsarios. í*^ 

Opinión sobre vo- Y era aquel espíritu liberal el que, cuando se 
tos reiuiosos. discutía el proyecto de las monjas catalinas, le 

hacía decir que creía que se había estado tratando fuera de 
principios. í*) «No es el número, decía, de 10, 20 ó 30 el que yo 
creo han tenido presente los señores diputados para oponerse al 
aumento, sino los principios; y sobre esto no se ha dicho nada. 
El primer principio que creo está atacado aquí, es el de la liber- 
tad. Yo entiendo por libertad el derecho de poder hacer lo que 
no ofenda al derecho del hombre. El otro principio es el que los 
conventos no son la relijión; puede haber relijión católica, apos- 
tólica, romana, en el país, sin que haya conventos. Y el otro, 
que en un país despoblado como es este, en que hay para im 



(1) Sesión de setiembre de 1887. 

(2) Sesión del 2 de noviembre de 1827. Para mayor ilastracióu del punto recuerdo el 
decreto de 20 de abril de 1826. 

(3) Véase la foja de servidos de Agairre en el Apétidice. 

(4) La ley de 24 de diciembre de 1822 solo permitía, por su art. 25, SO monjas cataUnas. 
Ahora queria elevarse á 40. 



BL LEJIBLADOR I>E AGUIRRE 43 



habitante una legua cuadrada, todo establecimiento que proteja 
el celibato es antipolítico. Estos son los tres principios que yo 
he tenido en vista y he aducido en la sesión anterior para opo- 
nerme al aumento del número de monjas. Por lo que respecta á 
la comparación que acaba de hacer el señor diputado, del ma- 
trimonio con la profesión de las monjas, yo diré que hay más li- 
bertad y más medios de poder remediar cualquier mal que haya 
en el matrimonio, que no en el monasterio; porque en el monas- 
terís no hay más remedio ni más arbitrio que sufrir ó morir ó 
volverse loco. Pero, lo principal es la capacidad de esas nifías 
para hacer esos votos, porque son menores de edad, y no saben 
lo que hacen; por lo que ni la ley civil les permite votos en los 
juicios. A la verdad, es lo más horroroso que pueda permitirse 
en un país civilizado el que una niña de esa edad entre á hacer 
unos votos que no sabe si podrá cumplirlos ó no. Por tanto, mi 
parecer es que el número de monjas sea el de antes, y no se 
haga novedad.» Ya había dicho en la sesión á que se refirió en 
estas palabras, que eso era «bueno para el sistema colonial, 
pero en nuestro sistema me parece que atacan radicalmente la 
prosperidad y felicidad del país.» No entraba á discutir los mo- 
tivos relijiosos. Él se inspiraba en «motivos de alta política,» 
porque primero era la conservación de la sociedad; mucho más^ 
volvía á decir, desde que se puede tener relijión sin que haya 
conventos, como sucede en otras partes. ^*) 

Actividad parla- La actividad desplegada en esta primera época 
mcataria. ¿q gu yiQa parlamentaria se revela por su inter- 

vención en los asuntos relacionados con la fiscalización del es- 
tado del ¡banco, enñteusis de las tierras públicas, reglamenta- 
ción de los panaderos y multas á imponérseles, emisión de 
billetes, elección de miembros del crédito público, empréstito de 
dos millones y libertad de imprenta. ^^^ Y era después de todos 
estos esfuerzos meritorios, que, al clausurarse la 6.* lejislatura, 
se le nombraba miembro de la comisión permanente, compues- 
ta ésta de los señores don Juan José Viamonte y don Tomás Ma- 
nuel Anchorena; (sesión del 12 de mayo de 1828.) 

No se debilitaban sus facultades enérjicas, y así se le veía es- 
tudiar el importante asunto del derecho de petición, ^'^ que solo 
reservaba para los nacidos ó avecindados en la provincia^ como 
si previera que este derecho, comprendido dentro de los princi- 
pios democráticos á que tan alto culto rendía, algún día sería 
causa de disturbios y de escándalos, allá por 1833, que lo pu- 



(1) Sesiones del 8 y 5 de noviembre de 18S7. 

W Sesiones del 15 de enero, 16 y 82 de febrero, 8, 89 y 31 de marzo, 1 de abril y 8 y 6 
de mayo de 1888. 
(3) Sesión del 16 de Junio de 1888. 



44 ALBERTO PALOMEQUB 



síeran á él, especialmente, en el caso de abandonar el alto pues- 
ta de ministro de hacienda, á que llegaría, conquistado por sus 
innúmeros afanes, ó, como se le dijo entonces: ^por sus Imce^, «» 
probidad y patríotufmo.* Esto se lo diría su compañero de luchas 
por la independencia, el general don Juan Ramón Balcaree, go- 
bernador entonces, obligándolo á compartir con él, tareas y res- 
ponsabilidades históricas. 

Cargos bonorificM Se iba destucaudo y acentuando su persona, 
qnciajnataiccMfia. Q^^ra de SU prudencia y bondad, por lo que la 
junta de representantes seguía utilizando sus cualidades. Al 
efecto lo colocaba al frente de la administración del crédito pú- 
blico, por reiteradas veces, en 1830, 1831 y 1832, confiriéndole, 
además, el delicado cargo de confianza de investigar el estado 
y situación de la máquina del banco. Así se esplicaba que se 
le honrara, una vez más, con el elevado puesto de vicepresi- 
dente 2^ de la sala á que consagraba sus desvelos ^^\ tocándole 
en suerte presidir el acto en que el gobierno delegado de los se- 
ñores Anchorena, Balcarce y García rindiera cuenta de su jes- 
tión gubernamental en esa época difícil. Y en s^uida alcan- 
zaba, por su bon savoir faire, la designación del cargo honorífico 
de vice-presidente 1®. ^*^ 

Y habría llegado al de presidente, si los sucesos no lo hubie- 
ran arrancado, en 1833, del asiento de lejislador para colocarlo 
en el sillón del secretario de estado. í*^ En este momento forma- 
ba parte de la comisión de hacienda, en la que ilustraba los 
asuntos comerciales, económicos y financieros^ muy especial- 
mente los relacionados con el banco. 

Sin embargo, ya iba sintiéndose cansado, deseoso, por otra 
parte, de cuidar sus intereses particulares, bastante descuida- 
dos después de una consagración constante á la cosa pública, 
desde 1817, especialmente, en adelante. Y de ahí que, cuando 
sus conciudadanos lo reelijieron, por cuarta vez, para la sala 
de representantes, por las Conchas, San Femando y San Isidro, 
se sintió dispuesto á renunciar el cargo, porque, entre otras ra- 
zones, tenía la «ciencia cierta* de que sus negocios particulares 
reclamarían sus atenciones preferentes. í*^ 



(1) Sesiones del ii de mayo, 6 de octubre de 1880, 17 y 80 de mayo de 1831 y 18 de mayo 
de 1832. 
(9) Sesión del 7 de mayo de 188)}. 

(3) Sesión del 13 de setiembre de 1838. 

(4) Sesión del 94 de mayo de 1838. 



CAPÍTULO V 
El motin militar de Uvaile.— Ultraje al pabellón nacional 

Ettranltrot %n IM mlllolas urbanas.— Protttta dtl eapiian tfa la •mbareaoióa laf I«m 
la aiaaey.—RttpttMtaiItl nlRittra á% Lyoa.— La arrogaaola Ingltaa y la actitud 
serena dtl fobarnants.— Sltnaoión creada á raíz del motín militar de 1828.<-EI 
f oblarno revolucionarla y el senrleio de los estran)eroe.— Pretoeta de los repre- 
sentantes de Norte América é Inflaterra.— Actitud del cónsul francés.— Determi- 
naciones esternas é internas del gobierno revoiucionario.— Los «sálvalos y ban- 
didos» que derretaron á Rauch.— Nota al doctor Gil, on Londres.— Enerjía del 
seilor Mendeville.— Carestía de la vida en Buenos Aires.— Atentado en plena no- 
che, realizado pw el marino vizconde Venancourt.- Convenio hecho con Venan- 
court por intermedio del general Frencisco de la Cruz.— Intervencién del seilor 
D. Juan A. Qelly y patriética actitud de loe hermanos Anchorena.— Espllcaclones 
exi|idas por el vizconde Venancourt.- La fuerza bruta Imponiéndose.— Una doble 
nota.— Mediación ofrecida por el gobierno de Hontevideo.— Consulta al conseio 
de gobierao.— Comunicación del doctor del Carril al doctor Gil, en Londres.— 
Relaciones con el gobierno del Uruguay.— Los servidores estranjeros hechos ciu- 
dadanos.— Viamonte iodo)a sin efecto al asumir si mando.— Reciamacicn diplo- 
mática del doctor del Carril.— Parte de la capitanía del puerto sobre el ataque á 
ios buques argentinos.— Nota del doctor del Carril al color Larrea, representante 
«ad-hoc» en Francia.— La nueva sltuacién de 1829.— Relaciones reanudadas con 
Hondoviile.- Enér|ica y patriótica actitud del general Guido. 



lm Mtre^lercc en (^) En 10 de abril de 1821 la junta de repre- 
iM niiidii arbMM, sentantes resolvió que todo estranjero duefto de 
¡Sísi.'* ^*^ ^*' tienda, pulpería ó almacén de abasto al menu- 
deo, propietario de algunos bienes raíces, ó 
que ejerciera algún arte ú oficio, negociantes por mayor que 
tuvieran establecida casa de comercio, incluso sus dependien- 



(1) Para darra cuenta del episodio que aquí se narra, conviene tener pre<«ente lo qne 
ptBo á esponer. LAvalle acababa de saber la derrota de Raucb. acaecida en las Vieeaehe- 
ra$, donde había muerto tan afamado guerrero. El general Paz dice que en Desmochados, 
el día 8 de abril, punto de reunión con La valle, éste supo la noticia. (Pas, Memoria»^ to- 
mo 2, p4j> 81). Los vencedores íe habían venido sobre la ciudad. Los hombres de La- 
valle acusaron entonces las pasiones contra el caudillaje qne naturalmente se levantaba, 
entre el cual sobrepalian los tipos de Miranda y Molina. El primero había sido el vence- 
dor de Ranch; el segundo habia sido vencido por Suarea, en Palmitaí. Contra estos ele> 
mentos «salvajes, hordas de indios», como los llamaban los del círculo revolucionario de 
Lavalle, se armaron los estraqjeros, para preservar sus jiersonas y sus bienes. Se formó 
el batallón Amigos del arden y se peleó en las azoteas de los suburbios de la ciudad. Al- 
gunos eatrai^eros murieron y se les hicieron entierros llenos de ostentación, habiendo ha- 
blado, en este acto, el mismo sefior Gallardo, Jefe de esa fuerza armada. T fué en estos 
momentos, y con e.«ta ocasión, que se desarrollaron los í^ucesos que motivan el prestente 



4tí ALBERTO PALO MEQUE 



tes, en fin, todo estranjero en general, sea cual fuere su ocu- 
pación ó ejercicio, siempre que tuviera dos años de residen- 
cia continua en el país, estaban obligados á alistarse en los 
cuerpos de sus milicias y sujetos en lo sucesivo á todas las 
cargas que sufrieran los ciudadanos de su clase. ^^^ Decía asi- 
mismo que quedaban obligados los estranjeros transeúntes á 
prestar aquellos servicios que el gobierno considerase abso- 
lutamente necesarios para salvar el conflicto y la inminencia 
del riesgo de que se hallaba amagado el territorio, sin per- 
der de vista las consideraciones á que por su clase eran acree- 
dores, y mucho menos las que demandaba el interés del país. 

Protesta del capí- Esta ley estaba llamada á ser un tema de dis- 
tan de u embarca- cusióu constauto entre las autoridad arjentína y 
cMiiiaciesata«8taii- j^^ representantes de las naciones estrañas, hasta 

el punto de llegarse á las vias de hecho. Apenas 
la había promulgado el señor gobernador don Martin Rodríguez, 
cuando el capitán de la embarcación de guerra inglesa, al 
frente de Buenos Aires, la corbeta Slancy, la observó, en una 
conferencia verbal que celebró con el señor secretario de es- 
tado don Juan Manuel de Luca, que reiteró, en seguida, por 
medio de nota fecha 16 del mismo mes y año citados. El 
ministro, que ya había adoptado una resolución, con motivo 
de aquella conferencia, se limitó, cuando recibió la nota pro- 
testa, á poner en conocimiento del señor comandante inglés el 
decreto ya tirado, aprovechando la ocasión para desconocerle 
toda personería mientras no acreditara que la que tenía de 
S. M. B. le autorizaba bastantemente para aparecer en el ca- 
rácter público que tomaba en ese negocio ó en los que pudie- 
ran ofrecerse en adelante de la misma naturaleza con relación 
al gobierno de quien dependía. í^> La resolución que por dicha 
nota se ponía en conocimiento del comandante británico, era 
hábil^ diplomática, conciliadora, para aquellos tiempos iniciales 
de nuestra vida internacional, y en época en que aún la In- 
glaterra no se había resuelto á reconocer la independencia, lo 
que recién hizo en 1825, ni á nombrar cónsules ó ajentes co- 



estudio. Por lo demás, recomiendo á los lectores el capítulo VI, tomo 10, de ia HUtoria 
de la R^ública Arjefitina, por el doctor don Vicente Fidel López, y las sesadas considera- 
ciones del sefior don Pablo Gronssnc, pnblicadas en las pdjinas 51 & 66 del tomo 9.^ de 
l[08 Anales de la Biblioteca, en las que hace resaltar algunos errore» del propio doctor Ló- 
pez y del laborioso doctor don Adolfo Saldia$<i. Por mi parte, como se verá, rectifico tam- 
bién algunos errores de detalle en que incurren los señores López y Zinny. Este biblió- 
filo se ocupa del suceso en su obra Historia de los Oobemadores. 

(1) Esta ley no se encuentra en el Bc^istro Oficial de la Nación ni en la colección de 
Prado y Rojas, pero si en la colección de Ángel Is, tomo 1, páj. 157. El doctor Saldiaü 
la cita equivocadamente en el tomo 8, páj. 4. Dice i de abril, en vez de 10 de abril. 

(2) Nota fecha 17 de abril de 1821. Copiador de notas. N.° 5, pajs. 5 vta. y tí. Archivo 
del Ministerio de Relaciones Exteriores. 



BL MOtIn militar I)B lavalle 47 



merciales, los que recién mandó en 1824; limitándose, por la 
situación especial en que aún se hallaba con España^ á con- 
servar representantes de armada naval, que se consideraban 
autorizados, como en el caso, para asumir una personería di- 
plomática, que, con razón, se le desconocía, ó para celebrar 
tratados de comercio con el caudillo don José G. Artigas. 

Rflip«ctto áei mi- El softor de Luca le hacía presente que el 
■MrodcLuM. docrcto de 1821 no comprendía sino á los es- 

tranjeros de arraigo en el país, ó de algún modo establecidos 
en él, en cuyo caso no podía dudarse de su exacta conformi- 
dad con todos los principios del derecho público, adoptados 
universalmente por las naciones cultas. Por eso sostenía que 
no podía hacerse lugar á la escepción, que, según la esposi- 
ción verbal del comandante de las fuerzas navales de S. M. B., 
reclamaban algunos individuos de aquella nación; los cuales, 
si eran de la clase (lo que el gobierno ignoraba por cuanto el 
espresado comandante no había hecho la manifestación que 
correspondía de sus nombres) que con toda claridad se pun- 
tualizaban en los tres primeros artículos de la ley citada, 
estarían, como los individuos de otras naciones, sujetos á cuanto 
en ella se establecía. Esta actitud no obstaba para que el go- 
bierno declarara que ctendría con los negociantes por mayor 
establecidos en el país, por solas las atenciones y resultas de 
sus negocios, en orden al alistamiento en la milicia, todas las 
consideraciones posibles.» Y, como esos señores hubieran ma- 
nifestado su proyecto «de dejar el país antes que sujetarse á las 
reglas que establece el gobierno bajo cuya protección viven,» 
el seftor ministro de Luca decía que «pueden hacerlo como 
hasta aquí, libremente, y sin esperar á que se les señale término 
para redondear y concluir sus negocios, pues podrán tomarse 
todo el que gusten, no olvidándose que deberán, mientras sub- 
sistan en el país, observar puntualmente cuanto en el articulo 
6.** se ordena, del mismo modo que todas las leyes y regla- 
mentos que actualmente rijcn ó que puedan establecerse en lo 
sucesivo.» Y esta resolución, para conocimiento de los intere- 
sados, se mandó publicar en la Gaceta^ comunicándose al mi- 
nisterio de la guerra para los efectos consiguientes. Pero, como 
el gobernador Rodríguez y su ministro de Luca no querían 
tomar sobre sí las responsabilidades de lo que pudiera sobre- 
venir, sobre todo en aquellos tiempos tan difíciles, en que la 
fuerza brutUy como entonces se decía, se revelaba instantánea- 
mente para resolver problemas graves, hé aquí que aspiraron 
á que la junta de representantes de Buenos Aires, que había 
dictado la ley, ó el decreto, como decía el gobierno, compartiera 
los albures de la jornada que así se iniciaba. En su consecuen- 
cia, le enviaban todos los antecedentes para que quisiera resol- 



48 ALBBRTO PALOMBQUB 



ver y comunicarles lo que creyera más conveniente y con la 
brevedad que exijía su misma delicadeza. Entre esos SLutece- 
dentes iba, decía, «el documento núm. 1, que es una copia de 
la que sin autorización alguna puso en sus manos el día 12 del 
corriente, el capitán del buque de guerra de S. M. B. que se 
haya anclado en las balizas esteriores, llamándola reclamo de 
49 individuos de los negociantes ingleses en este país, para 
no ser comprendidos en el decreto de V. E. del diez del pre- 
sente.» ^^^ 

ArrocMcia lacle- El Comandante inglés no podía conformarse 
M y actitfld Mreaa (.q^ ^al resolución. La natural arrogancia de 
del goberaaate. ^qq oriundos de CSC país, Omnipotente en el mun- 
do, y muy en especial en el mar, después de sus triunfos sobre 
Napoleón, se sintió herida, mucho más si se consideraba la de- 
bilidad de la nación que así se atrevía á desconocer su perso- 
nería y á oponerse á sus pretensiones. Creyó que la frase vio- 
lenta podría subsanar su falta de derecho^ y, sin mayor medi- 
tación, viendo el silencio que durante quince días guardaba el 
gobierno, no accediendo á su exijencias, se dirijió nuevamente 
al señor gobernador Rodríguez, en términos fuertes, y amena- 
zando publicar su libelo. El gobierno no perdió la cabeza^ por- 
que se daba cuenta de su situación, que es la que, á tenerlo 
siempre presente, nos indica el verdadero camino que debemos 
adoptar en los trances difíciles de la vida. Como en la nota del 
señor comandante británico se dijera que sus deseos eran con- 
servar la buena intelijencia y armonía que había existido fe- 
lizmente entre su gobierno y estos países^ el señor ministro de 
Luca le recordaba que ellos estaban en oposición con el lengua- 
je y medios que había adoptado últimamente. De aquí la sor- 
presa con que había mirado las notas que el señor comandante 
le había dirijido, ambas con fecha 2 de mayo de 1821. Le re- 
cordaba que no había acreditado, como se le tenía exijido, ha- 
llarse completamente autorizado por su gobierno para reclamar 
ó representar en términos oftciales sobre asuntos en que pudie- 
ran versarse intereses de ambas naciones, insistiendo en 
aparecer con el carácter público que hasta entonces no había 
acreditado. Le manifestaba igualmente que, «en la relación que 
hacía de las conferencias privadas á que S. E. había accedido 
por un efecto de sus sentimientos pacíficos, el espresado co- 
mandante ofendía sus respetos con desfigurar cuanto entonces 
aconteció, y con exijír su consentimiento para publicarla en 
semejantes términos.» 

Ahora bien, como el medio empleado por el señor coman- 
dante no era el más apropósito para evitar se alterara en ma- 



(1) Mensaje fecha 17 de abril de 1821. Libro coi)iador citado, pajina 6 y 6 Tta. 



EL MOTÍN MILITAR DE LA VALLE 49 

ñera alguna la armonía subsistente entre ambos países, el go- 
bierno deseaba, le decía, «que pendiente la justificación que se 
le ha exijido en la forma correspondiente, escuse de represen- 
tarle sobre otros asuntos quo no sean los que le pertenezcan 
como oficial de la marina inglesa, ó como comandante de uno 
de sus buques, mas siempre en la forma y con la circunspección 
que reclama esa misma armonía y buena intelijencia subsisten- 
tes.» Por lo demás, le devolvía oríjinal su relación (por cuyo 
motivo no me es posible citarla in extenso, por no haber que- 
dado copia alguna), para que, si quería, la publicara el seftor 
comandante, «de acuerdo con la ley de imprenta, guardando 
las formas y el orden que las leyes prescribían.» Por su parte, 
el señor de Luca se reservaba el derecho de que «sus papeles 
ilustraran al público sobre la verdad de unos hechos que juz- 
gaba adulterados en términos nada propios.» ^^^ 

Y así terminó este primer incidente, dando cuenta el seftor 
comandante de las medidas que había adoptado respecto de las 
propiedades de los vasallos de S. M. B. que sucesivamente se 
dirijieran á estos puertos; á lo que el gobierno le decía, que, 
«respecto á haberlo dispuesto así, y realizado en consecuencia 
de la sola representación de los comerciantes que dice habérse- 
le elevado, no está en el arbitrio de S. Exa. el remediarlo.» f*^ 

Y, á los pocos días el ministro de Luca invitaba al señor co- 
mandante y oficialidad de la corbeta inglesa á la función de 
iglesia que debía CQlebrarse el 25 de mayo en memoria de nues- 
tra rejeneración política, decía la nota respectiva; para que 
concurriera á la fortaleza á las 10 a. m. para acompañar á S. E. 
en unión de todas las corporaciones de esta ciudad. ^^> Y así lo 
hicieron, no dándole al asunto mayor andamiento ni trascen- 
dencia. 

Esta doctrina era la tradición lejíslativa de la época revolu- 
cionaria de mayo. Basta para ello recordar el bando del direc- 
tor provisional del estado, de fecha 30 de mayo de 1815, suscrito 
por Ignacio Alvarez Thomas y don Tomás Guido (Rejistro Nacio- 
nal, tomo I, páj. 328), por el que se llamaba al servicio de las 
armas á todos los habitantes del estado nacidos en América y 
todo estranjero con domicilio de más de cuatro años. Rosas la 
mantendría, después de los sucesos que aquí se narran, obligan- 
do á los estranjeros al servicio miliciano; siendo luego dero- 
gado, como una de las primeras medidas adoptadas por el gobier- 
no que surjió de Caseros. (Puede verse á este último respecto, 
á Zínny, Historia de los góbernadoresj páj. 247, in fine, y 248). 



(1) Nota feeha 4 de mayo de 1881, copiador citado, pinina 7 vt. y 8. 

(2) Nota de fecha 6 de mayo de 1881, copiador citado, pi^. 8 vta. 
(S) Nota de 84 de mayo de 1881, copiador citado, pAlina 8 vta. 



50 ALBERTO PALOMEQUB 



smiAcMo crciMia á Pasaii los años y se producen los sucesos 
raiz del nHrtfn «III* volucionarios de diciembre de 1828. Cae Do- 
tar de 1828. j.^^^ fusilado el 13 de diciembre de 1828, en 
Navarro, y Lavalle, como gobierno provisorio de la provincia^ 
nombra secretario general del despacho al doctor don José Mi- 
guel Díaz Velez (diciembre 3 de 1828). Brown queda luego como 
gobierno delegado, mientras Lavalle sale á campafia; teniendo 
como ministros á Velez y al general Paz. Éste, á su vez, aban- 
dona la capital, por lo que Díaz Velez vuelve al desempeflo de 
sus funciones de ministro general (marzo 14 de 1829), mientras 
el general don Martín Rodríguez es nombrado comandante ge- 
neral de armas en todo el territorio de la provincia. A los pocos 
días asume el mando de gobernador provisorio, ó delegado^ 
como dice el decreto, el mismo general Rodríguez, quien orga- 
niza su ministerio con los señores Salvador María del Carril, 
Carlos María de Alvear <^^ y José Miguel Díaz Velez, para las 
carteras de gobierno y relaciones esteriores, el primero; para 
las de guerra y marina el segundo; y para la de hacienda el últi- 
mo (4 de mayo de 1829). Es entonces que aparece en el depar- 
tamento de relaciones esteriores al lado del doctor del Carril, 
el doctor don Florencio Várela, en el carácter de oficial mayor 
(9 de mayo de 1829), personalidad que tanto influiría en los 
destinos internacionales del Río de la Plata. Ella no seria aje- 
na, quizá, á los consejos y determinaciones adoptadas en el 
suceso grave que paso é referir. He creído conveniente recor- 
dar lo espuesto para que se sepa quienes actuaron en el inci- 
dente que comenzó en abril de 1829, para terminar en junio del 
mismo aflo, como va á verse. 

El gobierno rcvo- Dc acucrdo con la ley de 10 de abril de 1821^ 
ittcioaario llama al el gobicmo revolucionario de 1828 tiró un de- 

íuTl^i* ^^í ^^®*^ ®1 I"" ^^ »*>"1 ^® 1820, complementario de 
rot. Protesta del re otro de fccha anterior, ^^> creando el batallón 
pretentante de Norte Amigos del Orden y llamando al servicio de las 
América. müicias á los cstranjeros domiciliados en la pro- 

vincia. Inmediatamente el seftor don Juan M. Porbes, el gran 



(1) El llastrado bibliotecario de La Plata, doctor don Luis R. Fors, me ha observado 
qae el general Alvear no 9e llamaba OArlos María. El hecho es exacto, pero yo he toma- 
do el nombre tal como está en el decreto de 4 de mayo de 1899.— Alvear se llamaba Carlos 
Antonio Josef, como puede verse en la partida de bautismo que está eu la obra publicada 
en Madrid por su seftora tía.— Por lo demás, se vé qae desde 1816 se le llamaba «Carlos 
María», aun cuando él sólo firmaba Cdrlo9. Entre los muchos documentot donde se le llama 
Cdrlot María, está, en nuestros días, ei decreto de su centenario, firmado por el presiden- 
te Juarea Celman. Y en 1816 se ve á la asamblea general nombrando supremo director 
del estado al brigadier general don Carlos María de Alvear. (Registro Nacional. p^lnaSOl, 
tomo I). 

(2) Se encuentra en la Gaceta MereantÜ del 8 de abril de 1829. 




"\ 



EL motín militar DB LA VALLE 51 



amigo de Rívadavia^ se presentó reclamando contra el alista- 
miento en las milicias urbanas; pedia una escepción para los 
individuos de su nación, los norteamericanos, desde que, según 
él, los subditos británicos no se hallaban comprendidos en el 
llamamiento, en virtud del tratado de 2 de febrero de 1825. í*> El 
ministro, que lo era el señor Diaz Velez, prescindiendo de la 
cuestión que promovía el seftor Porbes sobre si los privilejios 
concedidos por un tratado celebrado con Inglaterra podían ha- 
cerse ostensivos ipso facto á los ciudadanos de Estados Unidos 
de América, se contrajo á asegurarle, que, según el espíritu y 
sentido literal del artículo 9.° del mencionado convenio, los 
subditos británicos no estaban esceptuados de prestar el servi- 
cio que tas circunstancias de ese momento demandaban á todo 
habitante de la capital. El secretario de estado le hacía presen- 
te al encargado de negocios de Norte América la distinción que 
había entre un servicio militar, que se presta para defender el 
país, contra la agresión de un poder estranjero, ó para sostener 
en el interior grandes cuestiones de política, y el servicio que 
todo hombre estaba obligado á prestar para conservar el orden 
público, defender sus propiedades y aún garantir su propia vida. 
En aquel caso, decía, que es el del tratado celebrado con S.M.JB., 
es muy justo que los subditos de un gobierno neutral sean es- 
ceptuados de la obligación de tomar las armas en favor de 
cualquiera de los partidos contendientes, pero en* el segundo 
caso, no hay ley ni derecho alguno en que pueda apoyarse se- 
mejante escepción. En él se hallan todos los estranjeros que han 
sido llamados hoy á alistarse en las milicias urbanas, y el go- 
bierno, de acuerdo generalmente con los principios recibidos, 
espidió su decreto de 1^ de abril, y llamó, sin escepción, al alis- 
tamiento, á todos los habitantes de la ciudad, comprendidos en 
la ley de organización de 17 de diciembre de 1823. ^*í Así enca- 
raba la faz legal del asunto, entrando luego á recordar que el 
buen juicio y pulso con que se había conducido el sefior Por- 
bes, en las grandes cuestiones que habían ajitado el país en la 
larga época de su residencia en él, conducta que le había me- 
recido la alta consideración del gobierno, y un decidido aprecio 
por parte de los particulares, daban una garantía de que en esta 
ocasión emplearía todos sus esfuerzos para calmar el ánimo de 
sus conciudadanos y hacerles entender que no era una guerra 
de partidos ni un servicio militar el que debían prestar en ese 
momento sino un servicio urbano y «en defensa de una horda 
de bandidos, que, asociados á toda clase de criminales, y, lo que 



(1) A Mte tratado me refiero en la uota de la pajina 79 del tomo I, donde equivocada- 
mente puse: £ftodo8 Unidot, en ves de; Inglaterra. 

(S) Por asta ley no f«e incluían en la milicia activa. Mno en la pasiva, á loi e$traníero$ 
tranteuntéM (articnlon 29, inci(H> 6.0 y 80). 



52 ALBERTO PALOMEQUE 



es peor, con indios salvajes, ^^^ trataban de destruir las fortunas 
y trastornar el orden social que reclamaba la civilización y el 
bien de la humanidad.» «Contra tales hombres,» decía, «la ra- 
zón es débil, ni ella puede ser escuchada entre caudillos que no 
reconocen una autoridad común, y que no tienen más objeto 
que saciar pasiones innobles, talar nuestros campos y cometer 
toda clase de tropelías y horrores.» Y terminaba manifestando 
que, «habiendo notado el gobierno, con disgusto, la resistencia 
que oponían algunos estranjeros á prestar el servicio á que eran 
llamados, y que tenían el derecho á exijirles mientras permane- 
cieran en el país, había resuelto hacer cumplir, con una volun- 
tad ñrme, y empleando todos los medios que tiene en sus manos 
la autoridad, las resoluciones justas que ha tomado. f*> 

Aditad del comal ^ gQ yez, el soflor cónsul general de S. M- 
francés. Cma., ^^^ el señor Mendeville, se apresuró á re- 

clamar contra las medidas tomadas para el alistamiento de los 
estranjeros, protestando contra la continuación de toda especie 
de servicio que se exijiera, en adelante, de los individuos fran- 
ceses incorporados en los mismos cuerpos, y pidiendo la disolu- 
ción de las compañías francesas que formaban parte del bata- 
llón de Amigos del orden y la esclusión del servicio de todos los 
franceses alistados en el cuerpo llamado Reserva de la Guardia 
Patricia. Esta reclamación, hecha por escrito, no era sino la re- 
producción de la que verbalmente ya había hecho dicho cónsul, 
en la cual se le había escuchado sólo «por dar una prueba de 
la particular estimación que al gobierno le merecía la nación 
francesa y por consideraciones particulares á la persona del se- 
ñor Slendeville». Entonces, en la audiencia verbal, se le había 
advertido que el carácter que investía de cónsul general no le 
daba derecho á presentarse como un representante de la nación 
y del gobierno francés, haciendo reclamaciones oficiales y diplo- 
máticas, por lo que aquellas conversaciones no podían tener 
otro carácter que el de estrictamente privadas y confidenciales. 
Y esto lo hacía el gobierno «sólo porque deseaba preparar de 
este modo el establecimiento de relaciones regulares entre am- 
bos gobiernos», pues es sabido que Francia recién en 1830 reco- 
noció la independencia sudamericana. En su consecuencia, el 



(1) Afios después, en 1874, elementos de idéntica flliación política harían una revolu- 
ción, en la que intervendría la tribn salvaje de Catriel, sometida al gobierno. Trionfaote 
é^te, Catriel fué condenado k muerte. T, cuando iba á, llevársele al patíbulo, reclamó el 
derecho que todo indio tenia de morir^ pero péUando/ Y así se hiao; se le dió su lanza y 
se entreveró entre su indiada, la que lo ultimó, luchando como bravo. 

(8) Nota fecha abril 7 de 1828, libro copiador 4 (a), pajina 60. 

(3) Como este capítulo lo leí en la Biblioteca de la Plata, el señor doctor Fors me hiso 
notar el error en que había incurrido cuando decía eatolicitma en vea de criHianiHma, 



BL MOTÍN MILITAR DB LAVALLB 58 



ministro Díaz Velez le declaraba que, no existiendo entre ambas 
naciones convenio de ninguna especie, los individuos franceses 
residentes aquí se hallaban sujetos, sin reserva, á lo que orde- 
naban las leyes particulares del país: que no tenían un derecho 
positivo á exijír consideraciones especiales: que si algunas se le 
dispensaban, era sólo debido á los principios de una franca hos- 
pitalidad que habían animado á todos los gobiernos de la repú- 
blica, principios que estaba resuelto á seguir, pero en tanto que 
por ellos no se restrinjieranlas facultades que tenía todo gobier- 
no establecido: que los franceses no podían alegar motivo alguno 
para esceptuarse del servicio, y aún de cualquiera otro lejíti- 
mamente reclamado por las autoridades del país, mientras resi- 
dieran en éL 

Por todo esto, y por tratarse de sacrificios que hacían todos 
los moradores de la ciudad cpara defender contra los bárbaros 
su vida, sus propiedades y el honor de sus familias», rechazaba 
la personería diplomática que se atribuía el cónsul y mantenía 
la resolución dictada, declarándole «que el gobierno miraba con 
el mayor desagrado la oposición injusta que le hacía á las me- 
didas que tomaba para poner á cubierto las vidas y propieda- 
des de todos los habitantes de la capital, de la ferocidad de los 
bárbaros que la amenazaban, y que estaba resuelto á emplear 
todos los medios con que contaba para hacer respetar sus deter- 
minaciones, í*^ 

DetermiMcioací Y el gobiomo, firme en su propósito, tomaba, 
csierut é Internas g^ scguida, dos gravos determinaciones, una de 
difaricT^ '*^'"" carácter esterno y la otra interno. Aquella, esta- 
ba destinada esclusivamente, como se verá, á 
mantener,ante el público,la moral del principio de autoridad que 
representaba en tan serios instantes, en que tenía á sus enemigos 
á las puertas de la capital; por lo que se veía, á pesar de todo, 
obligado á pasar por las horcas candínas que también le impo- 
nía el señor Woodbine Parish, el representante de S. M. B. Todos 
se completaban: norteamericanos, franceses é ingleses! Era que 
la autoridad no tenía consigo el principio moral que dá fuerza 
y nervio á un gobernante. La sangre de Dorrego había corrido 
en campo estéril para la libertad, y esa era la que hacía audaces 
y atrevidos, á los que eran y á los que no eran representantes 
diplomáticos. No inspiraba respeto el gobierno, cuya caída 
veíase evidente y clara. Es que la sangre siempre será infe- 
cunda para fundar situaciones estables. La muerte de Dorrego 
había causado un efecto desastroso en el ánimo de los ajentes 
estranjeros, por lo que no podían mirar con afecto y respeto al 
gobierno surjido del motín, por más dignos de consideración que 



(\) Xota fecha 16 de abril de 1829, libro copiador citado, pajina 51. 



54 ALB0RTO t*ALOkÍ3QUE 



personalmente pudieran ser los que asumieran la responsabili- 
dad de representarle, como eran Brown, Rodríguez, Lavalkv 
del Carril, Alvarez, Diaz Velez, etc. Aquí estaba^ sin duda, el 
secreto móvil de sus acciones, por lo que se movieron al unísono, 
desistiendo de la actitud una vez que la situación poUtícM 
cxtmbió. 

El acto esterno, destinado á mantener el principio de auto- 
ridad, consistió en tirar un decreto declarando que ningü£ 
estranjero, de los llamados al servicio, podía escusai'se, bajo 
protesto alguno, de prestar el que ordenaba la ley, en los 
cuerpos de milicias urbanas. Y, como en la ley del ló de abril 
de 1821 no se había previsto la pena que debía imponerse á 
los infractores, la autoridad revolucionaria, que ejereJa la 
suma del poder público, cuya eficiencia reposaba en la fuei^za 
material, quiso demostrar hasta donde Llegaba su enerjía vi- 
tal, y declaró, como guante arrojado á todas esas reclamacio- 
nes colectivas, que se le venían encima, desprestijiando su 
acción gubernamental, que sería efímera y transitoria, cu>mo 
basada en el crimen político, que los que no se hallasen alis- 
tiidos, ó que estándolo no concurrieran al servicio, sufrirían. 
por la primera vez, la pena de multa designada en el ar- 
tículo 6.° del decreto del 1^ de abril que ella acababa de dic- 
tar, (*í y, por la segunda, serían obligados á salir fuera del 
país, en el término de 24 horas; por lo que se le encomenda- 
ba su ejecución al comandante del batallón de Amigos del 
ordeny que lo era don Ramón Larrea. ^^^ Así respondía, de 
una manera pública, á tales reclamaciones, para no revelar 
debilidad ni cobardía ante el pueblo. 

En cambio, adoptaba una resolución de carácter íntimo, re- 
servado, llamada á surtir su efecto en el orden diplomático. 
El gobie no tenía acreditado su representante en Londres, que, 
íi la sazón, lo era el señor doctor don Juan Francisco Gil; y, 
como el señor don Woodbine Parish, encargado de negocios 
de S. M. B., en Buenos Aires, se hubiera presentado recla- 
mando contra tales alistamientos, fundado en el tratado del 
2 de febrero de 1825 y en que los disturbios tenían uu ca- 
rácter de guerra de partidos, la autoridad se dirijió al doc- 
tor Gil, en una estensa y detenida nota, ordenándole pidiera, 
en Londres, el retiro de Jír. Parish, como asimismo encar- 
gándole de otras medidas de que paso á hablar. 

El señor Díaz Velez le decía al doctor Gil que «cuando el 
gobierno vio que algunos hombres desautorizados habían con- 
seguido sublevar una gran parte de la campaña del sur de 



(1) Este decreto del \.^ de abril de 1829 no se encuentra en niugrnna de las colecciones 
de leyes pablicada5>.— E^tá en \o% dlarioi) de la época. 

(2) Decreto de 5»(J de abril de 1829. (Colección de Angelí- . 



BL motín militab db lavallb 55 



esta provincia y que por efecto de sus instigaciones y ma- 
nejos se hallaban dentro de la frontera numerosos grupos de 
hombres armados, que unidos á los salvajes y sin caudillo ni 
divisa alguna autorizados, su objeto era el pillaje y su con- 
ducta la de los más desenfrenados bandidos, dio orden para 
que se regularizara la organización de las milicias urbanas 
de la capital, según lo prevenido en la ley de 17 de diciem- 
bre de 1823. (^^ Basado en esta ley, de acuerdo con las dis- 
posiciones y práctica general del derecho de jentes, que im- 
pone la obligación de alistarse en las espresadas milicias á 
todos los estranjeros residentes aquí; y ya por esta disposi- 
ción, ya porque la resistencia que era necesario hacer á los 
bárbaros y bandidos que asolaban la Provincia, en nada po- 
dría comprometer la neutralidad de los estrangeros, se orde- 
nó que el alistamiento y servicio se hiciera sin reserva». 

Entrando luego á rebatir la opinión de Mr. Parish, que se afe- 
rraba al artículo 9^ del tratado citado, en la parte que previene 
que los subditos de S. M. B. estarían exentos, en el territorio 
de la república, de todo servicio militar obligatorio de cualquier 
clase que fuera, que pretendía que oscluía á los mismos indivi- 
duos del servicio de las milicias urbanas, alegaba que^ «en la 
conferencia celebrada al respecto con Mr. Parish, habría podi- 
do abundar en razones para demostrar que todo estranjero re- 
sidente en un país cualquiera está obligado á hacer el servicio 
de las milicias urbanas; pues que el mantener el orden y tran- 
quilidad pública y defender una ciudad del ataque de una tro- 
pa de ladrones, son cargos inherentes á la calidad de habitante; 
y que ni la letra ni el espíritu del tratado de 2 de febrero po- 
dría libertar á los ingleses de esta obligación, por la gran dife- 
rencia que hay entre un servicio obligatorio, que se hace por 
rejimiento, á sueldo, j^ tiene por objeto la defensa de derechos 
nacionales, ^*^ y un servicio urbano desempeñado por cuerpos 
de milicia y cuyo fin es la defensa de las vidas y propiedades de 
cada uno» «Podría también haber demostrado,» seguía diciendo, 
«que losgrupos de hombresarmadosque se acercaban ala capital, 
capitaneados por un tal Miranda, asesino famoso, y unidos á los 
salvajes, mandados por sus caciques, no teniendo organización ni 
carácter, ó sistema alguno político, no respetando ley ó principio 
alguno establecido, legalmente, y cometiendo toda clase de des- 
óitlenes y atentados, no podían ser considerados como un parti- 
do político, y sí como una turba de malhechores enemigos de 
toda autoridad como de todo réjimen.» 



(1) Nota de fecha M de abril de 18S9, libro cop. citado, páj. 64 A 66. 

{i) Después vino la ley de enero once de 18S0 declarando que "el llamamiento que ha- 
eift la ley de 17 de diciembre de 1828 & los estrai\)eroB residentes en la provincia para 
enrolarle en la milicia, se entenderá solamente para los casos de guerra esterior" (art. A°) 



56 ALBBRTO PÁLOMBQUB 



Lot "Baivajei y Ahora bien, toda esta argumentación no pudo 
bMdiiiM"qiicdciTo- hacerso entonces al ministro Parish, por el señoi 
taran á Raocii. jj.^^^ y^j^^;, en la Conferencia verbal referida- El 

momento no lo permitía. Hubo que pasar por las horcas caudí- 
nas^ porque, decía, en esos instantes, «los salvajes y bandidos 
que dispersaron la división del coronel Rauch se hallaban á las 
inmediaciones de la capital en una actitud amenazante.» ^'^ No 
quiso «llevar adelante la determinación que obligaba al servicio 
á los individuos ingleses, por no quitar, con las contestaciones y 
resistencias que esto hacía nacer, la fuerza y uniformidad de 
opinión que necesitaba el gobierno para proveer con suces© á la 
defensa de la capital». De aquí que se prescindiera de toda dis- 
cusión con el señor Parish, limitándose el gobierno á decirle que 
trataría con el de S. M. B. sobre la intelijencia que debería dar- 
se á la precitada cláusula del tratado de 2 de febrero. Eso sí, el 
señor Díaz Vélez insistía en que «no había motivo alguno para 
calificar como guerra de partido la actual invasión de los salva- 
jes; y que en todo caso no pertenecía al señor Parish hacer una 
declaración semejante». El ministro vería algún día que sus ad- 
versarios serían los que se encargarían de vulgarizar el epíteto 
de salvajes, en contra de ellos, pero con el agregado de umtarios^ 
para llevarlo á las lides de la política guerrera. Por lo demás, 
era indiscutible que se trataba de una guerra civil, en la que 
todo estaba convulsionado, llegando sus estremecimientos hasta 
los tribus indijenas, que tomarían parte en los sucesos; como más 
tarde lo verificarían, para felicitar y saludar al general Rosas, 
al llegar, éste, por obra precisamente de todos estos sucesos de 
los enemigos, al poder del estado. De ello no hay que alarmarse, 
pues en época más próxima á nosotros hemos visto á las tribus 
mezclarse en los disturbios civiles con derechos que quizás no 
serían discutibles en el terreno abstracto de las ideas. 



(1) Zinny, en la pnljna 95 de la obra Gobernadores de Provincia, dice, al re9i)ecto: «En 
el sur de la Provincia, Rosa» contaba con los Jefes don Manuel Mesa y don Luis Molina^ 
que reunían Jente por su órdeu, desconociendo la autoridad del nuevo f^obiemo y llegando 
su osadía hasta mandar á los comisionados de é^ta, los señorea Anchorena, Días Veles y 
Gelly, se retirasen, á la mayor brevedad, al interior del Salado, bajo amenaza^. Esos Jefes 
tuvieron un choque con un piquete al mando del mayor Lima, á quien derrotaron, obli- 
gándolo á capitular. Se estipuló que Lima, con todos los que lo acompañaban, tenia el poso 
libre para retirarse. Poco después, parte de la división del coronel Isidro Suarez, derrotó 
completamente, en las Palmitaa, á Molina y Masa, cayendo ¿ste prisionero, el titulado mi- 
nistro de la guerra don Manuel Céspedes y otros. En este hecho de armas se distinguieron 
los coroneles Mariano Acha y Mariano García, el teniente coronel Prlngles, el mayor Me- 
llan y el ciudadano don Zenón Videla. Mesa, 2" comandante de la partida de Molina, fvé 
aentenciado y paéado por la» arma» en once de febrero de 1829!* Así se correspondía, digo 
yo ahora, & la humanidad con que Molina y Mesa acababan de proceder con Lima y sos 
compafleroBi T luego se diría que Molina y Miranda eran unos fascinerosos y bandidos! 
Por lo demás, el Dr. López, pinta con colores feos al Molina citado, á quien lo da como 
fu<(ilado por Hosas,. más tarde, confundiéndolo con 3/trnndn. como se verá. 



BL MOTÍN MILITAR Dfi LAVALLB 57 



El sefior Díaz Veloz tenia sobrados motivos para temer que 
el sefior Parísh opondría siempre una resistencia tenaz y que no 
se comportaría, en las circunstancias, «con la dignidad y cir- 
cunspección que correspondía al ministro de una nación ami- 
ga.» Tenía razón para sospecharlo. El hecho era verdadero. 
Todo era un tembladeral. Al representante inglés repugnaba el 
crimen de Navarro. Ahí estaba el secreto de su actitud. La at- 
mósfera local lo envolvía y lo arrastraba, según el mismo Díaz 
Velez, no sólo á asumir aquella actitud, sino hasta para mante- 
ner «comunicaciones con los caudillos que mandan las reunio- 
nes de bandidos que aparecieron y se mantienen en nuestra 
campafia.» «Ha frecuentado», decía, «á las relaciones de estos en 
la capital: ha incitado abiertamente y aún ordenado á todos los 
subditos ingleses que no concurran como los demás estranjeros 
á preservar la capital de los robos y asesinatos de que ha sido 
teatro la campafia: ha reunido en su casa á los demás ajentes y 
cónsules estranjeros y ha tratado de persuadirles que esta era 
una guerra de partidos y no debían permitir que estranjero al- 
guno entrara á prestar el servicio que la ley exijc de todos: él 
ha llegado hasta el estremo de decir á muchos de sus compa- 
triotas que el presente gobierno no debía ser considerado como 
lejítimo.» Finalmente^ declaraba que «desde el primero de di- 
ciembre último el señor Parísh no había querido entenderse ofi- 
cialmente con el gobierno y había cortado todas sus relaciones 
abandonando reclamaciones pendientes.» 

iM« al doeitr Qin Era CU virtud de todo lo espuesto, que el 
pidiciido doctor Díaz Velez, cuyas relaciones tirantes, ó 



jL^^PartotT'**'*"** más bien, rotas totalmente con Mr. Parish, se 

diríjía al doctor Gil, en Londres, pidiéndole es- 
pusiera los hechos á S. M. B. y que ese ministro «fuera sustitui- 
do por otra persona que no comprometiera los respetos de su 
nación y la buena amistad que felizmente se conserva entre 
ambas.» Le pedía también que obtuviera del gobierno inglés la 
declaración de que la legación no tenía facultades para «inter- 
pretar arbitrariamente las disposiciones del tratado de 1825 y 
dar órdenes terminantes á los subditos ingleses residentes aquí^ 
en consecuencia de aquellas interpretaciones, como lo ha hecho 
el sefior Parish, ejerciendo actos de autoridad que no le corres- 
ponden.» Y, ñnaimente, le encargaba obtuviera del gobierno 
inglés la manifestación «formal y esplícita de que la escepción 
que tienen en el territorio de la república los subditos ingleses 
de todo servicio militar obligatorio por el tratado de 2 de febre- 
ro de 1825, no los exhimía del servicio de las milicias urba- 
nas.» (*^ 



(1) Nota citada de 22 de abril de 1829. 



5H ALblAKTO PALOMB^iUfi 



Todo esto exijia al gobierno británico; pero ello sería en 
vanO; porque la atmósfera estaba envenenada, políticamente 
hablando. El gobierno surjido de un motín, que había derra- 
mado la sangre de Dorrego, en un patíbulo^ no inspiraba res- 
peto. Y no lo inspiraba, porque se veía á un pueblo desunido, 
anarquizado. Era así que se esplicaba la actitud altanera del 
estranjero y la intervención directa de sus cónsules, atre- 
viéndose á criticar las leyes de un país soberano. Este podía, 
en uso de su indiscutible derecho, establecer aquella obliga- 
ción. Nadie puede desconocer la facultad de dictar esas leyes, 
imponiendo las condiciones bajo las cuales se admite el in- 
greso de los habitantes al país. Esto ya nadie lo discute. Podrá, 
sí, observarse la conveniencia que esa imposición pueda tener 
para el país mismo, que así, quizá, cortará su corriente inmi- 
gratoria ó incorporará á su sociabilidad un elemento malsano, 
perturbador de su estabilidad institucional. Él es el juez de 
esas conveniencias políticas y económicas, como que es á él á 
quien únicamente afecta el problema. Por lo demás, el que 
pisa la tierra ha de someterse á las disposiciones emanadas 
de la autoridad. Si no le agradan, tiene la completa libertad, 
como se decía en aquel documento de 1821, para abandonar 
el país que lo recibe solamente en tales y determinadas con- 
diciones. La facultad de que carece el gobernante, es la de 
obligar á un individuo, sea ó no na>cional, á vivir en eZ pais. 
Esta actitud, asumida, en su época, por los dictadores perpe- 
tuos del Paraguay, es la obra de la tiranía. Secuestrar no se 
puede; acojer es un deber que se impone al gobierno de todo 
pueblo culto, que aspira á vivir en el concierto de la civili- 
zación moderna. La doctrina que sostenía Diaz Velez era la 
sana. Ahora, sí ella convenía implantarla en una nación, na- 
cida recién á la vida, que necesitaba, como aún necesita, de 
la inmigración europea, ese era un problema que indudable- 
mente no se había estudiado seriamente al dictarse las leyes 
de 1821 y 1823. Aún, hoy mismo, en países civilizados, como 
Francia, vemos que su parlamento se ajita y se conmueve al 
tratarse del servicio obligatorio que ha de prestar, no ya el 
estranjero, sino el estranjero nacioTuxlizado! Los ejemplos que 
nos ha dejado el Rio de la Plata, con sus intervenciones, muy 
especialmente durante el sitio de Montevideo, á donde fueron 
á dominar los caídos de 1829-30, con La valle á la cabeza, no 
son edificantes, por cierto, como para autorizar la sanción de 
leyes que, en el fondo, crean una dominación estraña, causando 
hondas perturbaciones en tiempos de crisis políticas. Las lejio- 
nes italiana y francesa, en aquella ciudad, donde imperaron las 
doctrinas cosmopolitas, nos recuerdan las opiniones que en con- 
tra de ellas mismas emitió el estadista doctor don Manuel He- 
rrera y Obes en sus celebres cartas al doctor don Andrés 



ISL motín MILITÁK DlB LAVALLE Ó9 



Lamas y doctor don José EUaurí, que actualmente publica una 
revista nacional. (^^ Y la opinión del doctor Herrera y Obes es 
autorizada, porque esas mismas lejiones eran las que le ser- 
vían á él para sus propósitos políticos, internos y estemos. 

Por otra parte, era evidente el error del doctor Díaz Velez 
cuando sostenía que no se trataba de una guerra de partidos. 
La era sí, desgraciadamente, enjendrada por el maldito motín 
del 1.^ de diciembre de 1828, contra el cual había protestado 
Parish, rompiendo toda relación con el gobierno delegado surji- 
do de su seno, frente al cual se elaboraba la personalidad de don 
Juan Manuel de Rosas, que así vengaría la muerte de Borrego 



u cncrjfa 4ci ic- Pero, SÍ aquollo había sido lo acaecido con 
ftor itadcviite. Parísh, algo más grave se produciría con el 

cónsul Mendeville. Todo estaba fuera de quicio. La atmósfera 
era candente. No había principio de autoridad que se respetara. 
Y, por eso, Mendeville, como buen meridional, llevó mucho más 
lejos su acción, afrentando el pabellón nacional. Mendeville, en 
un principio, no creyó que debiera contrariar la acción del go- 
bierno, por lo que así lo manifestó á sus connacionales cuando 
le consultaron sobre el cumplimiento del decreto del 1.^ de abril 
de 1829, que los obligaba al alistamiento; ^^^ pero, la atmósfera 
guerrera lo circundó á él también y siguió las aguas de sus 
compañeros diplomáticos. Los franceses, pues, habían entrado á 
prestar sus servicios, vista la favorable nota-consulta de su 
cónsul, aunque no así los norteamericanos é ingleses. Pero, más 
tarde, ese mismo cónsul, según los términos del señor Díaz Ve- 
lez, «violó los respetos á la autoridad y comprometió la tran- 
quilidad pública,» como acto precursor del que en seguida llevaría 
á cabo. La división Rauch, que obedecía al gobierno, había sido 
dispersada por «los salvajes y bandidos,» ^ como se decía. Como 
los vencedores se aproximaban á la capital «fué necesario em- 
plear todos los medios posibles para rechazar á viva fuerza la 
agresión de enemigos tales,» por lo que «los cuerpos de milicia 
empezaron á hacer un servicio más activo ocupando las azoteas 
y los puntos principales de la ciudad.» Y fué entonces, en esta 
aflictiva situación, que el señor Mendeville, «por causas que el 
gobierno deseaba ignorar y de que prescindía absolutamente^ se 
quejó al ministerio del alistamiento á que se había sujetado á 
los franceses.» Es interesante recordar que en estos momentos 
no eran los estranjeros, y muy en especial los franceses é ingle- 
ses, los que se aliaban con los unitarios, sino con los federales. 



(1) Rñvista áe derecho, hittoria y leíra§. 

(%) VéMe la nota en La Gaceta Mercantil de 15 de abril de 1829. 

(S) Nota fecha 24 de abril de I8S9. libro copiador citado, pájloa 66, dlr^JIda & don 
Joan Larrea, eu Francia, por Díaz Veles. 



60 ALBERTO PALOM&QUfi 



Eran aquellos quienes los combatían. Sin embargo, esos mismos 
no tardarían mucho tiempo en ser los poderes interventores que 
lucharan en contra del partido que ahora auxiliaban. 

«La conducta del señor Mendeville,» dice el sefior Díaz Velez, 
«fué tan estraña en la conversación que mantuvo, que se vio 
obligado á hacerle entender que el carácter de cónsul no lo 
autorizaba para hacer tales reclamaciones.» Era la doctrina de 
1821, sostenida con el marino inglés de la corbeta Slancy! Ade- 
más, le recordó que no existía tratado «que diera á los franceses 
privilejio sobre los demás habitantes.» Vino luego una reclama- 
ción por escrito, como ya se ha dicho,» «en los términos más in- 
convenientes.» Y, como no diera el resultado apetecido, Mende- 
ville se resolvió á poner «en acción consejos, instigaciones, 
amenazas y todo jénero de intrigas para disolver el batallón de 
Amigos del arden, compuesto, en su totalidad, de estranjeros;» ba- 
tallón, del cual decía Díaz Velez, era, «por su buena organiza- 
ción y orden el mejor apoyo que tenía la tranquilidad pública, 
por lo que el señor Mendeville sabía que disolverlo era poner 
en grandes dificultades al gobierno.» No se contrajo á solo ma- 
nejos secretos sino que «reunió tumultuosamente en su casa á 
los oficiales del espresado batallón y les ordenó deponer las 
armas, no solo á los franceses, sino á todos los demás estranje- 
ros, ofreciéndoles la protección del consulado y de la escuadra 
francesa en el caso que desobedecieran las órdenes del gobierno, 
amenazando á aquellos, si no lo hacían, con que perderían su 
calidad de franceses y todo derecho á la protección del pabe- 
llón.» Además, les repartió una carta en que á ello los incitaba. 
Decía el señor Díaz Velez que «los individuos del batallón recha- 
zaron espontáneamente las proposiciones y amenazas que se les 
hacían, por lo que desde este acto el cónsul se puso en lucha 
abierta con la autoridad y con la generalidad de los individuos 
de su nación.» Decía más: que Mendeville «había conspirado 
verdaderamente contra la autoridad empleando todo su influjo 
en dirijír la opinión, manifestando una enemistad decidida con- 
tra el gobierno; hallándose en comunicación con los jefes que 
presiden las reuniones que se han armado en la campaña, y 
probando con toda su conducta que está muy ajeno de la neutra- 
lidad que debería distinguir su carácter.» 

Y, en su consecuencia, convencido el gobierno provisorio 
de que no le sería posible contrarrestar la acción del cónsul, 
no se atrevió á adoptar ninguna resolución enérjica, de esas 
que surjen cuando se tiene la conciencia y el poder de la 
justicia unidas á la fuerza material de todo un pueblo. Adop- 
tó el procedimiento seguido con Parish. Se dirijió al gobier- 
no francés, — con quien aún no había relaciones diplomáticas, 
por no haberse reconocido la independencia, — nombrando al 
señor don Juan Larrea, encargado de negocios ad hoc, para 



EL MOTlN MILILAR DE LAVALLE 61 



que, en vista de todos estos sucesos, tratara «de persuadirle 
al gobierno francés á que el gobierno de la República en- 
cuentra graves inconvenientes en la permanencia del señor 
Mendeville en su carácter de cónsul general, solicitando se 
tomen las medidas que se crean más propias para salvar los 
respetos del gobierno francés y consultar los que merece el 
de la República». (*^ 

Los iMMportct del Como sc vé, era triste la situación del go- 
cóBtai Meideviiie. tierno. En otro caso, si hubiera tenido la fuer- 
za moral y material de todo un pueblo unido, no habría te- 
nido necesidad de recurrir al gobierno ft'ancés. La autoridad 
ejecutiva se habría bastado, en uso de su derecho propio, 
para arrebatarle el exequátur á quien así violaba las leyes 
del país. Era la debilidad la que aconsejaba el procedimien- 
to diplomático observado con los ministros inglés y francés, 
sin que conste la medida que se adoptara contra el de 
Norte América, con quien continuaron las relaciones di- 
plomáticas! ^*í La montaña se venía encima. Y fué así que 
el señor de Mendeville pidió sus pasaportes. ^ Lo que debió 
hacer un gobierno fuerte lo hacía el cónsul. Él pedía lo que 
el gobierno, de oficio, debió mandar se le diera, para que se 
retirara. Y lo pedía con insistencia, dice el documento que 
tengo á la vista, ^^^ por lo que se tenía «á bien mandarlo 
espedir V, teniendo el señor Velez «el honor de remitirlo ad- 
junto para que el señor Mendeville use de él en el día»! Y 
Velez aprovechaba esa ocasión, como si hubiera llegado el 
momento del ultimátum, para decirle al señor Mendeville: 
«Vd. llama enérjicas protestas á las notas insolentes que ha 
dirijido al infrascripto. Ellas y la conducta sediciosa y á to- 
dos respectos irregular que ha observado el señor Mendevi- 
lle serán siempre una prueba auténtica del aprecio y respe- 
to que el gobierno tiene á la nación francesa, no tomando 
medidas desagradables justificadas por el derecho de jentes 
contra un hombre que no ha correspondido á la dignidad del 
carácter que inviste, é incapaz de guardar el depósito de 
honor que se le ha confiado». 

El gobernante reconocía, como se ve, que podía arrojarlo 
del país, aunque sin atreverse á ello; pero aprovechaba la 
ocasión que se le brindaba para enrostrarle su conducta, al 
alejarse, aquel, del territorio. Le recordaba sus procederes 
incorrectos, llegando á decirle que había hecho «causa co- 



cí) Nota anteriormente citada. 

(8) Este publicó unos comunicados (dos, creo), muy cortitof, en «La Oaceta Mercantil», 
diciendo que todo quedaba librado al Juicio de su gobierno. 
(S) Nota 30 de abril de 1889, libro copiador citado. 



63 ALBERTO PALOMBQUE 



inún con los salvajes y bandidos que hostilizaban al gobier- 
no establecido». Le manifestaba que si bien no había tomado 
medidas en contra de él, procedería «de modo que no que- 
daran impunes tales escesos». Sin duda alguna se refería á 
la jestión diplomática, inocente, encargada al señor Larrea 
en París! Entraba luego á manifestarle que se tendrían «las 
justas consideraciones á que cada uno fuera acreedor», con 
aquellos franceses que quisieran dejar el país; pero que en 
cuanto á la amenaza hecha por Mendeville de emplear el 
poder de su nación para tomar sobre las personas y propie- 
dades de los que han hecho cumplir las leyes del país, in- 
demnización por lo que sufren los infractores de las mismas 
por causa de su infracción», decía, que «esta amenaza, que 
ningún francés, que sepa sus deberes podrá poner en ejecu- 
ción, no será el menor de los cargos que pesarán sobre la 
personalidad del señor Mendeville. ^^^ 

Las cosas habían llegado al estremo. Ya no era posible sopor- 
tar su tirantez. £1 cónsul, sin embargo, todavía pasaba una nota 
pidiendo «la mayor comodidad para el embarco de los franceses 
que quisieran dejar el país», de acuerdo con el decreto ya 
citado de abril de 1829. El señor Díaz Velez estrañaba que 
aún el cónsul continuara dirijiéndole notas después de habérsele 
desconocido su personería, declarándole, por otra parte, que 
eran «bien notorios los principios de humanidad y buen hospe- 
daje que animan al gobierno; pero que jamás permitirá se abuse 
de ellos para ultrajar las leyes y burlar la autoridad». ^*^ 

Esta fué la última nota al cónsul francés, dándose cuenta, en 
seguida, al señor Larrea, de lo sucedido, y haciéndole notar que 
todos los que se habían resistido, inducidos por las sujestiones 
y amenazas del señor Mendeville, correspondían á las úUimas 
clases: que ninguno tenía propiedades en el país, siendo todos 
ellos mozos de oficio, en quienes por su ignorancia ó vicios ha 
podido obrar fuertemente la seducción del señor Mendeville; 
siendo de notarse que entre ellos había muchos de los emigra- 
dos á quienes el gobierno había traído adeudando aún sus pa- 
saportes. í«í 

u carettia de la gu Buenos Aires empezaba á hacerse difícil la 
wdaen BatnosAires. ^j¿^^ p^^. j^ ^^^ ^^ gobierno SO dirjüó al de Mon- 
tevideo pidiéndole libertad de derechos para las esportaciones 
de carnes y auxilios que estuvieran en su mano á los especula- 

^i; Nota fecha »o de abril de 1829, libro copiador citado. 

fí) Nota fecha t« de marzo de 1829, libro copiador citado. 

(S) Y hablando de do"^ flranceseí», presos en el Rw Bamba, decía el gobierno: «Dos mise- 
rables de oriiJen íVancé*. marineros de profesión, & sueldo de la república» el uno, matri- 
culado y bajo nuef!tra T>andera, el otro, y presos, ambos, i lK>rdo del Río Bamba, por 
crfmenefi.» 



BL MOTIN militar DR L AVALLE B3 



dores de Buenos Aires en aquel ramo. Empezaba á sentirse la 
influencia intelectual del joven Várela, que en ese momento era 
nombrado oficial mayor. Ya buscaba aproximación con Monte- 
video, donde desarrollaría sus amplias facultades. Brown mien- 
tras tanto, había dimitido y en su lugar aparecía el general don 
Martin Rodríguez. Y el doctor don Salvador María del Carril se 
hacía cargo de las relaciones esteriores. El momento era críti- 
co. Se necesitaban grandes esfuerzos para contrarrestar lo que 
se venía encima. Y del Carril, que había sido uno de los princi- 
pales consejeros de Lavalle en el proceso de Dorrego, justo era 
que apareciera en el escenario en el momento solemne que va á 
relatarse. Se estaba en plenas hostilidades. Era la guerra. Ya 
de Martin García se habían escapado los prisioneros, llevándose 
el archivo, y huyendo con él á territorio uruguayo, donde se lo 
entregaron al alcalde ordinario de las Víboras, entonces, Car- 
melo, hoy. Más aún: como se verá más adelante, se llevaron 
hasta los soldados del 4.^ de cazadores! La autoridad se escapaba 
de entre las manos. Y el mes de América, Mayo, se presentaba lú- 
gubre. En la gran fecha cívica se oscurecería el sol para no verse 
el atentado al pabellón nacional. Allá estaba el cónsul á bordo 
de un buque de guerra francés, anclado en balizas esteríores, de 
donde después pasaría á Montevideo á aguardar el desarrollo 
del drama. Todo parecía tranquilo, cuando ello no era sino el 
estado precursor de la tormenta. Las sombras de la noche iban 
á encubrír el delito. ^^^ 

El atestado en pie- En el aniversario de los días de mayo, á la 
na noche reaiixado noche, fuoron atacados los buques del gobierno. 

¡ümcwírr '**'^* ^* En el prímer momento se creyó que todo fuera 

obra de los enemigos con quienes se combatía, 
precediéndose, «en consecuencia, á tomar las medidas necesa- 
rias á contener la sublevación en su escuadra». Más tarde^ sin 
embargo, se vino en conocimiento de que ello era la obra del 
seflor vizconde de Venancourt, comandante de los buques fran- 
ceses surtos en el puerto, f*^ 



(1) ReBpeeto de este suceso puede verse La Qiiceta Mercantil del 97 y 88 de marzo y » 
y iS de abril, donde se encuentra la polémica de Ramón Larrea con Mendeville. 

(2) Venancourt ya había pasado una nota, enviada por el coronel don Tomás Espora (prl- 
í>ionero) ofk-eclendo ¡suspensión de hostilidades: que el rey mediría la extensión de la ofensa 
hecha al pabellón y el mal trato á sus subditos Trazón de las represalias). Pedia: 

' l** Ejecución de las consideraciones que encierran las protestas del cónsul. 

8^ Que los buques quedarían en balizas hasta recibir órdenes del almirante barón Rous- 
f*in, comandante en Jefe de las fuerzas navales de S. M. O. en las costas de la América 
Meridional. 

3® Indemnización á lo» subditos por sus intereses abandonados i consecuencia de la» 
ii\)u8ta8 medidas en contra de estos. 

4f* Pondría en libertad á los prisioneros que tenia en su poder. 

A esto le contestaba el ^bienio el 98 de mayo, como se verá en el presente esbozo. 



64 ALBERTO PALOMRQUB 



En SU consecuencia, la autoridad se dírijió al sefior vizconde 
diciéndole que «mucho le costaba persuadirse á que los subditos 
franceses cometiesen un acto tan contrario á las leyes de la neu- 
tralidad y á todo derecho de jentes sin haber precedido un mo- 
tivo de rompimiento y cuando este gobierno ha observado siem- 
pre para con el de S. M. C. las mayores relaciones de amistad y 
buena intelijencia, protejiendo decididamente las personas é in- 
tereses de sus subditos.» El señor vizconde había renunciado ya, 
en nota de la misma fecha, á «esplicar los motivos que le hablan 
impulsado á obrar del modo que lo había hecho, por suponer que 
ellos eran notorios.» (*> El sefior comandante había reputado co- 
mo insultos á su rey las diferencias que se habían suscitado con 
el cónsul. Por eso el sefior del Carril, de acuerdo con lo que decía 
el mismo comandante, le manifestaba que «el juzgamiento sólo 
correspondía á S. M., á cuyo efecto se había instruido de todo, 
por los correspondientes conductos, al gabinete de las Tullerias; 
y que en ningún caso podían autorizar represalias de la natura- 
leza de las que había empezado el sefior comandante.» Por esto 
creía que cesarían inmediatamente las medidas hostiles adopta- 
das y que el sefior comandante recibiría á su bordo á las perso- 
nas que el gobierno enviaría al dia siguiente (el 23 de mayo) 
«con el objeto de hacerse las respectivas esplanaciones que se 
tuvieran por conveniente.» Y fué así que el sefior del Carril co- 
municó al brigadier general don Francisco de la Cruz que el 
gobierno le había nombrado «para que pasando á bordo del buque 
que montaba el vizconde de Venancourt diera y oyera las res- 
pectivas esplanaciones que se creyeran convenientes hacer para 
arreglar las desavenencias que habían ocurrido, con arreglo á las 
instrucciones verbales que había recibido del ministerio» (nota 
23 de mayo). 

conveniohechocoii El general de la Cruz llevaba como secretario 
vcnaoooartporiatcr- qi oficial mayor del ministerio de gobierno, don 
pp!!1m^« Ji?."ílV Francisco Pico. Llenó acertadamente su misión 

rrancitco de la Cruz. .^i ■» % , i •« 

comunicando luego verbalmente el convenio he- 
cho, que consistía en la entrega de los buques de que el coman- 
dante Venancourt se había apoderado, con sus aprestos, armas 
y tripulaciones y todos los prisioneros de cualquiera especie que 
tuviera en su poder: que no se obligaría por la fuerza á los in- 
dividuos franceses, en la capital, á hacer un servicio militar y 
que dejaría á los que ya se hallaban enrolados en plena libertad 
de continuar ó de abandonar el servicio: que las ofensas que el 
sefior vizconde creía que se habían hecho al pabellón fírancés y 
las indemnizaciones que juzgaba debían darse á los franceses 



(1) Nota fecha 2i de mayo de 1889, lib. cop. citado, pAJii» 7^- 



ttL MOTÍN MILI TAR DE LAVALLB 65 

perjudicados por efecto de las medidas adoptadas, serian puntos 
que se arreglarían por ambos gobiernos. En virtud de esta co- 
municación yerbal, sin duda porque la cosa urjía, y sin que 
constara que el vizconde hubiera aceptado, pues nada se había 
firmado^ el gobierno, sin más trámite^ pues quería cuanto antes 
«terminar las hostilidades contra la fuerza de su mando», de- 
terminó «prescindir de toda discusión de derechos y ratificar lo 
estipulado y convenido» (nota fecha 25 de mayo de 1829). En su 
consecuencia, le decía: «el gobierno por su parte cree haber 
cumplido sus obligaciones á este respecto, habiendo espedido y 
mandado cumplir el decreto que se remite en copia al sefior 
vizconde de Venancourt, y espera que el sefior vizconde cum- 
plirá también con el deber que le imponen los mencionados ar- 
tículos, í*) Y, como cohibido por las circunstancias, obligado á 
pasar por ellas, manifestaba que prescindía «de todo lo relativo 
á sus derechos, únicamente por satisfacer el deseo que le ani- 
maba de conservar la paz con los empleados de la nación fran- 
cesa, reservándose arreglar definitivamente con el gobierno de 
S. M. Cma. lo que exijía su honor y la justicia.» Y, á la vez, le 
hacía saber que el portador de esta nota era el sefior don Juan 
Andrés Gelly, que iba acompañado del sefior coronel don 
Eduardo Trole, «suficientemente autorizado para dar las cspll- 
caciones que creyera convenientes el sefior vizconde y arreglar 
la inmediata terminación del presente negocio.» '*^ 

laimcaeiéMdcisc La humillación era un hecho indiscutible. El 
ftor doajau Andrés gobiomo uo tenía como oponerse a la fuerza. No 
Mtttnd de^M^ ^^ produciría, en ese momento, desgraciadamen- 
■laiMM Aackoroia. te, uu hocho Semejante al de Piérola en Perú 

(salvo el muy hermoso de los hermanos Anchore- 
na), que exaltara el patriotismo y uniera á los partidos en lucha,á 
fin de abatir el orgullo y la altanería del vizconde Venancourt; si 
bien es verdad que, para honra de la bandera nacional, ol general 
Viamonte y su ministro el general Guido continuarían la obra de 
del Carril, comulgando así las colectividades políticas en el te- 
rreno de la elevación delosideales nacionales. Aquello era el íruto 
de la anarquía, que luego se pagaría con creces, abatiendo ins- 
tituciones y cabezas. El derecho era desconocido, porque no 
había con que sostenerlo. Y el autor del atentado, que así obli- 
gaba al gobierno á borrar de su código la ley del aflo 21, que 
disponía el servicio de las milicias urbanas, no se detendría en 
su camino, como que contaba con la impunidad, y la alianza, in 
mente, cuando menos, del partido adverso, al cual así venía sir- 
viendo. En prueba de ello hasta arrebataba, de los buques to- 



(1) Ubro copiador citado, p^ina 76. 

(2/ La entreyitta con Oelly tuvo lugar en el buqne Oenei'at Rondeuu. 



66 ALBBttTO PALOMBQUfi 



mados, á los prisioneros que allí existían, poniéndolos lu^o en 
libertad para que se incorporaran á las filas de sus amigos de 
causa política. 

El sefior Gelly dio cuenta de su misión y el gobierno le 
decía entonces que era preciso que exijiera del vizconde una 
ratificación escrita de los artículos convenidos en la confe- 
rencia tenida entre él y el general Cruz, como también de lo 
que había convenido con el mismo general Gelly. «Desde que 
el gobierno ha reconocido por escrito esas estipulaciones,» 
decía, «es justo y necesario que se haga igual reconocimiento 
por parte del vizconde.» 

Todo era informal y arbitrario. El gobierno daba toda clase 
de prendas, pero no así el vizconde. Por eso se recomendaba 
al señor Gelly no sólo aquello, que entre jente de sana pro- 
bidad se habría hecho, sin solicitarlo, sino que se le ordena- 
ba, además, exijiera, «en el caso en que el vizconde conven- 
ga en devolver los buques, una declaración escrita también 
del modo como se apoderó de ellos y de haber quemado uno». 
Estos documentos el gobierno los consideraba indispensables 
«para el caso en que hiciera las reclamaciones correspon- 
dientes,» por lo que le decía terminantemente al señor Gelly: «y 
no debe Vd. volverse sin haberlos conseguido.» ^^^ 

eapiicacfooct «ci- El vizcoude seguía humillando. Pedía espli- 
jidat por el vizconde caciones sobrc los términos del convenio, para 
venaacoart. ^^^ ^j^ libertad CU quo por él se dejaba á los 

subditos franceses, de continuar ó abandonar el servicio, no 
les trajese jamás consecuencias desagradables cualquiera que 
fuese el partido que adoptasen.» Ello, sin embargo, estaba 
bien esplícito en la estipulación, pero el vizconde quería las 
cosas más claras aún. Era el caso de decirle: «más claro, 
échele agua.» El gobierno, resuelto á todo, daba la esplicación 
«de esa seguridad, que, por otra parte consideraba compren- 
dida tácitamente en él.» «Puede el señor Gelly,» le decía, 
«asegurar al señor vizconde que la adición que se hará, se 
llevará á efecto con tanta más seguridad, cuanto que el go- 
bierno, en consideración á la conducta franca y jenerosa que 
han observado hasta aquí los franceses enrolados en el cuerpo 
de los Amigos del órdeny está dispuesto á agradecer sus buenos 
servicios, lejos de violentarlos á que presten otros nuevos.» ^*^ 
Se iba debilitando la acción gubernativa. Ya aquella firmeza 



(1) Nota fecha 26 de mayo de 1829, libro copiador citado, pajina 78. 

(2) Nota fecha 26 de mayo de 1829, iib. cop. citado, pajina 78. Gelly sostenía que con- 
sideraba engaftado & Venanconrt y de buena fé. Decía ademAs que el arreglo no comprendía 
á Mendeville, •pne^ m>lo se ha hablado de f^ance^to^i sialido't de la capital por la causa 
indicada de no querer tomar la* nrma^.> fnota fecha 2i\ de mayo de 1859;. 



BL motín militar DE LAVALLB 67 



de los primeros días, usada por Diaz Velez, no era la que se 
empleaba, en estos momentos angustiosos, por el doctor del 
Carril! Y, como el vizconde exijiera más, es decir, que el go- 
bierno influyera para que los periódicos no trataran mal á 
S. M. Cma., se le decía que, aunque la libertad de imprenta 
era una conquista ya hecha en el país, sin embargo esperaba 
que «no hablarían en términos poco respetuosos de un gobierno 
con quien la república no está en guerra, y de quien espera 
obtener una justicia completa, con tanta más razón cuanto que 
en las discusiones á que dieron lugar en los diarios las desa- 
venencias suscitadas últimamente entre el cónsul general de 
Francia y este gobierno, los escritores públicos se han limi- 
tado siempre á hablar de la conducta del cónsul, sin agraviar 
en lo más mínimo los respetos del gabinete francés» (nota 
citada). Y, en su virtud, el señor del CaiTíl se dirijió al viz- 
conde, diciéndole, decididamente, y sin ambajes, como la situa- 
ción lo imponía, sin duda con el propósito de arrancarle la 
declaración por escrito que buscaba, «que, aunque es una 
consecuencia del decreto de 25 de mayo el que los franceses 
que dejaron el país por no tomar las armas puedan volver 
libremente á la capital sin ser obligados al servicio, el señor 
vizconde recibirá del señor ministro de relaciones esteriores 
un aviso oficial á este respecto que le autorice á notificarlo 
así á los interesados.» ^*^ Y concluía todavía por declararle, 
como si no fuera bastante lo ya dicho, que tenia «el honor de 
comunicarlo al señor vizconde, previniéndole que podía hacer 
volver á los subditos de S. M. Cma.; que no se les obligarla á 
hacer servicio militar de ninguna especie ni á enrolarse en 
ningún cuerpo,» saludándolo, al mismo tiempo, «con su más dis- 
tinguida consideración!» 

Todo estaba concluido. Al fin el señor cónsul Mendeville habla 
triunfado. Ya no se cumplirla la ley de 1821 ni la de 1823. Los 
ciudadanos franceses quedaban exhimidos del servicio de las mi- 
licias urbanas. El doctor del Carril habla salido de la situación, 
no sé si con honor, pero, á lo menos, quedando, al fin, desemba- 
razado de tanta dificultad; por lo que se preparaba para «discu- 
tir sus derechos» ante el gabierno francés. Ya creía que nada 
más le restaba. ¡Ah! pero no contaba con la huéspeda, que le sal- 
dría respondona. El vizconde serla su béte noire. Nuevas exij en- 
cías vendrían á dificultarlo todo. ¿Cómo? 

u faena impo- Cuaudo hay de por medio la fuerza y la mala 
niéndoM. voluntad, es inútil que el débil esté amparado en 

el derecho. Y esto era lo que sucedía: lo de la eterna fábula del 
lobo y del cordero. Fué así que el vizconde suspendió el cumpli- 



(1) Nota feeha 87 de mayo de 1829, 11b. cop. citado. p.'(JIna 7i». 



68 ALBERTO t>AtoMEQUlS 



miento de lo pactado, porque exijió previamente que el gobierno 
«anulara, por una declaración oficial,» el boletín que se había 
dado al pueblo el 22 de mayo. ^*^ Como era natural, en ese bole- 
tín no se iban á medir las espresiones, pues ellas tenían que 
estar en consonancia con los actos que se desarrollaban. 1^^, 
pues, ridículo y absurdo lo exijido. Sólo un deseo de humillar 
podía inspirar semejante exijencia, sobre todo después de las 
esplicaciones abundantes, hasta el esceso, que se habían dado al 
señor vizconde Venancourt con motivo del atentado que él, y no 
otro, había cometido. Él era el que había ofendido; pero, abusan- 
do de su posición, ó, más bien, de la de su contendor, asumía el 
rol que no le correspondía. Por otra parte, todo había quedado 
concluido después del convenio. Pero, como el fin era previsto, 
por eso se exijía aquello. A lo que conducía el desorden, la anar- 
quía y la guerra civil! £1 gobierno, sin embargo, apurando las 
heces de la amargura, tuvo todavía el honor^ decía, de dar al 
señor vizconde una contestación. Le recordaba que ese boletín 
se habia publicado inmediatamente después que las fuerzas de 
S. M. Cma., sin provocación alguna, y sin haber manifestado sus 
intenciones de obrar hostilmente contra el gobierno, atacaron, 
en medio de la noche, á los buques de guerra de la república y 
se apoderaron de ellos por la fuerza: que el gobierno, ignorante 
de los motivos que habían impulsado un movimiento tan ines- 
perado y estraño, no pudo dejar de tratar á sus perpetradores 
como á enemigos declarados: que lejos de ultrajar á S. M. Cma., 
ó de pensar en deshonrar el pabellón francés, declaró que no 
dudaba que S. M. Cma. desaprobaría la conducta de sus oficiales: 
que las consideraciones y benevolencias con que desde aquel 
desgraciado suceso había seguido tratando á la población fran- 
cesa de la capital eran una prueba más de que no había sufrido 
variación alguna su amistad y buenas disposiciones hacia el go- 
bierno y subditos de aquella nación: que el haber dicho en ese 
boletín que el capitán Picard había sufrido un engaño al asegu- 
rar que muchos franceses habían sido tomados por la fuerza y 
puestos abordo del bergantín goleta Rio Bamba,el gobierno había 
dicho una verdad, no habiéndole hecho injuria por este motivo: 
que los dos únicos individuos de nacimiento francés que se ha- 
llaban presos en el Eio Bamba eran dependientes de la república 
y estaban allí, no por un efecto de medidas políticas, sino por 
delitos particulares: que el único error que contenía el espresado 
boletín era el de atribuir al capitán Picard el suceso de la noche 
del 21, eíTor que el gobierno estaba pronto á salvar por una ded-a- 
radán. í*' 
Se esperaba, hechas estas esplicaciones, que el vizconde con- 



(1) Bate boletín Fe encuentra publicado en La Gaceta Mercantil. 

[2) Nota fecha mayo 28 de 1829. lib. cop citado, pAJIua 80. 



^"'^^H DE LA VALLE §9 



vendría en que después de los sucesos que tuvieron iug,»^_ 
noche del 21, el gobierno estaba justificado no sólo para publicar 
el boletín en cuestión sino para colocar una batería sobre el 
puerto, y dirijír, como lo hizo, tiros de bala, al buque que man- 
daba el seftor vizconde! 

Sólo faltaba, como se vé, que el seftor vizconde hiciera retirar 
también los cañonazos que se habían hecho. Si injurioso conside- 
raba el boletín, mucho más, en el hecho, lo hubieran sido los 
tiros á bala. Por eso, con mucha razón decía el doctor del Carril 
que «estas hostilidades estaban en aquella época fundadas en la 
razón y en la necesidad de rechazar la fuerza por la fuerza, por 
lo que no debían recordarse, desde que se había entablado y se- 
guido una negociación pacífica para arribar á la terminación de 
este negocio, mucho menos cuando en virtud de ofertas recípro- 
cas, hechas solemnemente, aquella negociación se hallaba con- 
cluida de todo punto, y cumplida por parte del gobierno». 

El gobierno había cumplido, por su parte, sin exijír más ga- 
rantía, decía, que el honor individual del seftor vizconde, por 
lo que le recordaba que él, «lejos de cumplir la promesa que 
había hecho al general Cruz de entregar todos los prisioneros, 
hizo desembarcar á los anarquistas que el gobierno tenía presos 
en el bergantín Cacique, en una costa dominada por sus jefes, 
dejándolos, por consiguiente, en actitud de volver á tomar las 
armas contra el gobierno.» «De ello,» decía, «no quería quejarse 
al vizconde, porque había preferido no hacerlo en fuerza de los 
ardientes deseos que lo animaban por el establecimiento de la 
buena armonía y por no poner trabas que defiriesen la conclu- 
sión del negocio.» De aquí que el gobierno comisionara nueva- 
mente al seftor don Juan Andrés Gelly para que terminara defi- 
nitivamente este asunto, «dando las esplicaciones que fueren 
necesarias». Y así se lo comunicaba en la citada nota al seftor 
vizconde. 

um doMc nota. Ahora bien, la nota de que he dado cuenta tiene 
su historia curiosa, como fruto natural de la situación angus- 
tiosa por que se atravesaba. Es indudable que la actitud del 
vizconde debió producir alarma en los espíritus de los hombres 
que doniinaban. Es seguro que esa avasalladora actitud hirió 
los sentimientos íntimos y delicados del patriotismo. El ardor y 
el entusiasmo han debido dictar una resolución enérjica, que 
no sería la que se manifestaba en la nota estractada. Ésta, como 
se ve, aunque protestándose entre líneas, importaba someterse á 
las duras circunstancias por que se atravesaba. Se pasaba por 
cuanto se exijía. Se había accedido á lo fundamental, después 
de loa bríos desplegados, y no era estrafto que se pasara por los 
detalles, á fin de llegar á la recuperación de las desgraciadas 
naves tan vilmente arrebatadas. Es verdad que en medio de 



70 ALBERT O PALOMA'" 

^u,n criticas justas al señor vizconde; pero, al fln se 

jasaba por lo que él exijla. De esa distinta manera de sentir 
provendría que el señor del Carril redactara dos notas^ una, 
que es la ya conocida, respondiendo al propósito de llegar á 
Roma por cualquier camino; y otra, que era la de secamente 
negarse á toda esplicación. Aquella era la diplomática; ésta la 
del guerrero. Ya veremos cual prevaleció y por qué motivo. Lo 
cierto es que en el libro copiador del ministerio se encuentra, á 
continuación de la que be analizado, otra, de la misma fecha 28 
de mayo, que simplemente contiene tres párrafos: el primero y 
el tercero, que son de estilo diplomático — el acuse recibo y el 
saludo — idénticos á la anterior; y el segundo, diciendo que había 
«recibido órdenes paru contestar al señor vizconde que habién- 
dose publicado dicho boletín en momentos en que las hostilida- 
des existían de hecho entre el comandante de las fuerzas nava- 
les de S. M. Cma. y el gobierno de Buenos Aires, sin haber en- 
trado aún en negociaciones, no podía absolutamente anularse 
su contenido, mucho más cuando las estipulaciones del 23 y 26 
del corriente han echado un velo sobre todos los sucesos ante- 
riores hasta que ambos gobiernos arreglen definitivamente este 
negocio.» 

Esta era la nota recta, altiva, seria. Ella revela que el patrio- 
tismo se había exaltado. Era la que correspondía á un pueblo 
que está dispuesto á ir por todo y salvar su honor nacional. Es 
digno de aquellos hombres, á pesar de todo, el encontrar tal 
nota en los archivos nacionales. Poco importa si no se pasó ó el 
motivo que la orijinó. El sentimiento nacional ahí se esteriori- 
zaba, demostrándose que no estaba muerto y que sólo circuns- 
tancias superiores pudieron aconsejar una resolución contraria. 
Consignemos este recuerdo honroso para el doctor del Carril, 
al pié de cuyas dos notas se encuentra estampado su nombre y 
apellido. ^^^ Y esto, sea cual sea la causa que orijinó esa noble 
nota, de la que en seguida hablaré. 

Mediación ofrecida La situación era gravísima. La actitud del se- 
por Montevideo. fiQj. vizcoude trascendió, y Montevideo, que aca- 

baba de adquirir su independencia, no pudo mirar impasible el 
suceso. Viendo que el mal estaba en la guerra civil, y no en el 
incidente del vizconde, porque éste no se habría atrevido á ello 
á estar el país unido y en paz, se fué á la raíz del mal y ofreció 
su mediación para terminar las desavenencias con la provincia 
de Santa Pé. Buenos Aires aceptó, diciendo que lo hacía «con 
tanta más satisfacción cuanto que siempre había deseado la paz 
interior y no haber tomado las armas contra Santa Pé, sino des- 
pués que esa provincia había empezado á hostilizar á la de 



(1) Libro copiador citado, pajinas 83 y 84. 




1 



EL motín mililar db lavallb 71 



Buenos Aires, interceptando sus comunicaciones, cuereando 
tropas á sus fronteras y cometiendo muchos otros actos igual- 
mente hostiles». í^^ 

consflHa al come- Pero, el seflor del Carril sintió la necesidad 
Jo de gobierno. ¿^ compartir responsabilidades con todos los 
que habían cooperado á la creación del nuevo estado de co- 
sas. Como la lejislatura había sido derrocada, ahí estaba un 
centro de hombres consultivos que la reemplazaba, aunque 
fuera revolucionariamente, denominado consejo de gobierno. ^'^ 
Y fué á éste á quien se dirijió, dándole cuenta detallada de 
todo lo sucedido, para que resolviera sobre las medidas adop- 
tadas y el arreglo convenido. Lo comunicó, en su consecuen- 
cia, al presidente del consejo, para que éste lo pusiera en 
conocimiento de ese cuerpo. En nota techa 4 de junio de 1829 
le decia, entre otras cosas que ya conocemos, que los docu- 
mentos que le adjuntaba servirían para formar un juicio 
exacto del negocio y aconsejar al gobierno la conducta que 
debía observar al hacer sus reclamaciones á S. M. Cma. Entre 
esos documentos se hallaba el parte de la capitanía del 
puerto dando cuenta del atentado; una nota del vizconde Ve- 
nancourt, con su respuesta, en que se anunciaba el envío del 
setter general Cruz; nota de éste dando cuenta del convenio; 
el decreto de 25 de mayo dictado a consecuencia del arreglo, 
el que se había enviado en copia á Venancourt, con la nota 
respectiva, y conducida por Gelly, acompañado de Tole; co- 
municación remitida por Grelly, desde á bordo, conteniendo la 
exijencia de Venancourt respecto á una pequeña adición al 
decreto del 25 de mayo y condiciones relativas á la conduc- 
ta de los periódicos, con la respuesta dada, conviniendo en 
lo que el vizconde solicitaba; y la esposición de Gelly, he- 
cha en la noche del 26, cuando volvió á tierra, acompañan- 
do un estracto de sus conferencias con el vizconde. Asimismo 
le hacía saber, que, como había considerado concluido el ne- 
gocio, había envieúlo á bordo á los tenientes coroneles don 
Francisco Seguí y don Antonio Poli, con la credencial que 
en copia remitía, para que se recibieran de los buques, bajo 



(1) Nota de in de mayo de 1829, lib. cop. citado, pájiua 84. Esto baen ejemplo, de una 
y otra parte, e^t digno de recuerdo en e-<tos Instantes en que Montevideo se desangra. El 
ofrecimiento de una mediación es honroso para el que lo hace, por lo que el congreso de 
La Haya ha proclamado ese principio. Y su aceptación, por aquel á quien le es ofrecida, 
un deber que revela concepción de estadista; porque para desgarrar siempre hay tiempo, 
mientras no así para resucitar muertos. 

(9) Creado en 4 de mayo de 1889, compuesto de Pueyrredon, de la Cruz, Víamonto. 
Guido, Castro, Zavaleta, Sanmartín, Gallardo, Guzman. Alzaga y Ocampo, siendo Soler el 
presidente. No aceptaron Guido, Viamonte y Alzaga. El 6 de Julio Lavalle lo disolvió.— 
Bl sefior Zinny incurre en el error de considerar como miembros de él A Guido, Viamonte 
y Alzaga, como pe ve en la pecina 100 de Hi&toria de loé ffobemadoret* • 



72 ALBERTO PALOMBQUB 



formal inventario, y la nota respectiva al vizconde en cum- 
plimiento del artículo 3.^ del convenio. Iba también la co- 
municación del vizconde espresando que no entregaba los 
buques hasta que el gobierno anulase, por una comunicacióa 
oficial, el boletín publicado el día 25, en el que se daba 
cuenta del suceso de la noche del 21, acompañando, decía, 
«el proyecto de boletín adjunto con el número 15 para que 
se publicase oficialmente». 

Y á todo esto se unía la nota dirijida al vizconde: la doble 
nota ya citada estensamente, por lo que es llegado el momento 
de esplicar su secreto. En la comunicación al consejo del go- 
bierno, el doctor del Carril dice que «se retiró la primera nota, 
después, á solicitud del vizconde, pasándole en su lugar la nú- 
mero 17», que había sido entregada por el señor Gelly. Y fué 
«en su virtud», agrega, «que regresó el señor Gelly de su segun- 
da comisión y dio cuenta de ella por medio de la comimicaciór 
número 18, acompañando un pÚego que contiene cuatro ar- 
tículos adicionales al convenio del 26, y que van adjuntos coi 
el número 19». 

«La negociación, pues», dice el señor del Carril, «estaba coi- 
cluída, y el vizconde debía entregar nuestros buques 48 horas 
después de recibir la ratificación de los artículos adicionales 
por parte del gobierno. Pero, pocas horas antes de vencerse Us 
48 horas prefijadas, recibió el comisionado Gelly una nota del 
vizconde, que contenía pretensiones aún más estraordinarias y 
avanzadas que las que había manifestado con motivo del boletío. 
Ya no podía dudarse de las miras del comandante francés, por 
lo que el gobierno mandó á bordo á su comisionado (el día 2 de 
junio), con órdenes de intimar al vizconde que á las 12 del día 
se vencía el término en que debían entregar los buques, según 
las estipulaciones celebradas; que no admitía más reclamacio- 
nes sobre el particular, y que si el vizconde resistía la entrega, 
quedaba rota toda comunicación y él responsable de todos los 
males que pudiesen sobrevenir. Después de alguna i'esis- 
tencia, el comandante íVancés resolvió la entrega de los buques, 
la que se verificó en la misma tarde del 2, quedando sin efecto 
las últimas comunicaciones números 20 y 21, que el infrascripto 
remite únicamente para que el consejo pueda formar una idea 
más exacta de las intenciones y conducta del vizconde de Ve- 
nancourt.» 

El señor del Carril concluía pidiéndole al consejo «aconsejara 
la conducta que debía seguir el gobierno y la clase de repara- 
ción que debía pedir á S. M. Cma. por un insulto tan grave, tan 
contrario á las leyes de la neutralidad y á los principios del de- 
recho de jentes.» El señor del Carril manifestaba, además, que 
no podía instruir al consejo «de los motivos que hubieran impul- 
sado al vizconde á obrar del modo que lo había hecho, porque 



*^ 



EL MOTÍN MILITAR DE LAVALLE 73 



él mismo lo ignoraba, aunque presumía que ese proceder estra- 
ordinario emanaba de las sujestiones del cónsul Mendeville, de 
cuyos procedimientos^ antes de su partida, estaban impuestos 
los señores del consejo, lo mismo que de la conducta observada 
entonces por el gobierno.» 

coaMkacite del Ahora bien, sin perjuicio de lo que resolviera 
acAor del Cerril el el consejo, el doctor del Carril comunicaba to- 
de^ Qfi, en Loe. ¿^^ j^^ hcchos al doctor Gil, en Londres, en- 
cargado de negocios, para que fuera ganando 
la opinión pública de ese país, por medio de la prensa, y 
procurara «recabar del gabinete de S. M. B. una declaración 
oficial del modo cómo el gobierno inglés miraba un suceso 
reprobado por todo derecho y aún por la simple razón natu- 
ral.» (^^ Otro tanto encargaba al señor Larrea, en París, en 
cuanto á atraerse la opinión pública, mientras le oñrecía en- 
viarle las instrucciones que le comunicara el consejo de go- 
bieno. Y, para llenar ese mismo fin, y atraerse las simpatías 
de los gobiernos uruguayo y brasileño, ponía el hecho en cono- 
cimiento de sus respectivos ministros de relaciones esteriores« 
lo mismo que en el del cónsul de los Países Bajos (notas de 
fecha 9 y 26 de junio de 1829). Mientras el consejo resol- 
vía, el señor del Carril pedía al ministro de la guerra y ma- 
rina un conocimiento exacto y detallado de los perjuicios que 
había sufrido la marina de la república, los objetos que se 
habían destruido ó inutilizado y el valor en que debían esti- 
marse unos y otros, á los efectos de las instrucciones á darse 
al ájente del gobierno en Paris. (Junio 11 de 1829). 

Reiecioaee cea el Por lo demás, las relaciones con el gobierno 
xobierao del üni- ¿qi Uruguay se estrechaban, ante el peligro co- 
'"^' mún, dirijiéndose á aquel territorio el señor don 

Francisco Pico, en unión del mayor don Andrés Burgos y el 
teniente primero don Antonio Lara, para reunir voluntaria- 
mente y conducir á esta capital la tropa perteneciente al ba- 
tallón 4.° de cazadores, que había sido conducida por los 
presidiarios sublevados en Martin García, la que se hallaba I 

en Mercedes. ^^> Así se iban echando los vínculos de la soli- ! 

darídad política entre los partidos de ambas orillas del Rio de 
La Plata! 



(1) Noto feche 9 de Jnnio de 1899, libro copiador citado péj. 90. Debo advertir qne el 
visconde hebie incendiado uno de los baques, llevándose los otros tres. Esto confito de la 
noto al sefior Larrea, de fecha 9 de Janio, en la i>áj. 91 del libro copiador citado. 

(9) Notas 13 y 98 de Janío de 1899. Lib. cop. citado. pijf(. 96 y 96. 



74 ALBERTO PALO MEQUE 



Loi Mrviitorct et- Y, para atraer á su causa á todos los elemen- 
tra^je^Dt,heolMMcla. t;os cstraujeros que lo habían ayudado en tan 
dadamM. difícil trance, tiraba un decreto, — que luego, 

cuando el gobierno cambiara, se anularía por la nueva situa- 
ción política, — echando así las bases, en este sentido, de las ten- 
dencias que en el futuro caracterizaría á los dos partidos 
políticos arjentinos en su lucha encarnizada, — declarando ciu- 
dadanos de la provincia de Buenos Aires á los estranjeros de 
todas las naciones que hubieran tomado las armas en cualquiera 
de los cuerpos de las milicias urbanas de la capital; los que, 
en consecuencia, gozarían de todos los derechos de tales ciu- 
dadanos, en igualdad con los naturales. Debería hacerse, decía 
el decreto, una publicación oficial de los nombres de todos los 
individuos á quienes comprendía la presente resolución, «según 
la lista, que, al efecto, deberán presentar al gobierno los co- 
mandantes de los respectivos cuerpos de milicias». Para hacer 
constar esa calidad de ciudadanos, bastaba presentarse al mi- 
nistro de gobierno, quien, sin más que la justificación previa de 
hallarse comprendido en el decreto, mandaba estender por la 
escribanía mayor la competente carta de ciudadanía. í^> 

Este decreto, adelantado para su época, encierra una doctrina 
que aún hoy se discute en nuestro congreso. Se cree que el es- 
tranjero incorporado al ejército, en el que ha vivido desde su 
niñez, hasta llegar á ocupar elevada jerarquía, no es ciudadano 
arjentino, á pesar de haberle dado á la tierra de su predilección 
su sangre y sus sacrificios. Necesita todavía la carta sellada con 
tinta, con olvido de que la tiene sellada con sangre en los campos 
de batalla! f»^ 

Lo que había influido en aquella determinación había sido 
s i mplemente una consideración de orden político interno, pues 
el problema no se había estudiado ni dilucidado sino al calor de 
los acontecimientos desarrollados. Y ese mismo determinismo 
político sería el que en seguida influiria para que el partido 
opuesto, vencedor en la liza, se fuera al otro estremo, declaran- 
do nulas y sin ningún valor las cartas de ciudadanía espedidas 
en virtud de aquel decreto, que á la vez dejaba sin efecto, en 
¿odas sus partes. Por él se declaraba que los estranjeros que sin 
carta de ciudadanía tomaran parte directa ó indirectamente en 
las disensiones interiores, si desgraciadamente sobreviniesen, lo 
que asi desgraciadamente sucedería, serían espelidos del país. A 
la vez se declararía que el llamamiento que hacía la ley de 17 de 
diciembre de 1823 á los estranjeros residentes en la provincia. 



(1) Colección do Angelí^, pá,l. 971. parte segunda, junio 23 de 1889. 

(8) Por e^te decreto, decía Tm Gacela Mercantil, se hacían ciudadanos, de golpe, á más 
de 700 e^traiOeron, por lo que lo criticaba. (Junio 96 de 1829;. 



EL motín militar DE LAVALLB 75 



para enrolarse en la milicia, se entendería solamente para los 
casos ele guerra esterior. ^^^ 

Lo malo de aquel decreto fué su determinismo político y el 
momento en que se dictó. De ahí que no tuviera raíz en la opi- 
nión de la época. Tenía, además, el inconveniente de todo decreto 
que no viene precedido de una discusión amplia, que ilustre el 
asunto y lleve al seno del pueblo el convencimiento de la idea 
que lo informa. Había surjido del caos y de un círculo, y, por lo 
mismo, otro decreto, sin mayor discusión, aunque, como veremos, 
con abundamiento de razones, se encargaba de dejarlo sin efecto, 
sin que ningún cuerpo lejislativo interviniera en el caso. Lo que 
revolucionariamente se había hecho, veinticuatro horas antes 
de celebrarse el pacto de La valle con Rosas (éste era de fecha 
24 de junio y el decreto de del Carril honrando á los estranjeros 
con el título de ciudadanos era de 23 de junio) se anularía, de he- 
cho, por otro decreto, aunque dictado éste dentro de las faculta- 
des ejecutivas, por quien desempeñaba una función constitucio- 
nal orgánica, emanada de un pacto entre fuerzas opuestas, como 
lo eran las del general don Juan Lavalle y don Juan Manuel 
Rosas. 

viamoiite lo deja Viamoute, al dejarlo sin efecto, espuso, por 
tio efecto al aramir intermedio de su ilustrado ministro el sefior ge- 
ei Hiaiido. neral don Tomás Guido, observaciones seducto- 

ras, que tenían su razón, en aquellos instantes, y que herían el 
orgullo nacional. El general Guido recordaba que «era contrario 
al espíritu de los pactos de 24 de junio y 24 de agosto el decreto 
por el cual fueron declarados en masa ciudadanos de la provin- 
cia á todos los estranjeros que habían tomado las armas en de- 
fensa de la causa que se sostenía en esta ciudad: que esa decla- 
ración no sólo importaba una notoria ilegalidad, desde que 
traspasaba todas las condiciones que la ley exijía para que pu- 
diera acordarse el título de ciudadanía, sino que confundía qui- 
zás hombres sin acojida en su propio país, con estranjeros res- 
petables, de cuyo hospedaje se honraba la provincia, y de cuya 
industria y moral la república reportaba notables beneficios: 
que esa declaración además envolvía la circunstancia ominosa 
de llamar al goce de la ciudadanía á los orijinarios de una na- 
ción con quien la república estaba en guerra, y estaría perpe- 
tuamente mientras su independencia política no fuera recono- 
cida por el monarca español: que no podía permanecer con 
fuerza, en los rejistros oficiales, sin ofensa al buen sentido, sin 
sancionar el fatal principio de que los estrafios pudieran inje- 
rirse en nuestras desgraciadas disensiones domésticas y sin que 



(1) Decreto de enero 11 de 18do (Col. Angelis, páj. 1034) R^istro Ofleial, tomo i, paji- 
na, 860. 



76 ALBERTO PAt.OMBQUB 



un estranjero aventurero tuviera franco el camino para cM>in- 
prometer la suerte de sus compatriotas honestos é industriosos 
en los azares de una guerra intestina.» ^^^ 

Aunque yendo por distintos caminos se encontrarían Men- 
deville, Venancourt, Porbes, Parish y Rosas, en 1830. No 
sei*virian los estranjeros, como se ve, en las milicias urba- 
nas, en épocas tumultuosas civiles. Ese derecho, sin embar- 
go, lo adquirirían sólo en la letra, porque en el hecho todo se 
subvertiría. En cambio, el decreto declaraba que las milicias 
urbanas subsistirían en época de guerra esterior. No dice el de- 
creto por qué. Nadie reclamó ni nadie comprendió el por qué 
de esta escepción. Es que cada uno se reservaba proceder según 
los sucesos lo exijieran. Y asi fué, que, cuando en octubre 14 de 
1830 el gobierno dio el decreto reorganizando los cuerpos de 
milicias, de acuerdo con la ley de 17 de diciembre de 1823, dijo 
que «los estranjeros domiciliados» que por algún tratado no es- 
tuvieran exentos de todo servicio militar, se enrolarían en el 
Rejimiento de Patricios de Infantería, desde la edad de 17 afios 
hasta la de 45, y los demás en la milicia pasiva, quedando sin 
efecto la escepción para los estranjeros transeúntes de que ha- 
blaba la ley del año 23. 

u recianMMii di- Poro, volviondo ahora al proceso diplomático 
piomátiM del doctor que incoaba el doctor del Carril, preparando la 
del Carril. opinión cstraujora y buscando la prueba de los 

perjuicios causados por el atentado, para llegar así al final del 
estudio de este incidente de carácter político- internacional en 
el que empezaron á dibujarse las tendencias de ambas colecti- 
vidades en el punto que analizo, diré que el gobierno revolucio- 
nario no cesó en su tarea. Al final él había levantado, y es justo 
decirlo, para su honor, la nota altiva y patriótica, al intimar á 
Venancourt cumpliera lo estipulado, sin más trámite. De su 
propia debilidad había sacado fuerzas. No había permitido más 
humillación. Esto es honroso para tales hombres, dada la situa- 
ción en que se hallaban, en que todo se combinaba para echar 
por el suelo sus sueños revolucionarios. 

Ahora bien, esa nota fué seguida del propósito de exijír la re- 
paración condigna del atentado inaudito llevado á termino. El 
consejo de gobierno se había espedido, sin duda, ó el doctor del 
Carril, viendo que el huracán se le venía encima, quiso dejar 
constancia, á lo menos, en los anales internacionales de su pa- 
tria, de que, en medio á aquel derrumbe él no había perdido la 
cabeza, y que ahí estaba la nota que lo salvaría para ante la 



Ci) Llama la ateución que en la coleceióu de Augrelií*, citada en la noto anterior, edición 
becha en 1836, durante la admlnistraeión de Rosos, se suprimieran todo.<< e^toi* CoMide- 
randot, ba^e del decreto. Se hallan en el r^lntro oficial, tomo 2, pajina 260. 



IfiL motín MIMTAII liB LAVALLfiS 77 



historia. Ya estaba celebrado el primer pacto con Rosas, en el 
cual se veía la debilidad revolucionaria. La mediación de Mon- 
tevideo no había sido posible tramitarla. Lavalle se había en- 
tendido directamente con Rosas y convenido, en 24 de junio, lo 
que era, en el fondo, la derrota del círculo de aquel. Por ese 
pacto cesaban las hostilidades y se establecían las relaciones 
entre la ciudad y la campaña; se procedería á la mayor breve- 
dad á la elección de representantes de la provincia con arreglo 
á las leyes (esto se eludiría más tarde); Rosas quedaba especial- 
mente encargado de mantener y conservar la tranquilidad y 
seguridad de la campaña, tomando al efecto todas las medidas 
que creyera convenientes y proveyendo, sin noticia del gobier- 
no, los empleos establecidos por las leyes y formas, que, atendi- 
das las circunstancias estraordinarias, creyese necesario para 
el réjimen y policía de ellas, hasta la instalación del gobierno 
permanente; Rosas debía ser auxiliado por el gobierno proviso- 
rio con los recursos de todo jénero necesarios para este servicio; 
se reconocían y se pagarían las obligaciones otorgadas por el 
comandante general Rosas para el sostén de las fuerzas de su 
mando; los jefes y oficiales de línea y de milicias á las órdenes 
de Rosas tenían opción á los goces que les correspondían en sus 
respectivas clases; nadie sería molestado en sus opiniones polí- 
ticas ó conducta anteriores á esa convención; y, por último^ las 
autoridades serían inexorables, decía el pacto, con el que de 
palabra ó por escrito contraviniese á lo estipulado al respecto. 
Este pacto, firmado en Cafiuelas, en la estancia de Miller^ el 24 
de junio de 1829, era la muerte de Lavalle y sus amigos. Ellos 
quedaban, es verdad, en la ciudad, con el gobierno provisorio; 
pero esto era en el nombre. No tenían fuerza moral ni material 
para sostenerse. Por todos lados estaban cercados. Esos mismos 
estranjeros que se querían atraer por el decreto, declarándolos 
ciudadanos en masa, no servirían para la lucha, porque estaban 
minados por sus cónsules. Era en el papel, pues, que dominaban, 
desde que sólo conservaban un poder efímero que se les iba, 
como he dicho, de entre las manos. Don Florencio Várela así lo 
comprendió en el acto, por lo que presentó su renuncia, des- 
pués de haber, quizá, redactado el documento diplomático á que 
me referiré en seguida, revelador de poder sólo para quien no 
estaba al cabo de los sucesos. ^'^ 

No les quedaría más que una acción aparente de poder en la 
ciudad. El campo no se le presentaría favorable, como en 1843, 
en Montevideo, para la complicación internacional, á fin de 
prolongar un sitio de cerca de diez años. Aquí ahora el elemen- 
to estranjero no cooperaba oficialmente. Todo les era adverso. 
Lo único, pues, que iba á hacer el doctor del Carril, y su círcu- 



(1, Renunció (Igrnoro 1* fecha de la renuncia), y el 5 de Julio se le aceptó su dimisión. 



7}^ ALbl^.UTO PALOMKQTt: 



lOy era dejar salvado, en el papel, el derecho á la reclamación. 
Y nada más. Era todo lo que podía hacer. No podía exijírsele 
otra cosa, porque carecía de facultad para hacer ningún acto 
de ostensible poder. Eso era sijiloso, diplomático. Pero, lo bacía 
cuando carecía de autoridad y cuando el mismo pacto, mirán- 
dolo bien, le imponía el deber circunspecto de no entrar á 
dilucidar una reclamación muy vinculada con el adversario, 
con quien acababa de tranzar, dándole autoridad moral y 
material; y en cuyo momento se había declarado que se sería 
inexorable con quien atacara la conducta de los que habían 
actuado en los sucesos. La cuestión internacional estaba muy 
vinculada á la civil, como para poderla dividir, por más que se 
invocara la dignidad del pabellón. Lo hecho por Venaucourt 
aprovechaba á ese partido con quien acababa de tranzarse. JL»c 
estaba muy unido, por el momento. A lo menos el quid prode^ 
del derecho criminal estaba ahí para decir que era al general 
Rosas á quien había aprovechado toda esa desavenencia con el 
vizconde, aunque no pudiera probarse, ni se probaría nunca, 
que él hubiera tenido participación en el suceso que afrentó el 
pabellón nacional. 

Los iMuiet de la Esa guerra in tempo di pace ha quedado com- 
capitMia del paer- probada en los cortos pero elocuentes partes de 
i«**íiMi««***arie«* ^^^ marinos de aquella época. Y era el señor don 
tiBoe. Antonio Ponze quien ponía en conocimiento del 

señor comandante general de marina, el 22 de 
mayo, desde balizas, abordo del bergantín de guerra General Bel- 
grano, que se había embarcado el 21, á las 8 p. m.,en este buque, 
como se le había ordenado, hallándolo conforme lo había dejado 
el comandante Mazón, en orden, teniendo las escotillas de la 
bodega tapadas con encerados: que sospechando que los buques 
franceses que andaban de ronda los invadiesen, y se hallasen 
indefensos, por la poca fuerza que tenían, habían determinado 
trasbordarse á la goleta de guerra Maria Teresa: que, como á 
eso de las diez de la noche, estando de guardia Antonio Ponze, 
atracó á bordo del Bélgrano una embarcación francesa con más 
de doce hombres de tripulación, al parecer: que, luego que se 
retiraron del buque, volvieron á bordo y encontráronse con las 
escotillas abiertas, la cámara toda revuelta, los bragueros de los 
cañones todos cortados, habiendo quitado los palanquines y 
echándolos á la bodega, notándose la falta como de doce ó quin- 
ce barriles de pólvora: que se habían llevado todo lo pertene- 
ciente á la cámara y la ropa de los oficiales: que viendo que 
andaban dos embarcaciones que traían gran fuerza, y observan- 
do que iban á ser prisioneros, por ser dos oficiales y tres mari- 
neros, convinieron en regresar á la María Teresa y consultar con 
su comandante el capitán don Antonio Richitelli, el que dijo 



BL MOTÍN MILITAR DB LAVÁLLB 79 



debían venir á tierra, lo mismo que todos los oficiales: que lo 
efectuaron asi, encontrando, al llegar al muelle, una embarca- 
ción al parecer francesa, la que, considerándola superior á ellos, 
orzaron, dejándola muy á sotavento, y atracando á tierra, f^^ O ya 
lo era el señor capitán del puerto, don Francisco Seguy, comu- 
nicando, el 23 de mayo, que en la noche pasada se había visto 
recorrer las balizas los botes de guerra franceses y que los ber- 
gantines Rondeau y Rio Bamba mantenían la misma posición 
sobre la barra: que al amanecer del 23 se había visto á la gole- 
ta de guerra 11 de Junio ponerse á la vela y á las 9 y media fon- 
dear en el mismo canal esterior á sotavento del Cacique como 
media milla: que á las 8 detuvo la corbeta de guerra ft*ancesa 
Ysi8 á un bergantín goleta nacional que venía de alta mar, ha- 
ciéndolo fondear por su popa: que á las 10 había detenido á la 
goleta nacional correo Felicidad del Sudy que procedía de Mon- 
tevideo, f*^ O ya lo era el comandante general de marina, don 
José Zapiola, que comunicaba, el 23 de mayo, que el día 22 ha- 
bía dispuesto fuesen á bordo del bergantín de guerra General 
Belgrano los oficiales aventureros Masson y Ponce para que 
cuidasen la pólvora que en dicho buque estaba depositada: que 
los bergantines Rondeau y Rio Bamba estaban ya fuera de la 
bahía, haciéndolo á espía en toda esa tarde: que «los anarquistas» 
habían incendiado los almacenes del arsenal: ^^^ que el capitán 
de la goleta nacional Rosa, que acababa de fondear, el 24 de 
mayo, procedente de Montevideo, hacía saber que al pasar por 
el bergantín Republicano no había visto preso alguno, por lo que 
preguntándole por ellos á los del bote francés que habían ido á 
reconocerlo, le habían contestado que estaban en la goleta fran- 
cesa. ^^^ O, por último, ya lo era en el hermoso día 25 de mayo, 
cuando el capitán del puerto don Francisco Seguy anunciaba 
que se había sabido por el capitán del bergantín americano Dos 
Marías que los cañonazos sentidos á las 9 a. m., en el río, habían 
sido motivados por la llegada de una goleta nacional mercante, 
á la cual los buques de guerra franceses le habían tirado un 
cañonazo sin bala y dos con ella, siendo en seguida abordada 
por un lanchen que llevaba 18 hombres á más de los bogadores, 
disparándole dos cañonazos á bala y descarga de fusilería á 
quema ropa al tiempo de atracar, apoderándose de ella. ^°^ 

¡Ah! días tristes, de 1829, aniversario de la revolución de ma- 
yo de 1810! Y, sin embargo, allí estaba Brown! Qué diferencia 
de 1816 á 1829! El inicuo atentado estaba consumado. En la 



(1) Archivo del ministerio de relaciones esteriore», legajo delafio S9, núm. 2. 

(8) Archivo del mÍnÍ;«terío de relaciones esteriorefi, legajo del año 89, núm. 2. 

(¡5) Archivo del ministerio de relaciones estertores, legajo del aflo 29, núm. 2. 

(4) Archivo del ministerio de relaciones esteriore<i, legajo del aflo 29, núm, 2. 

(5) Archivo del ministerio de relacione:* e<íteriores, legajo del aflo 29, nñm. j?. 



«o AliHKnro PALOMlSQri'^ 



noche del aniversario de osa noche clásica, el vizconde Venan- 
count iluminaba el rio con el incendio de una de aquellas cinco 
naves nacionales, débiles barquichuelos en que se cebaba el 
furor de un hombre que no se daba cuenta de la responsabilidad 
que contraía, sino para ante el gobierno de su rey, A lo menos 
para ante las pajinas de la historia sudamericana. Su apellido 
aparecería manchado en el Río de la Plata, y así l^^ado á In 
posteridad y á la historia de la noble marina de su heroica pa- 
tria. Y al fulgor de esos resplandores rojizos, allá en el cielo 
arjentmo de mayo, se leía una frase inscripta por mano provi- 
dencial: Ninguna nación conquista laureles atacando de noche^ á 
mansalva y cobardeínente, á los amigos que duermen reposando en la 
hidalguía del huésped/ 

Y así ha sido entregado á la execración pública el nombre 
del que usó de la oscuridad de la noche, como un criminal, 
para enseñar á los nobles marineros franceses el camino del 
deshonor! 

Nota del Miordoc* Mientras tanto, como se ha visto, el señor del 
tor del Carril al te- Carril apuraba su nota al seflor Larrea, en- 
¡Mrte^^d * hoc^ viáiidole las instrucciones que, decía, le habían 
Francia. sido prevenidas y ordenadas. Ellas consistían 

en considerar como un acto de piratería «el en- 
trar de noche al puerto, quemar un buque, destruir los otros, 
maltratar sus tripulaciones y oficiales, entre estos un coronel 
de la república. ^*^ Consideraba que este era el insulto más 
grave que podia hacerse al pabellón de una nación amiga, 
que tantas pruebas de afecto había dado á la Francia, por lo 
que encargaba al señor Larrea exijiera «una reparación públi- 
ca y solemne del insulto hecho por el \izconde Venancourt, 
comandante de las fuerzas navales francesas en el Río de la 
Plata, al pabellón y al honor de la República Arjentina, por 
medio de una declaración oficial del ministerio de S. M.» Luego 
indicaba la necesidad de pedir «el castigo del vizconde de Ve- 
nancourt por haber perpetrado el crimen de apresar los bu- 
ques de la república, y tomado parte en tavor de los enemigos 
del gobierno, devolviéndole doscientos de sus prisioneros.» Al 
fundar esta exijencia, olvidaba el doctor del Carril el momento 
en que la hacía. No recordaba el pacto celebrado. Eran duras 
las espresiones que usaba para con sus enemigos de ayer, 
pero sus aliados de hoy, que ahí estaban dominando toda la 
campaña, como así se reconocía en el convenio con Lavalle. 
Seguramente que el doctor del Carril no se habría atrevido á 
publicar semejante parte de las instrucciones, en la que se de- 
primía á la que ya era realmente verdadera autoridad de la 



(K El coronel Espora. 



MI. motín militar de i.avali.k si 

provincia y contra la cual se espresaba la autoridad nominal 
de la ciudad. Por eso he dicho antes que la vinculación de este 
hecho era muy estrecha como para que el doctor del Carril 
hubiera podido atreverse á tocar la cuestión. Sólo contando 
con el secreto diplomática) pudo hacerlo. ¿Qué habría dicho el 
general Rosas si hubiera leído esa nota^ escrita d los tres días 

del pactOy en la que se decía: « sino más todavía por el 

servicio distinguido que ha prestado d los enemigos del arden y 
del gobierno, procediendo por su sola autoridad a desembarcar 
doscientos prisioneros de los anarquistas, que el gobierno tenía 
á bordo, echándolos en un punto de la costa que el vizconde 
sabía se hallaba ocupado por los enemigos á quienes aquellos 
habían pertenecido?» Seguramente que Rosas habría protestado 
y quizá precipitado los sucesos que iban á desarrollarse antes 
de sesenta días. Era vidriosa, pues, la situación en que se co- 
locaba el doctor del Carril, á continuar con su reclamación. 
Desde que él mismo reconocía que Parish y Mendeville habían 
estado en relaciones con sus adversarios, y que el pacto se ha- 
bía celebrado, no podía escaparse á su penetración que el redar 
mo importaba atacar al aliado. Y, sin embargo, el pacto hecho 
contenía una cláusula enérjica que imponía el silencio de un 
modo inexorable! Pero, en el ánimo del doctor del Carril podía 
más que nada su deseo de dejar una constancia escrita, y nada 
más que eso, de sus intenciones; pues, por lo demás, bien veía 
claro en el problema de su caída. De ahí su apuro. Por eso don 
Florencio Várela se dio cuenta inmediata de la derrota y prefi- 
rió renunciar un puesto, en el que^ al fin y al cabo, no se era 
más que una decoración. Se carecía de poder eficiente para ha- 
cer gobierno, porque todo lo poseía el hombre de la campaña. Era 
lírico el procedimiento; y muy digno de critica, tratándose de 
un ciudadano tan práctico, tan talentoso, que acababa de asu- 
mir laseriaresponsabilidad de aconsejaráLavalle el fusilamiento 
á Borrego, mintiendo, decía, si fuera necesario, para ante la 
historia, porque ésta también se forja para la posteridad. 

Después de tocar aquellos puntos capitales, entraba á la re- 
clamación de los dafíos y perjuicios causados, según la planilla 
que se adjuntaba, para concluir por amenazar á S. M. Cma. con 
«cortar todas sus relaciones con la Francia, cerrar enteramente 
sus puertos al pabellón francés y ejercer sobre las propiedades 
de sus subditos establecidos en este territorio las represalias á 
que se consideraba con derecho, en caso de no darse las repa- 
raciones morales y materiales exijidas.» 

Como era natural, no podía olvidarse al causante de todo este 
escandaloso suceso; y fué asi que se recordaba al sefior Larrea 
la necesidad de la separación del sefior cónsul Mendeville, 
aprovechando la oportunidad para decirle que todo esto se pro- 
ducía porque la Francia no había reconocido aún la indepen- 

6 



82 ALBERTO PALOMEQUB 



dencia, enviando, en su consecuencia, una pei*sona digna con 
quien tratar. Y, concluía declarándole que manifestara á S. M. 
Cma. que sólo al deseo de mantener disposiciones amigables 
con la Francia se debía la conducta moderada y franca obser- 
vada por el gobierno con un individuo que le había hostilizado 
positivamente, á quien había tratado con consideración ce- 
diendo tal vez alguna parte de su dignidad en obsequio á la buena 
armonía que deseaba conservar con la Francia. «Así,» le decía 
al sefior Larrea, «Vd. se lo manifestará á S. M. Cma.» 

El doctor del Carril había dicho una gran verdad, al fin. Se 
hábia cedido tal vez alguna parte de la dignidad! pero también 
había aflrmado una inexactitud cuando atribuía su espíritu de 
moderación al deseo de conservar amistad con la Francia. Era 
que no se podía hacer otra cosa. Ahí estaban, para demos- 
trarlo, el Bepublicano, María Tei^esa, 11 de Junio, Rondeau, Rio 
Bamba, Rosa y Oacique. ¡Pobres barcos! Los cafiones habían 
muerto el derecho! 

Y fué esta la última nota del doctor del Carril sobre el asun- 
to. (^^ Satisfizo su deseo dejándola en el archivo. Pero, vino 
luego el general Guido . . . mas no anticipemos los sucesos ... f*-' 

u Bvcva titaMMa. La descomposicióu política era un hecho alo 

cuente. El general Alvear renunció el cargo de 
ministro de la guerra (julio 6 de 1829), quedando en su lugar 
Diaz Velez Jiasta el establecimiento del gobierno permanente de la 
Provincia, decía el decreto firmado por La valle y del Carril. Al 
mes desaparecía todo el ministerio (7 de agosto de 1829) y se 
reemplazaba conlosseftores don José Manuel García, general don 
Tomás Guido y coronel don Manuel Escalada, en hacienda, 
gobierno y relaciones esteriores, y guerra y marina, respecti- 
vamente. Era Lavalle quien los nombraba; pero ahí se veía ya 
la influencia del partido vencedor. Y á los 17 dias, en la quinta 
de Pifieiro, se nombraba, el 24 de agosto, por Rosas y LavcUle, al 
general don Juan José Viamonte, gobernador provisorio de la 
provincia de Buenos Aires, con las facultades estraordinarias 
que se consideraran necesarias al fiel cumplimiento de la con- 
vención y á la conservación de la tranquilidad pública. No 



(1) Los dafto» los estimaba en soo.OOO pesos fuertes, los que debia reclamar el «eflor 
Larrea. Nota fecba 27 de Junio de I8aí9, lib. eop. citado, pájiuas lio y lli. 

(2) Todo se derrumbó. Los decretos de Lavalle sobre elecciones y armas (27 de Junio y 
26 de Julio); la renuncia de del Carril, en 6 de agosto, no obstante continuar Lavalle en el 
mando de la caballería en 29 de agosto,— ya dominando Viamonte con sus fticultades es- 
traordinarias,— fueron procedimientos que no impidieron la caída definitiva del que había 
arrancado de su solio, para llevarlo & un patíbulo, al gobernante constitucional del país! 
Por eso don Jo^ Valentín Gomex diría, en seguida, que él no había participado de Utf 
ideas revolucionarias, en carta de Julio de 1829, publicada en La Gaceta Mercantil; mien- 
tras Rivadavia y Agüero se alejaban para Europa, bajo la scerba crítica de El Tiempo. 



£T 



EL motín militar DE LAVALLB 83 



entra eu nuestro propósito estudiar los acontecimientos que 
produjeron este resultado. Nos basta, para el fin del presente 
estudio^ recordarlo. El general Viamonte, que era hombre de la 
nueva situación á inaugurarse con el general Rosas á la ca- 
beza, conservó el ministerio que Lavalle habia formado de 
Garcia, Guido y Escalada (agosto 26 de 1829), como que per- 
tenecían á la causa triunfante. Y el general Guido, el más 
autorizado para hacerlo, lo primero que resolvió y ejecutó, fué, 
dirijirse al gobierno de Montevideo recordándole «los intereses 
que identifican la causa de ambos países, porque entre ellos 
resalta el principio de conveniencia y de fuerza que nace de 
la unión de ambos pueblos, esperando de Montevideo una per- 
fecta reciprocidad y la fraternal benevolencia que el de Bue- 
nos Aires se honraba de ofrecerle. ^'^ 

Reíacionet roma Y al soflor cónsul don Washington de Mende- 
úmáBM coa Mcfldcvt- yiUc, coutra quicu del Carril pedía todo aquello, 
"* el gobierno del general Viamonte, por interme- 

dio del señor ministro general Guido, le enviaba una nota ad- 
juntándole un ejemplar de la convención de 24 de junio y de los 
adicionales de 24 de agosto, comunicándole la cesación de la 
guerra y el depósito del mando en el general Viamonte ^^l Y, 



(1) Lib. copiador citado, p4j. 126, nota fch. de i8 de agosto de 1829. 

(i) MendeTllle respondió el 81 de agosto de 1829, ñegún con:*ta de la nota publicada en 
Jm Gaceta Mercantil, y regresó el 11 de Septiembre de 1829. Eflta actitud del gobierno fué 
luego ratificada por la legislatura, al reunirse, eu 1820, y dictar la ley por la que se «dA- 
claraban libelos infamatorios, ofensivos de la moral y decencia pi^blica todos los papeles 
dados á luz por las imprentas de esta ciudad, desde el i.* de diciembre de 1828 hasta la 
conTeneión del 24 de Junio último, que contengan espre^tiones infamante^, ó en algún modo 
injuriosas á la persona del finado gobernador de la proyiucia, coronel don Manuel Don'e. 
go; del comandante general de campaña, coronel don Juan Manuel Ro?a«: de los gobema 
dores de las provincias; de los beneméritos patriotas que han servido en la causa del orden; 
de loe minietroe de loe tiadonee amigae, reeidenUe en ésta, ó de cualquiera otros ciudada- 
nos ó habitantes de la provincia.» Al efecto, ^e nombraba una comisión que clasificara e»o< 
papeles y designara una demostración pública contra dichos papeles^ tanto en odio de eVLoe 
como en satisfacción de la ofensa inferida d las personas injuriadas y déla vindicta píMica. 
Además, se publicaría, por tres días consecutivos, en todos los periódicos de esta ciudad, 
la resolución acordada por la comisión, con el título y numeración de las piezas compren- 
didas n la clasificación de que habla el articulo 2. 

Al respecto dicen los sefiores Saldías y Zlnny: «El decano déla cámara de Jn8tlcia, doc- 
tor Miguel Villegas; el fiscal del estado, doctor Pedro J. Agrelo; el doctor Saturnino Se- 
guróla y tres ciudadanos más que el P. E. nombró en las personas de los generales Miguel 
Azeuénaga y Manuel Guillermo Pinto y doctor José Ugarteche, habían de formar la comi 
sión encargada de clasificar y formar una colección de los espresados papeles. (Zinny, pa- 
jina 129). T Saldías agrega: «Ella se expidió el 9 de marzo de 1830, declarando comprendi- 
dos entre los libelos infamatorios los diarios que habían sostenido el movimiento de Lavalle 
y atacado la administración Viamonte. como ser: El Pampero, (todos lus números;; El Tiem- 
po, (del número 276 al 815); La Gaceta Mercantil (números 1588 al 1680). «Y en odio de fc- 
mc|)antes piezas, como en Justo desagravio de las personas en ellas ii:^uriada«>, la comisión 
mandó «que todos los números espresados se quemen por mano del verdugro bajo los por 
tales de la casa de Justicia»; como en efecto lo fueron, el día que designó el poder ejecu- 
tivo (16 de abril). (Véase r^istro oficial de 1880, tomo IX, número l; El Lucero, número 
168, páj . 29, y tomo II, de Saldías.) 



si ALBERTO PALOMBQUa 



en su consecuencia; le decía, referentemente á los graves suce- 
sos ya relatados, que «desde que este acontecimiento feliz ha 
destruido las causas que indujeron á una política temporal que 
turbó accidentalmente la buena intelijencia entre el gobierno 
de esta provincia y el del señor cónsul general de S. M. C., V. E., 
el sefior gobernador y capitán general, se alejaría de su deber 
y de sus sentimientos si no franquease por su parte todos los 
caminos á la conservación de las relaciones de paz y amistad 
con todas las naciones, entre las que la Francia ocupa un lugar 
distinguido.» Y de aquí que el sefior general Guido continuara 
diciéndole que estaba «autorizado para asegurarle que en las 
circunstancias complicadas en que se halló el país hasta la ins- 
talación del nuevo gobierno y los acontecimientos que tuvieron 
lugar en el mismo período, pudieron influir en su ausencia de esta 
capital, no sería justo ni consistente con las intenciones de 
V. E. recelar inconveniente alguno para la continuación de sus 
funciones consulares, pues que aún sin la presencia de un ajen- 
te autorizado en esta capital, el gobierno está cordialmente dis- 
puesto á prestar la protección legal y debida entre naciones cul- 
tas á las propiedades y vasallos de S. M. C. residentes bajo su 
jurisdicción.» Y al manifestarle todo esto «se prometía que los 
subditos franceses no carecerían en adelante de sus oficios y del 
mejor órgano para promover y sostener sus intereses comercia- 
les.» (1) 

Pero, el nuevo gobernante no se limitó á estas comunicacio- 
nes. Se impuso, como era natural, de lo que se había hecho en 
el sentido de las reclamaciones diplomáticas dirijidas á los go- 
biernos de Inglaterra y Francia por intermedio de sus ministros 
Gil y Larrea, respectivamente. 

En su consecuencia, inmediatamente se dirijió al doctor Gil 
desautorizando las instrucciones que se le habían dado en contra 
de Mr. Parish; y, como aquel funcionario estuviera enfermo, en 
prueba de lo cual á los pocos días fallecía, el general Guido 
creyó necesario entenderse directamente con el muy honorable 
Lord Aberdeen, haciéndole saber que el gobierno dejaba sin 
efecto la reclamación interpuesta. í*^ Pero, esto no quería decir 
que el gobierno desconociera toda la gravedad que revestía el 
incidente del sefior Venancourt. Si bien desautorizaba las me- 
didas solicitadas contra el sefior Parish, no hacía otro tanto en 
cuanto á la declaración exijida al gobierno británico respecto á 
su opinión sobre el escandaloso atentado llevado á término 
por aquel marino francés. En este camino iban á encontrare 
unidos, felizmente, todos los arjentinos, inspirados en aquella 
ya citada patriótica actitud de los sefiores Anchorena. Con ín- 



(1) Nota fecha a^rosto 80 de 1889, Ub. cop. cit. pAJí*. 185 y 120. 

(8) Llb. cop. 4/bdel M. de R. £f(terlore.«, pAJ. i, octubres de 1889. 



EL motín militar DE LAVALLE 85 



tima fcMitisfacción dejo consignado este noble y prudente proce- 
der. Las pajinas de la historia arjentina no se encuentran man- 
chadas en este momento. £1 nombre de patria no encontró 
insensibles á los corazones arjentinos. ^'^ 

Pero, como la reclamación de carácter grave era la que se 
llevaba contra Mendeville y Venancourt, en Francia, de la que 
se había encargado el señor Larrea, ella mereció mayor aten- 
ción por parte del patriota general Guido. Éste había tomado 
todas sus medidas para averiguar el grado de responsabilidad 
que tenía Mendeville en el atentado cometido por Venancourt, 
resultando, de sus averiguaciones, que no era exacto lo afirma- 
do por el doctor del Carril. El único culpable era Venancourt. 
De ahí la resolución invitándolo á tomar posesión de su consu- 
lado en Buejios Aires y á que regresara de Montevideo. Por eso 
el gobierno se dírijió al señor Larrea para que suspendiera todo 
procedimiento contra Mendeville. En cambio, con todo patrio- 
tismo le comunicaba que le dejaba «entretanto en la carrera que 
hubiese emprendido para obtener la reparación de los agravios 
causados al pabellón de la república por el vizconde Venan- 
court, porque el gobierno está bien distonte de confundir estos 
con los motivos que produjeron la mala intelijencia con el cón- 
sul. ^*^ «Si el decoro del gobierno», decía, «y la justicia ha podi- 
do dictar esta resolución respecto del señor Mendeville, la mis- 
ma exye una justa reparacián del insulto hecho al pabellón arjentino 
por d vizconde de Venancourt: las convenciones de junio y agosto han 
clasificado la guerra y la conducta del cónsul general de Francia 
está por si misma justificada^ pero no asi la del señor Venancourt: su 
ataque á los buques de la república^ y el modo idandestino con que 
lo diryió es tan ignominioso para H, como insultante para la repú- 
blica. Este es uno de aquellos actos de cuya justicia es preciso recla- 
mar á todo trance y que exye una completa reparación. ^'^ 

La reclamación no prosperó. El gobierno francés opuso difi- 
cultades. El señor Larrea, ya fuera por este motivo, ó por razo- 
nes de economía, abandonó su misión, después que el señor 
ministro don Tomás Manuel Anchorena le ordenó «suspendiera 
por ahora todo procedimiento.» ^^^ 

Sin embargo, es grato al espíritu dejar constancia, en las pa- 
jinas de la historia, de hechos como el de los hermanos An- 
chorena y como el que los partidos políticos realizaban, aún en 
medio de sus luchas intestinas, cuando veían atacado lo que era 
de todos: la dignidad nacional! No sorprende el acto. Para ho- 
nor del país todos recordarán cómo, años después, Brown, frente 



(1) Lib. cop. 4;b del M. de R. Bsterlores, pAJ. 86, didembre 4 de ISM. 

(i) ídem, pi^. i04, nota fecha setiembre IS de 18S9. 

(8) ídem pAJ. SIS, fecha 3 de febrero de 1880. 

(4) ídem, pij. 2S0, fecha 18 de mayo de 1880. 



86 ALBBRTO PALOXBQUE 



á Montevideo, suspendía todo ataque al enemigo, y mandaba 
colocar la bandera á media asta al tener conocimiento de que 
en el campo del adversario, en Montevideo, se tributaban hono- 
res al guerrero de la independencia y modelo de majístrado. 
el general don Martin Rodríguez, muerto en la espatriación con 
el respeto de todes sus conciudadanos. ^^^ Era que Brown no 
quería ser menos que Garibaldi. Mientras éste, en tierra, lleva- 
ba á pulso el féretro^ él, Brown, lo llevaba en el alma, en la in- 
signia del almirantazgo arjentino. Ejemplos edificantes, revela- 
dores de un sentimiento nacional, que hace crecer y fructificar 
el espíritu de la patria! 

Pero, si la reclamación del doctor del Carril, reforzada por ei 
general Guido, quedó en el archivo, las leyes de 1821 y 1823 
renacerían de sus cenizas al levantarse el alma de Dorrego en 
el sollo del estado, después de sus soberbios funerales. Y, más 
tarde, cuando el general Viamonte restableciera la lejislatura 
disuelta por el motín militar del 1.® de diciembre de 1828 ^*^ y 
ésta elijiera al general don Manuel de Rosas como gobernador, 
con facultades estraordinarias, en 6 de diciembre de 1829, y en 
1835 se le reelijiera, con la sunm del poder público, entonces ya 
comenzarían á prepararse los sucesos á fin de que los franceses 
é ingleses no fueran, en adelante, los aliados de los vencedores 
de 1829, por y para quienes ellos creyeron incendiar las naves 
de guerra nacional en la bahía de Buenos Aires! Es verdad que 
al iluminarse, con luz de incendio, en el aniversario de mayo, 
el cielo patrio, en él se lela: 

¡Vizconde Venaucourt, pirata! 
¡Pueblo desunido, pueblo muerto! 

Esta era la situación surjida de los acontecimientos luctuosos 



(1) Bl brigadier geueral don Martin Rodríguez falleció en Montevideo el 5 de marzo 
de 1846. Hallándose la escuadra arjentina en actitud hostil, al f^nte de Monterldeo, el 
benemérito almirante don Guillermo Brown, esponiéndose á incurrir en la ira del dictador 
Rosas, en homenaje de respeto, de dolor y de consideración por su antiguo compañero 
de glorias y de trabajos, mandó poner á media a«ta los pabellones de los buques á su 
mando, como tributo A la memoria de aquel insigne ciudadano aijentino. Esta demos- 
tración, completamente inusitada en aquella época para con los denominados unltariof. 
no mereció la desaprobación de Rosas, quien se hizo el desentendido. Bl gobierno de 
la República Oriental del Uruguay mandó se hiciesen al ilustre patriota los honores debi- 
dos A su alto rango n^ilitar. con formación de tropas en la plaza Constitución, llevando la«i 
banderas enlutadas y con asistencia del mismo gobierno y de lo más selecto de la claoe 
civil y militar, acompañando el féretro, que fué llevado á pulso por los coroneles José Ga- 
ribaldi, Correa, Dupont, Thiebaut y Ordoffes y el comandante Mariano Echenaguda. hasta 
la iglesia Matriz, donde se hicieron sus exequias el día seis. (Zinny, Hittoria de toi Gober- 
nadores, pajina 69). 

(9) No lo docía asi el pacto, pero la prensa inició el debate preconizando la idea. (Véase 
La Gaceta MercantÜ de octubre de 1829), Viamonte no lo queria; pero consultado RoBaa. 
éste así lo acons^ó. Las elecciones ft-ustradas, en las qnelas esperanzas de Rosas se vieron de- 
ftraudadas, lo impuso. Puede verse, al respecto, un interesante folleto del coronel don Ma- 
nuel Pueyrredón, publicado en Montevideo en 18S9, titulado, si mal no recuerdo: La 
razón por que me ha perseguido líosast; cuyo folleto ¡«e encuentra en la Biblioteca Nacional. 



— ■ - *i» 



BL motIn MILITAH db lavalle 87 



de diciembre de 1828, que habían detenido la vida parlamenta- 
ria del sefíor de Aguirre, á quien vuélvese á encontrar en el es- 
cenario político de 1829, cuando se reabre aquella junta de re- 
presentantes, disuelta en 1828, después de la vida efímera del 
consejo de gobierno de Lavalle, y del consejo consultivo de 
Viamonte. 



CAPITULO Vi 
Aguirre y las facultades estraordinarias á Rosas 

Aotltud de Aguirre, en 1829, ai elejirse gobernador á Rotas. —Táctloa parlamontaria. 
—Pasión polltioa de la época.— Criterio de don Juan José Anoborena y do doe 
Feliz Alzaga.— Nebulosa de la idea.— El escribano suelto seftor Jardén.— Interro- 
gación del seXor de Aguirre.— ''El terrible poder discrecional de las facuitailes es- 
traordinarias'', en 1830.— Porteílismo de Aguirre.— Grado de brigadier i Sosas.— 
Iniciación del debate sobre cesación de las facultades estraordinarias, or 1891.— 
Balcarce y sus amigos en pugna con Rosas.— Fundamentos de la m«>cidB. — Re- 
chazo de la misma.— Razón del voto de Aguirre en 1830.— Cavia apoya, •• lo 
fundamental, ai selíor de Aguirre.— Cuarta etapa de las facultades estraordinarias.— 
Rosas las devuelve.— Nombramiento de una comisión especial.— Actitud Unta y 
adversa ai sentimiento pdblico.— Proceder aparentemoate incomprensible doi so- 
!kor de Aguirre.— Reelección de Rosas.— Nombramiento de ministro de hacienda en 
1833.— Renuncia y aceptación del ministerio.— Los «absolutistas vomitan voao- 
no.» — Ei caos de 1833 y la actuación de los lomos negros y los lomos coloraéts. O- 



u actitud de Aguí- Coiiio cs sabído, tocó en lote al señor de Agui^ 
rre en las divenas n'e hallarse en las diversas sesiones que la junta 
Ma!t^rJoráinlr\M ^^^^^^^f donde se discutierou las facultades es- 
dadat á Rocas. traordinarias que tuvieron los gobernadores de 

Buenos Aires, desde 1829 en adelante. Y, como 
esta actitud no es conocida ó sólo se ha señalado simplemente, 
y muy á la lijera, por los que de paso han hablado del persona- 
je que esbozo, conviene, por lo atrayente del tema, aunque más 
no sea, esponer los antecedentes del caso y los motivos que in- 
dujeron á nuestro protagonista á adoptar sus diversas actitudes. 

Opinión de Aguirre En diciembre 5 de 1829 se discutía el articulo 
al ei^irio gobema- g o ¿^ ^^ ^ey que daba facultades estraordinarias 

nierí veT/'f^once" ^^ gobernante que debía elejirse al día siguiente, 
diéfldoie facnitades Quc uo Sería otro quo dou Juan Manuel de Rosas, 
estraordinarias. Esc artículo disponía quc SO Conferían esas fa- 
cultades hasta la reunión de la próxima lejisla- 
tura, á la que se daría cuenta del uso que se hubiese hectio de 
esa especial autorización. Y fué entonces que el señor de Agui- 
rre dijo: «No obstante que observo que la situación del país es 
bastante peligrosa, y que la sala se ve obligada á crear un go- 



(1) En el estudio de estos puntos be prescinde de muchos detalles, por uo entrar ellos 
en el cuadro de la personalidad de Aguirre.— Para conocerlos m^or puede verse la Eu- 
foria (U fíozas por dox Adolfo Saldíab y la Dictadura de Rosca por D. Mariano Pbluza. 



AOUIRRE Y LAS FACULTADES BSTRAORDIXARIAS DE ROSAS 89 



bernante fuerte y vigoroso^ desearía que alguno de los señores 
de la comisión me salvase una contradicción que yo encuentro. 
Entre los tópicos que han producido la guerra civil y estas fa- 
cultades estraordinarias que se tratan de dar al gobierno, hay 
dos principales: el uno, derrocando las instituciones y las le- 
yes, y el otro, sosteniendo el restablecimiento de ellas; ^^^ y no 
puedo yo convenir cómo habiendo prevalecido aquella parte 
que había sostenido el restablecimiento de las leyes y de las 
instituciones se intenta ahora crear un gobernador sobre toda 
l^y» Y) por consiguiente, no marchando de acuerdo con las le- 
yes é instituciones de nuestro país; quisiera que se me des- 
hiciera esta contradicción por alguno de los señores para poder 
yo arreglar mi juicio.» 

Táctica parianM- Ahora bien, el señor de Aguirre poseía una 
teria tfd idor de táctica parlamentaría especial, suya propia. Al 
^ "*' entmr al debate tenía la costumbre de formular 

interrogatorios por el estilo de la pregunta indicada. En ellos 
dejaba escondido su pensamiento. No siempre lo presentaba 
descarnado. Se iba arriba, con frecuencia, dejando al adversario 
que leyera entre líneas. Por lo general, una vez que el contrario 
había absuelto esas posiciones ya no hablaba m.Vs. Pedía el dato 
para formar su juicio, y luego, con la conciencia hecha, daba su 
voto. Y, cuando hacía uso de la palabra, en la que empleaba un 
estilo sobrio, se reducía á dar el fundamento de su voto, á espo- 
ner lo que, podría decirse, vendría á ser la razón de la ley, sin 
provocar polémica, ni seguirla tampoco. No hacía uso de la pa- 
labra, por dos veces, para contestar á quien lo había provoca- 
do. El iba allá, no á buscar lucimiento, para atraer la atención 
sobre su persona, sino á dejar constancia de las razones que le 
habían inducido á votar en tal ó cual sentido. Se daba cuenta 
de su vei'dadera misión lejislativa, por lo que no convertía su 
asiento de diputado en cátedra filosófica. Se inspiraba en las ne- 
cesidades sentidas; las hacía resaltar, y luego votaba. Si había 
alguno que lo contrariaba, él no se esforzaba por el triunfo, 
desde que no procedía como leader de un partido. Le bastaba 
con su conciencia. Y esto fué lo que hizo, en el caso. Sin duda 
se dio cuenta exacta de la situación por que atravesaba el país. 
Oyó la esplicación que el señor diputado don Pedro Pablo Vidal 
le dio, cuando decía: «Un otro señor diputado mi hacer oposici&ii 
al proyecto y manifestando luego una recomendable uniformidad 
de principios. . . » El señor Vidal le manifestaba que esas facul- 
tades se daban «para poner á las instituciones á cubierto de 
una nueva ruina.» El interrogante escuchó; formó su concien- 
cia; comprendió que el momento era angustioso, y ya no dijo 
más, obedeciendo á su sistema parlamentario. De ahí que vota- 

(i; Se refería al partido HtHteoedor de Dorregro. 



90 ALBERTO PALOMBQUfi 



ra luego las facultades estraordinarias, porque estaba conven- 
cido de que el gobernante las necesitaba para luchar en tan 
azarosa situación. 

Guardó silencio ante la afirmación del señor diputado Vidal, 
que decía, al darle la esplicación pedida, que él (Aguirre) no 
hacia oposición al proyecto. Esa afirmación no le llevó á hablar 
nuevamente. Votó en seguida las facultades estraordinarias 
consignadas en el artículo 3.^ de la ley de 5 de diciembre de 
1829. Y al día siguiente nombraba, como uno de tantos, al sefior 
comandante general de campaña^ don Juan Manuel de Rosas, 
gobernador de la provincia de Buenos Aires. 

Sin embargo, en aquellas frases estaba escondido el pensa- 
miento íntimo del lejislador. Sólo las circunstancias lo habían 
podido arrastrar á ello. Quien lea y escudriñe, se convencerá, 
en presencia de los acontecimientos que luego van á desarro- 
llarse, que la pregunta del señor de Aguirre era una cat^órica 
afirmación de que, en el fondo, no compartía la doctrina de las 
facultades estraordinarias. Los sucesos van á demostrarlo. 

u |iMi«ii poiftioa Apenas dictada la ley, y hecho el nombra- 
de la época refina- miento de Rosas, la pasión política empezó á re- 
de icy.'^ vrvyttim ygijj^pg^ Qj^ forma de proyectos, que eran sancio- 
nados en medio á tan caluroso ambiente. Uno 
de esos fué aquel que declaraba libelos infamatorios, ofensivos 
de la moral y decencia pública, todos los papeles dados á luz 
por las imprentas de esta capital, desde el primero de diciembre 
de 1828 hasta la convención del 24 de junio último, que contu- 
vieran espresiones infamantes, ó en algún modo injuriosas ¿ las 
personas del finado gobernador de la provincia el coronel don 
Manuel Dorrego, del comandante general de campaña, coronel 
don Juan Manuel de Rosas, de los gobernadores de las provin- 
cias, de los beneméritos patriotas que han servido en la causa 
del orden y de los miembros de las naciones amigas residentes 
en ésta, etc. (*^ 

Pues bien, el señor de Aguirre, con ecuanimidad de juicio, 
y convencido de que nada se obtendría por tales procedi- 
mientos, sino sublevar pasiones, se manifestó decidido oposi- 
tor de lo que no conducía á ningún fin práctico. Es verdad 
que dentro de este proyecto estaba escondido un pensamien- 
to que no á todos se les ocurre, á no estar al corriente de 
los sucesos. Aquella espresión referente á los miembros de las 
Ilaciones amigas, residentes en ésta^ tenía su relación con aquel 
suceso gravísimo ya relatado en el capítulo anterior, en el 
que se ^abía humillado el pabellón nacional, y en el que se 
había destacado la personalidad de los hermanos Anchorena. 



(1) Puede verse, al respecto, lo dicho en nota del capitulo anterior. 



AGUIBRE Y LAS FACULTADES E8TRAORDIXARIA.S Á ROSAS 91 



Esto estaba muy ft*esco. Era un hecho que á todos había im- 
presionado vivamente. No sería estrafio que él influyera en 
el ánimo del señor de Aguirre para aconsejar se rehuyera la 
discusión de un asunto que á todos traía preocupados. La 
manera de cicatrizar las heridas era no tocarlas. Y el pro- 
yecto tenía ese inconveniente: las removía fuertemente. Y eso 
era lo que quería evitar el ciudadano aludido. No lo consi- 
guió^ pero ahí quedó constancia de su criterio^ que, día á día, 
iría tomando forma más completa y acabada, hasta rematar 
en lucha abierta con lo que entonces se llamó el absolutismo 
ó los absolutistas del general Rosas. ^'^ 

Y, consecuente con tan humano proceder, ahí se le veía, al 
discutirse la ley que declaraba á Rosas «restaurador de las 
leyes é instituciones de la provincia de Buenos Aires», opo- 
niéndose á la parte del epígrafe en que se hacía referencia 
á los sucesos ya relatados del afto 28. No quería esto decir 
que él no compartiera, en lo fundamental, las ideas que in- 
formaban el nuevo partido gubernamental instaurado en di- 
ciembre de 1829, con Rosas á la cabeza, que él consideraba 
como la continuación del de Dorrego, á cuya exaltación ha- 
bla contribuido. No; como miembro de la" colectividad na- 
ciente, él no rehuía las responsabilidades. Lo que sí, como 
aquello era carne de su carne, como era suyo también, quería, por 
todos los medios, que la nueva situación creada, surjida del pacto 
con Lavalle, ensanchara su esfera de acción y no removiera 
recuerdos dolorosos. El pacto así lo había establecido, decla- 
rando que se sería ine^corabU con quien se permitiera traerlos 
á colación y clasificarlos. Y era esto lo que de Aguirre quería 
que se respetara, para bien de todos. Él tenía el derecho, y 
hasta el deber, de velar por el honor de su causa. Y esto 
era lo que hacía al oponerse á semejantes proyectos, 
aprovechando la suma de su esperiencia, que ya no era sólo 
la de 1827, aquella en que la pasión también á él lo había 
arrastrado, al caer del poder el presidente Rivadavia. Enton- 
ces aún recordaría su destierro de 1824! 

ifocrteiicaiigo4ci No era un enemigo de la pei*sonalidad de 
cncrai RwM ra ct- Rosas, por quien él, como otros muchos ciuda- 
taépoea. danos, acababa de votar para gobernador. Tan 

es así que cuando se discutió la ley de que me ocupo, en la 
parte del epígrafe ya citado, decía,' con referencia á los gas- 
tos particulares que Rosas había hecho durante la guerra ci- 
vil y de lo que no se hablaba una palabra en el proyecto en 
debate «porque con honor y dignidad se puede pedir li- 
mosna, y con honor y dignidad solamente no se come; yo sé 



(i; Sesión del 23 de diciembre de 18^. La ley ^ de fecha 24 del mismo. 



92 ALBERTO PALOMEQUE 



que el seftor comandante militar ha hecho sacrificios en 
noscabo de su fortuna: yo no hablo de compensación sino de 
restitución de lo que ha empleado en objetos de utilidad pú- 
blica». ^^^ Y cuando asi procedía el personaje que pone la 
pluma en mis manos, no lo hacía por serviUsmo ni por te- 
rror. Rosas era entonces el hombre del día, y en quien se 
concentraban todas las esperanzas. Él las defraudaría, pero 
no ya con la cooperación del señor de Aguirre, quien, con 
ese tacto innato y el adquirido, sabría apreciar al hombre y 
sus cosas y no contribuir á afianzar una figura, que, con Ut 
suma del podery todo lo arrasaría, hasta producir una evolución 
completa, aun en sus relaciones pacíficas con los gobiernos 
europeos, convirtiéndolos en enemigos formidables, después de 
haber sido los que en 1829 contribuyeron á derrocar el po- 
der de Lavalle, para levantar la situación inaugurada con 
Viamonte á la cabeza! 

opiaua de don Y lo quc hacía de Aguirre era lo mismo que 
jaafljotéAncbomia. ponía en práctica don Juan José Anchorena, 
cuando, al moverse el gobernante, dentro de aquella ley de 
diciembre de 1829, que le concedía las facultades estraordina- 
rias, se veía citado, á moción de ese lejislador, para que los 
ministros vinieran al seno de la sala á rendir cuentas del uso 
que de ellas se hubiera hecho hasta entonces, para saber á qué 
atenerse. 

El criterio del te- Y era lo mísmo que opinaba el señor Alzaga. 
flor Alzaga. cuaudo, cou motivo de esta indicación, declaraba 

que «siempre había sido opuesto á las facultades estraordinarías 
y lo seré constantemente mientras que un peligro inminente no 
amenace la tranquilidad ó existencia del país; pero siempre es- 
taré, porque desde que la sala ha dado al gobierno las faculta- 
des estraordinarías no tiene porque hacerle cargo ni exijirle 
cuenta Asi es que yo, por cumplir con la ley, que le ha im- 
puesto esta obligación, opinaré porque venga tal ó cual día y 
para saber si realmente han cesado esas facultades estraordi- 
naria ó no. Por lo tanto, soy de parecer que no solamente se 
pase la comunicación sino que se fije el día.» í*^ 

u oebaiofade la Era, coiuo se vc, una idea que marchaba, sos- 
'**•■• tenida por elementos intelectuales de mucha 

valía, que aún confiaban en el poder de la democracia. Igno- 
raban quién era el hombre y cómo vendrían los acontecimien- 
tos. Por el momento, nadie podía considerar como servilismo 

(1) SeMdn del 13 de enero de 1S30. 
^i) Se<<Mn del 3 de mayo de 1830. 



AaUlRRB Y LA8 FACUl^TADES EXTRAORDlMARlAft Á ROSAH 93 

lo que se hacía, ni como atentatorio al poder conferido. Todo 
se movía discretamente, dentro del movimiento revolucionario, 
en verdad; pero desempeñándose el. gobierno fuerte con res- 
peto y consideración. El único mal era el mismo que surjía 
del poder arbitrario, delegado en una persona. Pero, esto era 
la obra de los acontecimientos y del mismo pacto con Lava- 
lie. Había que empezar por condenar á las pasiones que en- 
jendraron el monstruo de la guerra civil. Todo era caótico, 
y, por lo mismo, asombra, muchas veces, la manera cómo se 
desenvolvían aquellos hombres, careciendo, como habían care- 
cido, de la escuela práctica de la democracia. Ellos no habían 
criado á Rosas. Érala descomposición producida, hecha crisis por 
el fusilamiento de Dorrego, la que lo había traído á la cumbre. Y 
los hombres de la época no hicieron más que tomar las cosas 
tal como las encontraron, tratando de mejorarlas. Eran los 
oportunistas, los evolucionistas de los tiempos modernos, de 
que nos da idea la conducta de Gambetta, en París^ en 1870. 

En esta primera época del gobierno fuerte, ahí estaban ciu- 
dadanos como los nombrados, que servían para contener el des- 
borde. Ellos tenían elevados sentimientos. Se inspiraban en los 
principios de mayo y honraban á los que habían sido sus ser- 
vidores. Uno de ellos, el célebre Chiclana, sirvió para demos- 
trarlo. Su desgraciada esposa se había presentado pidiendo una 
miserable pensión, y Viamonte fué el primero que levantó su 
voz para enaltecer sus cualidades. Pero, de Aguirre allí estuvo 
también para decir: «testigo de mayo le he visto correr el 
riesgo, en media plaza, de pagar con su vida para lograr esta 
independencia, que no podemos dudar que es un bien: lo he 
visto también á este hombre atravesado con dos barras de 
grillos en Martín García, llevado á un destierro y luego en 
Norte América, sufriendo las mayores miserias, después de ha- 
ber hecho servicios los más eminentes al país». Por eso, decía, 
después de haber oído á Viamonte: «démosle esos mü pesos, 
siquiera por una especie de espiación, ^*^ 

Era en esta atmósfera de sentimientos sanos que se iba orga- 
nizando una fuerza pensadora, que tendría como centro á los 
señores Balcarce, Tagle, García, de Aguirre y otros. Sería el poder- 
de resistencia que los «absolutistas» encontrarían cuando la 
prensa desbordada precipitara el país al fondo del abismo, 
yendo los sostenedores de aquella doctrina á vagar en el des- 
tierro ó á morir, como parias, en su propia patria. 



)1) Sesión del 7 de Julio de 1830. 



94 ALBBRTO PALOMISQITE 



EiiiMMcnteiidcf Existfa 611 csta socicdad un ciudadano espa- 
b^^^mÜ^j wt ^^^' escribano suelto, como se llamaban enton- 
coMconcnriM poli- ^^^f ^^ espíritu liberal, escritor ó fundador de 
ticM sobre iM facaí- un periódico La Aurora^ que aparecía en Córdo- 
udct cfltraordim- ba, á quicn el gobierno, en uso de las facultades 
'*■•• estraordínarias, había reducido á prisión. H 

sefíor Jardón se quejó ante la sala^ y esta nombró entonces una 
comisión compuesta por los señores Vega, Figueredo, Obligado. 
Ugarteche y Cavia para que informaran sobre lo que debiera ha- 
cerse. ^^^ La comisión creyó de su deber aconsejarseautorizara al 
gobierno con toda «la plenitud de las facultades estraordinarias, 
para que haciendo uso de ellas, según lo dictaran su ciencia y 
conciencia, adoptara todas las medidas que creyera conducen- 
tes á salvar la provincia de los peligros que Jm representado á l^ 
H. S. amagan su existencia política y libertad civil: que la sala 
continuara en su sesión ordinaria, contrayéndola á los n^ocios 
constitucionales y á los demás sobre que fuera compatible su 
deliberación con el poder discrecional que se otorgaba al go- 
bierno: que el uso de las facultades estraordínarias cesaría des- 
de que el P. E. anunciara á la sala haber pasado la crisis peli- 
grosa, ó desde que la H. Representación, con conocimientos 
exactos y previo informe delgobierno, declarara ser ya innecesa- 
ria la continuación de ella,» 

interrogacida del Según se ve, el goHerno habia representado á la 
•cffor de Acnirre. ^^^ peligros que amagaban la existencia poUtica y 
libertad dvü. En su consecuencia, cuando la comisión dio cuen- 
ta de los fundamentos del proyecto aconsejado, en seguida el 
seftor de Aguirrc, siguiendo su práctica parlamentaria, pidió 
que alguno de los seflores de la comisión instruyera á la eala 
sobre los conocimientos que había adquirido para presentar ese 
proyecto: que dijera cuales eran las leyes que se suspendían al 
dar esta plenitud de facultades y qué término habría de tener 
esta autorización. ^^^ 

De Aguirre tottiMc Esta cucstióu previa dio lugar á que todo el 
terribte MdftTdiMre' ^linisterio fuera llamado á dar las esplicaciones 
cioaai de la» facni- del caso, sicudo eutoncos, en vista de los hechos 
f «des cttrMrdiiM- que SO cspusierou, que el sefior de Aguirre hizo 
riM", ea í$M. ^gQ ¿^ \q^ palabra para decir, enérjicamente: 

«después de oir el dictamen de la comisión y los fundamentos 
en que se apoya, es fuera de toda duda que es preciso conferir 
al gobierno el terrible poder discrecional de las facultades es- 
traordínarias. Pero, al dar mi voto á favor del proyecto, liini- 



(1) Sesión del »3 de jallo de 18S0. 
(i) Sesión del SO de Julio de 18S0. 



A6UIRRB Y LAS FACULTADB8 B8TRA0RDIMAKIA8 Á R08A8 95 



tándolo sólo á la suspensión de la libertad individual por seis 
meses, y suspendiéndose entre tanto las sesiones de la sala, me 
permitirán los SS. RR. que observe las razones que tengo para 
esto y los fines que me propongo. Señor, ó el gobierno es acree- 
dor á la fé pública y á la de los SS. RR., ó no lo es. Si lo prime- 
ro, es fuera de duda que se deben conferirle las facultades 
estraordinarías que se han indicado; si lo segundo, es necesario 
cambiar la presente administración gubernativa; porque ni al 
país ni al gobierno es honorable que continúe, cuando sus miem- 
bros no son acreedores á la confianza pública. Señores: no son 
las facultades que se dan en una república por las vías ordina- 
rias, las temibles, sino las que se toman contra las leyes; y si á 
esto se agrega la usurpación de este poder, entonces sí que se 
puede asegurar que la república se pierde...» 

Y después de este preámbulo, en que la cuestión de principios 
quedaba planteada, entró al terreno concreto, al punto en cues- 
tión, y decía, para que no lo dudara nadie, y no se le fuera á 
atribuir la idea de haberse negado á la concesión de las faculta- 
des estraordinarías, como pudiera suponerse al leerse una 
nota del señor Groussac, en su último erudito estudio sobre 
la revolución de mayo, en que dice: «otra pajina honrosa de la 
vida de Aguirre fué su moción sobre las facultades estraordi- 
narías de Rosas en la lejislatura de 1831». ^^ 

Pues bien, el señor de Aguirre, á quien ya veremos lo que dijo 
en 1831^ continuaba esponiendo en su discurso de 1830: «Tam- 
bién le pido que al hacer uso de las facultades estraordinarías 
tenga muy presente la necesidad de reparar y echar á un lado 
todo elemento heterojeneo y esterno que de intento se haya 
introducido en nuestros negocios, porque SS. RR. á nosotros 
solos los de esta provincia nos es dado disputar, discurrir y 
resolver. Dios sólo es nuestro Juez, porque por querer hacer 
de nuestra patria la patria de todos, confiar nuestros negocios 
á persona de oríjen estraño y que no tiene el interés que no- 
sotros, es que el país se halla en estas circunstancias. Y últi- 
mamente le pido con el Tnayw ardor, en honor del pueblo mismo, 
que haga uso de este terrible poder estraordinario que se le confia 
y de la fuerza misma, hasta el rigor, si es preciso, para que 
restablezca cuanto antes la concordia entre todos los miembros 
de esta provincia despedazada por rencores y opiniones que 
ya han debido moderarse; porque no debe haber duda que hay 
entro nosotros una minoría que, si ha podido errar y ser es- 
traviada sosteniendo con las armas el errado principio de la 
intolerancia civil, también tienen derechos y seí'mcios que merecen 
respetarse y considerar se, r> 



(1) El Diario, del mes de mayo de 1904. 



D6 .\LtiEKTí)^ l'.iLOAlíSQUlS 

El poHtiuao de Eq cste discurso, como se ve, resaltan firmes 
At^úL^iMt. ^^^ opiniones que de Aguirre, desde un principio, 

manifestó en diciembre de 1829. No se oponía, 
como no se opuso entonces, á las facultades estraordinarias. Lo 
que sí, quería que se respetara á ese elemento adversario, 
autor de su destierro en 1824, porque «tenía derechos y ser- 
vicios que merecían respetarse y considerarse.* Era aquel 
mismo espíritu conciliador de diciembre de 1829 el que seguía 
manifestándose, pero dentro del criterio de las facultades es- 
traordinarias, que nunca atacó, en el hecho, aunque criticara, 
en principio. Lo que en cambio se veía claro era el viejo 
espíritu porteño. No quería que en su provincia intervinieran 
otros elementos que los en ella nacidos. Este criterio restric- 
tivo, que aparecía, en el fondo, en aquel su proyecto sobix* 
derecho de petición, de que ya he hablado, reservado solo, 
según él, para los nacidos en la provincia ó avecindados en ella, 
era llevado al estremo, al exceso, cuando, en el caso, no admi- 
tía al «elemento heterojéneo,» cómo él lo llamaba. Era que en 
él gritaba el porteñismo de entonces, por lo que, cuando alguno 
de sus compañeros, entre ellos el diputado Lozano, protestaba 
contra tal doctrina, que, á la larga, sería vencida, felizmente, 
como se ve en las actuales constituciones de todas las provin- 
cias, respondiendo así á las ideas de la junta de mayo y á lo 
que Rivadavia espresó eu 1821, se ajitaba indignado (única 
vez que lo hiciera, según las actas) y se retiraba de la sala 
diciendo: «Cuando he hablado de elementos heterojéneos y 
estraños es en el sentido que veo preparada la tormenta en 
este país; porque veo una reunión de habitantes de las provin- 
cias contra la de esta, que nos llaman vulgarmente porteños; y 
como veo que ha de haber necesidad de reunir á los porteños 
en defensa de la provincia, es que he hablado en este sentido.» 
Estas palabras cayeron como una bomba. Y de la sesión cele- 
brada, ese mismo día, á la noche, en la que se suscitó un inci- 
dente al respecto, de Aguirre creyó del caso retirarse, sin que 
volviera más a la sala, durante la discusión de tan trascedental 
cuestión. El proyecto fué sancionado tal cual se presentó, sin la 
presencia ni continjente personal del señor de Aguirre como que 
así, por otra parte, llenaba su sistema parlamentario de no dejar 
sino constancia de sus opiniones, sin polemizar. Más en ade- 
lante las recordaría, como se verá, al estudiar la tercera etapa 
porque atravesó este litijio famoso de las facultades estraordi- 
narias. Por lo demás, los actos celebrados hasta entonces, por 
el gobierno, de acuerdo con esas facultades, fueron aprobados, 
en sesión secreta, y su resolución hecha pública, para que no 
quedara duda sobre el espíritu que dominaba en la sala durante 
esa época. ^*^ 

(1) Sesión secreta de Junio 7 de 1830. 



-^ 



AGUIRRB V LAS FAClTIiTADBH ESTRAÍHIDINAKIAS Á R08AS D7 



El grado de briga- Y para que el criterio del seftor de Aguirre que- 
dier á RoMt y la ¿ara bien en evidencia, él se encargaría, como 
ai^^mpcdo. ^*"* ^^^ prucba del respeto que le merecía el artículo 

S.^ de aquella ley de enero 25 de 1830 que de- 
claraba á Rosas restaurador de las leyes, de pedir su cumpli- 
miento en la parte que le confería á éste el grado de brigadier. 
En efecto, en la sesión del 15 de julio de 1831 presentó un pro- 
yecto para que, «de conformidad con ese artículo 3.*^, se espidiera 
el correspondiente despacho, firmado por el presidente de la 
sala, autorizado por el secretario de la misma y refrendado con 
el sello de la representación.» Y lo presentaba, decía, «no obs- 
tante haberme opuesto á este artículo que hace el asunto de 
mi moción, porque no puedo mirar con indiferencia la irregula- 
ridad con que ha marcado la sala sus formas.» Después él 
mismo reaccionaría respecto á la forma adoptada en su pro- 
yecto, por creer que la sala no debiera espedir el despacho, sino 
el gobernador delegado, como así se hizo. Por lo demás, la mi- 
nuta de comunicación dirijida al gobierno se sancionó tal cual, 
en lo fundamental, lo decía la ley de enero 25 de 1830 y lo in- 
dicaba Aguirre; aunque éste, como siempre, después de dejar 
constancia de sus opiniones, no asistiera á la sesión en que su 
pensamiento se discutió y triunfó. ^'^ 

Loa raccsof avan- Los SUCOSOS avanzaban. Habían corrido cerca 
aan y de Agairre lai- ¿q ¿Qg ^fios dosdo quo SO dictó la ley quo en 1830 
ccMMióndelai^ara^^^ ^^^ amplias facultades estraordinarias al P. E. 
tadetattraordiaa- Se había llegado al mes de octubre de 1831. Los 
riaa, en 1831. hombros de pensamiento, desde el ministerio á 

la sala y de ésta á la prensa, opositores y guber- 
nistas, se sentían conmovidos ante la continuación de un orden 
de cosas que traía fuera de quicio orgánico al país. No había 
constitución provincial ni organismo general. Todo era acciden- 
tal y nada permanente. Las leyes de oportunidad que dictaba la 
sala eran las que servían de norma de conducta. De ahí que la 
opinión publica empezara á ajitarse pidiendo la organización 
definitiva del país sobre bases sólidas y fundamentales. Era in- 
dispensable buscar una salida á esta época de transición, para, 
sobre el imperio de la voluntad personal, colocar el imperio de 
la constitución y de la ley. Se reclamaba una carta orgánica. 
Los espíritus vivían preocupados en ese sentido, buscando el 
remedio, á los males sucedidos, en una constitución vaciada so- 
bre los moldes de los diversos estatutos y cartas dadas desde 
1811 á 1820, en que todo se disolvió, hasta 1826, en que volvió á 



(i; Sc-iioiies del 13 y 18 de agosto de 1830. 



98 ALt)EKTO PAtOMBQUfi 



dislocarse el artiñcio gubernamentaL <^^ Todos iban tras ese 
gran propósito^ pues querían salir de lo inestable, de lo caudi- 
llesco, para entrar en lo permanente, en lo constitucional. Creían 
que el remedio estaba en darse una carta, con olvido de que la 
costumbre es la que hace la ley* ^*^ 

tacarecyMtwüí- Por Consiguiente^ desaparecido ya todo motivo 
sotiotticBM ut que pudiera dar asidero á lo transitorio, y hecha 
J¡¡¡^'^*¡j^" ^ ^^ opinión pública, los hombres que pensaban co- 
mo Balcarce, entre los cuales estaba de Aguirre, 
empezaron á entonar el ambiente político^ aunque con todas las 
precauciones que reclamaba la vidriosa situación por que se 
atravesaba. No había para que herir al gobernante. Por el con- 
trario, se buscaba el medio de atraerlo á la causa, demostrán- 
dole, por medio de proyectos como el de Aguirre, cuando manda- 
ba se le espidiera el despacho de brigadier, que el imperio de la 
ley no estaba en pugna con las consideraciones personales que 
se le guardaban, al enviarle, por intermedio del gobierno dele- 
gado, durante su ausencia á campaña, la minuta de comunica- 
ción que autorizaba á ese gobierno para otorgar el despacho de 
la referencia. Y, obedeciendo á ese elevado fin, fué que el señor 
de Aguirre presentó, en la sesión del 17 de octubre de 1831, una 
moción para que «la comisión de negocios constitucionales 
quedara encargada de informar á la sala si el gobierno debía ó 
no continuar en el ejercicio de las facultades estraordinarias.» 

Moción de Aciirre Su autor fundaba la moción diciendo, que, 
ysiisfaodameiitM. «después que los pcriódicos nos han ilusti^ado 
sobre esta materia, poco puedo yo instruir sobre ella; sólo si, 
diré, que es una duda en que se ha puesto al público sobre si 
el gobierno debe ó no continuar con las facultades estraordina- 
rias. Los SS. RR. cuando dieron la ley, conñaron al gobierno el 
tiempo en que debían cesar, á su juicio, y también se reservaron 
su propio juicio, y en este estado creo que es preciso satisfacer 
al público. Para mí es una duda. Yo no sé realmente si el go- 
bierno tiene motivo para continuar con estas facultades estra- 



(1) T asi sueedló qne en 1833 se proyectó la que dló motivo para que don Florencio 
Várela d^era: «El proyecto con-^'-titacIonal de 188S no pertenece al ^blemo de don Joaa 
Manuel de Rosas. Fué pensamiento de la época de que por haber concluido el período 
legal de su primera administración gobernaba en Buenos Aires constitncionalmente el 
general don Juan Ramón Balcarce. Este gobierno fué derrocado por la conocida revolu- 
ción militar de octubre de 1888, dir(jida por el mismo Rosas, que se hallaba en eampafts 
contra los indios salvajes & la cabexa de un fuerte ^érclto con el que luego apagó li re. 
volnción. Detenida asi la administración del general Balcarce y permaneciendo la influen- 
cia esclusiva de don Juan Manuel de Rosas, no se i>ensó más en este proyecto.» (CwHi' 
tueiones de las Provincias^ por Bei^amín E. del Castillo, pajinas 17 y 18,) 

(2) Véanse pajinas 233 á S5C de «El oentoimrio del brlgndier general don Toma"! Guido» 
1788— 1888»— «obre este sucedo y lo» qne Hubslgnen. 



Aguirre y las facultades extraordinarias á rosah ÍM» 



ordinarias; y cuando él continúa me parece que realmente ten- 
drá algún motivo. Por lo tanto, creo necesario, por mi propia 
conciencia, como representante, salvar este escrúpulo: y no 
puedo menos de invitar á los individuos de la comisión de 
negocios constitucionales á que investiguen del señor ministro 
de gobierno el estado de los negocios públicos, y, en cuanto pue- 
da, informe á la sala, en sesión pública, si conviene ó no conti- 
nuar esta facultad estraordinaría. Si esta moción merece el 
apoyo de los señores representantes, yo tendré un honor en ha- 
berla presentado.» (* 

La flecha estaba arrojada por mano maestra. Era el último 
debate á que de Aguirre asistiría. Se había hecho el intérprete de 
la opinión pública. Sería derrotado en cuanto á la forma de la 
presentación de su pensamiento, pero lo recojerían Cavia y An- 
chorena para darle otra más parlamentaria. Luego, hi chispa 
iluminaría las conciencias. El mismo gobernante soportaría la 
influencia de la opinión sensata y aún de muchos de los que le 
rodeaban en su ministerio, por lo que, él mismo se vería en el 
caso, en esta primera época de su vida gubernamental, de dar 
una prueba elocuente del respeto que todo eso le merecía. So 
sentiría tocado, y, aunque farsaicamente, devolvería, á última 
hora, esas facultades, quedando así, fuera del gobierno, con un 
prestijio verdadero en el seno de una parte importante de la so- 
ciedad culta y de la totalidad de las masas. Es verdad que él 
aprovecharía esa misma influencia para derrumbarlo todo. Su 
segunda jornada gubernamental no tendría apoyo en la opinión 
sino en una parte solamente de su partido. Elementos de valía 
guardarían silencio recatado en el fondo de sus hogares ó en el 
destierro. 

RcciMio de lAMo- Cuando la moción de Aguirre llegó á discutir- 
eiAii lie Agairrc. g^, uu movimícnto de repulsión la acojió en la 
sala. El terreno no estaba aún preparado. Su maltrató á su au- 
tor. El miembro informante, que lo fué el señor Olavarrieta, 
pronunció un estenso discurso, en el que duramente zahirió la 
conducta parlamentaria del señor de Aguirre. Buscó el arma de 
combate en una cuestión de procedimiento parlamentario, sos- 
teniendo que la comisión no estaba obligada á formular proyec- 
tos ni á pedir informes al gobierno para satisfacer solicitudes de 
un diputado: que éste, dentro de su propia órbita de acción, po- 
día realizarlo. 

El señor de Aguirre quedó sorprendido. Por eso fué una de las 
veces que habló con mayor ostensión, no diciendo con mayor 
enerjía, indudablemente porque ésta la reservó para cuando, al 



(1) E9 á esta actitud, á la que f«e refiere el señor Groussac en las palabras precedente- 
mente recordadas. 



100 _ _ _ ALBERTO rALOMBQlJK 

renacer de sus cenizas el proyecto rechazado, lo recojiera el se- 
ñor Cavia y le diera nueva forma parlamentaria; tal cual la había 
indicado la comisión al rechazarlo. Sostuvo entonces, dada la es- 
pecialidad del caso, algo que era muy procedente. La ley de 1830 
había autorizado, tanto al ejecutivo como al lejislativo, para que 
pudieran tomar la iniciativa en orden á la cesación de las facul- 
tades estraordinarias. Había dicho que el lejislativo podía resol- 
ver ^et?ío informe excLCto del ejecutivo. De esta ley surjía el procedi- 
miento á seguirse. De Aguirre no era culpable del defecto que pu- 
diera contener la ley, pues decía: «si ésta envuelve celos y des- 
confianzas, de ningún modo puede atribuirse á la moción, ni á 
su autor: la falta estará en la sala de representantes que así lo 
sancionó y en el gobierno que así lo aceptó. Y si no 63 esto así 
pregunto yo, ahora: ¿en qué tiempo y oportunidad corresponde 
á la sala descargarse de la responsabilidad que se impone por 
aquella ley, sin atraerse esos celos? Mientras no lo espresa la 
ley, la obligación es simultánea y recíproca del gobierno y de la 
sala; y siendo eso así, la comisión, á mi modo de ver, no ha po- 
dido aconsejar su decreto de no ha lugar, y sí sustituirlo por este 
otro: informe el gobierno,* 

Tenia razón el señor de Aguirre. La sala podía imponerle á 
su comisión la obligación de buscar esos antecedentes, mucho 
más tratándose de un caso estraordinario como el de las facul- 
tades estraordinarias. Ella podía obligarla á que ocurriera al 
ministro de gobierno, como lo indicaba el proyecto, llamándolo 
al seno de la comisión, para espedirse con conocimiento de 
causa. Era indudable que más correcto habría sido, parlamen- 
tariamente, y tratándose de un caso ordinario, que el señor de 
Aguirre hubiera presentado su moción en forma de minuta de 
comunicación al P. -E., para que diera los informes del caso; pero, 
esto no privaba que la cámara encargara á la comisión de ne- 
gocios constitucionales, fundada en la misma ley, los solicitara, 
en forma confidencial, como aquella misma lo iba á hacer, en 
seguida, con Rostís y sus ministros, como también con el minis- 
terio de Viamonto, en los casos graves y estraordinarios de que 
pronto se hablará. 

Ruta de MI voto, Y fué eutoncos, como lo he recordado en páji- 
en 1830, á favor de ^^^ anteriores, que de Aguirre dio á conocer la 

otdinVril!!!^^ "*'* razón íntima que había tenido para dar su voto 

á favor de la ley de enero de 1830. Dijo: «pero 
también declaro que el motivo que me indujo á votar así (en 
1830) fué el estado peligroso en que se encontraba esta provin- 
cia, amenazada de una invasión esterior por las fuerzas del ge- 
neral Paz, combinadas con los emigrados de la banda oriental, 
y ambas esforzadas por la esplosión de una mina interior; y no 
so negará que contaban con elementos bastantes para sus ope- 



A6UIRRE Y LAS FACIILTADKS ESTRAORDIN ARIAS DE ROSAS 101 



raciones.» Asi esplicaba la razón íntima de su voto, en 1830, 
que no había sido, por cierto, la que el seflor Vidal le espusiera 
entonces, cuando él le pedía datos para formar ó arreglar su 
juicio^ como él lo decía. Entrando luego á observar que la situa- 
ción de ahora, de presente, no era la misma de aquel entonces, 
esponía. «Ahora bien, después de esto último que acabo de decir, 
y posteriormente del resultado de la espedición del general 
Quiroga, pregunto yo: ¿existe ahora aquel estado de peligros 
que precedió al espediente de dar facultades estraordinarias? 
Esto, por un informe se puede decir.» Y, para demostrar á la 
sala que se inspiraba en la opinión pública, advertía á los seño- 
res diputados que esa era la pregunta que se hacía en el pueblo 
y la duda en que se hallaba el país, á quien él consideraba 
acreedor á ser satisfecho. «Por eso,» agregaba, «rae he arrojado 
á presentar la moción que se discute, proponiendo que en lugar 
del proyecto de la comisión se sustituyera el otro de: informe d 
gobierno.^ Volvía á manifestar que procedía de acuerdo con la 
ley, porque ésta fijaba una prerrogativa ó responsabilidad si- 
multánea entre el gobierno y la sala, siendo accidental que la 
iniciativa fuera de uno ó de otro. La misma ley lo marca, ter- 
minaba diciendo, por lo que «no hay ofensa ninguna^ cualquiera 
que sea el primero.» ^^^ 

El teiior €ávta No SO encontraba solo el señor de Aguirre, 
apoya ea lo fanda- pues allí se hallaba el diputado Cavia, quien de- 
meate^ia actitud de (ji^paba, de una manera orijinal, que nunca 

había estado de acuerdo con los absolutistas en 
el punto que se debatía. «Los que hayan observado,» decía, «el 
calor ó llámese vehemencia con que en otra esfera diversa que 
ésta Jie sostenido que era llegada lu oportunidad de haber cesado las 
facultades estí^aordhmrias^ habrán creído habrá sido mi intención 
atropellar todo respeto: pero deben haberse desengañado desde 
que hayan visto, en el periódico que redacto, mis observaciones 
á este respecto. Porque ellas están en consonancia con mi con- 
ciencia y mis sentimientos, que acabo de presentar, y que espe- 
ro merecerán la aprobación de la sala.» El señor Cávia^ como 
se vé, manifestaba claramente, y sin ambajes, cosa que no había 
hecho el señor de Aguirre, porque éste se limitaba, dentro de la 
ley, á pedir informes al gobierno, para luego proceder, «que era 
llegada la oportunidad de haber cesado las facultades estraordi- 
narias.» Así lo tenía manifestado y sostenido el señor Cavia en 
la prensa periódica. Y, en su consecuencia, proponía una minu- 
ta de comunicación al gobierno, lo que daba motivo para que de 
Aguirre declarara que le era indiferente que su proyecto fuese 
como estaba redactado: que de cualquier modo que fuera estaba 



(i; SeitioneA de 17 de octubre y 9 de noviembre de 1831. 



102 ALBERTO PAIiOMBQUS 



conforme, porque su objeto era «recaudar del gobierno conoci- 
mientos para proceder.» 

Aguirre fué vencido. ^*^ Cavia entonces sostuvo su fnintUa 
de comunicación^ lo que fué apoyado por Anchorena, resolviendo 
la sala que ella pasase á informe de la comisión de negocios 
constitucionales. Ésta se espidió, rechazándola; y en la sesión 
en que se discutió la dicha minuta fué cuando de Aguirre 
viniendo en apoyo de su compañero Cavia, pidió, con enerjía 
serena, que se respetara la libertad parlamentaria: que no se 
le interrumpiera, por los que, decía, alzaban demasiardo la voz 
al pronunciar sus arengas! Todos los esfuerzos fueron inútiles. 
La minuta fué rechazada. ^-^ Pero no impoi*taba! Era una vic- 
toria efímera, porque la semilla estaba arrojada en campo 
fértil. La opinión pública triunfaría, enseguida. Sólo faltaba el 
momento psicológico, y éste lo iba á dar el mismo poder eje- 
cutivo. Hasta él llegaría el clamor de la voz popular, por lo 
que no podría mostrarse sordo é insensible. 

Se entra ala cuarta Iba á asistirse á la cuarta etapa de la jornada 
etapa relativa á laa parlamentaria. Llegó el momento de la apertura 

ladlír'** *^*''""" d^ l*s sesiones lejislativas. El P. E. tenía que 

presentarse ante la sala á dar cuenta del estado 
de la administración pública. El gobernante había regresado de 
campaña. La ciudad lo circundaba. Estaba dentro de un aro de 
hierro, como diría Story,por ese entonces. Aún no podía campear 
por sus respetos. En contacto ya con sus amigos, y en especial 
con su ministerio, pudo palpar, de cerca, cual era el verdadero 
sentimiento y pensar de los hombres políticos. Llegaba de la cam- 
paña, de Hiítéte á tete con las masas populares, sobre las cuales él 
ejercía un ascendiente indiscutible, por lo que no eran éstas las 
que opinaban en su presencia; lo que él tomaba, sin embargo, co- 
mo manifestación de la opinión pública. Ellas esperaban conocer 
la opinión del caudillo, para luego sustentarla, mas no para dis- 
cutirla. Esa opinión era una orden. Y de aquí que, equivocán- 
dose, ó haciéndose el equivocado, parangonara la opiniónMe los 
pensadores, de los políticos, hasta de una parte de su ministerio, 
que no estaba con él^ con el vasallaje de la masa! Él decía que 
la opinión de los menos era la de los hombres pensadores, mien- 
tras la opini&n de la masa era la mayoría. Ya aquí mostraba la 
hilacha. Sin embargo, acatando la de los políticos, de la cual él 
no participaba, y ^sin desear una prórroga de mando ^^ que era á 
lo que aspiraba, siempre que se le diera la suma del poder pú- 
blico, como los sucesos lo justificaron, se presentó ante la sala á 



(1) El acta dice: «La aala desecha el proyecto del Feflor Aguirre por una votación uni- 
forme.» 

(2) Sesión del 35 de noviembre de 1831. 



AGUIRRB Y LA8 FACULTADES ESTRAORDINARIA.S DE ROSAS 103 



dar cuenta de su administración; á la vez que, en mensaje por 
separado, devolvía las facultades estraordinarias. La semilla, 
pues, había fructificado. 

Y fué entonces que se presenció el más hermoso debate de su 
época, por la libertad que lo caracterizó y la altura con que se 
procedió por parte de unos y otros oradores de la sala. Era que 
el parlamento iba á enmudecer en adelante. La suerte querría 
que quedara el eco de esta gran jomada, de la que un diarista 
como Juan Cruz Várela diría, en su Diario de la Tarde^ que ha- 
bía honrado á vencidos y vencedores. Ni soberbia ni servilismo 
se observa en esas alocuciones. Y el triunfo que iba á conquis- 
tarse por la sana doctrina, al que contribuiría el P. £. con su 
actitud, aunque farsáica, á pesar de la observada por los abso- 
lutistas, haría que la sala viera en el gobernante que así acataba 
el fallo de la opinión, á un Cincinato ó á un Washington digno 
de la reelección en el mando! Salvado el principio, sería reeleji- 
do, aunque no aceptara el hombre que lo sostuviera. Y á eso no 
negaría su concurso el seftor de Aguirre, después de su triunfo, 
demostrando así que sólo buscaba hombres que sirvieran á las 
instituciones y no instituciones montadas sobre el caudillaje! 

Rom dmchre las El 7 de mayo de 1832 Rosas devolvió las fa- 
faeaifades eatraordi- cultades estraordinarias, no obstante creer que 

^^á ioforaTlIc ^^^ ®^ P^'^ ^^ estaba en condiciones de pasarse 
UM coaiMóa «pe- sin ellas. Rospetó la opinión de su ministerio, en 
ciai. general, y pidió que la sala adoptase las resolu- 

ciones del caso. ^^^ 
El mensaje fné pasado, en s^uida, á una comisión compues- 
ta por los señores Manuel Obligado, José Paulino Gari, Manuel 
Pereda Saravia, Laureano Rufino y Roque Saenz Peña, la cual 
se espidió ¡¡recién en 24 de setiembre de 1832//, es decir, á los 
cuatro meses y 17 días, 

Actitad icirfA y «d- La comisióu no se colocó á la altura de los 
vcfM al Maiimicnto SUCOSOS, puos Contrarió el sentimiento público. 

!to!i MalMia!^' ^^ ^^^ ^® inspirarse en las opiniones de los pen- 
sadores, creyó, sin duda, que era en la masa en 
la que debía apoyar su dictamen. Y fué así que aconsejó, des- 
pués de cerca de cinco meses de silencio, y cuando iba á con- 
cluir su gobierno el genera] Rosas, «se autorizara al gobierno 
para dictar todas las medidas y disposiciones que creyera con- 
venientes á la seguridad, orden y tranquilidad de la provincia; 
á cuyo efecto podría arreglar y reformar á su juicio los dife- 
rentes ramos de su administración, principalmente en todo lo 
concerniente á la de justicia y hacienda, al mejor servicio mili- 



(1) Véase el ApéHdice. 



104 ÁLBBRTO PAIX)MBQUE 



tár, á la ensefiaiiza pública, al fomento y protección que se debe 
al culto relijioso conforme á nuestra santa relijión y á la mi- 
noración de los delitos y á su pronto castigo: pudiendo, por lo 
mismo, en uso de esta autorización, destituir á cualquiera ma- 
jistrado de justicia, ú otro empleado civil y militar, siempre que 
creyera así convenir al buen servicio de la causa pública: que 
se eseeptuaba del artículo anterior la facultad de crear impues- 
tos ó aumentar los ya establecidos ó ratificar tratado con otro 
gobierno, para todo lo cual debería obtener precisa autorización 
especial de la H. S. de RR; que igualmente se eseeptuaba la fa- 
cultad de hacer reforma alguna en el banco, respecto de cuyo 
establecimiento debería proceder conforme a las leyes vijeníes 
de la provincia.» Esta ley, concluía diciendo la comisión, «se re- 
visará todos los años al principio de cada lejislatura.» ^*' 

Y con esta base iba á iniciarse el gran debate, que cambiaría, 
al parecer, y por el momento, la faz política y constitucional 
del país. 

Aditad incompren- ¿Qué hizo de Aguirre? ¿Adoptó la resolución 
tibie del $r. de Agni- decidida de oponersc á las facultades estraordi- 

rreáesta altara del ^^rínQ^ 

deiMiie poinico. nanas. 

Lo único que hizo fué, pedir la asistencia de 

los señores ministros para iniciar la discusión y «al mismo 
tiempo la asistencia de todos los señores diputados, para un ne- 
gocio tan grave y de tanta trascendencia,» lo que así fué resuel- 
to (sesión del 22 de octubre de 1832). ^^^Coneurrieron los minis- 
tros al acto, y cuando era de esperarse, dada la actitud asumida, 
que el señor de Aguirre, autor do la moción, iniciara la lucha par- 
lamentaria, cuya discusión se había declarado libre, á moción 
del diputado Sánchez, «para que tuviera la solemnidad posible 
y mayor publicidad dada la naturaleza, importancia y gravedad 
del arduo asunto,» resulta que el señor de Aguirre guarda silen- 
cio, no asistiendo más que á una de las sesiones de la gran con- 
tienda, en la que tampoco habló. ^^' Este debate ocupó ocho 
sesiones. Comenzó en la del 22 de octubre y terminó en la del 
15 de noviembre de 1832. Fué un debate histórico, en el que 
brilló la elocuencia y la altura de ideas. No hubo servilismo ni 
soberbia. Fuó algo que honró los anales del parlamento, como 
lo reconoció don Juan Cruz Várela en su periódico El Diario 
de la Tarde. Senillosa, Alcorta, Martínez (Ignacio), Olavarrie- 
ta. Lozano, Argerich, Vidal (Pedro Pablo) y Cernadas, de un 



(1) La Comisión liamó á '^u Heno al propio general Rosas y á todo í*ví ministerio, ptn 
pedirle esplieaeiones, las que fueron dadas, y á las que el mismo general Rosas hace re- 
ferencia en el documento que se hallará, en el Apéndice. 

(2) Véase el Apéndice. 

(3) Sólo asistió á la «e-^ióu del 29 de octubre. 



■^ 



AGUIRRB Y LAS FACULTADES BSTRAORDINARIAS Á ROSAS 105 

lado, sostuvieron la necesidad de entrar á un gobierno constitu- 
cional; mientras Baldomero García, Obligado, Saenz Peña, Gari 
y Peredíi (Bernardo), del otro, abogaron por el mantenimiento de 
las facultades estraordinarías. La lucha fué atrayente, preocu- 
pando la atención de la sociedad de esa época; en prueba de lo 
cual los periódicos nos han trasmitido los discursos pronun- 
ciados por aquellos oradores para que pudiéramos apreciarlos 
en toda su importancia. Y fué tal el valor cívico desplegado, y 
tal el mérito que aquellos mismos daban al acto, como compren- 
diendo que las jeneraciones del futuro estudiarían este suceso 
para deslindar responsabilidades históricas, que cuando llegó el 
momento solemne de votar el asunto, uno de los señores dipu- 
tados, el señor Cernadas, dijo: que dada su trascendencia y lo 
estraordinario del caso era indispensable que la votación fuera 
nominal. Y así se resolvió, no obstante la oposición de los seño- 
res Baldomero García y señor Gari. 

Y allí están los nombres de todos los que opinaron en pro y 
en contra de tan terrible podetj como decía de Aguirre en otro 
momento; pero, entre ellos, no aparece de Aguirre, desgracia- 
damente. ^*^ 

¿A qué respondía esta actitud? ¿Habría cambiado de opinión? 
¿Por qué no concurrió, con sus amigos, al triunfo de la buena 
doctrina, que fué la que, al fin, prevaleció en esa discusión? 
¿Qué suceso estraordinario pudo influir en su espíritu, que lo 
privó de tomar parte en el más solemne debate de la época? 
¿Creyó acaso que su concurso no era necesario, desde que el 
triunfo estaba asegurado por medio de una inmensa mayoría? 
¿Consideró innecesario dejar constancia de su voto después de 
sus diversas manifestaciones en pro de la sana doctrina y de 
haber sido él el iniciador de la lucha? 

Este es un punto oscuro en presencia de aquella acta de la 
sala en que aparece el señor de Aguirre asistiendo á la sesión 
inmediata á la en que se puso fin á dicha cuestión. Algún suce- 
so grave, de carácter íntimo, se atravesó en ese momento en 
que precisamente el general Rosas volvía á la ciudad y recu- 
peraba el gobierno que había delegado en Balcarce, Anchorena 
y García. Y me atrevo á suponer que ese no pudo ser sino el de 
su reclamación al gobierno. Ahi estaba Rosas! No era éste quien 
le había reconocido la deuda, sino el gobierno delegado. Y si 
bien el ministerio, en mayoría, estaba en contra de las faculta- 
des estraordinarías, Rosas no lo estaba, aunque las devolviera. 



(1) He aqní \o» votantes: 

Por las facultades estraordinarías: Obligado, FuenteM. García rBaldomero;, Terrero, 
Üarl. Pereda y Pereda Saravla. 

En contra de las factiltades estraordinarías: Vidal (Pedro Pablo;, Casal, Sánchez. Loza- 
no, Gaerrico, Barrenechea, Trápani, Martines (Ignacio y Vicente), Senillof<a, Arraga. Alcorta, 
Argerich, Balcarce, Olavarrieta, López, Alsogaray, Cernadas y Rivero. 



tOG ALBERTO PALOMKQUE 



El señor de Aguirre, pues, iba á encontrar un obstáculo en su 
ma cha, y ese era Rosas mismo. De aquí, sin duda, su actitud. 
No transó con su conciencia, pero salvó sus intereses, desde el 
momento que su voto no era absolutamente indispensable para 
vencer en la jornada. No es posible hacerle una crítica dura y 
acerba. Hay que mirar el hecho humanamente. Cosa distinta 
habría sido si hubiera votado en contra de sus opiniones ó fal- 
tado á la cita donde su voto fuera absolutamente necesario. Él 
ya había preparado el terreno en momento difícil y angustioso, 
atreviéndose, solo, á iniciar la lucha. Ahora que iba á triunfar- 
se, y que su voto no era indispensable, bien podía permitírsele, 
que, sin transar con su conciencia, salvara sus intereses, harto 
comprometidos desde 1819. 

RecieccMa de Ro- No era, sin embargo, un enemigo de Rosas, en 
aaaen 1832, «laque ^g^g momentos. Por el Contrario, como uno de 
de Aguirre eonenrre. ^j^^^g meritorios ciudadanos de csa época, creía 
en su carácter y sanas intenciones. Por eso se le ve, en seguida, 
una vez resuelto que el gobernante no tendria facultades estra- 
ordinarias, que era, sin embargo, lo que Rosas pretendía, en el 
fondo, dar el voto á favor de él en la sesión donde, de acuerdo con 
la ley, elijiósele, no obstante su actitud, nuevo gobernador al ter- 
minar el mandato del general Rosas. ^^^ Rosas había gobernado el 
país, desde 1829 á 1832, con facultades estraordinarias. Recién 
ahora, al terminar su gobierno, se las quitaban, ó él las devolvía, 
después de una tarea formidable por lo difícil y lo habilidosa. 
Mucho había costado arrebatárselas, y eso mismo al final de su 
gobierno. El proyecto de reivindicación venía preparándose, como 
se ha visto, puede decirse que desde el propio instante en que 
le fueron concedidas. Ahí están demostrándolo las manifesta- 
ciones elocuentes que he analizado. Ellas, sin embargo, habían 
encontrado resistencia, como lo prueba el hecho de estar 
demorado el mensaje del P. E. devolviendo las facultades, en 
el seno de la comisión, desde mayo de 1832 hasta octubre del 
mismo. Y esa resistencia era la obra del espíritu de Rosas, im- 
poniéndose en el de sus amigos. Él no podía gobernar sin las 
botaos de las siete legtuis. Se había acostumbrado á ellas. Es el sínto- 
ma en que se revelan todos los dictadores. Tan es así, que, al de- 
volverlas, insinuaba su opinión y la idea de la ^no prórroga de stt 
mandato gubernativo,^ á no ser posible lo de las facultades es- 
traordinarias; por cuya razón, cuando la sala lo reelijió, no quiso 
aceptar. Aún no se estaba en 1835. Yhubo que elejír á otro ciuda- 
dano, porque lo relativo á las facultades estraordinarias no era po- 
sible reconsiderarlo después de aquella resolución, como de una 
manera indirecta alguien lo pretendió en ese momento. El de- 



(1) Sfr-sióu del :> de diciembre de 183¿. 



AGUIRKB Y LAS FACULTADES ESTRAORDINARIAS Á ROSAS 107 

bate había sido muy solemne y muy reciente como para que sus 
sostenedores volvieran al viejo camino de las estraordinarias. 
Pudo la sala, al reelejirlo á Rosas, darle esa prórroga del man- 
dato, que él insinuaba; pero, fué hábil, sí se quiere, cuando esperó 
hasta el final del período gubernamental para decretarla cesasión 
del imperio personal. Rosas no podía tener interés en pugnar 
por ellas desde que iba á concluir su gobierno, salvo que 
hubiera querido imponer brutalmente su reelección. Por con- 
siguiente, ya no tenía para qué bregar por ellas, desde que, 
al fin, las tendría, allá, en el desierto, á dondo iba ahora 
á combatir contra los indíjenas. No necesitaba ley para ello. 
La naturaleza allá se las daría y él las tomaría para venir- 
se luego sobre la ciudad con toda su fuerza indómita. Ya nada 
le iba en ello. Por el contrario, le interesaba que el nue- 
vo gobernante no las poseyera, para que el caos viniera 
y, su personalidad volviera á actuar en la balanza de la política. 
Él actuaría de manera que esa situación caótica fuera un hecho 
verdadero, empleando el desenfreno de la prensa con El Restau- 
rador de Marifio á la cabeza. Nadie mejor que él, como lo dijo 
en el documento público, aquí reproducido, conocía el estado 
de esta sociedad. í^^De ahí que no insistiera en el gobierno y de- 
jara á la sala en libertad absoluta de nombrar al general don 
Juan Ramón Balcarce, como lo hizo. í*^ Y desde entonces solo 
pensó en producir una situación, que, al justificar lo que él ha- 
bía espuesto en su nota de devolución de las facultades estra- 
ordinarias, atrajera el gobierno á su persona, pero con la mma 
del poder público f 

Y es en esta lucha donde aparece, en su última etapa, la 
personalidad del sefíor de Aguirre, para en seguida entrar á su 
hogar, aquel querido hogar, desde donde había salido joven y 
hermoso, en 1810, á los 25 años, con los Anchorena, Viamonte 
y Balcarce, á fin de luchar por la revolución de mayo, y volver, 
ahora, viejo, cansado y abatido, pero grande en su tarea llena- 
da, para morir entre los suyos con el semblante alegre de los 
justos. ^^^ 

Balearte le Moibra Desdc 1827 ostaba en el cuei*po lejislativo. La 
nliailirodehaeiciida, suerte nunca le había sido contraria en los sor- 
*■ **''• teos efectuados. El afio 33 le fué adversa. Pare- 



cí; Véase el Apéndice. 

(i) Sesión del IS de diciembre de 1832. 

i») El señor de Aguirre murió en diciembre n de 1843. Revisando La Gaceta Mérctmtil dol 
28 de diciembre de 1843 he encontrado lo siguiente: «La viuda é h^os de don Manuel H. 
de Aguirre (q. e. p. d.) suplican á lo? señores que por algún accidente no hayan recibido 
esquelas se sirvan acompañarlos en los funerales de dicho flnado que han de celebrarse en 
el templo de Krt. P. San Francisco, el sábado 80 del corriente A las 9 7 media de la ma- 
ñana, favor A que les serAn muy reconoeidos.-d. 97-80.» 



108 ALBERTO PALOMEQUE 



cía como que ya necesitaba descanso, en prueba de lo cual no 
concurría á. las sesiones por hallarse «licenciado,» como se decía 
en estilo parlamentario. ^^^ Pero, si bien necesitaba reposo, no 
se lo concederían sus electores, por lo que fué reelecto, como ya 
lo he dicho, por Conchas, Fernando é Isidro, a lo que renunció, 
sin que se le aceptara su renuncia. ^^^ Ahí estaba, pues, llenando 
su misión, cuando un buen día, Balcarce y sus amigos, que ha- 
bían empezado á sentir la acción disolvente de Rosas, —por lo 
que apresuraban su tarea constitucional, redactando la carta, 
inédita, de 1833, para dar á la provincia una línea de conducta 
orgánica, —creyeron que era llegado el momento de utilizar al 
hombre ya hecho de 1810 á 1833. Y fué así que, ari'aiicándolo 
de la sala, á la que renunció, con harto dolor, porque aque- 
llo había sido su escenario durante tanto tiempo feliz, se le lle- 
vó, por Balcarce, al ministerio de hacienda; aquel á que ya 
había renunciado cuando Dorrego lo nombró en 1827, y que 
nuevamente desechaba, recordando los motivos que entonces 
adujera, por considerarlos ahora «subsistentes, de mayor mo- 
mento y gravedad.» ^^> Balcarce no aceptó la renuncia. Le decía, 
por intermedio de su ministro Tagle, que «el gobierno, peneti'ado 
de la importancia de los servicios que en estas circunstancias 
debe rendir al país el señor de Aguirre, por sus luces, probidad y 
patriotismo, se halla decidido á exi jirle su resignación al nom- 
bramiento* (setiembre 9 de 1833). Y el señor de Aguirre se vio 
obligado á hacer con Balcarce lo que no hizo con Dorrego. Él 



(1) Sesiones del l.*^ de enero y 20 de marzo de 1833. 

(2) Seíiión de 29 de mayo de 1833, qne él preside como Vice- Presidente l.<»— Buenos Alre«' 
mayo 24 de 1838. Honorables Reprenentantes: El diputado qne sascribe tiene el hoDor de 
esponer i la consideración de V. H. que hallándose desde el afio 27 al servicio de la H, 
.sala; y considerando que, si él es un honor distinguido para el ciudadano, hay muchos 
acreedores á él, que le igualan, y otros que le aventiO&n en méritos, talento y servicio^; 
y si es una carga hay también muchos m&s entre quienes e^ muy Justo se reparta y dis- 
tribuya, con cuanto mayor motivo cuanto que el que suscribe ha suMdo un destierro y 
deterioro considerable en su fortuna por resulta de los compromisos y responsabilidad i 
que est¿ sujeto este cargo, también tiene ciencia cierta de que sus negocios particulares no 
le han de permitir continuar en adelante en el destino de representante, de lo que se halla 
perfectamente instruido el supremo gobierno de la provincia. Por tan poderosos motlvo-^i 
e<«, pues, que suplica encarecidamente á V. E. se dig^ne admitirle la renuncia que hace del 
cargo de representante para que ha sido electo por las secciones de San Isidro, San Fer- 
nando y Conchas, quedando por ello profundamente reconocido & los ciudadanos que rae 
han distinguido con tanto honor. 

Dios guarde k V. E. muchos afios.— Honorables Representantes * Manuel H. dr Aguikkk. 

(3) Hé aquí los términos de la renuncia, de fecha setiembre 9 de 18SS: *AX Infrascripto 
le seria altamente satisfactorio poder aceptar el honorable destino con que le honra el seflor 
gobernador, si los motivos que adujo en la renuncia del mismo ministerio en el año 27 y 
que fueron bastante"» para «u admisión no los considerase subsistentes y hoy de mayor 
momento y gravedad. Por ello e<> que suplica al seftor ministro quiera elevar al conocí* 
miento de S. E. la renuncia que hace del espresado destino, y manifestarle los sentimientos 
de su más profundo reconocimiento y respeto. 

Dios guarde al yoñor ministro de gobierno muchos año<. -Manukl H. de Aguikrk. 



—^ 



AOrimiE Y LAS FACrLTADES K8TRAORI)INAUlAS Á ROHAS 100 

se daba cuenta de la situación espantosa que se venia encima. 
Y, como comulgaba en las mismas ideas constitucionales de Bal- 
caree, y era adversario decidido de todo caudillaje, ya de ciu- 
dad, como el de Lavalle, ya de campaña, como el de Rosas, 
amante del respeto al gobierno constitucional, como el de Bo- 
rrego y el de Balcarce, allá fué á servirlo, para caer, en 1833, 
como cayera en 1828. Quiso, sin embargo, dejar constancia de 
sus opiniones. 

Aeeptacflóo del ni- Por OSO dccia en su aceptación: «Después de 
nittcrto dctpaét de haber oído cl infrascripto en dos conferencias 
haberlo rechazado, verbales la csposición de los principios guber- 
nativos que le manifestó el seflor gobernador para la prosecución 
de su marcha administrativa, y de que se hallaba dispuesto á 
mantener con firmeza la unidad de acción en la administración, 
con cuyos principios se halla uniformado el que suscribe; des- 
pués de haber recordado: que el jefe que preside el gobierno 
de la provincia fué uno de los primeros que se comprometió el 
25 de mayo de 1810 por la solemne causa de la independencia 
en urdón con él que prma: que juntos fueron perseguidos y depor- 
tados de su suelo natal en el afío 24. Que antes de recibirse del 
gobierno de la provincia, en el año 32, resuelto como se halla- 
ba á reiterar su segunda renuncia, á instancias del que suscri- 
be se resignó á aceptar la pesada carga que gravita sobre sus 
hombros (bien es verdad que sobre la seguridad y confianza de 
una constante cooperación y apoyo de parte de los que se la 
imponían): consecuentes con estos antecedentes, ha resuelto el 
que suscribe aceptar el destino á que S. E. el señor gobernador 
lo llama con exijencia, y se resigna á recibir sus órdenes, y 
obedecerle, marchando por la senda de la ley. Al infrascripto 
le parece en orden pedir al señor gobernador que antes de ha- 
cerse cargo del ministerio de hacienda se le dé por su antecesor 
un inventario del estado en que se halla ose departamento, por- 
que no es justo que la responsabilidad de las medidas de un ad- 
ministrador cargue sobre su sucesor, y no sobre el autor ó 
autores de ellas, y porque se halla resuelto á trasmitirla al que 
le suceda, del mismo modo que lo recibe.» ^^^ (setiembre 10 
de 1833). 

Los «abtoitttistai Como SO vé, él no había buscado el cargo en 
vomitan veneno.» ^^ momento tan difícil como aquel. Por el con- 
trario, lo había renunciado. Sólo cuando la uniformidad de opi- 
niones fué un hecho, se resolvió a rodear al gobernante, dado el 
trance grave por que se atravesaba. De esta manera quedaba 



(1) El Defensor de loé Derechos del PuébUo— Diario del Medio DUi-wdmvro «3—12 de se- 
tiembre de 1838, redactado por José Luis Bustamante, 



no ABEkTO I»ALOMfiSQLÜi 



destruida la calumnia de la época, de la que se hacia caii^o un 
periódico, cuando decía que «los absolutistas vomitaban veaeno» 
al ver el nombramiento del nuevo ministro de hacienda, f*^ En- 
traba, pues, bien caracterizado. Nadie podía sostener, ahora, 
que el autor de la moción en contra de las facultades estraordi- 
narias había traicionado sus opiniones, por no haber entonces 
concurrido á aquel célebre debate, después de haber, él, arroja- 
do la semilla fecundante. En prueba de su firmeza de criterio, 
allá iba al puesto de sacrificio y de combate, para trabajar, 
como en 1828, por las instituciones y las leyes. Su actitud sería 
consecuente. En 1833 sostendría lo mismo que en 1828. Si en 
1828 hubo un Dorrego fusilado, en 1833 habría un Balcarce de- 
puesto y espatríado; si en 1828 hubo un de Aguirre prisionero, 
arrojado de la sala de representantes, en 1833 habría el mismo 
de Aguirre de abandonar el sitial de ministro ante la ola revolu- 
cionaria que todo lo arrasaría. Y los ábaoluiistas de Rosas, de 
1833, eran los mismos institt^ionales de 1828! 

El ciM de 1833 y La situacióu política era difícil. Los elementos 
iM looMM ■«rM y vencidos en 1832 trabajaban sordamente. Rosas, 
iM lomos coioradot. apar